HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Recuperar la sencillez, el analfabetismo del petricor descifrándonos los diccionarios. Vivir detrás del alma y no delante. Detrás del corazón del perro, del musgo, de la mar.
He dado muchas vueltas. He caido muchas veces. He conocido el grito del suicida, del loco, del vencido. He llevado las heridas de cientos de naufragios. He jugado mi trama desde debajo de la tumba, desde la desesperación, desde la agonía.
Por eso hoy sé que es más importante la hierba que el dinero. El vagar que el permanecer. El cantar que el tener.
Es preferible obedecer a los gusanos y a las ratas que a un patrón. Es mejor trabajar para las ruinas que para el capitalismo. Es mejor quemarlo todo al fuego cada noche. Ser sólo viento. No casarse sino con la luna. No dejar una herida, ni una perla, ni una necesidad, en los labios de nadie. Comunizar el bosque. Deshacendar al yo, al tú. Incluir siempre al Fauno.
Hoy vi otro camino, donde no llegaban los caminos, donde no se preguntaban nada a sí, donde no se herían de sus fauces, ni de su pan, ni de su pobreza. Donde todo manaba sin quedarse, sin quedarme. Y eran tan bellos esos cardos y esas lagartijas y esas piedras que parecían un milagro de un poema que rompía en la mar e inundaba en sus ojos sin fondo, todo lo mirado.

Hoy vi su muerte en mis ojos, en el árbol, en el río. Y no acababa allí. Y rompía un agujero del tiempo donde retornaban los trigales al aullido del petricor. Cruzaban decenas de aves que se iban, me pedían que me fuera, que cantara.

Volver a las cigarras. Humillarse ante los animales. Subirse a sus hombros. Roncar sus estrellas. No dejar nunca de cantar porque sino nos devoraran las estatuas. No detener jamás el ritmo que hace amorfa la música porque sino nos tragarán las arenas movedizas.

Hoy ya no me hería nada con Yoseba. Éramos otra vez, dos tejones arrascándonos las pulgas. Éramos otra vez, un canto oblicuo, juntando a veces en una hoguera, un escalofrío de amor. Apagándonos a veces en los hielos del whisky y acunando al coyote que siempre va solo. Sin cuerdas. Sin miedo. Sin propiedad.

Hoy ya nada me sufría, el reclamo de mi herida de nacimiento. 

Caminar. Celebrar que la hierba crezca. El beso. El grito. Las mariposas, las lombrices, los charcos. Celebrar cada segundo de vida.
He llegado ahora a la ciudad. He estado feliz. Kavka nadó de camino en una charca. Me di cuenta que la felicidad, es no esperar, no pedir, celebrar las hierbas, las lagartijas, el vino, y también cuando es amarga la armónica de la noche. Respirar hacia el mar. Bailar sin apretar las manos. No trabajar. No acumular. No desear nada que no arda ahora en las venas. No pronosticar. No proyectar. No quemarse en quimeras. No conocer jamás del todo a nadie. No esperar que esos ojos sean los mismos ojos que yo amé, ni que esas palabras besen mis labios ni me bailen el agua. No hacer lo que dice el calendario ni el reloj. No respetar las ceremonias. No cargar la cruz. No cargar la rosa. No arrepentirse. Gritar. Desnudarse. Que nos toste el sol las cantinas, los callejones. Que corra el aire. Que aullen los perros.Que la gasolina esté también lista a la hora de la rabia, de la plaza, de la anarquía. Que todo me resbale y se sacuda de rocío el croar de la rana.

Disfrutar de las pequeñas e ingobernables e invendibles cosas. De lo que jamás será nuestro y qué bueno. 

Quererle cuando quiere la querencia, canta ese sapito, la gana se engana. Irme cuando me llama la nada, el caballo, el ratón, la luna, otro vagabundo. No sopesar su cariño, ni su imporvenir, ni su casa de resina y de viento, ni si no hay mucho sitio para mí. Ni si no tendremos mucho tiempo antes de la hoguera. 

No juntar mi edad a los años.
Ni mi oficio a las nóminas.
Ni mi hambre, al flujo monetario, ni al sistema, ni a la tierra. Sólo al Fauno.

No pedirle cuentas a lo perdido, ni a lo sangrado, ni a lo muerto. No pedirle de vuelta al paraiso otra calada de marihuana. 

Mojarse cuando llueve. Quemarse cuando arde. Enfriarse en la nieve. Calarse todos los huesos y las palabras. Volver siempre a los perros que jamás nos olvidaron, que jamás olvidaremos.

Llorar hasta por los muñones cuando es tan bella la noche, cuando esa guitarra se retuerce.

Tener siempre la mar entre los pies. Siempre el verde. La tierra seca. La baba del caracol. El desvelo del champán. El padre que morirá. La tierra que se irá. El amor que  vuelve y vuelve cuando jamás volvemos, cuando nada quedará, cuando ahora es todo el universo.
Vengo del río. El poema anterior vino repitiéndose como un mantra en mi forma de ir. Cobró profundidad en mis recuerdos, en mi pellejo colgado de la rama, en el bandoneón. Fui consciente que me costaba en el pasado mucho soltarme del cuchillo y de la estrella. Que yo fozaba y fozaba mis heridas en busca del humus. Escarbaba más y más el pozo. Al abrillantar del malecón y de la espada. Con un nudo gordiano del delirio del hash y de la bala. Y al volver a cantar el poema anterior, llegué a un sitio nuevo. Pero que alguna vez conocí en la infancia. Ese lugar donde aunque llegues con las piernas llenas de heridas, danzas sobre la hierba. Que te caes y te levantas, das un salto de corzo y te vas y te distraen los pájaros, las flores, la mierda de las vacas. Y el renacimiento es cada segundo, pero nunca sobre el cadáver, sólo de viento, sólo la magia del fauno.
Comprendí que las metáforas que escribí en el poema anterior, siempre van unidas. Que buscar la paz de una herida, es encontrarse con la guerra. Que buscar el amor en un muerto, es encontrarse con su rencor. Que son bucles eternos. Cíclicos. Pero siempre bucles. Tienen una dualidad pero nunca te puedes mantener en ningún polo.
Comprendí que yo me agarré como un rayo a mis sombras, ruinas y utopías.
Y supe que para de veras irse, también hay que soltar el canto de sirena del paraiso. Que no sirve de nada querer quedarse en el soplo del amor y de la claridad, porque eso sigue taladrando la oscuridad de la espina en el envés. Que hay que renunciar también a la isla. Moverse. No pararse. Irse con furia de cada paso.
Me quedé en el río, yéndome. Me vino un olor a madera quemada. Vi la guarida del fauno. Sentí de nuevo mi juventud. Sentí otra vez que yo era agua. Y vi a Yoseba desde mi peregrinaje, desde la cantina, desde la infidelidad de la mar. Y volví a sentirme leve, enamorada, de lo que migra, de lo que no permanece, de lo que sólo viaja y viaja.
Recordé cuando murió mi abuelo paterno cuando yo tenía 7 años, y supe que yo me despedí de él, desde ese movimiento ácrata y siempre alegre.
Comprendí que después, yo fui acumulando una peremne tristeza y rabia y romanticismo y alcoholismo e indigencia y una gota insolubre de sangre, porque yo me agarré, me agarré al cordón umbilical del insomnio de Artaud, me agarré al humus del hueso roto, me agarré al amor de los suicidas, al desamor de los suicidas, a los corales que nunca dejaron descansar a Alfonsina. Y como los locos, fui rompiendo mis paredes a cabezazos, siempre tan despedazada. Porque no me soltaba. Porque no corría como los ciervos, como las ratas, como el río, como las hojas muertas, como las lágrimas por el mezcal y por el crepúsculo. Y crujió en el fondo de mi entraña, una estampida mientras el río me dibujaba unos nuevos ojos. Y me juré que jamás haría ninguna otra cosa que irme.
A veces, simplemente es irse. Juntar los huesos al jilguero que canta. No decir ni una palabra. No cuadrar ningún calendario. No amortizar ni la herida, ni el insomnio, ni la esperanza. No buscar el sentido. No maquillar al muerto. No decirle adiós ni vente conmigo. No darle el descanso de la tierra ni la ebriedad del vino. No llorarle, ni cortarle rosas. No echar acuarela en la fotografía, ni ponerla un marco, ni una vela, ni echarla al fuego.

Sólo irse.

Sin lavar y cerrar la herida. Sin clavar más dentro el nervio.
Sin pagar el billete ni la pensión. Sin portar la sombra. Sin culpa, sin suerte.
Sin escribir ni un verso, ni una piedra, ni un espantapájaros, ni un amor, ni un cuchillo, ni una tumba.

Con la casa ambulante encima de la gaviota.

Sin tristeza. Sin alegría. Sin ahorros. Sin embargos. Sin muebles. Sin maleta. Sin el clavo ardiendo. Sin el volveré. Sin el te encontraré. Con el tengo nada. Con el soy del viento.

Sin buscar la paz ni la guerra. Ni el perdón ni la venganza. Sin pretender. Sin epílogo. Sin remiendos. Sin fe. Sin miedo. Sin mirar atrás. Sin salvar al pájaro. Sin condenarlo. Sin la prisión. Sin el paraiso. Sin dudar.
Aquellos años, provocaron un alúd en los años que vendrían, sobre el lomo de los perros, con el cierzo en la garganta, con la casa en la hoguera, con el tatuaje del crepúsculo entre una medusa y una cabra. Con mi moneda en el ortigal oxidando todos los oficios y eligiendo el del ave y el del erizo. Pobreza perpetua de las palabras fractálicas sin madre y sin colchón.
Aquellos años riegan mi manera de bañarme en el vino y de tocar palmas a la soledad de mis buzos y de mis lobos.
Son también mi cigarrillo de hierba en sus labios. Cuando él se acerca, cuando él se aleja, las montañas de aquellos años, encienden la cerilla en mi adiós. Tragan selva, inhalan peces. Se mueven sin nadie. Y en mi corazón una jauría despereza la salvajidad del vacío.
No importa ya el objeto directo que se enterró y parió en mi corazón, el vudú del cuervo, de la margarita, del cachorro de ciervo embistiendo la nieve.
Es la sombra del poema, de lo amado, de lo perdido, del enjambre del cavar la tierra, de vestirse de coral, de desnudarse de crisantemo y salitre. Es el fuego poético que alumbró más allá de lo que el propio cuerpo abarcaba.
Es la deriva de lo que siguió, desamarrado de nuestra conciencia como el sumidero de nuestro vino. Como el descanso en la cresta del éxtasis, del velorio, del crotorar. 
Nada se borra nunca. Ejerce el poder de la metonimia y de la metamorfosis del fuego del verso. Muta. Sigue manando el río. El hueso que danza la sumersión, es un hueso de viento que nombra cada vez la carne desde una bestia diferente. 
No hay olvido. No hay paz. No hay amor que cosa los huesos rotos. Sólo hay sinestesias en movimiento. Traslaciones del temblor, de la belleza y de la muerte. No permanece tampoco nada. Ni la lágrima ni la herida ni el cadáver. Ellas también beben el poder de la mariposa y contagian rizomas al paso del inframundo.
Ciertos poemas siempre mienten. Su mentira es la promesa infantil del primer amor y de la primera tumba. Es la promesa de la ferocidad del primer cuchillo y la primera rebelión. Pero nuestra urraca sabe que son sólo una milonga. El arroz de la noche, alimentará a las bestias. Brotará de su claustrofobia una maza para romper la pared.
Con él, fueron demasiados poemas escritos por la fiebre de la calavera. Un magnetismo aniquilador de la mano que se abre y ruega la voz de lo cierto cuando la noche baja. Y entre sus dedos, la antártida borra el latido que desea, el nombre de la aurora, la pisada que nos trajo hasta aquí. Fue ese hambre a la enésima del corazón que volvía a la calle y se iba sin nada, silenciado por el estruendo de una destrucción que asfixiaba en su sueño, la apertura de su sueño.

Éste tipo de historias, nunca hayan un final que las dé calma y canciones. El final las encuentra a ellas. Las obliga a irse, a desperdigarse, a escupir los huesos, a tirar todo el equipaje y el recuerdo por la borda y a echarse a la mar.

Tal vez yo he mantenido en mi subconsciente algún muerto voraz del velorio. Un muerto que no pudo alimentarse lo necesario por la tumba ni por la ceremonia. Que no encontró descanso y que hambriento vagó la brecha. Su pena tampoco pudo quedarse como la amortiguación a su poema. Su amor no aguantó el duelo como una flor de nieve. Se convirtió en una extraña criatura sin universo, que se alojó como un intruso en mi corazón sin patria y sin tierra.

Cuando se ha amado tanto y se ha perdido tanto. Un tiza de mandrágora tiñe la lluvia, con una lejanísima escafandra de monte y de nube. Un relincho caníbal de la noche. Un tragar la rosa de jericó donde los balcones abandonan la casa y se hacen muecas de la migración de la golondrina y del devenir del perpetuo vagabundo.

El agujero empieza a deshumanizarse y desrrealizarse del tumulto poético y de la propia vida. Y como un organismo independiente alumbra a veces las noches sin luna, con extrañas botellas de whisky que ninguna mano puede sostener ni soltar.
Crepita hoy la primavera. La nostalgia de las procesionarias de los pinos, empieza a vagar por las ramas, a preñarse de fuego.
Tú te marchaste un agosto. El verano nunca volvió a nombrar la mar desde aquellos ojos de salmón y de fe. Se encrespó el acantilado. Los metales subieron los andamios de humo y de madera. Doblaron campanas de cuervo, el viento de los trigos. Y el hueco se prometió en la luna.
Vendrían otros nombres, otros barcos, otras formas de bailar con la muerte.
No vendría el olvido. Pero muchas noches en sus brazos, la vida intacta, cantaría la selva. En su otro lado, la vieja sombra amarrada a tu calavera, tocaría mi piano. Y el dolor ya no dolería como un hijo muerto en los brazos. Sino como un blues. Como un país al fin destruido. Como un verso suicida entre telones y mezcal. Calor de los que no tienen mundo, de los que nunca tendrán nada. 
Te seguí queriendo en mi forma de agarrar el vino y de escupir. De cerrar mi corazón al civismo y amarrar a los perros, los mismos perros que una vez te ladraron desde mi cielo. Los que te reconocen entre los muertos. 
Te seguí nombrando, en mi papel de carcoma y salmuera. Sin escribir ya tu nombre. Sin tu olor. Al cruzar el valle que ya no recordaba el réquiem. El mismo valle que amé amándote. Sin ya tenerte. Sin ya asirte a la metáfora que te asía. Cuando ni el recuerdo cruje el mismo charco en nuestras camas para siempre separadas. Cuando ni la lágrima, fada, el mismo poema acuchillado en el corazón. Ni el corazón comparte las tormentas de ahora, ni los cadáveres de ayer, ni la primavera, ni los pájaros de lo bello que aún nos alientan.
He vuelto a pensar él. Pensé que estábamos los dos demasiado heridos para sostener el poema de las flores sin perder todos los huesos. Lo amé. Lo amé de veras. Pero la muerte no podía juntar nuestros labios, porque la debíamos a ella cien batallas solos, del todo solos y aislados de la luz, de la tierra y del futuro. Un hueso se me cayó hacia él, y no volvió. Él tampoco podía recogerlo. Debajo de la mar, a veces canta canciones y me llegan sus migrañas, sus convulsiones, sus corales. Pero ya no puedo enredarlo otra vez a mi esqueleto. Es del fondo de la mar. Ya no es mío. Ya nadie podrá devolvérmelo. La mar lo lleva.
Cantan los pájaros. Yo sé que hay un fondo oscuro que arrastro, junto a los juncos horfandados de la lluvia. Junto al adiós. Es una manera de llorar escarbando la tierra, callando junto al río, abrazándome a árboles. Cantar al fracaso en los ojos de monte de un perro. Congelarme medio cuerpo por si acaso entre esos bodegones que alguna vez enverdecieron desde él, mi ruina y mi olvido. Y él se fue. Un pájaro transparente de la muerte voló desde allí y con un cacho de mi corazón vagabundeó sin encontrarme el tambor de las islas.
Nunca me explicaron nada las palabras ni los hechos. No defendió el canto el Sol. Tuvimos que ir a robarlo a una tumba, revivirlo entre alambres y membrillos, entre gorriones y marismas. Ocupar el hueco con un hueco más vehemente. Romper la fotografía para que se rompiera la lágrima. Con sus pedazos regar un tulipán que daría de comer a las cabras que nos llevan. Con la sal entre las uñas.
Me hice solitaria por tantos motivos que ya no importan. Y seré siempre solitaria. La escritura está demasiado interiorizada en el hundirse hacia dentro y marcharse. El adentro es solitario. Una bestia lo protege.
Sueño el amor. Busco sus grutas, sus madrigueras, sus estercoleros, cementerios y selvas. Amo al amor, honro su agua, su vino, su viento. Me humillo ante el amor. Me desarmo. Quemo mi casa. Trasnocho, ayuno, deliro, por el amor.
Pero el amor, sólo es una bestia que hace mucho abandonó la tierra y vive entre monstruos, entre el fuego interno de los árboles y las pumas que acaban de parir.
Vive sobre las piernas de la muerte. Suyos son todos los mares y todas las guerras.
Al amor no se le alcanza. Al menos la gente que es como yo. 
En mis brazos no reposará su cuerpo.
En mi voz, no se quedarán sus poemas.
En mi casa, no dormirá al lado de la chimenea, ni dirá mi nombre cuando venga la tormenta.
Hace sol. Busco las palabras. Hoy estoy algo agitada porque iré a la ciudad unos días. Me cuesta abandonar el monte. Ayer empecé a escribir, esto que no acabé;

"Vengo del monte. He visto las primeras lagartijas de éste año. He estado en muchos sitios por mi cabeza y a la vez me agarraba un cuenco de barro en las conversaciones cotidianas con mi viejo. Disfrutaba de su alegría. Esa alegría triste y desapegada que él tiene, de haber andado muchos caminos y nunca haber encontrado ningún sitio dónde quedarse. Esa alegría terrible que da el andar de la mano de la muerte. Esos ojos que ya no mienten. Ese corazón que ya no guarda durezas, que mana lo que late. Esa otra compasión y suspiro ante el dolor ajeno, ante las mezquindades y miserias. Cuando mirar cruzar un pato, es mirar la migración de las estaciones, el olor de una naranja de hace 40 años. Cuando oir el canto de los pájaros es la suspensión del misterio del agua. Cuando nos estamos yendo de la tierra y a la vez un raro piano nos habla del infinito entre los brazos nómadas del final de todo. Con él soy feliz fácilmente."

Cuando yo me vengo al monte, para mí en parte desaparecen todas las palabras excepto la de los árboles. Estos días al estar con mi viejo, también miré, la muerte que acecha, la enfermedad, el tiempo y su guadaña. La aprensión de la amapola en el abismo.  Una nostalgia. Un grito voraz del último piano. El miedo a perderlo. El darme cuenta que muchas cosas ya no eran como antes. Tal vez yo he huido algo de las circunstancias, me he escondido detrás de un conejo, de una botella de vino, de la urgencia de un poema. Me he emboscado en la naturaleza para poder ir hacia el Infinito. Y me he apeado un poco de mi familia. Tal vez fue para huir de la tristeza. Por no saber qué, sino es un baile. Por un deseo del Fauno. La idea de la muerte de mi padre, me es una planta alucinógena.
Hoy soñaba con un FP, un módulo de enseñanza muy raro. Era algo metafísico. Y había una herida. La herida impedía aprender porque la herida sangraba. Yo sentía mientras dormía, esa herida e iba sintiendo sufrimientos como de la infancia. Era algo muy visceral y extraño porque se daba con varios diálogos a la vez.
Ha salido un poco el sol. Las palabras no están demasiado ahora. He estado ensoñando una historia lejana que ha soñado también mi cuerpo. La gente solitaria, siempre seguirá siendo solitaria. Siempre tendrá a un monstruo que a veces saque las garras, levante tierra y se vaya, y trague para dentro el respirar de las estrellas y muy cerca de la nada, hable el río con las sombras, con los juncos, con la migración de las aves.
Cuando la soledad abrió sendas en el invierno. Cuando la rareza fue la fuente, la tinta, la almohada, permanecerá su suspicacia, como la suerte y como la maldición. Esto es algo que tengo que aceptar. Algo en mí, habla demasiado cuando no hay nadie. Me sabe demasiado en una noción sin humanos. Me sostiene, me canta, me empuja, me hechiza, en el extremo de mi individualización abierta al éter y cerrada del todo a los poblados. Por eso la brecha entre mi medial y alicia siempre será sangrienta y abisal. Porque mi naturaleza es una naturaleza sin semejantes. Tal vez por mis experiencias en la grieta de los mundos, junto al sonido de las sirenas de la policía y el manicomio. Junto al duende del tambor de sangre. Junto a monstruo.
Mi amor humano tiene un espina que nunca saldrá de mi pecho. Yo no debo luchar contra esto. Debo navegar junto a esto. Estar pendiente de mis animalarios para cuando doblen esas campanas y yo deba irme hacia la bruma y la ausencia. Saber que la monstruosidad de mi cucaracha de Kafka, una vez que yo entre en mi bosque, será un beso de un árbol. Yo no puedo obligar a ciertos de mis animales a permanecer fuera de su hábitat cuando viene determinada música o tormenta. Mi medial, debe retirarse junto a ellos y no permanecer en la brecha. Tengo que aprender a proteger a mi rareza y a vivir en su armonía. Esa armonía nace en el abajo del río abajo y no en la superficie. Aunque la superficie también tiene un corazón en el que a veces he de arriesgar y adentrar a pesar del motín de monstruo para que me enroque en mi oscuridad y en mi secreto. Yo soy la única que puede saber cuándo y hasta dónde. Con mi casa ambulante a cuestas. Saber cuándo es hora de salir al monte y cuando es hora de coser arañas en mi sótano. Cuando es hora de jugar a amar y cuando la de alimentar al tejo.
Mi medial tiende a forzarse sobre un corazón derretido para inhalar las flores. Pero el resto de la casa no lo permitirá. Porque hay criaturas muy solitarias dentro, hay criaturas viudas, hay criaturas que sólo hablan madera, fuego, ranas, marfil, sal. El hambre de mi medial, debe ser contenida por el Fauno. Por eso yo debo aprender a retirarme de ciertas cantinas. A vivir mi multitud de forma libre y honesta con el bosque.
Mi monstruosidad permanecerá conmigo. La brecha de éter que siente Alicia frente al deseo de amor de mi medial, siempre me llevará al monte. El temblor de mi mano, ante una mano humana que me jure amor, siempre me llevará al lomo de un lobo y de un cardo. Esto es algo innato a mí desde que soy niña. Me ha causado muchos tormentos ser de la manera que soy, porque no lo aceptaba y jugaba a ser otra actriz en el teatro. Yo soy también alguien muy triste entre los humanos, muy callada, muy esdrújula del danzar de los murciélagos y de la nada. Y si no sigo a mi solitaria en el momento en el que la llama el monte, mi corazón se hace cuarzo y hierro y yo sufro. Yo he forzado a mi medial a todas las guerras y licores y drogas y rayos que me ofreció la atmósfera. Pero ahora sé que ya no puedo vivir haciendo eso, tengo que avanzar el paso de Alicia junto a ella, a veces delante de ella, a veces detrás del arbusto o encima del cuervo.
Ahora el café. Un silencio que amortigua el danzar de los chopos. Una reverberación de la lluvia. Un papel enrollado en la papelera. Una carta que grita el caballo de madera entre agujeros y ríos.
Esa canción que te nombra y te huye. Todo todavía es muy extraño. La distopía mueve el pomo de la puerta, saca a la bestia del armario. Ella siempre está muy triste. Tiene hambre. Conoce demasiadas palabras sin fe en la cuchilla de la noche. Yo me muevo de ramas, de tiempos sin tiempo. La tensión de la flor abisa el precipicio en la albura del sonido. El manillar sombrea lágrimas de cobalto. El corazón es un vagabundo que no sabe estarse quieto.
Vengo del monte. He estado sentada con la espalda apoyada a un chopo al que tengo especial cariño. Creo que él me conoce mejor de lo que yo me conozco. Cuando me quedo cerca de él, algo muy lejano en mi mente empieza a saber qué debo hacer en el camino, aflora mi oscuridad y el chopo abre su telón y ahonda el agua.  Por allí, hay una decena de chopos desperdigados. Pero es con ese con el que más hablo. Su presencia cambia mi conciencia. Aunque a veces voy allí y apenas lo recuerdo un segundo. Hoy descubrí en el chopo, una zona muy vehemente y enloquecida y equivocada de mi medial que se ataba a la cicatriz de mi corazón y hacía todo lo que quería poniendo en peligro mi vínculo con el bosque. Era un tipo de apetito de Babilonia. Un abordaje de emociones borrachas. Del hambre de mi animal, de su abordaje a ciegas. Comprendí que esa zona es dual, que tiene lo que me engancha de ella que es el éxtasis y en su otro lado, tiene la resaca y la hambruna, el agujero de la desolación. Comprendí que siempre se darían cíclicamente y que la integridad y la paz con el fauno nunca me lo daría aquél instinto. Comprendí que hay un canto de sirenas en esa pasión que me cuesta mucho decirla que no cuando me toca. Y que es lo que me acaba poniendo en peligro y hace más escafandras en mi corazón. Por eso es importante que le deje con hambre de vez en cuando. Sobretodo cuando me pide la canción con su pozo sin fondo. Detenerme. Aguantar su síndrome y esperar a que el bosque resople en mi corazón. Ese instinto es el que me provocó el delirio y la violencia, el que enjambró el laberinto del fauno. El que no toleró el silencio, el paso de la ausencia, el soplo de nieve del Fauno. El que siempre quería la culminación. El fuego en el pecho. Acumular brasas y tener el control en su perpetuo orgasmo. Eso era muy peligroso. Mi animal estaba desbocada. La exasperación hizo que yo entrara en un estado de vida o muerte. Mi pensamiento iba muy rápido. Mis experiencias sensoriales se abrían de su espiral. No pude controlar el Ensueño, porque ese apetito, esa codicia del deseo, era demasiado magmática. La verdadera felicidad es más triste, más pobre, más vagabunda. Es más callada, más tímida, más pintora de la lluvia. Aquél romper que viví del fuego, era muy seductor porque me nutría con la adrenalina, pero su camino llevaba al abismo. Porque yo no era capaz a besar la nada. Ni aceptaba mis heridas, las peleaba como una bestia, negándome la semántica de la tristeza de la música que es también corazón y puente.

Ese instinto todavía no lo tengo controlado. Ahora estoy a la mitad en el Infra, y el Infra no lo saca afuera, el propio Infra lo contiene. El problema de ese instinto es cuando me siento en el vientre de la primavera, cuando borro con un cañonazo lo que supe de la oscuridad y del sufrimiento. Cuando me deliran las flores. Cuando ya no quiero volver a bajar de la amanita y el Fauno. 

Y también a veces en mi medial, actúa con el alcoholismo y la deriva del fuego. Con el exceso del exceso. Con un hedonismo salvaje que cierra mi oído del Bosque.

Ahora debo tener más cuidado. Debo quitar el ego del orgasmo, el deseo de posesión. Debo ser más humilde e ir más ligera. Cuidar de la casa. Saber controlar ciertos apetitos cuando estos van en contra de la sensatez del corazón.
He estado escribiendo en mi cuaderno sobre la Medial y Alicia, la construcción de la Casa para la familia de mi psique.
En estos días el reconocimiento de la Medial, como alguien independiente a Alicia, me ha facilitado mucho el movimiento. Yo antes lo llamaba la antagonia de Alicia, a veces la loba, la brecha, la náusea de monstruo. Al incluir ese término mi psique alberga mejor el rizoma y lo multitudinario. Y comprende que en la exteriorización y en las relaciones humanas, nunca está Alicia sola, está Alicia detrás de la Medial. Ahora mismo no me importa el origen antropológico y político de la Medial, no quiero ahondar en eso de momento. Sé que siempre que hay una interacción humana, es la Medial la que está allí. Ella tiene otro tipo de conciencia, un acto incendiado sobre el presente y lo desconocido, un tipo de escafandra que protege a Alicia, y a la vez un agujero de gusano que la une a la sangre y oscuridad de Alicia. Antes Alicia cuando me llevaba en sus soliloquios, depredaba a mi medial, no la tenía en cuenta, usaba sus llagas, sus escombros, sus delirios de vino, y no reconocía su corazón. Ellas siempre tienen una tensión y una pelea. Y esto es lógico y natural y perpetuo, porque sus fuerzas y sus reinos, son opuestos. Mi tarea es que además de opuestos, sean complementarios. Y que su tensión no se haga el foco de mi tortura y disociación, sino algo creador. La tensión entre ellas provoca la profundización en el bosque, ya sea desde la selva o desde el Infra. Provoca la llamada del Fauno. Pero cuando ellas se depredan mutuamente, provoca en mí la múltiple identidad, la guerra y crueldad interna. El fuera de campo en mi corazón, en mi horizonte. El delirio del ansia de Monstruo. Mi animal esquizoide. Un corazón que mata a mi corazón humano y me lleva con las bestias. O una depresión kafkiana con instintos suicidias. 
Para que mi tarea se cumpla y evolucione, yo debo construir y cuidar de la Casa de la familia de mi psique. Y la medial es indispensable, porque ella siempre ha sido la que lo ha quemado todo. La que a veces ha habitado mundos muy lejos de mi casa. La que ha bebido hasta el coma etílico y amado hasta la cicuta, delirios de su corazón de queroseno. La que ha equivocado todo y a caido mil veces en el mismo error, con su poema de vagabundos y naufragados. La que se ha pegado un tiro en la sien y me ha llevado al opio de Artaud y de la cucaracha.
La casa, es la pócima mágica. La casa es el humus. Es la esencia. Es lo unificador y lo que lleva en su sino al rizoma. La casa es un organismo vivo y en movimiento. La casa, es el yo y es el bosque. La casa alberga a todas las criaturas de mi psique, sabiéndolas una misma gota de agua. La casa ha de respetar los espacios y nodos de la trama de cada uno de sus habitaciones, ha de cuidar de la hierba y abrigar a los muertos, avivar la primavera y el invierno, tener la noche y el día, el Infra y las estrellas. Y los poemas de cada hueso. También los de la lágrima y los de los tigres, los del amor y los del instinto más solitario. Los del insecto y los del ave. Y cada necesidad debe manar en paz de sus emanaciones y motivos. Sin que las criaturas de la psique secuestren a nadie. Cada una tiene su tiempo, su ánimo, su horizonte. La casa debe proteger lo multitudinario, debe nutrir lo diferente sin estigmas, debe nacionalizar el maíz y comunizar el viento y el agua. La casa es anarquista. La casa tiene muchos animales. La casa es el sueño del Fauno y es el despertar al lado del Fauno.
Hay siempre otra lectura. Es la lectura del Bosque. Es el trazo del soplo de Monstruo. Con sus sapos o culebras, con sus tesoros escondidos, con la vehemencia de su alma, haciéndonos árboles de viento. Esa lectura a veces nos llega deconstruida para la conciencia. Nos llega a veces muy débil, como un suspiro de estremecimiento, un escalofrío de belleza o de espanto. O una comprensión fugaz y muy vehemente de la vida y del propio ser, sobre un mar de fuego. Que nos recorre toda el alma y luego vuelve a irse y nos deja dentro el grito de volver a ella. Porque sabemos que ese es el único hogar.
El Bosque, está escondido tras el jeroglífico de las criaturas de la psique. Cuando dormimos, soñamos su reino. Su reino nos muestra el camino y su verdad, nuestros muertos y guerras que debemos librar para volver a Casa.

Por eso lo que vivimos, sólo es un sueño, es un cuento, es un campo de batalla y de poemas, que esconden el Bosque. Nuestra vida, es sólo un juego, para volver a casa. Nuestros insomnios y sufrimientos, la muerte, la desolación, la locura, o las tabernas y amores, venturas y desventuras, pérdidas y alegrías, son el juego que oculta al Bosque. Son el instrumento. Son nuestro Teatro. Todos tienen un teatro único que no importa en realidad absolutamente nada. Lo único que importa es el Bosque. Todos tienen al Bosque dentro. Y su vida y su desgracia y su lucha, es el sueño del Bosque. 
Todos nos tomamos muy a pecho a nuestro Teatro. A nuestro hueso de gaviota clavado en el ombligo. A nuestro fado y la propiedad privada de nuestro gozo, de nuestra sangre y animalario, de nuestra escombrera e isla. Y la importancia que le damos a nuestra sombra y carne y cuento, es un impedimento para entrar al Bosque, libres y con alas. Pero eso es parte del juego del Bosque. Hay que escupir todos los huesos por la boca. Cuanto más nos aferramos a alguno, Monstruo se pone más creativo y más profundo. Cuánto más nos resistimos más oscuro se pone el Bosque. Nuestro verdadero territorio es el Infinito y lo extraordinario. Pero hay que apretar el gatillo mil veces y morir mil veces. Y cuando se está allí, el Bosque vuelve a expulsarnos y nos va descubriendo más puertas y mundos a través del ciclo creador de la muerte. Y volvemos a cargar con nuestro Teatro y nuestros huesos extraviados, como un alijo de buitres. Y vuelve la bala a la pistola. Cuando se está allí, ya nunca se quiere volver. Pero se vuelve. Si te aferras demasiado a quedarte sin hacer caso al Fauno, puedes volverte loco. Yo me volví loca allí porque era tan bella la belleza, porque era tan libre mi corazón, porque era tan mágica cada mota de tierra.
Estos días recordé una vieja nostalgia, del ardor del naufragio. Se abrieron en las líneas de mi mano ciertos vinos de la nada, del quebranto del lobo y de su dicha. No sé qué sentimiento ardiente unido a la pérdida. Una extraña alegría de la ruina. Un extraña chimenea de lo suicidado. Sé que yo viví muchos mundos en los ojos del vagabundo cuando lo pierde todo y las estrellas empiezan a amarlo. Algo en mi corazón se acostumbró a la proa del barco que va a hundirse. Algo en mi orgullo prefirió el exilio, el abandono, el corte en mis muñecas para usar mi sangre como transporte a la eternidad. Algo de todo eso, oculta una profunda tristeza, una cicatriz que aún está escrita en mi corazón y que tiende a invocarme sobre sus viejos poemas, esos poemas, aunque fueran los poemas de la desgracia alguna vez fueron mi fruto y mi mar. 
Estos días he cantado al desamor de Yoseba, a mi Polilla Negra, a mi adiós miña terra. Y se despertaron todas las noches en que canté algo parecido.
Algo de esto no me gusta. Algo cuando cantaba esa calavera junto al río buscaba una línea de fuga, una mutación en mi agujero, otro instrumento en el esqueleto, otra luna que lo oyera. Ayer luché por enjambrarme hacia la alegría de la primavera cuando me seducían esos fados de hachís y adiós y cuchillo. Algo en el abajo de mi piedra ensangrentada ya no quería ir al mismo escombrero a plantar flores.
Cuando Yoseba me habló, me mojó otra noche. Una especie de levedad y alegría de mandriles. Una forma de hablarnos de perro a perro. Algo que desamortiguaba de mi corazón el peso de la Polilla y lo echaba a un viento de nadie, donde él era también nadie, donde sólo jugábamos a hacer castillos en la arena y ejércitos de ramas y cochambre, besados por la lechuza. Y sentí otra vez ese vino de los que no llevan nada y sólo caminan, echan afuera el grito, la lágrima, la carcajada, sólo para que lo oigan los cuervos y siguen sin permanecer nada atado dentro. 

Fui consciente de que esa embriaguez que trajo la Polilla Negra, era algo muy viejo que nació también por los poemas que yo amé y perseguí. Y que no tienen qué ver directamente con nadie. Es un pacto de beleño con mi distancia, con mi carne, con mi manera de correr. Una brecha pendiente con mi Infra, con el oculto motivo de mi desolación. Con el excesivo apego a mi viejo drama y a mi historia. Con la colección de manicomios atados al cuello de la garza. Algo que todavía dejó una piedra incrustada en mi pecho. Una resistencia. Un abordaje de las criaturas de mi psique. De mi cuento demasiado dramático de su obra.

La construcción de esa casa psíquica tiene que seguir desangrando al hombre de hojalata entre los trinos y las tormentas. Es urgente que agarre al bosque en todos los segundos que ocurran a mi alrededor, sobretodo los que implican la exteriorización humana. La medial y Alicia, deben nutrirse del mismo aire. Debe mantenerse el 3, en el acto poético. No usar las membranas del disfraz de la lejanía y del lobo estepario. Tampoco emborrachar a mi medial sin la conciencia del bosque. Mi tendencia a la desrrealización del converger de la pangea del delirio, es muy seductura y magnética. Yo suelto los tornillos. Me bebo la botella. Cruzo la puerta y se derrite como pis de duende en mi pelo. Y luego sufro las marejadas a través del radar de Monstruo. La única forma de vivir en armonía es luchar por el bosque en todos mis instantes. Que Alicia y mi medial, tengan un diálogo interno, a la vez que se da la vida. No puedo dejar ese trabajo a mi escritura y a mi soledad, porque sino la brecha me hará siempre fuego y deriva. Porque la brecha siempre ha sido Alicia vs medial.
Ayer con él, sentí algo contradictorio. Cuando hablamos yo estaba en el río, y pensaba un poco en él. Él también estaba en un río. Sentí algo espiritual en que nos acercara el río justo en ese instante. Y también algo del mundo de las sombras entre la superficie de un pájaro y el inframundo. Algo del olvidarlo todo y volver a cantar las noches estrelladas. Y algo de la honestidad del cuchillo y el baile del lobo. Algo de la palabra debajo del piano y de la palabra en ese pomo de la puerta, entre el polvo y el rayo de luna. Algo de la encrucijada del Fauno.

Mi escritura me lleva a veces muy lejos. Mi soliloquio me penetra en los significados también desde la guadaña. Bajo mis escaleras. Desnudo mis andenes. Busco el corazón del mamut. Me muevo demasiado desde la bruma de mi soledad. Y mi yo social paralelamente muta por lo que supe en la distancia. A veces no pueden ir a la par. A veces no hay ninguna comunicación humana con lo que yo sé del monte. Las convulsiones de mi corazón y de mis percepciones, ocurren en la intimidad de los árboles. Mis sentimientos humanos son radicalizados también por los animalarios que oigo bajar la montaña. Por eso cuando me exteriorizo junto a un humano, y sobretodo si es Yoseba... hay una obligatoria tensión que me acecha Alicia. Hay una brecha que no tiene diccionarios. Porque el diccionario lo lleva el extremo animal de Alicia, mi escritura, mi universo de la soledad. Cuando me exteriorizo una información me queda en un fuera de campo, se descorre una cortina de etanol y empieza a actuar mi medial. Mi medial y Alicia, a veces no se comunican bien. Se comunican a puñetazos y empujones. Eso me enjambra dentro el delirio de la primavera.

Mi medial ama como aman los borrachos y los mendigos. Mi medial es a veces una desheredada, un arlequín de venados, la tristeza de la hierba. A veces un fuego punk del tomarlo todo ahora y echarlo a la mar y a la hoguera.

Alicia es obsesiva del cabo suelto. De la mordedura de la ausencia. De la grieta que llega como la muerte. Porque esos orificios y guerras, son el umbral hacia su Bosque. Ella acecha siempre la imperfección, la contrariedad, el temblor, la mentira de mi medial y su teatro, su egolatría, su vehemencia, o su excesivo amor y blandura. Su alcoholismo. Su cochambre. Alicia vive de sus ruinas y desperfectos, de su sangre derramada. Alicia suele dedicarse a abrir con furia heridas en mi medial, para nutrir su camino hacia el Bosque. Alicia suele poner al cuervo en mi hombro, a la hora de amar o a la hora de desamar. A la hora de beber y a la hora de cubrirse de nieve. El cuervo es dual, como el hambre de Alicia. Ella nunca se entrega. Ella busca la fuga, la grieta, el hueso extraviado, o el roer y romper del hueso. Ella nunca descansa. Ella alimenta siempre el reino de mi Soledad, mi despedida, mi escafandra del laberinto del Fauno.  Ella no me deja tener semejantes. Hambrienta del poema de la noche siempre perfora en mi corazón una antagonia y me hace ir en su busca solo con ella... hacia la profundidad del bosque.
Soñaba algo de un animal y su espíritu, había un lugar donde estaban separados y haciendo no sé qué movimiento estaban otra vez unidos. Se ponía debajo o encima de mí ese espíritu. No recuerdo qué animal era.

Busco las palabras. Estos días no podré escribir demasiado. Está aquí mi viejo. Ayer hemos hablado de muchas cosas. Yo sentí un resplandor en nuestro vínculo. Algo que me contaba un cuento muy lejano. Algo que también me mostraba la cercanía de la muerte. Fue una extraña visión que tuve en su rostro. Y sentí una profunda necesidad de acompañarle.

Ya cantan los gallos y los pájaros. El cielo está cubierto. A veces me acompañan pensamientos intrusivos del pasado. Son pensamientos medio obsesivos que tienen qué ver con la rabia, con la rabia no realizada. Lugares donde la dualidad de Alicia me hacía vivir en el humo y ciertos hechos me dejaron una brecha. Cuando yo tenía otro nivel de conciencia. Cuando mi instinto estaba en el escritorio de la cucaracha de Kafka. Trato de hallar la paz de esas circunstancias en el monte. Reconciliar mi corazón con el río. Hallar la comprensión que implique el perdón. Aunque haya elegido la distancia.

Sé que esos recuerdos se repiten porque yo censuré algo en mi interior. Censuré mi violencia. Traté de responder de forma asertiva. Y un grito se quedó solo en mis huesos. Siempre que ocurre dentro una represión se formula una compulsión y una obsesión. Vivir con total armonía es sacar afuera la rabia y la violencia cuando corre por las venas. Yo expresé mis motivos. Expresé también mi enfado. Me fui y no quise saber más de la historia, rompí mis vínculos. Y sin embargo, se quedó dentro de mí un nudo de éter. También había reprimido mis sentimientos de amor. Fue una situación que interactuó con extraños focos de mi psique. 

La historia que nos gobierna realmente es el sueño del Fauno. El alma juega a los relebos y a las guerras. Las criaturas de la psique no siempre pueden vivir en el bosque. Hay derivaciones y cubismo, bifurcaciones, incursiones en la grieta y en el pozo. Es lo más inefable, lo que conserva secretos de la infancia y de los árboles, lo que utiliza las puertas donde se ocultan los verdaderos motivos. Allí vive la magia y la cuántica. A veces la psique busca una respuesta lejos del juego del bosque y entonces siempre formula un error.

Yo vivo muy apegada al soliloquio, a mi infra, al esqueleto de mi actor. Lo que escribo desde allí abajo es realmente lo que me explica mi forma de ir. Y sin embargo lo olvido muy fácilmente. Escribo todos los días, porque todos los días lo olvido. Para acceder a esa información necesito que mi soledad baje mis escaleras. Mi conciencia no siempre está en el acecho de la escritura y los cabos sueltos y pasiones que ocurren fuera de ella, se quedan como fuego de deriva en mi cuerpo. Hay una mariposa de la amnesia. Un acto desarmado. Un derrame.
Me habló. No hemos arreglado el grito. Pero hemos juntado un instante. El grito es complejo, ambiguo, jeroglífico de un jeroglífico. Él se acercó y me dijo ¿se te pasó la ventolada?. Eso fue arrogante. Pero también es su forma de pasarme la pipa de la paz y de acercar piedras de fuego. Nuestro canuto siempre tiene una hierba algo amarga y nocturna, una gota de sangre. Nuestra comunicación a veces es más por señas de humo que por palabras. Siempre hemos jugado a los secretos. Al tirar y a la tijera. Al yo seré mucho más cínica que tú. Y yo más.

La bala sigue estando ahí. Es necesario desnudarla. Adentrarnos. Descorrer todos los diques del corazón y del escenario. Y ver entonces qué música o qué jamás.

Vuelvo con los perros. Está algo sucio el suelo. Los tejos tienen sangre. Hay que ir más rápido. Algo me hiere, pero es un gorrión que cruza el río, en su tez la nada escribió la armónica que presiente la furia de la noche. Su crueldad es la honradez.
Me olvidaré de ese opio. Con los suspiros de la mujer esqueleto saldrán los corales que el puerto quemó en sus labios de droga, y volverán al mar. Y entre palmas y tacones, convertidos en perros, encima de la luna, volveremos a cantar, sin cicatriz, intactos como la dinamita, como la primavera, como la memoria de los árboles muertos.
La canción cantó. Si chocó con la muerte, no fue culpa del corazón que pusimos en medio. Si ella regresó, fue porque nuestro barco siempre fue de contrabando y de nadie la tierra, porque era muy bella la amapola, porque sólo teníamos una cabeza, porque los fusiles fadaron desiertos que removimos en el canto de los leones. Porque dimos todo lo que teníamos. Y el Bosque quería más huesos.
Me olvidaré de tu noche en llamas. Tal vez, al cuarto vaso. Tal vez en la nieve haciendo trampolines con los osos. Me olvidaré del deseo de desearte cuando sólo somos vagabundos sin manada que jamás tuvieron un hombro, ni un verso de amor. No me dirás que no me vaya. No te diré que te quedes. Porque los dos, dormimos con Drácula. Porque caminamos serenamente de la mano de la muerte. Porque la soledad siempre pagó mejor el misterio. Porque ya lloramos sobre ésta tumba con otro nombre desangrando en el corazón. Porque alguien que no fui yo te envenenó todas las rosas. Porque alguien que no eras tú, me enterró el romanticismo en un cuchillo. Porque de lobos, las garras. Porque siempre hay una silla vacía en la taberna. Porque siempre hay otro camino para bailar la perdición.
Era una historia que empezó sobre el fuego cuando ningún leño calentaba el hogar. Era la casa, la lluvia en los huesos, el vino en la piel, intemperie sin botones ni liguero. Lo quise porque no preguntó mi nombre. Porque nuestra historia no importaba. Porque ningún mañana nos preguntaba la hora ni ningún barco nos hacía subir. Era una historia de una noche. 
Ese tipo de historias acaban como empiezan. Es mejor dejarlas marchar. Que canten su risa en los andenes. Son gozo y luna pasajera. Son sueños que no hieren, que no permanecen. Son música vagabunda que mana. El peor error es enamorarse.
Nuestra historia se alargó muchos meses, cuando sólo era flor de un día. Y a ciertas horas en la taberna ya no queda licor y un monstruo empieza a ladrar a los tabiques. Y llegados a cierto canto, sólo un alijo de huesos está sentado al piano sangrando rosas.
Ahórrate el drama. Fúmate la mar. Que corran los perros. Que se nublen los cielos. Que los rayos bendigan el camino incendiado.
Ahórrate la pena. Los peces nunca perdieron sal. Los zapatos rotos nunca dejaron deudas en la cantina.
Íbamos sin rumbo, sin tierra a la vista, sin pan bajo el brazo. Íbamos enredados como una calada de opio. Con el esqueleto del cuervo cavando la noche cuando nos distraía el whisky, la taberna, el delirio de la amapola, el sueño del hombre de hojalata. El puercoespín, el águila y la serpiente, el baile de perros sin tierra, ni porvenir,  ni hueso en el que encayar la mar.
Íbamos como dos ladrones robando estrellas entre las ruinas.
Borrachos de clavel y de luna, de ramas en la pobre en la mano, de alucinación en el sapo, de aurora boreal en la esquela del tiempo.
Agujereados por la belleza y el Sol. Hambrientos de paz y de hogar, rompiendo las cuerdas, quemando los muebles, tirándolo todo por la ventana hacia las vides de la lluvia.
Confundí tus besos con la mar.
Confundí tu voz con el poema.
Confundí tu alcohol con el barco.
Esa hoguera con mi casa.

Íbamos sin nombre, sin una costilla de menos, sin media naranja. Con harapos. Con soldaditos de plomo y Monstruos que nos llevaban a la primavera por el camino más retorcido. Íbamos con un muerto haciéndonos las notas salvavidas. Íbamos solos como la suerte, como la memoria de los muros. Como el sueño que soñamos.
Yo era una descosida. Tú una botella sin garras para devolverle a mi borracha el vino derrochado de la muerte.
Yo era una vagabunda. Tú un inmigrante sin país y sin billete.
Yo era un barco sin puerto. Tú eras un mar sin orilla.
Yo era la cuarta copa sin descendencia. Tú la ceniza reverdeciendo calaveras en el fondo del fondo del pantano sin luna.
Yo era una sombra con sangre en el tambor. Tú eras un animal hambriento evocando selvas en la droga.
Yo era un perfume lejano de la montaña perdida. Tú una huella extraviada del lobo.
Yo no tenía como tú nada, como tú, cicatrices de un cielo que huía. Como tú un poema sin manada.

Hoy cada cuál en su ruina, echa afuera las palmas y el vino.
Y no junta en nuestros labios, el pájaro.
Y no une en nuestro corazón, el corazón.
Y fada la marea. Y cada uno, en su uno, sin el otro, sin tierra, sin dios.


Porque vi la muerte.
Y tenía tu camisa.
Tu cigarro de hash. 
Tus sortijas de mar y rama.
Tu nube de sima.
Tu voz de cueva.
Tus labios de ginebra.
Tu andar de noche contra mi playa.
Tu romper de ola contra mi hoguera.

Porque detrás, estaba mi calavera, entre palmas y whisky, tragando arena, arrancándome los años.
Porque eras tú la última palabra en la muñeca suicida de la barandilla de la galerna. Porque eras tú la botella que acababa en la cintura de la parca. Porque otra vez, era el esqueleto fuera de la carne, tocando tambores al infierno. Porque el opio del delirio. Porque tan sola la soledad entre tus brazos. Porque tan rojo el vino. Porque tan loco el vals de los que no tienen nada. Porque tan bella la belleza. Porque tan lejos el sol. Porque no eras tú. Porque todo lo nombraste sin conocer mi nombre. Porque me enredaste con tu beleño al velorio que cantaba el beleño. Porque yo ya tenía mil tumbas en la tumba que abriste con tus besos. Porque los muertos nunca quisieron dormir. Porque el viento encayó en el relincho de esa habanera sin dios.
Ahora cierto silencio. Desmigar de urracas en la sombra del tilo. La nueva deshacienda de mi corazón, se echa andar y vaga. Sus muertos, son vino tinto. Hijos de estrellas fugaces. No son heridas de muerte, no son ni siquiera heridas de guerra. Son tumultos de cantina cuando la calle se vacía y las horas dan las deshoras. Son escombros y frutos del paraiso. Cuando el camino al Bosque tenía que quedarse sin nada.
Por eso no estoy del todo triste. Estoy triste con el dedo gordo del pie. Con la brazada del río. Con la montaña que pare otra montaña. Con el desierto que exige ahondar en su noche. Pero no mirar atrás. Otros veranos mueven los barcos. Irse es inevitable. Cuando uno se va así, nunca lleva nada ni sabe dónde pasará la noche, ni si será más frío el viento que vendrá. Pero cuando suena el coyote, hay que ir.
Tal vez yo no tengo casi nada. Una canción de liebres, antorchas que el naufragio prendió cerca de la luna y de la nada. Un corazón vagabundo y esquizo-tambor. Mis harapos. Mi canto de pan y de gorrión. Ninguna certeza ni casa que ofrecer. Pero sé que empieza ahí en mi pobreza, lo único que yo quiero conservar. Esa fe de los que ya no tienen mundo. Las ganas de tocar todavía una canción. 

Creo que éste invierno he estado poniéndome pellejos que no eran los míos. Los míos son muy pobres, con la piel ensangrentada, con petricor y hojarasca encima. Y he de volver sólo con ellos al bosque.
Mi soledad antes era mi fuerte, mi mar, mi mástil y mi cañón, mi isla, mi agua y mi tierra y mi fuego.
Luego se me averió una rana.
Me rozó la felicidad junto a los humanos. Y las brasas de mi corazón se hicieron torpes y taciturnas. Un aullido de Franquestein deseó todas las estrellas en un beso que descorriera sus escafandras, que socorriera sus noches clandestinas.
Y esa fue mi desgracia. 
Vulnerabilicé a las criaturas de mi bosque.
Porque alguien en mí no quiso volver a estar sola.
Pero ahora mi Soledad se ha puesto delante y detrás de mí. Y yo vuelvo con ella hacia casa. 
Fue bonito también el camino de la cantina y el puerto. De la pasión y el opio. De las canciones ebrias fumando a la luna en las esquinas. Fue bonito creer que habitaba el amor. Que el hielo se había derretido. Que los jabalíes tocaban palmas al pasar.
Pero no era del todo cierto. Una espina de nitroglicerina cantaba el adiós. Un cacho de mi corazón se recubría todas las noches con el frío. Un poema roto atizaba las grutas en mi Infra. Una palabra que no escuché retumbaba el Bosque junto a los monstruos, para que yo volviera.
No era él, el que podría abrir la mar en mis sombras. Sin querer, por vehemencia, por estupidez, porque los animales no piden permiso, él se hizo, el motín de Alicia. Él se hizo un cuchillo en sus venas. Un ladrón. Un Teatro que ya no conocía canciones de amor y que alejaba al Sol entre botellas.
Yo también fui culpable. Porque eché afuera mis perros de diógenes, mi pecado, mi extralimitación, mi alcoholismo, mi payasa de cobre y hojas, mi hambre de puma, mi pájaro de madera, mi quebranto de blues y gasolina. Mi mentirosa quimérica de las huellas de carbón de la liebre y de la urraca. 
Él era muy bello. Pero mejor que siguiera siéndolo sin acercarse demasiado.
Yo lo amé con mi desesperación y con mis sueños. Con lo que no tenía la tierra para nosotros. Con lo que no éramos cuando íbamos juntos de la mano. Con la mirada que él nunca descubrió en mi mirada.
Yo aticé hasta el último leño, la pasión de los poemas. O tal vez no hasta el último, me paré a la medianoche cuando el cuervo tocaba el canto de la mar. Cuando los trenes se habían ido. Cuando los carámbanos dibujaban mantequilla en las estrellas. Cuando te quemabas al tocar. 
Yo empecé a pasar mucho frío entre sus brazos. Mi piedra ensangrentada, sangró mucho más. Era hora de irse. Hacia los tuétanos del Polo Norte. Hacia la Huesera de la nieve. Era hora de volver a casa.
Cantan los gallos. Hoy voy a limpiar la casa, porque viene mi viejo. Él hace 15 años que no para por aquí. Aquél barco de la familia se había hundido y en sus ruinas no quedó nada. Éste pueblo fue una tumba para todos. Yo le he dicho que no quiero volver a la ciudad, que venga él a verme, que acá verá gansos y zorros, garzas y venados, que oirá cantar al cuco y a los sapitos, que el monte está muy hermoso. Que pasearemos a la vera del río. Que los árboles cuidarán de él. Le he dicho que para mí también está muerto el pueblo, pero que sus montañas están vivas y son muy bellas.
Hay que alimentarse en el Bosque y beber de su fuente. Hay que hacerlo en casa. Aunque se llegue del todo pobre, con piedras de hielo en el corazón. Es preferible pasar hambre que tomar alimentos que no sean del bosque. Porque eso empeorará mucho más el hambre y su sombra.

Yo voy entrando al bosque, algo malherida. Con nuevas heridas en mi cuerpo. Pero en el bosque esas heridas son musas. Son puzzles mágicos de los barcos de fuego de las montañas escarpadas, de la desnudez del hueso y su diccionario.

Atravieso un duelo. Y he de dejar que lloren y sangren los muertos.
Que las margaritas caigan en la sartén de la cueva y diga la verdad la luna. Aunque la verdad traiga también a la muerte y haya que darle lo que pide y cavar un nuevo agujero hacia la inhamación del Fauno.
Soñaba algo de que el alma estaba herida, y aplazó la incursión en la gruta, había no sé que zona del intra y otra del infra. El sueño lo explicaba todo en una especie de espiral. Y parecía que era la explicación metafísica del sueño anterior.

Ya ha subido el sol el monte. Busco las palabras. Anoche estuve algo triste, algo perdida por un extraño sentimiento que se introdujo en mi habitación y me hizo cantar no sé qué deseo de amor rodeado por un malecón de hielo. Yos. creo que está molesto por lo que le dije la última vez. Yo no quiero dar el paso de acercarme. Prefiero un tiempo unirme a las cenizas y al discurso de los árboles. Parece una cuestión de orgullo. A él con mis palabras le forcé de algún modo a distanciarse. Y ahora como dos niños nos escondemos el uno del otro. Yo quiero que sea él el que descorra la puerta de hielo. Él el que traiga un croak croak. Yo he sido todo éste invierno la que ponía la música y el tequila. La que regaba la marihuana. La que iba por ahí coleccionando lagartijas para luego cantárselas. La que iba, en contra de la hondura negra de Alicia, dejando siempre viva una cerilla para encender el fuego con él. Yo tomaba la iniciativa entre las colchas de luna y las bibliotecas de monte y jabalí. Eso fue dejando solo un cacho de mi corazón. Porque me ponía siempre a tiro, con taitantas botellas para el baile, muchas canciones las tenía que robar a las estrellas porque yo no las tenía.

Creo que esa forma de ser la ramera del opio. Es parte de mis años en el exilio. Esa forma de entregarme más allá de lo que debía, es el rasguño del iceberg bajo el que viví. Cuando alguien o algo roza una lumbre en mi corazón o en mi risa, yo tengo la oscura sensación, de que sólo por ello, le debo la luna. Como si yo escondiera un Monstruo que me dice que nada nunca será mío y que todo se irá. Una vieja cicatriz. Un discurso que dijo que yo nunca sería amada. Esa sombra vive oscura en mi subconsciente. También está allí K. Y esa ventana de éter que me emana como una cascada deconstruida incomprendiendo las fronteras entre el yo y el tú. 

Por eso. Y por lo que trajo la Polilla Negra. Yo ahora me voy al bosque, recojo mis escombros, mis rosas de arena y de calima. Soplo el rojo de la tarde. Dejó mis huellas en el barro. Y me voy.

Aunque mi corazón sea una escafandra ahí afuera. Aunque juegue a los jeroglíficos y al teatro. Aunque viva como si yo no necesitara para nada el amor. Alguien en mí sí lo quiere. Quiere oir un canto cuando las luces están apagadas. Cuando la fe se hunde debajo de las quillas del naufragio. Cuando ya todos van a renunciar, ver a aquél que trae el cóctel molotov y la guitarra. Que salva el amor, cuando todo pelea contra él en el Infra.

Vivo muy unida a mi soledad. A días y noches cerca del monte sin ver a nadie. Mi ser entonces viaja por muy extraños y lejanos lugares. Y también me gustaría oir entonces la palabra-corazón que descorra el telón y desvele la nocturnidad de los ciervos, y acerque la tierra mojada a los labios. Sentir que alguien sabe de esos lejanos montes y su noche y se preocupa de veras dónde estoy y quiera oirme. 

No creo que sea Yos, esa persona.
Alguna vez lo fue.
Pero ahora son tiempos extraños. 
Antes no me importaba que él no fuera. Yo estaba muy entretenida con la antagonia de Alicia, ciega de sus estrellas fugaces, instrospecta de mi brecha de etanol. Yo iba a él como se va al circo y a la cantina. Escondiendo mis harapos y cicatrices del infra. Deseando un baile. Aunque acá en mi suelo todo estuviera lleno de calaveras. Yo exteriorizaba un ansia de astro. Le cantaba algo todas las noches. Él no rompía mi hielo. Yo engañaba a mi hielo con mezcal. Él no lo veía. Y eso poco a poco, fue haciendo vanidoso a mi hielo. Fue haciéndome clandestina de sus profundidades. Y vino la Polilla. Y yo empecé a ir al Bosque sola. Y ya no deseé tanto el circo y la cantina. Y mis pasiones cambiaron. Y la soledad que estaba muy sola junto a Yos. empezó a estar acompañada en el monte. Y él no se enteró de nada.

El amor nunca se pide. Está y canta. O no está y se pierde en la bruma. Al amor no se le engaña con hongos ni con flautistas de Hamelín. No se le reza, no se le hacen ofrendas, no se le abre camino. Él lo hace.

Si no está, es mejor acudir a la bruma. Aunque se pase un poco de frío. Es mejor la honestidad de la bruma que morar el artificio del amor. Es mejor el frío que las luces de neón. Es mejor el desierto que el circo. Es mejor la soledad que las medias tintas del hambre y la deriva.

Dentro de unos días, tengo que pasar un par de días en la ciudad. Y eso me inquieta un poco. Me inquieta irme de la naturaleza. Estos días he vuelto a entrar en mis ciclos naturales, a sumergirme en mi abajo, en mi flor de piel del desierto y del bosque.
Ahora se oyen cantar a insectos y al cuco,  las ocas, el relincho de un caballo. Yo estoy agitada por la vida que golpea mi puerta y cambia de sitio todas mis habitaciones. Por la construcción de la casa para la familia de la psique, mi retorno al bosque.
Sé que a veces albergo un fuego que también es peligroso, cuando sacrifica con pasión ciertos cantos que pertenecen también a mi corazón. Aunque a veces es necesaria esa violencia. He de aprender a que sea creadora y armónica de mi camino. A que no sea el arder de todo y el delirio de la individualidad de Alicia en el alzar de sus sombras, y en el desquite de sus cielos clandestinos. Tengo que cantar. Tengo que respetar lo que trajo a la Polilla Negra y mi canto triste. A veces se me suben las revoluciones y el alter ego de Alicia, me hace descompensar mi corazón. Me da la adrenalina enamorada de la adrenalina... y algo en mí deja de pertener a éste mundo y ya no es consecuente con lo que se sufrió y se mutó en el Infra. Es necesario cierto ardor de pájaros y de animalidad. Pero buscar el latido que unifica a todos los animalarios.
Hoy volví a sentir mi violencia. La violencia creadora. La que me une al bosque. La que va con el ojo del lobo abierto ahí afuera. La que expulsa ciertas emanaciones. La que pertenece al corazón del Tigre, a la creatividad, a la sensualidad, a la libertad, al monte, a la dureza, al fuego, al canto de la vieja bruja, de la bestia solitaria, al secreto de su corazón protegido obligatoriamente con una odisea y con la puesta en marcha de la emboscada de las criaturas de la psique sino se respeta la ley y la música del Fauno. 
Comprendí que mi violencia, era puesta en peligro, en el sexo con Yoseba, y sobretodo en nuestros rollos amatorios y afectivos y humanos. 
Comprendí que la realidad que rodea a Yoseba y de la que yo me hacía cómplice para esconder a mi monstruo, era la realidad que estaba haciendo mucho más monstruoso a mi monstruo y mucho más hambriento a mi animal y a mi corazón. Comprendí que yo fumaba peligrosamente la luna por la promesa de humo de la danza de las serpientes. Y comprometía gravemente mi libertad, al jugar a ser semejante a Yoseba, al jugar a vivir en su mundo, al jugar a quererlo y a querer ir a su lado. A permanecernos. Comprendí que yo estaba herida. Que iba a la deriva. Que empecé a asimilar dentro de mí, ciertos sentimientos que no son verdaderamente mis sentimientos. Ciertos caminos que no son mi camino. Ciertas tabernas de locos con el corazón hecho mil pedazos que me embrujaron contra mi loba. 
Comprendí que mi violencia, mi sensualidad, mi pulsión sexual, mi forma de caminar y de sentir verdaderamente las vibraciones de la tierra, del agua, del fuego, está vinculada exclusivamente con el Bosque. Y que yo no me caso con nadie. Y que es sólo entonces cuando vibro mi corazón libre. 
Estos días he estado en mi Infra junto a la polilla negra, quitándome de encima el alijo de escombros y de muertos que llevaba sobre mi espalda e introspectándolos al gemido del árbol y del río oscuro. 
Ahora mi camino es seguir mucho más allá a mi animal salvaje. Devolvér el diástole del suburbio de mi corazón, a la fuerza de la noche. A la mariposa boca abajo. Ser otra vez independiente de mis anamalarios y quemar todas las cuerdas que añadan semánticas ajenas al bosque en mi pecho.
He quemado una carta .. y la he echado a volar para que se la lleven los búhos. Me ha costado mucho tragar hacia el fuego esas palabras sin dejarlas en un equivocado receptor,  esperar el cartero exacto para que hiciera vudú con esa sangre.
Aprendo ahora del silencio.
Recien comienzo a refrenar a mi esquizo-pianista y aguardar el rayo, antes de ir por ahí con mi cerilla. Echo la mano afuera y tanteo si vendrá lluvia, calima, o los cuervos tendrán demasiado calor.
Junto mis hierbas y ese botijo de agua. Y trago mucha saliva para poder meter mis pies en el río, junto cuando tengo que hacerlo.

Mi yonqui, está en cuarentena y me echa un montón de fiebre y de promesas de amor y poemas de dinamita por encima.
Yo me retuerzo sudando hierro fundido. Pero me aguanto. No los tomo. Espero a que baje el venado, a que suba la cabra, a que me asuste Monstruo. A que mi rosa eche afuera salitre o hongos.

Es una velada en abajo del río abajo. Con mi madriguera hecha de zarzamoras y copas de árboles. Mi hoguera ha empezado a primaverizarse. Mi pulsión sexual ha vuelto a rozar a la huesera. Yo antes la derrochaba en la cantina, en el velorio de Wherter, entre botellas de whisky y barcos que prometían el paraiso o la muerte, y daban las dos cosas en el mismo vaso. 

Al haber generado un dique en la inhamación que me hace el Fauno. Mi creatividad vuelve a su monte. Mi energía vuelve poco a poco a mi animal salvaje. Mi corazón va sangrando cascanueces, vídrios, hombres de hojalata, delirios de magma. Yo lo dejo sangrar. No pierdo el rumbo. No me paro si a llorar ni a desquitarme con caballos de apocalipsis. No me doy la vuelta para ver si alguien me sigue o si podré encontrar a alguien luego y cantarle lo que vi. No me distraigo en el reclamo de los cadáveres de mi corazón porque sino me volveré una estatua de arena. Dejo que me manchen con su muerte, que me cambien el olor, que me crezcan las pezuñas o el rabo en su hedor noctámbulo. Mi camino ahora son las profundidades del bosque. No se puede uno dedicar a podar el jardín. Las criaturas del bosque necesitan de todo el esplendor del cubismo, sobretodo de la luz de la mierda y del infierno, de la sangre fresca, de las heridas abiertas con honestidad. Sin parches. Sin canciones de cuna. Sin prepararé la cama para mi ramera. Ni dejaré a mi serpiente un nombre propio en mi cuerpo. Sin cortaré la flor. Sin recogeré conchas como dádiva para nadie. Sin querré salvar en mis ojos, los ojos que tú conociste. El camino es a vida o muerte, hacia el primer y el último hueso. El que lleva el canto de la sangre, del Sol y de la muerte. El que lleva el camino a casa, la única casa, el territorio del Fauno.
El café. Hay otro sonido. Tiene qué ver con la independencia del arrebato, con lo sanguíneo, con lo legítimo de la rabia. Con su deconstrucción de pájaros cuando sólo me oye el monte. Otra membrana va acumulando los cantos que eran oblicuos y unificándolos en otra forma de bailar.
Ya no tengo un nombre clavado en la espina. El monte me hace del monte. El poliamor y la nada, mueven los juncos, enyerban el crujir de las brasas, mueven el tambor.
Lo que trajo la Polilla también se polonizó en la noche. El descenso que subí en mis despeñaderos también desnudó mi mano para tocar esa canción, y me cayó de mirlos, guaridas de intemperie. El corazón es del lobo. La ebriedad de mi yo-medial, también lo sabía. El corro de la bruja, jugó mis cicatrices, me hundió mi propia pisada, cuando el objeto directo empezó a cambiar de sitio mi casa y yo dejé de oir al bosque. Pero el objeto directo, en el fondo era cuántico. El subconsciente del escenario escribió una obra paralela que yo también sufrí. La exteriorizó, la provocó como aludes en mis aristas y en mis desiertos. El magnetismo de la realidad ordinaria se asoció a esa brecha. Pero Monstruo siempre llevó mi timón.

Ahora conozco mejor mi debilidad. Conozco el nudo en el que ató una cuerda más. Conozco la herida que detrás seguía echando ingredientes al acto. Y tiro al monte. Viro todo hacia mi izquierda. Me entraño corazón. Y también mantengo esa piedra congelada en mi puerta. Antes yo la embriagaba de magma. Ahora prefiero que esté fría. Que vengan mis animales a abrirle los párpados. Que no lo haga mi hambre.
Eso hace que me refrene del instinto del fuego kamikace y que me mantenga en la velada del monte. Me despreocupo. Canto mi canción. Me encuentro con mis muertos, los abrigo en mis senos. Aguanto el insomnio, el baile de la cuchilla. Espero a que se despierte el Tigre. 

He cortado los brazos a mi actriz del esperpento. La mantengo dentro de mi marginación. Aguardo su amor nocturno. Le doy desierto para que trague noche y abra la amapola dentro y no fuera. 
Me sé otra vez ácrata y solitaria. Me gusta así. El invierno de mis cuadernos empieza a salirse de su tiesto y volver a la fuente. Lo del abajo del abajo, empieza a caer en mi cintura. El cuento arquetípico se abre en el tejón. 

Conozco mi Babilonia. Sé cuál fue la botella que brindó mi delirio, mi pecado, mi herida. Sé qué lunático canto me dieron sus sirenas. Sé qué promesa quise robarle al cuervo. Sé porque lo hice tantas veces. Y ahora lo trago hacia dentro. Escribo algo en la tierra del bosque. Y espero. No grito ahí afuera. No lloro ahí afuera. No tiemblo. No echó afuera la jauría del amor roto y su oblicua espada y veneno. Me acecho entre las ramas y el río. Me acecho entre los dedos de la muerte. Me vuelvo a reconocer en la bruma.  Empiezo a dar de comer a mi lobo.
Vengo del monte. Feliz. He tenido regresiones a instantes de naturaleza en otras épocas de mi vida. A instantes de reencuentro, de renacimiento, de aventura y asombro. Sentí muy adentro la primavera. Y algo que hablaba con el bosque desde un barco de papel, una tiza, una botella de vino. Algo que entrañaba el silencio a la vez que dejaba que las cascadas manaran. Me sentí enamorada de la vida y del camino. Estuve al lado de un arroyo, caminé algo lejos para llegar allí. Y tenía una especie de calma en movimiento. Reconocí en algún momento ciertos alaridos del abismo y comprendí que era parte de mi experiencia, una convulsión ante la belleza, una guerra que a veces se desata al sentir que estoy otra vez en casa. Algo de mi polilla psicótica. Algo de experiencias demasiado vehementes y extrasensoriales. Algo de lo que alberga mi cuerpo en el camino.

Seguí con la búsqueda de la comunión con el bosque, a la vez que se despertaba esa otra naturaleza profana y un poco punk, e iba y venía conmigo, junto a lo que sé del infra y de la pérdida, junto a la multitud, en ese diálogo con la naturaleza.
Alicia a veces es muy austera y radical del beso de la nada, del ejercicio de los rifles de los árboles, de los sarcófagos de la nieve. De la bala del beso de Monstruo. De la asexualidad del beleño y del cuervo de mi pecho. De la masculinidad de mi cuerpo cruzando como un desaparecido por la calle, junto a la calavera de una cabra, junto al hachís-Artaud y a la pandemia del agujero de gusano hacia el Fauno.
Alicia siempre quiso matar a Yoseba y a todos los otros humanos en su extraño camino de jabalíes y ríos de lava hacia los árboles de agua y de cristal. 
Alicia era celosa de no compartir con nadie el canto de su arco-iris. De forzar a mi niña perdida hacia el exilio y la salvajidad de los animalarios y el nadie y el jamás. 
Alicia estaba en el fondo encolerizada del hueco de la serpiente emplumada en un árbol de fuego. 
Mi medial, mi poeta, mi enterradora, mi pianista borracha, mi desperdigada coleccionista de flores, mi amante, mi suicida, mi cantora, era la que salía ahí afuera, y no Alicia.  Alicia se dedicaba en la ausencia de mi medial, a forzarme al arder de Troya hacia el Fauno. Y mi medial en la ausencia de Alicia, se dedicaba a llegar al Bosque, por el callejón, el cabaret, la cantina y todos los desperdicios y escupitajos que dejaba Alicia en el cadáver del ciervo. 

Por eso yo vivía siempre sobre el fuego y la deriva. No reunían sus fuerzas ni sus pasiones. No engendraban en mi corazón, su corazón unido. Me generaban dentro una cruel lucha interna. Una perpetua antagonia y brecha. Alicia quería expulsar a Yoseba de mi corazón y de mi camino. Pero mi medial siempre lo amó y quiso ir mucho más lejos con él y con la pangea, con el ardor de abril, con la tierra de nadie, con el poli-amor de los sapitos y de los tejos. Con la risa sincera y vagabunda de los nómadas, con su corazón triturado en el canto del viento. 

Alicia quería llevarme al Bosque, lleno de muertos y desiertos, con duendes, pero sin ni un humano, sin nada mío humano, sin amor humano, sin semejantes, sin vínculos, sin recuerdos, sin retornos, volar para siempre junto a los pájaros del otro mundo.  Y dejar mi corazón en la puerta como una piedra mutante y mágica. Alicia es muy desquiciada a veces. Cuando ella estuvo en el otro mundo el verano pasado era muy violenta de la oligarquía del Fauno y de la escabechina de lo humano. De mutar mi corazón y su herida. Quería echar pólvora, borrarla para siempre de mi cuerpo. Pero estaba en mi cuerpo. Alicia no quería que yo volviera a la tierra. Quería vivir para siempre en los hombros de Monstruo. Y era violenta como un alienígena de lo que me soplaban al oido los duendes del bosque. Ella se deliró. Porque quería devorarlo todo en el sueño del Fauno. Quería que mi medial sólo cantara su canto. Y destruyó la realidad ordinaria de mi medial en su puchero de brujas. Y a mí me gustó mucho. Sentía lo extraordinario, el éxtasis.

Cuando volví de allí. Volví desde un ataúd y su jeroglífico. Y lo que Alicia había amado, se volvió mi hambre y mi nitroglicerina, mi sueño, mi más profundo deseo, mi maza para abrir camino. Alicia quería volver allí. Pero ya no estaba conmigo ahí afuera, sino muy dentro, donde yo era éter. Afuera estaba mi medial. Alicia culpaba a mi medial de sus pérdidas. Mi medial seguía dentro el poema de magma de Alicia. 

Yo tenía una herida de gasolina en el corazón. Mi medial se alcoholizó del extremo de mercurio. Y alicia empezó a entristecerse de la urgencia de la noche y el desierto, porque mi medial en su fiebre y fuego, se metía por callejones y suburbios y sustituía al bosque con whisky y extralimitaciones varias. Alicia quiso romper cuerdas, naufragar barcos. Quemarlo todo otra vez y empezar de nuevo, al lado de la huesera.

Hoy tengo que unir a las dos. Usar sus dos gargantas, para entonar la palabra del bosque.
Ayer comprendí que para desentrañar mis motivos y mis formas de ir, de meter las patas en el fango, de beber la flor, de zarparme en la gruta de la mar, tengo que tener en cuenta, no tanto mi metafísica, ni mi autopsicología, ni la doblez de mi naturaleza, ni el 3 del duende. Sino esa criatura mía medial, irracional y enyerbada. El atentado poético. La fiebre de la cantina del sótano del barco. El rayo intravenoso. El fuego que flota en la cumbre y escarba tumbas con sus dedos. Esa criatura medial y lunática, es la que yo saco ahí afuera, la que interviene entre mis dos mundos, la que no reconoce sus heridas pero actúa con la sangre como piel. Es la catártica. La que me hace de puente. La que me pone debajo de su calavera, la que me hace remar con sus tibias y con sus gusanos. La que me echa en el vaso su pandemia, su rincón, el canto de su lápida y me sube las revoluciones en busca de su revolución.

Mi yo solitaria y espiritual, lobuna, asexual, mi escritora, mi fotógrafa de las venas de los árboles, desmigadora de sombras, hermana de la piedra y de la ausencia. Actúa en un lado de mi hemisferio, en el centro de mi soliloquio, en mi promesa del Fauno. Pero la que sale ahí afuera nunca es ella. Es mi medial, farandulera y alcohólica. Lo que hace actuar a mi medial, es una explosión de la seducción del fuego y del poema. Es un celo de tigres y de flores. Es un viento que agita la tierra y regurgita canciones desesperadas que me llevan como canto de sirena. Su pulsión, es la pulsión sexual, también la de Marte, la del poema del fracaso, la de mi zaparrastro y cabaret, la de mi payasa cantaora de gorriones, la de mi yonqui del Infinito. Ella navega entre la fiebre de un verso y un apocalipsis. Ella contradice a mi soledad y austeridad en el bosque. Ella contradice a mis naturalezas. Ella se agarra a una herida que hay en mi corazón y se muere de ganas de gasolina y de prenderle fuego a todo. 

Ella está muy presente junto a Yoseba. Como mi serpiente de dos cabezas. Ella siempre está en celo. Tiene un agujero del hambre del animal salvaje. El animal salvaje sólo se puede alimentar por el Fauno. Y cuando el Fauno no está cerca, esa criatura medial, toma todo lo que hay a su alcance como un canuto del delirio. Que provoca que el animal se ponga más violento de su hambre, que su agujero crezca y que el Fauno me envie pesadillas. 

Cuando yo vuelvo sola a la montaña, mi criatura medial, duerme. Alicia me cuenta el cuento de mi vida desde el cuaderno de un árbol. Yo me entraño en la espiritualidad del vacío, de lo que se marcha, de mi hueso desnudo hacia el venado. Escucho la lengua del río, de las flores. Me siento otra vez blanca, casi vacía y llena del cabalgar del Bosque. Y el cuento de Alicia toma acordes del cubismo. Pero Alicia suele olvidarse también de mi criatura medial y sus instintos. Por eso cuando vuelvo a salir ahí afuera, suelo volver a arder de la total deriva y desunión de mi psique. Porque mi criatura medial es la que lleva el timón. Y si Alicia ha estado escribiendo caminos y puertas sin tenerla en cuenta, ella sacará toda la metralla incontrolable de sus deseos y dejará a Alicia hecha un alijo de huesos extraviados colgados de una rama olvidada.

Mi dilema, mi contradicción, mi encrucijada, entre mi adentro y mi afuera, siempre me llegaba de forma cruel y salvaje. Porque yo no tenía en mi soliloquio la conciencia de mi medial. Porque mi medial también carecía de la conciencia de mi yo junto al bosque. 

Pero ahora soy consciente de esto. Ayer viví la fiebre de mi medial y comprendí que su poder en mí, es muy hipnótico y magnético. Comprendí que yo patino todos los poemas hacia el licor de su vaso. Comprendí que su energía es sobretodo la pulsión sexual, el corazón del marinero y del vagabundo, el cruce de Dionisio, el lamento de la amapola, su exorcismo, su deseo de poseer todas las estrellas, mi quebranto de bicho sin manada, mi hervidera de pólen, mi celo, mi deseo de todos los deseos, mi vudú, mi hachís, mi rata-dadá.

Por eso para armonizar a mis naturalezas y criaturas de mi psique, mi medial debe también aprender a refrenarse y a ser consecuente con el Bosque. Y mi Alicia debe aprender a enloquecerse por el juego de mi medial. Deben hacer las paces. Deber remar hacia el mismo océano. Alicia es a veces muy cruel, porque descabechina el corazón de mi medial y me obliga al hambre del desierto y a la comunión de los espíritus de la muerte y del bosque. Alicia pone también hambrienta y violenta a mi loba. Cuando le roba el sol y los motivos a mi medial. 

Mi medial estuve muy perdida éste invierno. Pero Alicia también lo estaba. Cada una tiraba a su territorio. Y eso me abrió una brecha de queroseno y tierra en el corazón.
Ayer durante un rato estuve de cuclillas en el río, con mi mano dentro del agua. Había un color metálico bellísimo en el río. Y las corrientes y saltos del río. Me hechizaron. Empecé a hipnotizarme por el agua, y la sentí una diosa, un espíritu vivo, algo que me prestaba durante un instante su inmensidad y corría por mis huesos, y rompía mis diques y mis resistencias y me ayudaba a volver a casa. 

Ayer conecté desde otra cuántica el renglón esnifado por la polilla. Se abrió otra expresión poética del cuchillo y del interior del bosque. Durante un instante se subió mi fiebre, me metí en el pellejo del pianista borracho, del vagabundo, del poeta atormetado por la belleza de la mar, sentí emanar blues opiáceos de mi pecho, una explosión medio alcohólica, entre mis ruinas y los dioses de los árboles. Y comprendí también que ese tipo de corazón había estado muy dentro de mi corazón todo éste invierno. Me costó mucho esfuerzo mantener el control. Silenciarme junto a la naturaleza. Me embriagó Dionisio. El hambre de mi animal. Un bandoneón y la mandrágora. Un cuento del naufragio, de la insolubre gota de sangre, del instinto de abordaje, del deseo a la enésima del deseo, de la extralimitación, del fuego. Comprendí que ese corazón había sido mi guía por la deriva de todos estos meses, la antagonia de Alicia, la fractura enamorada. Había una carga poética y seductora que me rasgaba sobre la jauría, sobre lo desbocado, sobre el mezcal. Y la bala que yo le había escrito a Yoseba se volvió su juego. Porque durante un rato estuve ansiosamente deseando enviarle otra vez whisky y luna llena. Y al no hacerlo y mantenerme en la tensión se fue desvelando en mi interior mi celo de tigres y mis delirios varios.