Ardidos

Hoy los pájaros piensan en Lisboa
tabernas empedradas por el sudor de héroes anónimos
alzando la sangre cuando el cielo no oye
cuando la tierra no sontiene
cuando la guitarra es un fusil.
Mares que se abren en el tajo de las venas
cuando amar es saltar al vacío
y beber y mear y morir y matar
poesía, más allá de todo.
Cuando esos ojos
que han llevado mil cuerpos
hacen trinchera en el viento
vida en las muertes.
Cuando vivir
es quitarlo todo del medio
y abajo del abajo
prender el fuego
que destruya todo orden y reino.
Cuando perderse en él
es escontrar al salvaje poseidón.
Ha sido antagónico hallar un vaso de vino vivo entre aquellas ruinas. Lo daba todo por perdido. Quería empujar hacia el fin y que lo tragara todo el fuego. Deshacerme del pasado. Empezar desnuda aunque malherida sobre otra mar inimaginada.
Y estos puntos suspensivos de taberna abierta en el desierto. De epístola de opio. De te querré todavía. Me son un puente convulso de horizonte explotado. Me son un canto que morirá al doblar la esquina de Babilonia.
No me lo creo del todo. Tal vez es por la gasolina que eché sobre el barco. Por el hueco que ensanché en mi suburbio para enterrar su ausencia. Porque alcé todos los motivos que me salvaban al no tenerlo. Y todas las estrellas que nacían de su sepulto.
Así que nuestro reencuentro todavía es literatura del sótano de Drácula.
Quizá cuando lo vea y no tenga prisa la luna ni la muerte, nuevas nociones de la noche estrellada suden la absenta del asfalto, el amor de los que vagan mordidos por el sol, parias del firmamento.
Él logró deshacer mi rabia cuando se inclinó culpable, en mi gota de sangre, en la oscuridad de la poesía. Cuando quiso quererme todavía. Me embriagué del amor entre vagabundos, de la guitarra que sigue sonando cuando ya no queda nadie y la fe es una raja del cielo escupiendo lava. Desvié el graznido del cuervo de Poe, hacia lo que se rulan los indios cuando quieren volar.

Pero todo es demasiado críptico.
El amor libre corre peligro cuando somos demasiados en la fiesta y no sabemos usar bien las navajas y los astros.
Yo siempre le fui infiel pero leal a nuestro canto. Cuidé su amor, aunque fuera un amor de gatos callejeros. Supe contar la milonga perfecta para que la luna lo amara desde mis desperfectos, siempre entera y enamorada de sus lobos y de su canción.
Si él no hace lo mismo conmigo. Cuervo no fumar la pipa de la paz con tú. Si él en el amor de otros puertos, deja de darme la música que nos hacía la rola la fulana de nosotros, ya no quedará en mi nada que quiera seguir a su lado. Y preferiré el olvido.
El amor libre es un acto de valentía y de superación de los instintos primarios de las pasiones monogámicas. Es la lealtad más pura. Sin condicionales. Sin amarras. Sin la coacción de un contexto político. Sin la manipulación de la praxis. Sin que nadie se ponga en medio, ni patria, ni dios.
Sin que el amor tenga problemas de gramática ni luchas de pronombre. Sin que sea excluyente, sino multiplicante y cuántico.
Si él basa su nueva relación en la monogamia, si su ella le pone una amarra que él también sostiene. Si él deja de ser conmigo el él que quise. No dejaré nada. No querré ya nada. Y preferiré que nos lleve el chingo.
Hoy soñaba con él, hablábamos los dos, como de gotas de océano que se desprendían y hacían un mar en las nubes, como de chopos que crecían en el salón y hacían un bosque en el olvido. Él me ayudaba a vivir sin rabia.
Es extraño lo que siento. Aún no sé qué manubrios penetran la noche que me mira. Él me hizo bajar una lágrima por la dinamita, brotó la flor del cactus,  el barco de los náufragos, se abrió la taberna de los que no tienen ni mundo ni certeza y cantó ese viejo vino, el amor de los que vagan sin nada. Mi rabia subió el río de Comala y murió en el ocaso, junto a una milonga, junto a su abrazo de perro sin dueño y lago de luna. Y lo quise todavía. Y lloré medio segundo en la vela consumida, el fuego que flotaba cuando no importaba quiénes éramos ni a dónde iríamos.

No me fío del todo.
El crujido, de los huesos que se arrancaron de mi carne, cuando le di sepultura. Todavía me tiñe el vapor que viene desde su noche. Aúlla piromanía de cielos exiliados. Me amamanta incertidumbre. Escepticismo del humo que envuelve lo ajeno.

Pero también fui feliz al sentir que la canción aún vivía, aunque ya no sea en el mismo bosque, aunque la mar nos separe.
Ha pasado algo extraño.
Me hervían los silencios de plomo.
Le hablé para acabar de una vez la historia y declarar un último canto y bala hacia él y adiós ríos adiós fuentes adiós miña terra.
Le dije, me alegro de que busques tu camino y tu mar en otros puertos, pero me jode la deslealtad a los amigos y a las canciones. La cobardía de no mirarme a los ojos y decirme. La total indiferencia y frio que dejas demostrando que nunca me quisiste y que todo fue teatro de náufragos.
Pero él me cantó milonga, me pidió perdón, me habló de sentimientos, me dijo que esperaba que fuera siempre su amiga. Me lió con la mandrágora. Me habló de vernos. Y mis sentimientos dieron una vuelta de campana de vino tinto. Me poseyó un poema. Todo se cayó en pedazos sobre la misma playa de titiriteros que amé a su lado. Desapareció mi rabia. Me ablandé de abrazos de borracho bajo la lluvia. Me dijo que prefiere que esté enfadada con él a que esté triste. Le bromeé que tenga cuidado que tiene la otra muñeca intacta. Y no sé qué coño pasó, que nos quisimos.

Aunque ya no será cómo fue. El mástil ardió y escupió calaveras. Bebimos el crepúsculo en otros cuerpos. Hallamos la profundidad del mar muy lejos de nosotros. Yo apreté el gatillo contra él. Quise arrasarlo todo. Abrí su sepulto y aullé la luna de sangre contra lo que fuimos. Quise que se lo tragara la tierra y que escupiera un poema en mi pistola y en mi desierto. Cuando lo vea, veré también esas bolas chinas de la muerte haciendo malabares en nuestro whisky.
Yo quería que rompieran las olas esa misma noche en tu sepulto.
Que no quedara nada mío, nada tuyo, ni en la mar ni en la muerte.
Embriagarme de viento. Mover la cintura con las esquinas de los pájaros y de los burdeles. Hacerme sal. No guardar nada. No haber tenido.

Pero estabas dentro.

No quería escribirte piedras, ni réquiems, ni desnutridas margaritas en la fe de drácula. Ni hablar nunca más sobre ello.

Pero chocaba mi vacío en ti.
Te sentía en el fondo del vaso, en el espectro de la curva, en mi mentira de mezcal y crisantemo. Y aunque supiera que sólo era milonga, inevitable venías en mi busca.

La poesía tenía que sangrarte. No podía escapar de haberte perdido. No fue épico el naufragio. No afiló mi espada. Me hirió en el cansancio. Me hirió en la estupidez del hombre. Corrompiste las canciones. Y la única reparación era la destrucción total.
Hoy me siguen los añicos de un paisaje en la sombra.
Un remordimiento de procesionarias de pinos.
Una sospecha de camino asfixiado en tu pecho.

Por eso necesito deshuesar lo que siento. Atravesarlo del charco que pisoteamos en el olvido. Subirlo por la ropa deshilachada de vino y tierra que clamó en tu muerte la supervivencia de mis flores. 

El papel quemó tu historia y censuró de mi cuerpo tu espacio fusilado en el río. Era también lo que me seguía. Esas canciones pasaron hambre en las manos equivocadas. Desoyeron la piel del agua en mi sequía. Cavaron desiertos en esa fe que sólo tenía a los caballos. Y hoy todo eso roe en mi muñeca de esparto, plomo y lejanía. 

Tengo que cruzar el hueco contigo muriendo de mí. Conmigo destruyéndonos para que siga el verano. Dejar que la escritura automática espante a los espectros, deshaga los nudos del beso negro del cuchillo. Retorne evaporada a lo simple. Tal vez todo esto hoy sólo sirva para hacer llorar a una urraca. Pero del hilo de plata de ese vendaval del grano de arena tirando un castillo, vendrá la urdimbre que hace cuántica contra lo inútil.

Purgo barro y paja. Humo de insoportables recuerdos empedrados en lo ilegible. 
Mi ventana muestra la soga que te ahorcó de mi palabra. Mi piel rebobina mirlos de la enfermedad en la cicatriz que cosió tu boca debajo del pantano. Tengo rabia de camino viejo. De champán desperdiciado. De velas consumidas en la sombra de una pared. De amores de sosa cáustica y jeringa. Se mezcla con la fragilidad del líquido amniótico haciendo paladas en la tierra. Y esa clandestina tristeza del naufragio abocado en tu mal, desordena de mis sentimientos el hilo conductor que pudiera hacer un dictado con el viento. Ni fotografiar la materia. Ni escupir nota musical ni hachazo. Son demasiados arañazos en la punta de la espina. Por eso entonces nunca es un verso acabado. El caos me empuña y me despeña. Demasiados ojos cerrados en mi ojo. Motines de la nada en la vieja barca que me llevó al aurora boreal. Hoy vencida del golpe seco de lo extraño. Convulsiona en mí pedazos que no llegan a la letra. Zapatos que mueren del caracol y del vidrio cuando ese tequila barranca tu habitación en tus venas y te sientas en el abismo. Pero no. No es sólo el efecto en cadena de tu suicidio en los ciervos.  Es ese árbol que me hizo llorar mantequilla y sangre. Es ese olvido que vino demasiado rápido. Yo aún no había guardado mis cosas en los lomos de mi perro. Ni había quitado mi amor de tu cuerpo. Ni mi guitarra de las calaveras con las que me escanciabas luna.
No quiero alimentar espectros de rosa cristalizada en la burbuja de la heroína.
Ni convertirte en lo que no fuiste, usando la literatura, como hilo y tijera, para sobornarte, mi gota insolubre de sangre espejada siempre en la erección del poema.
Ni fuiste fiel guerra, ni cómplice aullido, ni vino que quita la sed.
Ni fuiste sólo ruinas de cabaret y mala ginebra.
Ni tan bello para delatarte en mi muerte. Ni anarquía. Ni trinchera. Ni hermano de mi oscuridad. Ni amor de perros. Ni lealtad de llama.
Fuiste vagabundo que andaba mintiendo a la muerte. Y bebía y lloraba y reía junto a mí cuando nada nos acogía, cuando en nadie doblábamos las campanas, cuando lo único cierto era que no teníamos nada.
Nos dimos placer y hambre.
Volcán y frío.
Estaba sola junto a ti y el teatro.
No nos conocimos.
A mí sólo me conoce el verso que no escribo.
Y aunque te amé, te amé raíz de éter y no cierto.
Era el sexo el que nos engachaba en el otro lado de la luna.
No fueron entre nosotros nunca las palabras.
Fue hambriología del teatro.
Mendicidad de una playa que nos amara como la muerte
que nos entregara al fin hacia el fuego.

Por eso es mentira si te lloro.
Es otro delirio de mi pianista.
Otro ardid del poema.

No es cierto nada de lo que te siento.
Aunque me lleven sus demonios.
el andrajo a veces me quiere sangre de vid
puerta que se cierra dentro de la llama
agujero de gusano entre tu sepulto y la ola
tu culpa porquiosera pagando al camarero
llanto de arto entre las moscas

y entonces te busco espectro que apolilla mi fe
hurga en mi herida de río seco en el cuarzo
de playa de Barcino en la última patada

y caigo
en el cuerpo de otra
agravio de acuarela
lágrima de caja de pino
muñeca muerta de espanto

y sé que no eres tú
es una lejanía ahogada en el Sol
es una sospecha de muchos cuerpos colgados en mi vacío
marcando ese teléfono en la expiación de la nada
fusilándome las voces en el ladrido de una piedra

mientras las calles sobre mis hombros
maldicen lo que queda


Hoy me duele tu ropa disecada en la pintura de la lluvia que mi suelo seca en el llanto de un perro.
Me hacen sufrir tus pasos en la hierba que crece en una tumba. Me huelen a moras y astros que levantan barcos en mis brechas y me niegan el aire y la memoria.
La mar se vuelve una amenaza que me mata en ti. 

Luego se me olvidará.
La carcoma te coserá un botón en la acequia.
El pájaro de romperá un dedo en el tambor.
El amor te hará vagabundo que me deja un lápiz y una jarra de vino.
Los muertos no nos harán daño. Sólo es a veces porque quieren beber un violín desde el polvo. Tú todavía puedes hacerme llorar porque no eres hombre ni eres un muerto. Pero te pasarán encima los ciervos y la lluvia. Te tragarán mis poemas hacia la inmensidad de la mar. Te soltará la luna hacia otro pellejo cualquiera que se encargue de mentir y de amar.
Hoy soñé con la metafísica de los muertos. Se movía una tumba como una lanza y un bolígrafo, hablaba de un extraño brillo que vivía debajo de piedras de sangre en mi pecho. Cruzaba la mar y el olvido. Chocaba con él, cuando él era un guion de polvo cósmico.

Por eso me desperté desarmada. Por eso me duele. Y ando buscando bajo los sótanos mástiles de pólen, ausencia madre que calme mis gritos. Por eso hoy no me protege la rabia. Y me fusilan los chopos bajo los que nos amamos. Y sé que estoy sola con ese piano. Que no queda nada entre él y yo, para que le muestre su canto. Que ya no importa sino a la mar que busco. Él nunca conoció lo que escribo. Y fuera de lo que escribo, soy carnaval. Por eso la que murió de él con vino y pájaros agónicos, sólo tiene el teatro. Es otra, siempre fue otra, la mujer que él toco. Y yo sólo puedo enterrarla con la literatura. Ella murió a su lado ebria de milongas y humo. Él era también humo y carnaval que la poesía convertía en crepúsculo e infinito. La verdad era imposible entre los dos. Era una distancia irretornable. Por eso hoy que él muere. Para que yo me quede tranquila necesito enterrarlo junto a los brotes verdes de esa verdad. Pero como esa verdad nadie la conoció. Sólo haré milonga. Y ella me perseguirá inasible desde los patios de luna y los peces del Leteo. Y yo no haré nada que no sea contar cuentos hundiéndome etérea e imposible hacia una tierra que nunca estará.
A veces me cuesta irme de lo que amé.
Es esa luna de cuerdas de mezcal y brechas de óleo.
Esa sombra de haber crecido sin suelo bajo los pies
amarrándome a canciones que nunca podían tenerme.
Fueron muchas despedidas de cielo desahuaciado
haciéndome hermana del viento y de lo que no existe.
Por eso enterrar a Yos es una odisea en el estómago del Minotauro.
Nunca fui pragmática. Me poseyeron cantos de ceniza y de dragones.
Cavé en la enana blanca la curvatura de mi hueso.
Busqué demasiado en lo inasible.
Y él me llegó como un sueño.
Despertarme dentro de su tumba, necesita muchos poemas y caminos incendiados en la lejanía.
A veces también recuerdo cuando me hacía reír, cuando lo quería, nuestros instantes de magia y salvajidad. Y será también parte del duelo, ser sincera con lo que me duele de no tenerlo. Con el amor que le tuve. Es más fácil para mí empiojar los sentimientos con pólvora y coraza que llorar por lo perdido. Me siento vulnerable en la melancolía. Por eso suelo levantar una trinchera donde no pueda tocarme. Pero todo lo que es verdad, saldrá afuera.

Tendrá que cubrirse con los escombros de la hoguera, con la humedad de la mariposa, con esas noches de verano buceando en el vino. Metonimia que no lo deje en cueros en el vacío de mis manos. Que no lo haga concreto ni habitable. Que se enyerbe del cubismo. Que se vuelva canción de otros cuando la lluvia quiere matar.

No soportaría llorarle sin una metáfora que nos vele, que nos haga navegantes que nunca se tuvieron.
Ya conocí demasiado esa tristeza de valle destruido, de lago seco, de poema fusilado. Y no quiero que me arrastre. Necesito el dique del verso, espuelas de llama, mentiras de luces de san telmo. Guitarras duras de roer haciendo punk en los cementerios. Amor de todos y de nadie libando la mar y las ruinas.

Tengo que engañar al bocajarro con metáforas que jueguen al póker con lo que nunca será mío. Hoy no puedo llorar porque sino me desintegraría. Cuando lo encuentro en los recuerdos sinestésicos que flotan en estos paisajes que amamos juntos, un aguijón de éter me desahucia de mi presente. Me emborracha de cadáveres de blues y marihuana, me incendia el deseo hacia los ríos de Comala. Y entonces ya no puedo avanzar. Me hago espectro de un poema que ya no existe. Y me duele la belleza de las montañas y el rubor de los pasos del viento. Por eso necesito manipularlo con la poesía y con el olvido. Asediarlo en una cabaña de peyote y sal. Encerrar mi corazón en el humo de una chimenea que tras un sueño da calor a carámbanos que riegan tus orquídeas. Sin que yo haga falta para nada. Sin que tú hayas sido nada más que un canto que nunca me tocó.
Y aunque mi acorazado Potemkin haga cada vez más insondable mi verdad. Aunque me convierta sólo en literatura y lejanía. Aunque su muerte, me separe 200 metros bajo tierra de todos los humanos y de la desnudez. Hoy no tengo nada más para encontrar al salvaje poseidón.
Sé que el rencor vino de la lágrima que no permití tocar el alba desde mi carne cruda.
Hizo su aquelarre a 200 metros bajo tierra.
Y decidió que la sal ensanchara la herida hacia el turbante de la bala.
Sin dejar flores a la tumba del joven Wherter.
Sin hacerme víctima del páramo destruido.
Sin manipular la historia para hacerme virgen del crisantemo y la lluvia.
Me reviven los bocajarros.
Camino más rápido. Miro hacia la luna.
Barricada junto a la flor del precipicio me besa lobos que me brillan.
Tal vez sea extraño, pero soy más débil cuando el otro me ama.
La poesía me trata mejor cuando me odia el cielo. Cuando soy herida. Cuando mueren los caminos entre metralla y salvia divinorium que no hizo puente. Me siento más libre cuando el otro abre una tumba y me ahoga en ella. Entonces, vuelvo a mi casa. Porque secretamente, la verdadera tumba siempre fue, agarrar una mano, cuando la mía era polvo y fuego.
A mi soledad le gusta que la den motivos.
Mis lobos aman, el destierro de los otros. El embrujo de la tierra de nadie. Lo que yo gano cuando pierdo.
El licor de Lilith me baña la cintura cuando han matado canciones en mi pecho.
Porque crecí sin amor. Aprendí a jugar sola. A cantar sólo a las estrellas. Me hice fuerte cuando el otro me negaba y me expulsaba al reino de la locura o del olvido. Cuando no oía mi nombre sino en el ladrido de un perro. Cuando no había nadie y los crujidos del Minotauro me daban secretos.
Mis amigas fueron las ratas. El vino del vagabundo. El viento del valle de los avasallados.

Tu amor me devoraba.
Tu olvido me colma.
Tu ausencia me arma.
Tu traición poetiza la cochambre y el crepúsculo.
Afila los colmillos a mi perro.
Los manubrios a mi noche.
Mi amor de barracón y águila
vuela más alto con tu desprecio
ama más profundo con tu cadáver
con lo que no quedó
con lo que jamás me diste.

Yo puedo morir estúpida y andrajosamente si alguien me ve y me ama.
Soy terriblemente vulnerable a las flores.
Me sienta mejor la espina, el punk de la muerte. Para que mi Diógenes cante.
Para que la noche me suba sobre sus hombros y oiga al salvaje poseidón.
Lo bueno de haber sido dos gotas de lluvia en el whisky
es que todas sus cosas entran en una bolsa
sin escribir en mis manos, la cuerda del vals
ni atarme grito desterrado de caverna.

No las quemaré.
Pero no las dejaré en mi casa.
No quiero que él vuelva a pasar debajo de mi chopo.
Ni a matar la verdad mirando mis ojos.
Quiero ahorrarle la mentira, el fango y una costilla rota.
Quiero evitar que el rencor profane nuestras tumbas.

Y también es cierto que temo la mandrágora.
Temo, a pesar de todo, quererlo.
No poder evitar el canto de sirenas del río del olvido.
Temo ver en él al que amé. Desearlo hoguera de marte y orgía de muertos-vivientes. Temo darle lo poco que me queda. O azuzar a los perros y que nos lleven los demonios.

Por eso prefiero no verlo. Dar zarpazo. Malecom impenetrable.
Dejar que el último abrazo  que nos dimos cuando aún cantábamos milongas sea el tambor de esa carne.
Y que de nuestros muertos se encargue el éter.
Que lo diga el poema, el rayo, los cubos de la basura.
Que lo trague el fuego.
Que sólo viva y acabe en la poesía.
Que vuelva a su raíz y nos rule el porro sin que la sombra agarre la tierra.
No me quedaré con el ansia de la pólvora destruyéndote.
Sólo es un ingrediente en la psicomagia.
Cuando haya olvidado tu rostro en el reflejo del vino que aquellas noches hacían empuñadura de mis trompas de falopio, serás otra vez amor, flauta de dionisio, rayón de luna en el barracón, pasión y polvo, canción que no duele ni enmascara.
Y serás pasado en el éter y su orgía.
Musa que me besó el paso y el puñal.
Amor de un noche jugando a lo eterno, bajándome las estrellas, haciéndome sudar el universo.

Hoy no son viables mis buenas intenciones.
Porque alguien en mí quiere matarte. 
Es esa cabaretista que tomaste como cierta y tuya.
Es la posesión que corriste en mis papeles.
Es la raposa que bautizaste en el humo.
Es el fuego que nos dimos que se ha dado la vuelta y viene a por sus cadáveres.

Te odia la puta que mintió poemas para morarte, para beberte, para hacerte algo más que un hombre.
Y hoy derriba los naipes y se caen abajo tus torres.
Suben estampidas de rata la borrachera del pianista.
Y reclaman tu sangre seca en mis alcobas.
Se alzan en tu fondo oscuro.
Y te quieren pisoteado por ti mismo. Por lo que jamás amó ella.
Por eso son cómplices los rencores.
Para que las carreteras vuelen.
Para que acabemos antes con la carroña.
Para que volvamos inocentes a amar y morir por los vagabundos.
Un oboe de hierba partida alejana ahora los paisajes en esa sospecha oblicua de casa arruinada bebiendo tu pantano. Tomo café. Espero que los camaleones se acerquen. Veo morir lo que perteneció a mi vida mientras amo la mar y las cavernas. Dejo que todo se aparte sin anudar melancolía. No hay tiempo para eso aunque implique la patada y el monzón en la noche que me besa incierta despedida. Te toma como mis harapos. Como la mano que mete prisa entre las bragas y las esquelas. Empujón de tiempo agotado. Cima del vino entre la muerte de las palomas.
No estoy triste, aunque la tristeza fuera hoy lo honesto
Vengo de muchos barracones para que se ponga blanda la lágrima ante los muertos.
Ruge la pólvora. Se mezcla el barro y la marihuana. Me adelanta el lobo. Mis ojos se llenan de brasa. La adrenalina de los velorios no me deja besarte, ni desangrar crepúsculos en lo que aún de ti es bello. No sabe amarte con la inocencia del pasto ni del mar. Me carga la pistola. Decide hacia una tercera persona que deje pagadas las deudas en la luna. Todo se lo doy a ella. Es su espanto y su dicha mi redención. Son sus malabares mi letra pequeña. Es el amor que te dé ella la excusa de mi verso para rendirte todavía canción.
Poner en barbecho la sombra de tu acequia...
para que brote de tu sepulto
amor recién nacido que pueda morar en otros
y devolverte desde la mar
cuando el rencor se duerma.

Todavía te deseo dinamita y el daño.

Es pronto porque tu sudor aún está marcado en mis sábanas.

Porque te odia el lobo desde nuestra luna.
Sólo han pasado 15 días y siete orgasmos.
Aquellas noches estrelladas
sin querer olían a tu muerte.

Y aunque me dieron la vida, los barcos, levitante mar y revuelta.
Te debía la pólvora el terminio de mi cuerpo.

Y su amor fue mucho más profundo y cierto que el tuyo.

Pero tú tenías la deuda de un velorio.
Y hay que quedar a pachas de las balas y de las flores.
Hay que desnutrir la tierra que profanamos entre nuestros cuerpos.

Tengo que darte todavía
el chingo
verso de sangre
playa desmantelada en la memoria.
Punk beso de ladrones.
Acabar el vino de nuestra orgía
con tu esqueleto en mi bandera negra.

Cerrarte en el poso de mi vaso.
Evaporarte de todos y de nadie
amor de la galerna.
Odiarte todavía
hasta que la guitarra se dé la vuelta.

Sé que después te amaré mar y cabaret.
Te irás cantando fantasmas y opio
y serás sólo hedonismo cuando mire atrás.

Pero ahora
es preciso que nos matemos
sin escatimar en daños.
Darte desnuda mi rabia.
Serte puta de tu oscuridad.

Cuando pasen otros quince días
y rompan cascarón las aves
y la poesía
te acabe protegiendo de mi cuchillo.

Serás orgasmo en la tundra.
Ladrón conmigo.
Camarada de un salvaje ir
sin haber tenido nunca nada de la tierra.
Hierve en la escalera
el verano acorralado de tu muerte prematura entre mis senos.
Éramos demasiado jóvenes
para sacarle pecho al cadáver.
Se lo sacamos a la curva
que peligrosa te eligió enemigo
fin de una historia
bastarda de alcohol y fe.
Putrefacción poética del exceso de entusiasmo
cuando la pasión no filtraba
si no abrías tu caja registradora del burdel y el ácido.
Yo era un desvergonzado estorbo
entre tu honra y mis testigos.
No te apenes si hoy sólo te son fieles mis gusanos.
En el amor a los tuyos salvan aquellos pastos
que nos dieron el amor cuando nos dábamos el desguace.
Quiero darle un último verso y bala.
Hoy no.
Porque espero que la fosa crezca
y la distancia sea irretornable.
Quiero escribírselo desde el otro lado de la orilla del Leteo.
Cuando ninguno de los dos tenga nada de nosotros
sino el grito del pasto en las ruinas de la lluvia
cuando mueren de sed las rocas en tus manos.
Quiero hacerlo cuando el vino haya secado mis sábanas.
Cuando mis ojos sean tierra removida en la marcha.
Cuando sea seguro que su amor no pueda rozarme
ni su licor torcer mi camino
ni el deseo recordarlo.

Soy extremista del ardor de las canciones.
Soy del todo o de la nada.
No hay armisticios entre la belleza y la muerte.
No hay mesura en el amor.
Fue del fuego, al fuego vuelve.

Prefiero la dinamita a un profiláctico entre flores.
Le prefiero enemigo a paz burguesa.
Le prefiero veneno al hastío de los pájaros.
Mi odio a los pasos de barro de la indiferencia.
Tengo rencor de cráter
de lago evaporado en el filo del cuchillo
de fiestas atadas a las bolas chinas del minotauro.

Me sube
pólvora que quiere romper en ti
arrancarte mis recuerdos
destruirte de los viejos reinos de dionisio
matarte del mismo amor que te di.

No puedo contenerla.
Quiere hacerte daño.
Quiere volverte polvo y mentira
y darte entre ruinas a los chacales.
Quiere apretar el gatillo contra la que fui entre tus brazos.
Quiere que su guerra sea lo único que quede entre nosotros.
Hacer de lo que fuimos juntos
vudú que ensanche la mar
alquimia de la noche del verso
los motivos de mi lobo.

Quiere tu muerte.

Me da miedo el alcance de esa violencia
pero hoy sólo la tengo a ella para que todo siga.

Vino desde ti
vuelve a ti.

Algún día dejará sólo el rastro de la mar.

Y habremos sido sólo navegantes del amor y de la nada.
Me sientan bien los velorios
para cantar
para ir más rápido
para quitarme quimera
peso del cielo
y sangre ahogada del olvido.

Tu muerte
es mejor musa
que el orgasmo que me dabas.
Tu traición es más bella que tus besos.
Más cierta que el vino que me pagabas
y que el amor que pastabas en mi cuerpo.

Tu jamás
prende estrellas en mi camino
y hace más ancha la mar.

Tu conmigo, era claustrofóbico del carnaval.
Me encerraba en el vicio del arder y morir.
De tener que mentir tanto para que me creyeras conocida.

Te prefiero sepulto que hombre.
Prefiero hablarte en la mar que nos devora.
Tocarte sólo en el poema.
Delatarte en la lejanía.

Me prefiero sin ti.
Ya no me agarro a ningún barco.
Dejo que la mar me escupa hacia su fondo inasible.
Sangran trompetas y playas
la belleza invicta
de los que jamás tuvieron ni gobierno ni legado.

Ellos son flores de papel y mezcal
en las cantinas y en el viento.
Yo soy mentira que no daña
que sólo ofrece placer e indigencia
amor de ceniza y pájaro
canción que arde contra la orilla.

Sólo la mar me ha conocido.
Sólo en ella toqué tus labios.
Sólo ella me dará muerte.
El teatro ordenará los papeles.
Hará de tu cadáver
los favores del chigrero
entre las piernas
de la que baila el agua
cuando mueren de sed las calles.

No será la verdad ya nunca.
Murió en tu esperma la noche que me hablaste de esos sanatorios de tu sombra y tus flores.
Murió ebria de rencor cuando mi vagina bebía el encefalograma plano de los hijos que mataste en el pájaro que me vivía
contra ti.
Me iré en busca del salvaje poseidón a cualquier parte.
Acá hay muchas sombras rebobinadas de la enfermedad de los negrillos.
Soy vagabunda y sólo he tenido lo que he amado. Ningún oficio, ni mano perenne en mi mano, ni poema que no muera en la taberna de la luna, ni motivo que no arda en la hoguera.
Todos ellos fueron unos náufragos y unos titiriteros. Y en todos los hombres que me ofrecen su desnudez y palabra, veo la extensión del teatro y no un hogar ni una certeza. Ya no me sé entregar a un humano, sólo a la literatura. No puedo evitar verla en todas partes. No puede creerme un beso sino es en ella y en su alcohol. Hallo tras ellos, el vértigo de la muerte que nos vuelve a todos perros y dramaturgos, hallo el hambre, la deriva, el exalto de un cielo perdido, la urgencia de la llama, del aullido que tienda un puente frente a la inexistencia. Ya no me creo el amor sino está entre las piernas de la muerte amamantándonos.

Por eso sólo tengo la milonga.
Por eso tantas veces todavía contaré cuentos.

Pero tras ellos, no estarás tú ni podrás tenerme.

El éter ha matado la verdad.
Soy sólo su vagabunda.
Sin patria, ni dios, ni marido, ni partido, ni más fe que el teatro.
Lo engaño tras lo que tragan los tilos.
Lo desahucio de mí para que no me hiera.
Quiero no quererte para que sea más fácil para los dos.  Pero a veces me persigue desolado el amor. Y no tengo mucho qué ofrecerle. Sólo un verso que nos camufle y nos vuelva otros. No quiero llorarte. No quiero haber perdido algo en tu sepulto. Y aunque haya ocurrido, necesito que el Teatro escriba otra historia. Esa verdad me hace inerme y vagabunda. Me deja desgarrada sobre un camino explotado en la ausencia. Me haría llorar los esqueletos de las flores. Me haría una fosa donde no entraríamos los dos, y si quisiera caber la memoria, tendría que morir el mundo. Por eso lo que en mí te ama, es clandestino y se queda fuera...  arrasado por la crueldad del mar, por la belleza de la vida. No puedo decirlo en voz alta ni quedarme con ello. Me mataría. Y aunque a veces se me caiga encima desde el insomnio de los dinosaurios, es un secreto que sólo la noche murmura dentro de mí. Sé que estoy levantando un castillo de cristal y metralla para ahogarte en la caja de matrioskas, en la rata que dentro del estómago del búho canta la de volver. Quiero suicidarte de la verdad, aunque pierda también algo mío. Me ayuda el rencor de la belleza, la literatura, el vino del callejón. Y aunque sé que miento, también mentía cuando pretendía lo contrario. Sólo es porque no quiero llorar. Porque mi lágrima me derretiría el espantapájaros y me devorarían los cuervos. Porque si llorara por ti me matarían las montañas, se haría estéril el fuego, la poesía se convertiría en un cementerio. No tendría ganas de seguir luchando ni amando ni soñando. Por eso le doy tu amor a las ruinas del teatro.
No me quedaré con el rencor.
Lo tragará la poesía.
Hará alquimia entre cabarets y noches estrelladas
pasto de mamuts y fuego de caverna.
Y lo que no purgue te lo daré a ti.

No seré religiosa del amor.
Me prefiero sucia.
Prefiero tu sangre en mis nudillos
que la mía en la ausencia.
Prefiero profanar al cielo
que hundirme blanca en tu sepulto.
Prefiero romper mi puerta en tu espalda
que cargar la tuya.
No podría
decirte nada honesto
que no fuera el chingo
apetito de las malvas
que te rompan en pedazos las canciones
que se partan tus huesos en mi puerta
que la fosa te encuentre antes que lo que me queda tuyo.

A la mar le diría...
Al viento. A la salvia. A los perros.
Aún quedaría algo tuyo
en las ratas y en los pájaros
entre las piedras y el vino.

Pero a ti sólo podría darte, patada y jamás. Escupirte ofensa de lo bello. Rencor de mi crepúsculo.
Te negaría el agua, la piel, la sombra de mi tilo.
Te lo entregaré sólo en la muerte. Cuando no me oigas. Cuando nunca te imagines que te quise tanto.
A veces
me vuelve ese celo de lo perdido.
Porque amé siempre mejor cuando ya no había nada.
Reflejos de blues en la vela consumida.
Esquela de ayahuaska entre mis piernas.
Exalto de la melancolía que acusa el horizonte
para hacernos pájaros que tomaron todas las olas hacia lo inalcanzable.

Y no eres tú como hombre.
Es el diablo de la poesía el que me busca en tu sepulto.

Prefiero ahogarte en la mar.
Arrancarte para siempre de lo que miro.
Obligar al poema a cavar la tierra y repartir la carne cruda.
Que nunca más. Sólo en las luces de san telmo y en las cuchillas de los bares. Sólo cuando el cansancio deshollina las palomas. Cuando la fe vencida choca con los cráneos. Sólo cuando tan náufraga me venga tu balsa de cicuta. Sólo cuando por harto hastío revuelva en mis cajones y te halle humo que alguna vez mintió y me quiso.

Quiero darte al olvido.
Tardaré medio gramo de Marte en la soma.
El beso de un extraño y tres cuartos de fracaso.
Dos balas y un recuerdo que no coman los gusanos.
La rasgadura de mi vestido en los dientes de tu perro.
Tres botellas de whisky y una epístola de ceniza.
El doblar de las campanas, la erección del pianista.
Un sueño de elefantes y un testigo.

Pero hacerlo sin ti para siempre.

Me desdigo de amarte todavía.
Quiero tu nada suicidándose en el verso.
Te quiero apostasia de aquellos frutos.
Fango en la isla. Tachón en mi cuaderno.

No soportaría verte fuera de tu sepultura.
Sería demasiado cansado
provocar un fruto
desde mi indigencia.

Lavar a mi espantapájaros
para que vieras al río en sus puntas.

Hacerte la carretera
entre mis escombros
primera línea de mar y de fuego
para que supieras al fin que nunca nos tendremos.

Que aquí nadie tuvo a nadie.

Que de nada puede alardear lo humano. 

Tómame
ruina etérea
nombre borrado en la playa.

No me oigas
ni con la sombra del museo
ni con los rayos de la luna.

Soy siempre la otra.
La que se hace a un lado para que la muerte toque un vals.
Para que te entregues al amor de otra mujer que te tenga algún futuro, algún abrigo, alguna bella mentira que nos colme.
Soy la que jamás se quedará aquí.
La que no sabe.
La que no te toca.
La que vaga sin nadie y muere de todos.

A veces prefiero beber del desierto
que delatarme canción en tu boca.
Son los ardides del lobo
que vieron arder los poblados en sus fauces.
Vomitaron plomo y ruina
las casas de la deshonra.
Solo de todos los muertos.
Cavó en la noche su historia.

Pellejo deshollado
del abismo
viendo envejecer las palabras
en los sepultos del tiempo.

Pero también
a veces soy la puta
que ama todo lo que se mueve.
Abro mis piernas de rosa y sal.
Acojo a cualquiera que tenga medio poema y una muerte.

Me humillo en el lecho de la ceniza y de la llama.
Borro mis huellas dactilares con esperma y sangre.
Y mi historia es una página en blanco
bebiendo estrellas y callejones.
Y soy vaho.
Tierra caduca.
Madre de impostores.
Feto de lo inexistido.
Fe de lo olvidado.

Y quiero que mi amor
toque una certeza o una sepultura.
Pero sólo toca el fuego.

Me quemo los harapos
la voz, el verbo, las costillas
arden las calles y los cielos.

Pero me voy sola.

Y el amor es otra vez
ese órdago de la poesía
haciéndome milonga.
Ya no quedan certezas.
La pasión es el exabrupto de un camino arrancado de la tierra
choca en la lejanía
y escupe fuego que retorna
hacia los pechos de un poema.

No son por los motivos.
No es refugio.
No es pan para mañana.

No me quedo en nada.
No sé defender una memoria.
Ni atarme al ave ni al naufragio.  
en Lisboa quiero amarlo perversa, escandalosamente, y hacer de mi corazón, la humedad de una mar que me penetre. Encayando ebria en su poesía.

Todavía no me atreví a morir en sus luces de san telmo.
Todavía no me desintegré entera en el vapor de su guitarra.

Escondía
sin querer
la navaja de otro muerto.
El rencor de la luna.
La  venganza del olvido.
El llanto de la tierra.


Pero en cada pájaro que pasa
se abren mis brazos hacia su canto de petricor y revuelta
de antropología de fuego y bala
de las líneas de la mano de la mar y la lejanía
escritas en su cuerpo
como la noche que me ama
con sus estrellas colgantes
mucho más allá y más acá
de lo que somos.

Solo fuimos
lo que la poesía quiso de nosotros.
Y ella lo ama tanto
que no es aquí en la tierra donde lo avianto contra mis senos.
Perderlo.
Es quitarse de encima un muerto.
Aunque cante durante un tiempo el réquiem y el polvo
la rabia, las rosas de fuego, la sal enmarañada de mares imposibles, las playas de Barcino en las huellas disecadas de las medusas cuando cayeron todas las torres y las luces sólo eran las heces de Panero. 

Perderlo es conquistar poesía
y firmamento.

Librarme de esa droga que me rulaba el diablo
cuando tenía tantas ganas de morir
y lo más cercano era apretar el gatillo desde su semen
volar desolada la eternidad de los náufragos
tocarlo a él para no tocar a la nada
convertirlo en un poema para que su hombre no mate la fe. 

Emborracharme para poder habitarlo y hacer canciones con la miseria.
Fingir la estupidez para que pudiera amarme.
Disfrazarme de un igual para que mi soledad no se pusiera vanidosa y me llevara donde no queda nadie.
Ser puto carnaval para que el punk me diera un orgasmo.

Necesitaba vestirme con los escombros de mi humanidad
para poder tocarlo.

Me había vuelto una cabaretista del burdel del mar.
La puta del vino húmedo pariendo flores en cementerios que arrancaran la llaga de la roca del cielo muerto.

Perderlo
es matarla a ella
y entregarla al fin
al fin que la entraña.

todavía la inercia de ese champán volcánico
ahuyenta muertos en mis desmemorias
roba papeles manchados con semen y sangre
a estatuas de barro y calavera
que mean cielos arrodillados en la lealtad de las piedras

todavía no pude matarte
del efecto en cadena del canto y de mi hambre

las viejas metáforas
siguen el camino de tus difuntos y las orgías de nadie
viven el vino cortante de la misma noche en la que te abrí mi inexistencia
borrachas del mismo astro que te disfrazó de los motivos
que te hizo amor cuando sólo eras una taberna
que te hizo hogar cuando sólo eras extranjero que se iba
vagabundo que necesitaba el calor de una guitarra y una mentira

ellas cobraron vida propia
expulsándonos de los hechos
ellas siguen
aunque ya no estemos
aunque ya no seas nada sino violines de esperpento acunándome enamorada ausencia
ellas se aman a sí mismas
y te expían sin ti
en mi pecho.
Necesito escupir el cubismo de su cadáver.
Purgarme a fuego lento
de la podredumbre y los pastos cristalinos y cortantes del jamás
de la rosa que todavía ama
del rencor
de lo que fue
y de lo que nunca.

No puedo quedarme en ninguna canción.
Han de ser todas sangradas en la mar.
Revueltas y parias.
Sin prosa.
Sin por aquí.
Sin raíces. Sin futuro.

Sólo el cubismo es fiel a lo que soy.
Sin célula madre.
Sin centro.
Sin la arquitectura de lo probable.

No puedo enterrarle
con lágrima de acantilado en las costras
ni con la saña de que lo lleven los demonios
ni con el amor que le tuve
ni con la milonga.

Ha de ser todo y nada.
Larga vida del Teatro.
Desaparecida tierra.
Secano de la nube.
Veneno del verso apuñalado.
Inevitable mentira de no haber muerto por nada.
se cayó el muerto en la mesa de billar
cuando yo estaba buscando otra despedida
no nos dio tiempo a saber cuánto de nosotros se acababa allí
ni a tirarnos las ruinas a la cabeza
ni el gorrión al viento
ni la verdad aquí

empezó a especular la literatura
el pago de los nichos
el olor de la tierra removida
el espanto, las deudas
la fe que seguiría

destruyó lo que sería cierto
acabó también con el pasado
porque la memoria de los muertos
sólo pregunta por lo que arde

te volviste la contrariedad camuflada de otra historia mucho más compleja que nunca te conoció
ahogado en mis venas como sal desmemoriada
como el silencio dentro de la ballena de Jonás
como el rencor abandonado en la arena húmeda
La poesía me engaña.
Duele un amor que sólo lo conoció ella. No estuvo en el hombre. No tocó mis labios.
Perteneció a mi soliloquio de hoguera y oleaje.
A la sinestesia del exceso de vino derramando las luces de sal telmo en las carreteras explotadas cuando ninguna huella toca el suelo.
Es un amor aislado de los hechos. Que siempre estuvo solo en mí. Era pólvora surrealista tirando muros para que el lobo fuera más rápido. Era un lazo de aves en lo confuso e improbable.
Como la poesía me manipulaba, yo la vivía a ella, la veía a ella en él, lo quería con ella y no con él.
Hoy en su cadáver, la poesía sigue mintiendo. Reclama su reino inexitido. Me hace creer que he perdido un parnaso. Cuando sólo he perdido a un extraño que se emborrachaba conmigo en los barracones. El hombre que ella amaba nunca existió. El supuesto amor que nos tuvimos sólo fue un delirio de ella. 
Ella no lo soportaba como hombre. Lo sabía vulgar, llano, estéril. Necesitaba convertirlo en un héroe. Idealizar sus escombros. Volverlo épico del insomnio de la luna, de las canicas de la nada. Hacía alquimia con sus miserias, para que yo no tuviera remordimientos de Alicia, para que no me sintiera absurda en el infierno, para que el amor valiera la vida y la muerte.
Tenía pavor a decirme en voz alta lo que detestaba de él.
Lo escondía en la metafísica.
Reprimía los sentimientos en las llamas de mi idealismo.

Y hoy que se abrió su tumba.
Se abre también la cochambre.
Porque él se fue dejando su miseria.
Sin mirarme a los ojos.
Sin cantar la canción.
Mostrándose como era sin el velo del teatro.


Hoy entierro al hombre despojado de la poesía.
Abandonado de su amor. Tan pequeño. Tan incapaz a hablar la lengua de los pájaros. A conocer la mar. A haber amado.
Aletean
las sombras de los chopos
el mal de altura del amor en cueros.

No puedo arrancarte el lápiz de mi memoria.
Ni darte más de la nada que nos dimos.
El viento tomó por la fuerza las ruinas del pronombre, la dicha, la patria, el futuro.
Los ardides de los pájaros dijeron tu nombre para no decir lo imposible.
Pero fue hacia allá
mi sangre.
No posé nada en tu suelo.
No quemé en tu cielo algo mío.
Lo amado
siempre estuvo más allá de la mano que alcanza
de la herida que traga.

Fuiste vendaval de los perros sin dueño
cuando mi calle tenía hambre de sangrar una sombra.
Te usó la luna para cantar lo inalcanzable.
Te usó el teatro para que fueras cierto.

Hoy que te vas para no volver
no hay nada probable.
Ni la lágrima, ni la dinamita.
Es alegre el espanto.
Es triste la esperanza.
Es mandragorasamente cruel el Sol que nos ilumina.
Me olvidaré.
Se pastará entre los sapos azules
cuando la lluvia eléctrica
escupa otro punk en los rizos de la luna.

Hoy es todo una antagonia.
Quise perderte para siempre.
Quererte cada noche.
Quise madera quemada
órdago del pisa-tormentas.
Nunca más
menos en esa penúltima.
Luna verde
de fosa ancha.
Apostasia del todavía.
Clavel de sangre
entre tus puntas.
Ciérrame los ojos en el absenta.
Ábreme el vacío entre las llamas.
Que no te vea.
Que no te me mueras de los naufragios.
Que no te canses de estar vivo.
Que te devoren las nubes.
Que te electrocuten las palabras.
Que no me busques.
Que no me halles.
Que no regreses.
Que no te vayas.
Que no me niegues el vino ni la guerra.
Que no te quiera.
Que no te importe.
Que me vivas.
Que me huyas.
Que te caiga el cielo encima.
Que te salven las razones.