HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Un águila vuela ahí arriba. Vengo del monte del otro lado del río. El agua estaba llena de barro, había crecido algo de riada, todo estaba más verde, más vida. Mientras me alejaba, de mí, de la historia, del futuro, entre afluentes de humo de piel-roja, de rostro devorado por la luz de la luna. Con el perro. Olisqueando lo que dice la tierra cuando nadie habla encima ni debajo.  Comí una naranja. Bebí de una fuente. Subí algo entre aquellas urces, de ese lado son moradas, de acá amarillo de genista.  Había un maravilloso olor de naturaleza mojada, feliz de agua y de viento. Los senderos separaban de los caminos y acercaban a la mar. A ese pulso de risa en la huella borrada. De absurdo. De mi contradicción como alambique, como paso y despedida. Del luto de tus palabras de amor entre mis piernas. Del subo para bajar en picado. Del me tiro de cabeza para asumir una llanura, para desolar mis teorías.
Del me pesa la mano de andar siempre tan vacía.
De mi querido perro no llegaremos a casa.

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