HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Voy a cuidar la casa, como si me importara. Esa forma de vivir me estaba enfermando. Ese abandono apólogo de la niebla del mar adentro. Me convertía en un espectro trasnochado, de gasolina, trapo y botella.  De si alguna vez me conociste, disimula y pasa de largo, échate en el bar un trago contra mi memoria. 
Quiero poner en una ventana de la galeria unas viejas pinturas en papel de acuarela, para usarlas de cortina. Porque en el centro de esa ventana veo casas. Y no me gusta. Las ventanas  tienen más de dos metros de altura.

He de cuidar mi pensamiento. La soledad cuando se pone extrema, también delira, y delira más en el caos y en ese abandono suicida. Delira en ecuaciones de verbos de tiniebla, mezcla palabras que no llevan a la música ni a la profundidad, sino al telón derruido de los payasos muertos de sed y de balas.

Evitar del todo esos sentimientos... que sólo acaban diciendo "¿por qué me has abandonado?". Y lloran con el diablo, las cartas desperciadas en la mesa de juego de los muertos.  Ser como los árboles y como los perros.
No pedirle cuentas a la nada.
No acumular dentro, súplica. No llevar ningún verbo a la condicional. Ningún paso que no hierva la sangre en la tierra.

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