HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Llego a la montaña, todavía hay nieve. La casa está congelada. Pero huele otra vez a lobos y musas, en el boulevard perdido. Me echo una cerveza, pongo esa música. Me acomodo al espacio a través de la grieta del espacio.
En el camino hacia acá, viajé otra vez por esos cielos lisérgicos, entré en un proceso de metamorfosis, en un trance donde vi paralelamente las odiseas de mis sueños, accedí a un submundo, a esa primogénita herida, quise seguir, quise descubrir, se tiraron los balcones, salieron volando los cuervos, allá abajo un alarido de hielo me descubrió una flor. Algo muy intenso y bello. Algo insólito, vehemente, como un orgasmo de ruinas. Pero después me dio un mareo. Me quedé un poco en shock. Durante un instante vi los bosques nocturnos de la grieta del mundo, vi sus animales, sus suelos desvencijados en un extraño grial. Recorrí viejas pasiones de acuarela y hachís. De mis años en el infierno, sobre los caballos del dadá. Me sentí otra vez muy feliz de sentir la magia.
Pero aún no me hago a vivir a mi manera. El péndulo me mueve de un sitio a otro. No me puedo quedar demasiado tiempo en el arrebato. El mar de escombros me vara también la construcción de los barcos. La soledad me arranca y me contiene, en un unicornio del mundo de los muertos.
Yo debo darle mucha voluntad al espíritu para no envejecerme por la presión de la realidad fascista de los cuerdos.
En ese viaje, sentí que iba en busca de un yo-cadáver y que la huesera lo esperaba en el centro del espanto para revivirlo. Sentí que ir hacia el miedo, hacia la destrucción, era mi deber, para transformar para siempre mi herida. Sentí que la oscuridad movía sus caderas, abría sus piernas en la primera semilla y empujaba desde mis huesos el crujido de mi huella. Y aunque me doliera, ese era el camino, para llevar licor a mi moribunda, pero era yo, la que debía florecer el corte en su cabeza. No había nada qué temer porque el miedo escondía mi Itaca. Sentí de nuevo esas ondas volcánicas en mi útero, en mi corazón, en mi sombra de hiena. Ese amor a la noche, al desfiladero, al poema clandestino. Ese venado de sangre recorriéndome el ballet de la datura. Sentí mis ojos de fuego, mi cuerpo sumergido de aqueronte, mi alegría de duende, mi amor de brujos y arlequines, de chivos y mandriles, de fuscas y navajas, de Sol.
Me volví a sentir libre. Volví a arrebatarme de la noche sobre la nieve.
La locura es el precio que pagué por mi pasión y mi negativa, por no ceder, por no agachar la cabeza, por curarme con dinamita las heridas. Por mi fe. Por mi amor. Y lo volvería hacer mil veces. Escuché otra vez ese rock and roll, cuando salté al abismo violenta y enamorada, las cuatro veces que acabé detenida. Recordé ese orgasmo. Supe que no podía hacer ninguna otra cosa entonces. Me acarició la llama, la acaricié. Pero ésta vez lo haremos mejor. Más adentro. Cuidándonos contra la prisión. Durante un instante, vi a las criaturas de mi psique como un juego de rol, comprendí mejor mis sueños, supe que detrás habitaba ella, la que no es de nadie, la que es universo. Sentí entonces el verdadero amor. Comprendí a mis tristes homicidas y las amé tan violentas y payasas, merodeándome cuando parpadeo la tundra. Todos allí, galopaban al mismo mar. Ella muy abajo cocía las estrellas en ese agujero negro y expulsaba salvia. Todo otra vez cobró el sentido onírico de la totalidad y la cuántica. Yo era un actriz vieja de cicatrices en mudanzas. De sal entre las uñas.
En breve me voy hacia la montaña y la nieve.  El confinamiento de la estrella fugaz. El abajo del río abajo donde los muertos saltan y conquistan el temblor inefable que cruje en la mesita.

Hoy me comprendo, como esa espiral con mil disfraces tapando el disfraz, visceralizando la sangre y el grito, tapiándolo a la vez, con escenarios, réquiems, partituras. 

Y ya no vivo la antagonia enfrentada, sino la cuántica golpeada en lo mortal. Ya no me ajo como un sólo cuerpo, ya no soy una identidad ni una historia. Y entre esos columpios se extienden las alas, el infinito nos moja.

En mis últimos sueños, yo tenía tres cuerpos que caminaban por fractálicas habitaciones de una casa de cera y de éter.

En mis sueños en Gijón, yo era una manada de lobos y Yoseba era otra que venía de frente. Yo no era humana, miraba por los ojos de esos lobos, corría en sus patas, olía en su invierno.

No sé dónde vamos. Él no es mi pareja. Hay muchos animales y teatros aquí, como para ser dos, sino una selva y un motín. 
No sé tampoco qué nuevos gemidos escribe el sexo. No sé cuánto los podremos permanecer sin haber despertado a la bestia.  A veces nos amarramos como hierro incandescente, nos agotamos como mundo que se suicida, nos deseamos como el baile de la muerte, como la eternidad. Pero los instintos del inframundo también nos recorren, nos seducen, nos golpean. Los gemidos del callejón nos atan y desatan en nuevas combinaciones cada vez más salvajes. Con él todo es natural y puro. Todo queda en la pulcritud de los animales. En la divinidad de los cuerpos con todos los dioses corriendo por las venas.  Y sin embargo, últimamente, mi mantis quiere su sangre. Mi entrega, reclama en mi otro lado la caza. Mi ramera quiere más tequila. Mi romántica más amor. Mi raposa más huesos y carne cruda. Mi pulcra más chamanismo. Mi bruja más datura vaginal y escobas del infinito. Mi guerrera, más hachas y calaveras.
No me gusta el sexo con rutina. Me gusta que haya un aquelarre. Me gusta exorcizar al gas y al fuego, derramarme como salitre y como roca, en el hielo y en la hoguera, en la frontera situacionista del LSD. Me gusta darle alimento y abrigo a todos mis monstruos, darle el paraiso, a todas las que han vivido clandestinas en mi noche. Darle exibicionismo a mi otro lado del vudú. Osar cada vez más posesión de la lejanía, más drogas, más santos y naguales. Más cielos vírgenes que embarazar con el arrebato del universo.
Cruzo las espigas de ese viejo sueño bajo solapadas espadas de la aprensión gramática del fuego cuando las puertas derribadas inundan de hash el gemido del olvido.
Voy con mil pirañas del cráter de la luna en el esqueleto que bajo tierra baila lágrimas de etanol en los tambores que la ayahuaska despierta sobre la insomne luz de la valentía.
Fui mi verdugo sin piedad. Pero hoy me comprendo en la multitud. Me agarro en el fractal. Me tiro a la música y reboto en el espejo que nunca tradujo ni mi rostro ni mi espanto.
Tosto con datura la insolvencia de tu cuerpo en la orilla desangrada de mi murmuro. Y nos entrego a la caza y al universo, expropiados de lo que la materia pactó en el calendario.

Soy la extranjera que desgrana el carnaval que hace intransitable el espacio bajo la flor prohibida que el silencio mulló en la oscuridad-placenta de ese alarido que nos sigue.

Mi otro lado, secuestra en mi habitación, la muñeca de trapo, la usa de laboratorio en el beso anfibio de esa humedad. Y allí, vudú, desdobla las campanas, las suelta a la jauría.
Yo callo como rosa de jericó el vértigo de no hacer pie en el poema de tu muerte.
A veces bebo demasiado alcohol. Porque me da una perspectiva cubista, me expulsa donde los ratones colorados tienen pértigas y machetes. Y esas canciones de la huesera y la suicida, se llenan del vigor del rayo y mi pequeño esqueleto ya no sangra por el desagüe la carne viuda. Se hace un Léolo etéreo. Mi lágrima tiene mandarinas. Mi sombra tiene un lobo a cuatro patas. Y la oscuridad es mi pipa de la paz junto a traficantes y vendedores de pompas de jabón.
Mamá se enfada y dice esto no puedo seguir así. Yo le digo ¿acaso tienes pensado salir viva de la vida? ¿acaso no estamos ahora mismo muriendo?
Y no es que sea hacia la perdición. Es que es del centro de ninguna parte, un lunar de estrella, un desesperado ballet tentando el suicidio de las aceras cuando las liebres azules merodean a Alibabá. 
Y no es porque sea el camino más corto, es porque los caminos largos también empezaron en un agujero. Es porque somos vagabundas. Es porque nos duele el dolor del mundo. Es porque medio cuerpo va siempre en el precipicio soñando nuevas canciones. Porque hicimos del desastre, un vestido de verano, dentro del río, con cascabeles púrpuras salvando a los sapitos de los atropellos en la carretera. Porque somos irracionales, porque queremos la eternidad. Porque yo nunca supe andar por la línea recta. Porque nunca creí en el porvenir. Porque le echo un duelo a la muerte para volver a casa sólo cantando.
Ayer le dije que con esas botellas de marihuana veríamos seguro al fauno. Él dijo, no lo creo. Yo le dije, si sueñas algo muy intenso, ocurre, yo he visto cosas que nadie se creería. Él dijo, tú no eres un testigo fiable. Yo le dije, claro que lo soy, y pronto te llevaré a lo extraordinario y lo verás y tus escépticos no podrán entonces rechistar. Él dijo, pues hasta entonces. Y le dije, pues hasta entonces puedes ir de nihilista, pero yo sé que a ti te tocó el duende y el hachis es amigo de los duendes y tú los tientas.
Y él dijo, me voy ahora a cenar.

Y yo me puse un poco triste. Porque mi fe de bruja se quedó sola. Porque lo que supe flotando en las azoteas del manicomio se quedó con su vehemencia pegado a un agujero negro. 
Porque él siempre hace eso. No me cree. No le pone fe ni gasolina. Se apega a la tierra. Se apega a la realidad consensuada, a lo que los ojos ven. Pero los ojos empiezan en una conexión neuronal y la percepción se fragua desde el éter de la conciencia. Hay mundos extraordinarios escondidos en el bosque. Aguardando al corazón del Mamut. Esperando que el cuerpo salte al vacío y se entregue a la magia de lo desconocido. Hay mundos que se abren en los sueños y nos dejan sus migas de pan para que vayamos a la materia sólida de la mar y soltemos en estampida los naipes del escalofrío. Porque acceder a ellos es desintegrar lo que dijo el capitalismo y la escuela, lo que dijeron los apoltronados cuerdos, porque volar, es recordar el amor de la infancia y la evanescencia pobladora de la magia, del útero del cielo, de la semilla cuántica de un universo inabarcable. Porque la vida no se puede medir ni escribir en un mapa, porque la vida es un viaje lisérgico mucho más allá de la noción humana.

Yo amé a Yoseba cuando yo estaba en el otro lado del mundo. El amor que sentí entonces se alojó en mí como una jauría de extraterrestres.

Y cuando Don Quijote por la playa de Barcino bebió la sangre de una ballena asesinada, Yoseba se hizo mi herida. 

Tal vez debería echarle monguis, volverle loco, secuestrarle en los secretos de la datura, raptarlo en la ayahuaska de los que bailaron sobre los manicomios incendiados en un crucifijo de semen y chocolate.
Y sin embargo sueño cuando él venga a verme. Digerir las dos botellas de vodka y marihuana, encima de una estrella. Convertirnos en dos tigres, en dos lunas llenas y un alud de nieve. Darle a Franquestein todas las flores. Cumplir los sueños imposibles y ver al Fauno. Y subir a sus lomos y jamás volver a la tierra.
Y cuando sueño en amarlo así, se me olvida la oscuridad que bebí a su lado. Se me olvida la lágrima de papel de plata que él arranco a mi pequeño monstruo y la tristeza de Léolo vagando en la asquerosa tierra de los hombres.
Mi fe es kamikace y extrovertida de las sumersiones de la lava en la pistola de la tierra seca. Mi mariposa de hollín fada con la absenta su planeta asesinado y en la ebriedad reconstruye el agujero del árbol que embaraza a la mar con mi esqueleto.
No atiendo a las razones que se pesan ni se tocan. Mi tristeza se queda en la puerta de los bares amarrada a un perro negro. Y me fumo la heroina. Y me saco los huesos por la boca y me hago un barco de astas de ciervo y de caballos don quijote. Y jamás retrocedo. Y no me resigno. Y jamás le doy a mi tumba la pena de la tierra. 

Aunque Yoseba escribiera en mi espalda la muerte de nuestro amor. Aunque su sexo en mi boca esculpiera el alfabeto de los ahogados del sena. Aunque su frío destruyera mi tiovivo de cerillas. Aunque sus civilizados encarcelaran a mis leones.  Aunque mi Franquestein viera en su espejo a una horrible rata con el hocico lleno de sangre.

Yo sigo amando el amor de las bestias. Yo sigo gastando todas mis monedas en el teatro sólo para locos. Yo sigo arriesgando a doble o nada el corazón de mi hombre de hojalata. Yo sigo queriéndole todos los mundos que aún no han existido.
Hoy vuelvo a la montaña. Tengo que encontrar a los lobos. Tengo que pasar mucho frío pegada a la aurora boreal. Mi mariposa de ceniza se ha despertado y busca los mecheros. Busca un punzón clavado en mi pecho hasta que encuentre el alarido de mi bestia encarcelada y la libere.

Yoseba puso triste a mi Franquestein.
Yo me vestí de mil manicomios el crujido de la sal.
Cuando me pongo triste, soy más surrealista, más oscura, me calzo los piojos de Diógenes y me hago masculina, antierótica, de hombre de hojalata, pata de palo y rata en el pelo.  Mi niña desaparecida, es mendiga, y se me mezcla su feminidad como un cuchillo mortal en el corazón. Bebo alcohol como se respira oxígeno. No me lavo. No me peino. Voy por ahí desolada juntando arañas en el mantel. Juntando espadas en el pis sobre las aceras.  Y la noche muy oscura me hace sentir a la mitad una estatua de cristal, una lápida, un monstruo roncando la ternura de las cuevas, el salto al vacío y el nunca más.

Por eso a mí nadie me ha querido de verdad. Porque mi querer es de bichos en guerra, de gorilas tirando piedras, de alaridos de ayahuaska quemando el ayuntamiento, saliendo como estampida de elefantes a profanar todas las tumbas. 

Porque soy el primer sueño de mi infancia, esperando al ejército del Quijote para vengarnos de todos los adultos, para destruir el capitalismo y la civilización, para levantar a todos los animales y salir en caza de la humanidad. 

Y como nunca nadie me ha querido de verdad. Alicia sueña el amor, ciega, lo suplica llena de LSD. Y lo ve, donde no lo hay. Y lo escribe donde las palabras son borrones de sangre. Y lo mulle en sus senos, donde el viento es un iceberg. Y lo persigue donde nadie ha llegado con vida. Y ella me cuenta muchas mentiras para salvar a su Léolo.  Y cuando Léolo sangra por la boca, Alicia dice que es un rayo de neptuno. No quiere reconocer la bala de la carne olvidada en los andenes. 

Y porque nunca he sentido de verdad al amor. Él es mi talón de aquiles. Mi ausencia elaborada por la literatura y los escenarios de borrachos locos y suicidas. Es mi humillación. Mi pena de mil siglos fumándose duendes y cementerios.
A él ya no le gustan mis harapos, ni mis palabras de dinamita y hachís. Ya no le gustan los nudos de mi pelo. Ni mi dios-pirata y tirachinas, ni mis pulgas, ni cuando el alcohol me hace hablar de estalactitas de araña y ratones.
Antes le gustaba. Yo lo quería por eso. Porque era libre con él todos los mundos destruidos. Porque le divertían mis historias de manicomio, porque le hacía reir mi desconsuelo, mi desparpajo de bicho con antenas y rabo, cruzando el infierno. Porque le excitaba cuando nos metíamos en líos. Porque éramos dos mendigos en un barco de estrellas y la tierra nunca estaba a la vista. Porque nunca me decía que no y volábamos sin preguntarle al suelo dónde cairíamos.
Ahora él ha cambiado. Se pone serio, habla del futuro, de ganarse la vida, de asentar la cabeza, me dice que eso es una locura, que son ideas peregrinas, irrealizables, me dice que me peine, que me quite el barro del abrigo, me quita la botella, me dice que nos pueden multar, que hablo raro, desanima a mi esperanza, pone triste a mi Franquestein. Me hace sentir otra vez la exiliada, la que va sin mundo, sin nadie, vagabunda de un beso de Mercurio, expropiada de la ternura, como tiovivo de topos. Como agujereada carcoma del piano del pintor loco.

Él no me quiere como la que camina a su lado. No sé cómo me quiere. Pero no me quiere como el lugar dónde quedarse.
Busco las palabras. Todo ha cambiado. Llevo muchos días lejos de la montaña, lejos de la reciprocridad de los chopos y la nieve. He estado lejos en valles oscuros. Mis sentimientos por Yoseba se han incendiado en un lugar abisal. Es algo que seguirá creciendo. El poso de fuego que leyó la arena querrá más palabras. Esto siempre funciona así. El verbo que llega, explota, se combina con más, se extiende, quiere penetrar toda el alma. Evitarlo es una estupidez y sólo genera dolor.
Soy alguien extraña. He escrito demasiado sobre la rareza, la he profundizado con extremos en mi interior. La soledad sigue gravitando donde mi paso elige el sonido, donde mi hueso roza de la madera el agua. La soledad es todavía mi enamorada antagonia, mi siguiente página, mi verdadera desnudez dentro del bosque, mi entrega absoluta.
Soy un caos endémico en lo que respecta a la civilización. No comulgo, no me quedo, no llevo semilla, ni productividad. No albergo sus esperanzas, no arrastro sus sombras. Mis palabras se van muy lejos, mi pasión busca al fauno, busca la mar de fuego, busca el arrebato que destruya el tiempo y el espacio. La que escribe fuera de mi cuerpo derrama carámbanos y absenta, y se persigue a sí misma, se persigue también en sus labios, también en el gemido que me arranca cuando me entrego a la desaparición. Él no la conoce. Y eso es nuestro réquiem.
He descubierto que en el fondo, busco la utopía del amor, el amor animal, el indómito, el catártico, el que se agasaja como naguales dentro del precipicio y exporta llamaradas y orillas de éter. Me he descubierto otra vez, romántica, fiel al fuego. He sabido que ya no quiero historias del porno y del whisky, sin que el espíritu afirme y se multiplique.
Hace unas semanas jugué al amor libre, a la fiesta del celo de los tigres, a la paganería de los que no tienen amarra ni porvenir. Pero ahora sé que ya no quiero eso. Mi yo del celibato, ha vuelto. Ese celibato de pieles-rojas. Esa línea divisoria entre la Osa Mayor y los fuegos fatuos que los barcos desangran cuando un grito en el puerto olvida a la humanidad. Ese yo, es autoritario del dios de la mar, puede ser triste como playa varada en un zapato roto, puede ser radical de la defensa de la cucaracha de Kafka, aunque se muera el mundo.
Ya no me es suficiente, esa historia de amantes que se desintegran de placer y luego se besan de cráter sin juntar los labios y se van sin equipaje a explotar de ron los barcos sin destino. Ya no estoy segura de amarnos así, como dos bestias y arrancarnos el corazón al acabar.
Ahora no me preocupa nada. Ya no tengo ese vértigo de mirar mi muerte en tus ojos. Ya no tengo esos carámbanos congelando mi puerta. Ya soy otra vez del fuego que se cambia de manos entre la tráquea de Marte. Y camino, miro hacia el horizonte que la noche fragua donde nunca se distingue la pared del agujero, ni el suelo del topo. Amo, amo el escalofrío, la pasión, aunque nunca me haya devuelto una palabra. Soy de barriobajada esquina entre amapolas y llamas. Mi irracionalidad se compromete a salvarnos. Mi inconsciente es una araña-útero que teje insondable el camino de dios, aunque todos de esqueleto y fosa, sucumbamos al renglón roto de la música.
De vez en cuando caminaré cabizbaja por tu andén y me harás recordar todas las tumbas que parió el sol en mi vagina. Te diré al oido un hueso de cabra y nos llorará la sangre el dolor de los testigos de jehová. A patada tomaremos el tono del callejón y bajaremos mil mundos para recorrer la tierra seca, el golpe, el olvido.
De vez en cuando mi amor, serás la enfermedad que me vio nacer, serás el moratón, la pandemia de mi olvido, de mi hambre, de mi insatisfación. Serás toda la oscuridad que soñó mi cuerpo cuando no quería despertar.
Porque somos de éter. Porque somos merodeadores de la brujería y del infinito. Porque no tenemos ni un gramo de culpa ni uno de perdón. Serás la caza de mi depredadora. Serás la miel del alba. Serás la cuarta botella, la siguiente estación. El blues del ron. El pecado y su absolución. El nunca más. El cuervo que ganó la partida a la humanidad. Mi alcoholismo en la casa ajena, vomitando la alfombra, quedando mal con los vecinos. Mi deuda de luna, mi lago evaporado de Dionisio. Mi falta en la regla. Mi debería haberme ido. Mi me lavaré con jabón los restos de tu hálito. Mi pugna de vídrio y licor. Mi no vuelvas hablar de lo que hemos hecho.
He estado por ahí a cañas. He hallado una nueva perspectiva. Un amor de espinos y raposas. Una nueva singladura en lo que me llegaba como un cuchillo. Yo soy extrema, en los grises, me tiño de negro hasta el delirio, en el otro lado soy romántica hasta la fulminación. Y a la vez soy lógica y fría. Soy introvertida de mandrágora, extrovertida de vino tinto. Soy infiel y a la vez monogámica del ojo de la luna. Soy sombría, nostálgica, muy triste y ya nunca la suicida. Soy payaso, curandera, asesina. El sueño pirómano del apocalipsis desatando los caballos y las canicas guareciendo un nido insolubre. Soy viciosa, excesiva, exagerada, soy también desierto, silencio y lejanía. Puedo ser cruel y amante-crucifixión de la absoluta entrega. Gato y rata, perro y tigre, hiena, cuervo, caracol, ortiga y amapola.
Cambio como cambia el viento. Me sostengo en un alarido. Me caigo en mi rompecabezas como un soplo de opio. Mi estado de ánimo es de benceno, de sinestesia Van Gogh. Mi corazón a veces es del Conde Drácula, a veces de Léolo todos los aullidos.
Me es díficil convivir conmigo. Me es díficil salvarme de mis teatros y de entre todas ellas. A veces soy la soga que ahorca a mi esperanza y me ofrece en el otro hemisferio una tenebrosa hoguera que me revive. Y de acá, de hueso fuera de la carne, verso de cuervo, ensangrentando el crujido que disloca la tierra. Y de todo poesía y surrealismo, no vamos nunca a ninguna parte, nuestros son los suelos desehechos de las gaviotas. Todos los naufragios ya brindaron el whisky y la estrella. Les dimos la voz, la sangre, el futuro, el último baile y siguió la música.
He tenido un ensueño. Aunque ahora no lo recuerdo demasiado. Antes de eso tuve un tipo de conciencia sobre mí mucho más extensa, vi que el lugar en el que me encuentro ahora, ha venido repiditiéndose de forma metamorfa desde que era niña. Ese nudo gordiano de la mariposa siempre estuvo conmigo. Fui más consciente del sufrimiento y pelea de mi infancia, de los motivos de mi yo-estepario, de la forma en la que el Gran Espíritu me presentaba el duelo, el fruto y el cuchillo. Me enfrenté a un tipo de dolor que siempre me había llegado como algo tabú y comprendí porqué. Y supe que ésta vez tenía que tener mucho cuidado, tenía que enfrentarme otra vez desde la matriz y Yoseba, tenía que ver con todo eso, con una sombra-corro de la bruja, de otras relaciones afectivo-sexuales, y con otras que habían extendido a mi cucaracha de Kafka. Eran cabos sueltos que en mi infancia se quedaron como un derrame, y que ahora debía reenombrarlos desde la conciencia. Aunque parezca díficil, debo fijar mi atención y mi voluntad hacia esa libertad, y no equivocar el camino en los aullidos hedonistas y de entrega kamikace a las amanitas. Debo levantar la guerra cuando sea necesario. Debo atreverme a hacerlo en esa Pi que me atormenta, porque es la deuda de mi pasado. Aunque comprendo los motivos tan complejos del otro lado de la manzana. Las pasiones de Alicia. Ésta nueva perspectiva me obliga a buscar los caballos. A romper la maquinaria. Es como una lucha contra el abismo... como si no fuera capaz a ver todo lo que hay detrás cuando todo entra en acción. Pero sólo hay ese camino.
Hoy una nueva luz. Esa avalancha de los caminos irracionales atados al rabo de nube, al resplandor, al quizás de perdigón y ámbar. He comprado una botella de vodka con cogollos de maría dentro, para cuando él venga, para beber entre la nieve, sobre estos inviernos que nos despellejan todos los animalarios, tiran de la raíz de la noche, golpean contra las cárceles, abren la herida y la esperanza, la tormenta de haber vivido demasiado en esos lugares de los que no se vuelve.
Somos hojas que empuja el viento entre la pólvora y la belleza, clamando la libertad, sufriendo sus laberintos. Entre el fauno y el desierto. A huesos libres y atormentados por el resplandor.
Todo entre nosotros es inocencia, peligro, sombra desangrada del hombre de hojalata, de la bestia magnética de la música.
Él me ha dicho que pille otra botella. Yo quiero cruzar Comala con él. Aguantar el pulso a ese agujero negro que a veces abrimos entre nuestros cuerpos y navegar como ríos recien nacidos encima de los árboles. Saber que nadie puede detener la cicatriz. Sólo el amor y el baile puede camuflarla entre los pájaros.
Los problemas de mi Alicia, son suyos hasta el desfallecimiento. Sus presidios, sus corazas, su diccionario de plomo y cuchilla. Él es un extranjero que merodea mis tabernas, mis puertos, mis alcobas. Él es a ella, licor, noche estrellada. Pero ella es hacia la nada y el infinito, casualidad explosiva, desnombrada, antipátrida de todo lo tenido. Él hace visceral y sanguínea mi mano entre los juguetes rotos, entre las pistolas y los lomos de los ciervos.  Pero mi escondrijo del espanto, sólo es de Ella. Vamos así pobladores de los naipes que flotan. Románticos de Marte y sus trincheras. Sé que sangrará mi corazón y usaré su nombre pero no será él. Serán todas las estrellas clamándome aquel trozo de carne y semilla.
Sé que a veces, somos malas compañías, nos damos a Dionisio como un suicida que toca al piano antes de saltar. Nos azuzamos la gasolina cuando el Sol dice ya es suficiente, duerme de blanco la raya del alba. Y sin embargo, seguimos como naves que destruyen todos los mapas, el renglón esquivo del surrealismo que nos horfana de la tierra.
Corremos los riesgos, sólo cantando, sólo amando tanto que ningún cuerpo ni palabra amortigua.
Y aquella primitiva tristeza nos vela como el vagón que salta de las vías y entre escombros y ceniza dibuja oleaje de Van Gogh para aguantar la oscuridad del mundo.
Somos esos últimos supervivientes que han olvidado la nostalgia que necesitaban para cuidar de una casa y de un flor.
Somos la fe ciega en el paraiso, la esperanza de trinchera y vanguardia, aunque caiga a pedazos el porvenir, aunque se quemen neuronas, aunque los osos nos hayan olvidado. Somos ese indómita inocencia que comete mil veces los errores porque en el corazón del Mamut nos sabemos absueltos y libres hasta romper todos los cables de la tierra.
Somos los defensores kamikaces de la vida, aunque nos cueste la salud y la pobreza. Aunque los electroshock señalen los pasillos. Aunque un cadáver de paloma nos confunda con los muertos.
Voy sobre el fuego. Pero no es nuevo. Siempre camino ahí. Un salto al vacío me agarra desde la tráquea el graznido que cantan los cipreses. Mis pies no hacen suelo. Mi cuerpo no hace orilla. La duda es el mar de éter que persigo. Lo desconocido es la amapola que necesita comer mi otro yo. Una bala viene a nuestro pecho. Nosotras vamos como un pájaro que quiere devorarla y poner un huevo entre las nubes. Vienen galernas y las estatuas sangran Babilonias destruidas. Vienen arrebatos de amor y de réquiem, y nosotras vamos ron escrito en las aceras auxiliando a los borrachos entangados de un mundo que explota. Somos también un ejército de vagabundas y de hienas, de cartas quemadas, de buzones apedreados, de papeles vacíos, somos helio que arranca los coches la medianoche de la absenta, un beso de fantasmas, un suicidio comunista para llegar al Sol.
Mi relación con la interpretación y gestión de la realidad que siempre es la pluri-realidad, está dentro de Alicia y su submarino, su pájaro de cartón, su dinosaurio de la venganza. Ella, me vive, absolutista, en los recodos de mi soledad, en la inflación de la luna llena sobre el papel de plata con la que ella peina faunos y se fuma los relojes.
Yo no estoy acostumbrada a irme demasiado tiempo. Antes, yo usaba la doble vida, porque mis salidas eran infieles y cortas, sólo una intermitencia, una botella en un bar, un garbeo por una calle mojada. Aceptaba el Teatro. Sólo la amaba a ella.
Pero desde éste verano, el proceso de integración de las criaturas de mi psique y el acto sobre el acto, no me permite hacer ya eso. Porque eso llegó a un extremo mortal que me estaba devorando.
También mi historia con Yoseba, la obligó a ella a mostrarse y danzar su mundo, sin conceder ni fingir.
Pero todo esto es más complicado de lo que quisiera el poema. Porque Alicia tiene miles de siglos en mi pecho, en la idea del tiempo y del espacio. Porque sigo siendo solitaria. Porque cuando soy solitaria ella me lleva a mundos que jamás recorro en compañía.
Y dentro mío, sigue habiendo mujeres que no se toleran entre sí, que aún no saben ir juntas, que se depredan y se dislocan, que me agravan la gota de sangre y el alarido.
Yo estuve muchos años, dándole toda mi atención y voluntad, todas mis pasiones, a la Alicia que nunca ha conocido a nadie. Escribí miles de páginas para ella, sólo para ella, busqué los árboles que le daban cuervos y raposas. Busqué su frío, su inframundo, su barco. Usé todo el exterior para hacerle su puchero de brujas, su café, su cigarrillo, su lágrima-guadaña. Todo me resbalaba porque ella era mi mar, mi lluvia, mi muerte y mi vida. Ella era la que me hacía una autista, pero yo fingía porque conocía el mundo de afuera e iba de carnaval. Tenía amigos de chocolate y vodka. Tenía agujeros de gusano. Arañas azules. Perros de gas. Tenía siempre una excusa. Un iros al pairo y dejar abierta la puerta.
Mi problema ahora, es que Alicia se enamoró. Fue tan feliz en compañía de él, cuando yo viajaba por el éter. Cuando yo era un manicomio con metralletas y astros. Cuando el dadá besaba toda la tierra y la echaba a volar. Cuando nada era lo que parecía. Cuando acabé detenida y en el manicomio.
Mi problema fue que en el otro mundo, yo le amé miles de constelaciones a él. Y en éste de acá, no somos nada. No somos aquellos. Somos otros merodeadores del infierno y de las anémonas.
Mi problema es que Alicia es muy retorcida. Mi problema es que ella no me deja salir del todo. No ama del todo. No sabe bailar del todo en compañía. Tiene mil fuertes, cruzando la niebla, esperándome herida y medio ahorcada, para tenerme a solas con sus graznidos. Ella no me deja arder o me quema a lo bonzo en el festival rock de los indigentes, me derrama, me hace una jauría de quinquis, y luego nadie la devuelve la ternura. Porque ella lo sabe. Porque ella sigue enamorada de la muerte y del Imposible. Porque ella es celosa de mi pasión, de lo que dice mi poema, de lo que sueñan mis desheredadas. Porque ella se muere de hambre y de amor. Porque ningún humano puede saciarla, porque necesita un ejército de naguales, una manada de tigres, un mar volcánico. Porque es una obsesa de lo que no existe. Porque no le gusta compartir a su camello ni lo que se fuma debajo de la tierra. Porque ha aprendido a estar sola, miles de constelaciones en su crujido. Porque me hace la vida peligrosa y atornillada a un agujero negro. Porque le gusta. Porque disfruta de los cantos del naufragio, de las amanitas del suicidio. Porque es una loca que nunca ha conocido a nadie. Y ella todavía cree que Yoseba era el hechicero del peyote. Lo creé en sus sueños. Y Alicia cuando sueña es como Don Quijote. Ninguna física puede detenerla, ni una pared, ni una guillotina, ni un cielo. Ella sigue.
Busco las palabras. Todavía mi inconsciente está removido, ha palpado un lugar abisal. El poema cose esas grietas, construye una urdimbre donde el abstracto encuentra su refugio y su vehículo. Pero la herida sigue debajo. El objeto directo de la rasgadura es inconcluso e inevitable. Es una zona de la ecuación, es una combinación que el juego de metáforas abre en canal sobre mi sombra y mi cuerpo. Su peso es más autoritario, aunque no lo abarca todo, aunque es un fragmento en la cuántica, llega como una totalidad, en el sentimiento, en el grito. Por eso tardaré algo en recuperarme del todo. Una singladura de la insolubre gota de sangre, atacó mi integridad, en ese desgarro. Todo era muy abstracto. Yo me muevo por abstracciones.  Y las de la sombra son más complejas. Esconden muchos motivos. Sus pasillos y sus puertas, están escondidos en capas de ceniza y primitivas heridas, sinestesias que tal vez empezaron en la infancia. Ahora debo traducirlas, debo entrar dentro, y eso siempre hiere.

Necesito lo onírico.
Ayer cuando paseaba por la ciudad, arrancó un coche, yo me quedé mirando ese coche con un escalofrío invasivo y tuve un profundo recuerdo de un sentimiento olvidado a un amigo de mi juventud. Sentí nostalgia y a la vez, algo de él, estaba también en Yoseba. Era también como una pérdida, cuando el coche se fue, cuando yo me fui tan lejos de aquél amigo.

Son éste tipo de llegadas oníricas, lo que necesito para adentrarme en el abajo del río abajo. Cuando el pintor se embriaga y se avalancha, más allá de lo consciente. Necesito esas invasiones de lo inefable.

También es posible que al respirar el hachís que fuma Yoseba, me da algo de efecto, y yo ahora tengo alergia al hachís, me adentro en el sótano más oscuro del inconsciente, se me desflora el ballet de la datura y me penetro en una metafísica de brujos y de criaturas de cristal. Tal vez durante aquellos días, algo de mí inframundo se despertó en las combinaciones de hash, y mi a flor de piel, se volvió más lunática y penetrante. Bajé un piso en mi laberinto de la conciencia, en mi fase ren, y eso me provocó una relación más incendiada con la atmósfera. Una sensación más abisal en lo abstracto.

Yo usaba el hachís para transformar mi inconsciente. Entraba allí y manipulaba la energía. Leía el universo desde un lugar mucho más esencial y sumergido. Y esos días en Gijón, durante algunos instantes, volví a hacer eso. Cuando hago eso, estoy ausente, entro en un estado psíquico muy extraño, como si fuera un vagón de olas, como si fuera una azada flotando en la tormenta. Algo en mí deja de ser humano, soy el atrás del atrás, soy líquida, soy una ternura sin cuerpo, un amor sin vida. Esa especie de brujería vive en mí desde hace muchos años.
Yoseba también entra en estados psíquicos complejos con el hachís. A veces se vuelve un iceberg flotando los mares del olvido. Emana una energía de lobos, se posiciona muy lejos de las palabras, muy lejos de la reciprocridad de un aliento. El hachís a veces hace desaparecer los sentimientos y entrar en fases muy diferentes, en percepciones que se navegan del beso de la nada. 
Creo que en algunos instantes, los dos, nos íbamos a un extremo, antihumano, a un barco de fantasmas enseñando los dientes. Y nos sujetábamos por un hilo del golpe seco, del ronroneo del rayo, del olvido derramado como opio taciturno. En esos momentos éramos incompatibles. Éramos unos desterrados de toda la humanidad, incluyéndonos el uno al otro. Y bajo esa noche, el cuervo de Poe, entraba en nuestra cama. Aunque luego volviéramos, aunque luego celebráramos otra vez la luna y el corazón volviera a estar caliente. Ese conocimiento del escritorio del esqueleto, se quedaba como un viaje por Comala, una droga retroactiva de los bailes oscuros de los brujos. Una coraza, un lugar muy extraño que asomaba los huesos y los paises destruidos en un vuelo de la mariposa de la ceniza.

Como yo estoy muy apegada al conocimiento inefable y a la pasión del subconsciente, mi atención entre esos puntos suspensivos de la nada, era más profunda y me generaba muchos sentires, regresiones, pinturas de Van Gogh. Yo no lo tocaba, no lo miraba, entre esos vuelos. Éramos como dos venados en guerra. Como dos monstruos soñando el apocalipsis entre crepúsculos y oceanadas, leteos y aullidos.
Yo no pido la ternura. Pido la antorcha, pido las ciudades desmanteladas en la cicatriz cosida a balazos en el crepúsculo.
Yo no pido el beso de amor. Yo pido molotov y dios sin silla y sin frenos. Pido la luna, pido el whisky de los fuegos fatuas desenterrando a los muertos y llenando de aullidos del 36 las cloacas olvidadas de un alarido.
Pido la siguiente botella. La risa de los coyotes. La trampa y el cartón en los bigotes incendiados del arlequín del carbón.
Yo no te pido una casa. Yo no te lloro la extrañeza. Yo quiero que me hagas soñar con cielos incendiados donde nunca más se cumplirá lo establecido ni lo imaginado.

Mi niña de cristal, te fadó la sangre, cuando el tren zarpó sin nuestros esqueletos. Yo tenía muchos kilos de carne y esos canutos deshojados en tu cama. Se me perdieron las palabras dulces en esa alcantarilla que eruptó un sapo. Me mordí las encías en tus versos de chocolate y me sangraron los dientes en el reuma de tu LSD.

Te odié maldito barbitúrico de mi infierno.

Dejaste fría a mi vagina. Dejaste descolgado a mi colgado del Sena.

Dejaste sin ron mi vaso. Mi vaso volando por los aires con los mendigos. Mi serpiente emplumada tuvo que comer muchos ratones. Mi adoración se hizo de vírgen de la muerte. Mis incendios eran agravios que recogía mi niña-cadáver.

Fumé dos kilos de silencio con mis articulaciones envueltas en gasolina. Mi voz emanó como un crujido de la muerte y detrás del escenario los animales volvieron a reír.
Vuelvo a estar tranquila. A tirar con mis cabras al monte. Con mis ruinas al pigmento Van Gogh. Vuelvo a ser paria todas las estrellas. A echarme etanol en las heridas. A santiguarme con astros las aristas y los cementerios, sin medida, sin ley, sin nadie que pague la cuenta.
Soy un animal extraño. Cuando me acepto como tal, me quiere otra vez la mar y la muerte me dicta secretos y pócimas. Me da barcos piratas. Me da botellas escritas de Itaca. Y me deja correr y volar.

Esa que lloró. Sólo lo hacía para separarme del camino que no me pertenece. Sólo lo hacía para que llegara más fuerte a ninguna parte y cantara.

Yo una vez leí un cuento muy bonito sobre el amor y lo quise para mí. Pero ese cuento sólo ocurre entre naguales y peyotes. Sólo cuando la tierra abre sus piernas y emana el volcán. No para por aquí. No conoce a nadie.

Esa mía que quiso ese cuento. Conoció muchos cadáveres. Y Yoseba también la atravesó el olor a muerto. Y ella sufrió su fandango, su poema, su vicio de las siete en punto. Ella tan pobre que nunca conoció un beso, tan pequeña que nunca nadie escribió su nombre. Ella fraguaba el opio de las cartas quemadas, de los pianos desmantelados entre mis costillas. Ella tan desgarrada bebía el whisky como se bebe la sangre. Ella tan de vídrio me rompía las olas en un agujero de gusano. Ella tan necesitada, se ponía yonqui del malecom. Se ponía celosa de Júpiter. Ella tan Fransquestein, creyó en mil sueños de trapo y gasolina. Ella tan desahuaciada en mi corazón, se sentó a oscuras y en cueros sobre un cuerpo que simulaba ser una manada de lobos.

Pero yo no le daré nada a ella. Ella bulímica me acompaña para hablar con la noche. Ella es mi víctima. Ella es mi chivo expiatorio. Ella es la droga del teatro del éter. Mi utensilio de la musa y el precipicio. Mi quicio, mi pena de heroina. Mi gobierno destruido. Ella sólo ha venido, para robarle todo. Para irnos volando de placer a un planeta más ardiente.
Yo no me peino para él.
Le hablo de manicomios, de pieles de coyote, de Don Quijote a caballo y navaja, a jeringuilla y pezuña. 
Él no me quiere como mujer. Sus animales me quieren como animal. Sus humanos me desahucian. Sus humanos me juzgan demasiado piojosa, demasiado extraña, lejana, alcohólica, inconveniente, exibicionista, violenta, anticiudadana, animal, peligrosa.
Él no me quiere como aquella con la que compartir su vida. Porque yo soy la que descomparto la vida con los faunos. Soy la mujer sucia del teatro de los buitres y de los duendes. Soy la zarrapastrosa hija de la nada. Soy la atención de la tumba en los alaridos de la huesera.
Su niño me quiere como la niña. Nos embarramos. Galopamos. Bebemos rayos y pistolas, reimos como locos, lloramos vino tinto, sangramos arcoiris, volamos.
Pero su hombre no me quiere como su mujer. Porque yo soy una hoguera en medio de ninguna parte. Porque no me importa quedar mal con sus vecinos, porque no me importa que me miren hiena, ni paria, ni rota, ni guadaña, ni muerta. Porque no me preocupa cómo llegaré a mañana. Porque no tengo huerto, porque no tengo sentido común, porque no me preocupa nada de la tierra. Porque tampoco me hiere lo que le hiere. Porque tampoco necesito lo que necesita. 
Yo a él lo quiero todos los que es. Pero estamos separados por el mismo fuego que nos une.

Yo no le seduzco.
Yo nunca supe hacer eso. Yo como los perros merodeo la luna y las calles. Quiero a quien me quiere. No me caso con nadie. No sé nunca quién soy, porque me agarra con furia lo desconocido. He estado sola mil mundos, he bebido de los fantasmas la piel que a veces me pongo para hacer visitas.

Él no me dará el amor que sueña mi amor. Porque mi amor es de Mercurio. Porque yo muero cada vez que camino hacia allí y renazco con los sapos, siempre extraña, siempre mezclada con humito y venas cortadas.

Yo a él le amo todos los mundos, pero esos mundos no son suyos ni míos.
Mi alcoholismo usa tus poemas para lavarme con jabón la sima amoratanada de los puertos ardiendo que cruzamos en la antesala del inframundo.
Yo soy el cuchillo que mata a la que hay detrás de mi espejo, para salvarte en el tequila la mueca de mi amor. Te humedezco posesiva el eslabón perdido de mis sueños. Me desvisto de puta, toda mar, toda vacío, te lo doy todo y nada jamás será nuestro.
Soy el virus que custodia mi siguiente verso. Robo lapiceros para ofrecerle a tu pornografía. Abro mis piernas mucho más allá de lo imaginable para cruzar la ciudad de los muertos y ansiarte el Sol. Bebiendo y riendo. Cantando desgarrados el alba que no se cierra, la noche que no se marcha.

Tú no podrás ni siquiera imaginarlo. Sólo cuando ella muerde tu boca, te clava sus uñas, tu cuerpo sabe, pero tu mente jamás oirá lo que yo oí en la azotea del manicomio cuando la luna expulsaba a sus ahogados.

Es sutil mi oscuridad. Es carnívora. Es suicida de la casa que morirá.

Mis vagabundas tienen mucha más piedras que el patio donde cuido de los azahares. Mis sombrías tienen muchos más mares que aquellas que alguna vez soñaron la paz.

Puedo volverte loco de placer. Puedo cumplir todas tus fantasías. Puedo humillarme de todas las hogueras por renacer el rayo de la perdición incursionando la fuerza gravitacional de los etéreos. Puedo entregarte los orgasmos que nunca te atreviste a pedir, ebria de asteroides que fumaron con los brujos el ballet de la datura.

Soy la que nací de la muerte. Soy la que no tiene bolsillos, ni tierra, ni ancla. Soy la que sólo va hacia lo Imposible. Soy la que no recargaré mi alma en el encarnamiento de esa pistola que gimes cuando te partes de miedo la bala que llevas en las venas.

Mi cielo es un viaje lisérgico. Las ratas cuidan mi corazón cuando los cuchillos me destierran de la tierra.

Tu vida, ahogó mi cuerpo en un orgasmo pirómano. De las cenizas, Alicia y la metralleta, se acercaron al fauno. Ella ama la oscuridad. Ella aprendió a pelear en la isla sin supervivientes.

Mi vagina te ama. Tu voz llena whisky chamánico a mi mujer esqueleto. Mi mendiga traga la lluvia. El dolor de la cicatriz de mi muñeca alimenta la palabra de la noche que me abre.

Soy la amante cadáver de tus vídrios. Soy el lugar donde te desmoronas, gimes inconsciente el orgasmo a sorbos de mi murciélago. Te desvisto. Te bajo todas las rameras que soñaste. Te incendio el puente y te corres donde ninguna palabra se dará la vuelta. Soy el animal que lame y agita todos tus instintos. Soy la que nunca se cansa, la que no se cierra, la que se insinua en velatorios y en fiestas, en desiertos y en mares, en los parques y bares, montes y burdeles, callejones y trenes. Soy la insaciable. La depravada canción de la música que nunca descansa.
No era tan jodido.
Son las migas de pan de mi endemoniada anémica de la corte del inframundo.
Es su afectación a la enésima del hombre de hojalata vendiendo chapas en el Lete.
Es su pobre país de Nunca Jamás, todo de bulimia y cocaina, todo de mamá me mima, y apareció cadáver ayer cuando me cambiaba las bragas y tus cuervos cosían alas en mi espalda con machetes.
Era ella, tan puta, tan fantasiosa, desmenuzándote en su mantis de la utopía, desangrándome en el vagón por una bala imposible.
Yo pedía más. Tú sólo tenías hachís, mecheros, papeles rotos. Tú sólo eras como yo, debajo del río.
Ella, en guerra no te perdonó, no me perdonó. Hoy la cuido con marihuana. Hoy afilo sus cuchillos en otro planeta. Hoy la amordazo, la apaleo, la ahogo en la promesa de un trueno y de una tarde muy roja. Mis musarañas empiezan a bailar. Mis llaves son dinamita. Mis pianos son patadas en el infierno rodándote los ojos de cristal por tus notas desgarradas.
Mi pena es una puta caprichosa y burguesa, que se cree poeta, que se cree hija de las nubes, que cree que los cielos sólo nacieron para iluminarla y darla mil universos. Y ella toda yonqui, me amortigua la noche en los cascabeles de opio, me sienta a oscuras y sin ropa, con la radio de tus gemidos en mi techo, te da todo, como un burdel, como un sanatorio, como un viaje con todos los gastos pagos, y sus demonias, te muerden disimuladamente la carne que reclamarán. No es culpa nuestra. Somos animales depredadores. La tierra es un matadero. El estómago nos impone la guerra. El instinto nos obliga a salir a cazar y sangrar. La música la hemos robado. Y mi amor todo lo que te hago es por ella.
Borro con tus canallas el lapicero de hollín que robé a esa vecina que miraba. Con él una vez escribí una canción horrible que no paró de sonar cuando vomitaba vino y flujos de tu cuerpo en esa calle que no supo nuestros nombres.
No me andes con margaritas el camino al cementerio. Me gustas así, todo perro negro, toda intemperie, toda desolación. Te quiero porque no cortarás la flor. Porque el tigre nos mordió. Porque la muerte reía cuando nos íbamos cabizbajos el camino del metal. Porque la paz es la guerra. Porque el amor es una mandíbula animal. Porque nuestros cuerpos son el laboratorio del cielo y del infierno. Porque nunca es suficiente. Porque nunca es demasiado indecente ni peligroso. Porque ninguno de los dos ocultamos la bestia enjaulada del Sol.
Porque probé tu semen cuando los muertos me enviaban rosarios de ayahuaska. Porque bailamos como dos huesos la gota de sangre del apocalipsis. Y revivió la carne de un lobo, en la mordedura de etanol.
No será tan grave.
El corazón ya está roto en mil pedazos.
Las heridas nacen arañas que cosen Osa Mayor.
Los vasos vacíos enjuagan bocas que se mueren por cantar.
Los huesos escupidos, conocen el ballet de la raposa.
El hambre de amor, es metralleta para los hijos de la nada. Me subo al vagón, canto, uso mis moratones como pintura de guerra y tentempié. Sigo, ciega, borracha, llena de zarpazos, agujeros, tumbas y ambulancias y está libre el horizonte y el cielo paga la ronda. Y nadie nunca más llorará.

Echarme un vals con la sombra que me persigue cuando la música se pone muy lenta y oscura. Cuando la tibia y la calavera anhela tu cuerpo en el autobús navegando mi cementerio.
Cuando mis manos vacías te tomarán como la ausencia en mi sexo y frotarán de Alibabá un perdón de usar y tirar.
Y los dos, tristes, borrachos, retenemos un lecho de muerte en un beso de absenta, y reviven los cuervos las líneas de tu mano que conocen el Imposible y lo nombran en mi abismo y en mi desahucio.
Tú también lo sabías. Seguimos adelante porque nos embriagó una droga entre esos bares y colchones, entre esas montañas y sarcófagos de aurora boreal.
Yo lo sé y sin embargo volveré a abrir mi herida en tu cama. Beberemos la sangre. La mar nos nadará caminos de humo y de astros.

Estaba cansada del dolor del mundo. Mi piel ya no quería traducir la sequía de esos lagos en la ginebra. Ya no quería reconocer las horas, ni los cigarrillos, ni el mismo blues. Tú eras el peligro, el puñal, el vuelo sólo de ida hacia una explosión que sobre el fuego quemó todas mis naves.

Yo quería más. Tú no tenías nada.

Como la pelota y la pared, compramos un barco de etanol. Como el olvido, dejaste esas monedas para pagar el hachís y me arrastraste a ti, y te arrastré al lugar donde nunca me di la vuelta.
Él es cruel, tiránico del canto del lobo, insondable del guiño de la muerte cuando vizca la tierra un mar de sangre. Él es introvertido del hachazo del sol, esculpe sus palabras con los animales, y con su traje de metal ahuyenta la pizarra que recuerda la caligrafía del aborto de la luz.
Lo quiero porque es un salvaje. Porque nos tratamos de bicho a bicho. También me hiere por eso. Con él soy los clavos y los martillos de un lienzo de fantasmas tragando del lago la constelación de los desheredados. Con él soy el suicidio del cisne, la penúltima, la palabra maldita que seguirá cantando. Proezas de locos sobre muñecas de cristal sorbiendo por la jeringuilla montañas que no conocieron el sol.
Mis cicatrices se abren, en la herida leo el poso del café, me voy con la pitonisa a comprar vodka y neumáticos. Mamá se muere de pena. Él y yo compramos pintura, cavamos fosas, mentimos endemoniados de la tristeza que ya no secundaremos y fumamos ese néctar en medio del abismo, volamos sin preguntar.
Él conoce mis cementerios y mis monstruos. Él no es un pañuelo, no es un vehículo, no es un camino, no es un hogar, no es un beso de amor, no es mi mañana. Somos dos buitres compartiendo un vuelo en medio de ninguna parte. Él me hará sufrir si lo amo de otra manera.
En esos días en Gijón, nos amamos una decena de veces. Y sin embargo a mí me pareció poco. Antes nos buscábamos cuatro o cinco veces al día. Ahora una rara rutina nos deshoja parias por las calles, buceadores de secretos sellados, de huellas desvencijadas cuando salen los desalmados de sus cuevas. Hacemos juntos la comida, vamos a comprar, nos dormimos en el sofá, vemos a los coches pasar desde el puente, nos anegamos de silencios de miles de kilómetros, miramos la lluvia por la ventana y bajo ella, pisamos charcos, nos anestesiamos de un invierno sin hijos. Compartimos la tristeza, la antipasión de un mundo que mantiene vivos a los reyes, compartimos el hastío y lo esquivamos, torpes, alcohólicos, vagabundos.  Tal vez eso es tener un amigo, y yo no lo sabía. Somos amantes-animales. No somos amantes del amor de los humanos.
Él también abre en canal el vértigo de nunca más tener una casa. Me guarece a veces en su cuerpo como si fuéramos a morir bailando. Pero luego nos expulsamos, heridos, somnolientos, al duelo con la luna.
Mi niña perdida bebe demasiado alcohol. Es hipersensible al jabón de peyote del olvido. Es caprichosa, haragana y loca, es de muertos vivientes sus pestañas de sal, es de corazón ahorcado su canción de cuna.
Aquella noche en los billares, le dije tú eres un golfo conmigo, él dijo, pues anda que tú. Bebimos tropecientas cañas, deambulamos luego por el parque, hablamos surrealismo con desconocidos, con charcos, con honestos suicidas de la chingada del que se muera el mundo. Luego nos amamos ya convertidos en animales, en huracanes, en gas, en carbón, en estrella desaparecida.
Yo lo amo tan ardiente, tan desesperadamente, sin tener ni puta idea de lo que es el amor, sin tener absolutamente nada que ofrecerle, sin tener llave en su puerta, ni puerta en mi pared, que andamos como heroina hervida por los desgüaces, como drogadictos debajo de los rayos, saltando por los capós, como los locos que no creen en los santos, como santos sin dios, sin venas, sin pan para mañana.
Él me hace daño. Él luego me lo cura. Él es un loco sin dios y sin diablo. Él me dejará bajo la nieve cuando los violonchelos traigan sangre. Él me hará mil veces la extranjera, la tumba, la que se marcha.
Hoy es un día muy raro. Mis emociones están sombrías, vuelvo a sentir el daño, la ruta abisal sobre el olvido. Tal vez porque se despertó una vieja herida independiente, algo subconscientado, medio lunático, perverso. Algo que me sopla el cuervo de Poe al oido. Me desahuacia. Me pobla extranjera, noctámbula. Irracional del golpe seco y la despedida. Esa mía atormentada, triste, compleja del agujero de gusano que calla en su sima, el péndulo.
Debo escribir mucho para liberarla dentro de mí. Debo bailar, beber vino tinto, subir al monte, volver a amarlo sin ella. Debo pelear la luz descoronada de los árboles de invierno, sin conceder al abandono nada.
De vez en cuando soy la oscuridad. Soy la sombra del escritorio robando tizas y flores al monstruo que respira encima de mí cuando duermo.
Han sido muchas emociones, bailes, también de lo orgiástico, ese sexo, esas tabernas a la deshora, las calles mojadas a su lado, la eternidad en esa pata de palo colgándonos al abordaje. Sé que mi tristeza empezó cuando me sentí la extraterrestre en sus ojos, cuando me llegó su frío, cuando me cobijé en ron e intemperie, incendiada en mi soledad como una isla que explota. Sé que algo de lo que él dijo cuando yo sólo era sal, me llegó como un tsunamí que tragaba mis lapiceros. Y de nuevo, transparente y helada crucé el salto al vacío de un murmullo lejano. Las sensaciones poéticas de la fractura son muy poderosas en mi corazón de trapo. Se alojan, me piden más, quieren saber cuál de las mías se cayó y porqué. Quieren que vea sus ojos y la salve.
Y en el otro hemisferio la profundidad de la heroina me llega como puchero de bruja. Estoy demasiado despierta en ese lugar que sólo habla en los sueños. Yo lo oigo. Lo oigo como un mal viaje de ácido, me poseo sobre él, avanzo a tientas el naufragio y el canto. Sigo, aunque se me arranquen del pecho todas las palabras. Permanece el zarzapazo inefable de la dinamitada. Me entrego entonces al alcohol, me entrego a la última sombra que a cuatro patas cruza el puerto cuando nadie está.
Qué chingada... que he de remar aunque no distinga el barco del agujero. He de defender la alegría y los animalarios.
Me dolió no sentirme amada en esa trabalenguas de Babel. Me dolió sentir desde su cuerpo un glaciar arrinconándome donde siempre decido irme y nunca más volver. Pero yo no hablé de eso. Yo nunca hablo con el objeto directo de lo que me rasga. Me camuflo. Finjo todo lo contrario. Me aislo en parapentes y fiestas de hachís. Me quedo mil veces más sola con mi soledad. Tengo un grito entonces en la tráquea toda mi atención intenta hacerle la metonimía, exorcizarlo, mientras ya estoy dentro de Alicia y sólo los locos tienen la pipa de la paz. Deambulo los pasillos desolados del cráneo del alba, con mi cuerpo escurriendo la humedad del réquiem y el abordaje. Me profano de mi placer cuando la mano que me agarra es la noche más profunda. Me hago el pecado. El exceso de Dionisio cuando hambrientos los peces secan a la mar en mis lunares y sangran.
Me protejo hundiéndome en todas las lejanías. Y ahí afuera ni una sola palabra dice lo que pasa por mí. 
Yo soy autista. Yo estoy atada al dadaismo, al albafeto abstracto de una hoguera sin dios. Eso me retuerce como la antagonia.Y yo bebo más alcohol para desentumecer el arrecife mortal que me aja. Me hago más líquida, más extravagante, asusto a las personas, emano la energía de las fotografías de los muertos, un cuervo por los ojos, los alejo con la brujería de mi exilio. Y eso me hace sentir mucho más fuerte la desolación. Sólo mi vaso conoce el temblor que me arranca del suelo. Yo me agarro al licor como una payasa se agarra a la risa del tejado de los colgados. Respiro con las uñas el pétalo que me ahoga. Necesito entonces tanto amor que soy una playa varada en un cadáver con las olas en Mercurio, con las huellas a 100km bajo tierra.
Ese proceso es como una planta mágica. Es magnético de todo cuanto me hace, es insondable e inevitable del alarido del siguiente verso. Yo lo sufro como si fuera una bestia encarcelada. Como si fuera una cuchillada en el centro de la vida. Me vuelvo incapaz de pedir la canción que necesito, porque yo estoy acostumbrada a tratar con los humanos como con un cine. Yo no exijo mi vino, ni la casa. Yo no explico porqué. Yo no digo nunca, quiéreme, cántame, cuídame. Aprendí a vivir al otro lado de la caverna. Aprendí a tragar la oscuridad y digerirla entre los lobos. Aprendí a moverme como un fantasma. A que nadie me tocara. A que nadie me conociera. A que la escritura cavara mi fandango y mi bosque.
Mañana ya estaré en la montaña. Necesito recuperarme. Un nuevo quebranto me acaricia cuando cruzo la calle. El ajar del frío, una desilusión, un equipaje de abstractos amortiguando el golpe seco de un camino que se va, y mis manos vacías, inundándose de viejos gritos que en las vías ven marchar a los trenes con ese guijarro incrustado en mi pupila como un espejo de todas las lejanías. Necesito la naturaleza. Mojarme con la nieve, cantar otra vez. Que nada me haga estación ni verbo.
He estado triste. Y sin embargo no es motivo de tristeza.  Hay que atreverse a tirar abajo la puerta cuando dentro doblan las campanas. Hay que atreverse a la fragua y al camino del Sol, cuando los esqueletos hacen la presa en el río. Hay que ir sin dudar. Ya no es tiempo de contarse mentiras ni de azuzar quimeras en el corazón del hombre de hojalata.
Algo en mí vinculaba sinestésicamente a Yoseba, en mi canto, en mi piel, en mis conversaciones con la muerte y el invierno, con el whisky y las estrellas. Algo en mí lo quería todos los mundos inimaginables que trajeran los ebrios pescadores a los puertos de cristal y pólen.
Pero la loba sólo puede seguir sola.
Pero la loba se me muere de quebranto si la olvido junto a él. 
He de poner una distancia en las periferias de mi deseo. Porque ya he bebido esa distancia en la noche que bailaba junto a él.
Nos volveremos a ver. Nos amaremos o nos haremos daño. Cumpliremos los sueños de esas aventuras, de esos viajes robados al olvido.
Pero mi corazón ya no le pedirá lo que pedía mi poema. Pero mi poema se irá a cruzar el abismo que juega mi espíritu en la luna, a solas.
Hoy me hiere. Pero me herirá mucho más si sigo ebria y suicida la senda irracional de un amor que no es para mí.
Le debo la total independencia al éter. Le debo a mis guerreras la nieve, el aroma de los árboles congelados, de los ríos que moran los huéspedes de mi nada. Le debo el armamento a la que va sola.
Yo no soy como ellos. Soy simple como un perro haciendo un agujero de tierra. Como una paloma cagando en un sombrero. Como una montaña que llora cadáveres de venado. Como un zapato agujereado en una playa. Como un ambulancia que te recuerda que el próximo serás tú.
Y sin embargo, soy los mil laberintos, copulando mariposas donde nunca se repite el mismo sonido, ni la lágrima cae por la misma mejilla. 
Estuve sola con lo que se fuma en el manicomio, diez mil planetas extintos. Hablé con duendes y cipreses. Vi lo extraordinario. Seguí su luz hasta que acabé en la comisaría. Seguí su luz, hasta que se destruyeron mil vidas en mi pecho.
Enterré a los muertos, con peyote y hueseras. Me fumé luego lo que quedó de su carne. Destruí mi oficio, mi porvenir, mi humanidad. Aprendí el extraño lenguaje que se aprende más allá de la muerte y de la tierra.
Eso me separa de todos los humanos. Me hace la puta impostora. La que aprieta el gatillo en mi sien y roba de mi espejo una liebre y una urraca. Me visto con su pellejo y sus ruinas y voy por ahí como van los muertos, como van las bestias. 

Yo creí que Yoseba sería mi eterno amigo chimpancé. Y sin embargo es también de otra especie. Yo creí que con él nunca sentiría el frío. Pero él también me recuerda que yo soy la desahuaciada. Que yo soy la que siempre estará sola, al lado de las estrellas, de los cementerios en llamas, de las huellas del buitre en la nieve de todos los amores.

A él lo respeto con los lobos y con las hogueras. Lo amo.
Y sin embargo nunca seré yo lo que sueña mi amor en su piel, ni lo que sueña mi niña perdida en su barco.

Eso me pone triste. Y pone hambrienta a la loba. Con ganas de correr, de merodear, de buscar cuevas y cumbres donde no lleguen los sonidos de ningún pueblo, ni la historia de ninguna humanidad.
Hoy soñé que me comunicaba con un muerto y el muerto me explicaba la parte técnica de cómo establecer conexión con ellos.
Muy pronto iré a la montaña.
Hace unas semanas empecé a establecer contacto con el mundo de mis sombras. Con el rasguño del quebranto, con los motivos del abajo del río abajo.
Estos días con él, latían fogosamente en mí también los gritos del olvido. El tijeretazo del tigre. La abrasión de los que llegaron aquí sin manada, sin pie de página, sin puerto. Mis antagonias, mis celos, mis desdichas, mis sueños, el fuego del deseo, la perdición de los bares, el perfume de la nieve entre gajos de huella que no se queda.
Estuve muy lejos. Entre el amor y el hielo. En lo visceral de un murmullo sin país ni ley.
Ahora oigo de nuevo el camino del lobo. El zarpazo entre los huesos. La deshacienda de un aullido que erosiona el paso donde ningún camino compromete el horizonte.
La que escribe, no estaba allí. La que gestiona y cava y comprende, el alarido abstracto, no estaba allí. Yo era más vulnerable al caos endémico del fuego. Yo iba desnuda. Temblante de una esencia que llegaba como un cuchillo y un mar. Yo iba desarmada, con los cráteres de la luna ensangrentando mis ojos. 
Estar tantos días sin escribir me embriagó un canto extraño. Una emoción de lava. 
Mientras recorría mis sombras, me entregaba al amor y a la risa. Y era deshojada entre dos mundos, era dada y robada, en el mismo beso, en el mismo golpe.
Por eso hoy llego oscura. Con esa abrasión de una máquina de escribir debajo de la noche, derramando escaleras donde un tiovivo frota cráneos en la tierra seca y el agua resplandece la entrelínea de un grito.

Con él, mis emociones son avalanchas. Son desacordes de tequila. Son sirenas varadas de sal y de hielo. Son porros en los labios de un tren sobre la luna. Son lo que juré no hacer ni decir. Son lo que soñaba mil mundos tener debajo del abrigo, en las fauces del lobo.

Yo soy muchas mujeres. No todas se ponen de acuerdo. No todas respetan la vida de las otras. Busco la unión entre ellas. Y ellas me arrastran como en un juego de rol a los lugares más díficiles. A las puertas del inframundo. Porque es ahí abajo donde la luz luego es mucho más intensa y la certeza más creadora.

Sé caminar con mi esqueleto arrastras. Sé caminar bajo el naufragio salvando la dignidad y el grito. Sé perderlo todo ganando la guitarra. Sé hablar cuando mi corazón está roto en mil pedazos como si estuviera en el ballet. Sé fingir tanto, tan verdaderamente, que el poema siempre anida en mi sangre.

Él es salvaje. Es duro de roer. Es cruel. Es animal sin dios ni gobierno. Yo soy la zarzamora, soy la traficante de la flor prohibida, soy el réquiem, soy la tímida gota de lluvia en el cadáver de un ciervo. Soy la que expulsa un laberinto donde la arena desdibuja en mi rostro la mueca de mi espíritu para que nadie jamás pueda saberlo sin haber saltado en mi vacío. Me voy llorando y dejo una flor de papel en una risa de actores. Me voy muerta de frío y hablo del champán y de los hoteles de paso y las chimeneas, de la esperanza cuando yo no tengo ni una gota. Y es todo verdad. Todo rizoma que rompe las paredes. Todo poesía cuando el verbo es una erupción que nos abandonará a todos.


Él no me entiende cuando hablo como escribo. Cuando amo como ama mi poema. Cuando golpeo como lo hace la nieve entre mis tilos. Eso me obliga a la literatura, a la distancia de perros. Al cinismo del cabaret. A mi arlequin de esparadrapo, de cigarrillos alucinógenos, de mentira de esquimales frotando en la nariz la aurora boreal.

Por eso estoy sola.
Porque he estado sola toda mi vida, acepto el Teatro, inmolo mi corazón, arriesgo mi casa y mis huesos. Porque no quiero estarlo. Porque lo estaré. Porque soy de otro planeta. Porque acá sólo vine a cavar aullidos y vomitar montañas.
Porque no quiero estarlo nunca más, pero lo estaré mil años luz sin fin, me vuelvo una mendiga de sonrisas y huracanes, de ternuras de murciélago, y me hago trampas, dibujo en mi cuaderno de olas, las quimeras y poesías que lo salven a él de mí, a mí de él. Pero es todo fantasía. Es mi Léolo. Es la bicicleta de Alicia entre huesos afilados. Y la muerte-creadora, me dice, no estarás junto a él. Te harás daño. Él no puede sujetar tu mano. Él tampoco podrá salvar tu palabra porque esa palabra destruye su corazón, su tierra, su seguridad.
Y cuánto más lo quiero, más viuda cuido flores y astros en su cama. Más desahuaciada ruedo soles de chocolate y heroina donde su vida no nos duela. Y cuánto más lo deseo, más daño me hace la loba negra. Más civilizaciones se me mueren en los brazos, más futuros se cortan el cuello en mi piel. Más desterrada apuro el whisky, el vals de los locos, la tumba que se abrirá y lo devorará todo en su tambor de ayahuaska.
Allí también fue el amor. El fuera del quicio con la noche embriagada, con el temblor omnipotente de un desvelo que rompía estrellas en los ojos. 
No sé qué me pasó a mí. Tardo en saberlo cien páginas. Sé que le quiero más que antes. Sé que la penumbra desentierra mis viejos exilios. Cruzo la noche. A veces tomo demasiado alcohol y abuso de ese tipo de surrealismo que me deja sola. Ese disfraz. Esa rareza amotinada. Ese corazón acorazado que genera una reacción de distancia. Y yo deambulo entre mis sótanos y mis perdidas con una página de fuego que me salva y me maldice.
He hablado con él. Y un susurro de amor. A nuestra manera. Tal vez aquella cosa tan extraña que sentí, no es una distancia, es mi corro de la bruja, es el juego de animalarios en la selva ácrata. Tal vez nos una más fuerte entre esos nuevos términos que despierta la noche sin ley.
Somos como dos niños que se miran embarrados. Él es natural y salvaje. Tenemos los dos historias complicadas detrás. Y a la vez vino tinto y juegos de dados. Somos como avalanchas y cuando chocamos sangran todas las amapolas el valle. No nos quitamos de encima las piedras. No nos lavamos las heridas. No nos retractamos.

Yo estuve suspicaz de mi baile de LSD. De mi corazón loco, tan extraño, tan apegadamente retorcido en mis cauces. Tan extraterrestre y taciturno, tan febril, tan acorazado Potemkin, tan autista y desesperado de la ayahuaska, del mundo que no existe.

Con mi pequeña suicida pidiendo otra botella.

Lo que sé es que lo quiero. Más allá de mí. Quiero su libertad, su felicidad, su bien, aunque no sea conmigo, quiero su fortuna, su carcajada, su jauría libre, su mar indómita.
Quiero que lo besen todas las estrellas.

Necesito ir a la montaña.  Comprender allí. Vivir mil lejanías. Resurgir donde sólo la intemperie agita la salvia. Descivilizarme del todo. No oir ninguna palabra, no tener ninguna cobertura. Palpar lo que se abrió en surco en mi cuerpo con el objeto directo de la brizna y no de ningún retorno.

Yo soy extraña. Tengo mil laberintos entre cada dos palabras. Oculto muchas fechas en mi murmuro, muchas prisiones y tabernas en mi mueca. Me fui muy lejos con la metafísica. Muy lejos con la escritura y los perros. Mi forma de estar con alguien, es un arrebato, un robo, una explosión sin frenos ni destino.

Yo no soy como ellos. Porque yo alimenté a la hoguera que levita. Yo soy autista de la sociedad. He andado sola miles de planetas.

Tal vez por eso él tampoco pudo rozarme. Porque no es él ni nadie. Es mi forma de hablar con las estrellas. Es un marginación utópica e insurrecta, aunque sea también sanguinaria. Es un alud que me desgarra y me salva entre el rubor de un poema imposible.
Estoy preocupada por el grito desnudo del vídrio esperando en mi cajón el surco de mi aliento.
No sé qué ha cambiado. No sé qué de tu alcohol en mis noches me ofrece cuchillas. No sé cuál de ellas en mi adentro quema sus maletas y se va.
Esa timidez de pólvora cuando se abre la mano y se rozan los metales. Cuando se salta y se rebota en el infierno. Esa mía que siempre fue tan triste y que cruzaba los pasillos de tu casa buscando murciélagos mientras dormías. Esa mía que siempre se sintió la abandonada y la extraterrestre y que se despertó con tu sudor escribiendo sangre en la ventana.
Lloré sin lágrimas allí. Lloré con la mar y con las nubes, con el ron, con las botas de plomo, con las casas que nunca me abrigarán. Conozco ese quebranto, me he movido muchos años dentro. Pero el poema creyó que tú estabas libre de él. Creí que a tu lado, ella no volvería. Al reconocerla en medio de los dos como un abismo, mis procesionarias se llenaron otra vez de fuego. Y mis ojos se pusieron de noche todas sus simas.
Cayeron los castillos entre los gorriones. El cuchillo de Van Gogh me dijo que debíamos de irnos.
Y sé que aunque me muera por amarte, esa tristeza tiene demasiados significados. Es la distancia de la loba. Es algo que se partió con truenos en mi dibujo de acuarela. En mis ganas del monte contigo, como si hubiera llovido hielo, como si mi voz ya nunca más pudiera rozarte como antes.

Yo soy complicada y abstracta. Soy sinestésica de un alarido poético. He tenido experiencias que me separan de otros humanos. Creí que contigo eso no volvería. Pero volvió.  Sentí el desgarro. Sentí esa lágrima de absenta cavar tumbas en mis manos vacías. Sentí que tú no podías comprender mis ojos ni mis palabras. Sentí que yo no tenía nada que ofrecerte sino el dadaismo. Sentí que tu camino va hacia otro camino, que el mío no está en la tierra.

Cuando yo lloro, me disfrazo de mendiga, de punki, de alcohólica de tejados que vuelan por los aires. Empiezo a contar historias de manicomio, latas abolladas de hijos de la ruina en medio de un desierto en llamas. Cuando lloro hablo lenguas extrañas, llenas de calima y de pinturas rotas.

Tú me hiciste llorar.  Y el invierno se hizo muy largo. La vieja loba empezó a olisquear la senda. Y ahora oigo doblar campanas de espectros en mi piel. Mi corazón gime un sueño despedazado. Algo en mí quiere volver a verte. Y algo sabe que un animal se murió entre los dos. Que yo he de volver a mis territorios sola, que he de volver a amar la mar aunque nadie me haga sonreir ni un soplido me sostenga el suicidio de la luna. Que no ha de ser triste. Que es el camino del Tigre. Lo que hoy duele mañana será un barco.
Fueron días también hermosos. De aventura y grito paria compartido. De murmuro de viejos secretos de casas que ya han desaparecido, de cómplice mirada hacia la mar, de paso que se desvanece y crea sobre el fuego un nuevo instinto que avalancha la libertad.
Y sin embargo estuve sombría. Y fue ese vértigo lo que metió una zarpa adentro. Tal vez mi sentimiento de extranjera, esa introversión sinestésica, esa palidez de gas, ese pozo en mi corazón cegándome donde se pide otra botella y se caen las paredes.
Fue esa gravedad donde sentí que nos separábamos, donde sentí que tú tampoco me querrías. Donde sentí que me rodeabas con glaciares y con puntas, donde mi vulnerabilidad fadaba peyote enloquecida. Donde algo en mí lloraba mascando las arañas de Alicia, empapada de lluvia, tan lejos de tu mano, tan lejos de cualquier porvenir. 
Eso me puso triste, introspectiva, ausente, lejana. Me quitó las ganas de jugar contigo como si un puñal roncara entre mis huesos, como si tú me apartaras y yo sólo pudiera hacerme salitre que no pregunta, ni espera, que también se va.
Todavía floto entre la oscuridad y el corazón agarrotado de nubes. Un lugar intermedio entre la perdición y la isla. 
Un puerto donde cantar la esperanza, rodeado por cráneos y desiertos. El alud de la pasión y el guiño oscuro de la huesera.
Un sentimiento extraño que sólo el poema puede hacer suyo.
Sé que la montaña espera mi soledad entre la nieve. Largas tonadas de vacío y precipicio amarradas a mi mariposa. 
Cuando estoy con él habito otro mundo, pero no todas las mías pueden estar con el sol allí. Un frío abstracto me recorre la sombra del lapicero, la miopía de mi corazón de esparadrapo, el sueño suicida de mis saltamontes. Yo me ciabogo avalancha, me contengo expropiación. Me sumerjo aún pálida la hondura de la noche.
Se despertó muy intensa la penumbra y me llevó de su mano donde mi cuerpo aún no reconocía la extremidad de los barcos.
Ahora tengo que escalar y cavar, tengo que darle mil y una noches al fauno. Regresarme encima del fuego, comprender desde la herida abierta y su esperanza. Tengo que abrazarme otra vez a los árboles cuando se han detenido todos los mundos y rescatar de mi interior el verbo que siga haciendo música.
A él le quiero de forma mortal. Me atrae su oscuridad, la misma que me separa de su corazón. La que él usa para alejarme. Me estremece un lago desahuaciado de luna y me anega con el negro de sus ojos las excusas de mi poema, las armas de mi olvido. Me embriaga su desnudez cuando mira a la nada y le envuelven animalarios inaccesibles, naipes de precipicios sin dueño. Me ata peligrosamente el peligro de quererlo cuando ningún mundo nos sostiene. Me hipnotiza su cuervo devorando ojos de buey en mi faz, amurallando su cuerpo contra el mío. Atormentando a mi verso trasnochado. Enfriando con hierro fundido a la necesidad de amor de mi mujer esqueleto.
Le persigo como una raposa en la nieve, cuando nunca llegaremos a casa. Le cuido de mí, me hago la sorda, el mármol, la que no necesita ni pide nada, la que es a la mitad una muerta, la que nada le roza y sin embargo por dentro hierve de todas las tumbas.
Me gusta tanto que me entrego como el cementerio que pide de mí en su réquiem de siglos sin que nada nunca más le haga llorar.
Me humillo como paloma extraviada que flota en su hachís y se hace mar y se hace muerte.
Cuanto más le quiero, más alejo mi camino del suyo, pero me mantengo a su lado como el testigo omnipresente de todas las absoluciones. Envuelvo sólo en mí el daño. Sólo en mi el peso del frío y de la ausencia. Le lavo de la arista acuchillándola en mi pecho y soplando para que él no la lleve.
Oculto mi penumbra en extravagancias de mendigo y de coyote, de niña pálida y sola deshojando flores en el malecom.
Cuando él abandona su motín de hienas y me da su alegría, y me da su mano, vuelo con mil mariposas suicidas hacia la abrasión de su cuerpo, de su respiración, de su danza de héroes y de quinquis y parece que acaso vivo yo sólo para reflejar el whisky que sigue a su risa. Y parece que existo yo sólo para transitar de su existencia un vals de locos inmortales que le den todos los cielos.
Y cuando él dobla la esquina y deja una botella rota de ginebra en mi lado de la cama, guardo el luto de los murciélagos, abrazada a espadas que nunca lo culpan y se hunden en mi corazón de esparadrapo y me hablan de mundos muy lejanos donde yo nunca conocí a nadie.
Esa rasgadura cruzó en mí desde un vaso incendiado cuando la taberna era un coche sin frenos hacia la mar. Tus ojos envolvían mi abismo con hash y luces de san telmo a la hora en la que mueren los últimos supervivientes.
Me caía en ti como la desesperada alegría de un final. Como el opio del último día en la tierra. Como el auxilio cuando nadie está ahí para oirnos.
Contigo en la madrugada y una botella de ron tras el abrigo. Juntándote mi piel como benceno que se precipita a lo desconocido, como ciprés que se abraza a la noche. Como todo el amor de los que llegaron aquí para transitarlo siempre sin nunca tenerlo. Mirando correr el río en la noche, sujeta a tu cuerpo como la promesa de amor de una esquela y un fuego sin casa.
Contigo en ese bar verde, aullándote mil y una soledades en el carnaval del licor y de la luna. Contigo enjuagándonos la fiesta de los cuerpos y las cuchilladas del olvido.
Contigo en tu cama como la mujer-okupa de los muertos. Como tu error, como el camino que no tomarás, que no tomaremos. Con la ternura de los desheredados rayándome telúricamente el hueco de mi corazón. Hundiéndome en barcos sin timón desintegrados por las estrellas.
Allí me dolió el corazón. Como si el hombre de hojalata cruzara la calima y las islas desaparecidas de una lluvia muy lejana mordida en puertos que se tragaron los vendimiadores al confundir su pecho con una azada.
Era ese dolor viejo, de mil caminos sin zapato, de libros sin voz, de voces sin labios. Mucho más allá de él y de la tierra.
Era mi penumbra de extraterrestre. Mi hipersensibilidad de amanita y de anémona. Mi fragilidad de mujer-cristal y sólo viento. 
Me hirió su distancia en esos instantes como todos los cantos de desamor unidos en la lágrima de Franquestein, borracho en una acera dando patadas de plomo a la sombra de los tilos.
Me herí dentro de mí misma como si yo fuera un monstruo. Una criatura extraña que habla idiomas incomprensibles donde jamás llegó de vuelta una palabra.

Yo salí bailando con un esqueleto de un tigre del manicomio. Salí del réquiem con un sapito en mi garganta. Con una hiena entre los tambores. Con una flor de otro mundo haciendo danzas árticas donde el poema no conocía a ningún humano.

Es mi sombra del corro de la bruja. Es mi destino.

A él lo amo todas las vidas porque alguna vez me arrancó todas las soledades y me hizo reír como patito feo que encuentra su manada, como chimpancé que vuela entre los árboles. Como niña que vuelve al Nunca Jamás y canta.

A él lo amo porque alguna vez me hizo sentir el verdadero amor, en una órbita lejana y hermosa.

Aunque hoy mis animales vuelven a caminar solos.

Ese dolor que sentí, era también el Tigre, la noche de su espíritu, la comprensión de sus mundos del éter en las vértebras deshojadas de las margaritas de Marte.

Ese dolor me dijo, ché, ya se apagó aquél peyote. De frente a frente, somos un agujero de gusano entre una estrella fugaz y el olvido.
Me susurró que he de correr tan rápido como los rayos. Que para llegar a mi casa debo andar mil intemperies de desierto y hojalata sobre el fuego otra vez sola.
Me dijo que aquella medicina de ternura de lobos era sólo la noche más hermosa de un verano, que nos salva y luego se va.