HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Trato de despertarme, para ponerme con Maraiz.  Creoe que la involucración con esa historia, está algo sesgada, porque estuvo un año, metida en un cajón y olvidada. Y porque su proceso creativo, ahora no es el mismo que al nacerla. Tal vez como estoy menos obsesionada con ella, soy más desapegada a sus necesidades. 
También porque ahora vivo cerca de la orilla del Leteo y voy allí a lavar mis calcetines y mis faldas, mientras las hierbas rompen el cemento de mi casa y se derriten las fotografías en blanco y negro, mientras aquél columpio canta a los fantasmas.
Y lejos de todo, donde casi se puede tocar la luna, el rubor a veces llega, como una renuncia, como el frotar de las procesionarias de los pinos, en el piano del charco, cuando ya no recuerdas a qué has venido.
Y el quién de la voz, es un juego de canicas. Es vaho en la ventana amando a los ciervos. Es un quizás de álbunes de cromos entre el filo de las navajas. Y esa rara pasión del alejarse insaciablemente, mezcla vino y balas en la comisura del tango del sepulto.

Y yo vuelvo a ser una niña, un árbol, un ciempiés. Pero nada siguió el curso de mi tiempo. Y mis experiencias fueron sólo tropiezos y desvios de palabras que habría que matar para beber el sol.

El sentimiento, cuando se vive aislada, se hace una témpera, un boceto de teorías del delirio utópico del amor y de la complicidad. Porque abres la ventana y entra el olor de la madera y se va el canto de la carcoma en una simbiosis que cruza en el viento, un ácaro púrpura y evanescente.  Pero ya no hay un lugar común con los humanos, todo antes, se debe a la metonimia, al déjame que me fume la metáfora y justo en el centro de lo incomprensible somos hermanos. 

Por allá, hay un filtro cinematográfico que evoca los motivos por los que sigo viva. Y desde su esdrujulidad hablo a veces con ellos. Y el pan y la sidra es igual en las sendas inconclusiones. Desaparezco un poco más dentro de la mar, cada vez que escribo una nueva línea.

Y empiezan a provocarme, sentimientos y recuerdos, las genistas en flor, esos gusanos que parecen de madera y que se mueven muy despacio en el río, el color rosa de la tapa de ese cuaderno, o el dedal del cajón. Esos objetos que resuenan en la cadencia de mi siempre vacía casa y paso solo en la tierra, provocan una nueva idea de mi pasado y de mi futuro, en un lugar donde nunca ha existido nadie, y yo vivo al sol de Comala, o a la prisa de un arroyo. Pero no hay ninguna política con el verso, porque yo no estoy viva del todo en el aspecto que alguna vez tuvo, a miles de kilómetros del termómetro de mercurio de aquella lejana nevada.  Hay una brecha en el espacio y en el tiempo que la soledad multiplica al baile de los tordos. 

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