HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ir por esa senda de helecho y roca y tierra, al viejo robledal. 
Abrazarme de madre primitiva, al silente enllamado del viento que agita mis pobrezas.
Al lado del águila, alientos de lobo en la noche indescifrable del bosque.
Como volver a nacer, cuando tras la cáscara no pervive ni nombre ni historia.
Saber que lo extraordinario acecha en los murmuros donde el yo se precipita a su muerte. Me agarra calavera de venado, la unión umbilical entre el suelo y la nada.
Sueño con los fantasmas que alimenté con sangre en el cuarto del manicomio. Todo lo que temo, si me arriesgo a besar su boca, es un animal liberado, embriagándome su danza. El espanto juega en ésta casa de muñecas asesinadas al doble o nada de la música. Todo lo horrible, oculta en su hueso, el vuelo de la libertad. Los demonios, son niños del nunca jamás presos por tu miedo. Queriendo regresar a casa. Desolados en el exilio que impusiste.
La muerte nunca fue enemiga. Armonía del fractal, dadá placentaria, serpiente con alas sobrevolando todas las sombras.
Si te cansas hermana, agota en las líneas de tu mano pigmento de nube. Dibuja enloquecida jaurías de la tempestad regresando a su montaña. Brazos de luna, cabellera del sol, piernas oceánicas, cuando el fuego todo lo amó en su trompeta de hueso, acordeón de lo infinito, desabróchate el cráneo, vuela.
Eras chicle de menta, en ese ataque de tos de mi habitación de fantasmas.
Con un poco de orujo, colección de lapas con lengua de mar. Pintura rosa trazando elefantes, donde aquella noche tan fría él nunca volvió abrir los ojos.
En mi suelo desfallecido de sostener tantas sombras. Eras violín conservando la memoria de todos los perros que quise.
Caja de ceras y mi vestido de harapo. Arcoiris de madrugada sin luna. 
Tanto amor no era bueno, cuando éramos mortales. Y desde un agujero de tierra drenaríamos todo a la estrella que ya no existía.
Fui conversa de tu cuerpo de droga, de tu honradez, de tu miseria.
Junté esquina y caracola para amarrarte donde no éramos.
Piromanía del Polo Norte, cuando las campesinas sembraban frío, recogían carámbanos de los árboles de los muertos, abrazos de cierzo cuando tu voz quebrada despertaba a las bestias en mi valle desolado.
La a-morosidad que te escribió todos esos versos.
Me endeudó por suerte y con crueldad, lobo negro, donde la mano saca de los naranjos, carniceras escaleras al interior de las tumbas.
Te extrañé, payaso alcohólico en mi delirium tremens, con tu guadaña rompiendo de la fantasía su final del palacio y el arroz.
Te extrañé entrecejo neandertal en el tercer ojo del crisantemo acuchillado en mi corazón.
Fue todo teatro. Vinimos con 13 máscaras, de ortiga y toloache, de no me queda ninguna puerta haz el favor de quemarlo todo al salir.
De si la Obra me incluyó no fue por amor ni descendencia.
Si viajé en la locura el suicidio de tu madre, fue reclamo de lucidez cuando los ojos de los vecinos eran bolas de cristal envenando a las abejas. 
Del tirabuzón de amanita, el escarabajo bailó, de tu calavera, mi hueso disecado en tu supuesta emoción, sentimientos de circo y gladiadores, follando ficción para justificar la carcoma de la mesa.
Ninguno seguíamos el papel, porque eso siempre fue del fuego.
Equivoqué mil veces y la Pi, el camino, al burdel pidiendo coñac y guitarra. Al entierro de la vieja, buscando butaca en primera fila. A la jeringuilla, pasión de flor. Al espejo pintura negra. A tu corazón, Franquestein. A los piojos, pelo cano de mil vals entre las fuentes. A la montaña, gruta de desnutridos leones. A las ruinas de tu casa, metralleta. Al país, estiércol. Al senado, dinamita.
Es urgente, la herida que obliga a quemar la casa, a mudarse junto a la piel de la serpiente, a mandar a la rechingada al sistema y sus escuelas, su futuro de muerte.
No es gratuita.
Viene contra siglos de inercia genética de cementerios.
Viene contra deseos nacidos en la súplica de luna llena.
Viene apretando el gatillo, cuando sólo querías un amor para olvidar, para creer que podrías quedarte.

Es esa herida que lleva al don del inframundo.
Con arrugas del conde drácula en el rostro que nadie besa. 
O te mata en su duelo, o te revive sólida calavera dando de comer a los peces.

El drama no es lo que ella te hace gritar de espanto.
El drama es lo que dejaste en depósito en el pueblo. 
Su deseo de volver a recoger las uvas, de verás dolerá, desangramiento de retroactivo lobo queriendo ser perro, cuando es hora de llevar toda la noche en el pecho.
Ya no hay nada qué temer.
Ese salto al vacío viene desde el hueso, incursión en la explosión cósmica.
El pedazo huérfano vuelve a la madre, a través de la salvaje destrucción, de ese pincel que traza entre tus dedos sueños del venado.
Me cubre la saliva de la montaña, el frio de mi boca, la sequedad del cuerpo sembrado en el vacío, piar de grietas que echan lumbre donde dejaste caer los brazos en el olvido, toda llena de lo ausente, fósiles del carbonífero rodearon en tus ojos, un espejo hecho mil pedazos por un arrebato más violento. 

Borrar mis 31 años, en la hervidera oceánica. Fueron sólo un mito tomado en lo personal del whisky y de la sangre.
Mi ineptitud para mandar a la rechingada todo, al cuerno de llamas de mamut. 

De abalorios de heroina, rodando calle abajo, hacia el amor de la cucaracha, cuando todas las casas cocían mierda y las ventanas llenas de cadáveres ponían tristes a los jabalíes. 
De fingirme madera líquida, en tu pecho opaco, en tu morada volcánica de espectros, también quemé naves para no fadar sino debajo del océano el baile noctámbulo de sirenas en armas.

Acá no dejaremos nada.
Ni hueso ni ceniza que haga raíz.
Tus hijos serán olvidados igual que tu tumba.
Nadie recuerda la selva en el corazón del neandertal.

Somos polvo ajado al resplandor de la muerte.

Sólo ir antes de que ella venga a levantar sus faldas, conocer su jeroglífico y echarse un vals incendiario.
Me lavo de la piel, las costras del frío, de la incaricia endémica a la que llegué, crujiendo el esqueleto, cuando el vientre era madera y salvia. Brotes de fuego... entre esos metales del callejón que no tuvieron salida, si había que juntar en la mano otra mano.
Me abrazo de tierra. Me beso con el sonido de las hojas que el viento arremolina mucho más allá de los pronombres.
Ya no pesa la soledad porque siempre fueron hermosas las montañas. Y la luna tan alta vizcaba sus ojos cuando los búhos cantaban al oido, leyendas de dinosaurio.
Me juntan los pájaros, cuando me desjunto de suelo seco. Me toma entre sus dedos el silencio húmedo de la noche. Al ronroneo me canta violines, viejos cuentos de héroes sin cabeza, y aunque los zapatos estén llenos de agujeros y la palabra ronca en mi garganta ya no te nombre, nos nombra lo que no fue nuestro, nos protegen los lobos que se protegen en la intemperie aullido de estrellas.
Las cicatrices se caen en el amor del fuego.
Congelada mano, desglaciando la distancia, entre los dedos del bosque.
Ningún paso labra tu regreso.
Desde allá arriba, el abajo descalzo, llueve plata quemada en las margaritas.
Corazón abierto a puñaladas de sol lejano. Viejo olor de vino-placenta, tiñendo en tus labios, hueseros golpes de la madre prisionera, entre costillas, flor neuronal del salto al abismo.
Reguero del valle, senos de montaña en llamas cuando los jabalíes mueren de hambre en tu alimento.
Crujes las cuatro direcciones en tu cintura guerrera y desolada.
Me miras con toda la muerte inhalando espina y salitre de mi pupila fría de no verte.
Nunca se necesitó, ni maestro, ni escuela.
El misterio estaba enterrado en nuestro corazón.
La religión, el sometimiento a los libros y doctrinas de los otros, sólo procuró que se volviera inaccesible la libertad, el beso de lo desconocido que galopaba en nuestras venas. El corazón del animal, flor salvaje del fuego, ya nacida, en nuestro útero. Ella fue la única madre.
El lobo que canta junto a las ovejas negras y usa al pastor como alimento y leña a la hoguera.

Urgente analfabetismo contra el redil de la domesticación.

Ya lo sabía a grito liberado, el canto del vagabundo ajado de la nada.
Esas tribus que no conocieron la electricidad, en sus ojos infinitamente negros, llevaban al Sol, armado en el hueso, guitarra contra el hambre que impusieron los verdugos proxenetas de la propiedad privada.

Ningún verso, tiene nombre y apellidos.
Ninguna obra, ni casa, ni huerto, ni territorio.

Es la Nada, lo único que rige la equidad. 
El corazón salvaje, mantra de jauría y selva. Pólvora cósmica al fractal eterno del útero de la enana blanca amamantando los hijos clandestinos de la noche que volverá volcánica para devolverle todo a los árboles, a la mar, a los pumas.
nunca fue algo personal
fue de pelea por el verbo desaparecido del viento
error de una herida, en el laberinto de una sombra
escudo retorcido de la arena movediza entre tu amor y tu muerte

no eras tú, no era yo
no era el grito solitario y frío en la deriva del desierto

y si lo fue, lo fue
por el vientre de la oscuridad
para parirnos mucho más lejos

menos de aquí, menos de paredes acuchillando piedra encerrada
mucho menos de lo que digerimos en el estómago de la ausencia
ni en el del deseo acorralado al egoismo de nuestra historia

fue pólvora
volatil
humus
pez y jabalí

fue mano vacía entre estrellas

grieta de la soledad hacia el infinito

fue tu belleza desvirgada entre mares y montañas

sin nuestro nombre
sin miedo
sin rogarle a la vida ni a la muerte
sino corazón de fuego
vuelo de dinosaurios
tambores neandertales
útero de la noche imposible
lo extraordinario aunque el esqueleto no alcanzara a arder del cielo los agujeros

fue lo que quedaba
imbatible música
al deshacernos de lo que dijimos nosotros y ellos
destrucción del tuyo y del mío

águila inmortal
articulación infinita de los árboles
semilla de agua
libertad
del cuerpo en el río
la corriente alejanó
tu mordedura de esperma donde era el peyote y no yo
la palabra fémina que nos separaba
y era la espina y no mi vida
la luz que remezclaba, tu amor y sanatorio
donde mi verbo se iba

no había ningún otro camino
que el que velaron las vidas fusiladas por el imperialismo
y los huertos subterráneos del vientre de la tierra
mucho más allá del día y de la noche
del tiempo y del olvido
de la vida y de la muerte

todo lo otro fue un pretexto ni siquiera anticonceptivo

ya no es momento sino de la memoria incendiaria
que vuelva a la selva, todas las jaurías
que a erosión y barricada
levanten la sombra y el corazón
donde sólo la libertad perdure
todas aquí
también por la cojera
del gas de la botella whisky
rasgadura de bragas en el volcán
cuando justábamos esqueleto y tierra
sin contar con las palas ni con la resurrección

de tus labios de ceniza
inhalé el tictac de mi deshora
vestí con valle estéril
el aborto de mi amor
cuando el eco era ese agujero
despiadado de tu carne
dándome paritorio de hueco en mi hueco

me fui congelada
en busca del corazón del desierto

los restos de sudor y semen humano en mi piel
eran una pregunta-precipicio
y del espejo salió una mujer parecida a mí con un cuchillo
para agotar en mi alma su sangre desfallecida
clavó de su quebranto mi quebranto
perdimos las dos, para que ganara el viento

esa otra sombra huésped de la sinapsis del fuego
desahució en el cuerpo aquellos nichos
tiramos de venado, cuerdas en los ojos
cortamos de raíz el espectral futuro
y allá donde la pupila es también un agujero de gusano que atraviesa el vacío
descendimos
sumergidas
el alzado abismo
del principio molecular
que el aullido grabó con rayos, muchos antes de conocer la lengua
en el hueso
Descargarse el peso del tiempo, al lado de la presencia de la muerte.
Fueron metáforas, las que inventaron los números. El valor es abstracto.
Metáforas las que sumaron tus arrecifes, en la herida de mis brazos, en el canto de lo bello, de lo mortal, de lo infinito.
Metáfora cada palabra disfrazada de un pretexto, de un contexto, del grito de tu mano vacía, del rostro roto en el espejo.
El amor, la búsqueda, el desencanto, el refugio, la intemperie.
Metáfora el color verde de los chopos, el azur, el negro. De un abstracto que proyecta, símbolos que embisten la arquitectura de fuego impalpable en la que caímos, piedra pequeña, huella de nieve.

en manos del fuego

que las manos sean vapor
que no agarren para sí
que no digan mías, ni de dios
que agua combatiente de montañas
que ahogo de amarte donde no existimos
que dolor de fuego donde acumula cadáveres el hambre
cuando la tierra siempre alimentó a sus hijos
que infamia de ladrones que se creyeron dueños de lo que era del Sol
que de siglos que levantaron fortalezas y paises los verdugos
que asediaron el corazón entre monedas y manicomios
que asesinaron y violaron a las hermanas del maíz
mercaron con sus tierras para llenar de grasa el estómago del Tio Sam
y cagaron desde sus infiernos las naciones y los gobiernos que hoy mantienen vivo el crimen como su sustento, como su fortuna, como su ley y su moral, su justicia, su ejército, su constitución
el enemigo de la vida, de la mar, de las estrellas
al que hemos de combatir y destruir
más allá de la muerte
con los huesos fuera de la carne
para que vuelvan a bailar
los que custodian el fuego y la hierba
fotosíntesis del vientre de la madre
el único camino para el viento

desierto en rebeldía
para que seamos pan
bruma del agua clandestina

hasta morir si es preciso
volando a zopilote incendiario
la justicia que yace muerta tras el poder y riqueza de los criminales desde hace siglos
la justicia que sólo volverá desde de abajo de los cadáveres
a la izquierda del corazón
desenterrando a sangre liberada
en las ruinas del imperialismo
la ceniza matriz
que devuelva al fuego todas los gobiernos del robo y de la infamia

y volemos aves
y corramos lobos

y a la mierda se la conozca como mierda
y usemos al G 20 y al dólar y al euro y al Vaticano y su oro
y a las naciones unidas y proxenetas
como estiércol
para que las hijas y los hijos de la tierra nutran otra vez todos los valles

Deshacerme del ego poético.
Beber la humildad de la ceniza cuando el fuego canta. 

Ningún verso es mío.
Todos nacieron del no-yo ayudando a matarme.
Porque era yo el jodido problema. 

Era mi historia embuchada en la sangre del cordón umbilical.
Era yo alambique retorcido dando vueltas a la noria del hambre retroalimentada por mi hueso roto de cazar sangre donde no corría el viento.

Con la pesada sombra de la desaparición no arreglada. Echando pintura de payasa y de suicida, en mi rostro, para tomar de algún afuera, una honrada muerte, que no sería nunca, porque yo quería salvar esa bala. 

Era el orgullo de ese pellejo disecado en whisky, dando de comer al jabalí y a la bacteria.
El orgullo noctámbulo, de romper la maquinaria en ese lugar donde yo ni muevo las agujas ni soy dueña de la humedad de la arena.

Era la oscura venganza de la niña desaparecida entre arañas carniceras.

Era conceder a un holograma abstracto, la abstracción convertida en guerra, confundiendo el sujeto y el verbo en un agujero de gusano. 

Todo estaba dentro de mí. Donde yo debía de apartarme para comprenderlo.
Secar las heridas en la sangre de la cigüeña.
Perdonar. Pero no por misericordia ni ruego en medio de la pesadilla. Sino por haber escuchado a los árboles bailar cuando en mi calavera el río también cruza.
nido de alpaca
agita el asalto de la huella
cuando la morada ha sido destruida
y a la hierba seca, tu corazón húmedo
ama
no sé si la muerte o la vida
o contra el tiempo o sin el tiempo
jeroglífico oculto en tus entrañas
desvelado donde lo humano no llega
revelación al suicidio de la carne

morar de árboles
contra la herida de la palabra
de la ley de la gravedad
del peso del suelo sobre tus hombros, montacargas de tiniebla

somos ceniza
que oculta el fuego
tan adentro que hay ser abismo de todo lo afuera

no fue a pan caliente
ni beso del alba en la boca del amor

fuimos hurañas del vuelo del murciélago
no fue por heroina
fue por malasaña

caja de pandora
en el elefante dentro de la serpiente
que dentro de un rayo
meaba nube donde tu esqueleto se desploma
de tanta memoria arrebatada por los siglos

de amor de hinchables en el Lete
desteñidos por peces de hambre
pinchados al crepúsculo

cuando el escenario
se llenaba de tus actores muertos
anémicos de la obra
que alimentabas en el fuego equivocado

el reloj de arena
abrazaba dinosaurios
en el llanto de la arena de la playa
mordida en tu cuello
como la fragua de la luna

ya no te sufras
ataúd entre las piernas
ni rosario ni vudú en los espejos
ni plomo en la pupila

ya no te agarrotes de ti en la niebla
ni de ti en la mar ni en la noche ni en el cosmos
ni de ti nunca más

cuando sólo fuiste
vehículo del abrazo de la nada
para remar una canción que brotara de la muerte
un cacho de tierra donde sembrar el hambre para que se alimenten las bestias y el sol
rodeada por el corral
de los gallos que cantan y que murieron hace un siglo
de esas huellas de ceniza que caminan hacia el buzón en el que sólo llegan versos escritos por lagartijas
heces de lluvia vieja armando las manos hacia la caricia del sol
desarmando la letra y los escudos
cuando sólo se puede avanzar siendo niebla

de los ladridos de los perros
en la medianoche de ese aniversario de crematorio y lunas nuevas
rajadas sobre el capó
que te recogió borracha, entre el hospital y el infinito
con los moratones del huevo que se rompe
y da a luz, ave peregrina

te envuelve hilvanadora
de un adiós de nuca de llama
que te dispare del cuerpo, casa de mar
donde las sombras no teman más por tu vida
ni te embargues de ausencia el beso en los dedos

las viejas porcelanas
preñan lirios
donde la muñeca de cartón
te corta las venas
para que compartas en la sangre derramada
semilla de la tierra

no temas si juegan a matarte los fantasmas
si el agujero del ratón lleva en sus mandíbulas tu ojo arrancado
no llores, aunque no quede sal en los océanos

los búhos no se acercan
si te anillas al hueso estomacal
si te acurrucas de frío desolado
si te separas en la espada de damocle y te partes en mil cachos de antagonia peleada

que corra el aire
que la voz eclosione de la garganta a la hoguera
y no te astille nada tuyo, nada mío, en las arrugas de la mano que no pida sino a la pobreza enamorada de la tierra que danza eclipses que sólo el precipicio de lo desconocido amamanta madre eterna donde tu muerte es semilla que brota
La soledad no tiene paredes ni crucifijos.
No se recogen monedas. No se guarda para mañana. No se ensila cadáver del ayer.
Ella no colecciona nada que no rompa el viento.
No recuerda la última frase.
Ni en que punto y coma, desangraste el plato a cuchillo y tenedor, de tu querida paloma del hambre. 
Ella se abre hasta al sol. Se marea de latitudes verticales de la embergadura de la nieve en el pezón de las aves. Ella se cierra de enana blanca, todos los peldaños del poema de los laberintos.

No es ella nunca,  la que se duele del frío de las camas vacías cayendo por el Leteo cuando el invierno se cuece en el vientre de la nada.

No es ella la que fada la ausente mano en el hueco de tu mano.

Ella se sabe, flactal en el infinito.
Hija de bosques, hoja de lobos.
Madre y horfanato, de la palabra. Cuna y puente, del  fuego que reproduce.

Ella siempre está llena, porque el vacío es su paritorio de música.
Ella es matrona del secreto de la noche, del sabor del barro en la boca que inhala de las nubes los besos animales del infinito amor.
acumulé grietas
de abofeteado corazón en papel de lija
entre espada y pared
desconservando la urgente memoria de las rocas

envolví con papel de plata
la ternura violada del perro de mi niñez
en ese puño cerrado de medusas y benceno
golpeé las puertas
con el esqueleto por delante
para invocar la sangre desdeñosa del réquiem
que calentara a fuego lento, mi beso de cera, en tu rostro de papel

y dejé entrar sin saberlo
la mezquina rabia
que te hacía enemigo
cuando sólo eras pájaro que no me cantaba
vuelo que no se posaba ni en mi tumba ni en mi pecho

era esa herida vanidosa
de no tener verdugos ni víctimas
ni aguja de coser, ni siembra y trasfusión

cuando llovían sapos
y esos poemas a la ventana
eran pedradas que rompían los ojos del horizonte

acurrucada por el frío
con las colchas de la nieve
desentumecía del paso
hierbas venenosas
frotaba entre mis senos
como si fueran caricias de la luna llena

equivocada
iba en estampida de bestias
como si sólo los muertos pudieran devolver el corazón
purgar de las costillas al silente, el verbo
que filtre sólo ese camino sobre los cuernos de los búfalos
desgajando el vapor, el duelo entre las palabras y el peso del cielo en un guante de plomo

te vi levantar margaritas
con la carga de machetes
del rostro quemado de tu soledad
al viento que te envolvía deshaciéndote de ti y de mí

esos pájaros furtivos
conglomeraron tus huecos
al ataque del vacío
devorando una epístola en la gotera que enviudaba tu habitación

retorcías bajo todos los insomnios
el temblor de una mano
amputada de la palabra
rayando en un papel la carnicería del desengaño

la tormenta salpicaba
en la silla de tres patas agujereada de carcoma
el grito mudo que apretabas en la ventana para versificar la lluvia
donde ni tú ni ningún recuerdo, fueras un inconveniente que añadiera palada de tierra a la bala que venía
y era del Sol

aquella lejanía
que nos llegó acuchillada en la tráquea

para reverberar tal vez, un paso, que después de los suicidios no fuera sólo cadáver
y regresara la música
Fue necesario, besar con el cuchillo lo que su mango protegía en la despensa de mis margaritas para chanchos, del olfato de la uña, hecha nicho cuando se olía demasiado cerca el plomo del tiempo y por las narices revoloteaban liendres, que en la mano del padre, pagaban crematorio, y a la reputa que traslademos los huecos, sin preguntar quién coño comerá esos cadáveres. Ni se levantarán acaso puentes o cloacas, cuando los ojos en el horfanato de la lágrima, chupen con fuego y machete todos los aposentos.
No da para tanto ni el estómago ni la palabra.
No da, la hambruna de la voz, a travesando, esas gargantas de olvido.
Siempre es otra cosa, la cosa que acorrala y vuela.

Del puto estigma del espejo abofeteado por los hechos disecados en mi rostro como muñeca de vudú.
Me dediqué al comercio de la materia negativa, de los espantapájaros con sombrero de cuervo, de azulejos con manchas de sangre de ratón. De indigencia protegida en el cagadero de monedas que tragaba la vieja desdentada para que no se ofendiera tu mamá si te olía a esperma la mordedura del perro que de brazo a brazo llevabas al río del olvido.

Todo fue muy raro. Del desatino, entre el manicomio y la laca inflamable de Maruja, dimos a pies puntillas, costura de óxido, dónde sólo el viento que todo lo borraba, acertó a darnos los zapatos, ir de bruces de madera quemada, al lugar que nos hizo la primera autopsia y trasfusión, cuando tan sedientas las venas, sólo la luna galopaba. 

No te tengas en pie. Cuando hay que ser traslúcidas del éter que debajo de las autopistas boicotea las ciudades con llamaradas de dragón.
No dejes la cabeza sobre los hombros. Porque sino la muerte jugará a la pelota con ella. Y toda tu espalda, no llegará ni a tomar caligrafía del último réquiem.
Succiónate todo lo pensado, al ataque de pólvora, de los hueseros que dan de comer neuronas a las cuevas y en el inframundo regresan los leones con estrellas tan inmensas que corta el aire del primer nombre... resplandor que devora el equilibrio, cuando exhalar el suelo es la primera puerta. 
He soñado con 3 mujeres, una sacaba de sus senos, algas, y se alimentaba de algas. Otra creo que era de estiércol o de carbón. Y la otra no la recuerdo. 
Esas tres mujeres me revelan secretos cuando duermo. Me explican pensamientos. Me dicen lo que he de hacer y escriben un extraño libro en algún lugar de mí. Pero luego me olvido de casi todo.
El silencio, retornar de la llamada de la dinamita, a la estrategia del no-hacer.
En cada tablero, moja luna llena, un distinto trazado entre el verbo y la nada.
Saber que soy, sobre un fractal. Evitará el embargo del dualismo, de la linealidad.
Somos mariposas, somos viento enllamado, helado, aguoso.
Hay que echar adelante el caballo. Pero en el tablero de todas las dimensiones. No sé sin 4 o son 7 o son polillas y zopilotes, manga de la muerte. Nunca supe sumar cuando creí saber. Pero son siempre más de lo cree la creencia, de lo que dice la palabra. Y menos, tantas menos que multiplican en el ácaro ardor de mares.
Sino a la rechingada, nos quemaremos los bigotes en un salto mortal del paleozoico.  
No somos abarcables, porque adentro una enana blanca, remueve de los cauces, ríos de olvido y líquido amniótico.
He dado los primeros pasos, aunque de momento son algo etéreos, para crear un santuario de árboles, y la destrucción de la propiedad privada a través de la propiedad privada. Que el proceso de herencia, no delege en el individuo ni en ningún interés personal ni afectivo, sino, en un holograma-abstracto, disfrazado del individuo para ajustarse a las leyes fascistas del asqueroso-hombre-blanco......y que sea luego y siempre, multiplicadamente comunal y ácrata.
La vida juega a matarnos a carcajadas de agujero negro. Nos caza y nos depreda, justo en la canción que nos salva.  Lo que tomamos por ricos alimentos,  paraisos e ideales, valores, leitmotivs, es justo lo que toma la muerte de nosotros para fulminarnos. 
La trampa y la alegría de la vida/muerte en su imbatible caza, vive en nuestro ombligo.
Nos tomamos en serio. Los traumas infantiles, las heridas, las vendas y el yodo, suma de experiencias, de nociones personales, percepciones-soy el centro del universo, la muerte de los seres queridos, el destino, la angustia, lo perdido, lo que amamos, lo que perseguimos, lo que tenemos, lo que no tenemos, lo que sabemos, lo que no sabemos, lo que dicen los otros, lo que no dicen, la mierda de las ciudades, los ideales, los oficios, el cuidado de la casa, de la manada, el fuego a lo enemigo. 
Por eso somos carne de cañón, porque hemos puesto carne en el asadero.
Detrás de todo, vive a llamaradas la Nada que libera.
La nada que hace equilibrio con las cadenas que rompe, si le damos a la nada, lo que contiene el estreñimiento del yo que quiere ser, realizarse y tener, pertenecer a la especie.
Detrás de todo, la evanescencia mágica. Nos proyecta/autoproyectamos, en la idea de una identidad y una realidad que se suma de la depredación de las civilizaciones y su capitalismo y apoltronamiento, más la depredación a la que llegamos por serie con nuestros instintos, más el agujero de esa supuesta identidad y su desarrollo y apego indivisible del rostro... y su herida mortal de nacimiento.
Eso formula un mito. Suma de arquetipos, tomados por error por una realidad densa, reconocible y abarcable, por una noción segmentada y prostituida por lo "nuestro", pero es del Todo/Nada/PI... y para verlo hemos de cagarnos sin piedad a nosotros. Y a todos los otros. Darse a la muerte antes de que la muerte nos lleve cadáver solo.
Cazar desde la ausencia, la gangrena de la palabra.
Usar mi sombra como metralladora contra la bulimia del soliloquio encerrado en un espejo de boliches.
Tirar a matar al "mi" cuando se trata de la libertad de los buitres velados en luna llena. 
Sacar el fuego del centro de mi discurso de calcetines de rata, al fuego del animal, quemando los vestidos, nutriendo con ceniza la hierba. Con viento destruir el recurso que devuelve estribillo a lo que debe ser una hoguera. 

Esperarme a la vuelta de la esquina con un cuchillo.
A cuatro patas, subir el monte, bajarlo de la nube al aullido. Echas pis de rayo, donde la lágrima conoció el tango y derrochó vino tinto.

Emponderar a mi no-yo, con los huesos rotos del yo.
Echarle a eco de enana blanca y amanita, lo que coleccionó mi raposa en la despensa. 

Darle todas las neuronas de las piedras, la luna y los mares, al tirachinas que hace agujeros en mi mente. 

Oir la voz de los esquizofrénicos, para romper la ley de la gravedad.
Liberar al cuerpo, de lo que le dio a los váteres. 

Volverme loca de remate, cuando el mate es urgencia de retina, para romper la ceguera.
Al do, la altitud, depende, de las fosas que cavaste y te tragaron. 

Somos bandoneón de desierto, frotando piedras, de rodillas sobre la copa de los pinos.

Purgarme todas las civilizaciones, al despiojar perros, al lamer el río, al echarme por sobaco toda la luna a cuestas.

Brotar pelo púbico de los astros.
Echar un poco del erizo, un poco de la loba.
Que las uñas sean montacargas a través de la materia negativa.
Deliré de soliloquio, todas las piedras.
Laberintos del bucle cuántico, tomado en la trampa de la rama.
De mono a mono, luna de sangre entre mis piernas. Alarido de selva, deshilvanando lo que hilvana el arte del deshacer. Cabeza contra muro, cementando ladrillos con la espalda. Al pájaro del hambre.
A mi loca de colinas y grutas, destetando a los murciélagos.

De tanto yo, me salió rana, la petenera, por patas de gallo. 

Lo agoté por hartura.
Por pozo sobre pozo, quitando clavo con clavo.
Y cayéndose el lienzo en la mandíbula postiza de la vieja.
La tarea, es escuchar las palabras de los árboles e ir de sus dedos a volar con zopilotes.
Ninguna otra, hoy me vale, ni la gana, ni la música.
Lo único a lo que hoy llevo mi vida, junto a la muerte, es a la apertura de lo extraordinario.
Sé que existe, estuve allí. Olvidé muchas cosas, bajo las correas del manicomio, bajo las drogas de los domesticados, bajo mi infierno apaciguador y sedante. Tras los narcóticos de las convivencias con criaturas que no tenían 4 patas. Concedí a mi inmemoria, planes fósiles, de la posibilidad cobarde de una vida bajo el control de la razón. 

Hoy mi latido, sólo va, hacia lo inimaginable. Atravesar el secreto de la muerte, sin dejar mi cadáver. Entrar y salir. 

Soy insignificante, como todos los vivos. Soy irrelevante. La muerte me pisa la sombra, la carne, y por suerte, toda la genética, antropología y civilizaciones. 

Hacerse polvo. Para hacerse viento.

Cagar la importancia que me daba.
Cagar el ego poético, mi amasijo de pinturas, mi colección de amores de burdel, de fotografías, de creencias imbatibles, incorruptibles, que me intoxicaba la forma humana. Cagar uno a uno mis valores, mis deseos, mis pasiones, mis pactos con la víscera rectal del alimento de un yo.
Mantener los ojos, en el viento púrpura que sólo ve el interior de los árboles, cuando mire y trate con seres humanos.
Destruir de mi víscera, el reclamo que ofrezco, en la partitura blanca.
Soy yo. Nunca nadie más. Nunca yo.
Soy yo frente al sol que trae mi no-yo.
Todo lo otro que llegue, es simbólico, del canto de lo desconocido.
Ya no es tiempo de odiar ni de culpar, a nadie ni nada.  Tampoco lo es de amar, como alguna vez amé.
Es el tiempo de los lobos, crepúsculos, montañas y mares.

Fijar mi atención, en la comprensión, e igualdad semántica, de un humano, es violar mi espíritu, separarme del fuego y las neuronas de la tierra, de las nubes, de los astros. 

Fijar mi atención, en mi vieja hechura, del contexto de mi identidad, de mis pasiones, de la imagen que quería que la otredad amara en mí o que yo respaldara en mí, es violar mi espíritu y la cuántica.

No puedo permitirme, atascar piedras, en la senda del Infinito.

Esto implica un trabajo arduo de purgación.
De continuo asalto, amarrado a la posibilidad de la derrota y al beso de la música.
El paisaje está bellísimo. Impregnado de la vida salvaje, a veces microscópica, invisible, a veces a golpe de jabalí en el eco de las piedras. Estampida de tambores verdes en el papel del viento. Corazón libre del animal que nunca pisa el asfalto, ni conoce los terrores domésticos que de casa en casa, construyen la avaricia, la envidia, el consumismo indecente sobre los cadáveres de los desheredados.

Había una dualidad, extrema, y cada zona, tenía muchas capas, desde el inframundo al paraiso. Con algunas conexiones, transiciones, entre ambas, a veces del beso, a veces del asesinato.

La social y la de la soledad.

Ambas se soñaban, la una a la otra, en un cama de muerte, con ruedas, con alas, con pies de fuego y mármol. Ambas peleaban sus carencias, en lija de opio, en vaho de ginebra, en la oscuridad de una pared abriendo ventanas de ratones a la música del maíz. 

Viví, bifurcada, por la antagonia de esas fuerzas, durante toda mi vida.
Hace unos meses, descubrí, en medio del abismo, una Integridad. 

No fue algo del todo nuevo. En los arrebatos "psicóticos" ya había ocurrido. Aunque entonces fue sacrificada a cuchilladas la realidad que no se ajustaba a mi fuego.  Y en el vértigo, los símbolos, se hicieron etéreos, oníricos, un viaje sin dormir del LSD, del grito del Quijote, buscando las lanzas y hogueras de los indios y de su casa. 

Ahora es distinto. La integridad, encuentra un camino, puramente hacia dentro. Compacto en un viento frugal, humedad de cueva, cantos rodados a la memoria del río y de la nieve. La voz del extremo y la totalidad, del espíritu.  Pero ya no juego mis suicidios y trampas, en lo exterior. Porque hoy me destruye. Esto es un trabajo para mí vertical, porque viví jodidamente cómoda en la separación con saña que aguardaba el poema. 

Esta unión, implica a la vez, la desunión utópica de todo cuanto fue importante. El desapego, pero no mártir ni vagabundo, ni que os jodan a todos,  sino combativo, de la voz de los árboles en la emancipación de mi vacío, como burbujas de viento penetrando los mares. 

No es algo que me ha llegado como otras veces de forma radical y explosiva. Por ello, es una lucha continua, por la voluntad de ser libre y de contener la atención de la percepción sutil y casi invisible, que ocurre en ciertas conexiones que antes dejaba devorarse y devorarme en mi cinismo del teatro. 

Fui en el pasado, también la puta Cenicienta. Con la trampa de la raposa velando mi corazón. 

Hoy la dirección es desprender la inercia de los burdeles y desprender su envenenamiento en el inconsciente de la loba esteparia. Había un nudo. Que retroalimentaba, la porquería en ambas partes. A veces era mierda gozosa. Pero era mierda. En el pasado no me importaba porque vivía a favor del fracaso del circo. Ni siquiera era consciente del suicidio que estaba cosiendo en mi alma.
Hay distintas habitaciones, por poner un símbolo, que tenga puertas, ventanas, paredes, sombra, noche y luz. 
Algunas de esas habitaciones, juegan a que son la casa entera, con el tejado, el patio y las hierbas, la salida a la montaña, a la mar, el sótano y la tumba, el luto, el viejo monstruo del armario, la muñeca ensangrentada de cristal, la cocina, el váter, la sala de costura, la carbonera, la despensa, el grifo....
Pero en realidad, sólo son la disputa, entre dos cuartos, del mismo pasillo. Cuando hay una pelea bipartidista en un error que sangra y echa fiebre, delirio, hambre. 
Éste tipo de percepción, de ojo de pez en el vuelo del águila, no se ve allí abajo. Allí abajo la cabeza rompe la pared con sangre y moratones que alimentan la pared. 
Son siglos... de civilizaciones que han defendido con cabeza cuadrada la planicie de la tierra, crucifijos, siervos y señores de envenenado oro.
Son, todos los años, que tragamos la porquería, de la familia, la escuela, la falsedad de la democracia, la depredación de la justicia, entre propiedades privadas, leyes y constituciones. El burdel con el que destruyen la naturaleza.
Son todos los años, que cedimos la comprensión al consenso plural de una realidad fascista, empobrecida, paralítica por los apoltronados al suelo.
Son el poder de sus prisiones, flotando en el aire,  bebidas por el radar telepático de nuestro hueso, del útero de la tierra.
Pero independiente de todas esas cloacas externas. Nosotros, aceptamos, concedimos. Y es ahí, dónde está la lucha. 
La mente, la emoción, lo étereo. Hace una urdimbre múltiple, caótica en apariencia..... El miedo del yo cuando nos alejamos de la infancia...., pega con pegamento barato, la necesidad de una idea, de una comprensión, de un órden y control que mantenga a salvo el secreto del yo frente a nuestras trampas y frente a lo social...... Sobre ese amasijo endeble y cenizo, la mayor parte de la gente, direcciona su vida, hacia el supuesto sentido, gloria, quéhacer.
Una vez que se fija esa estructura nacida de lo bipolar, de lo dual, de lo ahogado. La vida se convierte en un bucle de repeticiones, aburrida, pierde el sabor, el sabor que sólo la muerte vuelve licor y guitarra....... Y las otras capas cuánticas que conserva el inconsciente, el espíritu, llegan como angustia, como enfermedad, como crisis existencial. Aunque en realidad son el fruto, la madre, el único camino.

El tipo de conexiones.... entre las habitaciones, tiene diferentes comandos.
Algunos son energéticos, evanescentes, no conocen las palabras, no conocen ninguna ley de las civilizaciones. Si se exarcerban demasiado pierden de vista toda la casa. Te pueden enloquecer. Matar. Si las otras conexiones están rotas o sus cloacas de sombra no han sido limpias.
Algunos son de los instintos primarios, animalizados. A veces se mezclan con los emocionales, a veces con los racionales, y sus tipos de urdimbre, en apariencia infinitas, se reducen en el estreñimiento o diarrea.
Algunos son históricos y políticos, memoria genética...del veneno del cristianismo, de la victoria del fascismo, del asqueroso-hombre blando, del dólar, del euro, de los violadores y usurpadores de la tierra que nunca se han ido aún del poder.
Otros vienen por la historia y hambre de nuestros muertos, por la herida que nos dio de comer en el vientre de nuestra madre.  Por el cuchillo que nos ofrecieron en la infancia en forma de pan.
Otras vienen desde la pulsión sexual y sus desajustes.. y apertura de caminos o pozos.

Esas conexiones, van formándose desde distintos centros-cavidades-túneles. Las heridas sobre nuestra niña-niño salvaje, también formulan una sombra-resistencia que va atrayendo y cosiendo conexiones, hacia la sangre derramada y la búsqueda de la libertad. La aprensión, la repetición de tragedias o peligros, el ataque-defensa. El miedo. La pelea.
Esas conexiones tienen mucho poder dictatorial en las percepciones. Y como nacen desde diferentes planos de conciencia, se arrastran y a veces dan una sensación falsa de libertad, porque las conexiones erráticas que se mantienen debajo siguen vivas y piden su alimento. 
Esas conexiones también nos depredan por la entrega y su continuación en el mundo social y exterior. Por la dependencia. Por el reclamo de los que nos creen un hecho, una identidad. Por lo que prostituimos. Por lo que tomamos por alimento para el valor de la propia imagen.

Para cortar sus cadenas, hemos de entrar muy dentro de la oscuridad y la luz, más allá de la carne. Y hacernos un exorcismo, de laboratorio, psico-social, histórico, metafísico, subconsciente, poético, carnicero y vegetal.... y entregarnos al abismo del Silencio que lo detenga. Tragar la espina de lo que nunca confesaríamos. Ir dónde más duele. Romper todos los espejos.

Y empujar, cualquiera que sea la ecuación, entre esas conexiones, hacia el Infinito.

Detrás de ellas, está nuestro mito, lo que decimos; nuestra vida, nuestra identidad, moral, valores, principios, propósitos.
En realidad es un jocoso teatro.
Algunas de esas conexiones, duales, son muy peligrosas, porque huelen muy bien, nos dan orgasmos  de poder. Nos aferran a su gozo. Y atraviesan, un poco, la grieta entre los mundos. Pero arrastran los muertos porque reclaman el terreno de la casa y no han enterrado a sus muertos..... Todo lo que quiere permanecer, perpetuarse, contra el otro lado, es el aviso de la guadaña de la muerte. Y nos romperá el pecho, sino lo echamos fuera, en una cuántica más poderosa del hervir de todos los comandos, sin atascar hueso.

Allá, no sirven los preceptos.
Empiezo de nuevo, cada sabor de la metáfora en la roca que me oye, cuando vuelta de espaldas me acuchillo de sombra que vuela y me abrisa el paso.
Los ciclos de vida-muerte-vida, siguieron un órden incendiado, desde hace 15 años. He de agotar del todo la inconclusión de aquellas moradas-cicatriz, para estar entera y hueca de sus redes, hacia el absoluto presente.
Esas aperturas del hambre que hilvanaron errores prácticos para el gozo del baile del fuego. Han de ser atajadas desde su raíz. Su lenguaje no es líneal. Es circular de múltiples capas. Hay algún agujero de gusano. Hay valle donde sales del río con cuencos de sal en el sombrero.  El reclamo de aquellos fantasmas, advierten también en múltiplos caminos, el motivo de su densidad. La lectura ha de ser igual de vértigo e incandescente que el nudo que ofreció su poema de sangre. 
Estuve muy lejos, en estados de conciencia que el pasado enterró en el secreto de una cueva. Mi incursión en esa caricia de fuego, fue violenta. Por lo tanto mi desapego de hoy, ha de ser en un barco también loco de eclipses, tumbas, desiertos y carnavales. La voluntad de la libertad, es lo  único que tengo y que necesito. 
Escribir mi mito, es mantenerme cuerda en el centro de la locura. Y no darle nada. Ni temer. 
Agotar el pasado, de su teatro viejo, lleno de quimeras y embargos. Me implica entrar en todos los abismos, jugando, con otra dirección etérea, innombrable, casi imposible. No perder ni un minuto la mirada, en la evasión de la trampa de la víscera ni de ningún mundo social que me reclame como un hecho, ni circunstancia, ni eco, ni humana. 
Salto de cigarra. Topo. Tejón. Búho dentro de los árboles.
Cambiar extremamente, el lago seco de la pupila, al baile de los saltamontes, al fado de whisky de la noche en armas, cuando tus peldaños son huesos de jabalí, bajando donde la luz se esconde de la palabra que reverberas febril ante la no escapatoria.

Estoy sola, feliz de estarlo, cuando cada piedra vive bajo un "alma" tan poderosa que escuchar su aliento, es abandonar para siempre lo que fuimos, lo que perseguimos, cuando aún atados a algo de la víscera y de la sombra, creimos amar y ser. 

Es una soledad habitada. Es un enervante fractal de canto de nube y fuego. Toda angustia, es la señal de la barricada, el motivo para abrir los ojos, acechar el olvido, correr zopilote entre el agua.
Toda tristeza, acá en la distancia, es el motivo para levantarse animal hacia la luna que rueda en el viento.

Toda rutina ha de ser destruida. Si es rutina, es que andamos cojos. La vida en su matriz es mágica. Lo repetitivo lo genera la aprensión del pensamiento y el ego, la cadena que pusieron las civilizaciones, sus religiones, sus miserias llenas de dólar y euro. 

La lucha es cada segundo, contra el yo que quiere pararse, que se acepta a sí, que se cree relevante.
Es contra la palabra. Cuando no es éter, intercambio de huecos, que sólo tocan con la punta del dedo gordo del pie, el fuego del abstracto. 

El tiempo y el espacio, no es lo que parece. Nada es lo que parece, cuando hay que matarse antes a uno mismo. 

Soy el intrumento que conoce la música cuando no me doy el centro. 

Hallar la separación, a través, del naipe cuántico, de la mesa de agua, de la unión, a través de la destrucción, bebiendo de otro plano, un nexo inexplicable para el lenguaje, para la materia, para lo habido. Es excitante de lo infinito. Peligroso si aún agarro la necesidad de salvarme. Obliga al sacrificio, de todos, de todo lo mío que no sea, en el sombrero de la muerte, un resplandor que entre mi inexistencia y el cosmos, agite los violines.

Todo estuvo siempre aquí. Detrás del mito que hicimos nuestra vida. Al asesinato de la propiedad intelectual que creímos nuestra. Al suicidio de los bienes pasionales con los que arrendamos bares y cabarets, amores de arlequines o ratas de la noche.

Duele un poco morir. A fiebre de 40º en el desierto de la niebla. A uña que se parte entre la libélula y el barro. A ya no te quiero ni te busco, sino como el tejón en mi sueño. A soy yo, la que no soy porque sumo de mi psique, arquetipos robados, estercolados, en la falsa segmentación que bebí a golpes. 

Todo en la tierra quiere depredarnos.  Desde los instintos primarios, hasta la espiritualidad o la filosofía, de las cadenas del inconsciente colectivo. El capitalismo. Nuestros padres. Nuestro sexo entregado sin poner en el utero el infinito. Nuestros pis y gases. Nuestro espejo con pintalabios. Nuestros valores. Nuestras incondicionales. Nuestro estómago. Nuestras utopias. Nuestro amor y odio, nuestra violencia, nuestra no-violencia, la nostalgia, la vehemencia, el deseo, la apatía.  Nacimos para ser amasacrados por el beso de la muerte, carne de cañón de lo desconocido..... Y fuimos devorados por todos los años en la tierra sin haber destruido el tiempo ni haberse adentrado a lo extraordinario.
Si tomas maestros, también serás su carne de carroña. Si comulgas con algo, con alguien, serás la simbiosis del alimento de alimañas. Si quieres a tu marido, a tu esposa, a tu amante, a tus hijos, serás su cebo. Si respetas algo que no te susurraron al oido los árboles, serás su criada. Si adulas una pasión, serás su desagüe. 

Tú misma eres una cárcel, del tú que quieres conservar. Eres su alimento retroactivo, la carga negativa. Beber de a poco el agujero negro, mientras te engañas y crees que el huerto crece, que se pone verde el valle.  Sólo la muerte reproduce. Sólo la muerte abre el Infinito. Si llevas equipaje, quieres salvar un libro, una historia, una joya, eso será la piedra que no te deje moverte. Y la que tragará la muerte sin devolverte el viento.
Suenan los gallos. Los colores frotan la queimada de la distancia que retorna a esa fuga cuántica que enjambra la semilla.
La escritura ha sido mi brujería, la limpieza, el regreso, mi fuente. Aunque también en el pasado fue permisiva con ciertas trampas que ella misma reveló y puso contra mi vida, en los suelos resquebrajados.
La soledad dijo en el desierto lo que se depredaba de mí, en el exterior. Lo trajo al doblar de las campanas, al vino caliente, a la luna helada.
La tarea, es cada segundo, penetrar la dictatorial percepción que yo amurallo desde la presión de una realidad segmentada. Del gran hermano del capitalismo, de todos los sistemas que han asediado el baile de los lobos. Pero sobretodo aquellos que yo sin ser consciente dejé comer a cachos mi carne. 
La lucha es conmigo. Con la permisividad. Con ciertos planos del subconsciente, del ojo, digitalizando piedras que levantan prisión. La lucha es adquirir la mirada de la muerte, antes de que muera. Inflamarme de la nada, cruzarla, saber que lo extraordinario, vive cuando se rompen las cuerdas de todos esos paises, y generaciones y cadenas, que han hecho una realidad fascista y que nos han querido sus sirvientes, sus continuadores, su carne de carroña.
Hubo una separación.
Cautiverio, del cuerpo, de mi vida.
Al abrazo de muerte del poema. 

Escupí una marioneta de paja.
Toda esqueleto, suicida, sombría, agonizante.
Apaleada por la ausencia, de esa voz de tierra, en la voz de ahí. En la mía. Cuando el aire es tundra. Cuando el olor es piedra cadáver.

Ahí. Siguió el juego.
Dando cuchillo más hondo, al cuchillo que yo me daba.
Atrayendo la oscuridad que me engendraba, en mi asedio. 
Favor de Baba Yagá. Golpe seco, impiadoso, urgente, aunque duela hasta el delirio. 

Fue esa muerte. La que me señaló el camino al regreso a los bosques.
Fue un complejo proceso, introspectivo, de mi ceniza, de lo cobarde, de lo falso, de mi trampa, de mi gangrena. 

El estramonio, el símbolo, el fuego oculto de su raíz de carbón. Y algo más allá, de mí. Selló una rara promesa de abordaje. Inevitabilidad al retorno del umbral de la nada.

Trampeé, 10 años, mi cadáver paralítico, entre el poema y mi yo-fantasma, entrega, por suicidio, por orgullo, por piedra atascada.  Por necesidad de vida. Aunque la muerte tenía más de ella que ese fantasma.

Separé, los mundos. Dejé a mi cuerpo congelado, máscara triste de la payasa hambrienta. Mano suplicante de murciélagos entre excrementos de agua. 

Fui un teléfono rayado, cacofonía de metales y violadas... en la calle. Tomando recibos con el recto, con la sangre. Echando contra mi vida, el secreto del poema. 

Fui voyeur de los mundos asesinados por mi exilio.
Pura trampa, regenerativa, del círculo vicioso, de la perdición.

Dejé, media vida, colgada.... al infierno.
Dejé allí, mi cuerpo, festín de depredadores. Yo suciamente pagaba la cena.
Yo escupía hedor desentonado. Amores baratos de teatro que cierra la puerta cuando ya no hay nadie.
Fui yo, mi masoquismo, entre esos mapas derivacionistas de la hambruna.

Dolió saberlo.
Mis huesos se cambiaron de barrio.
Soplaron tramontana de la mujer-esqueleto. La dama muerte venía con su auxilio despiadado.  Yo era la que tenía que morir. Yo y todos mis fangos arremangados de una ecuación mal hecha, cuando la estrella te quema toda la piel, si pides luz, antes de limpiar tu cloaca.

Fui cobarde. Acepté el conford del exilio. Pero no era total. Una zona, interactuaba. Esa zona, chivo expiatorio de mi payasa de los moratones y huertos de mierda, era deshonesta, era espejo sin conciencia de la pestilencia acumulada en la tripa, en el cuerpo, en los suelos gangrenados de los manicomios que no ardieron. 
Era un jodida hipócrita sostenida por la amanita y la guadaña.
Sonaba el ring ring, hablaba como Maruja, dando lechugas y berzas, para ver si el conejo se hartaba hasta la indigestión.
Era la tia Mari, vendiendo gato por liebre, y tragando los gusanos, para esa mampara negra de mis sueños.
Era la deshonra de mi Peter Punk. Amor envenenado por un corazón de piedra. Donde al girar la calle, me vestía mis cadáveres al arropo de la angustia. Sólo el tormento volaba las hojas en mis patios. 
Era la intrusa. La prostituta. Mi asesina. Era todas las traiciones, menos el del poema. 

Cuando lo supe. Me puse a morir, por suerte y sin clemencia.

Hoy velo con pólvora, con flores y animales. El canto del fuego.
Ni un paso atrás.
Ni una moneda. Nada qué tomar. Nada qué llorar. Nada qué pedir sino al Infinito y él lo da de otra manera..
Nadie muy dentro mío lleva la rienda de los caballos de llama hacia la mar.
Han cambiado las patas de la mesa que sostenían el hambre en el papel del canto.
Cambió mi mano, al temblor del lápiz, de la luna, del fin, de la idea de la morada, el deseo, el porqué.
Fue un trabajo lento, forzado, del declive, del otro lado de mi escritura, cortándome los ojos.
Fue de a poco, pobreza enamorada.
Desatino desamparado, risueño, llevándome en volandas donde sólo soy amasijo de huesos.
Fue tambor con ojos animales.
Darme la vuelta, huir.
Llenar de muros mi asedio.
Que sólo cante la rana. Que sólo la nieve cierre los puntos suspensivos.
Fue de carrera en el fracaso. Derroche de hambruna de perras, en bares, a los que soy, extranjera, intrusa, de whisky robado, de ataúd entre las piernas, de tráquea hinchada e inflamable, por el tango con la nada. 
Fue de vestirme, años, con los escombros, que me dijeron que eran muy feos e intolerables, pestilentes.
Fue de preñarme de la fealdad rota que me vi a través de sus ojos.
De mucha aprensión de mí hacia el tiro de la ayahuasca. De mucho ego, cuando mis burdeles anegaban la cañada a la que iba coleccionista de huesos y estiércol.
Fue de hacerme la blancanieves cuando por dentro el alimento sólo era negrura y dulzor de bichos en el monte. Fue de llorar cicuta en mis paredes. Pozo de lamentaciones de lágrima intravenosa. Bigote de ratones y ojo de serpiente a la sopa de los demacrados.
Fue de puta compasión. Porque el muerto no había sido enterrado. Nadie dijo que andábamos de duelo. No hubo ovarios para sangrar esos cien años de podredumbre a tiempo.
Pero es sabia la muerte. Obliga a vomitar al beso del pájaro, la gangrena acumulada por la sombra pegada al suelo.
mi escritura poética
proyecta una secuencia caprichosa del abstracto
le da brazos o tumba
ruedas o fuego
y se hunde en la víscera apegada que lo creó

esto es un problema
porque genera un falso movimiento rizomático
que se alimenta del mismo hueso
mi yo, contra la sociedad
mi yo contra mi yo
mi herida ataque-defensa
venganza o réplica de nudos constantes

la escritura de la autoafirmación
es la escritura de la segmentación
porque yo soy el problema cuando me tomo como centro, como problema, como salida, como verdad o como muerte

al saberme ceniza
rodeada por lo imbatible y desconocido de la muerte, de los árboles, de las rocas
supe que todo, era una gran mierda, de un bello teatro
mi vida se basaba en una alucinación
en ella, escribí al ego herido, al blues, al alcoholismo, seismo, ismo, ismo, ego

le di importancia a mi sentimiento de duelo, hasta el delirio
al del amor
al de la pérdida
al de que de hijos de puta hay por todos los sitios y nadie vuela la plaza
le di importancia al verso, a la rata de mi sótano, a la heroicidad de una serpiente hambrienta, a la jeringa de mi espejo
camuflé en mi rabia, lo invicto
con dadá, con la honestidad del fracaso, pero con mil trampas
que allá, frente a la nada, vinieron a cortarme la yugular

me revolví animal encerrado y herido
lloré moratones toda flaca y débil
balbuceé abismo soterrado en mi garganta
me hundí, vi el monstruo que guardaba contra mí en secreto
y supe que sólo había un camino, tomar el beso de la muerte, estando de pie pero arriesgándolo todo a la desaparición
usarla para dejar morir lo que había de morir
y echarse a la mar de lo desconocido, sin ancla, sin nada que salvar mío de la orilla
el fin de todo lo llevamos puesto, somos nada, irrelevantes, infinitamente sustituibles, ningún cadáver tiene cartera ni apellidos para la humedad de la tierra, ni siquiera es fiable que haga de buen estiércol

hay que ir desnudas, como peces, como gotas de fuego
vagabundas
ateas de todo lo que dijo cualquiera
también una, sobre la tapa del váter buscando clavelitos
Equivoqué mi horfandad de vientre.
Ella que profeta de yonquis, me lloró sangre, en la mano de la urraca.
Y a cuchara de madera insistí la marginalidad liberada del yo-rata, en el agujero.
Metiendo mi hocico por tu chatarrería.
A favores del humor del contrachapado a machete e incendio. 
Saqué las puntas y las planté en el jardín. Creció tan hermosa y alta la sombra del ciprés que el verde se perdió en el infinito.
Y tocar el cuerpo, era salir volando por los aires.

Fui bastarda de la leche que me diste.
Cuando los sanatorios me hacían sudar cristal por los sobacos.

Fui desagradecida y déspota, de tu muñeca de vudú, curándome la enfermedad de la que no me podía deshacer por la extraña honestidad de mi tumba en armas.

Fui pasajera e intrusa, de tu cuento de algodón.
Tan loca del hueso hecho lanza.
Tan hambrienta de mi carne en el cañón. 
Con tantas dianas, en mi cicatriz, sin querer eché bala contra tu corazón. Y nunca supe disculparme. Sino al vals de zopilotes. 

Vuela de niebla, en el machete del tronco. La madera necesita agua.
La hierba te quiere junto al jabalí.
Eras bella de mar congelado entre cachos de madera huérfana de ceniza.
Te quise toda de alpiste y limosna.
Fumé opio hacia tu boca contra mi vida.
Te rodeé el paso, lechuza hambrienta. Jeringa de la oscuridad oculta entre mis faldas. Sólo para que las aves no se ofendieran de mi muerte.

Pero en la purga que me envió el fondo del pozo.
Te deseé, piedra pateada entre mis dientes.
Nunca más. Cuando los lobos ya no tienen amor. Cuando el engaño requiere enterrarse bajo toneladas de tierra hasta que la luna me sangre encima.

Y de carrusel de sol y de lago seco. Vagabunda perseguí la pobreza que volaba. Desarmada los cuchillos que vivían en secreto dentro de los búfalos.

Fui mezquina de lo que me había abandonado.
Por eso apreté el gatillo en el espejo.
No conocerás nunca ese amor de nicho que te profeso. Ni te diré lo hermosa y justa que me fuiste, en el baile de los desaparecidos.

Ya no guardo naipe en tu mesa. Los dados los lleva mercurio.
Mis números son todos la obscenidad del abstracto.

Mi corazón tan frío no toco entonces aquella guitarra. Y hoy su música ya no lleva allí.

Proscritas calles insisten un nuevo carnaval.

Contigo en paz hermana, de la lanza, del fuego y la ceniza. Pues aunque nunca más, aquél viento echó rama donde las dos moríamos de la muerte. Y sus flores vivirán siempre en ti.

De mi mano, siempre un mosquito, te querrá en la noche. Toda de ala, hija de la tierra y las estrellas. Pero no conmigo.
De mi caballo de madera, teñido por humo de murciélago olvidado de tu corazón madre, galopando fiero en la noche, la carnicería de los despedazados, recogió flores de papel, donde las almas son de vídrio, borrachas de mezcal, tragando el reflejo de una visión del manicomio con las uñas rompiendo una pared, donde tus ángeles, fueron solo, topos buscando el agua, entre esqueletos. Jamás existió ningún dios que no estuviera muerto en tu pecho. Jamás ninguna religión retornó al fuego primitivo de los tigres y la memoria de las rocas. Sólo dentro de ti, donde los huesos tenían los fósiles vegetales que el rayo removió de nuevo en el agua. Un camino abría la libertad sin caminos.

Todas las cruces y escudos y bastones y reinoos que los antepasados usaron para asesinar al animal salvaje. Todos los templos que levantaron sobre los templos robados a la madre tierra. Todos los reyes y curas y sus naciones y ejércitos, que asesinaron miles pueblos y prostituyeron nuestra memoria.. Y que dentro de nuestros genes, siguen removiendo esa tóxica bolsa de monedas de oro. Han de morir. Para que vuelva el viento.
Su legado, aunque no lo creamos, vive en nuestra mente. La propiedad todavía está en su hacienda. Los huesos tragaron de todos esos asesinos una parte de su biblioteca. Y es en el Hueso donde han de ser amasacrados para que jamás vuelvan a manchar el valle de los lobos. Y es en la tierra donde arrancarles cada ladrillo depredador y violador de la naturaleza y de sus hijos. Su propiedad ha de ser del todo destruida para que vuelva la libertad.
Abrazarme a chopos y perros.
Escurrir el vaho oculto de las rocas, donde estiren las nubes, las primitivas bestias que guardaron los secretos mientras el sucio hombre-blanco prostituía a sus hijos, y ciego de dinero, meó su veneno donde recostaba su cabeza en el sueño tóxico de su eterna muerte gangrenada en el apestoso pacto de su recto papal y su legado de corrupción y estiércol bajo el que ninguna flor podía crecer.

Si llegué viuda, fue porque me seguía el paso que yo perseguía.
Si todos acumularon en mi cuerpo, el hambre del exilio, fue porque me cazaba la muerte que trataba de cazar.
Si me alimenté de la cólera, fue porque el amor me dejaba muy blanda la carne y estéril el canto.
Si a ella, la prometí al respeto de los lobos. No fue nunca para matarnos.

Una criatura de cuatro patas me acecha donde tu sombra estropea los lirios con el llanto.  Ella nunca se quejó. Cuando caía tu sangre en un piano de tangos-cadáver, ella se retorcía de la violencia de los mares y sólo hacia adelante, empaló espadas contra tu vida, para volver liberadas a la montaña que cantó más allá de la vida y de la muerte, todos los crepúsculos.