Ardidos

Acogerme en la angustia de no ser.
Acogerme cuando me golpea la furia del abismo.
Cuando quiere atraparme el fondo oscuro de mi teatro. Cuando mi existencia me acusa y me acorrala por existir.
Mantener la tensión y darme la madre desde lo incognoscible.
Desde el no-tiempo del Presente.

La meditación me ha conectado con la efervescencia del abismo. Con el derramamiento del cuerpo del dolor. Mientras me mantenga en el silencio viajero del instante y sea observadora y no chivo expiatorio la conciencia abrirá el espacio para el ave.

Visceralmente el dolor quiere engendrarme y extenderse.

Todo lo que alguna vez sangré y sentí lejos del Bosque, es dolor. Viví muchos años lejos del Bosque, y ese dolor se activa como un huracán muy denso en mi matriz. Ese juego de la cacería de la muerte es una llave. Por eso darme el abrazo del Silencio es vital para que la conciencia eclosione.

Ya no quiero la explicación esquizonalítica. Ya no quiero la expresión de mi historia. Ya no quiero hallar las responsabilidades del exterior y esa vieja catarsis del bocajarro de mi yo. Ahora todo tiene una frecuencia nueva. Y la herida no se ensaña del mismo modo en la ventana. Sólo observo y mantengo la distancia. Me acojo en las barcas del vacío. Trato de no darme muerte. De no reaccionar con violencia a la violencia del abismo.
Estoy viviendo un réquiem de amor a Yos.
Pero sin el réquiem.
Sin Yos.
Sin la tumba.
Sin mi lágrima.
Sin el agujero de carcoma en mi margarita.

Y eso está engendrando el dolor en la ballena que se tragó a Jonás. 
Y está clavándome témpanos en el pecho y distancias que hacen estatuas de arena con los pájaros.

Por alguna extraña razón, desde hace mucho tiempo, cuando algo me causa tristeza, mi metafísica engendra esa tristeza en el Minotauro, en lugar de hacerlo en el objeto directo, en la canción, en la persona.

Se me ha olvidado llorar por mí y por ti, lloro por el Salvaje Poseidón. Lloro rayos y piedras de magma y desiertos. Me convierto en un buque de vacío.

Cuando escribía poesía, sabía llorar y amar y entrañar mi emoción en la tramontana y en el precipicio. Pero desde que persigo al Infinito, me carcome la sospecha de los perros del aqueronte. Y me hago la pértiga del infierno y de la lejanía.

Lo natural sería que llorara, que expresara, la pérdida del amor que le tenía a Yos. 
Que llorara su país de nunca jamás entregado a los chacales.
Mi desencanto en las ruinas del vino tinto.
Mi sueño de Léolo condenándonos a los dos al olvido. 
La tristeza de no haber podido salvar nuestro poema. Y de amarlo todavía como el monzón que ya no podrá calarme. Despedirme, escenario de ceniza, entre sus mandriles y pájaros. Sorbernos marihuana en el sepelio y sacudir pólvora y sangre que en el más allá de todo, dibujara todavía tu risa. 

Pero no sé porqué noto tan solitaria la noche. Tan espejismo la sangre de los artos en mi baile de aguarrás. Tan lejana mi humanidad. Tan escondido mi sentimiento.
Antes, acababa ese rayo de luna en tu taberna. Necesitaba la coartada de tu lujuria y poesía, para darle oleaje a mis barcos. Me quería señal de humo bajo tus noches. Quería que el vino persignara en tu desnudez la anchura de la mar. Necesitaba el ocio de tu cama y tu callejón. Me quería narcotizada en tu fuego. Te reclamaba musa entre la muerte. Estaba muy entretenida con la batalla de amarte y desterrarte. Con el orgasmo y las plumas de pájaro de tu insomnio y mi abismo. A falta de lo Infinito, tus drogas me yacían sobre el viento. Y luchaba por crecer tu canto más allá de mi aquí. Porque era mejor sangrarte a ti, que sangrar mi vacío. Porque era mejor yacer ebria entre tus ruinas, enamorada de las luces de san telmo, que yacer sin nada en las mías.

Te volviste el estribillo de mis vicios.
La eterna excusa de la ginebra y del polvo.
Mi muerte amante. 
Mi narcótico preferido. 

Necesitaba cantarle a algo, mis bocajarros.
Y te elegí a ti, porque estabas cerca. Porque nos penetrábamos el abismo a los pies de la hoguera. Porque estábamos muy solos y abandonados del cielo y de la tierra. 

Y así me hice cabaretista y actriz desolada de las curvaturas del principio y del fin.

Me hice sucia del sexo de las sirenas. Del placer insaciable de los náufragos. Del delirio del vapor de la calavera y el pozo sin fondo de los embrujos y pasiones ajadas al apocalipsis. 

Porque mentí en tu nombre el pretérito del Sol y de la noche.
Porque te usé objeto de deseo y de autopsia.
Porque te engendré en un lugar que no te pertenecía.
Porque te poseí en mi sudor de sísifo y en mi barricada. Y te di los huesos y las canciones. Porque necesitaba un pronombre con el que disfrazar a la muerte. Un carnaval con el que teñir mis heridas. Una obra de teatro que expiara mi vacío.

Y en mi arte dramático, el juego se volvió una verdad, la milonga se hizo un cuchillo, tu hueco se hizo mi abismo. Te engendraste en mi interior. Aunque sólo fueras una ilusión poética. Te convertí en materia erosionadora de mi nada. Y pagué todos mis cuentos, con granadas estallando mi sangre, a los pies de la alucinación vuelta mi cuerpo.
Ahora mi leitmotiv es escuchar el dolor, observarlo, mantener la distancia del Silencio, dentro de mi cuerpo. No generar una reacción. No emanar mi acostumbrada rabia ni obsesión de canciones de taberna. Tragar todas las piedras en el suspiro de Sísifo y echar abajo la montaña. Mi trabajo es no hacer absolutamente nada. Mantener la tensión del Nigredo. No huir. No narcotizarme. Pero tampoco reconocerme. Ni en la emoción ni en la idea. Escuchar al dolor que mi cuerpo ha memorizado desde que nací pero saber que mi ser profundo está más allá de mi historia y de mi cicatriz, de lo que he visto, de lo que he creído saber.
En mi fondo oscuro, hay emanaciones anudadas a un cuchillo. 
Se han formado durante estos tres años. Aunque también las hay más primitivas, pero aquellas son más débiles porque tuvieron la metamorfosis de aquél viaje de ayahuaska.
Cuando miro a los árboles, cuando oigo al río, cuando choco en otros ojos, cuando piso hojarasca y huesos. El abismo camina hacia mí. Y siento sangrar y gritar, lo que llevo dentro. Lo que se ha forzado sobre el precipicio como la llave y como la muerte.
Siempre está muy cerca de la eclosión del vuelo, la depredación de la muerte.
Lo que nos mata, es la llave, para ser libres.
Lo que nos hace tener miedo, es lo mismo que nos hará salvajes y ácratas.
Lo que nos enfanga en las arenas movedizas del olvido es la misma sustancia que nos hará aves fénix.
Por eso el dolor es una semilla.

Solemos vetar el dolor.
Queremos derribarlo, expropiarlo, desterrarlo de nuestra experiencia existencial. A veces preferimos narcotizarnos o comprar quimera y humo, antes de sangrar abiertamente lo que ya estamos sangrando.

El capitalismo nos engancha a la obsesión del placer y de la soma. 

Pero lo inteligente y lo lógico, es descubrir el cadáver que llevamos dentro. Es mirar de frente al dolor. Es acudir a la llamada del abismo y cruzarlo. 

Porque el dolor está muy cerca de la matriz y de la esencia. Es una llave. Está en lo más secreto del inconsciente como el conocimiento y el arma. Aunque su construcción cuántica, tiene un polo depredador y anti-vida. Que hay que desintificar del ser cuántico. Juega a suicidarnos y destruir el mundo y los motivos. Y es precisamente esas emanaciones anti-vida lo que ensanchan el abismo y fuerzan al ser a volar.
Siento un extraño réquiem sobre la escritura. Una despedida indigente. Ya no me amparo en el poema. Ya no lo busco como catarsis casi nunca. Ya no me expreso en la poesía. Ha habido una fuga desde el aullido del hombre del saco que busca el túnel de la oscuridad y su lucero en otro espacio rodeado por el vacío. 
Antes mis emociones, mis vivencias, mis heridas y nudos gordianos, eran el sostén del poema. Había una metonimia viajera que exorcizaba mi grito en una construcción literaria, buscaba la belleza, el asombro, la música, aunque fuera la música del infierno, escribía desde mi inefabilidad, desde el primer hueso, y mantenía esa fuente enraizada en el motor de mi palabra usando a la poesía como medio y como fin. 
Pero con el tiempo la búsqueda necesitó otro esqueleto más palpable. Necesitaba quemar mis naves. Taladrar el significado. Exponer. Escupir el hueso. Empaparme con el fondo oscuro de la palabra. Y el vínculo que mantenía en una ecuación de fuera de campo y atmósfera el viaje del aullido, empezó a hacerse harapiento del poema y a perder su reino. Empecé a separarme del surrealismo. Aunque el surrealismo me daba en su catarsis éxtasis. Al perder esa catarsis me hice alguien más atormentada. Porque el surrealismo era creación y espontaneidad y amor de fuego. Cuando dejé de hacer poesía, la creación se hizo jodidamente narrativa y sensitiva, mucho más sumergida y asfixiante. Porque ya no alzaba la canción, se limitaba a expresar el puente volado que rompía en mi pecho. Y al no haber terrorismo-creativo, me hice noche en la noche. Ya no podía esconderme de la muerte. Mi escritura sólo desvelaba lo que ya era. Dejó de crear. Y eso me punzó muy dentro el abismo. La gravedad y tragedia del innombrable. 

Muchas veces aún tengo nostalgia del poema. Pero sólo lo escribo cuando no soporto los significados, cuando ya no entiendo nada, cuando ninguna palabra puede quedarse en mi boca. Cuando me ha ocurrido algo que guardo en secreto, cuando la hoguera está a punto de matarme. Cuando mi inconsciente está hirviéndome la belladona y necesito explotar. Entonces vuelvo a hacer poesía. Pero sino ya no la siento amante. Ya no tengo el incentivo exterior de crear. Ya no hay la idea de un escenario. Escribo desde el olvido que ama mi propia soledad. Ya no escribo para el amor de nadie. Ya no escribo para un escenario.
Soñaba algo sobre la tristeza y lo inasible. El sueño expandía mi tristeza sobre un ronroneo del todo y del vacío. Y también hablaba del camino menos transitado.

Me despierto algo preocupada por ese olvido que sopla en mi pecho. Por el ansia de escribir. He estado algo desterrada del rubor de la escritura. Me he ensimismado en sentires de vapor y de madera quemada que han buscado la catarsis en espacios vaciados y distantes. Y eso me ha herido. Ha agarrotado chillidos de prosa en el abismo de mis huecos.

Me he obsesionado con el cuerpo del dolor, con esa cuadratura del instinto suicida que emana más allá de mi voluntad contra la vida. Al hacer meditación el nigredo está muy abierto en mi pesa-nervios. Se abre una avalancha de angustia que fuerza mi abstracto a sangrar.

He tratado de transformar mi palabra y mi estertor junto a mi madre. Por alguna razón ella me activa el cuerpo del dolor. Hay una empatía muy extraña entre nosotras que activa todas las heridas de mi infancia y un grito de rabia entre mis líneas. A veces deseo que se marche. A veces siento que estar junto a ella me provoca un bocajarro de involución y resistencia al bosque. Una sospecha de pólvora. Una guerra contra el espacio y los significados. Aunque sé que el cambio ocurriría junto a ella transformando la inercia de los significados y las emanaciones que inefables chocan con la raja del cielo. 

En mi familia había mucho sufrimiento. Yo crecí rodeada de discusiones y heridas y tragedias. El cuerpo del dolor de mis padres era abisal. Y en mi infancia yo bebí todo eso sin puertas, sin instrumentos, sin un hogar donde protegerme.  Por eso algo muy lejano dentro de mí, sigue absorbiendo su cuerpo del dolor y lo siente un atentado. Y yo me defiendo con belicosidad en lugar de hacerlo con el amor del silencio.  Al luchar, yo también emano dolor. Y se crispa mucho más la herida compartida.
Hay un cuerpo del dolor común en mi familia. Aunque luego cada miembro tenga el suyo propio. Nuestra herida común se abre como un abismo en ciertos momentos de la convivencia y nos entraña en la sombra de la bruja y en la perpetuación de la tragedia. Como ellos no hacen metaconciencia ni un trabajo de transformación interior y se dejan llevar por lo inconsciente, los comandos se repiten como un bucle. Cuando mi pesa-nervios capta vibraciones del cuerpo del dolor de ellos, me entraño en el dolor y empieza a quemarme dentro una granada. Me lleno de rabia. Se activa el dolor pasado, el núcleo de la guerra, el llanto no colmado. Y yo les culpo, les culpo de no ser conscientes, de no cambiar, de no ayudarme a llegar al bosque, de seguir aullando el mismo cadáver como un cerrojo y de inundármelo en mi hipersensibilidad y en mi yo de éter. Entonces se activa mi cuerpo del dolor y se alimenta en mí la ira. Sobretodo con mi madre. Es como si alguien en mí estuviera esperando el amor materno que necesitaría mi cuerpo del dolor para irse. Y es un amor materno que yo no conocí.  La relación con mi madre siempre me hizo sentir desprotegida de mi ser profundo. E inconscientemente siempre la culpé de no ser la madre que yo necesitaba. Y eso me hizo actuar con ella con crueldad y dinamita. Porque algo en mi inconsciente seguía exigiéndola ser la madre que yo necesitaba y como su forma de tratarme atentaba contra la anarquía cuántica y el baile de las lobas, yo emanaba rabia y distancia hacia ella. Y todo eso perpetuaba la herida.
He hecho una meditación para salir del cuerpo del dolor y no identificarme con el pensamiento-emoción, y entré en una duermevela que me provocó mucha paz y sosiego. Pero al volver a "despertar" se activó de nuevo el pensamiento. Siento que estoy frente a un abismo porque está muy engendrado dentro de mí el dolor. Necesito entrar en acción para trascender esa brecha.
El cuerpo del dolor me agrede y me empuja a que se perpetúe. 
Interacciona conmigo como un demonio, como una fuerza que empieza más allá de mi voluntad. Una energía muy densa que se alimenta de mis emociones y de mis recuerdos. Y que extiende la sombra de la bruja y de la herida. Me atrapa en el dolor.
Y es momento de que luche. Ser consciente de su puesta en marcha y no identificarme con él. Fortalecer mi voluntad. 
Es como si el dolor hubiera cobrado vida propia. Y me buscara y me enganchara a su inercia. Y repitiera una y otra vez comandos sufrientes del pasado, conflictos, abismos no acabados.
Llueve. Soñaba algo sobre mi madre. Era una zona invasiva suya que me había impedido crecer. Busco las palabras. Una vieja tristeza rasguña el quebrar de mis puentes. Las bocanadas de óleo cabizbajan los caminos en esa vertical chillante de tus flores. Al torcer tu sal en los bodegones las miradas cayeron la renuncia de los charcos en el amor. Hoy me sostengo de aire el vencer de los libros en las llamas. Las distancias alejan las calles en la humedad de los espinos.

Todo se ha convulsionado del rencor del olvido y la aprensión de la ausencia por poseerte sin ti en la tensión de lo que huye.

Necesito empezar otra vez desnuda dentro del río a desmemoriar mi pensamiento. 
He hablado con Yos.
Al final nos deseamos. Nos queremos de mala e insistente manera. De perro a perro. De final a final. De juncos besando la tierra. De cerveza y llama y desierto y barracón y nostalgia y absurdo y porque sí, porque me gustas aunque no te ame, porque te quiero aunque no tengamos versos de amor, aunque ya no me quite para ti la ropa del teatro queriendo acabar en ti todas las canciones y arrancarme de la tierra y de los astros en tu pecho. Aunque necesitamos otros amantes que expandan el mar y la fe y el aullido y el piano.  Aunque siempre nos engañaremos y nos defraudaremos y nos olvidaremos. Vuelvo a ti. Y te quiero. Aunque ya no tenga ni una razón para hacerlo.
A veces quiero morir.
Es un grito inconsciente.
Empezó en los trenes de madera de mi infancia cuando el barracón apuñalaba el ciprés en mi corazón sin púas y sin diques.
Nunca se me quitó aquella tristeza de ver a los perros morir solos en la calle. Nunca se me secó la lágrima de saber lo que le hicieron a los indios y a los lobos.

Y empujo a la muerte, en tu sexo, en el vaso de vino, en el taconeo y la luna, en la apología al naufragio y a la quema de troya. Y no me aparto del cuchillo ni del rayo ni de mi sed ni de mi nostalgia. 

Y me junto a la herida mortal de otros náufragos.

Y me quiero junto a ellos, rota en mil pedazos, clandestina, desheredada, harapienta, olvidada.

Y ya no quiero el cielo.

Y me barranco de la felicidad, de la paz, del amor.

Me hago una a una con los que perdieron siempre la guerra. Y me quiero junto a los avasallados, aullido del bocajarro de la tierra, sola en medio de la nada, mientras la mar se lo lleva todo. Y la canción fuerza el asalto de las alambradas del paraíso con tu fuego como único motivo.
Le he escrito a Ab;
Tengo ganas de mudar los firmamentos del deseo.
Si mi naturaleza, todas las naturalezas son sagradas. Explorarla sin hacerme la ley ni la trampa. Más allá de la moral y de la idea. Liberar todo lo que llevo dentro. Es la represión y el forzar al ser a ser lo que levanta el muro y el fantasma. Quiero descubrir el sexo desde nuevos vientos.


No quise seducirlo.
Pero se lo dije para abrirle mi balcón.

Lo veré en un par de semanas.
Quisiera volar con él, por amor al vuelo y no a los pronombres ni a las historias ni a los vínculos. 
Soy gata herida por el nihilismo y el socavón.
No me fío del amor de nadie, porque todos somos una bestia por dentro.
He perdido a fuerza de desventuras y de playas de Barcino la inocencia en el amor. Todos somos demasiado egoístas de la trama de nuestro teatro y de nuestro prisma subjetivo y delirante de lo real, para desnudar al agua y amar el agua.

He chocado muchas veces herida de muerte en el pellejo del actor.
He bebido los cadáveres del río del olvido.
He visto la manipulación poética de la emoción y su alter-ego de dionisio mentir para amar, ser dramaturgo y titiritero para amar. Y he contado y vivido y sufrido miles de milongas. 

El amor necesita literatura.

Tal vez algún día pueda penetrar el fondo oscuro del teatro y amar entonces siendo aire y transparencia y rizoma cuántico y ácrata.

Hoy sé que a pesar mío, amaré y seré amada a través de la ilusión, del Teatro, del canto de sirenas, del egoísmo del fuego. 
Me gustaba tu mueca triste de eterno desertor.
Tu inmoralidad brillando en mis ojos el fondo inacabable del vino.
Tu fracaso camuflado entre fustas y molotov.
Tus ganas de morir saliendo a matar cuando nadie había tenido nunca una madre.

A mí me costaba demasiado ser sacerdote de mi camino. Demasiado no volver a equivocarme. Demasiado hacer lo que decía que tendría que hacer para llegar al cielo. El embrujo del naufragio me ataba una y otra vez a la fiesta del abajo del abajo. Sin lavarme las heridas. Sin cicatrizar las brechas. Sin salvarme de nada.  Sin protegerme.

Y encontraba en tu abismo, mi licor y mi guitarra de vagabunda, mi alegría de muerta-viviente, mi caer sin tocar fondo ebria de luna.

Y volvía a ti, para hacer un orgasmo con mi muerte.
Y volvía a ti, para brindar mano a mano, por el fin y el cielo que explote de una vez cuando la mar lo invade todo.

Y juntos éramos la perdición. Y enganchados a perdernos cada noche una estrella más, no podía evitar, morir entre tus brazos y amanecer huracanada por el abismo que volvía a cortar las flores en tu sexo.

Juntos éramos tan pobres, tan huérfanos de la tierra y del cielo, tan harapientos y desolados del amor y de las canciones....que te amé más allá de mi vida y de mi ausencia. 

Y ahora que quiero irme de ti y tus infiernos, para poder irme de una vez de los míos, no sé que playa quedó encayada en tu luna, no sé qué grito me penetra desde tu noche y me empuja a asirte a mi canto.
Quisiera amarlo todavía.
Sentir el estremecimiento de la belladona en los poros de la playa cuando su cuerpo me enciende la hoguera.
Quisiera seguir sintiendo el vértigo de saltar a su vacío y chocar con su efervescencia y entregarme a la línea divisoria de lo incognoscible. Y morir de todos los nombres en su boca.

Pero ya no siento el peligro.
Mis perros ya no son tan perros en su monte.
Mis navajas no afilan la noche.
Mis hartos no pinchan la lluvia.
Mi deseo no se embriaga de la locura.

Ya no lo amo como lo amé.

Porque mi don quijote se deprimió en sus llanuras.
Porque Alicia se hizo muy pequeña entre sus pulgas.
Porque mi Wherter se cortó las venas.
Porque mi taberna se quedó sin vino.
Porque la hoguera se anegó de lo conocido, de lo probable, de lo sospechado.
Porque ya nos teníamos muy vistos y recorridos y sangrados y quemados y usados china en el canuto del demonio y el baile nos rulaba hacia otros cuerpos aún vírgenes del soplo de la muerte.

Y cerró el chiringuito de nuestra fiesta de náufragos.
Y nos tragó la mar.
Y aunque me duela haberlo muerto de la inmensidad.
Ya no vive ese tiovivo de polillas y dragones.
Ya no me hace cosquillas el Sol en mi punto g desde sus guitarras.

Abusamos de la belleza.
La exprimimos hasta la muerte.

Ahora hay que irse.
Mudar los planetas en el lápiz del viento.
Amar a otros. Dejar que ardan los escombros de nuestros barcos. Y con sus cenizas hacernos una cometa para volar mucho más alto.

Enterrarnos con la arena enamorada de la playa, encender un último fuego, ahogarnos por última vez el uno contra el otro. E irnos contentos. Aves libres. En paz con la muerte. Amados por la vida. 


Me dolió ser papel de plata sobre tu mechero.
Asfixiar la muñeca en el abismo de tus ojos. Escupir mi hueso sobre el río. Sorber la anemia de las flores en esas ganas de morir entre tus brazos. Y no ver a nadie. Y no saber qué aullido antes de todo rebotó en la materia y le dio forma a los malabares que mi suicida bebía de tu vaso para huir, de ti, de mí, de la tierra.

Y tus canciones congelaron el corazón de Mamut de mis sueños.

Me hice a un lado.

Te entregué a la nada y a mí contigo.

Era más fácil que quedarse, inútiles y mortales, sosteniendo el ballet de la muerte.

Aunque un día después, entre mis piernas, la amapola, dibujaba tus nubes, más allá del horror. Quién sabe qué belleza nos hizo yacer con tantos cadáveres para defender la vida en las tinieblas. Y eras tú mi muerte y te abrí a golpes y rezos mi mar subterráneo. Ni siquiera podías imaginártelo. No podías protegerte de mí, no podía esconderme de ti.

Los dos mordidos el uno del otro, nos rompimos sobre los mástiles de lo incognoscible. Era demasiado tarde para retroceder. Esa música nos empujaba náufragos entre las olas del vacío. Te entrañaste en mi espanto. Te nombraste en todas las montañas como el salto mortal al abismo. Acuchillado en mi amor como la agresión, como el final, como el asesinato. Mientras las cosquillas de aves primitivas decían, nada sin ti. Ninguna tierra sin haberte amado. Y tú y yo, parias y rotos, escavábamos en los secretos de nuestro infierno, peregrinos de lo que huye, rezando entre los muertos de nuestra habitación porque la mar nos bendijera, mientras perpetrábamos todos los instintos de nuestra herida y hueco, con saña, el uno contra el otro, con rencor, con fuego, como si los dos quisiéramos morir de una vez e incapaces a darnos cobijo ni esperanza, nos entregábamos al apogeo del fuego. Mientras esa premonición de demonios nos bebía los ojos. Y amarte era la única oportunidad para salir con vida.
Son días extraños. He estado desconectada de la escritura, de los hechos, ensimismada en murmuros de lejanía y expresionismo de coral cuando tu camino viejo llora en mi vino la pértiga de lo distante. 
Ahora mi trabajo es acoger mi dolor, los gritos de mis clandestinas, mis errores, mis cuartos sin luz, mi fealdad, mi bocajarro. Acogerme en el espanto. En la sangre derramada de mi cabaretista sobre tu actor. En mi ideación suicida de la ola barrancada en tu cuerpo. Acogerme sin luchar contra mí. Permitir que la tristeza se exprese. Que la oscuridad se ensanche. Que la melancolía vuelque mis papeles en la rosa de tu tumba sin que mi ruleta rusa evite el precipicio. Ya no quiero vetos. Ya no quiero forzar al ser a una idea, a un arma, a una salida. Ya no quiero sostener el hilo de plata del río sobre la espada de la luna. Quiero entregarme a mi fondo más oscuro. Escupir esa canica en tu risa de cartón y de musgo. Nadar en el lago del olvido. Desmembrarme de tu nombre en el vapor. Llegarte rota sin promesa ni anzuelo ni orilla. Y que no me importe entonces que tus manos no puedan llegarme. Aprender a llorar como aprende un niño el nombre de un perro. Mi pecho me hizo de malecom, de constante resistencia y guerra. Temía que fuera verdad el fondo abisal de mi espanto. Temía saber lo que ya sabía. Temía mirarme como me sufría en el filo. Y hoy abro los balcones. No me protejo contra el frío ni contra el daño. Fuerzo a la guitarra a romper la noche. Ya no quiero velos. Ya no quiero preparar mi pensamiento como un cóctel molotov. Ya no quiero medir la dureza de la roca que piso y que me pisa. Ya no quiero zafarranchos, ni brebajes, ni vías de escape. Será lo que ya es. Será aunque duela, lo que llevo dentro.
Al conectar con el dolor y desvelar su proceso inconsciente, su vibración física, su entrañar energético, se abre otro tipo de conocimiento existencial e interpretativo, otra relación con la metáfora y con lo empírico. Ese fondo evanescente de la herida, se vuelve algo placentario. Una extraña raíz y verbo. Detrás, hay una semilla. Pero llegar a ella es un proceso a veces doloroso y taciturno. Destruir al ego es aceptar lo que nunca se querría aceptar. Dejar expresarse al dolor sin la resistencia de la mente acaba entrañando el abismo. Y el abismo es la llave. Es el alzar de la paradoja poética. El impulso del salto.
La hojarasca de tus pinturas tiñe ese subterráneo cavado como un hueco en el grito de la flor. Ese frío que habitaba en la calle que giró sobre tu soledad cuando el mundo no podía acogerte, penetró en mi pecho las palabras que mi suicida tiraba al mar. No sé quién de los dos lloró primero esa goma de borrar y ese túnel. El espejo nos hizo acróbatas sin tierra al silbido del abismo. Tu dolor y mi dolor, se fundieron en el insomnio de la rosa y juntos nos separamos de la salida. No supimos darnos el amor que detuviera el exilio. Veía en tus ojos la muerte que me perseguía. Veías también en mí la bala que rompía en tu pecho.

Juntos todo éste tiempo jugamos a los malabares en el reino del polvo y del abisal fuego. Buscamos el amor cuando ardían las playas y los motivos. Luchamos por la risa, el encuentro, la guitarra perenne. Y sin embargo nos herimos del témpano que entre nuestras vidas sangraba la soledad del humano y su destierro.

La distancia que no pude acortar en tus besos cavó en mi abismo un extraño dolor que hoy me persigue. El amor que no pude revivir bajo tu luna hace agujeros en mis cantos y me hierve el triple mortal del olvido.

Necesitaba tanto amarte para abrazarme al viento y a la vida. Y sentir esa violencia constante en nuestra llama me hirió tu sonido como el Leteo en ese lugar donde vagabunda rompía todas las cuerdas.
Tu dolor está escrito con estrellas dentro de mí.

Nos fundimos demasiado en el precipicio.
Y hoy eres tú un apocalipsis que me recuerda algo que llevo dentro cien vidas.
Hay un poso en mi inconsciente de exilio, de destierro, de pérdida. Es muy sutil y magnético. Es el comando del dolor. Se pone en marcha a veces respecto a los otros y su amor. Algo en mis profundidades los da por perdidos y destruye mis motivos, mi sonido, mis sueños. Se vuelven extraños que pasarán de largo, que no me conocerán, que no podrán amarme. Y yo me vuelvo ceniza que borra mis rostro. Y me embriago del reclamo de la ausencia. Y me dejo afuera.

Es un dolor muy recurrente. Algo arraigado en mi pesa-nervios que me provoca sed de fuego y nostalgia, sentimientos de inferioridad, de despersonificación, de despedida y distancia insorteable. Es el estigma de Monstruo.

Y el problema no viene de afuera. No son ellos. Es ese pacto de destierro que tengo de mí hacia mí. Ese hálito suicida que me quema las manos cuando estoy cansada. Cuando la lluvia me hace bocajarros.

Sólo cuando dentro me dé un hogar ese precipicio se irá.
Llueve. Anoche escribí ciertos murmuros en un papel y lo quemé. Justo cuando se apagó la última brasa cantó un búho. Y eso me dio ese beso mago de la sincronía.
Tengo que encontrar una forma de meditar unida al rito, a la psicomagia, a la catarsis, al movimiento. En mi caso no es muy efectiva la quietud. La meditación me conecta con el abismo. El abismo vive en mis profundidades. Mi inconsciente a veces hierve el punzamiento de la datura y del grito. El cuerpo del dolor me hace a veces un túnel sin salida. En las metamorfosis de mi pasado siempre había un rito, un rito que yo misma me inventaba a través de lo onírico y la naturaleza. Y eso me hacía de puente. Y es lo que necesito ahora. Sin intrometer demasiado al yo, pero haciendo un vuelo. Hay una brecha de pólvora en mi pesa-nervios. Siento a veces una energía-pared de fusilamiento arrinconarme. Y la meditación es demasiado quieta y ocurre en un espacio aislado. Y aunque también la necesite, mi sangre necesita una explosión. Es sobretodo el estigma de Monstruo, la sensación alienígena de culpa.
Tuve una pesadilla. Una mujer era una especie de maestra espiritual y tenía un dibujo donde aparecía un dios de la mitología oriental. Y ella quería usar su poder para provocar a otra persona el suicidio. Yo la dije que todo le vendría de vuelta. Y que lo que le deseaba a esa persona se lo desearía a sí misma y caería sobre ella. Que en el fondo de su corazón ella no deseaba eso que ella era amor. Y en ese momento desde sus ojos se abrió como una pantalla donde se mostraba la maldad desde símbolos surrealistas. Y eso me hizo gritar de espanto. 
Ella iba a dar un curso a muchas personas. Y yo quería ir para vigilarla y detenerla. Me dijo que tendría que leer mis poemas y que si no me fuera. Le dije que yo no pensaba leer absolutamente nada pero que me quedaría. 
Y luego fue cuando dijo que necesitaba unas gotas de mi sangre. Que iba a provocar un accidente para matarme. Y entonces me asusté y me marché de allí. Y ella me perseguía. Me metí en una habitación y ella y varias personas que iban a su lado trataban de entrar. La puerta tenía una verja y le clavé un cuchillo en el brazo. Y en ese momento me desperté.
Hoy ha sido un día sociable y crujido de mandrágora y de ola. Empiezo a quitarle importancia al bocajarro de mi yo. A acogerme en el destierro y en el olvido. A cantarme en mi tristeza. Empiezo a dejar de luchar contra mi inframundo. De alguna manera siempre reprimí mi hambriología del espanto. Escondí en la superficie el socavón de mi tristeza y mi lejanía. Me forcé a ser clara y amor, me forcé a sonreír, a callar hacia dentro, a acorazar mi desierto. A ser la otra. A hacer tabú de mi sufrimiento. Y eso disoció mi ser. Porque generé represión. Acepté un fondo oscuro desterrado de lo humano, en guerra y a línea de fuego contra mí. Impuse un monstruo en el exilio. No liberé mi naturaleza. Sentía que tenía que pelear, acechar, forzar, defender, tensar la tensión, sin poder parar ni relajarme ni entregarme a lo que ya soy.

Sin embargo estos días empiezo a dejar crujir el óleo de mis ruinas. Y a amarme en mi hueco. Empiezo a comunicarme de forma abierta con mi oscuridad. Y esa es la única forma en la que entra la luz. Cuando se deja de pelear y forzar al yo. Al pelear la oscuridad se atrinchera y una zona de la existencia se vuelve inaccesible. Se crea un veto. Una condicional. A veces es algo moral. A veces es el miedo del sufrimiento a extenderse. Pero paradójicamente se perpetua ese dolor. Porque una zona queda secuestrada como la bestia. Y esa bestia proclama el desgarro. Y el miedo a la bestia hace más cruel su apetito. Y al luchar, el abismo se ensancha. Y es precisamente la renuncia lo que hace que el río mane. Lo que hace que el dolor del inframundo pueda convertirse en vida y en madre. Aceptar nuestro dolor. Aceptar la fuerza de la negación. La lágrima del absurdo. Dejar que nos hable sin ser ya la policía que quiere matar al monstruo. El monstruo es el yo. Pelear contra el monstruo es vivir en continuo sufrimiento negando la naturaleza.
Es importante que acepte a mi madre tal cuál es. Que no me tome sus movimientos como la inestabilidad de mi bosque y la destrucción de mi zafarrancho. Inconscientemente siempre he sentido que ella me vulnera y me pone en peligro. Y a su lado siempre estoy en estado de alerta y ataque-defensa. Tal vez lo que me irrita de ella, es algo que yo llevo dentro y he disociado de mi identidad y he repudiado y he temido serlo porque ya lo era. Muchas veces en esa lucha con mi madre, he negado de mí muchos rubores y sensibilidades, me he hecho masculina y lobuna. Y he congelado a la mitad mi corazón.

Inconscientemente a su lado estoy en tensión. Siento que tengo que velar por el verbo y el barco. Y la corrijo, la alecciono, la señalo, la acorralo en mis nociones. Como si lo que yo creo que son sus errores se cargaran sobre mí como un muerto. Y tengo que dejar de hacer eso. Tomar el silencio del chopo. Confiar en ella. 

Como no me fío de mi madre, no me fio de ningún ser humano. Como no me dejo querer por ella, no me dejo querer por nadie. Inconscientemente siento que sus cuidados me hacen débil. Que sus palabras van en contra de la anarquía cuántica y del valor. Que su miedo me lo envenenó en su vientre. Y la culpo. La culpo de no ser Evaristo el Rey de la Baraja. La culpo de no ser dios. De no haberme dado arcos y flechas y barricadas y molotovs y haberme amado loba y no cordero.

A mi madre nunca la acepté tal cómo ella era. Inconscientemente no la perdoné no haber sido Loba. No la perdoné ser humana, sufrir, tener miedo, dudar, no saber, no tener la casa del Sol para darme.

A todo el resto de mi familia, les acepté indigentes y parias y locos. Pero a ella no. Mi corazón estaba en guerra. La reclamaba el amor a hachazos. La reclamaba el amor, destruyendo todos los mundos. Matándonos a las dos.

El odio interno que me tuve, fue porque no sabía amar a mi madre ni dejarme amar por ella.

Hoy necesito amar a mi madre. Conocerla sin mis prejuicios, sin mi dolor de pólvora, sin esa coraza en mi pecho.
Todavía no he despertado del todo. Estos días con mi ciclo de luna he reconectado con el cuerpo del dolor. En mi pasado hubo mucho sufrimiento y a veces estertora una densidad que juega a cazarme y me perpetua un sentimiento de abandono y desesperanza. Es una extraña melancolía del deshecho y del grito sonámbulo y fusilado de una flor en la asfixia de una playa. Es importante ahora que sienta ese dolor sin juicios y sin querer extinguirlo. Porque eso generaría un muro de vacío que acabaría haciéndome una coraza. Todas las corazas nacen para silenciar al dolor. Pero el dolor a veces necesita respirar y extenderse hasta que eche el vuelo. Toda mi vida he luchado contra lo real, contra la sociedad y la Comala de mi familia, contra mí, contra mi hueco, contra el pozo sin fondo de mi yo. Y eso ha generado una continua resistencia a la vida, una tensión violenta, un bocajarro, un sed insaciable del poema, un deseo de morir. Culpé a mi familia, culpé al capitalismo, culpé a los psiquiatras, culpé al Sol y a la noche, culpé a ser humana, a la vida y a la muerte. Eso hizo que mi fuerza fuera la contra y el delirio del imposible. Siempre esperaba un amor extraterrestre que me llevara otra vez a mi casa, mientras la realidad cantaba en mi sepulto mi despedida. Hice una guerra apocalíptica de mi yo a mi yo, de mi yo al viento, a la hierba, al camino. De mis ojos a los otros ojos. Del fondo de mi palabra al crujido de la inexistencia. Hoy me he dado cuenta que todo eso era un error que escondía sufrimiento y una violenta negación a la vida. Inconscientemente buscaba la muerte. Buscaba una metamorfosis que destruyera mi ser y la realidad que conocía. Buscaba el apogeo de la locura y la saña del surrealismo. Necesitaba que todo fuera terminado. Que ninguna noción volviera a mi pecho, que ninguna palabra se reconociera dentro de mí. Mientras el poso del sufrimiento reproducía los ardides de la sombra de la bruja y la tragedia. El amor era secuestrado en mi interior. Salía como una bala perdida que nunca podría llamarme ni tocarme. Yo asaltaba los manubrios del humo y era una vagabunda herida de muerte por el viento. No podía tener un hogar porque en mi interior hacía la quema de troya. Porque mi dolor no dejaba de negar y de luchar contra lo existente. Inconscientemente culpaba a todos los mundos de haberme robado el beso del agua. Estaba enfurecida contra lo divino y lo humano. Y mi corazón en su subterráneo sentía que todos los otros me harían daño y que eran una amenaza para mí. No sabía abrir mis manos. Tenía miedo de que el lobo saliera de la caverna. Tenía miedo del amor. En mi visceralidad era una trampa mortal que me daría caza y me aniquilaría. Por eso siempre estaba triste. Miraba al suelo como si hiciera túneles verticales. Me cubría de hielo y de ausencia. Y no sabía llorar ni besar. Sólo cuando estaba ebria o enloquecida de luna sentía una catarsis que movía mis aullidos y mis huesos en la sobriedad del poema. Pero unos segundos después volvía a cubrirme con la lejanía y el Teatro y a morir todos los humanos en mi témpano.

Ese dolor de la marginación y la contra, fue mi leitmotiv. El yira yira. Los ladridos de absenta de los perros quemando el pueblo. Mi punk porquiosero. Mi nunca estarás. No te quedarás. No me conocerás. No podrás verme. Inconscientemente estaba enganchada a mi dolor. Me había dado confort. La sensación de un territorio y de una identidad, de un arma y un canto. Me gustaba ser la que no era, la nadie muerta en tu vaso de vino. La otra. La de los muertos y las ratas del callejón. La asesinada del amor. La que se iría a solas con la noche. La que escribiría para matarte. Para matarnos a todos y que crezca la mar.

El dolor de mi pasado me justificaba y emponderaba sobre la batalla. Aunque reprodujera una y otra vez el dolor. Aunque siempre estuviera triste, insatisfecha, herida, abisal. Es como si quisiera seguir sufriendo. Como si sólo mi dolor colmara mi vacío. El dolor necesitaba el dolor para que yo siguiera escribiendo. En el fondo de mi psiquismo estaba enyerbada por el abismo. Nunca tenía paz. No me duraba la alegría. Estaba hambrienta, me hacía daño con los bares y las pasiones-sade y fin del mundo. Y el delirio de sus poemas me daba las ganas fugaces de la eternidad para volver otra vez a dormir con las ruinas y recomponerme en el bucle del agujero, una y otra vez, con el dolor como un cuchillo en mi pecho. 

El dolor era mi yo.
La perpetuidad de mi presidio.
La trama de mi teatro.
El apego a mi historia y mis cicatrices.
La vuelta a empezar.
Mi puto laberinto.
Mi horfandad.


Ahora necesito hacer mucha metaconciencia para no identificarme con mis actrices y no volver a embriagar mi tragicomedia.
Hoy me he dormido. Soñaba algo reparador que me explicaba el amor que tuve a Yos.
Estos días estoy haciendo metaconciencia en mi relación con mi madre. Y me he dado cuenta que inconscientemente le reprocho no haberme protegido, no haberme dado el amor que yo quería, como si la responsabilizara de ciertos sufrimientos del pasado. Es muy importante para mí que solucione ese conflicto.  Creo que es lo que hace que me ponga una coraza y que mi sentimiento no cante libremente. Todavía se activa mi rabia. La no aceptación del hay.
En mi casa se ahogaban las penas con las sombras del vino y los gritos de las calles despedazadas en el piano de un sepulto.
Aprendí a herirme y caer y caer y caer sin tocar nunca el fondo.
A quemarme la hierba bajo los pies y confesarme con el olvido. Llenar el vaso, derramar la rabia como el llanto de un niño sobre los naranjos que cortan la yugular.
Y cuando el barco se hundía, todos remábamos para que llegara pronto un final, fuera el que fuera, que diera pronto un portazo en el corazón.
Aprendí a aliarme con los náufragos.
A no defender ni la casa ni el futuro ni la canción.

Y hoy cuando esos muertos juegan con mis cuerdas, vuelvo a hacerlo. Aprieto el gatillo, no dejo a nadie despierto que me pueda tocar. Y con mi herida subo al monte y suicidio toda la humanidad.

La profundidad de mi dolor tiende a sangrar una y otra vez el mismo poema. A veces quiero que no haya nadie cuando llegue el final. Y echo a la hoguera todos los caminos que alcanzo a ver. Y una a una con la inexistencia seco a la mar. Y mi cuerpo-desierto baila con la muerte. Y ese grito no me responde. Y ese amor se hace una tumba en mi tráquea. Y escupo. Y mueres.
 Son tiempos todavía algo graves del terraplén de cartón en el beso de tu cuchilla. Busco los ardides de mi yo, ese pozo del ego, ese bucle de la sombra y la carne, desmemoriando los nombres de la noche. Me encierro sin querer en la calcita de la nube, llueve desde la oscuridad de tus ojos, tierras devastadas que me empujan a irme. Camino hacia el interior de los árboles lo que la palabra me expulsa. He estado demasiado tiempo conectada con el dolor, el bocajarro del yo, la sed, el laberinto del pensamiento, lo kamikace del deseo perpetuo, la insatisfacción, la deriva entre la arista del vino y la canción del triple mortal. El dolor acumulado en estos tres años empieza a taladrarme su densidad. Y es su aullido el vehículo de metamorfosis. Aunque tengo que darle dentro un hogar. Necesito una catarsis. He descubierto un estertor energético que emana de mi cuerpo y es condenado, imamantado hacia la oscuridad, disociado de mi integridad. Detrás, está mi dolor. Algo que horfano de mí misma. Condeno a galeras. Me entran instintos asesinos contra esa fuerza. Pero sé que tengo que integrarla en mí. Soportar la tensión del abismo. Seguir los secretos del sufrimiento y de la angustia. Desvelar. Dejar que el aullido rompa las montañas. Es la luz de la polilla negra. Es todo aquello que desfocalicé de mi conciencia, reprimí, sufrí muda dentro de la niebla. No moví la música. Tragué la tumba. Ese dolor habla sobretodo de éstos últimos tres años. El resto de mi vida ardió en aquella vieja metamorfosis. Mi capitán bebía suicida el vino en la Osa Mayor. Esa pólvora es lo que él no pudo beber. Lo que no fue suficiente. La lágrima que no supe llorar, el beso de amor que no di, el puñetazo que enterré en la tierra. El cansancio acumulado en los mástiles y las calaveras. Mi pasado psicótico me obliga a la catarsis. No me será en la línea de ámbar. No me seré cuando el faro duerme las algas. No me será en la tranquilidad. No me llegará como un rayo de alba en la luciérnaga cuando salen los barcos. Mi naturaleza se forjó a través de la revolución, de la violencia, del cambio radical del rumbo debajo de la tierra cuando rompe magma las piedras del silencio. Viajé con la alucinación y con mis sueños. Viajé con la metáfora lisérgica del grito de la nada. Mi pesa-nervios necesita una explosión.
Hoy fuerzas antagónicas golpean mi corazón. No soy nadie sin los cuentos del viento. Tengo miedo de tu tren de madera ahogado en mi lágrima. No pudiste hacerme sangrar. No pudiste obligarme a verbalizar la punta del cuchillo que en su revés derretía mi cielo. Tus cuerdas de vagabundo me enseñaron a asfixiar la flor cuando era necesario cortarse las venas y echarse un vals con la célula del fuego. Tu dolor me llenó de violencia. Tu ego hizo asesina a la belladona. El pacto de mi caracol ebrio de tristeza también se entregó a la muerte para brillar aún en tus pupilas. Y aunque sé que nada empezó en ti, a veces te maldigo. El canto que te llevaste al infierno entre mis piernas me persigue contra los dos. El amor que no escanciaste aquella noche entre las vides te hace una trampa mortal desde mi ausencia. Lo que abusaste de mi fe en nombre de tu ceniza, aprieta el gatillo hacia lo insondable de la noche y arrastra gotas de tu sangre. Todos los cadáveres que bajaron el río junto a nosotros han hecho un lecho dentro de mí y yacen violentos en el secreto de mi dolor.
Hoy he tenido un trance muy extraño con mi ciclo de luna y el cuerpo del dolor. He conectado con la matriz del dolor y unas vibraciones muy penetrantes y viscerales. Que me sumieron en un profundo cansancio. Ahora todavía una brecha evapora la semántica en mis poros.
El dolor es muy delirante y se engancha a sí mismo a su fado. 
He descubierto que me encantaba estar unida a la tragedia y a las pasiones del abismo y del apocalipsis.
Mi dolor estaba enganchado a la taberna de desheredados que embriaga Yos en los bocajarros de mi corazón. 
La canción del barranco estaba endrogada del cuchillo y hielo de Yos.
Y aunque yo no estuviera enamorada de Yos, el verso decía que sí de costilla a costilla hasta el cuaderno de la muerte. Y mi dolor bebía su datura. Y como el amor entre nosotros era imposible y era un abismo yo me acostaba con el abismo todas las noches. Y el infierno de Yos, me daba gasolina y éxtasis. Era una pasión-sade.  Yo amaba lo que no existía. Lo que me negaba. Lo que me atacaba. Lo que rompía en mil pedazos mi corazón. Por eso me deliraba por Yos. Porque él no podía conocerme ni amarme. 
El estigma de Monstruo y su tragedia quería perpetuarse. La sombra de la bruja quería seguir delirándome su luna llena.
La marginación y la guerra apocalíptica de Tigre contra los humanos, quería seguir muy dentro de mi corazón para poseer a solas y junto a la muerte el firmamento.
Y Yos era mi juego preferido.
Mi amada muerte.
Yos era violento, salvaje, cruel, inalcanzable. Y eso deliraba mi punto g y el brebaje de los brujos. Me daba el amor alquímico y extásico del dolor psicótico, mi apego yonqui a la batalla y al imposible.
El demonio de mi visceralidad.
Y nos acostábamos juntos siempre en el infierno.
Y nos rulábamos lo que canta el diablo, como bestias enamoradas.
Y explorábamos todos los orgasmos del río del olvido.
Y como él y yo no nos amábamos como se aman los amantes, excepto en el sexo, nos servíamos todos los instintos y rubores de los viajeros de la muerte y del abismo.

Y el sexo nos hacía de droga.
Nos vinculó el extremo del espanto. Nos unió como dos bestias sin madre. Nos enganchó más allá del bien y del mal, más allá del amor, en un extraño universo, mientras nuestra herida sangraba y nos desnudábamos empapados de sangre en ese aquelarre de nómadas sin cielo y sin tierra.

Y ahora doblan las campanas.

Ya no tengo ganas de esa fiesta de Babilonia.

Siento que él se marcha.
Que yo lo dejo atrás.

Que se mueven los pliegues de la tierra.

Que nuestro vínculo empieza a deshacerse.
La confusión de la belladona, en ese fractal de la hoguera, venía porque mi huella escupía polvo, desde el manto blanco de la luna en el calibre 38. Era el embrujo de mi herida. El corro de la bruja. Lo reflejaba en Yos, mientras yo bailaba gatos en el río. Por las noches a la hora de caer, mi herida, reclamaba de Yos el cuchillo para que yo amamantara a mi herida en los senos del cielo. Era un delirio de mi aullido.
Que confundía el barco de mis sentimientos.
Y me hacía una taberna de locos. 
Yo volcaba en Yos, los socavones de mi infancia y mis delirios. Porque los llevaba dentro embriagándome los manubrios de Fauno en el bucle de la cacería de mi yo a mi yo. Y era la patología del rayo. 
Él y yo éramos baile suelto, amor libre, lluvia de distancias e incompatibilidades del verso. Camaradería de dos animales sin manada. 
Pero mi herida, en su anacronismo, ensañaba en Yos, su agujero negro.
Y era cuando yo dolía a Yos, como a lo imposible. Cuando me olvidaba de la verdad, del punk, del alcohol de la margarita, del abordaje de la anarquía cuántica. 
Y el estribillo era el estigma de Monstruo.
Monstruo amaba lo que le negaba.
Monstruo quería que lo mataran.
Amaba la violencia sobre sus campos.
Amaba el destierro, el nunca más, el déjame solo. 
Y su paranoia se enganchaba a Yos. 
Y aunque yo no amara a Yos como se ama a la poesía. Necesitaba que él destruyera mi corazón. Y enyerbaba extravagantes hogueras en la locura de amarlo cuando no lo amaba de verdad. Era Monstruo. Porque Yos no podía conocerme ni amarme. Era la ecuación perfecta. La tragedia perfecta para mis batallas de imposible y coma etílico del verso.  
Porque yo estaba herida por la pólvora, necesitaba ser desamada por los humanos. Para que Monstruo estuviera contento. Y como Yos no me amaba, mi vino tinto estaba siempre entretenido y extásico. Y aunque yo tampoco amara a Yos, mi pesa-nervios necesitaba sentirse el abandonado, el vagabundo, el extraterrestre y condenado de la humanidad.
Porque esa era mi sombra de la bruja, el ego de mi eneatipo 4. Mi ego se alimentaba de la marginación. Mi ego necesitaba la exclusividad del cuervo de Poe. La tragedia de la cucaracha de Kafka. Porque mi ego quería la guerra. Porque mi ego esperaba la venganza de Tigre. Y yo me alimentaba de la distancia irrevocable de mi ser frente a la otredad. Y como Yos, era distancia y no entendía mi mundo interior ni era sensible a mi sensibilidad ni podía abrir mi puerta ni tocarme de verdad, mi avalancha del delirio de la hoguera, tenía mecha para largo.
Hay niebla. Me despierto con una inquietud de témpano que choca con la luz del insecto cuando los caminos están cerrados. Me ha venido mi ciclo de luna y eso siempre me conecta al cuerpo del dolor, a la raíz de la herida, al principio de la catarsis.
Son días apacibles de torniquete de nube en la crisálida de las sombras.
Ayer fue un día hermoso. Por la noche sentía un blues, un enamoramiento del fuego que baila cuando la ruta expía la palabra que traigo desde el vencimiento de la lluvia, cuando mis manos no pueden quedarse en las tuyas.
Al hablar con Tao, sentí un renacimiento del vocablo oceánico acogiendo las brechas de la noche. Un verbo abrió los caminos sobre un valle nómada y relinchante del sí a la vida.
A veces choca en mi olvido la sospecha de que todo es inútil. Una tensión del cruce de la Osa Mayor en la duermevela de mis abandonos. Y lo sucio, lo clandestino que hay en mí, me encierra en su tabú. Mientras las clavijas no expandan el río. Es necesario que acepte en mí, lo estéril, lo pequeño, lo temblante y que ese dolor sea madre, y no presidio.
Ab vendrá en un par de semanas. Tengo ganas de verlo, de compartir la luz de la noche estrellada, el qui lo sa, el soltar los nudos del crepúsculo, el amar desde otros labios, lo inabarcable del mundo.
Últimamente me inquieta dónde me iré cuando acabe el verano. El naufragio compartido con Yos, nuestra inercia de fuegos ambulantes consumiendo la carretera y la fe, ya no es una opción.  Antes, me quedaba cerca de él, aguardaba nuestros aquelarres, escribía en nuestra distancia, destruía todos los pilares en su cuerpo. Y era feliz en mi indigencia. No era amor, pero era algo muy parecido. El vino nos corrompía la tristeza. El abandono ardía con sudor y champán. Y nadie preguntaba qué haremos luego. Era suficiente aguantar el duelo de la luna y del polvo. Defender una canción aunque fuéramos sus huérfanos. Seguir el único destello que había en el bosque. Y no tener coartadas ni instrumentos. 
Pero últimamente me aleja de él, el tambor del mar. Es extraño sentir que la cuerda que nos unía se deshace. Me da vértigo de vacío. El poso de mi vino ya no busca su boca. La inercia de mi piedra que flota ya no acaricia sus luces de san telmo. Algo nos aleja. Tal vez es el amor que se ha vuelto más purista. El amor que quiere taladrar el hueso y parir el campo de flores. Y ya no me llega como honesto nuestro desvarío de viajeros de la muerte. Ya no me apetece arriesgar mis cantos en la bancarrota. Fue así durante tres años. En el filo del todo y la nada. Sin barricadas, sin hogar, sin tu amor me colma ni en tu poema acaban todos los caminos. Había una inercia de la resina y de la brasa, que nos unía en esa vagabundia sanguínea y barrancada. Pero hoy quiero otro tipo de ternura, de libros plantados en la tierra, de zumo de chopo en mi piel. Todo lo que antes junto a él fue un puente en el abismo, hoy es la fiebre de la brecha, la saña del filo. Mis sentimientos han cambiado. Algo en mi inconsciente lo siente a él una amenaza. Un extraño pecado y perdición. Creo que es porque mi amor se dio la vuelta cuando subía río arriba su oscuridad. Ya no me gustó su manera tan felina y helada de amarme. Ya no me gustó el destierro entre sus brazos. Quise irme de esas arenas movedizas de los que no tienen mundo ni dios. Y el speed del amor que volcaba en sus abstracciones ya no quiso jugar la misma piromanía. Todo era como cantaba Rosendo "si hay una salida por aquí tiene que estar" Y aflojaba plomo y balacea. Y saltaba el precipicio. Su orgasmo me hacía de sacramento. Mi gozo me decía todo está bien, no hay más camino. Y forzábamos a las estrellas a poseernos en ese doble o nada del tajo. Íbamos a tientas. Embriagábamos la raíz en el triple mortal de la absenta. Era una hechicería peligrosa, porque íbamos sin frenos ni volante. Pero ahora saltamontes me dijo que necesito amor y que el amor es otra cosa. Aunque aún no sepa el qué. Necesito la inocencia. No ese fuego que me quema las manos y el corazón. Ya no quiero que sea algo doloroso y abisal. Ya no quiero ir con el bocajarro jugando a las damas con las esquinas. Ya no quiero que me mate el poema en su cama.
A veces mi inconsciente tiene la sensación del abandono.
De la casa pinchada en los manubrios del fuego hacia el clamor de la ruina.
Del abandono de esa flor haciéndome de tiza en el espejo del agua.
La sensación de un frío que destruye mi guitarra.
La ausencia de una madre que comprenda mi abismo y que me proteja.

Y entonces me siento un animal herido bajo la tormenta.
Doliendo el mal de altura en los puntos suspensivos de una bestia que clava sus ojos en mi papel vacío.

Es extraño, callar siempre tan adentro, el abismo cuando camina hacia mí.

Hallar su semántica como un secreto apocalíptico que hay que cargar a solas en la evaporación de la noche bajo el crujido del fuego.

Eso hace que mi abismo sea más ancho.

Porque pierde la capacidad de mostrarse humano a otros humanos. Comprensible. Transitable. Explicable. Tocable. Amable.

Yo lo callo todo hacia mi agujero negro, como si necesitara morir de la tierra para cruzarlo.

Y eso hace que la distancia de Monstruo me lleve al precipicio de la soledad.

Si fuera capaz a contárselo a las personas en la misma medida que el precipicio me cuenta a mí. Habría una alquimia de un espacio común y compartido, de un puente reconciliador de lo existencial.

Donde la agresión de la extrañeza se llenara de lumbre y de instrumentos viajeros.

Mi problema es un problema de percepción que tiene una puesta en marcha inconsciente.
Cuando siento el abismo, cierro mi muralla. Hago un fuera de campo y un zafarrancho. Congelo mi corazón y se suicida toda la humanidad en mi pecho. Destruyo la vida. Alejano mi vida sobre la nada.

Y la expresión se vuelve un agujero negro.

Si fuera capaz a hablar de tú a tú con la gente de mi precipicio, no me sentiría sola ni bajo una guerra apocalíptica. Volvería el calor a mi sangre. Dejaría de vivir el estigma de Monstruo y la batalla solitaria de la locura.

Y para eso, tengo que provocar una apertura. En lugar del impulso hacia el pozo de la Caverna. En lugar de destruir la atmósfera y desfocalizarme en la nada, tendría que lucha por la expresión, por el tacto, confiar en las personas.  Buscar la complicidad. El rizoma común de las metáforas. El grito desvelado y amado sobre los ríos.
En mi psique hay el recuerdo traumático del abismo.
A un nivel surrealista, desencajado de lo existencial.
Porque se formuló en estados alterados de conciencia.
Muy dentro de la locura, del hervir del estramonio.
Y eso me deja flotando a mi alrededor la atracción de la llave del espanto.

En mi instante presente a veces se sintoniza a un nivel inconsciente el poder devorador del absurdo, y aunque sea una sombra, la tensión del abismo, una recreación ilusoria de la mente, el perfume del río del olvido se penetra en mis sentidos y me atrapa al dolor.

Mi mayor problema reside en que me cuesta mucho conectar con el poder del ahora, porque esa Comala anacrónica me posee en una fuga del tiempo y del espacio. Me lleva a un lugar donde no hay tiempo ni espacio pero tampoco está la belleza del infinito y del Silencio. Hay un cuchillo taladrándome el hueso. Eso hace que mi inconsciente suba los peldaños y una extraña guerra me muestra toda la existencia como una amenaza, mi rubor, mi sentimiento, mi pensamiento, se vuelve una trampa mortal. Y no hallo dentro de mí el refugio ni el barco. Porque hay un trauma en lo empírico de mis sentidos. Alguna vez sufrí niveles de angustia y sufrimiento insoportable. Y su sombra tiende a volver a llevarme allí. Aunque aquello no pertenezca al instante presente y sea un espejismo de mi mente.

Para que yo pueda transformar ese sufrimiento hacia lo dador de la vida. Necesito romper el hechizo mental que confunde lo pasado con el presente y lo futuro. Es en mi mente donde habita esa demencia. Es en mi yo adquirido. Mi esencia está intacta. Mi yo profundo es amor de agua.  Para conectar con mi yo profundo, necesito detener la mente-emoción y la idea del pasado y del futuro.
Estos días quiero trabajar el no ser. El no interferir en las relaciones sociales con el agujero de mi nacimiento. Envolverme en el lago. Dejar que los otros se muevan y canten, sin sentir esa puerta abierta y taladradora de éter haciéndome espada y pared, dirección, absorción, responsable.
Por mi pasado psicótico se quedó abierto un portal de sincronía y posesión de las luces de san telmo y sus pesadillas. Y acabé entregándome papel incendiado al viento de lo inasible. Con la hechicería inefable del poseer.
Por eso necesito conectar con la fuente silenciosa y hacer meditación cuando me relaciono con humanos. Observar. Dejar de sentir que sus vibraciones me taladran mis abismos y playas. Mantener la distancia del alfabeto de los árboles. Dejar que sea la vida sin que mi agujero lo beba todo.

Cuando me pasó esa cosa tan extraña. En algún momento tuve sentimientos de culpa. Porque mi cuaderno del polen prendió todas las cerillas cavadas hacia dentro.

Ese yo pozo sin fondo de la caverna, siempre me ató al nudo gordiano de la culpa. Como si inconscientemente todo me señalara y me acorralara en la evanescencia de la palabra que choca contra mi pecho y me tensa, puñal de belladona a lo que cruje el aire. 

Mi yo pozo sin fondo de la caverna, a un nivel inconsciente, hizo que las frecuencias del dolor y del miedo, recayeran en mi origen. Aunque las trajeran otras personas y la atmósfera. Se desfocalizaban en una fuera de campo anacrónico que me levitaba sobre el espanto de Comala. Dejaba de distinguir lo que venía de afuera a lo que venía de dentro. Todo rompía en mi brecha. Todo me ensangrentaba y poseía desde un estado alterado de conciencia que estaba al borde de los mundos sin pertenecer a ninguno.

Tal vez es una puerta de la Datura que se quedó abierta.
Ese viaje psicótico de la sincronía.
Esa línea divisoria fumada por el Minotauro.

Y esa brecha de fuego, es la que me provoca tanto dolor.
Una sensación de despersonificación y anti-existencia.
Un ánimo de salvia divinorium hervida en la garra de la sombra.
Un vómito existencial al aullido de la náusea.
Un infierno insondable. Porque todo se hace mío y sin escapatoria. El yo-pozo sin fondo, traga y se queda colgado tras la sangre del espejo. Y se encierra en una curva amortajada sobre la tumba. Y aunque lucho y peleo y me muevo y nado y aúllo, la atracción del espanto de la nada, me hace dolor de todo el dolor que me rodea. Lo absorbo y me absorbe.
Siempre he estado conectada con el piano subterráneo del río del olvido. Con la extravagancia de la lágrima de plomo y de cuchillo. Con el espacio de la ausencia acorraladora. Con el abajo del abajo donde a veces los rayos de luz son devorados por Minotauro y engendrados en mi no-ser como el abismo. 
Y esa sospecha del fondo fusilado de las palabras me hace hipersensible al dolor. Una parte de mi conciencia se fuga tras el precipicio que golpea la muerte. Y me engancha a un caer que regurgita la flor asfixiada de mi conciencia.
Para salir de allí necesito la meditación y la conexión con el poder del presente. Darme a mí misma un hogar, una canción, una oportunidad de vida liberada.
Me han pasado cosas que me han perturbado la serenidad y la capacidad de meditación y conciencia sobre el presente.
Aquello tan extraño que rompió alambradas de la oscuridad del mar en mis témpanos. La sospecha inconsciente que se abrió como un prejuicio y una condena al hablar con ese supuesto chamán. El grito de indigencia junto a Yos y nuestro ir partidos a la mitad hacia el beso de la luna. 
Todo esto me embrujó en un callejón del yo. Es una posesión de la trama de mi teatro. Y todavía me cuesta mucho hacer meditación. Algo en mi inconsciente es condenatorio y abisal. Algo en las capas clandestinas de mi psique recrea el dolor y el precipicio. Me niega del amor de Fauno. Me culpa. 
Mi pesa-nervios rompió en un seismo el dolor de la tierra vomitada sobre mi piel como una lejana asfixia de los violines. Y perdí la serenidad. El cuerpo del dolor está más abierto. Recaigo en recuerdos de espanto que atentan contra el poder del ahora. Mi yo está en medio como una bala perdida. Por eso necesito empezar de nuevo. Darme a mí el derecho a la felicidad. Mi inconsciente no quiere. Mi inconsciente como un macabro fantasma y verdugo obsesiona el sufrimiento, la prisión, la culpa, la muerte del amor. 
La náusea de las luces, manifiesta como una avalancha una fuerza existencial acorralada contra la vida. Como si un poso secreto de mi psique estuviera desfocalizado dentro de una tumba. Por eso necesito hacer meditación y vibrar hacia el beso de Chopo y del agua.
Es como si el inconsciente me condenara. Me metiera en un callejón sin salida. Ideara conceptos-nudos gordiano y una fuga anacrónica a miles de metros bajo tierra donde yo soy asesinada. Es casi imperceptible esa imamantación de la forma y su evaporación, es muy inconsciente, pero su perfume es muy posesivo. Su sospecha me llena de angustia. Y la angustia me atrapa en una posición de tensión y no amor.
Por eso necesito la metaconciencia y la apertura de la vida. Darme el amor. Abrirme las ventanas.
Soñaba algo sobre el sufrimiento del ser.  Había un nudo gordiano en el yo que ataba al dolor.
Ayer me dio la náusea de las luces. Y eso me provocó angustia y una abisal sensación existencial de horfandad y destierro de lo real y de lo humano. Aunque me mantuve en el espacio bajo un soplo de tramontana.
Empezó cuando estaba en un supermercado. El ruido, los productos, el capitalismo, me punzó angustia y cansancio y deseos de irme corriendo de allí. Y eso abrió la náusea. Mis ojos chocaban con las formas y luces desde un manto de viudedad y distancia que acuchillaba mi corazón. Estaba con la madre de Ab, y mi madre. Fuimos de viaje por las montañas. Algo en mí las sentía extrañas y dolorosas. Es como si se activara la conexión de estados alterados de conciencia y me costara muchísimo esfuerzo saberme humana y albergar una sensación normal de la existencia. Como si fuera incapaz a tener sentimientos y palabras y a formar parte de la atmósfera. Aunque poco a poco esa extrañeza encontró un cauce, aunque fuera despeñado y me dejé envolver por la naturaleza, la lluvia, el canto de los pájaros.
Quiero decírselo como psicomagia.
No como venganza de Lilith.
No como patada y que te muerdan las flores y te coman los dragones el corazón.
Quiero decírselo cerca, al baile alrededor del fuego, con crujidos de mandrágora, con la luna para los dos, con la suerte para los dos, con el amor para los dos.
Quiero seguir siendo su amiga. Sin diques. Sin prohibiciones. Pero sin alucinaciones de colgados del Sena.
El sexo confunde a las palomas.
El sexo mezcla en el puñal del Sol, las profundidades.
Y cuando no hay amor, Comala acurruca el réquiem de las flores y lo vuelve un abismo entre el Silencio y el Fuego.
Y aunque él y yo, nos hubiéramos conocido sólo para amarnos, no es el amor del alma, no es el yin y el yang. No es el estremecimiento enamorado de la mar. Es un amor, entre dos huecos, es un amor fraterno y tabernario incapaz a desnudar a las rosas, incapaz a hacernos emprender el vuelo. No es el amor que quiere mi Don Quijote. 
No le diré que nunca más me acostaré con él. Porque no quiero futuro ni cerrojo ni tesis ni malecón. Y me gusta dejar al poder del ahora llevar la guitarra sin que la palabra ni la forma sea un prejuicio.
Le diré por una vez, la verdad. Que estoy enamorada de otro. Que ninguno de los dos nos amamos de esa manera que necesitaría el amor para que vayamos juntos y libres y fuertes. Que siempre lo amaré compañero. Pero sin liarnos flores alucinógenas. Sin sufrir por lo que no somos. Sin pedir marihuana a nuestro ciprés. Que cuente siempre conmigo para el canto y el grito y el callejón y el dolor de la tierra y la alegría del blues y de la hoguera. 
En mi pasado estuve enamorada de él. Y busqué trascender las sombras y nuestras lejanías y soñé encontrar esa cobertura que nos sintonizara con el éxtasis del amor y nos hiciera mar con la mar y fuego con el fuego y una fusión de astros ebrios de vida. Y en mi afán, choqué muchas veces con la muerte. Y la muerte me dijo al oído que yo no podía hacer nada más. Que yo no era dueña de las olas. Que la cabra tira al monte. Que nuestras serpientes bailaban el amor de los náufragos y que entre ellas jamás habría una tierra para hacer cierto el amor. Y aunque insistí mucho más allá de lo probable, aquél deseo, dejó de soñar con cumplirse. Y ahora ya no le canta.
Se lo diré besándole.
Se lo diré deseándole el amor de las canciones.
Se lo diré porque necesito que rompa el volcán. Y aunque los dos los supiéramos desde hace mucho tiempo, el fuera de campo, nos enyerbaba en nuestra orgía la manipulación de la belladona.
Se lo diré también con la tristeza de la margarita ahogada en mi acantilado. Porque alguna vez lo amé como si él fuera toda la humanidad y el universo. Porque alguna vez, quise morir entre sus brazos. Porque lo amé. Porque quise que fuéramos juntos aquellos que no éramos. Y alguna vez, bajo el delirio, cumplimos el paraíso. Y alguna vez, me sentí amada y libre y ave, en su risa, en su caricia, y quise que nos llevara para siempre la luna.
Porque alguien en mí sigue amándolo como el bar que no cierra, como la ternura del lobo, como el misterio de las luces de san telmo.
Aunque no podamos ir juntos.

Se lo diré llorando. Se lo diré amándole el vino y la calle vacía. Se lo diré ornitorrinco de sus pastos. Se lo diré enloquecida de lo que nos mata. Se lo diré ensangrentada de su primavera. Se lo diré porque es inevitable.
Son tiempos de irse de los espejuelos. Dejar que la fuerza del bosque abra la memoria.  Que los caminos se bañen en la mar. Que el deseo nazca nuevo y libre. Marcharse de a aquello que ya no puede abrirte las alas. Como cantaba Facundo Cabral "dile adiós al hombre que ya no amas" Es mejor la incertidumbre del vacío que la certidumbre de lo que ya no sabe amar ni desvelar a las estrellas. Hoy se lo diré. Y quiero que suene alegre. Quiero seguir siendo su amiga. Forzamos al amor hasta que se fue del barco, nos quedamos nosotros a hacer malabarismos con las ratas y los huecos. Yo quise amarlo hasta que el mundo se apagara. Pero no teníamos el verso que lo cumpliera. Él no podía vivirme en el canto ni decir mi nombre ni hacerme perder la luna y entregarme desnuda a sus profundidades. Él no sabía cómo esculpir la mar en mi espalda. Yo quise más allá de lo probable y de lo improbable que voláramos entre el vapor de las sepulturas y la eternidad. Pero mi fe fue muriendo. Mi poesía hambrienta no tenía al Sol en su cuerpo, no tenía el beso del agua en su boca, no tenía fuego para espantar al invierno. Y forcé al imposible a declararse. Pero fue inútil. Porque él y yo no nos amamos de esa manera. Porque él nunca conoció a Alicia ni comprendió su palabra. Porque nos unió la indigencia y la soledad y juntos hicimos hogueras que nos abrigaron un tiempo del olvido. Pero el hueco nos helaba el amor. Porque no teníamos juntos esa extraña e inefable alquimia que construye el amor y la libertad y la felicidad y el deseo sacro de la mar y de la llama. Y aunque los dos hubiéramos preferido tenerlo no hubo modo. Chocábamos de rayo y extrañeza y lejanía. Y poco a poco dejé de soñar con su noche estrellada. Y mi poesía se dio la vuelta y se alejó río arriba. Y soltó las cuerdas y el hechizo de los tilos y el alcohol de las sirenas. Y una lágrima de procesionaria de los pinos lloró haberlo perdido, árbol luna, en mares a los que yo nunca volveré.
Me he dado cuenta que la sombra de la bruja y el abismo de la aurora boreal, me hechizaba con balas y desfiladeros entre Yos y mi cuaderno de río.
Mi visceralidad atornillaba una fuga subterránea que ensangretaba la piedra de mi pecho. Y aunque supiera el otro lado de la Pi de la belladona, mi pesa-nervios lo des-sabía cada vez que estaba a su lado. 
El estigma de Monstruo, robaba poemas a lo imposible y los perpetraba en el río del olvido de él, mezclado con mis aguas alucinógenas y barrancadas.
Y la brecha deliraba una y otra vez la manzana y el abismo.
En una extraña conexión enyerbada y paria de la que no podíamos desasirnos . 

Fuimos desde que nos conocimos, incompatibles para el amor.
Pero como los dos nos vengábamos del amor, nos convertimos en su fiesta.

Mi sombra de la bruja se ponía narcótica y ambulante de los escombros y drogas de Yos.
Y aunque mi corazón supiera que el agua decía otra cosa. Yo me llenaba con ese licor el vaso. Y probaba suerte-error en nuestro delirio.

Teníamos una extraña y posesiva conexión que nos desconectaba mutuamente de nosotros.
Y recaímos en el fuego.
El fuego calmaba lo que el fuego nos hería.

Y confundíamos todo ebrios de luna.


Ahora sé que es momento de marcharse.
Que vuelva el Sol a su equilibrio.

Ser sólo amigos.
No mezclarnos nunca más ni en el rayo ni en la vagabundia creyendo que vamos a penetrar el universo y a desvelar el secreto del mar.

Ser por una vez sobrios.

Siento que mutuamente nos arrastramos a una tumba, porque el fuego nos confunde y nos mezcla y no somos compatibles en lo profundo.

Por eso es momento de desintoxicarnos. Y de ser consecuentes con el Amor.