HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy quiero ir a nadar al río. Echarme un vals con la oscuridad que me acusa. Está bien. Me despedazo el corazón, el poema, la fe, los caminos. Junto mi barco con un pájaro que no existe. Mi vaso es oblicuo. Me congelo y me hago fuego. A tu lado. me golpea un verso nacido una noche que aún no ha llegado y me obliga a correr muy rápido y a no tener nada. Asumo la música insomne del desvelo de besarte y negarte, de amarte y merodearte y golpearte, extranjera y húmeda, desolada y barra libre. Asumo la sombra de Monstruo, sus caprichos, su caligrafía de sangre en mi cuaderno del delirio. El drama invertebrado de mis huesos. No dejaré de reír. Te aviantaré con pasión y cinismo. Con pobreza y luces de san telmo. Me iré así siempre de ti, como llego. Como te amo te olvido. Como te necesito, te boicoteo. Como te escribo te quemo.
El camino nos espera entre las llamas. Siempre de otros. Siempre de nadie.

Soy esa mujer que nunca dejará de ir sola. Lo que escribo no lo permitirá. La que soy con Fauno me embruja y me lleva. En mi mano otra mano, es una cuchilla cortando un libro, es una botella de ron tirando al suelo a los marineros. 

Mi tierra es la que nunca tocó suelo. Mi corazón nació viudo, desposado con bestias y poemas. La mar me colmó, la luna me tuvo muy dentro suya. No me hace caer el olvido. No me enfría la nieve. No me nombra la palabra.  No hay pecado en mi casa, no hay error en mis naipes, no hay mal ni bien, todo es fuego. Mis despojos y mis flores en la misma ola me bendicen las ciudades destruidas y el amor.
A veces soy oscura. Me anochezco como el libro de la mesita de la cucaracha de Kavka, me hiere ser humana, tener un corazón y dos ojos, me mata el 36, las canciones de amor, la distancia de Venus, la belleza de las montañas en la noche, siento que nada es habitable, ni cantable y que yo soy una cuneta regurgitando cartas de muertos para la bruma. Y entonces lloro contándote lo bonito que cantan los gorriones, subiendo una canción, brindando una cerveza hacia la vida y el deseo. Croando palabras sencillas y claras, amándolo todo, sonriendo. Me vuelvo dulce y niña, porque dentro tengo un velorio de Comala del que nadie puede salir.
Mañana nos vamos al Bierzo. Voy hablando con la luna lo que nunca tuve. Alumbro en la caverna el sueño de un animal. Me abrazo entre fuego y ruinas al papel que se llevó a Verlaine y obligo a una estrella a quedarse mucho más conmigo. Mientras no tengo esa palabra, ni esa fecha, ni la flor ni el puñal. Una bicicleta mueve de sitio mis lapiceros en el autostop que una hoguera chista al deseo. Me subo borracha y engripada por la Luna. Corro. No me toca lo que toco. El licor es peligroso y nunca le dirás que no porque la noche es inmensa y hay demasiadas carreteras que te atan el pulso en lo Imposible.
Me despierto algo tarde. Ayer fue un día hermoso. Hasta que algo extraño le pasó a mi soliloquio, un insomnio, un zarpazo de luna de sangre, un embosque de mi loba. Me anochecí, me miraron las bestias y quisieron carne cruda. Me volví nostálgica, suicida, amoratanada por los destellos. Es la sombra de mi escritura, de mi metafísica, de mi soledad, de la que escribe, de la que alguna vez lo perdió todo. Una distancia recubrió mi voz y mi piel. 
Aunque luego otra vez me besó el opio. Jugamos en la noche al tute, entre humo y licor, y me puse otra vez lujuriosa de ganar todas las partidas y eso me devolvió el brillo en los ojos. Luego fue la pasión. Una extraña y ardiente pulsión de viajeros sin hogar. Tan roja, tan narcótica y animal, tan ruleta rusa y brazo imposible del último barco.

A veces somos bestias hambrientas de la patria destruida. De vez en cuando entre el polvo de la mesa, se amontonan papeles escritos en el manicomio, devorados hoy por pájaros insomnes que cruzan como plomo. Y me acuerdo del electrosock de las puertas, y se abre con cuchillas el maquillaje de la bruma y golpea en el payaso que llora y los gusanos suben las escaleras. Y entonces me acorrala el estigma de haber sido un punzón cortando los cuadros. Me trago para dentro mi alinígena tristeza, me sujeto por un soplo de tejo, por un lejanísimo sueño, y la nocturnidad de todo lo que escribí alguna vez, me hace la guardia en la cacería del chacal.

Es mi sombra. No es hermosa. No conoce el amor. La llevo conmigo y a veces sobre los perros cuelga sórdidas canciones que me dejan sola. 

No me tira. No me ata. No me hará una suicida. Sólo me despedaza a ratos el corazón. Pero estoy acostumbrada a caminar donde todo se pierde.
Tengo un rato para escribir. Los poemas me devoran cuando estoy a su lado. Tan hambrienta y proletaria, tan de nadie, tan sin nada. Enamorada de lo inasible, de lo que será en la siguiente curva. Sin apartarme, sin quedarme, sin poder agarrar nada. Son días hermosos y ebrios a su lado. En el temblor de darlo todo y de no dar nada, de tener todas las estrellas y todo el polvo. Somos tan endemoniadamente humanos que la lírica me acusa y me persigue. Nos arrinconamos en la lumbre parpadeante del licor y nos entregamos a lo desconocido. Las luces de san telmo negocian con nuestras carencias y avalanchan enamoramientos de cuchillo los suspiros que se abandonan en la mies. Mi piel se enluna. Me enmandragoro de la distancia de la lluvia, de la tierra seca, del poso de vino, y un abismo te separa donde el poema te une a mí. No tengo años ni nombre ni futuro cuando estoy contigo. A veces tus ojos me enllaman los volantes, las islas, la penumbra y el corazón. A veces me hieren todo lo que supe de lo humano y de la tierra. Una alinígena nostalgia tosta el agujero de mi bolsillo y lo derrama en la sangre de tus manos. Grito muy dentro de ti lo que no queda en mi mesa ni en los libros. Nada nos recoge. Nada nos somete. Nadie nos conoce. Nos estamos yendo siempre ilegales el ardor de la cumbre y del fango. Siempre solos, combustibles, amoratanados, con el cuerpo marcado por todos los caminos y huellas, envolviéndonos entre bares y arbustos, del perdido poema del que no nos sobrevivió, espantando a los muertos y a los vivos, destazado en las venas.

Soy una música degenerada entre tus garras y tus besos. Soy una escultura entre llamas de sal. La penúltima temblando en el balcón que cede. El alargamiento de la noche alumbrando madre rota en los nidos que de tanto vivir rumbearon sombra. Y entre tus caderas crujieron vídrios y esquelas, mi tango, mi café, mi moneda perdida. 

No sé qué puedo hacer contigo para no perderme. Entre tus dedos, soy gasolina sin rumbo, soy junco que dobla la algabaría de un motín, el papel seco en el piano, el hachís repartido y los perros que se alejan. Mi vino tinto se calienta de tus pasos, de tus estanques helados, de tus vicios engañándome el alba. Te quiero tan malditamente que me hiere tu nombre derramado en la baraja. No puedes calmar la indigencia a la que me obligas. Cuando nunca puedo sostener tus manos. Cuando no puedes darme cobijo. Vagamos arramplados por las veredas, los pájaros y las tumbas. Mano a mano con la noche y el olvido.  Aullando corales, lluvia y humo.
Todavía está amaneciendo. Ayer fue un día muy bello con él. Ahora busco las palabras, es demasiado pronto. Hay niebla. Ladra a lo lejos un perro. Mis ojos aún están medio cerrados.
Ayer me sentí feliz a su lado. Jugamos, reimos, nos quisimos bien. La noche fue muy apasionada y distinta. Nuestros cuerpos se comunicaron en nuevas experiencias, muy íntimas y lunares. Nos dormimos abrazados con una hoguera derivacionista tiñéndolo todo.
A veces le quiero mucho. 
Ayer no paramos en todo el día. Primero con el perro por el monte. Luego en bicicleta. Y otra vez con el Kavka.
Por la noche había una pala aparcada en el pueblo. Era muy alta, yo me subí y la abrí desde la ventanilla, cuando se abrió la puerta me tiró de la escalera y me agarré a la puerta y me quedé colgando de ella hasta que él me cogió en brazos. Eso le provocó un ataque de risa. Lo amo cuando se ríe, aunque sea de mí.
Ayer me hizo feliz, me sedujo, me tocó el corazón, me abrazó las montañas y me rió los ríos. Me besó de manzanas y de opio, me hizo cosquillas de junco y de perro.
Ésta vez vamos a estar muchos días juntos. Y no sé cómo será estarnos tanto tiempo. No sé si acabaremos peleando o nos querremos mejor.
Tal vez la vendimia no empiece hasta el lunes. Así que tendremos días de montes y ríos y bailes y qui lo sa. Yo le estoy convenciendo para que aún así nos vayamos antes y gocemos en el Bierzo del ocio y de la luna.   Es muy hermoso el Bierzo, tan arbolado y vivo. Con tantos secretos y caminos para dar un volantazo y perderse. Con bosques mágicos y gente más punki y bella.
Son días de poner en práctica el fluir de los ciclos y el enamoramiento a la fuga del punto cardinal. Aceptar todas las que soy. Y cantar la música de todas mis tablas cromáticas. Sin excluir a nadie. 
Ahora se acaba de despertar y ya vamos a croar el nuevo día.
Hoy vamos a andar en bicicleta. Quiero ir a unas pozas que hay a unos kilómetros de aquí a nadar. Aunque estoy en mi ciclo de luna, pero cuando está él, no me duele, nos echamos un baile en el pronunciamiento del eclipse y me velan mandrágoras la semilla de sangre.
Hay mucha niebla ahí afuera. Él duerme. Quiero por una vez experimentar la sobriedad, el equilibrio del bosque, jugar de otro modo con él, sin que todo sea punk, sin que nos deliremos y derritamos por el fulgor. Jugar a que todo va despacio. Otoñizarme en la expansión de un silencio nómada. Aprender a quererlo en nuevas nociones. Conquistar la inocencia y la anarquía, sin caer en el vicio y en la música del apocalipsis. Desear de otra manera el deseo. Probar otros bailes.
Me acabo de despertar, soñaba algo metafísico que encontraba una explicación profunda y hermosa sobre mi radar de insecto, se expandía cuánticamente y alegraba muy hondo mi corazón.
Es demasiado pronto. Ayer con él fue muy bonito. Hicimos un poco de fiesta y la noche acabó en la pasión y el fuego. Aunque estos días no podemos desmadrarnos. Tenemos el dinero justo para el viaje. No podemos ir a bares. Ni extralimitarnos. Bajar el ritmo y unirlo a los árboles y a las vides. Cuidarnos para poder vendimiar. Relacionarnos con la sobriedad, sin acabar en la hoguera siempre. Y será algo nuevo. Estoy contenta de estar con él.

Ayer fuimos a un bar donde había varios hombres emborrachándose. Eran muy salvajes y simpáticos. Se enfadaron con una máquina que había en el bar y la cargaron en procesión y el dueño del bar se puso muy pálido. Bailaban entre ellos abrazados y se mordían y besaban el cuello. Tenían conversaciones surrealistas y maravillosas. Nos invitaron a chupitos. Al despedirnos yo bailé con uno. Querían que uno de ellos nos dejara a nosotros la furgoneta para dormir, y uno fue a llenársela de esas tiras de prohibido el paso y se la enceló para que no se moviera de allí. Eran unos locos hermosos que se habían vuelto otra vez salvajes y cuánticos.

Adoro esa gente que se convierte en poesía y baila estrepitosamente la musa y relincha y levanta toda la tierra al pasar.  Son esos instantes mágicos del fuego de Diógenes, donde todo es corazón y anarquía, donde se conquista de nuevo lo irreverente y libre. Donde huele a blues de opio y todo es verdad y amor cuántico. Adoro a los borrachos que bajan la luna y se echan un vals con ella. Tan parias y sucios, tan endemoniadamente bellos y rizomáticos. Tan capaces de amar mucho más allá del yo.
Hoy será el sexo. 
A veces nos miramos como dos ardillas desligadas en busca del quinto pino.
Por amor al arte, me permito todos los delirios. Como amarte. Como creerte. Como ir contigo. Me desabrocho las uvas y echo abajo la puerta. Me coso a una estrella. Mi poema me engaña a tu favor. Y me devuelves en el colchón lo que la luna me roba de robarte en mi corazón. Y me parece bien. Chisto la chistera del conejo. Me lo, todo,  y pa dios un crédulo. Te bajo despacito la vergüenza. Me enmaraño la penúltima en la que nos debe el cielo. Y finjo que eres tú, que soy yo, y que ésta es nuestra hoguera. A la mitad nunca comulgo con nada. Pero sobre tu pero, el campo es orégano. Siempre fuimos inocentes. La lija se enlimonó cuando la golondrina perdió pesó. Aviántate y arréglalo. No llovió vino tinto. Pero nos tiramos al monte. No se quedó la paz, pero no nos cansamos de soñar, de bailar, de robar brevas y romper cristales. 

Me quitaré toda la ropa en tu navaja. Me vestiré todos los disfraces en tu hoguera.
Cargaré mis bandoleras en tu barranco.
Nos mentiré mi delirio de la hipotenusa. Y me lo creeré oliéndote muy hondo con mi lengua. Y sin tiempo de decirte, atajaré camino y gasolina. Cuando te pongas a apalear mis barrios bajos. Cuando no quieras quererme ni matarme. Cuando olvides mi nombre. Cuando no tengas ni idea. Y la luna tenga muchas ganas.

No arreglaremos lo retorcido.
No miraremos los dientes al caballo robado.
Y sobre sus lomos, la mar, cubrirá lo que no supieron las palabras.
No tengo ni idea de qué será.
Los naipes en los labios escarlata de la luna prenden hogueras donde la palabra no habrá llegado.
Mi traspies hace su función cuando cruzo mariposa tu sinrazón. Da igual que me digas que sí o que no, a mí me dicen los artos, morado en la mañana temprana de la salamandra. Nunca pensé que llegaría a vieja. Nunca trabajé, nunca caminé, nunca despellejé mi corazón, a largo plazo. Nunca vi más futuro que el sueño de Léolo. Mi pasado fue una droga del Fauno. A veces una chingada animando al pianista loco y borracho a enzarzarse a fuego la voz. Nunca quise entender nada de los réquiems ni de la burguesía. Y para evitarlo, ladré perra el ladrido de las aceras quemadas por el aullido. Milenariamente apostasié contra la historia, mi genética, el rosario de la abuela, y la tragedia. Porque fui muy trágica, puedo pedir doble de vodka y jadear la mar. Porque fui una infeliz, puedo mear en los pies del vecino y brindar por la ceniza.
Flotarás sobre la raja del cielo. En la escandalera de unas ruinas, pujando el whisky de las noches desoladas. Que no pese. Que no te arrugue la risa. Que no te corte a tiras. Sólo es de vez en cuando, entre la belleza abrumadora y el traqueteo de la muerte. Sólo es un canuto que rula la parca. Sólo es una broma del pesa-nervios cambiando el nombre a los arlequines. Sólo duele todos los barcos del mar, un rato de la rata, un bar del embarrado, un chis del chinado. Es una pataleta del atraco. Un sorbo suicida. Una hartura de la inmensidad. Una canción triste y jodida. Una noche muy puta sin luna. Pero no te vayas a cansar. No vayas a firmar. No le dés tu corazón. No arrimes tu esquela. No agaches la cabeza. No pongas la espalda. No te laves las manos. No digas, sí. No te pienses joder. Soplará el acecho de la huesera. Nos follará el viento. El vino tendrá algo mucho mejor qué hacer. Y así como así, así como anó, cambiará la rumba. Y tendrás muy abiertas las piernas a las luces de san telmo.

Él llega en dos horas. Ha sonado algún trueno. Se pone más roja la luna. La raposa se acicala entre la tormenta y las olas. Remueve petricor y vino tinto. Se caen las perchas y el tictac. Suenan los muelles de la luna. Se marchan las paredes. Tengo mil ventanas. Alguna está loca por ti. Alguna nunca cruza por donde tú cruzas. No estoy enamorada de ti. Pero entre las sábanas de Marte, proletarios y desnudos, te amo todas las huellas. Mejor así. Entre la barra libre y el quiebre. Entre el perro azul y el duende del tejo y del abismo. Jugar a que sí. Jugar a que mucho más. Enredarme enredadera entre tu hachís y tu fuego delirándome los puntos cardinales. Y dejar a la Luna siempre en medio. No abusaré de poemas. No arriesgaré la fe en tu ruleta rusa. Me atrinchero en un sueño mucho más profundo. Pero mientras bailar como si fuera la última noche.
He estado limpiando un poco la casa. Aún no sé nada de él. No sé si vendrá o no.  No sé si se le ha torcido algo. Pasan los años y ningún horizonte dura mucho rato. Encontramos el camino, pero el camino no nos encuentra a nosotros. De flor en flor alunizan estrellas y caracoles de agua con sus antenas como boquerones tragando crepúsculo, cuando la sal, dice sal fuera, no te dejes el caparazón, no me dejes tan sola contigo.

De vez en cuando los costillares del desamor me desarman los tejados y llego a deshora. Y la pesadilla de Van Gogh me enferma los gigantes. Me sacudo cinco pozos bajo tierra, escupo un hueso y un abrecadabra y ya me encuentro mucho mejor. Luego se me olvida del todo, y me abro cráteres de luna entre tus piernas. Y lo vuelvo a hacer mucho más lejos. Como si nunca hubiera aprendido nada. Ni dos más dos. Ni causa-efecto. Fui rastrojo del mechero de la fe del Quijote. No me convencen los hechos. No me amedrantan. No me arrullan. No me atan. No me imponen letra ni testigo. Al prisma de lo que se fumaba el rey de los gitanos, cuando la luna era sólo suya, salió a nuestro favor, aunque no nos creyera el Sol, aunque la muerte dijera lo contrario. No tuvimos ningún dueño, ni fuimos siervos, ni de la razón, ni de la noción, ni del cajón de madera de pino.  Batimos ranas. Quemamos las pinzas. Nos hicimos mar. Dormimos con el ojo abierto del Dragón. Y salió carambola. Si un día ya no nos ama Marte, iremos a pegarle fuego y entre sus brasas encontraremos el rizoma del fin. Sin arrugas. Sin reproches. Sin duelos no censados en la ayahuaska. Sin nada pendiente, todo marabunta. En paz de la hoguera y de la sangre incendiada. Con nuestras lágrimas y llagas haciéndole cosquillas a las olas. Con las tumbas que se abrieron a bocajarros en el pecho, hervidas de astros. Entre sal y romero y marihuana. Con tu invernadero multiplicándome el pólen. Nunca moriremos muertos. Moriremos, libres.
Hoy voy a ir a nadar al río. A unirme muy hondo a los chopos. A fluir el deseo al Fauno. Porque necesito la anchura de la mar. He andado algo despedazada. Siento al nigredo en mis vísceras. Y justo ahora me han dado arcadas y he vomitado. Soy psicosomática de lo que canta mi inconsciente. Necesito muchas fuerzas y no apartarme del camino. Serán días febriles y convulsos, incontrolables para Alicia. Mi a flor de piel, navegará a solas con la canción de las piedras y de las brasas. La polilla negra buscará su alimento. La anarquía querrá bailar y llegar a la luna. Mi relación con la tristeza también me contará sus secretos. Y la montaña y la noche estrellada me roncará su música.
He dormido un rato más. Se me hizo algo tarde. Hay un día soleado, hermoso de Septiembre. Tengo algo de compulsión al otoño, porque suele llegarme alguna curva que vuelve a relacionarme con el nigredo. La exposición a la intemperie ya no me toma tan hondo. Y un verso ensila hacia la comunicación con el Fauno el pronunciamiento de la Luna.

Estoy algo inquieta. Tal vez por el viaje. No sé muy bien cuándo nos iremos, en un par de días. Necesito alumbrarme de la vitalidad. Recuperar la fe. Han sido días extraños en la montaña, mezclados con la oscuridad del bajo fondo de los diarios. He tenido una relación algo tormentosa con mi inconsciente. Ciertas cinematografías de lo vencido, del dolor, del callejón sin salida. Estampidas irracionales de una oceanada opuesta. Que me obligan a luchar la voluntad. Y ya no me llega tan fácil el poema. 

Él viene hoy. Y no sé qué será. Siento una especie de vértigo porque ya no estaré sola. Mi escritura tendrá otro ritmo. Mi escarbar en las nubes regurgitará de ramas nevadas, de ardillas, de bailes de cerveza. Y alicia gritará su amor y su olvido.

Siempre he buscado trascender a la sombra que me sigue. La sombra es el nigredo. El nigredo es cuántico.  A veces hay una explicación que se taladra en una larga explicación compleja de lo vivido. Y a veces hiere otra vez lo mismo que hirió. La mente todo lo acumula. El inconsciente conserva todo. A mí a veces se me agita por el cuervo de Poe.. y empiezo a tener una náusea, la náusea hiere mi lenguaje y mi pasión frente a la magia del presente, y me hace más oscura.
Soñaba algo de un camarero sin mundo. Y tuve otros sueños, de playas y un bote de hongos alucinógenos y gente alrededor. 
Ahora busco las palabras. Los cristales están empañados. Mugen las vacas a lo lejos. Hace ya algo de frío. Me despierto algo inquieta, con el soliloquio todavía ausente por el inconsciente. Tengo que ir preparando la mochila para el viaje y tenemos pensado llevar mesas y sillas, sartenes y cazos, y todavía no hay nada recogido. 
Ahora no tengo muchas palabras en mi interior. Hay un hueco que me habla. Una transición que tengo que ir haciendo hacia el verbo.
Él una vez me dijo que cuando se muriera, escribiera su historia.  Él se suicidió hace un año. Algún día escribiré su historia. Pienso a veces en él, cuando suena esa canción, cuando me destroza el amor del vino, cuando los árboles ocultan una sonrisa imposible y abren muy hondo sus manos. Lo quise mucho cuando yo no sabía querer a nadie. Fui su amiga, cuando no era amiga de nadie. Me hizo volar de éxtasis y de libertad, cuando yo era una oblicua tarada que todo se lo daba al exilio de Alicia. Compartimos mil borracheras y bailes sobre el cañón, mucho más allá de la tierra, sin civismo, al enjambre autista de los que nacieron huérfanos, en duelo a muerte con la fe y la humanidad. Entre la vida y la muerte. Su teléfono marcó el  112 aquella noche que casi me mata la absenta. Su voz derritió el hielo de mi jamás. Y sin embargo, tengo la sensación de que nunca le fui sincera. Eran otros tiempos. Mi dragón me secuestraba. Ninguna mirada rebotaba en mi mirada. Monstruo buscaba su planeta en otro lugar. Aunque sé que mi vida, estaba viva de su vida, cuando nos tuvimos. Éramos niños sin mundo riendo en el abismo.
Tengo ganas de explorar la felicidad de la raposa que experimenté el verano pasado bajo el encantamiento de la huesera y los duendes de mi ensueño. Todo ocurría bajo un estado acrecentado y cubista de la conciencia. Afuera ellos decían locura. Pero era una flor y un espina de lo Infinito. Haber alguna vez amado, reído y gozado... en esos universos, provoca un horizonte, mucho más lejano que Marte, mucho más hermoso. Y en su parte oscura, provoca una insatisfación ante la realidad ordinaria, un nunca nada es suficiente. Y una idea mucho más profunda de la libertad, mucho más alienígena de la felicidad y del éxtasis. Que me hace también triste ante lo cotidiano, abstraida sobre hogueras que esperan al Fauno. Y no quiero perder el tiempo. La muerte nunca ha dejado de mirarnos. Es sólo ahora cuando podemos tener en las manos todas las estrellas.

Quiero con él, explorar de nuevo, un sexo chamánico. Sin los prejuicios que me ha dado conocerlo y saberlo sólo un humano. Sin rutinas, ni costumbres. Sin vejeces. Sin mañana. Sin tuya ni mío. Sin hacer lo que espera él que haga, sin hacer lo que yo espero hacer, sin darle la razón a nuestro eco. Entrar en ese trance del filo incendiado de los cuerpos, mucho más allá de la tierra, de los sentimientos, de la condición de humanos. En el sexo todo se pone de manifiesto sobre un hechizo etéreo y poético. Y lo que sangra en nuestro corazón, sangra en el ritmo que le ponemos. Y lo que aulla en la huesera, es lo que gemimos. Libertarse, es ser ese animal irreverente que nos sorprende, nos abisa, nos hace desconocernos de costado a costado, pero reconocernos en el fuego cósmico. Yo quiero hacerlo con la cuántica anarquista de mi raposa. Fluir en la salvaje evanescencia de lo desconocido y hablar con mi nagual. Mi nagual quiere pegar a Yos. Y tengo que trasladar su deseo en un juego poético y corporal. 

Mañana él estará por aquí.
Se ha cubierto del todo el cielo. Pienso en la integridad de la cuántica desde una nueva perspectiva, más cíclica y escéptica, más autoritariamente metafórica y volatil. Más desapegada. Generar la aceptación y el amor al fauno, en los diferentes instantes y moverme. Muchas veces es el nigredo el que me devuelve la conciencia y me gustaría evolucionar para que fuera el conocimiento y el amor al Teatro, y no el dolor. Sobretodo cuando esté en los momentos de exteriorización, fluir más rápido mis mareas y respetar sus atmósferas, sin herirme ni bifurcarme.

Ahora llegarán días de aventura, de nuevos escenarios, selvas y oceanadas. Una vida muy diferente a la que hago en el pueblo.  Dormir muy cerca de las estrellas, nuevos ríos y pobrezas y risa inexploradas. Otro paisanaje y pasión. Y vete a saber qué curvas y precipicios. No tengo ni idea de qué puede pasar. Y eso también me apasiona. Me gusta llegar a un sitio indefensa de la hechura. Abierta a todo lo que venga, sin refugios ni pródromos. 
Tampoco sé si entre Yos y yo, se armará el amor o la contienda. Si el viaje nos unirá o nos separará. Si Alicia se pondrá oscura o se tostará libertaria de los horizontes. No sé quiénes, ni qué canciones, ni desconocidos y duendes.

La cercanía del viaje me pone algo eufórica y también abandonada. Expresionista del fuego amarillo que ya van tomando los chopos. Del amor mágico de lo inasabible. De las aves del Quijote. Aunque también tengo una mano tocando al Cuervo. Esa suspicacia que creo que se adquiere cuando se ha andado muy abajo en el infierno y que nunca se quita del todo. Ayuda también a enjambrar el equilibrio. A no tener expectativas de paraiso que se vean truncadas. Equilibria los lados opuestos de las canciones. Esa suspicacia del cuervo, me une a la pesadumbre de la loba, pero compensa mi optimismo kamikace de los perros de diógenes. Abre en mi cubismo, un movimiento cuántico. Los sentimientos negativos, a veces son vitales, a veces son destructores. La nostalgia a veces nos trae de vuelta los sueños y lo amado, el camino del duende, lo clandestino y necesario para la felicidad de Alicia, pero a veces se vuelve una trampa que impide escuchar la música del presente. Es díficil aprender a hacer vitales, los sentires del nigredo, y a preñarlos de luz. A veces nos dejan atrapar por su naufragio y nos separan del gozo y del ardor de la vida. A veces nos protegen y velan el camino del corazón y de lo cierto.  Creo que las personas que alguna vez intentaron suicidarse, tienen una relación más atormentada con el nigredo. Sin querer se queda una sombra, un fado de tiniebla. Porque alguna vez se renunció a patadas y cañonazos. Porque alguna vez, se abandonó todos los caminos y se saltó de bruces hacia el humus y la nada. Porque alguna vez se defendió la muerte en lugar de la lucha por la vida y la resistencia y la fe del fauno.  También la sombra de haber volado y barriobajado los universos de la locura, provoca un nigredo mucho más incendiario, donde no es tan fácil fiarse de lo que llevamos dentro ni encontrar la paz del espíritu. Como si uno de nuestros yoes, fuera un antiyo, una singladura imposible. Entonces el eco del inconsciente tiene una puerta abierta a Comala. Y la cercanía con lo trágico, con lo irreverente y abisal, es más persistente.  

A mí me cuesta mucho integrar lo que soy, lo que he vivido y sentido y escrito y amado y odiado y perdido y peleado y volado. Me cuesta integrar la profundidad de la escritura, con la que soy junto a los humanos, y equilibrar mi lenguaje y sus cubismos, mi rostros y sus nieblas y brechas y lumbres. Me cuesta a veces tener una perspectiva acumulativa de mí misma, y cuando me dan ciertos ataques del Nigredo, siento que no soy nada, que soy la pesadilla de una pesadilla y la voz de Monstruo me pone a morir. Como si mi inconsciente se embriagara de los heraldos negros y todo se perdiera acuchillándome. Sé que son ánimos pasajeros, brotes de oscuridad que sólo viven en un instante mutante, pero la sensación de la existencia bajo esa percepción se vuelve un sangriento infierno. Por eso es para mí muy importante la vitalidad de la cuántica. Creo que el Infra de mi inconsciente, guarda experiencias en estados alterados de conciencia de verdadero espanto y dolor y angustia, y algo en mi abstracción a veces siente de nuevo el sonido de esa tragedia. Quiero vivir sin habitar el sufrimiento. Comprenderlo, pero marcharme. Quiero ser libre y feliz. Por eso ahora trato de ser consciente y de artesanar la vida y la musa. Tratar de integrarme, de amarme, sobretodo en esos momentos en los que me vuelvo un crimen contra la vida.
En breve me iré al monte con Kav. Ayer se comió media culebra. Estuvimos nadando en la atardecida. Yo me agarro a su arnés y él me lleva por el río. Eso me pone muy contenta porque siento que Kavka es un delfín y es un dragón y es el hummus de la mar y la última montaña de la tierra. Cuando me lleva, siento que voy sobre un caballo del Apocalipsis y que nada jamás puede vencernos. Yo encontré a Kav, porque quería que fuera un perro negro, que amara nadar y que le gustaran los gatos.  Y eso me llevó a él. Kavka y yo, nos hemos adaptado el uno al otro. Él por la mañana como sabe que yo no hablo con nadie hasta que no escribo unas tres horas, sigue durmiendo. Y hasta el mediodía no me busca.  Vamos de aquí para allá en el monte, el exiliado del mundo de los perros y yo exiliada del mundo de los humanos. Y nos acompañamos de tú a tú, entre las huellas del fauno. Cuando yo me quedo buscando muy quieta el resplandor de la montaña, él se sienta junto a mí y no nos movemos durante largo rato. Otras veces, él se avalancha, al baile de los mandriles y yo le sigo a él. Nos consentimos mutuamente los caprichos y ánimos. Me cuesta algo separarme de él tantos días.  A veces cuando me quedo mirando sus ojos, veo lo más bello del universo. La permanencia que tanto me cuesta sentir con los humanos, la siento con Kavka.  Y ahora ya nos vamos por ahí.
Empiezo a comprender la importancia de aceptar los ciclos y de fluir todas las estaciones y migraciones, ensilamientos y avalanchas, a fuego con el corazón y con el fuego.  A no forzarme al éxtasis del Teatro y el punk, a aceptar el viaje de mi mística de ceniza, de mi solitaria, de la que escribe cuando ya no queda nadie. A aceptar mi tristeza de óleos de Van Gogh y hoteles de muerte de Verlaine. Para la integración del devenir de la cuántica es imprescindible que jueguen todos los escenarios y pasiones. Y yo no tengo ya que hacer una lucha, entre los extremos de mi introspección y me exteriorización. Ambos mundos viven en mi corazón. Mi corazón a la mitad está helado por lo inasible y a la mitad es fuego. Soy también la triste, la que no tiene ganas de bailar, la que no ha amado. Y su prisma de beleño en la mar huracanada tiñe el vino que recojo a la vuelta.
En mi pasado sociable, yo tenía el oficio de los arlequines muy dentro de mí. Era parte del ego. Yo quería que los que me rodeaban se rieran, y a veces echaba humor negro contra mí y hacía un espectáculo. Esa aliento exibicionista, era algo que adquirí en mi infancia. Era el ardor de mi agujero. Era una búsqueda de aceptación y trascendencia, del amor de la otredad. Un lío de ego y de posesión. 
Todos en la infancia buscamos la aceptación de los otros. Porque los adultos nos han tratado de domesticar. Han jugado con nosotros, con premios y castigos. Han manchado nuestra salvajidad, la inocencia y la cuántica y el ardor del presente que todos tenemos en la infancia. Nuestros padres son los primeros verdugos. Nos han enseñado a obedecer. Y obedecer es estar jodido. Obedecer es reprimirse sin comprender.. Reprimirse es generar monstruos en el inconsciente. Coaccionarse es tener luchas de conciencia y remordimientos. Es perder la integridad. Nuestros padres son los primeros en arrebatarnos nuestros nombres. Y la sociedad capitalista sigue su trabajo de forma mucho más fascista. 
Lo que vivimos en la infancia se reproduce cubistamente durante toda nuestra vida.
Y mi inconsciente, aún sigue a veces buscando el amor de los otros. Mi inconsciente a veces aún sigue sintiendo un precipicio que me explota sobre Monstruo, cuando siento desprecio, frío e incomprensión en el humano con el que estoy hablando. Me lo tomo neuróticamente a pecho, y me enjambro en los perros de diógenes y en mi serenata del exilio. Y en el fondo es una taradez del ego. Es el agujero con el que nací mal gestionado. Es la pérdida de la Salvajidad. La salvajidad es viajera y cuántica, es anarquista y comunera, es pis de Panero en medio de la calle mandando a todos a la chingada y brillando la luna lunera. No se toma a pecho sus neuras ni sus teatros, y lo explota todo Teatro libertario sólo para Locos. 

Mi camino hacia el Tigre, tiene que arreglar de una vez, esa escabechina umbilical de la posesión. Mi corro de la sombra de la bruja de la tara del amor, tiene que navegar escéptica el cubismo. 

Y mi tara, es la búsqueda del amor del otros. Con Yoseba antes yo sentía muy hondo el quebranto de Monstruo. Y mi corazón se hacía pólvora y un titiritero alcohólico.  Porque sentía que cuando él no me amaba dejaba de amarme el sol y la luna, la mar, los perros, las estrellas, mis poemas, mi muerte y todas las vidas. 

Muchos de esos laberintos emocionales que sentía tenían una razón antropológica de las viejas tragedias del amor monogámico y del agujero mal gestionado. Del ego explotado en la espada del quijote y en la luna de Calígula. De la necesidad de tener un barco y un hogar, cuando nunca se tuvo. De la desesperación de no tener nunca nada y querer ser dios. También mi corazón estaba herido por lo mal que acabó todo con K. Y había algo visceral no arreglado en la cuántica. Un hueso roto primitivo que no se comió la Huesera. Una zona gaseante de la desrrealización. Un pánico inconsciente a ser abandonada y exiliada junto a la cucaracha de Kafka. Una recurrente tristeza del patito feo que jamás encuentra su familia. Y las criaturas de mi psique, defendían por un lado violentamente el ardor de Monstruo contra toda la humanidad, y otras eran como niñas abandonadas y mendigas del amor, necesitando tanto un beso, que era tan inaceptable, que la loba nunca tenía paz en el corazón. 

Ahora comprendo que el único camino es la cuántica anarquista, el desapego y la levedad, el viaje más allá de nuestra historia y nuestro pellejo, el amor libre, los juegos entre piratas y ladrones, la promiscuidad del ardor de la Luna y la anchura insondable del Universo. Ir siempre solos como la muerte y como las estrellas, y siempre habitados por duendes y mares. No delegar nuestra hambre a ningún ser vivo. Poner al Fauno delante y detrás.
Mi trabajo de la integridad de mis yoes, en junio del año pasado, tuvo una revolución, yo estaba en Costa da Morte y empecé a verbalizar el fuera de campo de mi escritura hacia la asimilación de los pájaros y lobos del corazón en el sueño de la armonía y de la cuántica. Pero entonces yo tenía muchos bocajarros y amores en barbecho dentro de mi alma. Tenía muchas heridas belicosas y guerras con la otredad y el vacío.
Allí vi unos delfines, y sentí que ellos me habían escuchado y sentido, tan abisal en aquella playa y que vinieron a hablar conmigo. Ellos me dieron la esperanza del Fauno y de lo extraordinario. 
Desde entonces hubo una metamorfosis en mí que pasó por muchos ciclos, los oníricos, surrealistas y salvajes del verano pasado. Y todo éste tiempo. Donde esos bocajarros y barbechos de mi corazón, empezaron a preñarse de semillas y a explorar el amor, lo mundano, mi retorno al mundo de los humanos. Mi retorno tratando de integrar a Alicia y de respetarla y de tenerla viva y libre en mi corazón.
Todavía estoy en el camino. Éste invierno fue muy sanguíneo y dual. Lujurioso y místico. Hedonista e introspectivo. Yo saltaba de un lado a otro de la cueva, robando caballitos de mar, algas y ron. La loba estaba en guerra. Vivía en la antagonia. La integridad de Alicia no era aún posible. La presencia de Monstruo a veces era muy violenta y bifurcante. La búsqueda del Tigre era muy complicada. Aunque todas las experiencias, fiestas y velorios y cuarentenas, fueron incluyendo la semántica exterior en mi soliloquio y haciendo urdimbre en mi identidad. Lo empírico fue ayudando al abismo de Monstruo a poder andar y a no ser tan abisal e irretornable.
Después el amor de Ab. actuó en mí como un mago y una avalancha de fuego y de fe. De isla. De vida en el tambor del alma. Experimenté por primera vez, la integridad de Alicia, el beso de amor, llegó a ella, a todos mis yoes, y fue para mí el primer beso de amor de mi vida.
También la noche de san juan fue importante, porque mi animal salvaje libertó su dadá, y el Tigre se quedó a gusto en esa pelea. Salió de su madriguera clandestina y avalanchó sus pasiones. Aunque fuera una noche enyerbada de brujas y locos y borrachos equilibristas de lo Imposible. 
El Tigre, es mi horizonte. La loba es su guardian y su protectora. Pero el Tigre es el equilibrio, la inclusión, la integridad hacia la evolución del rizoma. La loba a veces es una fuerza independiente. El cubismo y la cuántica, el equilibrio y anarquía de la violencia, la salvajidad, es para mí el Tigre. La loba suele vivir en el Infra. Es la que escribe muchos de mis textos. Cuando la loba, se exterioriza, el tigre se ríe.  Pero la loba a veces se exterioriza en contra de otros de mis yoes. Y yo salgo amoratanada. Aunque su exteriorización, aunque sea un ataque dadá y desquiciante, siempre pone contento a mi corazón. Y la noche de San Juan, puso muy contento a mi surrealismo.
Son días otra vez tranquilos... aunque viro mucho de la metáfora perceptiva de los hechos. Hay una convulsión de la semántica de la montaña en la curva de las lumbres que me hace sentirme otra, siempre otra calzando la anchura de la luna No sé si es la introspección, el mundo de mis sueños, el ánimo incendiario de los pájaros penetrando en el paisaje licores inasibles. Hay una persecución del verso-axioma que no me reconoce en ningún ayer. Creo que esto es algo que tiene qué ver con mi ardor psicótico, la sensación de que no hay estabilidad, ni campos de cultivo, ni continuidad, ni armonía. Vivir con la identidad en el duelo de la hoguera. No saber asimilar y digerir lo mío en la continuación e integridad. Pero tal vez sí ocurre, aunque mi conciencia viva sin ello. Tengo la sensación de que han pasado diez años, desde que vine de Xixón, y muchos más, de la que yo era antes de ese viaje.  El tiempo siempre es subjetivo. Yo muto cuando me quedo otra vez sola con los chopos y empiezo a escribir. La escritura se adentra en la entrelínea entre el espacio y su fuga, entre los hechos y Marte, entre el precipicio y la extinción de la humanidad. La escritura cambia el ritmo y la sensación de existencia, escarba en lo intocable, en lo inverbalizable y rompe el pacto con el espacio y con el tiempo. La soledad tiene miles de vidas. Y los procesos del inconsciente se hacen explorables y cruzan el pasillo, abren las puertas y empiezan a caminar hacia nosotros. Ya no están vetados ni reprimidos por el fuego del acto. Se vuelven el acto.  Éstas mareas en mi vida, acaban enjambrándome la sensación del abismo. Porque aún no sé del todo jugar con un tótem que haga una permanencia y una música inalterable.

Cuando vine de Xixón vine incendiada por la brecha, por el anacoluto, por todo lo que no había escrito. Mezclado con la orgía de lo vivido, en un fuego derivacionista, desquiciante y vital. Mi lucha siempre ha sido trascender los 20 centímetros de distancia insolubre entre mi mundo interior y mi exterior. He sido muy neurótica de Alicia. Las palabras hacían relebos de ayahuaska en un horizonte líquido que se perdía en sí mismo hasta el infinito. Cuando estaba en Xixón ese juego de metáforas, me hacía relacionarme muy hondo con un hueco. Aunque estaba extrovertida. Pero mi extroversión me sabía a un circo. Alicia en el fondo es una dictatorial moralista de su dadá. Y su delirante ideación sobre la integridad me hacía explotarme sin dueños ni amarras. Dejarme vagar la vagabundia. Su mirada imposible quemada en el fondo de mi mirada, me hacía una zarrapastrosa. La sensación de que no podía tenerla, de que ella era de otro mundo, me clavaba el síndrome del éxtasis, y cuando me da ese síndrome suelo beber alcohol como un pirata y extralimitarme. 

Aunque lo bueno de ese viaje, fue que Yos ya no era el chivo expiatorio de la manía de Alicia. Se abrió el comunismo-libertario y el baile de los mendigos. Mi anzuelo ya no se clavaba en el fuego que él podría darme. Era mucho más desapegada, escéptica y leve. Aunque la trampa de ese anzuelo, también provocaba la sensación de adrenalina y gozo de leones. La droga del enamoramiento, del fetichismo de amanitas y pasiones. Y como eso había desaparecido, éramos un poco más tristes, más profanos, marchándonos a cada rato el uno del otro.
Soñaba algo agradable pero me llega lejano para poder escribirlo. Algo surrealista que decía que había puesto delante el sentimiento y la percepción del perro durante todo un día y que por eso había estado tan feliz.
Hoy no hay niebla. Ya se nota el movimiento del sol, va trepando el alba por la montaña. En invierno hasta las 11 y media no sale el sol. 
Ayer estuve feliz nadando en el río, desnuda, entregada a la energía del agua. Para mí hay un conjuro que transforma mis vibraciones hacia la armonía. Algo en mí se conecta a la explosión inefable de mi cuerpo y salta al amor del agua. Eso me liberta, me extasia, me hace confiar del todo en Fauno. 
Luego hablé con mi vieja y le dije que ellos habían querido convertirme en una marujona, que habían tratado de reprimirme y de hacer que yo tuviera miedo y fuera una cobarde y viviera la vida como una tragedia. Les dije que había tenido más paciencia con ellos que el santo Jof. Y mi vieja me dijo pero si tú no tienes ni idea de quién ese ese santo y le dije pues el de la paciencia. Ya no estaba enfadada cuando se lo decía, a la mitad me sabía a una broma, lo decía con amor, no como otras veces que levantaba el suelo del pasado y me dolía de pólvora y aullido. Mi corazón se había curado del pasado. Y entre mi vieja y yo, se generó algo cálido y alegre.
Hemos hablado algo de preparatorias del viaje. El cielo se ha cargado. Siento algo de tormenta en mi flor de piel. Tal vez vaya a nadar al río. Aunque el agua está muy fría, hay una apertura de libertad cuando el frío funde en el cuerpo la expresión del Ensueño. Mis nervios y mi mente, se liberan. Y siento algo parecido al orgasmo. Una agitación de adrenalina que se echa al vuelo. Se me quita peso de encima y nigredo. Y algo vital se canta de oceanada.

Estos días son algo extraños, transitorios, hay alguien en mí que se atravesó de lejanía e introspección. Mi inconsciente estaba convulso, mordido por una antagonia. Estuve en el Infra y en la lucha. Sin el fluir optimista de la deriva y del Ser. Sin la sensación de plenitud y de musa. De aceptación de mí y de la vida, de amor al paso.

Mis incursiones en el Infra son cíclicas. Me vuelvo alguien más oscura cuando cruzo la noche. Me hago más metafísica y seria, menos sonriente y enjambrada, menos enamorada y poeta, menos jóven. Me vivo de forma algo dramática y ceniza. Aunque son esos momentos de oscuridad en los que se elabora en mí la forma del verbo, el pensamiento, mi conciencia. Pero son momentos de separación con el Fauno, de gravedad, de vértigo, de la sensación del peligro y la urgencia. Hay algo de estado de excepción. Se me ponen los cuervos en los hombros. Soy paranoica de Yos y de todas las otredades. Suspicaz de la lejanía. Y eso me hace alguien más triste y no gozo al duende. Quiero estar sola, quiero escribir, quiero huir como una explosión, y sufro el síndrome del éxtasis.

Aunque es parte de mi cubismo. De vez en cuando soy el dolor de conocer la escritura, de necesitar la escritura, de anteponerla, de velarla, de nombrarme en ella y no en la vida. 

Tengo que aprender a ser más cubista de mis ciclos. Y a aceptarlos con amor zen. Aceptar mi invierno, mi otoño, mi verano y oceanada. No todos los días se está de luna llena. No todos los días nos besa el amor del vino y de la adolescencia. No siempre se logra ser salvaje y zafarranchar los lobos y el ardor de lo vivo. Hay momentos de ensilamiento, de cuarentena, de putrefacción de las uvas. Hay momentos de fuera de campo, de fotografía, de engranaje, de boceto, de caminar a solas y perdido por una playa vacía. Y hay que respetar el pulso y la pasión, se esté dónde se esté. A veces sonarán tangos, a veces rock and roll. A veces será el amor hippie a todo lo vivo, a veces será la pelea y el ataque-defensa. A veces será el punk del hedonismo, la bendición de Dionisio y la musa, la jauría. A veces la mística triste de Dickinson. Días de bruma y arrepentimiento irracional de las nubes.

Yo muchas veces sufro más de lo que debería, porque ansio el éxtasis y quiero permanecer en él, busco llegar a él, quedarme sobre él, vivir en el perpetuo orgasmo. Y eso no es posible. Porque la existencia es cuántica que se transforma. Y el ser es cubismo. Y la existencia también está llena de ausencia, naufragio, distancia. Y el deseo, también se formula a través de una carencia. Y sus juegos y traslaciones son pis de brujas y teatro. 

Aprender a aceptarme en lo triste, en lo deshojado, en lo paria, me ayudará a vivir con levedad y placer también los abismos. Aceptar mi cuántica, su capricho marciano, mis ánimos de huracán y drácula. Mis deseos de apearme del mundo. La tensión invertebrada. Aprender a fluir en todo lo que venga y no espinarme más de lo necesario. Irme siempre de aquí para allá, tocar la canción y seguir marchándome. No siempre soy el amor que sueño, no siempre soy el alter-ego que me pide el poema ni el fuego. No siempre estoy para ti, ni para mí, ni para la tierra.
Me he dormido un rato, he estado soñando con poemas, era una duermevela más que un dormir. Y cuando fui consciente quise entrar en el ensueño y empecé a ver luces azules pero no tenía suficiente energía.
Quiero trabajar en la liberación de mis pulsos y de mis deseos. En el fulgor y en la expansión de mis sentidos a través de un hilo de abstracción que me vincule al ensueño. Sería vivir de un modo paralelo a cómo vivía el verano pasado, pero sin el delirio ni las alucinaciones, sino desde una pactada metáfora. 
Hacer un ejercicio de libertad absolutista de las que soy, sin la represión que provoca el exilio de Alicia. Me refiero al estigma de Monstruo, a la sensación de pecado, de suciedad, de secreto, de vetados, de tabús, de corazón no enjambrado. Sentimientos de inferioridad, de naufragio, de abandono, de exclusión, coraza de mis invertebrados, dualidad en mi ser. 
Ser verdaderamente libre, es vivir siempre afimando hacia la multiplicación del surrealismo. Sin luchas de moral. Sin agravios del extremismo de la utopía ni desórdenes del atentado de la belleza. Sin miedo. Sin prejuicios. En el presente. Sin reparos en el desprecio del otro, en el conflicto, en la lucha. Vivir salvajamente la canción que se ama. Sin contar con nadie para tocarla, sin depender de nada, ni de las circunstancias.

Mi último viaje a Xixón abrió en mi corazón el escepticismo enamorado. Se marchó la bala de mi pesa-nervios en el reclamo del amor. La noción del amor se hizo más expresionista y navegante. Sin mi agujero de nitroglicerina exigiendo el orgasmo de Marte. Al menos no a él. La sombra del corro de la bruja, se abrió a otras noches desde su noche y la promiscuidad de la luna, sirvió los licores. La bala de mis vísceras ya no se hizo gas maldito, entre su cuerpo. Y eso fue una evolución muy importante para mí, que llegó a través de la magia de la cuántica y del amor libre. 

Es el mismo camino que emprendí el verano pasado por el Tigre y el nagual. La diferencia es que el verano pasado yo estaba poseida por el fuego y mi identidad no estaba integrada en toda mi psique, sino en el extremo de lo onírico y del lado izquierdo. Había un mago que me daba poder y hoguera. Un duende. Algo divino. Pero también era alucinatorio y demasiado excesivo para poder habitar la tierra. Era como un  viaje curativo de peyote. Pero ahora he de arraigarlo a todo mi ser. Sin irme con las fantasías a otro planeta. Hacer un trabajo de integridad real, y la integridad, es el surrealismo anarquista y viajero.

Las tripas, tienen muchas zonas retroactivas. Él vendrá en dos días. Y con él, tengo que seguir evolucionando la cuántica y la realización de Alicia. Cosa que está llena de precipicios. Porque entre nosotros dos también hay muchas zonas en contienda que no empatizan ni hablan el mismo idioma. Por eso es el juego perfecto para apologar la cuántica y el relativismo. También emponderar el amor de los mandriles y de las nubes. Su andar de paso. Y no amortiguar en mi agujero de gusano la fuga de la atmósfera, no tragar en mi nigredo, la herida del paisanaje, no culpar a mi poema, no hacerme kamikace. Aprender a fluir desde el nihilismo. Sin engancharme a espinas ni a promesas de éxtasis de drogas. Liberando todos mis gemidos y exploraciones. Sin conceder. Sin entregar. Sin ser eco ni llanura.


Quiero ir del todo abierta a éste viaje, y no cerrada al blues con él y a nuestros líos de falda y canuto. Sé que vendrán también. Pero es muy largo el horizonte. Hay muchos caminos y estrellas. No quiero que mi poema me manipule hacia el ardor derivacionista de él. Eso ya lo hice durante mucho tiempo de forma trágica. Todas mis metáforas cuando estaba él, lo rodeaban y lo evocaban, todo iba a rebotar en él. Yo me entregaba, porque en aquél entonces, él era casi mi única humanidad. Y cuando salía del aislamiento, él se volvía una ruleta rusa, un sueño, un delirio, un aquelarre, un experimento, un poema en erección, un barco, una tumba, una espada y una pared, mis pasiones, mis heridas. Y eso me vulneraba porque me hacía gas. Perdía de vista el fulgor de la cuántica. Porque todo lo esculpía hacia su fuego. Eso me separaba del Tigre y de Alicia. Y me generaba una lucha interna entre la loba. La loba nunca me perdonaba hacer eso. Y su presencia me volvía a veces alguien helada, triste, distante. Enlaboratariada en un convulso laberinto.

Pero ahora es distinto. Porque amé a otro. Y se cayó una pared que había puesto allí la droga de mi poesía.  Ahora soy mucho más leve e independiente. Hablo a solas con la luna. Mi herida ya no me hace trampas de romanticismo y heroina. Y distingo mejor lo que amo y lo que soy.
Ahora el café. La marcha de las aves también me migran un sorbo de luna sobre lo inasible. Estuve en el monte pensando en el nagual de las relaciones sexuales. Introspectando la semántica de mis gemidos, haciéndolo nuclear del fulgor. Comprendiendo ese lugar tan cerca de la muerte y mis caprichos. Buscando algo más zen, algo que juegue en el ensueño. Un equilibrio de los seismos en el tambor del corazón. Algo que no obligue nunca a la represión y que tampoco sea suicida del fuego. Algo que también vibre la cuántica y el silencio zen. La armonía con el vacío y con las pasiones. Traté de saltar a mi otro lado. Trate de abrirme en la voluntad del bosque.
Son días algo convulsos. Pienso mucho en mi herida, en el hambre, en la sombra del corro, y trato de moverla de sitio y de amarla en el amor del Fauno. Por eso estoy más sensible a lo inefable y al pesa-nervios. Hay un conocimiento de las plantas que hechiza mi tacto, mi grito. Algo que me subconscienta y abre mis poros sobre lo abstracto. Pronto mi introspección no se dará en el mismo ritmo. Él llega el lunes y emprenderemos el viaje. La exteriorización gobernará esos días mi vida. La aventura, los juegos de vino y de tierra, lo desconocido que ofrecen las carreteras. Otro ritmo más punk y mundano. Y no sé qué será de Alicia. Será una experiencia muy distinta, entre vendimias y sudor, y hogueras y noches estrelladas. En un lugar nuevo. En una habitación que no es de ninguno de los dos. Un río para bañarnos. Una pregunta que francotirar en la luna. Y mi hueco independiente moviéndose en la deriva. Tengo que gestionar mi hueco hacia la cuántica, el amor libre y la independencia. Ser rizoma junto a él, y no delegar su hambre a la piromanía. Explorar una nueva comunicación con mi herida y un nuevo acto.
En breve iré al monte con Kavka. Hoy de nuevo encajan los significados en el fragor de la mariposa. He estado pensando en algunos hechos que ya pasaron y me he dado cuenta que tengo una relación muy amnésica de lo que me ha sido. Me dura mientras se mantiene en una canción, luego se vuelve algo lejanísimo, como si le hubiera ocurrido a otra. Y todas las piezas de su cubismo, se desordenan en la pasión de la mar. Eso me hace mantenerme a veces en un fuga, zarandeada por lo desconocido que trae el presente.
En dos días llegará él. Y luego nos iremos. No sé qué pasará entre nosotros. Nunca tengo la certeza de nuestra taberna. A veces nos disfrazamos de sangre galopada del teatro, y la subjetividad multiplica la mano vacía que acoge la mar. Todo se mueve y retumba. El deseo se mezcla con piromanía y playas aisladas, con sacramentos y vicios de hedonismo y enajenación pasajera. Todo se construye más allá de lo que yo abarco. La vida es salvaje e insondable. Nos pasea entre su música y sus andenes, nos amoratona de su belleza. Nunca hemos sido propietarios. Y el ardor del fuego, nos hace perder el equilibrio y la prosa.
La incursión de Alicia, tiene dos ejes rizomados en una contrareidad homógenea del beso del Fauno. Mi mundo interior y mi superficie, baila, a veces a tientas, el cráter de la luna. Lo que no escribo cuando no escribo, me espera en el amor de la tundra, y los pliegues se hacen tiovivos locos. 
Ahora mi trabajo es el escepticismo de la soledad del búho y la cuántica y el amor libre. Piar hacia la vida multiplicativa de la metáfora y andar más leve y más enamorada. No hacerme el sustantivo de mi infra, moverme más rápido, mutar más luna, el precipicio de mi pronombre. Y no sufrir en la sombra del corro de mi bruja, el pesa-nervios, tenderlo hacia la hoguera zen y metamorfa del vuelo del bosque.
Mi herida ha de comulgarse con la intimidad de los ríos y la anchura del cosmos. Provocando el Teatro, entre mi corazón y la materia. Provocando el escepticismo de la soledad de los búhos y el barco del que nunca nos bajamos hondeando los mares volcánicos.
En realidad siempre he hecho eso. Pero muchas veces no quería hacerlo. Aunque siempre se provocó la bifurcación de Alicia. Yo quería tirarme a lo bonzo, con el hambre de mi herida, para cubrirla bajo una explosión con los hechos, con el objeto amado, con la traducción metafórica vuelta una avalancha colmándome.  Y eso hacía que mi Consciencia se vulnerara por el agujero negro. Yo entonces tenía que ir al bosque oscuro, y el sufrimiento y la lucha por el Fauno, acababa otra vez provocando la cuántica. Pero a través de ir amoratanándome y yendo a tientas. 
En el fondo de mi herida, hay una pulsión, de cacería y de ansia de fuego, que siempre fue muy lunática. 
Y eso me provocó una hambriología y extremismo con la hechura. Y también un pozo sin fondo, un abismo perpetuo debajo de mis pies.
Ahora que soy consciente de esto, podría atajar de una vez, el sufrimiento de la Polilla Negra.
A través de enrocarme en el Fauno.
Defender de antemano el teatro entre mi herida y mi palabra.
Defender con consciencia y no con suicidio, mi distancia cubista con la otredad y con los cuerpos. Transformar el fetichismo del vacío, antes de que yo abra mi barra americana y ponga barra libre. 
Aunque siempre me he sujetado por las metáforas vagabundas. Mi visceralidad lo ha vivido de forma muy torpe y tozuda. De forma golpeada y violenta, a ciegas, ebria de Marte, entre una tumba y un páramo de corales. Mi visceralidad no ha tenido nunca memoria. Ha sido muy lunática y amnésica del ardor del fuego. 
La dualidad entre mi ensueño y mi carne, me ha hecho siempre escabechinas de la Araña del Inconsciente. Y por éste motivo, mi conciencia y el sufrimiento, han estado tan unidas. Muchas veces dando vueltas a un jodido bucle sin moverme aunque yo creyera que iba a la velocidad de la luz. 
Por eso cuando entro en el Teatro junto a alguien, me convierto en un caricatura de mi Ensueño. Porque en mi zona secreta, en realidad quiero conseguir algo, quiero conseguir el éxtasis y colmar mi hambre. Por eso vendo al diablo mi herida. La echo a la ruleta rusa y me abro etéreamente sin protección. Eso me separa del Tigre. Porque la herida, debe ser un ejercicio del silencio Zen en el fuego y zafarrancho de la soledad y de la independencia absoluta. Nunca ha de ir ensangrentada. Ha de filtrar en la cuántica y exponerse exclusivamente bajo la literatura. Y defender de antemano ese literatura, no golpearse con ella entre suelos de ginebra y bocajarros. 
Esa herida oculta el hambre más profunda de la existencia, entre la utopía y el secreto del universo.  Gestionar bien y guerreramente esa herida, nos lleva a la cuántica anarquista y a la plenitud. Gestionarla mál nos lleva al infierno, a lo obsesivo y a la quimera, al sufrimiento. 
Esa herida es sufrimiento de por sí. Y oculta el conocimiento y la evolución. Yo tengo que avalanchar donde su hambre exige, una ruptura que duerma en el espacio vacío, un salto hacia el nagual y el ensueño. Detener mi pasillo de gas y de vicio y magma, y renunciar sobre el beso del Fauno.
Ya se ha disipado casi toda la niebla. Queda el ronquido de una ola, sobre la pechera de la montaña. En la cuántica que hay entre mis sueños y mi andar despierta, hay un monstruo, un ardor del naufragio y una avalancha de lobos de luz y de fuego, está también el secreto del humus. Mi camino siempre andará entre esos dos mundos. Yo no puedo escapar de lo que sueño. Si en mis sueños, caigo, caigo en mi vida. Estoy muy unida a mi inconsciente, porque soy psicótica, bruja, porque bailé con la yerba del diablo. Porque tengo Ensueños, porque soy dadá. Porque nací así.
El inconsciente que lleva a la cuántica y al despertar de lo Onírico, tiene también infiernos. Mi relación con el nigredo, es salvaje y sanguínea. Y nunca puedo evitarme. Aunque mis palabras quieran quedarse a vivir con los delfines, si en mis sueños he visto a los demonios, mi cuerpo navegará otra vez el Infra. Cuando sueño y mi conciencia del sueño es atrapada por una odisea, mi vida también se ve atrapada. Y cruzo una brecha, una antagonia, un bofetón de Comala.  No puedo explicar con la prosa, el sentimiento que se hace mi barco en el ensueño, son unos tuétanos con el tercer ojo del pájaro y de la anguila. Y acaban armando a la mariposa que me hace vivir y moverme. La mariposa es cuántica. Tiene dentro el infierno y la muerte, los mares y las canciones. Su culminación es el nagual. Y llegar al nagual, es defender y vivir en armonía con el Tigre. Yo soy secuestrada por el Nigredo, cuando he herido en mí la cercanía al Tigre. Cuando tengo miedo de algo, cuando no estoy sacando mi pólvora, cuando estoy tragando polvo y mierda, cuando he olvidado la salvajidad, cuando he actuado en contra de mi corazón, o cuando estoy llenándome de soma y creyéndome quimeras. Mi inconsciente me empujará al Infierno para ver al Tigre. Y esa es mi suerte, y es mi precipicio.
El sol está abriendo un caballito de mar entre la niebla. Aullan los corales, las invisibles calizas. He pensado mucho en esas criaturas de mi ensueño que me succionaban la conciencia del Ensueño y me quitaban la energía. En mis últimos ensueños hubo una diferencia, yo traté de matarlas. En los ensueños del pasado, yo era expuesta a sus manos homicidas, y ellas, invisibles y omnipresentes me devoraban hasta que yo despertaba. He pensado, aunque suene irracional, que lo que representan esas criaturas del ensueño, está también en mi vida real. Y que pertenecen a pasiones perceptivas y formas de jugar y herirse con el verbo. He pensado que también vienen a devorarme a veces. Y que tengo qué hacer con ellas lo mismo que hice en mi ensueño, desenmascararlas y matarlas. Y también he pensado algo mucho más irracional, que esas criaturas viven realmente y que nuestra cotidianidad sobre la realidad ordinaria, a veces también las alimenta a costa de nuestra muerte, aunque no seamos conscientes. 

Mi trabajo ahora es saber qué agujero de mi ser, qué nigredo, las atrae a mí. Y cicatrizarlo y revitalizarlo para que no se agarren a mí. 

Y he comprendido, que sólo mi violencia es capaz a vencerlas. También he pensado que ellas ocultan un profundo conocimiento de nuestra psique. Y que no son monstruos. Son cuánticamente también un reflejo de mi interior. Una continuidad de mi alma.  Aunque son criaturas del Inframundo. Algo roto y despedazado en mí, algo inconcluso, algo herido, las atrapa a mí. Algo que tiene que evolucionar y preñarse por la conciencia. Y la mejor forma para que se vislumbre, es la pelea. Al pelear contra ellas, mi humus, se defiende, y entonces ocurre el encantamiento, el ensueño empieza a rebelar la brecha y hay una actitud vital y salvaje que provoca la avalancha para moverse de sitio. 

Las criaturas del ensueño, son cuánticas. Y tienen múltiples níveles de interpretación. Son monstruos y aliados al mismo tiempo, son depredadores y guías. Son diccionarios transitorios. Se agarran como un asesinato, a la raíz de la herida, y el cómo se reacciona con ellas, esculpe el cómo nos relacionamos con la muerte y cómo luchamos por ser libres y salvajes. Esas criaturas ponen de manifiesto un núcleo de la atmósfera y generan también un contexto onírico a la vez que son reflejos de nuestro contexto psíquico más profundo. Creo que ellas estarán muy presentes en la transición a la muerte.
Es importante que comprenda los mecanismos psíquicos de las crisis de mi escritura. Sé que básicamente se reducen a una antagonia en mi corazón, a un tabú ensangrentado entre el deseo y las ruinas. Un cruce de caminos en el pico del cuervo. Una dificultad de asimilación entre lo que me grita la luna y mi cuerpo. Cuando no puedo escribir, mi pesa-nervios desea a muerte un tipo de canción que yo no soy capaz a cantar, porque una herida está supurando en lo que hay detrás de mí. Esa frustración me trastorna, hace que los significados me lleguen como virus y yo sufro el delirio de Van Gogh y sufro mucho la existencia. Y aunque sufra, trato de escribir, mi esfuerzo acaba llegando al núcleo. La herida muchas veces empezó en una jauría del inconsciente. Y el verso, la desnuda. La pasión empieza a musicalizarla. Y suelo pasar un tiempo entre las canciones del infierno. El dolor también se vuelve una dificultad cuando añoro la musa en la que estaba antes del nigredo. Pero la musa ya lleva otra ropa y otro licor. Hay que aprender a irse antes, a explorar. A aceptar los heraldos negros y tocar su piano, adentrarse con ellos a los secretos del Infra y empezar su bailes de disfraces y su surrealismo.

He tardado unos tres días, en aceptar la herida que me envió el inconsciente.  Ahora ya la comprendo y la comparto también mis gorriones. Cuánto más se tarda en aceptarla, más se sufre y más se alarga la crisis de la escritura.  

También cuando se ha estado bailando en el éxtasis y llega un bocajarro del Infierno, hay una frustración y una negación de nitroglicerina. Se desea permanecer en el éxtasis. Y el saber de la oscuridad, me pone demasiado triste y rabiosa, tensa, agujereada, oblicua. Eso me pone neurótica y mis nervios empiezan a dar patadas. Por eso tengo que aprender a vivir en sincronía también con la verdad de lo oscuro. Además no suele equivocarse. Cuando se avalancha sobre mí es que yo andaba comprando drogas y quimeras y dándome gato por liebre. Negando algo de mí misma. Contándome milongas. Y aunque nunca es agradable caerse del pino, es algo urgente para cruzar el aliento del Tigre.
Soñaba algo de un viaje donde había serpientes, búfalos, monos, también ocurría algo en un tren. Todavía hay mucha niebla. Busco las palabras. Aún recuerdo pasajes de los sueños, escenas surrealistas donde había niños y odiseas. El día comienza aún temblante de la curva del alba en esa lumbre que a veces soñé. Creo que el sueño que tuve que me provocó el acceso al nigredo, es un sentimiento que me acompañará un tiempo mientras tengo que expandirlo hacia la cuántica y revivirme y actuar hacia la vida y los sueños. Es algo que representa un conflicto, un hueco, y que está en mí. No debo negarlo ni camuflarlo con poesía ni con ginebra. El camino es cumplir mis sueños. Y ese dolor, viene de un sueño enervante y mágico incumplido. Mi paso ha de ir a su corazón.  Tengo mucho qué hacer éste otoño. Buscarme otro sitio, emprender un viaje, exteriorizarme, darle otra vida al poema, darme otra vida a mí. 

En el viaje a Asturies fui algo pirómana de la pulsión de Marte, del aullido de la mandrágora, de los recolectores de lluvia, de los danzantes de carbón y escenario, pasadizo imposible, relebo del dragón. El otro lado de la luna, golpeaba mi hueco. Mientras yo vivía rodeada por canciones. El hueco vino a abrirse cruel en mis sueños y eso me provocó una paradoja y una guerra. Yo no quería sufrir al hueco, ni nombrarlo.  Pero estaba allí, efervescente mientras abría mi mano hacia la mar y recogía cachos de luna y de desolación. Mi reencuentro con él, me despedazó algo. Ahora tengo que aprender a escucharlo y ser fiel a su reclamo de Alicia. Ya no quiero vivir ciega a los poemas explotados de mi pecho, y volverme esa titiritera de la bruma y del salto al vacío. Enjambrada por jeroglíficos y golpes. Eso que hago cuando me arde la distancia del cielo, me hace correr muchos riesgos y vulnerarme, lastimar a Alicia. Cometer locuras. Bifurcar mi identidad. Extralimitarme. 

Ese hueco, es mi talón de aquiles, mi secreta tristeza, mi tabú. El verso nunca lo desnuda, no lo expone. La pelea del verso es trascenderlo. Rodearlo, embriagarlo de asteroides, rebentarlo contra la luna, exorcizarlo de mí y que nunca más me haga sentir herida. Y sin embargo, ese hueco está muy hondo unido a mi pesa-nervios y al frío de mi sombra. Debo ser honesta a su anchura. Aprender a llorar sus lágrimas en los campos de cultivo de la rosa y de los tordos. 

A veces lo he desfocalizado y he vivido el ardor del paraiso, pero a veces lo he manipulado con trampas poéticas y él, ajeno a mi lenguaje, ha descorrido con sangre el desierto en mi subconsciente, hasta que se rebasó y vino como un heraldo negro a clavarme su quebranto. 

Por eso sufrí estos días de atrás una crisis poética. Por eso anduve por ahí como Drácula cargando toneladas de niebla. Porque se avalanchó desde mi inconsciente cuando yo creía que ya no estaba. Y estuvo ahí. Pero mi conciencia no quería nombrarlo, mi hechura no quería incluirlo. Aunque estaba en el retumbar de la noche y en la sensibilidad de los lirios. Estaba junto a los mamut de la niña perdida. Junto a la resaca rezando caballitos de mar. Entre los papeles como una transición de rosa de jericó hacia lo Imposible.  Y darme de bruces con él, me despedazó los nervios y la fe. Me hizo darme cuenta de la herida. Y mi primera reacción fue no aceptarla, luchar contra ella, espantarla, darle patadas y destruirla. Pero no podía hacerlo. Y entonces no podía escribir. Porque ella estaba en mi corazón y yo sólo sé escribir con el corazón. Como el sufrimiento persistió desde el abracadabra del inconsciente, mi consciencia tuvo que incluirlo y tratar de comprenderlo.  Una vez que lo acepté y se musicalizó en mi inconsciente regresó la poesía y la escritura.
El sueño que no quise escribir por la mañana, era extraño. Yo le decía "parecen estrellas explotando en mi piel". Pero era su semen.  Había inmensos pasillos rodeados por la intemperie. Todos caminábamos. Ningunos nos parábamos, no había hogar.

Sigo siendo la misma vagabunda que era cuando tenía tres años. A veces me abro en pedazos por el fulgor. Incendio el suelo y no dejo nada a lo que regresar. Hago eso cuando voy al amor y cuando voy al espanto. La yerba del diablo me canta nanas entre los sanatorios y los paraisos. A veces me duele tanto no poder sostener tu mano. A veces eso me da la vida. El queroseno no me deja posar mi corazón. Sufro el destierro. Me alzo del destierro. Mi brecha me rebota en el Ensueño. Mi rincón amontona sombras y canciones. Voy sucia y desarreglada del amor de dios. Nunca me quedo en tus ojos. El plomo apura la necesidad de correr. Nada nos da la paz. Nada nos obliga a ser alguien. Es demasiado profundo el devenir de la mar, derribándonos ante sus labios.
En breve voy a ir al río. Hoy estoy con el nigredo. Y yo sólo salgo del nigredo a través del amor de sus canciones oscuras. Tengo que mutar bajo el beso del cadáver. Beber tequila y mugre. Encaracolarme de la baba de la noche. Lastrar mis botellas, mis papeles, las baldosas. Dolerme del lumbago de tu amor y tu ruindad. Pendenciarme de las curvas desgraciadas del payaso. Apostarlo todo al fuego. Perder a mis hermanos, a mis hijos. Y clausarme en su belleza tiroteada. Fumar con el diablo la desolación de los andenes. Y hechizarme por la fe de la Polilla Negra.
Hablo con murciélagos la soledad de mi cuarto infundada en la pasión de tu perro cuando te muerden los callejones los besos que derramas en los bares, insurrectos y sucios, del aliento de dios bajo la escoria.

No pudo ser entre nosotros. Rebotamos en la hoguera. El dragón se volvió un asesino y se lo dimos todo. Sueño la mar. Cruzo tu infierno. Somos marfil en la nube. Somos burdel en una casa de muñecas. 

Quise compartir tu boca con el amor de otro. Quise levantar el suelo y despertar en el crepúsculo. Te torciste entre mis senos como un romántico proxeneta de los despojos. No nos pude alcanzar. No quedaba allí nada decente. Sólo comprendió los hechos un perro vagabundo que te vio caer.

Quise cruzar la fortuna descalza, entregada a ti. Y te curvaste en mis piernas como la pala del enterrador. Me llevé conmigo mis secretos. Me llevé conmigo la ausencia.
Tengo una rata que retrocede cuando te acercas.
Ella es caprichosa ojo derecho de mi sombra.
Ella es hada sin hijos cantando palabras a la muerte y pariendo fuego.
Ella cava debajo de la tierra mis huesos y echa afuera clandestinas fugas que persigo ebria.
Ella no te enseñará mi corazón. Me llevará entre ruindades y destellos, a la barricada de su soledad. Y desalojará toda la tierra.

Mi rata no te bajará la ropa con la sensualidad del blues. No te aviantará a mis brazos con celo. Será con moratones y antojos de bala y peligro. Ella es sucia. Ella no sabe nada del amor ni de la humanidad. Ella ha mantenido su fe, donde nadie jamás existió. Y me quiere mucho. Aunque pague mal.
Hablamos muchas veces de la muerte. Pero yo ya no la pienso en ti. La pienso en la mandrágora, en el violín, en el acueducto del halcón aguijoneando el arco-iris. Voy pentagrama de opio a su hendidura. Bailo pegada con la risa contagiosa del suicida, pisoteando callejones con el filo de sus venas. Y huyo tan rápido que no me sigue ni la sombra. El licor rebotará en la mesa, y la última nos la regalarán.
Él murió hace ya tres o cuatro años. Nos mordimos por el rocío. No pudimos mirar para atrás. No pudimos guardar luto, ni abandonar el duelo con el viento. No llevé flores. No supe llorar. Las moscas traían gigantes de molino. Brillaba azul el fondo oscuro. Ojos de avispa y taladradora me torcían la silla. No supe darte ningún adiós. Te quedaste como todo por lo que yo pasé embriagado del cielo y del polvo. Aún golpeado en mi cuerpo, cuando no hay eco ni existió ninguna fecha.

He hablado con él un rato. Me he regenerado un poco en la trasmisión del adobe y la paja, de la nube de la lluvia y los cañaverales en los que duerme tu estampa siniestra. Mirándome. Abandonándome. Donde sólo tenemos a la luna.

Yo nunca he sabido emparejarme, excepto en la literatura.
Es un síndrome de Monstruo. Es una pasión estelar. Es mi tragedia y mi suerte. Sólo he volado los paraisos en el fuego de una erección, después la explosión, el fin. Mi monzón. Mi marcha. Otra vez mi soledad. 

He sido inmensamente feliz, en la fugacidad y erosión del fuego. Pero nunca he guardado para mí el talle ni el licor. 

He amado hasta lo infinito, en la canción mortal.

Luego vagajes de lobo y de mendigo. Otra vez la pobreza, la suciedad, el desalojo, mi papel. De aquí para allá sin un lugar al que volver.

Y tampoco serías tú, aunque lo deseé tanto. No ésta vez. No en ésta vida. De piratas los abordajes. De yonquis, la puerta de atrás. De cabeza rodando cuesta abajo, el sombrero del cartero. De arpía la manzana cortada en dos cachos.

Y yo no puedo hacer nada para evitarlo. Mi corazón es un arlequín y un mendigo, un pirómano y un guitarrista. No cuaja nunca en el aquí, ni el tú, ni tuyá.