HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ya no escribo poemas de amor, ni de arlequines afeitándose a cuchilla las piernas para deslizarse sobre leones y circos en llama. No escribo mis rencores ni mis pasiones Ya ni siquiera la prisa de la guillotina en la plaza y de los pájaros comiéndose los ojos del policía y los sesos del rey. Ya no escribo al rayo mortal del mediodía. Ni a mi sombra desperdigada sacando latas oxidadas del río para contaminar sólo los poblados y no la vida. Soy como la radio que sintoniza esa aparato de hace un siglo y que ya nadie sabe cómo funcionaba.
No puedo escribir nada que le importe a la otredad, porque yo vivo en el agujero de un árbol. Ni siquiera puedo escribir cosas que me importen a mí, porque lo que e importa es lo desconocido, lo que no tiene palabras, y no me importa con la urgencia de resolver, es otra atracción más triste.
A veces tengo la sensación de que todo lo que veo está sujeto por un enfoque tan frágil como un hilo de océano saliendo de la atmósfera o una gota de fuego en el lago. Es como pasar páginas de un álbum de fotos de  gente que no conoces de nada, y amar esa pata de la silla de tres patas que debajo tiene estiércol de gallina y se mulle en paja la intensidad de la melancolía del sol y de la noche. Las puertas verdaderas son las que no tienen muro, ni necesidad de cerrar algo, ni de abrirlo. Es como un columpio de tordos, borrando de mis lágrimas, tu mirada tan bella de hollín y de pupitre, y haciendo reir a los saucos.

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