HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

En breve iré a la montaña. 
Con mi casa de ámbar sin paredes.
Con mi camino de regreso sin migas de pan.
Con mi amor en peligro de muerte. Eso no lo sé evitar. Siempre me señala el precipicio. Su caricia ensancha mi sueño y mi tierra, su aliento, hiere, el alcance del naufragio.
Te amo con una bala en la voz que te llama. En la piel que te acoge. En la fe que te sabe y que te desconoce.
No sé nada de la confianza de la monogamia, ni el matrimonio, ni la pareja estable, ni de la promesa del mañana, ni de la casa que estará al amanecer para ventilar sus rincones.
Nosotros nos amamos como animales que pelean, con un celo multitudinario, con una noche que es la última noche.
Nosotros nos estamos con una estación infiel que nos cuenta los secretos del mar.
Contigo es imposible la seguridad de tenernos. Somos el fuego. A veces nos llegamos al paraiso. A veces volvemos desmantelados a la guerra pendiente con la nada y con el sol. Abandonados el uno del otro, amoratanados, como traficantes, como cuchillos de arena en la red del tiempo evanescente.
Yo hago trampas a tus trampas, a los deslices de la duda y del volcán..., pero soy entrampada por las dos. Tú también padeces el vicio de tu jugador de naipes y el as de la manga nos sale por la transversal, planta mágica y golpe seco. 

Caminos de sol, entre el alfabeto de las piedras.
Fotosíntesis del hueco engendrador de la luz de tu pupila atravesando mis habitaciones como la máquina de escribir de las criaturas oceánicas.
Te amo con lo pagano y con lo sacro. Con lo que no sabe amar, y sólo es un cacho de pan y una botella de orujo, entre dos ladrones. Te amo con mi egoismo y mi comunismo libertario, manchando con tiza la noche estrellada. Te amo a simbiosis y al todo para mí. A espada de damocles sobre un teatro, en mi corazón como la astilla, en mi fiesta como la marihuana, en mi purgatorio como el pecado que no me deja salir. En mi reunión de alcohólicos anónimos como el licor de la eterna reincidencia, en mi bautismo como la apostasia, en mi casa como el incendio para cobrar el seguro, viaje a Venus, salvavidas y sin frenos, a toda velocidad para trepar de luna el pozo de la tierra, para salir con los pies por delante el nacimiento de la música.
Te quiero como se quiere a una montaña, a un lobo, a la mar, al cómplice enemigo. Talón de aquiles, botas de plomo en el Leteo, barca de heroina por los pasillos del antro de la mala muerte, sudor de águila, de serpiente, de océano, entre mis piernas fecundación del infinito que no nos dará hijos, sino barricadas y volcanes, pájaros de éter, paraisos, la vida.
Te busco como busca la raposa la noche entre las zarzas. Como busca el yonqui la moneda. El sacerdote la experiencia religiosa. Como el nómada se tosta de rocío en el alba de los trenes. Como la piedra hace fuego con otra piedra. Como el clavo que saca todos los clavos de la cadetral y la hace ruinas.
Vivo sobre el aire.
Me acojo en el beso de la nieve, la libertad de enfriarme ajada a tus labios, los poemas del olvido.
Emboscarte mi pasado muerto en una botella de champán. Celebrar ebrios la ausencia, mientras atamos nuestras almas al gozo que penetran los cuerpos en la luna. Cuando no pervive ningún equipaje, ni la cicatriz hace mapa ni costumbre. Ni los hechos construyeron la experiencia.
Bebo de tu piel, los barcos piratas, de tu viejo amor, el que no volverá a cantar su morada en mi vida. Yo te amo sobre tu cementerio del amor. Nos lo hacemos en el mármol, como dos leones que saben de la resurreción a través del naufragio. Eterna flor de lo que sueña, se entrega y vive. No seremos la casa de la que venimos huyendo ni aquella que añoramos con todos los gritos. Nos somos movimiento indomable de la extraña intuición de ser algo más y algo menos que la nada y las estrellas, incertidumbre de tomar el fruto y la pérdida, aflojarnos de tierra, ensancharnos de fuego, donde nunca sabemos tú y yo lo que nuestro plural perpetra, abandona y toma, amantes indefensos y furtivos... de la inmensidad y de la muerte.
Quiero abrirme hacia la mar.
No digo que no a nada que se cruce en mi camino, y me provoque el vértigo. Vuelvo a ser esa contradicción de la bala en la mano vacía, del fango en los labios del venado tatuado en mi cicatriz. Vuelvo a volarme la cabeza si suena una canción capaz a traer la luna. Voy otra vez con mi esqueleto atado a las cuerdas de una guitarra. Me ofrezco a la cacería, soy el hambre y la recompensa, la herida y el arroyo.
Voy con mi miedo, en el desborde de mi boca, él me da la garganta, el grito y la trinchera.
Voy desfallecida, sudando un mundo que no puedes imaginar, disfrazada bajo el mundo que puedes comprender. Dándole pilas a tu caja de música. Dándome carnaval. Voy con Alicia escondida en mis piojos. Voy con mi precipicio como mis zapatos de tacón. Voy con mi muerte y mi sacrificio, como un poema de borrachos a las puertas de un bar del que nos sacaron a patadas. 
Soy eterno teatro, de la sangre que escondo derramada, con la que me visto, te toco, te aparto y te atraigo a mi casa sin paredes.
Lo que sólo confieso cuando me confiesa el bosque.
La perra que soy cuando me miran los perros.
La tumba abierta de costilla a costilla donde el viento agitó el cierzo que quemó mis naves. 
Mi laberinto del Fauno envenenando el grifo del psiquiatra con LSD.
Mi ardiente indiferencia. Mi vicio elevado a la enésima del coma etílico de Dionisio. Mi suicidio de Marte. Mi celo succionador en tu cuerpo, su máquina de escribir, su oficina de locos, chupándote todos los pecados, a cambio de esa nómina que robámos a los muertos. 
Soy poema sin brazos y sin patas, follando con Drácula el sabor de tu sangre.
La loca de la colina que debajo de la mar habló con las caracolas y cerró el chiringuito para siempre, por fracaso y por arrogancia.
Hay mucha belleza en el paisaje. El amarillo y el rojo, eclosionan como una tortuga de mar en los pechos de una hoguera oceánica.
Yo vuelvo a amar. Amo desde un hueso renacido con la carne indiscreta de lo que quiere vivir eternamente.
Vuelvo a mirar de frente a la vida, a hacer con mis dudas, un papel quemado que oculto en un cajón que flota a la deriva por el Leteo y que nunca diré en voz alta. De pecho adentro, fusil de luna. De alma afuera, todos los universos.
De mi patito feo, un diañu que sabe quién soy. Un rayo que cruzó por Mercurio y dijo mi verdadero nombre. 
Arbolada resistencia contra las paredes del manicomio, pis en los suelos de la patria, pólvora y que os coman las chinches que a mí me dan Peter Pan para las noches del hambre.
Sé que soy la goma de borrar en tus ojos, el pozo de etanol, Franquestein o la ramera.
Sé que mi naturaleza está atormentada por un duende, liberada y celebrada, por la muerte-metamorfosis de un crepúsculo exiliado.
Yo no me puedo abarcar a mí misma, porque yo me entregué al Infinito. Clavó sus mordiscos en mis costillas y me hizo a la mitad un extraterrestre, la nada, la ceniza, la lava y la trampa perpetua del teatro.
Alicia me robó los cajones. La voz me la dio su gasolina.
Cumplo todas las fantasías. Sé que todo lo que yo ame, todo lo que yo piense, todo lo que yo sueñe, se hará materia en algún tipo de dimensión. Sé que también el infierno. Sé que detrás de los cuerpos, una oceanada de rayos cósmicos, nos alumbra y nos somete, donde hay que perder la cabeza para poder conocer el sonido y el alcance de lo vivo, de los dioses.
Yo no me debo a nadie. No le debo párrafo al nihilismo ni a ninguna pasión.. Mi atea y mi creyente, fuman el mismo canuto. Mi anarquista y mi cucaracha de Kafka, han matado a sus gobiernos y a sus futuros. No me debo a ninguna ideología. Sé que siempre elegiré el bando roji-negro, pero que en mis sueños soy daltónica, hija de una rata-punk, de una cabeza de tres ojos, antenas y cuernos.
El fragmento que escribí en la anterior entrada, pertenecía sólo a tres o cuatro horas de una tarde. Pero por la mañana hubo uno igual de intenso. Y así, durante dos meses. Vivía en el Infinito. En una traslación evanescente de las metáforas oníricas, de los viajes de amanita, del fuego. Quiero ir escribiéndolos todos. Regresionando al órden y lealtad en cómo me llegaron. Pero cuando me apetezca, no quiero forzarlo. Yo vivía en la eternidad. Es importante para la integración de mi espíritu la lealtad a mi éter. La lealtad al estado de conciencia donde la experiencia se hizo una metamorfosis y la magia. Quiero escribir el de la montaña y cuando monté a caballo, los cuatro caballos nagual,  y la traslación a los caballos que aparecieron como umbral en el estramonio, la apertura de esos caballos en mi espíritu cuando crucé la frontera, el perderme luego en la montaña, las águilas, esos árboles de dios, mi jugar, el lugar de la eternidad que vi allí arriba. La liberación salvaje de mi ser frente a la muerte.
También fue importante el de la noche del tambor-carne-vino tinto, útero que lo hace con todo, también con los muertos. Fui inmensamente feliz esa noche.
También el de la otra pelea con él y esa violencia renacimiento, ese amor congelado preñado del fuego.
También el del arroyo, la pala y la escoba, el lado izquierdo, llegar con los ojos cerrados a la cumbre. El canto, el amor, los duendes.
También la de la casa de las brujas.
También la de la acampada-infinito-herida.
La del viaje-hachís por los bosques con mi madre.Y la corazón-corazón con mi padre.
La de mi guerra con los del pueblo, en esas cien situaciones distintas.
La regresión del espectro del perro, espigas, la cuadra, el ladrón, el perro nagual, el lobo negro.
La del hada del bosque. La de los ríos helados lavándome toda el alma.
La de la leña. Las que tenían que ver con Kavka. Las de las arañas. Las de los ciervos.
Las del éxtasis. La loba liberada navegando. El sexo en el umbral del infinito. El punk. La lengua y la pólvora por fuera.
La del asalto junto a él.  La de la rata del trastero. La del duende. La de la música-teatro.
La del manicomio. La del pinar. La del radar telepático. La sincronía. Lo que se sabía con la punta del hueso. Las energías fusionadoras de lo imposible.
La de los toltecas, las luces chamánicas, la otra conexión.
Fue una experiencia extraordinaria. Lo mágico se explica mágicamente. 
Yo ahora estoy en un sitio nuevo, diferente, en una zona más gris, pero también tengo más capacidad para unir y estabilizar mi hoguera. Estoy más en la tierra. Estoy transitando. Estoy en esa senda que aunque duela, enraiza más profundo el secreto del agua. La posibilidad de vivir en los dos mundos y nunca perder ni el beso de la estrella ni el vínculo con la tierra. No salir volando por los aires pero nunca andar de rodillas.

Hay niebla mordida en las cumbres, todo el cielo cubierto. La nostalgia del venado atravesando el camino de nadie.
Pienso en la recapitulación de los recuerdos de mi metamorfosis. En la metonimia metafórica. En las cien capas de cada recuerdo. En la traslación y convivencia de lo extraordinario. Ésta vez no voy a arrebatarme el puente entre los dos mundos. No voy a renunciar al conocimiento ni a la vivencia. No voy a permitirme ningún olvido, ni a ser religiosa de nada de lo mío.
Uno de los recuerdos más inquietantes, fue el de la montaña y el de los lobos. Yo estaba con él, lo sentía un hechicero. Quería encontrar el lugar de mis sueños, donde vivían los lobos. Había una cabaña en mis sueños.  En el monte también había una cabaña que había sido quemada, era muy extraña, parecía un collage de vudú, todo eso a mí me causó éxtasis y alegría. Un extraño humor negro. Una traslación entre lo onírico. Fumamos hachís allí. Yo tuve una regresión con el hachís, al viaje de la hierba del diablo. Me sentía en otra dimensión. Y él, era un puente, era una planta mágica, lo sentía mi protector, sentía su hachís también como mi medicina. Entré en un extraño estado de consciencia, ya que por un lado comprendía, vivenciaba, zonas del viaje con el estramonio, a la vez con mis sueños, y a la vez con la realidad que él acompañaba. Luego subimos hasta la cima, yo no me cansé, tenía una fuerza de fuego esa tarde. Nos echamos luego entre rocas, un lugar hermoso, era como una cama-cueva, abierta de intemperie, como un barco que cruza la grieta. Allí tuvimos un encuentro sexual, pero yo no lo hacía con él, yo lo hacía con energías, visioné en él, un ángel negro, con alas inmensas como de dinosaurio, para mí era hacerlo casi con la muerte, con la metamorfosis. Después cerré los ojos y no los abrí ya en mucho rato. Yo seguía viajando mi propia experiencia, y él era un duende que me daba una sincronía muy profunda. En una zona llegué a la trampa del lobo, supe que había permanecido muchos años allí, y que ahora lo estaba liberando, rompí unas ramas a ciegas y se abrió un infinito, una viaje cósmico encima de mí, respiré, como si hubiera estado sin respirar cien años. También sentí un lobo sobre mí, mientras él, en el otro lado me acariciaba.
Cuando bajábamos lo empujé por un barracón y los dos caimos y rodamos, jugamos en la hierba. Yo traté de soltarme de sus manos, pero él tenía más fuerza y en ese baile sentí que mi cuerpo energético recuperaba su llama, su punto de encaje. 
Luego bajamos corriendo. Yo cerré los ojos. Porque quería recuperar los ojos de mi nagual. Iba palpándolo todo con energías, no me tropecé, no me arañé, algo de mí sabía. Estaba extasiada. Me sentía por primera vez libre. Ebria de vida. 
Al llegar al río, visioné en el río, serpientes y gusanos, algas muy verdes, huesos, calaveras, sangre, bebí de ese río y me dije hay que follarse a todos los gusanos. Me sentía una bruja.

Al salir de la montaña nos separamos sin decirnos ni una palabra.... estaba en estado de sock, al salir de la montaña, sentí que llegaba a un mundo extraño, y yo era una balsa de evanescencia, fui a mi casa pero estaba cerrada, así que seguí a mi perro, y el perro me llevó a la casa de él, donde estaba su madre y mi madre.. Tuve un enfrentamiento con mi familia. Los sentía mi inconveniente, mi jaula, mi represión, y a la vez mi herida. Paso algo mágico y doloroso, belicoso.

Luego me fui con él a los prados. Yo estaba ensimismada en ver cómo arreglaba el dilema que tenía con mi familia mareándome. Estaba todavía viajando en trance. Él me dijo "no debes pasar tanto tiempo mirando hacia la nada, es malo eso....vaya pantallazo" Yo le dije "estuve mucho más lejos en mi pasado, estoy tratando de regresar" Yo estaba haciéndome un exorcismo de los malos viajes, del pasado, del estramonio, del hachis. Luego él dijo algo mundano, que me sonó estúpido, y le tiré tierra a los pies y le grité "no empieces con tus mierdas". Él me dijo "mucho cuidadin conmigo" Mientras le amenazaba con tirarle más tierra. Y tuve un arrebato y se la tiré a los ojos. Luego también pasó algo mágico. Sentí un estremecimiento de amor, en su forma de quitarse la tierra y en la lágrima que le cayó del ojo. Me dijo enfurecido ¿quieres que te haga yo lo mismo?. Yo le dije que sí, y me puse como una leona en ataque, como un juego. Él dijo "te libras por un pelo". Y se fue a la fuente a lavarse. Yo me acerqué un segundo, y me estaba entrando la risa, pero no quise que él lo notara y me despedí amorosa y tímida, diciendo sólo hasta luego.

Después de eso mi teléfono se había quedado en ese lugar oculto entre árboles y zarzas, donde le tiré la tierra.
Tuve una discusión con mi madre. Le dije que si estuviera follando con papá en la ciudad en vez de darme a mi lata mucho mejor nos iba a ir a todos y me quitaría todos mis problemas. 
Ella se puso neurótica porque yo ya no tenía teléfono. Yo le dije "mucho mejor así no me andáis llamando y si os queréis comunicar conmigo aprendéis a hacer hogueras y señales de humo como los indios. Ella no paraba de llamar con su teléfono a mi teléfono, yo le decía ¿quién crees que te va a responder un árbol?
Luego la llamó mi hermano. Y armaron mucho jaleo con sus cosas. Y yo entonces salí de muy mala ostia a buscar el teléfono, pero ya era del todo de noche. Yo no lo quería encontrar y no lo encontré.

Todavía es de noche. Tengo mucho qué hacer. Lo que yo busco se encuentra bajo una línea divisoria de evanescencia. Lo que verdaderamente me impulsa, se halla en otro tipo de pacto-interpretación con lo existido. Pero a la vez, quiero vivir la vida de acá, hacerla una continuidad que multiplique en ambos mundos, el poema y el canto. 
Yo no estoy loca. Aunque estuviera en el manicomio. Los términos locura-cordura son de gente soy-el-ombligo-del-mundo, son de fascismo-la-tierra-es-plana. Son de apoltronados a los retretes del país y de la cultura. La realidad es inabarcable. Es el filtro de la mente la que genera la percepción. Y en la mente entra todo el universo, depende que ojo se coloque ante el filtro. 
El perro, el murciélago, el virus, el árbol, tiene otro filtro, y no por ello su realidad es perturbada. Es perturbadora tal vez para nosotros. Pero es tan real como la nuestra, tan falsa como la nuestra. 
Yo voy a seguir con mi camino. Sé que es peligroso a veces. Pero ahora sé algo que no sabía. Ahora estoy más alerta. He aprendido en otro nivel del que ahora no tengo del todo la palabra, cuál fue mi error, aunque también sé que ese error lo necesitaba, para visceralizar el resto de comandos y hacer al sangrar la herida una apertura en la noción, un fuego en el camino. 
En ese tipo de senda, siempre se está a solas. Pero ahora soy libre. No tengo que enfrentarme como en mi pasado al fascismo de la psiquiatría, porque los he mandado a la rechingada, porque mi camino se abre en el centro evanescente del bosque. Es la Naturaleza la que me ofrece el fruto, el hogar, la fidelidad y la certeza. No son los humanos. No es ningún sistema, ni fábrica, ni grupo. No son los humanos los que me darán el conocimiento, aunque también en ellos, reside una parte de mi corazón y de mi sueño, pero es un baile de rock, no de juntos.
Soñaba con un ex, uno muy lejano, estábamos juntos en una casa, y en una pantalla, salieron unas fotografías suyas, muy surrealistas que también emitían su voz, y exponían una vieja escena que él daba no sé qué explicaciones. Luego yo cerré esa pantalla rápido pero una de sus fotografías se quedó allí y eso me molestó porque yo no quería que él las viera. Luego él bromeó y recordó cuándo se había hecho esa fotografía.

Luego estaba con un chico, en un campo muy extraño. Estábamos plantando una especie de junco con espigas granate-negras. Primero pisábamos la hierba que estaba muy alta. Yo quería plantar en otra dirección no en la que él lo hacía. Apareció un señor dueño de aquellos dominios, y le iba a preguntar si eso se podía hacer en una ensalada, pero no le pregunté nada para que no sospechara que nuestra intención era comérnoslo, no sé si estábamos allí perdidos, ladrones de algo.

Me desperté pensando que en los túneles de mis sueños, apareció ese ex, porque un sentimiento violento y roto del corazón, no resuelto tal vez, interviene todavía en mi nueva relación sentimental. Algo oculto. Yo quería ocultarle a él que conservaba sus recuerdos. Pero esa pantalla los desveló. 

También comprendí parte de mis delirios, yo actuaba despierta, como se actua con los sueños. La atmósfera de los sueños pone a prueba lo oculto, lo herido, y se busca una salida. Los sueños son una especie de pelea constante con el conocimiento.

Luego pensé algo más raro. Pensé que los dominios donde aparecía ese campo, era la conexión con otro tipo de puerta. Y el hombre que apareció en el campo, era la consciencia, el nudo, si me hubiera atrevido a forzar lo que parecía una oscura intención y hablar con él.... Pensé que los sueños tienen sus mapas, sus acueductos, sus distintas dimensiones. Y cada dominio tiene un acceso para que se convierta en un sueño consciente, en un ensueño.
Ese campo.... era incómodo para mí aunque no sé muy bien porqué. Esas espigas que tenía pensado comer tenían algo que me daba vértigo. Algo que me rebeló el sueño, era que yo debía seguir mi propia dirección, no hacerme caso de nadie. Tal vez el chico con el que iba era Yoseba, y yo accedí a plantar las espigas donde él dijo y no dónde yo quería. Eso es lo que tengo que evitar.

Quiero volver a escribir los sueños, porque son una fuente de conocimiento. Porque mi metamorfosis, lo que me llenó también de delirio, empezó en mis sueños. Yo vivía en el mundo de afuera bajo la ley de los sueños, yo me comunicaba con mis sueños y ocurría la magia...Pero yo me equivoqué en los sueños. No supe trasladar la información de forma armónica, además tenía una herida muy violenta en mi entraña... que quería exorcizar, y pequé del vicio de la adrenalina..... Por eso necesito volver a ser consciente, a despertarme en los sueños, y no volver a meter la pata. Los sueños sólo te dejan despertarte en ellos, cuando actuas con impecabilidad, cuando no tienes heridas, ni te apartas de nada de su atmósfera, ni te proteges, ni huyes, cuando hay armonía y consciencia en la vida cotidiana, cuando hay fuego, y cuando los escuchas. Cuando aprendes a descifrarlos. En la época de mi "locura", todos mis sueños, eran ensueños, eran conscientes, en mis sueños yo pensaba, preguntaba, tenía distintas capas de conciencia, elegía qué hacer, y había unos reflejos de energía o qué sé yo, metidos en unos personajes que dialogaban conmigo de un modo perturbador y mágico, me daban respuestas, había una comunicación muy extraña. Yo me perdí, porque cuando estaba despierta, pensaba que esos personajes eran brujos y que existían realmente y que bajo un trance habíamos entrado a la misma dimensión y que muy pronto me reuniría con ellos para siempre... y ellos eran mi verdadera familia..... Ahora creo que ese tipo de dimensión del sueño, es otra cosa, aunque no quiero todavía decirlo en voz alta porque albergo muchas dudas.
Es la hora de la anochecida.
Me ha llegado un ciclo de piedra, de hollín, de timbre volado por los aires.
De entraña acuchillada en los labios de un pez de fuego cuando el mar es muy frío.
Me conozco también en ésta latitud de tundra. En éste desaire de lobo que se aleja. De grito derramado donde el tercer ojo del suelo sacude de abismo el recuerdo de la fractura.
He recordado algunas cosas incómodas, díficiles de explicar, me generaron angustia y a la vez la necesidad de armarme. En esa armonía que se pelea a hueso roto. También me habito cuando me ensombrezco como una carta quemada en los dedos de un tranvía del insomnio, con tu nombre amoratanado en la fiebre de mi espalda.
Soy a veces el boicot de mi gota de lava. Donde empieza el gemido, donde acaba la bofetada.
Las profundidades de mi silencio no me tienen piedad. Me abren los ojos como guillotinas a la soledad de la luna. Me cambian de sitio las paredes y yo sueño oji-abierta el jadeo de los árboles donde tu rostro-cadáver no me borre con tiza, ni me gima lo que no es nuestro.
El temblor del desvelo.
Recordarlo otra vez todo en una fuente extraña y perturbadora.
Tomar una dirección y no dudar. No escabrar la palabra. No sacar afuera el mordisco en la palabra, sacarlo hilvanado, el whisky de luna, el grito del beso y del trueno. Conservar la fiebre en el fuera de campo que embriaga al latido. Boquear la senda, armada de tierra y portar la sequía, sin fandango, sin represión, sin piedad. Ser el cuerpo amoratanado de un aullido, pero la garganta libre de su afluente.

He estado en un lugar extraño. En una regresión de mis sueños y su umbral. De ese lugar transitorio visto desde una montaña encendida. Con mi casa, colgada de los dedos de una estrella. Con mi corazón ensortijado de hambre y de plenitud. Con mi moratón en los labios tatuado con el filo de un cuchillo que robó tu susurro de mis aceras, y lo clavó donde mi mano vacía acogía la ausencia y tu inmensidad.
La distancia física que hay hoy entre nosotros, es también hueco-engendrador de la pasión.
El deseo se sostiene y se multiplica, en la insatisfación del deseo.
Porque el deseo nunca surge de lo habido. Surge de la ausencia. 
Porque cada vez que hemos cumplido una fantasía, hemos subido la montaña de otra cavidad más profunda y ardiente. Porque cada vez que nos amamos conocemos los vocablos de un nuevo gemido, y damos a luz un nuevo infierno y cielo, teñido con sudor, sangre y ayahuaska.
Porque somos animales insaciables de lo Infinito.
Porque mi útero, no sólo es un órgano sexual, es un piano de estrellas. Porque la energía sexual no se limita a lo humano, ni a lo carnal. Porque ella es un puchero de brujas, el principio del universo y del beso de la muerte.
Porque usamos al hambre, como azote del volcán.
Porque nuestros cuerpos son un poema que nunca acabamos de escribir. Con él, nunca es suficiente nada, él atraviesa en mi matriz, un combustible cósmico, 1000 revoluciones en la plaza asaltada de mi olvido, con cañones y guillotinas, con versos de amor y de venganza, con el fruto de lo vivo y la mirada de frente a lo muerto.
Porque cuando me fundo en su piel, me recorre un astro prohibido la rebeldía de dios, tan adentro, tan salvaje, tan armada y eterna que mil bestias anidan en mi pecho la dictadura de la eternidad y el motín del fuego. Porque salgo volando y destruyo todos mis paises y decapito mis gobiernos, y ajada a la belleza depredadora me convierto en un jaguar, en un pozo sin fondo, en una llenura sin límites.
Porque el orgasmo no acaba donde empieza. Porque me deja cada vez más abierta la luna, más guerrera la hoguera, más yonqui el deseo, más quinqui la gruta, más inacabable el sueño.
He dejado lo del amor libre descorchado en la mesa.
Tal vez porque camino con un incendio y una vieja cicatriz. Quise ponerle un condón libertario, al no pronombre de mi hueso mordido.
También quise obligarlo a posicionarse en la posesión del fuego de mi vagina.
También porque tuve miedo al saber que lo necesitaba, que lo amaba, que él podía herir mi corazón. Que cuando saca a su lobo en la crueldad del viento, hay un escenario en mi piel que se llena de sangre y hervido coñac.
También lo hice porque mi vieja romántica fumó demasiado hachís en las tumbas. Y quise protegerme de ella y de él.
También lo hice por nuestra erótica del extremo y de los unicornios atravesando lo desconocido.
Lo hice por el poema. Por la libertad. Por el hechizo. Por la anarquía.
Lo hice para cuadrar a mi mujer-esqueleto en la orgía de la luna.
Lo hice para celarlo, para que desconfiara, para que supiera que yo no soy una casa, para ver a su animal salvaje clavándome los cuchillos y los astros con los ojos. Pero lo hice también por el efecto contrario, de nuestro plural, obseso y posesivo, derramado, celoso de su peyote, de su océano, de su tumba. Lo hice para que yo fuera una espina evanescente en su pecho y me reclamara el hogar que no tenemos ni tendremos nunca.

Porque los dos somos hijos del fuego y de la ruina. Pagana canción del universo.

Lo hice para no perderlo y para perderlo.
Lo hice por error y porque era el único acierto aquella vez.
Porque somos unos lunáticos. Porque él a veces me ama con fusiles y plomo. Porque él a veces me expulsa como una droga a tierra de nadie. Porque mis timones son piratas, porque los dos somos lobos. Porque los dos tenemos dentro una casa desahuaciada. Porque los dos tenemos la nostalgia de volver a nuestra tierra, de encontrar un sitio donde poder quedarnos, de descansar y amar sin guerras, pero no sabemos. Porque los dos emergimos del réquiem a través de la navaja de Diógenes. Porque nos llegamos de mil desamores podridos en el aqueronte, mutados en el cuerpo de un murciélago de la bala y del adiós. Porque nos ascendimos a través de la indiferencia. Porque nos amamos primero sólo con el cuerpo, con el rayo, con la noche.
Porque cuando nos dimos cuenta ya estábamos muy dentro de la hoguera. Y no jugábamos al amor, pero el amor nos cazó la sombra, nos descubrió con hachas el hueso y dio nuestra carne al infinito.
Nuestra historia normal no puede ser. Nos unimos, nos fundimos, en una fractura de la realidad ordinaria, compartiendo lo onírico, el fuego del cosmos, la crueldad de la luna, la pólvora del cielo y su fruto.
En el hachís, en la magia, en el desacorde del punk sobre la tierra. A pelea y ternura desbordada, con el animal por fuera, con el corazón volado por los aires. En la oscuridad y en la luz. En la contradicción, en la tundra y en la selva.
Extralimitando el deseo todo lo imaginable. Mezclándonos en el monte, en el río, en el valle, entre colchas, hojas, agua, luna, noche y crepúsculo, amarrados a árboles, a paredes, a malecom, a camas, playas, hostales, al lado del gran espíritu, de la hoguera, de lo imposible hecho el suelo.
Con demasiado vino, en el ayuno, en el café y a la hora de la ayahuasca. Con lo sacerdotal y lo depravado, con el Sueño trinchera y vacuna contra la vejez y la muerte. Como pintores de la arruga de los bosques y de las estrellas, como ladrones de sus grutas, como niñxs salvajes. Brujos exiliados, probetas de la eternidad. Pasión desbordante, arrogante, violenta. Blancura goteando entre las piernas, subiendo la cocaina del olvido, de la vida eterna.
He hablado con Yoseba. Hemos jugado y reido. Hemos reconciliado el atentado de la llama. Me ha subido la adrenalina, el deseo, la esperanza y la paganaría de duendes. Ese juego perverso e inocente. El amor y sus profanos animales de nadie, atados en la lava y en el cielo. 
No sé qué droga él lasciva en mi pecho. Abordaje de lo inefable, contradicción mordida en el infinito deseo, oscuridad y luz, retroalimentada en otro mundo, venida en mi corazón como el paraiso y el infierno. Fractal volcánico de un hueco enamorado, de la quinta cerveza en el hálito de un templo asaltado por el escalofrío del vacío, por la salvajidad de los confines.
Algo tiene que él que me ha embrujado. Me desata, me deja indefensa, me ofrece a veces la amanita mágica y eterna y me hace el insaciable fuego de su búsqueda y posesión. Cuando me la arrebata, me hago de corsarios la arista, el celo, la venganza del comunismo libertario. Y le robo yo también la amanita que le daba, le muerdo el corazón, lo echo a proa del naufragio, lo sostengo también con la misma serpiente que él me ha penetrado.
La pasión es tan intensa... que mis colchas son velas encendidas y la cera es mi suspiro recorriéndole lo imposible.
Hoy noté que cuando le hablé de esa historia, él desconfió de que dijera la verdad. Eso me excitó, porque noté en su duda un incendio de mi cuerpo. Porque supe que el mordisco también había llegado a su alma.
Es ésta forma de raptarnos.
De entregarnos pieza de caza, el uno al otro. Sin soltar el fusil.
Me secuestras de la bala que te juró en mi vida tu destrucción. La penetras en mi cuerpo como una canción de cuna que me menstrua amapolas y deseo. La mano que sujeta el arma, toma de tus jadeos, noches huracanadas que usar contra ti, cuando yo esté de tu lado.
Te robo de la excepción que firmaste en el horizonte. Soy esa palabra que estropea en el diario de tus promesas el cumplimiento, anacoluto que te pone violento e indefenso entre mi lengua. El lugar donde caes amoratanado de la historia de tu vida. Sin coartada porque pecaste en mí, el fuego de esos hechos. No saldremos ilesos. Ya es muy tarde para eso. En nuestro rito de la noche, de los cuerpos fundidos, del cielo explotado, tomamos de lo desconocido como un robo la llamarada que hicimos el latido. Y enganchados por ese calambre, nos poseemos y depredamos, ebrios de amor, al lado de la muerte y todos los mares, como un dominó caido en los molinos de viento.
Voy con hierbas quemadas, el corazón desbocado del vicio de mi hoguera, en ese tabú de la cumbre del deseo, donde el hueco la levanta y la atormenta, en la insatisfación-engendradora, en el robo dador del verso de la llama.
A un paso de convertirse en dios y en las cenizas de todas las derrotas.
En ese lugar donde llevo por sombrero, la cabeza-cadáver de un animal extinto. Y mi corazón es una flor y un desierto, del canto, una tumba y una morada, llamándote a mi vida. El réquiem y el fruto que te ofrezco, desvestida y desarmada, sin saber ni siquiera qué es lo que lleva mi mano, ni quién detrás de tus ojos me ha clavado la daga y el amor.
Te reconozco sin poder escribirte ni fotografiarte. Te hallo sin saberte. Te separo y te invoco, en el extraño escalofrío de un depredador y de una madre.
Te sufro y te celebro, en mis ruinas, en mi fiesta del whisky y de la máscara, de la carne y del templo, pierdo a cachos mi vida cuando te tengo en el cielo, pierdo trozos de mi alma, cuando en el infierno nos amamos por paraiso. Y cuando desolada cruzo contra ti los caminos, gano en la montaña, otra flor prohibida que luego quemo en tu alcoba.
He estado por ahí un rato de prado y callejuela. He sido consciente de ciertas emociones-comandos que empiezan de un modo vaporoso, irracional, un latido, un estremecimiento y que luego arraigan pensamientos y un cambio profundo de ánimo, a veces tormentoso. Al ser consciente las he frenado antes de que me llevaran a esos ciclos de éxtasis-depresión y laberinto afectivo. He sido consciente de cómo se juntas esas ecuaciones mentales y generan una duda, una desconfianza hacia mi misma, un aullido de sed, y al detenerlas y devolverme al viento he ganado control sobre ellas.
He sido consciente del grito de mi entraña. Y he comprendido la raíz dónde surge mi zona impulsiva-agresiva-atormentada. He entrado en trance, a través de vivirlo desde un foco más profundo y menos personal, sin herirme del objeto directo de la herida ni del grito. Al expandirlo y verlo como un arroyo del todo, he podido experimentar otra comunicación más profunda con mis problemas y también hallar el fuego de la perpetua solución, en la lucha y en la voluntad.

Luego caminé por el pueblo. Tuve tal vez algo de nostalgia del verano, y esa nostalgia me hizo pensar en abandonar el pueblo, irme a vivir otras aventuras, abandonar éste lugar y poblarme de otros horizontes.

Aquí no estoy abierta a la gente. No soy amistosa, no me dejo seducir por la magia. Voy como loba. No pertenezco a los cotidianos de la plaza, ni de los bares, ni de los problemas vecinales ni conversaciones, ni ostias. No tengo abiertas las manos. Voy siempre con un puño, con una distancia, con un desierto y bosque de por medio haciéndome escudo. Eso hace que mi soledad sea más arisca y cerrada, más tumultosa, más abisal para cruzar a lo universal del hueso y de la sangre. 

Cuando estoy de viaje, todo eso se transforma. Yo soy más del viento, de amores marineros, de deseos de conocer gente y mancharme los labios.

Vivir en el pueblo me obliga a la posesión del fauno y de la distancia. Me extiende la sombra del exilio, de la vieja guerra, de la antagonia loba-mujer, soledad-amor, de lo irreconciliable. Tal vez algo de eso está en mi natura, pero ir hacia lo desconocido, podría poblarme de monos el coñac, ir a otra atmósfera, caerme de costado a otras tabernas y puertos.

Acá, paso todo el tiempo sola. Sólo yo y el perro, mis poemas, mis trances, la cerveza y la música en medio de mi nada. El contacto horizontal con el lenguaje de la naturaleza, pero también un desgarro separador. Ante el deseo intermitente de fundirme de catarsis con otros vagabundos, emerge la protección-ataque de lo arisco y oscuro de la soledad ante la no satisfación del deseo. Además el lenguaje de la soledad puede llegar a lugares peligrosos, a meta-existencias y lenguajes de profundidades de esa zona sombría del alma. Donde una vez desarrollados y arraigados en mi pecho y en mi sombra, es más díficil equilibrarlos luego en la fusión afectiva con la otredad. Y la cucaracha de Kafka empieza a sobornarme los desvelos.

Voy a empezar a mover mis naipes por irme a vivir a la vera de la mar. Aunque las circunstancias políticas de la hechura no están del todo a mi favor. Pero he de ir, hacia el fuego. No asediarme otra vez en la grieta del olvido.
Voy entre el fuego. Mi voluntad la empujo hacia lo Desconocido. Ese alfabeto extraño que debió de nacer en el tambor de un neandertal rodeado por bestias, esa intuición desgarrada e indivisible, ese poema de poemas inefables, de gritos sordos encima de los capós de la lluvia y el barro, de los caminos huérfanos hermanos de la leona y de la piedra.
Mi concreción hace muchos años ya que no va hacia lo concreto, ni lo asible, ni lo que pueda quedarse en mi casa.
Mis planes son de vuelo irregular por las caderas de la luna.
Mi futuro es una pelea con la muerte, para beber sus faunos y nadar en sus praderas.
Todo lo otro me es extranjero, frugal, vicioso.
No soy la objetividad de ningún destino. Y frente a la humanidad, soy un hueco que arde. Infiel tonada al capricho de la ginebra. Caos en apología de la risa vagabunda. Pobreza arrogante. Destierro húmedo.
Mi soledad es un escenario extraño, donde me oculto y me abro, del fuego universal, del hueso roto y compartido por todos los humanos. Del grito comunista libertario, acorralado y bestial.. que todxs llevamos dentro, donde no tenemos nombre ni recordamos las palabras que explican lo que hemos hecho.
Mi soledad tiene vida propia, y Alicia sube y baja sus persianas, donde a veces mi habitación se llena de venados, selvas y soles, y a veces desolada, soy robada y abandonada de todo.
Mi soledad a veces se acuesta contigo, te toca su violín, se pega un tiro en la cabeza mientras tu lengua baja por mi espalda.
Ella te escribe canciones sanguinarias, donde uno de los dos, saldrá herido mortalmente. Ella me destierra entre tus muslos, ella me tortura cuando te amo. Ella se pone en contra de ti y me hace clavarte esas garras cuando bajan los cuervos con el tequila, y los dos, apoyados por el monte, nos hacemos a hachís un batiscafo animal en medio de la incertidumbre.
Ella siempre te traiciona. Porque te sabe su jaque mate. Porque necesita tu daño, tu accidente cuando sales de mi casa, tu borrachera rota en el asfalto. Tu palabra amoratanada en el patio, llena de vídrios, papeles quemados, Mercurio enloquecedor. 
Ella entre mis piernas te frota con la serpiente emplumada. Te devora la carne sabiéndose la huesera. Pero yo no salgo ilesa. La tuya hace lo mismo en mi vagina. La tuya hace lo mismo en mi corazón y en mi cementerio.
Inocular el acto. Ir de la garra de lo desconocido, y tener siempre un carnaval que celebrar.
Destruir la costumbre.
La repetición manipuladora del comando que me dice que conozco, que vuelve la misma percepción.
Todo en la esencia está en movimiento. Todo en esencia es nuevo cada vez bajo el poder del presente y lo desconocido.
El filtro de la mente, hace para su comodidad y tormento, la idea de lo asible, de lo cierto. Pero sólo es cierto para la mente. Y la mente es el espejo de un payaso. 
Todavía hace frío. El sol no ha subido el monte, las nubes se extienden prendidas de las garras de las gaviotas que no llegan hasta aquí.
Yo soy el habitáculo de una leyenda, un cuento bebido con sangre y golpe. Todo es un sueño. Porque sueño construyo la realidad que me sueña. Porque sueño percibo la materia, la toco, la destierro, la sufro y la celebro. Porque sueño creo que sé, que no sé, que estoy viva.
Necesito comprender del todo ese hueco-mordisco.
Desde allí surge mi inquietud, mi sed, mi antagonia. Pero a la vez el puente, la lucha, el aliento, la voluntad. El fandango de la derrota y el fuego interior.
Es el fuera de campo de mi corazón en el secuestro y en la entrega, en el duelo y en la cabeza del fauno.
Es la puerta de la grieta del tiempo, del más allá, pero también la tumba del más acá.
Es el lugar donde nace la pulsión de mi poema. Lo desconocido. La capa que hay que trascender. La pared que se derrumba.
Mis motivos de la desolación, y los pilares de la fe y el fuego.
Ese hueco-mordisco, es la incursión en la cuántica, pero puede ser también la detención de lo vital, y el infierno.
Es la materia evanescente de la evolución. Y el choque de la sombra que arrastro.
Cuando él me muerde algo en mi palabra se detiene. Hay un acto-físico, una fiebre corporal, que me hace caminar a ciegas. Voy sujeta por el instinto, pero a la vez siento que nada me abriga, que no hago pie, que lo he olvidado todo. Entonces una fuerza irracional me golpea energías contrarias, en apariencia depredadoras, destructoras de algo. Y es entonces lo que se derrama en mí como un rayo del submundo, lo que realmente está levantando el espíritu, el nagual.
Ese hueco mordisco a veces se da en el éxtasis.
Pero generalmente se da en la fiebre. Para que cada vez sea menos aniquilador, he de trabajar mucho su instante y la voluntad, la enervante consciencia bajo sus dominios. Evitar el cansancio. Evitar despreciar y alejar su aullido para protegerme. He de generar el acto, el temple, la confianza, y sacar a la mesa, los naipes de la magia y del volcán, de la alegría, del beso del océano. Darle energía y saber que allí nada es lo que parece. Comprender que el dolor, la caricia de la muerte, eso que llega como algo que nos es arrebatado, es precisamente en su esencia lo contrario, es una semilla que ofrece.
Tengo que centrarme. Ser eficaz con el verbo que se acerca. Acabar ciertas cosas que me comprometí en hacer. Ordenar el barquito de vela, la gota de sangre, reconstruir mi tonal, en armonía con el otro lado. Y mi otro lado en armonía con el del tonal. Hallar y habitar ese tercer espacio, ese espíritu-hueso, conciliador, cuántico y permanecer la mayor parte posible en él.
Armar la escritura y el pensamiento.
Hacer ejercicio en la montaña y en la aventura. Soltar las riendas, las correas de la seguridad. Incursionarme a ese lugar que silba el peligro, pero hacerlo con armonía. No con suicidio.
Tener limpia mi casa. Una artesanía con el cotidiano. Alfarería del instante, de la honra a lo vivo.
Dejar intermitente la cerveza y el hedonismo. Aunque saber que sin el hedonismo ninguna filosofía vale la pena, ni ninguna certeza vale el grito.
Aprender a distinguir que en el otro lado, no todo es valioso, ni producente. Que hay ciertos lugares a los que accedo, que están sucios de un verbo ausente, y de una consciencia fantasiosa y blanda. Que me llevan también a un trance dislocador, divisorio, restante.
No debo equivocar el camino.
Yoseba es una pasión poderosa. Pero yo la hago más poderosa al incluirla en mis poemas y horizonte. Ya conozco de sobra mi corazón de ramera, su inquietud, su carnaval, su cabaret, su cementerio. El camino que elegí, sabe que el amor sólo es de la ramera. El guerrero no lo lleva encima. 
Mi loba no lleva a Yoseba, y si lo lleva a veces, es porque está la puta conmigo. Sé que ella no renuncia al vuelo orgiástico, hay una sustancia energética que a través del sexo, ofrece una apertura cuántica, esos son los dominios de la ramera, su poder, su libertad. Pero he de conocer sus vicios. La manipulación emotiva. Las hormonas que dicen afecto, cuando en realidad, son éxtasis. El amor que tengo por Yoseba es un puchero de bruja. 
Recuerdo el día que le dije "los sentimientos son unos perros flacos y pulgosos, no hay que hacerse la picha un lío" Ese día le propuse hacernos titiriteros, conseguir una furgoneta, ir de verbena en verbena vendiendo churros y poniendo karaoke. Le dije también "ha de ser una furgoneta grande, metemos un colchón, y así entran nuestros perros, y hacemos orgías de testigos de jehová con otros vagabundos y perros que encontremos en el camino".
Le dije eso, porque me había mordido el corazón. Porque ese día, un rato antes, había descubierto que le amaba. Que su frío y violencia había herido mi corazón. Aunque había armado el destino de mi loba. 
Él se había enfadado conmigo. Habíamos pasado la noche en la montaña. Por la mañana yo estaba rabiosa y dislocada y quería enfadarlo y a la vez quería quererlo.  Bajamos la montaña como dos lobos. Mi corazón empezó a sangrar. Descubrí la antagonia, el mordisco de benceno que desde entonces no se ha marchado. Una parte de mí, sintió que lo había perdido para siempre. Le dije después "no me conviene acostumbrarme a ti, porque sino la loba, se hace una triste perra en celo, yo también he sentido el silencio engendrador y madre, de la muerte". Estuve varios días sin verlo. Sentía ese mordisco en mi alma como una jauría. Como una muerte. Entonces busqué a otro hombre. Necesitaba serle infiel en el fruto. Pero luego volví a verlo y rompí la comunicación con ese otro hombre. 
En esos otros viajes donde nos encontramos, la loba no estaba conmigo. Estaba sólo la ramera. Eso me hizo poblar regresiones a las pasiones pasadas y vicios del amor y encontrar nuevos con él. Pero también hizo más grande el mordisco. Al amarnos desde el lado humano, mi loba se enloqueció dentro de mí. Se hizo más débil. Y ahora es a ella a la que necesito. Necesito la guerra con Yoseba. Mi ramera fue excesivamente generosa. Estaba en celo. Quería probar el orgasmo insaciablemente desde su corazón comunista libertario, burdel, carnaval y cementerio. Se hizo portadora de sentimientos, se hizo necesitadora, dadora, celosa, hambrienta. Debilitó mi casa. Abrió demasiado sus piernas con la heroina clavada en sus entrañas.
Me posicioné del todo, lejos de la realidad ordinaria. Destruí los desvelos y deseos y caminos y dominios de ese mundo en mi corazón. Me entregué entera al infinito. Rompí también el acuerdo de mi escritura como supervivencia y centro. Me desvinculé también de mi familia, de mis viejos futuros, de mi relación frente a la humanidad. Y viví en un lugar incendiado de metáforas el corazón del dinosaurio, del volcán, de la bestia. Me la sudó con fuego todos los problemas e intenciones que había cargado antes en mi vida. Mi pasión se hizo lo extraordinario. 
Ahora sé que es mi voluntad lo que de armar y moldear, para volver a beber el fruto del infinito. Estuve allí. Esta vez no olvidaré. No cargaré moratones del manicomio. No le entregaré a mi razón, mi otro yo secuestrado y preso. Quien está allí, nunca vuelve a ser el mismo. Quien es besado por las estrellas nunca traiciona ese amor. Yo no lo llamo dios, porque esa palabra está herida de cárceles de mármol y oro. Pero es una sinergia poderosa, llena de leyes cuánticas, del matrix, de la magia, de lo Infinito. Es una incursión a través de la destrucción de la manipulación de la cultura y la realidad pactada por la sociedad, es entrar más allá de la noción humana y pedirle a los árboles que te presten sus ojos y vivirlos como un rayo. Es comprender el monte como lo hace la lluvia y el jabalí. Es bailar al lado del fuego, como lo hace su principio. Es recuperar un instinto neandertal para mojarse en la tierra. Es vivir con el corazón desnudo y desarmado, y a la vez con una trinchera en la evanescencia de la palabra. Con la animalidad. Con la violencia liberada. Con el Presente y el acceso a la magia que sólo en su incendio permite la música. 

Tal vez he vuelto con moratones. Tal vez el manicomio sí me dejó alguno. Tal vez el amor humano que siento por Yoseba, ya no es sólo un aliado como lo fue, y es también un enemigo. 
Tambíén vuelvo a estar sola, y es una soledad diferente. Es una soledad oblicua. Una soledad que no me deja cerrar los ojos. Una inquietud insaciable. Una alerta de jaguares y rocas. Hay una especie de pócima de brujas que me rodea desde el desgarro. Me acecha cuando duermo, cuando cruzo la calle desolada, cuando me agarro a las ramas de los árboles para encontrar al fauno o hablar con el fin de todo, mi corazón vacío o lleno de la sangre del mar.
Conozco la lucha. Eso es lo más importante. Necesito la consciencia, el control sobre mi mente, mantener el centro en la cuántica, y no permitir que el objeto-percepción se haga mi médula. Debo aprender el salto de los ciclos, los movimientos circulares, los elípticos, los metafóricos. Debo aprenderlo a la vez con el instinto y la razón. Estar y no estar. Ser y no ser. Albergar y vaciar. En el mismo tiempo, sabiendo también que el tiempo tiene un agujero negro que lo destruye al igual que al espacio. 
Debo evitar desgarrarme en la violencia. Pero tampoco hacerlo en el acuerdo de paz. No debo dejar mis huesos en ninguno de los focos. Debo entrar y salir entera. Aunque sabiendo que sí se queda algún hueso y me reclama su desolación, es porque hice algo mal y he de arreglarlo antes de seguir. No quejarme. No lamentarme. No ponerme triste. No entrar en el alcoholismo. Cada tumba tiene una verdad inevitable. Es a ella a la que de ir guerrera y dispuesta a la muerte. No andar haciendo trampas dentro de mí. No contarme chismes, en la arrogancia ni en la decepción. No aceptar mis cuentos. No tenerme piedad, no serme un crucifijo, pero tampoco la policía.
Me despierto en la noche. Empiezo a hacer casa en mi soledad. He estado muy dentro de ella y muy fuera. He cruzado un umbral donde ella derretida se inmolaba por otro sueño. Ella estaba con la intimidad de sus sombras, pero ella, se iba de sí, al rayo que creyó encontrar otro destino. Todo esto ocurrió en un lugar transitorio y díficil de explicar para la razón. Era en el mundo de éter, y en el incendio, era más allá de la cordura.
Ahora necesito llenar de palabras los comandos que ocurrieron en el fuego. Necesito formular la metáfora integradora, el hechizo de algo existente y reconciliador.
Los ensueños, fueron el foco, el enjambre, la línea divisoria y la multiplicación. Eran sueños donde yo estaba despierta, pensaba, decidía qué hacer, era consciente, allí encontré la furia, una mirada demasiado ardiente que trasladé a la otra realidad. Empecé a actuar por las leyes de mis sueños, por el conocimiento de allí dentro. Y se derrumbó el pacto de olvido entre ambos mundos. Yo me hice un poema viviente, ensangrentado, visceral, violento, y a la vez íntegro, inevitable. Albergué algunos errores gramáticos, la psiquiatría los llama delirios, la sustancia que había detrás, no estaba equivocada, pero el filtro de mi mente, interpretó en la raíz de su herida y de su deseo, comandos extraños, ajenos a la realidad, falsos, esto provocó un exorcismo en mi corazón, pero también una muerte y decepción, nostalgia Quijote, cuando fui consciente que algunas cosas que había creido no encajaban con lo real. 
Ahora estoy en un lugar transitorio. Ya no tengo el estado de conciencia que viví durante aquellos días, porque mi acuerdo y diálogo con la percepción-interpretación ha cambiado. Pero tampoco estoy en el lugar que estaba antes de esa metamorfosis. Estoy, tras la salida del manicomio, entre la mar y la noche oscura. Quiero defender ambos mundos. Quiero evitar el error gramático. Sé que lo provocó mi mente, al cruzar la grieta de los mundos, no fui desnuda del todo, fui con cachos de mi historia, con fantasmas penetrantes que reclamaban la vida y la liberación. Fui con cabos sueltos que ejercieron la tiranía del preso que quiere todo el champán de las estrellas y el asesinato de la policía.
Yo no voy a volver, no voy a renunciar. Este camino me eligió o lo elegí cuando tenía 18 años. Y ahora ya ni siquiera es posible permitirse el olvido. Ya no viviré a un solo lado asediada por la evanescencia. Conectando con el subconsciente y la bala de la escritura, el beso del éter. Ahora medio cuerpo pisará cada lado. He de aprender a que convivan sin restarse, que las decisiones de cada polo, no jueguen al asesinato entre ellas. Hay una ley para eso, cerca de la cuántica. Yo no la conozco demasiado con mi palabra, la conozco con un extraño y lejano estremecimiento. Pero sé que la palabra es vital en el acuerdo. Ella debe ser cautelosa, voraz, insobornable. Todo lo que digo y escribo, traslada una energía que se mueve en los dos lados. No es del todo paralela, no es del todo hermana, pero a la vez lo es.
La magia. La estación emboscada en tu vaso, proclamándome la independencia del grito, comunismo libertario del corazón, sólo cicatriz de luna llena. Aunque a veces la cobardía del tiempo nos hiere la belleza en ese verano furtivo que golpea la guitarra en las tinieblas.
Me hago de la casa, unas ruedas bajo un sombrero. Me mudo hacia la nada el acorde de la incertidumbre, tomo lo que llega, celebro la vida. Me mezclo de pinturas la soledad de mi payaso, cuando llueve anís y en el puerto nadie recoge las botellas. Te quiero y hoy me basta saberlo para humedecer la bala y que sea lo que sea, valga la pena.
Voy a ir al monte. Necesito trepar contra las costumbres del tiempo cuando estornuda tordos con hambre.
Necesito equilibrar esa energía desbordante, sin caer en ese trago seco. No sólo vivo del vicio, no debo darle demasiado. A ratos, todas las noches y estrellas. Pero a ratos dárselo todo a la mar. El poema pertenece a ambos mundos. Yo soy su torpe excusa. Su quinta cerveza.
Los caballos galopan como huracanes en el sueño de mi corazón.
Yo soy soplido y pelea de su memoria.
Vivo todo encima del fuego. No llegaré a vieja nunca porque sueltan jaurías las huellas.
No es posible vivir en paz, cuando la pelea es el único equilibrio, cuando llegan a fuego las canciones, cuando la tierra sangra.
Mi corazón se desató en tu purgatorio, en tu penumbra, en tu teatro. Se adueñó de lo que no era de la tierra ni mío jamás. Y hoy expulsa un hueco enamorado que llena de tentaciones mis búsquedas y mis gritos. Hace del acto, nitroglicerina. Me hace de cigarra la esperada nieve. Me cumbrea en la cumbre. Me fada a la medianoche el sótano clandestino de la cucaracha de Kafka. Me pide su compañía, su desacato. Y yo todo se lo doy, porque no conozco otro destino.
No puedo negarme que te deseo. Porque mi vagina se abrió hacia ti bajo el corazón desangrado y mágico del abismo y el paraiso. Porque aprendí a escucharte muy dentro de mis sueños. Porque cuando nos fundimos, cruzan unicornios por mi cuerpo y hacen la autopsia de la memoria de la mar en mis labios, en mi voz de volcán y desierto, de tundra y lava, de ausencia y tu licor.
No puedo negarme aunque lo intente que temo perderte, que temo dejar a mi soledad otra vez sola. Que quemaste mi casa, que yo que nada tenía, y no tenía miedo a perder nada jamás, hoy temo perderte, temo volver a mi exilio, con el Quijote amoratanado de gigantes de hojalata y herrumbre. Que me sangra el corazón si me envias cortafuegos. Que me protejo con espadas, porque penetraste mi talón de aquiles con tu fuego. Porque escribiste en mi página vacía, un sanguinario poema que me perturba y me ciega.
La loba no te incluye. Pero el peyote te hace suspensión de sus aullidos.
Acorralada te nombro en medio de mi vacío. Te espero, aunque cínica te diera a entender lo contrario. Cuando esa suma de menos, da más, en medio de la selva. Y yo vagabunda me vestí sólo con tu sudor para hablar de tú a tú con la muerte y cruzar el Leteo con pájaros de madera y cantos de ayahuaska.
Todo fue bien raro.
Nos conocimos una tarde que alargamos entre cerveza al lado del río hasta la noche añadiendo vino, hachís...... y lo hicimos por primera vez debajo de los chopos.
Luego perdimos la cuenta de las estrellas que vimos, en todos esos días, fundiéndonos de inmensidad.
El día que él se marchaba, le dije que sería la última vez entre nosotros, que lo deseo demasiado y que mi camino me impide seguir por ahí. Y nos fundimos con más fuego, con más delirio. Con más pecado.
Luego nos volvimos a ver unos días después, y todo siguió más ardiente y contradictorio. Más orgiástico y salvaje.
Yo entonces le dije que tenía una relación con una mujer, un vínculo muy espiritual y sincero, casi telepático... y que tendría que ser la última vez, porque ya me estoy metiendo en problemas con ella.
Luego seguimos unos días, de celibato y hachís. De monte y hoguera.
Y le dije que es un asco follar con el cuerpo humano, que hay que hacerlo con el del nagual, con el del ángel de la muerte, con el de la energía cósmica, el sol, la luna, el fuego, las bestias, los espíritus.
Y entonces poblamos otro tipo de encuentros, mucho más salvajes, mezclando la pelea y el beso, el hacha y el gemido, el Sueño y la tierra quemada. Nos peleamos como dos búfalos, como dos rayos, nos sostuvimos como agujero negro la palabra del bosque.
Mientras yo, andaba de pieles-rojas los tambores del abismo. De sueños en los que andaba despierta, del radar telepático de marte y del mamut, del jaguar y del peyote, del gran espíritu y el beso de la nada.
Acabé detenida en la plaza de mi pueblo, entre policías, gente muy ofendida, marujas hijas del fascismo escandalizadas y un ambulancia camino al manicomio. 
Luego nos encontramos en la paz y en el fuego, en la guerra y en la pasión, de acampada y hoguera en un monte, de hechizo y hachís, de duendes y baba yaga, de locura transitoria en transición a la casa del sol y las estrellas. Y también perdimos la cuenta de las veces que nos amamos.
Luego nos vimos otra vez y yo empezaba a recuperar el norte, fue mucho más intenso el amor, más indefenso, más visceral, más incansable, más lujurioso y sacro, más lento y profundo. Y también desfallecimos incontables veces.
Luego fue al lado de la mar, y yo ya había bajado bastante de aquél viaje que hice por Mercurio. Nos amamos durante una semana...como dos adolescentes que acaban de descubrir que el cielo no es suyo.


Me es muy díficil comprender nuestra historia, sin tener en cuenta que lo que me hizo quererlo empezó en otro mundo.
Me es complicado descubrir sus sentimientos hacia mí, después de esas guerras que tuvimos donde la orilla había sido amasacrada y esa infinita ternura e inmensidad que sólo da el amor de la locura y de la explosión cósmica. Él logró penetrar en mi un abrazo, un aliento, una canción que nunca nadie habia podido tocar en mi cuerpo. Tal vez fue porque a ese lado, éramos dos brujos, con cuernos y fuego en la cabeza, con antenas y rabo, con un ejército de constelaciones. 
Peleando el tonal, despreciando nuestro destino humano... y alargándolo de pértigas en el monte, yéndonos como las cabras y los monos a follar en el fauno la belleza de dios.

Hoy entre nosotros todo parece seguir los extraños ciclos del útero del infinito, del golpe de la muerte y de la isla, del faro y del fusil, todo parece continuar en la extraña cuántica de lo inimaginable y la amapola blanca y la lluvia de tierra. Todo sigue siendo sanguíneo y enloquecedor. Mi pulsión sexual hacia él, es tan intensa, tan dimensional, que mi corazón y mi vagina, enfrentados por un rayo, se deshacen del fruto del otoño en un extraño aquelarre donde la herida y el paraiso son lo mismo.
Ayer me dijo "soy consciente de lo que yo digo no de lo que tú interpretas".
Y yo interpreto todo a través de la metáfora de la sinergia que acuchilla una extraña intuición que a veces es un ejército de oblicuidades.
Soy muy fantasiosa, mi duda es jodidamente creativa, fractálica, llena de paises y de tumbas. Me lo tomo todo a pecho abierto, el recado del coñac. Y además, lo expreso inevitablemente, usando también la metáfora que abrió en canal la necesidad del grito y del beso. 
Discutimos y lo arreglamos.
Pero yo me desperté extraña. Con la urgencia de una separación, para unirnos en el cuerpo, sólo en el aquí y en el ahora, para poder sernos mil estrellas y no mancharnos de costumbres. Porque soy voluble del tiempo y del espacio. Desconozco lo que le rodea a él cuando le rodean mis palabras. Y mucho más cuando hablamos por teléfono. Yo voy con una multitud en mi garganta. Con el fruto del peyote, mezclándome mundos antagónicos en un desgarrado deseo de vivir el Infinito.
Mis emociones son todas lunáticas. Me pongo de vino tinto, el costado, de aguja y puño, de valle y cielo blanco, tormenta y opio, ternura y espada. Y todo me explota en el mismo segundo como el reclamo de la tundra, entonces hablo raro, hablo con poemas, para mí del todo indiscutibles, lógicos, inevitables, pero que a él le llegan como droga, como dar y robar, como que sé yo qué porro de distancias y sudor. Y yo me hago el desastre manifiesto de mi alteración hormonal. Del amor y el encoñamiento, la batalla, el réquiem, la coraza, el moriría por ti y por eso aprieto el gatillo en tu sien. 
Y somos unos jodidos perturbados. A cal y arena. Incansables espantadores del sentido común, de la prosa, de la salud, de la paz. A fuego lento y perpendicular de la velocidad del olvido. A he bebido demasiado hoy no quieras que entendamos nada. 
Porque te pierdo y te recupero, en la misma extraña serenata del atentado y el abordaje. Y se me amoratana la luna luna de desearte, en mi hueso y en mi grito.
La montaña abre su inmensidad cuando ciega del suelo toco en las paredes de las llamas de la sombra del cuervo, la puerta de mi olvido.
Entro a matar. Soy mi verdugo y mi esperanza. Mi lado izquierdo lleva todas las pistolas, mi otro lado, una triste canción de amor.
Si he bebido demasiada cerveza y los arándanos vinieron con prisa, me permito, deshilacharte el temple y la paciencia, osando el juego de las damas, para ver si alguien toma partido de una vez y se destruyen todas las ciudades.
Y entre tú y yo, sólo somos inocentes, cuchillo indiscreto de la saña de Marte. Todo perdón, aunque nos hagamos daño, aunque ni siquiera sepamos porqué el otro llora y pelea. De la mutua incomprensión hicimos la fiesta. Trajiste hachís y vino tinto. Te llevé la muerte del fauno. Nos nació otro planeta en medio del monte, desnudos, jugando a ser eternos.
Tan sólo animales libres. Las palabras vinieron después, quisieron imponer sus inconvenientes. Las desoimos golpeándonos el placer con el equilibrio de los que vuelan. Las apartamos a balazos y mordiscos, del problema de la tierra. Nos fundimos en un arrebato orgiástico que nos contenía y nos expulsaba, mudando la necesidad de destruirnos en el incendio del cosmos.
Vi cosas extraordinarias.
Y hoy le debo a mi ojo, el silente-manipulador de la creación metafórica.
No te iré por las llanas. No te despejaré mi objeto directo, porque mi habla se sostiene en el movimiento de la madre-muerte, al cambiarlo por otro sin jamás desnudarlo ni dárselo a nadie.
Porque cuando llegas a mi cama, mi vagina estuvo mil canciones de viaje contra la última noche que nos vimos, deshollinándote de mi agujero, como pájaro de la merca ambulante.
Porque nos alimentamos de la retroalimentación de una duda que borra a través del orgasmo lo que el orgasmo escribe en el hueco que multiplica al siguiente.
Porque en mi útero hay una goma de borrar y un lapicero oblicuo. Algo me mata cuando entras en mí, y esa muerte da vida, a la de los encuentros anterios, y me la roba, de mi lenguaje secreto con la noche.
Porque regreso llena de moratones la garganta. Y de bestias recien nacidas el fuego clandestino.
Porque la memoria y el olvido, entre tus piernas, me arrebatan la ayahuaska que mi vieja huesera, a vida o muerte, lleva hacia el fin de mi palabra.
Es muy díficil hacer planes cuando somos una multitud en la mancha del espejo.
Cuando haga lo que haga, quedaré mal con alguien.
Y todos mis síes, ocultan un no. Y por la esquina, Babilonia en fiesta, ha salido a matar, y tú no te lavaste las manos. 
Es muy díficil acertar, cuando debajo de cada piedra, una puerta, promete el paraiso. Y muy díficil equivocarse cuando debajo de cada piedra, una puerta, promete el paraiso.
Es dificil que importe y que no importe. Que duela y que no duela. Que sume o que reste. Que te llegue como morada o sólo cementerio.
Si los árboles me hablan y entre sus lomos siento que navego mil mares, ¿cómo acercarte a mi boca sin dar la muerte que ellos dieron a quien abandona? Porque asirte en mí es despedazarte y devorarme a mí en carne cruda. Con la alegría del rayo, del mármol, del agua.
Con el grito perpendicular de la tierra seca, te llené de humedad el costado del olvido.
Quise sobre ti, depravar lo que me enseñaron los años. Hacerlo sólo pecado y placer, sólo un viaje cósmico donde las piedras volvieran a tener zarpas y ojos. 
Y no fui nunca poeta por lo que escribí. Sino por los duendes que me llevaron al manicomio, jurando que mi muerte sólo era un comienzo. Y allí, 500 años bajo tierra, sin luz, ni agua, aprendí a abrir los ojos, a anegar mis oídos de tímpanos de luna y sacar toda la mierda que la patria de otros quiso mercar en mi tierra de nadie.
Soy los naipes que juegan contra ellos mismos. Mi mente es un embujo-ajedrez, un espejo-bolígrafo, un vómito-zapatos de punta de metal.
Me refreno. Me meto en los abalorios de la mariposa y la lluvia.
Me entristezco a tiras de batiscafo y luna. Me guarezco de venados la intemperie.
Cierro mi boca a tu botella de vino, la abro, de burbujas de chopo, el pétalo de los duendes.
No deshago los números del calendario que faltan para encontrarte. De materia negativa, doy a la muerte del tiempo, mi espacio de rana, de río, de nieve.
Mi pequeña Franquestein, hace castillos de arena, entre las zarpas de un tigre de mármol y fuego. Ella, tan descuajada de lo que dijeron en la tierra, une, la grieta y el cóncavo del cielo, en una palabra borrada.
Llora congelada árboles de primavera. Abre sus ventanas al viento que la deja sola. Y silba. No importa hasta qué grado la desesperación sube el nivel de alcohol en sangre. Ella juega. Canta su exilio, viuda de tu morada. Y porque conoce la muerte no te teme pero tampoco te llama. Sabe que mucho antes y mucho después fue el rayo y no el hombre, fue lo Desconocido, y no lo tocable.

Mi agujerito de liebre de viaje a venus, planea heroina en las calles cerradas. Se anochece del grito. Me golpea de la impiedad de los ojos abiertos. Yo soy su ternura robada. Las amanitas anegaron en mi garganta las letras de tu nombre, y si te quise, fue de través al ojo de buey de una estrella pirata. No puedo darte de mí ninguna certeza, ni ser tu orilla, ni sólo tu tempestad, ni devolverte lo que la razón te reclama o lo que dejaste del corazón en la ginebra. Tampoco puede pedirte que hilvanes de mi cuerpo lo que mi vagina enloqueció en tu latido, ni lo que del cielo te di, robándole a la hoguera, a la cordura, a la distancia.
Somos helio que frota en la pared un abismo-palabra.
Al decir somos borrados por una bala que escribe de nuevo un viaje a ninguna parte.
Y de arlequines y locos, todas nuestras huellas, pañuelos y cuchillos.
Es contradictorio lo que me ocurre y la mejor forma de moverlo de sitio, es el principio de incertidumbre, de rizoma, de sombra de fuego.
No caer en la tristeza, saber que ella aparece como un vehículo del movimiento en ésta espiral de fractales, infinitos y muerte. Hay ciertos polos que pasan por ella, que se despedazan en ella para conectar con los siguientes.  Hay distintos centros. La perspectiva se encama con la hoguera y muda de paradigma y de mi piel en mi sangre, en mi búsqueda, en mi certeza y en mi ausencia. Yo soy aire que sujeto por las puntas el verbo, lo deshago y lo rehago embriagada por el movimiento del sol y de la luna.
No niego mi experiencia en el mundo del éter. Tampoco niego la de la tierra. Ellas a veces pelean a muerte, y yo soy su herida. Muevo de sitio mi araña por el agujero del árbol. En el cajón a veces amanecen siete latas de cerveza, un caballo de madera y la ceniza.
Mi espejo de manos está roto de amarte.
Tampoco niego el pecado. Mi mentira. La trampa que quise hacerte. Te dibujé mi rostro con la promesa de un ladrón. Me saqué mi cuerpo del tuyo como se aprieta un gatillo. Te volví loco de mi espina, de mi no, de ésta noche será la última vez que nos veamos. Traje de la respiración de Marte, un extraño bote salvavidas que inflé con hachís y sexo, a tu lado, robando de tu gozo, la coartada del adiós de esa criatura de la noche entre nuestras almas.
Hoy sufro el revés de lo que te hice, de los que nos hicimos ebrios de vida en medio de la nada. Me vienen de vuelta las cabezas del maniquí hechas de carne, alcohol y tiza, dibujan en mis suelos, sueños del hambre y del paraiso. Traen la incierta idea de tu existencia, en el delirio multitudinario de mi yo y de ese beso entre dos asesinos debajo de los chopos dando a luz una extranjera y delirante felicidad que nos tomó a hueso.
Me echo otro trago. No te diré nada de todo esto. Es parte del jeroglífico que en el puzzle de nuestros cuerpos trae el champán y la hoguera. Mis palabras no saben nada, cuando habito ese disfraz de magia y de vacío. Cuando lo que sé lo aprendí de los brujos exiliados en el manicomio, desterrados de la tierra. Y a besos de plomo y aplauso de buitre, nos hicimos el amor como se devora a la noche. Si fuiste tú o fui yo el error gramático ya no lo recuerdo y no importa. Nos derretimos. Mi metáfora me separaba y me unía de tu percepción. La dimensión que nos acogió fue muy extraña, lejana, incendiada de mil valles. Hoy no es tu tiempo ni el mío, no es nuestro espacio, no es nuestra vivencia, y sin embargo, a fuego lento nos deconstruimos del LSD que hoy nos reconoce, todavía juntos, como mapas de estrella en la mancha de un cocodrilo.
He ido bajo la lluvia con el perro. Todavía floto en el aire. Soy impulsiva, complicada por la aprensión de la metáfora en la ausencia de la materia que abriga mi voz. Pértiga del caos, secreto a voces entre los dedos del valle, ginebra, nostalgia del otro mundo, y esa forma de encamarlo contigo aunque nos haga desaparecer.
Me digo que estuve sola, contigo dentro de mí, en la explosión cósmica que mi tierra amordazada esculpió en el arroyo que tu cuerpo embistió en mi silencio.
No hubo testigos de lo que viví. Aunque fuera tan dentro tuyo. Tan de través a tu pupila. Tan noche estrellada en el canto que vuela por los aires.
Y de mi jeroglífico, aunque tú seas pluma y peyote, yo soy la zorra llave y el candado de su extensión hacia la evanescencia.
Cada vez que nos fundimos, una nueva compuerta nos separa. Cada vez que llegamos a la cima del deseo, una palabra-disparo envuelve de corazas la desnudez del fauno y somos mano en su mano, incertidumbre armada.
Tu animalidad, tu coraza, pone frágil el cuerpo que te entrego, el subterfugio de mi voz. Y me obliga a armar de laberintos el pasillo de mi noche y a hacerte un jaque donde somos otra vez sólo del viento.
Mi vulnerabilidad desatada en tu piel, embarga a la vez en mis renglones, versos del insomnio. Y donde te dije amor, me dice distancia la soledad de la luna. Y en la contradicción-vientre, nos parimos esa nueva forma de desconocernos, de golpearnos y acariarnos, de atarnos y despedazarnos, de ofendernos y salvarnos en la música y en el réquiem.
Te lleno a veces de frío, usando la vertiente del fuego.
Y a veces con tu iceberg me embriagas de lava el hueco que te busca.

Nos tenemos no teniéndonos, asalto en medio de la nada. Sabotaje de los cuerpos prendidos por los bares verdes, succionando todo el corazón al cielo.
Es tarde para que pueda creerme a mí cuando digo que no me importas. Y sin embargo el celo de mi noche lo sabrá todas las estrellas, al temblor de la fiebre de estos héroes desvelados de mil derrotas.
No lo hice para alejarte.
Lo hice porque si la distancia es el olvido, el cuerpo es la memoria.
Los cables de teléfono no saben nada del fruto del deseo, ni del canto del vino, ni del corazón huracanado entre la nada y la orilla.
Porque yo no tengo cobertura. Porque mi soledad es una criatura enloquecida, porque sus desvelos te rasguñan en mi pecho. Porque ella te habla con un hueco evanescente del puñal de los astros.
Porque no quiero perderte. Elijo perderte de mi vida cuanmdo no estás. Elijo mantenerte el sabor y la llama, en el sueño del fuego, y no de la tierra. Durarte mil años luz de estrellas, en la erótica del caos y del tequila, de mi síndrome de infinito, de mi reclamo, de tu risa, sin nosotros, mientras nos separan 80km.
Porque sé que empiezo a desearte donde no estás, ni puedo defenderte con el beso y la luna, ni puedo calmarme en tu cuerpo del verso que me incendiaste. Porque sé que navegamos al beso de la muerte salvo tu música, donde ella no puede encontrarnos y es muy dentro del olvido.
Porque me muero de ganas de ti, y no son suficientes los escalones de la marihuana, prefiero destruirte de mis habitaciones y carreteras, hasta que nos junte el viento. Y en ti, por una noche, acaben todas las noches y caminos.
Llueve. El canto de las vacas me trae tiza de carbón en mi agujero de luna.
Soy la nostalgia de un amor que ya no se recuerda.
De hojas rojas, almizcle y vino, mezclando el puente y el fin, donde una canción desdice lo sabido.
De amarte, mi hueso, voló en los aires, la vagina de la huesera. Me amarré a sus senos para conocer el verbo de mi camino derramado.
De amarte, mi piel bebió todas las botellas, al desliz de los puertos, cuando los faros eran ballenas varadas por las estrellas, ahogadas del pronombre, bestias de lo inasible.
Porque te llegaste en mi piel, incendio desalfabetizador de mi destino. Pecado de aves sin dueño y sin nido. Orgasmo de mar cuando tierra adentro la patria era asesinada.

Hoy te amo, con el infiel corazón de la tierra. Mi raposa se va monte a través la inmemoria de la uva y de la urraca.

Soy el golpe del finiquito de un tango. Dándole todo al camarero.
Y no hago de tacones tus agujas.
Ni de moratones mis secretos.
No me hago prejuicio del engaño.
Ni culpa de la belleza ni de la muerte.

No te hago cómplice de la esquela ni el delirio.
Ni notario de mis chimeneas y peyotes.

Te, lo inasible. Te, lo que es de nadie y canta.
Te, ginebra que no explicaremos.
Perdón que no diremos en voz alta.
Justificación de todo lo que no existe.
Absolución de lo improbable.
Amor siempre nuevo. Sin memoria ni futuro.
Amor de primavera eterna.
El vino te salvará. Porque no te asediará el vidrio ni mi casa.
El vino te cantará porque ningún tiempo exigirá dominios, ni cuerpos las sombras.

Tú no serás herida jamás.
Ni yo seré tu tormento.

Haremos la fiesta del pijama de rayas en el exibicionismo de la cocaina, cada noche, recien nacidos y eternos. Con los mecheros quitando las máscaras a fuego lento y placer.

Nosotros no seremos la misma historia.
No seremos historia.
Seremos sólo felicidad.
Y para no ser ninguna otra cosa, nada seremos fuera del viento.

Para no ser olvido, daremos hambre y alimento al fuego.
Para no ser distancia, nos daremos sólo el vocablo en los cuerpos que arden.
Sólo el aquí en el aquí. Sólo la llama. Sueño.
No lo he hecho para distanciarme. Lo he hecho para no hacerlo.
La costumbre de hablarnos todos los días, nos separa de la alegría del fuego.
Tú vives lejos de aquí. Yo me voy mucho más lejos entre mis montañas y la soledad. Juntar palabras en esa fragua nos muerde el precipicio. Yo no quiero saberte conocido ni a mi lado cuando a la mitad soy la evanescencia de la nada.. Ni compartirte el rocío y la niebla de mi morada del desahucio de Alicia.
Yo sólo quiero tu alegría y mi alegría, sin contratos, ni de mañana, ni de debería.
Yo quiero amarnos cada vez como dos desconocidos. Sin peso de la memoria, sin embargo en el corazón. Sin sé dónde estuviste ni lo que forma tu vida, ni lo que hemos hecho con el sexo de la luna ni con las carreteras de la medianoche cuando estabamos lejos.

Quererte en cuerpo y presente.
No alargar la sombra.
No joderlo todo. No hacernos necesidad. No juntarnos el agua y el aceite. Tal vez porque sé que no funcionará, que el poema es la distancia. Y para salvarnos todavía, infieles canciones, preferí decirte que no me digas nada mientras, que te espero con vino y humedad y monte, cuando sea que el viento nos cruce.

Porque quiero salvar tu canción en mi pecho, nos prefiero amantes sin tierra, sin dirección, sin datos personales.

Siempre carnaval, sólo carnaval del deseo y las estrellas.

Ella no necesita a nadie a su lado.
Ella tiene un brazo de madera, una tumba de viento, un hueco de sol.
Ella te destruirá si te llama, me destruirá de ti, si la permito reclamarte cuando los dominios son de la bruma.
Ella ha de ir de gatos y de lobos, el canto del horizonte. No puede hacerte un hueco en su cama, porque amaneceremos cadáveres, sin paredes y sin esperanza.
Ella no sabe nada de los gritos compartidos, porque aprendió hablar, sola, sola de todos los mundos, la fe del camino.
Ella se muere de amor, pero es su destino, desfallecer del Imposible, lavarse las cicatrices en un lago de luna y cantar cuando nadie la escucha. 
En ella nadie puede quedarse, ni siquiera yo. 
Y para poder amarte aún el blues y el tequila, ella ha de asesinarte de su horizonte y su piel.