Ardidos

Tengo que echarme al acto y armar las metáforas en el poso de mi inframundo. El surrealismo hoy es carnicero, quiere hacerme su pieza de caza. Mi yo asesino lo vela en nombre de la huesera. Monstruo es el talón de aquiles, la carne cruda, el pozo sin fondo, la jaula del averno. Loba trata de darle esquinazo. Mientras sobre la balacea trato de salvaguardar la poesía. Hay un desencadenamiento de las separaciones que hierven el alud del naufragio en la niña perdida y clavan sus colmillos contra su fe. Las criaturas de mi psique buscan desesperadamente la libertad de mi naturaleza salvaje. Pero hay una herida abierta que las levanta en guerra. Y la guerra civil hace sufrir a mi poesía y a Alicia. La sombra de Tigre hierve la violencia que me entrego en el eco del aire. Lo que me doy con una mano me la quito con la otra. Las heridas ocultan el conocimiento del inframundo y sí o sí, duele. La verdad es incómoda porque demuestra que yo fui mi propia enemiga y me di jaula. Señala mis debilidades, mis pecados, mi miseria. Y yo no quiero aceptarlos como parte de mí. Pero hasta que no lo haga me perseguirán desde el soplo de las bestias. No sirve la culpa. Porque la culpa ultraja los motivos de mi poema. Es otro astro rompiendo en la noche. Es un devenir del cuchillo de Fauno hacia la matriz. Hay que darle el disfraz con cachos de mi carne. Hay que atreverse a matar al yo. El actor cantó en mi contra. Yo le di el peso de la obra. Hoy tengo que dejarlo sin nada pero para ello tengo que abrazar la nada. Él se resiste. Sangra sus violines de mirra y mezcal. Exige que sus esfuerzos sean retroalimentados por mis pasiones. Exige que defienda su vida y sus motivos. Pero su vida va en contra de la mía. Su dolor en realidad es la alegría del Fauno. Su cadáver es el ave fénix. Pero no quemará tan rápido sus papeles. Primero los clavará en mis ojos hasta cegarme del fervor del teatro y hacerme su víctima o su verdugo.
Ayer al viajar a mi pueblo, me atacaron las fiebres de las malvas y de los fuegos fatuos. Los recuerdos de andar desnuda por el monte, de las hogueras, del río, de la nieve, del sexo salvaje bajo la luna, de las fiestas cuando mueren las ciudades en las pezuñas de las raposas y la vía láctea se pone bajo los pies, de mi soledad cuando era libre y ardiente. Y tuve un terrible miedo al cautiverio. Es difícil para mí, vivir con mi familia y en la urbe. Me siento fuera de mi hábitat y siento que mi familia es una amenaza para mi libertad. Aunque sólo estoy aquí temporalmente. Quise huir del aislamiento y de la nostalgia, explorar otros mundos, hacer teatro, ir a espectáculos, hacer yoga, conocer a nómadas del existencialismo y el hambre y el blues. Empezar desde la nada cuando todos los caminos murieron en el aullido del fuego. Mi mayor miedo es no ser libre, perder la muchedad, la furia, la anarquía, las ganas de bailar desnuda bajo la tormenta, los motivos para defender la revolución, para disparar a los pastores y darle más territorio y vida al lobo. 

Aunque no era libertad muchas cosas de las que hacía antes. Era hambre de infinito. Era nostalgia a mi locura. Eran esas catarsis de mis perros de Diógenes rozando el delirio y rezando al apocalipsis. Con él estaba hambrienta de la revuelta y del amor cuántico-anarquista. Y me conformaba con el éxtasis de la droga. Mi corazón respiraba durante un segundo el tambor del universo. Aunque perdiera muchas neuronas y futuros por esa música. Estaba en malayunta. Él no podía acompañarme en mis sueños. Yo seguía estando sola a su lado. Utilizaba el orgasmo y los delirios del exceso, para rozar el Infinito. Pero me despertaba siempre en la orilla del río del olvido. Jodida y amoratanada. Escuchando a las bestias del inframundo acercarse para darme muerte. Yo sólo quería volver al Bosque de Fauno. Sentirme radicalmente libre. Volar. Pero cada vez tenía más hambre y más agujeros. 

Cuando me enamoré de Ab, Monstruo empezó su ascenso.  Y la huesera abrió su desierto que fue ensanchándose hasta hoy.

Los romances que tuve esos días de acampada junto al mar mientras Yos tomaba medidas para su traje de madera, orquestaron mi hambre de infinito hasta la no escapatoria de las cuerdas vocales del mar acuchillando a mi mujer-esqueleto. Con aquél pescador rocé la inmensidad y el órdago de los que no tienen mundo precipitándose en la ayahuaska. Pero se volvió una ballena de hielo apuntalada entre las nubes. Cuando él se fue por la mañana y yo estaba escribiendo en la mesa, ni siquiera levanté los ojos de mi cuaderno. No le dije ni una palabra. Mi corazón ardía de la tierra devastada. Aquellos orgasmos del estrépito del naufragio y la venganza de Lilith, me cortaron algún cable del misticismo en los bares de Babilonia. Y algo en mí empezó a ponerse extremo de la urgente despoblación. La huesera empezó a llamarme con granadas y cuchillos. Y yo tuve que quemar lo poco que quedaba para seguirla.

Mientras arrastraba a los muertos de Yos, como la maldición de un duende, como el naipe incendiado en la sosa cáustica de los que ya no saben quién lleva la mano. Sólo estaba abierto el camino de la literatura. Mientras vete a saber entre qué espada y pared decidí venirme a la urbe y no dejar absolutamente nada de todo aquello que seguía. Me distancié de varios hombres que emborrachaban barcos en la mar, porque todos ellos me sabían a encerrona de la muerte. Me elegí sobre el apogeo de la nada mientras mi sombra me quería encadenar a la zambra de las ruinas. Y ahora todavía supuro las tormentas de haber destruido mi hogar mientras me sostengo por mi desvalida alma entre la penumbra hacia el retorno al bosque. Y sólo la huesera que lleva la alquimia de la muerte puede renacerme. Y ella duele. Duele exarcerbadamente. No da nada gratuitamente. No lo da como una canción de cuna. El conocimiento de la oscuridad cuesta la vida.
Hoy soñaba algo que reunía a criaturas de mi psique que representaban a la niñez y había una elevación y una conquista de la alegría. Ayer fue un día muy agitado para lo interior. Me llené de huracanes y de un temor a haber perdido el bosque. Tengo que restaurar mi mundo interno. He estado lejos. Me faltan eslabones de memoria y de nexo ahí atrás. Algo se fracturó cuando se acabó aquella historia. Pero las verdaderas heridas estaban en su continuidad. En mis sueños se me representaba la amenaza, el peligro que corría mi yo profundo, Loba siempre lo supo aunque hubiera una dependencia maldita del hedonismo y el canto de la perdición. Desde la primavera empecé a distanciarme, las circunstancias lo hacían muy sencillo y natural, las últimas veces que nos vimos, el deseo ya no era el mismo pero las estrellas inmensas brillaban el camino de Fauno. Todo se dio la vuelta en mi contra, cuando se hizo radical la distancia, cuando él se enamoró de otra mujer. Mi ego emocional entró en erupción, Monstruo volvió a su sombra y la explotó en sangre y metralla. Primero había en mí un respeto idealista y romántico y radical al amor libre y a celebrar su alegría y su amor con la misma reciprocidad que cuando yo amé a otros estando con él. A ser camaradas. Pero el cinismo que me llegaba de él y los ardides de Monstruo me hicieron desear la total destrucción y no aceptar el vino que me tendía, porque no me llegaba ardiente ni amante ni poético.  
Todo eso me empujó a contrariedades de espina y absenta. Al sentimiento de abandono y exclusión de la sombra de la bruja de Monstruo y todo lo que quiso en su día marcharse de él quería seguir con estrépito marchándose a la vez que Léolo lamentaba ensangrentadamente haberlo perdido. Mi ego se lo tomó como algo personal y se sintió herido y en guerra. Me llegaba como un terrible error no haberme ido yo antes, cuando Loba me lo pedía, cuando perdía mis poemas en esos tímpanos-paredes de whisky que no podían nunca escalofriar mi corazón ni entender mi alma. Las contrariedades afectivas me ataban el cadáver de una sirena en la yugular. Estaba contenta de que al fin hubiera acabado pero a la vez sentía que había perdido trozos de mí en esos carnavales de la fiesta de Comala. Había desarmado a Loba al dejar que fuera la deriva y no el acto lo que nos obligara a declarar las tumbas. Y Monstruo se sintió obligado al canto del exilio y del yira yira. Cuando todos los meses que vinieron antes había ya una lejanía creadora de ese amor en paz con la anarquía cuántica y con el Bosque que siempre separó nuestros destinos.
Estos enredos me causan todavía desvelos y brechas de benceno. Porque los mordiscos de la carretera sobre los manubrios de fuego de la cabra, no tienen aún la sobriedad del bosque ni el firmamento de la voluntad. La pesadilla que recayó sobre Monstruo, me habla de cosas muy viejas que vivían ya muy lejos de Loba. Y es difícil escribir el poema que catarice todos los sentimientos en la misma garganta. Me persiguen las sombras que quemamos juntos a los pies de una hoguera y del mar. Siempre hubo una guerra civil cuando se trataba de él. Loba nunca quiso que me quedara a su lado. Aunque Alicia clandestina quería provocar el amor del Fauno en su cuerpo cada noche.  Ahora necesito desenredar los nudos de pólvora y sangre de unicornio para retomar mi viaje al mar.
Otra vez convulsionar los pasodoble de la lluvia en la vieja madera quemada. Y no hacerlo mío. Apartarlo mientras te amo otro hombre en la borrachera del dolor, otro en la adrenalina de las balas que arroja el ocaso en la corriente que nos sigue el taconeo y la sangre y bajo las lágrimas de tu madre suelta los tambores que preñan la tierra del silencio de la metralla. Cuando de tanto oírte fui sorda del fuego y de las palabras que me conocían. Hay que irse de todo. Duele cuando no se llega a nada. Pero sigue la danza, sobre los muertos espatarrará la luz el jazz que destruye la frontera. No te canses, no hoy, que ya no queda nada para hacerlo. No arrojes ahogadas tus manos entre las flores. Hoy el barbecho te ha vestido ceniza la razón para seguir conmigo. Mis salones no tienen tus lapiceros para destruir el tiempo. No pude estar allí cuando necesitabas la dialéctica del hambre para hacer trampas con el cielo que se rompía. No quise seguir allí cuando los ciervos traían amasacrados poblados en el viento que chocaba con tu piano. No te pares para encontrar buenas razones. No tenemos tiempo para eso. Afuera truenan diccionarios disecados en la crueldad de los tilos. No me des tus deshoras ni colecciones en mí razones para haber tenido entre los dedos el sol para abrir la fosa y encerrar la sombra que pretendía derribarnos. Quizá fue mi vino, tu murmuro, la paz que nunca tuvimos. No me acompañes hasta aquí. Dolerá menos si te entregas entero a la luna. Sin tratos con mi angustia. Sin soma para un fin. Me atrapé en ti hasta que el caballo a punto de morir soñó el fervor de lo verde. Herida recogí lo que quedaba y crucé hacia la última luz que el unicornio muerto había marcado en mi carne, detrás del humo y del cruce de piernas de la parca, un búfalo quemaba el polvo tras la morfina de los moribundos hacia la aurora boreal. No sé si era una ilusión. Pero era la único que decía aquí. Y cuando muchos del aquí han desaparecido en el manillar de una ambulancia del manicomio, no se puede cortar la llama que alumbra la letra de la piedra en la calavera que firmó la hierba que fumaba el río en tu memoria.
He estado en el pueblo. Fue un viaje que me despertó viejas pasiones y caminos agónicos de la furia del mar. Al ir llegando a las montañas y sentir tan ferviente el otoño viajé como caracola sin retoño en el oleaje. Me llegaron tus recuerdos a un tajo en la piel y vino derramado sin que un pronombre contenga el viento ni la palabra. Y luego en casa, me puse desesperada a escribir en un cuaderno. Sentía muy intensa el alma de la casa soplándome escombros que rezar en el invierno. No me podía entregar ni alejar de nada. Me hirvió el viejo punk y quise huir otra vez hacia su guerra. Me sentía desolada por no poder habitar ya el viejo reino, desarmada y vulnerable bajo la tierra que piso. Una sangrienta nostalgia te abandonó contra las cuerdas y no nos acogía la poesía. Era tan bellos los árboles que lloraba mi ropa la marginación de las estrellas en esas ruinas hambrientas de llevarte.
La resaca pliega los colmillos de la galerna hacia el desierto que cubre tu cuerpo en la alucinación de esa luna-alfiler que tiró abajo los dominios.
Pero viví en el circo estos últimos dos años.
Me narcoticé por un beso. Por el placer sin barricada. Por la evasión de las fianzas en la tierra.  Abandoné el monte donde mis lobos tenían memoria y canciones. Y me dediqué al ocio de los cabarets y la fiebre de la taberna golpeando el esqueleto del humo entre la orgía.
Porque amé peligrosamente a aquél que no era anarquista ni podía velar el firmamento en mis sueños. Aquél que lentamente provocó el cinismo en mis parias y el sabotaje, la carcoma en la fe, la lujuria, el amor desterrado. No fue su culpa. Fui yo la que hambrienta quise cualquier cosa que quemara en mi corazón el aullido. 
Mi cavernícola jugaba al experimento en el salto al vacío de las cumbres del silencio. Mi viejo exilio me hacía de prejuicio y de droga dura. No distinguía al amor de la muerte. Mi paloma que se equivocaba delirante del viento tomaba por vía intravenosa cuaelquier ruido que rompiera la desolación de la noche. Aunque la cerrara con bocajarros sobre mí.
Quería con vehemencia todo aquello que no había tenido en mi cueva. Pero en realidad no lo quería mi ser profundo. Era el hambre de fuego. Fui capturada por mí misma en el intento. Y la huesera vino a por mi cadáver. El precio ahora es la soledad. Atravesar los infiernos que despertaron las bestias de mi alma y darle mi carne a la huesera.
La sensación de que me he metido en el estómago del Minotauro, me pone a la defensiva y al ataque. Les miro de reojo. Les miro como la trampa para la raposa cuando el viento anilla en el manzano el semen de dionisio. Pero sé que no son ellos. Es mi manera de sujetar el bolígrafo que busca las vísceras del cielo. 
Al aporreo del éter, mi cobertura baja las escaleras. Absorbo el devenir de sus fantasmas. Absorbo las moléculas de su sufrimiento y de su cautiverio. Hago mías sus llagas. Pero no las quiero. Me rebelo contra sus vidas. Me rebelo contra su suicidio asistido por la desaparición del lobo.  Y una claraboya me rula el exalo de un espejo que nace desde el interior de los cactus. Y sangro hacia dentro lo mismo que sangra en el pomo de la puerta y sus pasos de historias que beben la tierra al raso del helio.
No sé evitarlo. Estoy conectada al wify de lo lejano. Soy hipersensible al crujido de la palabra olvidada.
Sin querer me lo tomo como una guerra. Todavía no sé distanciarme en el colgante de la lluvia bajo los renglones.
No puedo desalentarme. Aunque ahora lo cenizo mueva las palmas de mis pies, en la lejanía del río y de la montaña. Estoy en la transición de una vida que acabó a los pies del mar y el comienzo de otra que aún no se ha declarado. Mi corazón está en guerra y no puede tocar cierto la flor ni el cadáver. Los significados a veces se ponen en mi contra y quieren que no diga nada ni haya existido. Monstruo se revuelve como un aborto en mi útero.  Todavía no he hecho belleza con la basura. Tengo que mantener el duelo del absurdo en el retoño de la nieve sobre tus labios. Los significados a veces se toman por la fuerza, pero a veces hay que sacarlos de nuestros propios muertos en la escalada de un gusano entre las nubes. Duele porque dentro no se oye el infinito. Ganarse los significados a veces es meterse a la bañera de nuestro asesino. No nos dan la razón. Nos señalan el crimen que perpetramos contra el yo profundo. Pero no puede ser la culpa la que lleve la orquesta. La culpa te usurpa la soberanía y destruye los motivos del corazón y del viaje de los vagabundos. Tiene que ser la erosión del agua entre las piedras, el vaivén de los columpios de la hoguera en la torrefacta herida de tu llanto sobre los ciervos.

Ansio libertad.
Es la libertad la que me atormenta.
Abrir mis manos y tener remos que choquen en la luna.
Y en mi boca estremecerme del beso de lo incognoscible.
Y en mi voz la revuelta.
Y en la calle los incendios que combaten el fascismo de la democracia capitalista.
Y un amor, más alto que la muerte.

Temo estar encerrada en el bolsillo roto del Innombrable. Temo asfixiarme del paisaje y de los hechos, sin hervir la nitroglicerina que alguna vez me amó el Fauno.

Es eso lo que me enfada. Sentir que me rodean las paredes. Que habito el inframundo. Que el deseo es moho que debajo de mis pies, aulla el suicidio de la luna. Es contra lo que lucho. Contra la palabra que me encierra, contra mi yo asesino, contra el amor que quiere renunciar, contra el asedio del punk, de la sangre, de la poesía.

Sólo tengo hoy esa rabia para no permitir que me detenga el suelo. Para sangrar hasta la aurora boreal que te devuelva bello al estanque de mi olvido. Para no dar las rentas al quebranto. Para no guardar silencio.  Para no resignarme. Para que el pájaro de fuego cruce la tierra de los muertos hasta darme libre al mar.
Hoy soñé sobre el lugar en el que escribía y vivía, y era la casa en la que yo no estaba, me había ido temporalmente. Iba a regresar a la casa del pueblo, pero mientras estaba en otra casa de mi pasado preparando el terreno para habitarla, estaba muy inquieta, en la casa del pueblo me esperaba mi abuela para que llegara, pero yo no quería ir allí directamente, aunque durante un rato pensé que allí escribiría mejor que en lugar en el que estaba.
Después apareció una foto que ocultaba dos fotos mías, en una yo tenía un cigarrillo en la boca y reía ebria y en la que estaba dentro de esa foto yo gritaba carcajadas y llevaba un volante. Una vieja amiga me la enseñó y me dijo, mira que eres tozuda. Y mi madre estaba enfadada y disgustada por la verdad que desvelaba esa foto.
Ayer no escribí casi y eso me causó ansiedad. Me siento a veces ajena al espacio. Ayer como no estaba sintonizada con la escritura, vi películas, y eso me desasosegó porque me hace mucho daño no trabajar por el interior, no desvelar el inconsciente, cuando el inconsciente avanza sin el intento y la alquimia del poema, mi ser se fuga y me deja una punzante sensación de vacío y absurdo. Me atacan mis demonios y pierdo el control de mis barcos. Tengo que escribir aun cuando sienta que no tengo nada qué decir. Siempre hay una fisura que abre lo inconsciente y que cabalga sobre las aguas fanganosas hasta la fotosíntesis del grito. No importa cómo se llegue a ella. Desde emociones, recuerdos, imágenes oníricas, lágrimas-cuchillo o atragantamiento de paredes en la punta de las espadas. A veces las palabras llegan como la muerte de la literatura. Y una voz interior dice que todo es inútil. El corazón cae y cae todo. Quieres huir al beso de la inexistencia. Quieres que venga otro cualquiera a ponerse tu esqueleto y tu carne. Y lo abandonas todo en la canción que te abandona. Hay demonios para el que escribe. Demonios que quieren que nunca más escribas. Es la cascada del nigredo. Pero hay una voluntad mucho más fuerte dentro. Siento que ahora he de trabajar por la cobertura de la elasticidad de mi inconsciente, la reconciliación con el poso de mi subterráneo. Allí abajo hay muchas torres derruidas, muchos sueños quebrados en la muerte, sentimientos violentos de Monstruo, pasos que me cierran el paso, éter que gravita hacia el filo del naufragio. Y hasta que mi inconsciente no esté en paz con mi voluntad y mi corazón, habitaré el sufrimiento. Me sentiré desolada de mí hacia mí. En deuda con lo incognoscible. Y éste trabajo necesita tiempo. Escribir en los momentos en los que me atormenta el cuervo de Poe. Escribir cuando caigo. Sostener los hilos de mi inconsciente hacia la selva, de forma cada vez más abrasiva. No evadirme. No huir. Limpiar el río. Para crear con furia y libertad, el corazón tiene que vivir en ella, tiene que ser amado por el duende. Tiene que tener libre su poder. Cuando el nigredo y los caminos en llamas intervienen contra el viento, se oscurece el duende, y la escritura se envuelve de ceniza y grietas. Para crear con ímpetu, la líbido tiene que estar entrañada libertariamente en la escritura. Y cuando estamos de velorio, hay algo retroactivo que rasguña hacia el quebranto. Pero no hay atajos. Cuando vienen putas, hay que supurar la herida. Hay que escribir esquelas y ciudades de humo en los picos del buitre. Hay qué saber qué tumba está abierta adentro. Y no es tan fácil. El yo profundo es cuántico. La agresión al alma, a veces viene de lo más sútil, de historias que incluso creimos que eran nuestro puerto, de viejas heridas que no se cerraron o que se les acaba de caer la cicatriz y vuelven a teñir de sangre, la sombra de los bosques. El yo profundo es hipersensible y etéreo. Cuando yo lo agredo, sufro un huracán de absurdo y vacío. Las cosas más simples como ver una película cuando me duele el corazón, lo hacen daño, porque él exige que escuche mi dolor y que crea algo con él. Esa evasión, esa necesidad de huida, es un agresión contra el alma. El yo profundo quiere alimento para su psique y para su amor. Cuando se le da narcóticos o se le da lo equivocado empieza a sangrar y a tirarnos a matar el absurdo y la angustia. La angustia viene a ayudarnos a volver a lo importante.
He estado muy perdida estos últimos años, lejos de la fortaleza del bosque interior. Ahora que por fin vuelvo a estar sola cuando la noche me habla para encontrar la sombra del ballet, hay un proceso de réquiem, pero la tristeza no es todo lo que no me siguió hasta aquí, son las heridas que yo misma me hice. Necesito volver a hacer un fuerte con mi silencio junto a las guardianas de mi psique. Escribir. Moverme. Darme a la vida. Y no a las asociaciones de narcóticos y fuegos alquilados contra el hambre. Prefiero la verdad de la oscuridad. 

Fue importante que nada de aquello permaneciera. En los círculos de fuego del secreto de la montaña, yo rezaba por llegar hasta aquí. Aunque esté herida. Aunque esas puertas están cerradas. Aunque la poesía aún no conozca el resplandor. Había dejado que fuerzas invasivas y extrañas a mi naturaleza ocuparan dentro de mí los huecos del grito. Ahora vuelvo junto a la tristeza a la poética del clavel del aire. Siempre deseé que te cubriera la mar y que nos separara donde los sauces abanican la luna. Si me llevo una bala incrustrada donde la canción tuvo que callarse, será para que mis ojos se abran cuando las nubes menstruen la salvia divinorium de los clandestinos. Ahora tengo que soportar el vértigo magnético de ese cielo partido en dos cachos cuando entre tus besos la muerte no quería dejarnos marchar. Tornar al dentro del dentro las metonimias que en tu cuerpo afilaron a la hoz que Cronos prendió en mi armadura. No será fácil. Esa lágrima madura entre los vagones el albafeto de la arena y sobre lo incognoscible sopla en mi mirada la danza milagrosa de los condenados.
Se revierten las escamas de la mujer-esqueleto en la quilla de los barcos que sostuvo tu insomnio cuando el ron quería que nadie volviera a casa.
Estoy contenta de que al fin llegara un fin. La memoria empieza a hilarse en la fuga del mezcal y estornudan los mares caminos no transitados que encharcan el corazón con la vehemencia del qui lo sa cuando se flota entre la bruma y la noche estrellada. Los túneles que cavaron en la oscuridad el reino del fuego, se desprenden del grito de mi pronombre y van perdiendo el peso que los hombres ensangrentaron en mi vientre, en nombre del amor dejé que muchas noches ahogaran el cielo contra mí. Ahora cura las heridas donde las lobas sueñan. Ya no me ofrezco desarmada a la muerte. Ya no me entrego pieza de caza a las llamas del camino.
 
Muchas veces elegí el caos para trascender el caos. Dejé que la poesía cargara con los desperfectos y pasiones y que fuera ella la que eligiera en su éter mi siguiente paso. No me fui de nada. Con la fe de mi vagabunda esperé que todo lo trajera el viento. Y así cantó tu cadáver una tarde de verano entre el ron que salpicaba mis huesos en otros mares. Recuerdo que  pensé que sería mucho mejor acostarme con otros por el bien del Sol y también por el tuyo, para que la muerte nos amara juntos a la siguiente ronda, los dos libres de pecado e hijos de la luna. Pero no vino ese baile. Porque no sabías contarme la milonga que me diera los dados que tirar hacia tu mesa. Porque no supiste darle a mi deseo una razón para saltar a tu abismo. Porque traicionaste el amor libre en territorios privados que asediaban a mi pájaro de salitre y absenta. Yo nunca hice eso. En mi selva siempre había una canción ardiente para ti. La que me diste no movía las nubes, ni a los trompetistas, ni a mi líbido. Por eso no la quise. Y preferí la destrucción y el nunca más, porque el apogeo del naufragio sí que me movía a las musas y al fuego. Y lo otro era tierra burguesa y esteril. Y nos mataría lentamente y sin poesía. Fue ella la que todo lo provocó. Venía por la raja de mi techo a descolgar sangre de guitarra y sacudía en la vehemencia del vacío, la carne cruda que la siguiera. Y por primera vez me fui de algo y eché gasolina en el pasillo y salté por la ventana y no quise llevarme los retratos. Sino lo hubiera hecho, ella moriría.
Había una parte del sueño debajo de la pata del sueño y mutaba su raíz y florecía otro sueño que me abría la puerta.
Quizá hoy vaya al pueblo. Ayer fue un día hermoso. Empiezo a atreverme a salir a la superficie, a mojarme de petricor. Todavía mis ojos están demasiado acostumbrados al silencio de las páginas y su noche que tiembla el retoño de los pasos entre las grietas que te abandonaron. Pero empieza un nuevo movimiento que no vuelve a ti, ni parte de quiénes fuimos.
Ayer cuando regresaba por la noche empezaron a poseerme los ensueños que hacían trampolines de mandrágora entre el asfalto y el miedo del cuervo a arrepentirse. Y me envolvieron de un nuevo corazón para explorar lo vivo.
El desamor tiene sus ciclos. De nostalgia, de rabia, de "maldigo del alto cielo", de naufragio abrazado a la epístola del payaso que se ha quedado sin empleo, de alegría por lo que acaba, por el qui lo sa que viene sin fianzas entre los moratones ni la tierra, de nueva soledad, miedo y éxtasis de ella. Poesía que crece en los velorios para destetar a la muerte en un blues que no nos pedirá lágrimas ni sudor ni monedas y junto al licor del sol derribará las estatuas y las viejas ciudades. 
Duele un poco. Pero no es un drama. No se pierden a los pájaros, ni a la luna, ni a los caminos. Se pierde una taberna, una musa, un baile de Dionisio. Pero Dionisio tiene muchas más noches tomando a las estrellas sin que importe de dónde venimos.
Yo lo hago a mi manera. A veces te acorralo en lo que me grita el vacío. Te suelto enamorado en el vino que tiñe el otoño de barcos que no vuelven nunca a lo que se vuelve. Te detengo en la lágrima de carboncillo, te bebo entre la hierba que vio morir al venado o te vivo en la bola de cristal de una fiesta a la que nadie me invitó. Te atormento en la expiación de los poemas que van a morir. Y te escupo entre los desguaces que acunaron al río que exhaló tu memoria en mi vagina. Llegará un momento en que te olvide mi piel y mis horas. En que agotado de la poética seas espuma de mar y fuego, sin rostro, sin una historia en mi historia, sin una palabra en mi barquito de papel, sin náufragos en mis naufragios.
El tiempo qué, dependerá de mi aburrimiento. Si estoy lo suficientemente entretenida con la vida, será mucho más rápido.

No acabó a la derecha de dios.
Acabó en su esputo de sangre.
Cuando volví muy sola y borracha a buscar mis canicas en la alcantarilla y ya no sabía volar. Y los ratones me mordieron sirenas en el hueso incendiado de consumir nuestro amor donde ninguno de los dos podríamos sobrevivirlo.
Pero no me arrepiento.
Ni aunque tu ausencia me culpe. Ni aunque en el intento perdiéramos futuros, neuronas y cachos de fe. Ni aunque hoy seas un infierno realquilado en los bares. 
Todo lo que hicimos fue por poesía o por amor. Cuando metimos las patas y el corazón en el fango, fue porque nos hipnotizó una hoguera de claveles de mamut en la galerna que besaba los pies a nuestras madres muertas de miedo por las flores sin flores de los manubrios de la noche sin salida. Y las dimos lo poco que teníamos para pagar la fianza al Sol.
No te doleré como una herida.
Fuiste soma. Fuiste un trompetista borracho vestido con algas y cartones dándome ritmo y razones para perder de vista la tierra. Si encayó en un cadáver de Comala. Si se rompió el cielo las costillas en tu cabeza. Si no quise seguirte. Si estaba en nuestra contra el viento. Nosotros sólo pudimos bailar para devolver el tiro. Sólo pudimos amarnos todavía sin que la realidad fuera testigo. Hoy sólo puedo amarte, como anacoluto, como china que se regala, como muerte que me abraza la primavera. Y en mis sueños, los dos desnudos y libres, bebemos de la misma botella y asaltamos el mismo astro. Da igual que fueras un cretino y que yo no quisiera ya enloquecerme y me volviera áspera como la guerra. En la luna trepo tus besos de enredadera y vid y te abro mis ventanas. Otros mares nos esperan desde el opio de nuestro sepulto. Ámame mientras te alcance la memoria.
Ya no lloraré por ti.
De la sal no crece la hierba.
De la sal no beben los perros.
Si fue una historia triste, era porque todas nuestras historias, hacia la cúspide del fracaso, nos dieron su alfombra mágica, su metralla, su amor. Era una historia de los que pierden la batalla. Lo supe desde la primera noche en que casi muero de placer cuando estalló esa estrella tan cerca de la muerte inundándome de su prisa. Y perdimos estrepitósamente, como locos románticos, como despedazados, como versos proscritos. Perdimos de costilla a costilla, de renglón a patria amasacrada. Sin medias tintas, sin mesura, sin burguesía. Y lo volvería a hacer. Por amor al arte. Por oficio. Porque sino dejaría de hablar y de jugar con la luna. Porque sino no volvería nunca a amar.
Es buena noticia que haya fuego por las calles cuando nos gobierna el capitalismo y los estados quieren castrar nuestras raíces y voces y decisiones y libertades y esterilizan nuestra tierra para que sólo la clase alta tome el fruto y haga sus franquicias.
Lo triste es que esas barricadas sean en pos de banderas y no de la revolución obrera, la de todos los pueblos. Lo triste es que muchos españoles no sepan que el enemigo que hoy combate Catalunya es el enemigo de todos los españoles y que deberíamos unirnos para que el viento levante a todos los crepúsculos. Pero la lucha ha de ser contra las naciones, contra las fronteras, contra la clase alta y todas sus formas de gobierno, a favor de todo lo vivo.
Sé que me había hecho emboscadas entre tus brazos y el whisky que hace perder el conocimiento en el pasodoble de la luna. Tenía hambre de infinito y engañé a mi cuerpo con la primera flor que me entraba entre los dientes. No hice preguntas. No me importaba dónde acabaríamos. Me embrujaron las pértigas del fuego y aunque me llenaba de quemaduras, seguía, hasta el fin. Necesitaba la cuchillada, el vértigo incendiario que me obligara al acto, aunque fuera desde el inframundo. No sólo era por el estigma del exilio, era la urgencia del infinito. Como no hacía pie, como la escritura no llegaba a la osa mayor, utilizaba la orgía, el alcohol, el exceso, para calumniar al olvido, para brincar en el estrépito, para arder. Necesitaba que esa zona inflamatoria que rodea a la muerte me golpeara con la música, y aunque el precio fuera la magulladura y el espanto, en aquél entonces no quería parar. Tenía dentro un animal hambriento. Ansiaba la poesía. El motivo alzándose sobre el absurdo y el dios asesinado. La ruleta rusa del amor, cuando adentro nadie nunca había llegado a ningún sitio.
Hoy vuelvo a mi cueva a lamerme las heridas. Tu sepelio es mi yodo y mi gasa. Mi lágrima, mi estertor de dinamita, mi cansancio, la fe que queda todavía, es lo que hace bailar a la huesera.
Me importa lo mismo Catalunya, que la tierra en la que foza ese jabalí que un día amé tras mi ventana y que aquella lejana que sólo vi en el cine y escribía la sangre de un pielrroja hijo del sol, abatido por el crimen. Lo que me da miedo es el crimen que legitimiza a los estados a perpetuarse contra la libertad y el pueblo. Lo que me da miedo son esas banderas que dicen españa una y grande o las que dicen sin todos los pueblos y con gobierno y frontera. Cuando España gana, pierden monte los lobos, pierden tiovivos y dragones, los niños, pierden los músicos, pierde la justicia, la verdad, la libertad, perdemos todos. Ten miedo y cuídate de que gane algo tu nación, porque lo matarán contra tus hijos.
No dejaré que te encierren los poemas como la soga que ató los gritos del verano en el mal sueño de mi cadáver.
No te convertiré en culpable. No serás la oscuridad que desvela mis heridas. No serás el arrepentimiento ni el error ni la tristeza. No ensuciaré las canciones que nos tomaron juntos desde la mar.
No permiteré a Monstruo que te vuelva su enemigo. 
No asediaré al amor en tu contra. 
Allá te quise, no sé si como al crepúsculo o a la espada. Si era el fuego o el secano. Si torpe y ensangretadamente o recien llegada a la tierra que no podría protegernos.
Allá, fuimos felices, quizá con espina e indigencia, con la sombra del manzano borracha de los huesos y el motín de una lejana mar que avanzaba mucho más allá de lo que dejábamos entre nuestros cuerpos.
Precarios e insolventes. Pero te amé.
Te amaré. Sino dejaría de hablarme la luna.
Necesito un mantra para amarlo. No quiero albergar ira. Sé que a veces tengo emociones de rabia y deseo que el cielo caiga sobre su cabeza y cuando esté convertido en un matojo de huesos y mala ginebra rece a mis bares y a mis infiernos, por la penúltima de los ahogados. Cuando me siento herida a veces deseo que la herida vaya a gangrenarse a su cuerpo y le maldigo. Pero esto es algo muy bajo y terrible. Es el ego. El ego no sabe amar. El ego quiere la guerra y sólo provoca oscuridad y sufrimiento. El ego atenta siempre contra nuestra naturaleza salvaje y la vida. Observando a mi ego me he dado cuenta que la ira empieza desde la tristeza de Monstruo, primero me clava un cuchillo a mí y luego, lo rebota hacia lo que mi ego culpa de haberme herido y robado un poema. Pero en realidad a mí nada me hirió, porque mi verdadera naturaleza cabalga en el reino de Fauno. Lo que fue herido fue mi ego. Y el ego quiere venganza. Porque el ego no sabe amar ni ver ni volar. Sólo nuestra naturaleza salvaje es la que nos hace libres. A mi ego le molesta mucho cuando yo quiero vivir sin él. Porque mi ego teme desaparecer y perder su identidad y la trama del teatro que continua su eterno drama. Cuando yo trato de trascenderlo, Monstruo sale del infierno y trata de impedirme vivir sin él. Monstruo es el hipocentro de mi ego. Vive entre la raja de los mundos. Es una criatura cuántica que tiene miles de desiertos, montañas, mares, volcanes y cementerios en mi insconciente. Sólo la conciencia puede trascenderlo. Pero como guarda un naipe en el estómago del minotauro empieza a entrar en erupción en mi inframundo y me agarra para impedirme acceder al Infinito y al amor cuántico-anarquista.

Sólo la metaconciencia puede hacerme libre. 

Monstruo está dentro de mí. Los hilos de su araña azul, orquestan entre Lobo, Tigre, la niña perdida y Alicia. Alicia es la única que conoce a Fauno. Alicia lleva a todos ellos dentro. Cuando mis animales no están en paz, cuando no están orquestados con la alegría de Alicia, no pueden ver a Fauno y entonces soy muy desdichada. Es el ego el que me hace desdichada.
Muchas veces colecciono la culpa de la belleza no vivida. Culpo a mi visceralidad y a mis actos, de no haber llegado al reino de lo infinito. Orquesto verduga la putrefacción de las flores en mis llagas. Y tengo una sensación hipnótica y efervescente de haber atentado contra la poesía. La cargo encima de mí como un oscuro remordimiento. Y el pesa-nervios me hace sentir sucia y encerrada. Porque no he sido lo suficientemente libre. Porque no he bailado en el éxtasis, porque no me estremecí hasta que mis huesos ardieran. Soy adicta a la belleza anarcocuántica. Necesito que la música me dé el rostro. Y cuando no lo hace me declaro la guerra.

Hoy tengo una espina que me separa del infinito. Y es ese desamor. Su sombra hecha huesos de coyote en mi boca atragantando al viento en la tempestad de las tumbas. Pero no es él. No son los hechos. No es nunca ni el cielo ni la tierra. Es mi punto de encaje. Es la poesía que no ha desplegado su oceanada y su relincho. Y sí, soy yo la culpable. Por eso me atormenta el pesa-nervios. Porque no he sabido defender y zafarranchar la belleza. Porque no he hecho canciones de la basura. Porque no he sabido estar verdaderamente viva aunque vengan putas las curvas y los muertos. Nadie nunca es responsable de que no seamos libres. Aunque el capitalismo llene de alambradas, fascismo, contaminación y cadáveres la tierra, tenemos la rebelión. Aunque nos rompan en pedazos la fe y el amor, tenemos dentro un amor mucho más fuerte. Aunque nos rodeé la ponzoña y el estado condene a pena de muerte a la verdad por terrorismo. Nadie nunca ejercerá soberanía sobre nosotros. Eres tú sólo tú la que puedes ser inmensamente libre y feliz ahora mismo. No necesitas que nadie venga a ayudarte. No necesitas que pase algo ahí afuera. Porque no son los hechos. Es el dadá el que los provoca.
Ayer no escribí casi y eso me derrama el pesa-nervios sobre lo extraño.  Cuando no escribo los significados no filtran en la comprensión, huyen extranjeros sobre la hervidera de un horizonte que no abre sus manos, las emociones se neurotizan de lo ilegible y me atomenta el surrealismo. 
Pero ayer fue un día hermoso, corrió el aire. Comprendí desde otra tierra lo embrionario de lo que sigue sin fianzas sobre la sombra. Ahora necesito abrir las palabras hacia la poesía, ir deshaciendo las singladuras que te arcillaron en la ceniza y devolvernos, viento sobre lo que no ha declarado las horas. 
Monstruo hería que tú no lo hubieras amado. Pero Monstruo hace eso con todos los humanos. Desea eso de todas las palabras que acarician su vida. Es él el que proyecta ahí lo que fada mi nigredo. Porque es una criatura cuántica que mueve los hilos del inconsciente y manipula con su éter mi prisma y el filtro de las mandrágoras de la lluvia en mis sentidos.
En realidad yo no necesitaba para nada tu amor, porque tú no podías entenderme, ni darme barricada ni un sueño que brotar entre las grietas. Y tampoco te amaba demasiado. Pero proyectaba el amor de Fauno entre lo incognoscible. Saltaba al vacío de esa antagonia de benceno y rezaba a la mar para que lo ocupara todo. El poema se entregó enteramente, aunque nunca pudiera hacerlo yo. Y fue su intento el que hoy sangra en el naufragio. No yo. Yo sabía que había que marcharse.
Siempre he habitado la inastibilidad del fuego entre las legañas de la huesera y el taconeo de la parca donde el poema nace.
No será más dramático porque tu sexo no exhale mi entrelínea.
Ni porque no tenga tu excusa para jugar a morir o a robarle barcos a la luna.
Era necesario que te hicieras nada para que yo caminara hacia mi verdad. Era necesario llorar precipicios y antagonias en nuestra sepultura.
Lo supe desde la primera noche que nos tomó el universo.
Hicimos ya la prórroga mil botellas más de las que debimos. No nos fuimos entonces que podíamos irnos inocentes y sin sangre seca entre las uñas. Esperamos a que el poema tirara a matar. Esperamos a que el fuego nos quemara hasta no poder resarcirnos de nuestras pasiones. Tampoco me arrepiento de ello. Corre por mis venas así el río subterráneo de Marte y así el verso asalta mis alambradas y mis sueños. Así se queda abierta la mano cuando llueve sangre, así vuelven a su batalla los duendes.

Sigo habitando contigo o sin ti, la danza del éter en las escamas de mi mujer-acordeón y barro. Nunca hice pie contigo en la tierra. No lo hice tampoco con mi soledad y su utopía. El miedo de lo incognoscible sigue señalándome el lugar donde levantar mi barricada y alzar mi sueño. Todos los otros me son extraños que vagan como yo el aliento de fauno sin morada. Tú también eras un extraño que no tenía nada que darme. Por eso te quería. Por eso me mataba ese amor. Y porque me mataba, tanto lo buscaba en el relincho y en la aurora boreal. Tantos caminos de Comala a tu vera, explicándome porque nunca yo. Tantas flores malditas embriagándonos del delirio de los pájaros que se irían al ponerse el sol. Tanta pasión y sangre derramada por un imposible que nos perdía la pista. Sigo contigo o sin ti el mismo mar, hacia el interior de las estrellas.   Hoy se me escapan palillos en el puesto de perdigones de nuestra feria, se le caen las cabezas a conejos de peluche y explotan ensangrentadas nubes de azúcar. Y sin querer te duelo. Pero sé que era indispensable perderte para habernos amado. Amar mi camino y mi alma, era separarme de ti. Amar el amor, era quererte libre y feliz, sin mí, sin nosotros. Lo intentamos como chacales, mandriles y niños, como locos y vagabundos y poetas y suicidas. Pero no sabíamos, nunca podríamos saber, porque no amábamos el mismo poema ni seguíamos al mismo pájaro ni hablábamos el mismo idioma, ni sabíamos darnos el amor, sin darnos la guerra y el hambre.
Hoy cuando estaba en la sala de espera para hacerme una citología, salió la matrona y me dijo tú qué haces aquí te dijimos que ya no hacía falta que vinieras. Le dije, tengo cita para hacerme una citología. Ella me lo negó y luego fue a comprobarlo y dijo pero es mañana no hoy. Le dije tú me escribiste día 15. Y dijo bueno ya que estás aquí entras después de fulana y te la hago. Al entrar me pidió el papel donde me había escrito la cita. Le dije que no lo había traido. Y luego no sé qué farfullaba y le dije, porque leas ahí que tengo esquizofrenia no soy una subnormal, estoy harta de vuestros prejuicios. Y desde ese momento empezó a disculparse y a tratarme con respeto y a buscar armisticios. Me dijo que ella no tenía ningún prejuicio que ni siquiera lo había leido. Le dije que eso era mentira que el otro día hasta me explicó qué significa la hora 13.20. Me dijo que sólo quería saber si el error era suyo para centrarse más en la próxima ocasión y que ya fuera mío o suyo no pasa nada. Al marchar me dijo ¿somos amigas verdad?

Los primeros que ponen el estigma de la locura, son los psiquiatras cómplices de las farmáceuticas del capitalismo y la normalidad de los cuerdos apoltronados que votan cada cuatro años por el verdugo que les robará la tierra y la dignidad.

Y se reproduce como un virus en el 99% de la población.
Busco abrir el espacio para que se muevan de sitio los significados. A veces al ponerse a escribir, hay un hueco que quiere sabotear hacia el silencio y lo baldío. Una voz que niega la voz, el acto, que encierra la vida tras la sequía de un río y quiere que no digamos nada, que no gritemos ni amamos ni vivamos por nada. Pero para algo tenemos el inconsciente. Y tras él vive la naturaleza salvaje que nos persigue para ser libres. Hay que tirar del hilo. Desenredar los nudos del esqueleto. Dejar que el animal empieza a moverse. Resistir la fuerza del nigredo y declararse hacia el fuego fértil que alumbra la oscuridad que llevamos dentro. 

Hoy sé que el dolor del naufragio es una semilla que me acompañará hacia mi viaje interior para ser más ser, más libre, para saber de verdad lo que amo, lo que necesito y los lugares en los que ya no quiero emborracharme ni matar neuronas.

Yo venía del exilio. Jugué con él a encontrar una pertenencia, una reciprocridad existencial. Pero él no era de mi especie. No podía darme tierra ni abono. No podía infundarme valor ni barricada ni cantos para volar. Y fomentaba mi exilio. Aunque en las fiestas de los perdidos, me diera hedonismo y algo parecido al amor. 
En nuestro error, aprendí muchas cosas de mí y de lo humano, de mi cuerpo y el gozo y la oscuridad. Pero junto a él mi ser no podía crecer ni abrir sus alas. Como tenía el estigma de lo cavernícola acepté muchas cosas inaceptables y me hice vagabunda y hambrienta. Y seguí vagando mi no-patria de quiebre en quiebre. Yo debería haber seguido el instinto y deseos de irme, pero no fui capaz, mi caos aguardaba a que algo explotara sobre nosotros y Fauno quemara el valle. Y fue eso justo lo que pasó. Me duele que esperé a que el viento nos dejara sin escapatoria. Que no seguí mi instinto. Que no fui capaz de salir de las drogas de Babilonia hasta que el mono quemó los puentes. 
El estigma de Monstruo, se ensanchaba a su lado. Porque él no me conocía ni me comprendía. La incomprensión me hacía ser camaleónica, suicida, pirómana, cabaretista e indigente y poner en peligro mi naturaleza salvaje. Ir disfrazada, sin ser enteramente, sin hallar en él el amor ni el poema. Tal vez mi exilio temía retroceder a la caverna. Y la vieja casa de mi soledad y de mi psique ya no estaba. Yo me debatía entre el Lobo y Alicia, y era mordida por el etanol de la contrariedad y la guerra. Quería pertenecer a un mundo al cuál no pertenecía. Quería ser amada por el hombre con el que el amor no podía ser libre ni honesto. Quería aquello que había perdido en el exilio, pero que no me lo iba a dar la tierra. No en esos años. No con él.  Y lo peor de todo es que lo sabía. Y sin embargo seguía bebiendo una y otra vez el mismo vino. Mi fe cada vez tenía más agujeros. Mi soledad me necesitaba con urgencia. Y yo estaba perdiendo mi furia. Aunque todo ese tiempo Lobo escribía y buscaba e invocaba la alquimia del fuego y su regreso al monte.

Ahora que al fin ardió el cielo sobre nuestras cabezas, vuelvo a mi soledad. Y aunque siga siendo la no-pertenencia, el viaje hacia el interior está libre de flores malditas y drogas. Ahora tengo que unirme otra vez a mi naturaleza salvaje, cerrar heridas a través del conocimiento del inframundo y no volver a aceptar el éxtasis de una noche a cambio del hambre para mi alma. Yo cogía el camino fácil. Jugaba a morir y a ser inmortal en el apogeo del caos y del fuego, robándole a Alicia su bosque y su verdadera casa. Es preferible no tener nada junto a Lobo, que tener el universo sin Lobo. Porque sin Lobo no hay libertad.
Ahora tengo que dejar de escribir. Ir a hacer una prueba médica. A veces me cuesta levantarme del escritorio y abrir la puerta. Algo inefable y lejano me ata al éter de la realidad e identidad que me da la escritura. Y hay un salto al vacío, hacia la otra realidad. Un salto dónde lo pierdo todo y soy extranjera y apátrida y alquilo un pellejo para cambiar de sitio las canicas y los saltamontes.  Voy desarmada acariciada por el humo de la rareza y finjo, finjo algo que ni siquiera comprendo, algo que desaparece cuando estoy a punto de tocarlo.
Ayer tuve un instante hermoso mientras paseaba con Kavka bajo unos inmensos árboles y bandadas de pájaros. Hacía muchos días que no sentía la belleza. Pensaba en los ciclos de vida-muerte-vida. En los barcos que al fin naufragan para que la mar sea más grande. En los sueños que empezaban a estercolar la tierra desde el último muerto. En todos los qui lo sa que vendrían a soplarme ahora que se han acabado los caminos de los que venía. Y durante una canción me sentí afortunada y enamorada de lo vivo. Dispuesta al abordaje. Libre. Y volvió a galopar el firmamento.

De momento soy yo misma la que jodo esa canción, cuando busco arreglar los desperfectos del ayer junto a lo que se fuman los fantasmas. Soy yo la que me cierro el paso del Infinito, cuando me aferro al dolor del fracaso en lugar de a su suerte. Cuando metafísica y sanguíneamente no acepto los hechos y maldigo o extraño. Cuando me agarro a la marginación de Monstruo para ser víctima de la poesía y verdugo de su malayunta. Cuando insconscientemente quiero que todos ellos sean mi herida grangrenada para legitimizar la tiranía de la literatura. Y me quiero Franskenstein y la eterna desamada para que mi oscuridad toque el punk de la venganza de Lilith y me lleve al camino no transitado. Inconscientemente evoco y deseo el dolor de la exclusión, del yira yira, del iros todos a tomar por el culo. Porque en mi pasado me dio mi zafarrancho y mi reino. Mi fuerza era no ser amada por nadie. Y Monstruo anhela su monstruosidad y su soledad y su tragedia, para tener una razón existencial que le bese el bandoneón.  Pero todo eso es demasiado sangriento y desgraciado. Monstruo empieza a subirse en los caballos, desde el sótano del inconsciente, poseyéndose en la ayahuaska de mis emociones. Como Monstruo es una criatura cuántica que viene de muy lejos y es el hilo de plata que me une a la poesía y a la muerte, el licor y el arma del corro de la sombra de la bruja, el bautismo del yo y su escudo y su cárcel y su vuelta a empezar en su pozo sin fondo, no es tan fácil para mí darle otra forma de vida y amor a Monstruo. Él me busca desde los infiernos para que le dé la misma carne cruda.
Soñaba sobre la metafísica de la tristeza, el espacio era vacío y oscuro, no había imágenes ni acciones, sólo el pesa-nervios y allí la tristeza representaba su orquesta en mi ser. Durante muchos pasajes del sueño ella me ganaba y la resistencia que yo ponía para volver a la alegría era demasiado débil, sólo unos instantes antes de despertarme conseguía que ella retrocediera, pero me despertaron. Les he dicho que no me despierten. Que no me corten el sueño. Que no entren nunca en mi habitación. Para mí es muy importante conocer mis sueños y que sean ellos los que me llevan al despertar acabando su ciclo. A veces se abre el ensueño. Y aunque sea un sueño ordinario se vuelve la materia prima para tirar las paredes del día y conocer lo que soy y lo que necesito y lo que me hiere.

Anoche no podía dormir. Pensaba en Yos. Estaba muy inquieta y las paredes mordían debajo de mis ojos grietas de granito cuando la lluvia barre los caminos. Por las noches siempre escarbo la herida. Cuando ya no sé escribir y me abandono al fuera de campo de mi voz en los filos, me poseo de mis emociones clandestinas, de mis peores ideas y busco el dolor de las pasiones, extrañamente algo de ese dolor me embriaga y me da la sensación de intensidad y existencia. Tengo que volver a hacer meditación para evitar entrar ahí abajo. A un nivel inconsciente deseo hacerlo, lo provoco, me abrazo al dolor y dejo que beba mi sangre. Hay algo sádico que me tranquiliza, un mantra de lo trágico y del clamor del absurdo. Quizá es porque casi nunca lloro. Manipulo la semántica y los hechos que me harían llorar y los oculto tras el fusil de la escritura. Lucho todo el día para no llevarlos dentro y convertirlos en otra cosa. Y por la noche con el frío de la metafísica y el delirio del payaso de marfil, les dejo que me cuenten sus pesadillas. Pero no lo hacen desde el corazón, lo hacen desde el espanto. Y tampoco lloro. No se podría llorar entre las garras de Drácula. Para llorar hay que llevar muy caliente la sangre y tener algún motivo que anexe todas las historias en un poema. Mi dolor es no tener ese poema. Las lágrimas me ayudarían a acercarme a él. A humanizar todo lo que me ha ocurrido. Creo que aprendí a no llorar en los manicomios. Mis lágrimas se hicieron tinta y grietas de cal. Cuando no se sabe llorar tampoco se sabe amar. No se sabe empatizar con la historia del otro, porque no empatizas con la tuya, no te compadeces, porque no te das el perdón ni el aire, no escalofrías el verso que nos hace a todos uno, porque a ti misma de condenas a todas las separaciones y despedidas. Sólo lloro cuando hay poesía. Cuando estoy sola y enfrascada dentro de una canción. Sólo lloro en los brazos de la belleza. Cuando me habla el cuervo de Poe me hago piedra. Y eso es lo que me mata. Es entonces cuando necesitaría llorar para ser humana y que la luna me acariciara.
Salir de mi zona de conford donde atormento al verso con mi sombra y mi sangre. Salir de mi cueva atrincherada por mi eco de soledad y de teclas que disgregan el paisaje en el sueño oscuro de mi luna. Atreverme a llevar tus ojos cuando vuelen encima los gorriones. A usar tu piel cuando la lluvia florezca la mandrágora y el invierno abra su manto para abrigar los años que murieron. Sé que tengo miedo a morir fulminada si me toca el sol. A desaparecer como desaparecen las ostras si tú conoces mi nombre. A secarme como el mar de marte si me amas. Como el fuego si no lo haces. A ser alguien a ser sólo ceniza. A que mi escritura no esté allí para evitarlo.

A veces me siento una cavernícola dentro de un pingüino que se ha perdido en un metro y que lleva la salida del túnel en la flor que hay sobre tu sepulto.

Entonces, me da mucho miedo existir sino es dentro de lo que escribo. Las viejas bestias amigas de la esquizofrenia y del salvaje poseidón me atornillan el cerebro de Franskestein en lo que me fumo. Y me escupen un disfraz de vísceras derramadas que hacen que mi vértigo se trague hacia el centro de la tierra y absorba la luz como el agujero negro. Entonces se me clavan todas las espinas y significados y carreteras y respiraciones y espacios y tiempos, en el corazón de madera de mi última actriz y me sale la carne por el abismo y la voz por la carcoma. Y mi viejo yo atormentado del existencialismo, la coraza, el talón de aquiles y la pistola de juguete, sufre una guerra civil, entre su comedia y el hacha homicida. 

Pero tengo que atreverme a salir a la superficie. Allí hay caracoles voladores que bailan al trompetista entre las cuerdas que el cielo tira a los ahogados y trepan por la nariz de Pinocho hasta la sonrisa de algas que Alfonsina escribió en las bibliotecas de la arena. Allí hay gigantes que al estornudar abren la puerta de la cucaracha de Kafka y en un remolino de arcoiris y peces con tres ojos le convierten en la guadaña de Cronos. Allí hay inimaginables cantos que penetran la estatua de sal con el blues de Sodoma y la vuelven guitarra y sangre que hace fértil la tierra devastada.

Sólo necesito que el saltamontes subterráneo coja un trozo de tierra de mi aquí abajo y la lleve conmigo cantándome ahí y la convierta en columpios y batiscafos. Que no me suelte la mano para que no me devore el sol.
Ese grito que subterránea tu voz en el poso de vino que transparenta mi sangre cuando la poesía nos ha abandonado. Me cuesta a veces llegar al verbo que el vacío perfora en el hambre de la página, golpea mi cuerpo entre mis sentidos y lo que no he podido olvidar. Ese mordisco de los heraldos negros en el tiempo que no sobra. Esas casas y ojos y amores y oficios y banderas y esperanzas e ismos a los que nunca pertenecimos y desheredados de su paz y su cordura, buscamos en los incendios de la nada un lugar qué y no está aquí. Siempre sobre el paso siguiente hace una promesa. Sobre el cuerpo y el ocaso y el grito siguiente nos toma madre. Aquí no. No para nosotros.
Moveré el sitio de la suela del zapato. El fuego de la caverna ha hecho llorar a tus arlequines. Entre la nada y la nada, perdí los dados con los que pagabas el trago a esa puta que desde dentro de mi cuerpo soñaba cruzar el mar contigo para darme esquinazo. Son feas las canciones que hoy recuerdo. Llueve. La lluvia no deja en paz a los muertos del verano. Tengo que romper las paredes, quemar mi puerta, hacerme vaho giratorio de la célula madre. Él me lo dijo. Él que todo lo aprendió de los asteroides, supo beber mis lágrimas y darme una granada para espantar a mi sombra. Era muy cansado llevarla siempre conmigo acechante del error de volver a poner mi mano en el papel en blanco del encefalograma plano buscándome las curvas para tirar tu anillo por el váter y de paso quitarle la garrapata a un perro con ese círculo que apostrofó tu vasectomía en mi musa.
No es tan fácil que no me persiga a mí misma. Puedo ser terriblemente punta en la pared, visillo en el recto proxeneta del obispo, salmonelosis en la menstruación de tu gallina. Ella viene detrás y quiere pasarte las facturas. No nos dejará así como así. Tú no tienes guerra-madre ni carne cruda para detenerla. Tú eres el agujero de carcoma que abrió el tercer ojo a la raposa que dormía en tu basura y se alimentaba de nuestros fracasos. Y hoy iluminada por los caminos que acabaron en el fondo de tus ojos, reclama sus rehenes.
Se le olvidarán sus pasiones cuando caiga el cielo sobre nuestras cabezas. Y marineros de las aves peregrinas nos lleve la muerte a mejor puerto. Sé que puedo ser demasiado exagerada de tus huesos-polvo en mis heces con esos pelos de esparadrapo y jabalí mezclándonos la sangre en la sombra del ciprés. Crecen efervescentes flores del estiércol. No recuerdan tu tierra vomitada para echar raíces. Y me llevan por aquí. ¿qué puedo hacer sino es contarlo? No a nadie, ni al sol.

No me cansaré.
Aunque el cansancio desde tus cosas muertas quiera consumir al Sol
Aunque desde tu amor ausente quiera ausentar todos los amores.
Aunque desde tu historia perdida quiera perder todas las historias.

Me desvestiré entre la nada que me dejas y sin el peso de lo que vi, nadaré desnuda en el río del olvido, prendida de las algas que embrionan la arcilla con las luces de san telmo que atraviesa el tiempo del que se levanta y lucha, y entre la oscuridad yerma de sostener al capitalismo iza la fértil erosión de la piedra contra el tanque, de la palabra contra la nación y el ejército y el rey y el templo y la tumba, del amor entre las grietas de la muerte haciendo caminar a los árboles que nos dan el aire que contra los tubos de escape bancario y hormigón sostienen la tristeza del humano sobre los hombros de los que empujan para que vuelvan los lobos libres a salvar el monte y a detener las fábricas que asedian la tierra de nadie.
Ha sido mágico escucharlo. Caballitos de mar levantaron el camino más allá del cáliz de los muertos, abriendo la tierra entre las huellas prófugas del silencio. Tornando el tambor del sueño que despierta millones de ojos al mástil de la vida y arranca el olvido y la tristeza. Viajé por las bibliotecas que hacen marabunta de pájaros asaltando las alambradas del cielo y electrificando los huesos con poesía cuántica que torna muy sangre la roja deuda de los pozos de tierra con la humanidad.

Me enamoró su poesía, tan carne y astillera de los caminos y las batallas de la estratosfera por volver legión la mueca más pequeña.

Hay muy poca gente capaz de obrar la poesía contra la muerte que acecha el siglo XXI entre las cárceles de toda la justicia no hecha y la belleza amasacrada entre cuentas corrientes y cementerios, andenes de hambre y de miseria, sin la revuelta de tener conciencia y ojos y lengua y las manos vacías para amarte.
A veces lo que escribo, rebota en el hambre de la bestia y sabe a odio y al crimen que contra lo existido desola mi memoria hacia una nada que tome mis rentas. Es sólo por la herida. No hablo así a los perros ni a las nubes ni a la luna. Es el abrazo de lo que va a morir resistiéndose bajo templos profanados por la desolación a hacerlo ahora que no aman las guitarras. Quizá también el yo que sin escapatoria da vueltas de tornillo en el sarcófago de su llaga umbilical y escupe la oscuridad que el amor no supo alumbrar en su aliento. No me quedo con esos poemas de la ira y la plegaria al apocalipsis. Los uso sólo para gritar. Para que la herida no se gangrene. Para que el rayo esparza las ruinas.

Es díficil escribir al amor y a la vida, cuando se camina entre sus cadáveres. Es urgente escribir al amor y a la vida entonces, pero a veces la destrucción se pone vanidosa, la herida quiere llegar hasta la mierda de dios y sangrar hasta escupir tus propios huesos en lo que el cielo siempre ha callado. Y patalean bestias sin madre lo inabarcable del tiempo. Y la tristeza, tan perdida y sola en medio de la nada, vomita su patria asesinada, con el rencor de no estar en el infinito. Y sin querer se condena al amor al exilio y se desborda el río del olvido y te cubre los ojos con sus muertos.
Soñaba una ayuda psíquica para no caer en la tristeza, para no despertar espectros de nostalgia, para seguir el viaje sin caer en la desolación. 

Pensé que no me dolería. Que después del desamor de K, todos los otros serían nómadas y prófugos de mis sentimientos. Pero sí que siento un bocajarro. Y se lo tengo que dar a la escritura. Hay una evocación del quebranto que martillea en las nubes de la lluvia el cauce de lo perdido. No tiene tus manos para agarrarte el vacío de las mías. No hay una obra en la que arrojar nuestros recuerdos para que se refugien del invierno las golondrinas o sacudan los álamos semillas que insemine la tierra que nos vio pasar. 

Todo ha cambiado. Dejé mi casa, mis planes de océano acariciando tu vino, el bosque, las pinturas, mis amigas las plantas y esa barro fértil de las memorias de los pájaros, y vine a la ciudad-velorio para enterrar a las que fui. Pero me persiguen. Desde el hachazo del hueco. Desde la saña de los papeles quemados. Desde el vacío sentado en mis piernas. No quería llorar. Y mis lágrimas se convirtieron en tinta fría tragada entre mis venas para perforar lo extraño. No quise tampoco la cólera del romanticismo, ni la venganza ni la promesa ni la isla de mi locura. Ni esa mística de la enfermedad de los olmos o las puertas giratorias del fin entre los mirlos. O quizá fue todo pero no me quise en medio para ser guión ni hoz ni sepulto ni vientre. Una criatura de sal y benceno, asumió mis gritos. Tomó mis sentimientos hacia su lejanía. Me hizo la alucinación de una pistola entre trece espejos y una hoja de maría sacando paladas de tierra. Y ahora estoy aquí. Entre lo que endeudo a la literatura y lo que exige de vuelta la muerte. Mis huesos y mi carne, son la dialéctica de un poema que no he escrito. Mi verdad, mi verdad partida por el éter y la realidad en la que choca, sucumbe y ama, son sus motivos y no los míos.
Él desapareció cuando las sirenas tiraban los dados para hacernos cebo de la luna. Me importó un chingo porque me extrañaba el sol bajo las sabandijas del lago de papel de plata entre el veneno incendiado de los supervivientes de Comala.
Y no pude ni decepcionarme.
Un rayón de noche rota besó su semen en la guitarra del muerto que andaba buscando un oficio entre mis pasos.
Y no cayó la torre. No perdió nada el amor. No ganó nada la muerte. Ni nos atragantamos con el vino ni con los vómitos de la sombra. 
Los juglares nos dieron madera y llagar. Nos ruló el cielo una puerta trasera asaltada por la piel. Y ninguno de los dos estuvimos cuando el amor cayó en bancarrota.
Hoy no puede socorrerte la soga de mi suicida y darte un nombre en la lejanía que rebota a la piedra que tiré hacia el cielo y odia en tu cuerpo la luna y ama en Fauno a todos los infiernos.
Hoy sólo puedo abrirte el cubo de la basura y entregarte los papeles sifíliticos dónde escribí nuestra conquista, mordidos por los ratones y el tequila, arrodillados ante la mierda, besando madre los pies del olvido, mientras ahí afuera la gente moría por empresas aún peores que la nuestra y el capitalismo llenaba el mar de cadáveres y hacía con nuestra basura negocios que a ti y a mí sólo nos daban hambre y miseria.
Quizá cuando vuelvan las raposas desde el crepúsculo de nuestra destrucción, pueda honrarte la vid que secó nuestros vasos en la borrachera de nuestros jodidos rehenes existencialistas.
Hoy no le pido milagros al fango. Me contento con que no se lleve a mi locura a los mismos aposentos donde tu madre sangró la renta que mi alcóholica derrochó en tu alma.
Aquella playa desangrada en tu cinismo entre mis piernas, incendió barcos contra el amor que hoy me esperan sobre los arrecifes para conocer la anchura del Salvaje Poseidón cargando en la recortada tu desierto pariendo a mis alienígenas flores contra la tierra.

Me da miedo el lugar donde me empuja el aullido del vacío. Pero la poesía crece entre los muertos, escupe su corazón al aire y sueña entre los disparos la multiplicación de su efecto en cadena. No importa que también yo te abandone en las alcantarillas del infierno. No importa que lo haga contra mí, si ella vive. En realidad yo sólo fui un estorbo dramaturgo de la fuga cuántica de la carne. Una resistencia entre el absurdo y la muerte, viviendo la obra, en el alquiler de un cielo que se alejaba.

Hace mucho que no pertenezco a lo que se pertenece.
Mi disfraz me envuelve para que me digas tú. Para que te diga la palabra o el espanto. Detrás, no había nadie. Un ejército de payasos gastó mi sudor y mis horas para que creyéramos fugazmente lo contrario. Pero sus pistolas nunca me dejaron quedarme mucho tiempo. Baila amor entre los rayos de pintura revendiendo los malabares. Baila sobre la purga que nos hace hermanos. Baila sobre mis huesos que tiran a matar los aposentos del dios y del diablo. Baila sobre nuestra tumba. Como la ola. Como el colibrí. Como el último loco.
Monstruo quiere evocar el cuchillo que desde su agujereada fe atravesó el corazón de la niña perdida. Monstruo quiere que tú y él y ellos, seáis su íntimo enemigo. Y la razón, para no dejar nada y no volver nunca más del monte que bajo mercurio acuna a la luna de calígula contra todos los caminos. Monstruo precipita en mi corazón las razones de la ira y las amamanta con sus helados pechos contra la eternidad y todos los hombres. Monstruo quiere que lo odies. Que le niegues el aire, el pan, la palabra y siempre el amor. Monstruo acecha junto a los colgados para que tú seas un disparo verdugo que le dé razones para la venganza. Monstruo nunca quiso que conocieras a Alicia. Nunca me dejó marcharme del destino absolutista de la literatura. Te cerró el paso con punk y lujuria, con ardides de Lilith entre espadas de éter y ensueño, para hacerte circo y burdel en la punta de mi bolígrafo. Monstruo te respira hondamente hoy en el fango. Y te codicia, veneno y llanto para que sus ojos brillen ardientes en la oscuridad. Monstruo se alegra inmensamente de que hayas sido una rata abandonando mi barco antes de que la muerte te tocara y pudiera mostrarte mi verdadero rostro. Monstruo suelta sus trompetas de nitroglicerina mientras doblan tus campanas en el mástil en llamas que alumbra su futuro.

Y yo no puedo hacer nada. Sólo escribir.
Estos días erráticamente me vi seducida por las canciones del quebranto y me encerré en un auto-exilio que germinaba la separación con todo lo que me rodeaba, saboteándome todo movimiento, excepto el de la escritura. El comienzo creo que fue una lágrima que tocaba el viejo tambor de la caverna y derramó sentimientos de amor que se desahuaciaron de lo que me rodeaba. Y eso me hizo ponerme en contra de todo lo que caminaba hacia mí. Era necesario para conocer mis huesos rotos. Pero no puedo dejar que el desaliento pare mi viaje. La herida esconde una araña de éter, sus tejidos a veces extremizan la matriz y el desagüe de la muerte enfrascando emocionalmente el contexto de la destrucción en el desvelamiento de lo subterráneo. Cuando se está abajo del abajo, es el abstracto el que poseé metáforas que evocan y desvelan la herida. Cuando la herida, es algo críptico que impide la metamorfosis de la polilla negra, hay ciclos donde se ensaña y las patas de la araña van destruyendo las habitaciones de la casa interior, hasta que la naturaleza salvaje se vea obligada a declararse y defenderse.
Ahora mi camino es ponerme en acción. No echar de menos nada de lo que hay ahí atrás entre las llamas. No desearme en ningún otro lugar. No huir. No narcotizarme con la poética de las maldiciones y los desangramientos. Evitar el magnetismo de la marginación,  atravesar mi vértigo escénico a volver a relacionarme con humanos. Una de mis sombras, hace que cuando un poema muere, yo me enroque en la lejanía, me devore detrás de las emociones que destruyen los violines que la sal pinza en la luna sordo-muda y me alejo de todos los caminos y personas, hacia el grito del fuego en las fisuras de la noche. Tiendo a convertirme en vagabunda. Me niego la tierra, los semejantes, la esperanza compartida, lo pragmático, me uno magnéticamente con la música de la destrucción y me escarbo hacia los poemas de las ruinas. Me vuelvo evitativa de lo humano. Me cierro el paso. Y utilizo los sentimientos de horfandad, destierro, desencanto y fin, para emponderar el exilio y mi propio olvido. Eso me cava en la tiranía de la literatura y me hace desdichada. Es un mecanismo de defensa que se pone en acción cuando mi amor se siente herido. Tiro abajo los puentes entre mi soledad y la superficie. Y echo todo el peso, sobre la poesía. Tengo miedo a ser mirada. Tengo miedo a hablar cuando las palabras que me buscan vienen desde el alumbramiento del naufragio. Cuando estoy vestida con la carne de monstruo y su lágrima de mamut, no quiero que nadie me encuentre. El corazón de mi niña perdida está herido, y yo se lo dejo a lobo y bajo hacia los subterráneos para darme el aire y curar mis heridas. Tengo miedo a la superficie. Aquellos naipes dejaron de apostar. Me esperan en la nada. Sé que todo esto es peligroso para mi felicidad. Me empuja a un mundo incomprensible que parece desarraigado de todos los mundos. Allí, Monstruo es libre, pero Alicia está condenada al ostracismo. Para evitar esa sombra volcánica, no sé muy bien qué tengo que hacer. El subterráneo me cura las heridas que se abrieron en la superficie y me ofrece instrumentos y armas para buscar al salvaje poseidón y no ahogarme por las taxidermias de la civilización y la tierra yerma de los humanos que bebieron de mi sangre. Pero el precio es la multiplicación de las separaciones y el sentimiento de horfandad y destierro de Monstruo. Eso hace que Alicia caiga en el bucle del exilio. Porque la obligo a no tener nada, a no creer en nadie, a no poder amar ni estremecerse, Monstruo lo hace para protegerla. Pero lo hace mal porque está herido y tiene miedo. Mi tendencia a destruir los puentes del ahí afuera, para reunir mis huesos desperdigados y salvar mi alma, empezó cuando yo era niña. Y visceralmente hago eso cada vez que un poema muere. Me entrego al destino y absolutismo de la escritura, a costa de todos los otros caminos. Y así Monstruo vuelve a emponderarse libre en mi corazón y a reconocer la anarquía cuántica y el fervor. Aunque el estigma de la locura y de la marginación se ensanche y me aleje de los humanos y de lo universal. Mientras mi niña perdida anhela todo lo contrario y agarra el esqueleto de Alicia hacia el retorno del amor, pero su tristeza se alia con lobo, para evitar que Monstruo caiga en el infierno. Y entre esas orquestas hay descompensaciones y contrariedades. Lo que cura por un lado a monstruo enferma a la niña perdida. Y lo que me da lobo de la luna lo pierde alicia de la tierra. Mientras yo trato de curar junto a ellos mis heridas y regresar al mar. Cuando todos estén contentos y sin malayunta, Alicia podrá ser feliz.