Ardidos

En breve voy al mar. A veces soy una niña que necesita un cocodrilo de arena prometido como el amor de una madre para poder tragar las olas y comprender el horizonte que se pasea como un cadáver sobre los tilos recien nacidos.

Me hago humo, temblando todos los temores, cuando la Luna no me ama. Me hago un monstruo desamparado cuando los perros no vienen a jugar conmigo. Me hago el fondo oscuro del espanto, cuando no tengo un canto indestructible y un amor mucho más largo que la muerte. Necesito saber un fauno. Porque sino mi razón me hace una bestia sin madre y la enfermedad de los negrillos. Necesito que la mar tenga conexiones neuronales y sepa todo de mí y del más allá y el más acá y me sople al oido cantos de sirena y de coral llevando mi cuerpo a una fuga infinita donde no hace falta que yo esté.

Si pierdo mis canicas, me llevan los demonios. Si mi fantasía se ahoga en una pared, me devoran las cucarachas. Si entre tú y yo, no hay un cuento del Nunca Jamás y un duende saltando la épica de los desheredados y los imposibles, me hago muy sombría y te vuelves un asesinato y yo el gatillo que lo aprieta.

Si mi esquizo-mago no juega a acuchillarme las estrellas cuando duermo, me hago una tumba que todo lo traga.
La personalidad B del diario del polvo y de los cráteres. Me aleja dos pasos, del beso que te doy con mis callejuelas y manantiales. Me separa del amor que penínsulo en la tierra que queda cuando el salto curva la luna en el quebranto de los suelos. Atormenta mi empatía cuando la alucinación del fuego arranca la geometría de mis ojos en la raja de lo inexistente. Me obliga a no ser  anegada por la hechura, dando patadas y mordiscos al sentido que espeja mi vida sobre el suicidio de la rosa de jericó.

Su necesidad de arder, despersonifica con fervor mi idea de ser. Y me alberga sobre la marabunta de un verbo irrealizable tocándome como la única casa.

Estoy sinérgicamente vinculada a esa voz. Que me hace un puente de un oasis colgado del mástil diciéndome lo que me dice. Y enjambrando la brecha en la que reboto y la huella que deja mi pie.

Y esto siempre será así. Y he de acostumbrarme a la antagonia con alma de marinero, con ropa de vagabundo, con corazón de mezcal y de agujero de lluvia. Sin instigarme la oscuridad de la metafísica. Los escritores son animales psicopáticos del otro lado de la sombra. Neuróticos del rubor inefable de esa premonición que el espejo hace sobre un extraño que tras nuestra carne grita.

Mi sensación de ser siempre una embustera y no poder quedarme ni ser enteramente. Tal vez no es por la bifurcación de Alicia ni Tigre, ni la múltiple identidad ni nada de eso que tanto escribí. Tal vez es porque escribo. Porque desarrollo una identidad exarcerbadamente frente a la muerte que ofrece y ama un papel en blanco. Y esa identidad es radicalmente individualista y autista, derivacionista del cubismo y de lo incognoscible. Y su extremo utópico es inviable cuando hay un humano. Su carencia me llena de hambre. Mi hambre de fuego. El fuego me estigmatiza del vicio de Marte. Y Marte me hace una anomalía y un atropello. Mi dolor, me da éxtasis en el poema. Mi destierro se vuelve una musa. Los 20cm que siempre me separan de ti, escribirán mil galaxias y los cantos de amor que yo no sabré darte y los réquiem y homicidios involuntarios de Luna.

Y será así al relebo de la cuántica y de la calavera, toda mi vida.
Porque escribo.
Chuparé el mango de tu cuchillo en la flor que planto en los andenes. Escarbaré en mi amorfosidad y saldrá rana. Y una y otra vez, lloverá marihuana del infierno.

Hay una leyenda que oculta muchas vidas en mi pecho, muchas cucharas dando vueltas al mismo vaso. Porque soy la fuga de mi principio y de mi fin. Porque soy la ceniza erótica de mi muerte. La caza y la lejanía, de lo que afirmo, de lo que tengo.

Mi escritura escribe un cuento de abstracciones que me permite rodearme y tocar el tambor de mi hueso y el plomo de mi lágrima. Mis metáforas son las alucinaciones que me regala la carretera para poder mirarla y decir la carretera, mi paso, mi cuerpo. Mis cuentos de vez en cuando se odian a sí mismos y se desalman de todo lo que dijeron. Y ya no son útiles. Se hacen a la contra un pinchazo que me sale por la culata de un amor que ya no tengo. Y entre su naturaleza muerta, echo a correr desesperada en busca de otros cuentos. Sin los cuentos yo me moriría.

Y ahora son tiempos de barbecho haciendo autopsias a los caminos que me trajeron hasta aquí, buscando a la huesera y al chopo que saca sus patas de la tierra y camina sobre las aguas. 

La épica que me daba ese beso de tornillo y de bisagra rota en mil pedazos. Se ha delirado por la aprensión del vacío que la parca soplaba sobre los girasoles y los leones. Y mi cuento sufrió un desplante de la huelga de mis sentidos. Y sólo los cuentos arreglan mi vida. Porque yo soy un cuento. Y todo lo que amo. Y todo lo que puedo comprender, besar, cantar y haber vivido. 
Por eso ahora busco una nueva historia entre los muertos de la mía. Y es el poema el que la elige, porque es el poema el que la lleva dentro desde el principio de los tiempos.
Me despierto con la respiración de un cocodrilo en el vaho de los artos. Tenía un sueño que se perdía en la sombra de un árbol agitando el viento donde las historias no volvían. Todavía estoy sonámbula de los horizontes pulverizados en la convulsión de un sentimiento que te llamaba. Todo es más sencillo de lo que yo creo. Siempre ha sido más sencillo de lo que dijo mi palabra. Sé que en mí hay una tensión apocalíptica que derrama tus huesos al filo de las arpas que me cuentan las olas, y sin escapatoria nos asfixia a los dos cuando las sirenas tienen hambre. Sólo es una ideación de la balacea amniótica sobre una tierra que huye acuchillada sobre mi pecho. Es una neurosis del hueco que me une la espada a la pared cuando los pájaros escriben ventanas que son agujeros negros hacia el fondo oscuro de tu reflejo taladrado en el fin de las palabras. Y yo tiro ahí, la identidad que me devuelve una mano, el vocablo que me hace construir un sentido pasajero al grito con el que te abrazo para que no llegue el frío.  Es el hueso asustado. Es la sádica instrospección de una pregunta sin respuesta. Es el cuerpo de mi ensueño febril de lo que arrastran los ríos cuando muy sola miro el devenir del tiempo fosilificando mi mirada en una brecha que me dice mi vida.
A veces se necesita tiempo para que el silencio vertebre las huellas en lo intocable de la mar. Y ahora es lo que quiero. Descansar de lo que chocaba conmigo, de lo que yo echaba como leña al fuego. De las batallas del amor y del olvido. Dejar que se ponga delante y detrás de mí la mar. Y no hacer absolutamente nada sino esperar a que pase el tiempo, a que se caigan del todo las hojas de mi árbol, a que muden de piel mis libélulas, a que la lluvia eche raíces en el eco de la salvia.
Me está gustando mucho escribir esos poemas, me hacen sentir éxtasis, tal vez es por el exibicionismo. 
Ahora he parado otro rato, porque después de la catarsis, la marea es mejor que vuelva al polvo. Como un hombre cuando eyacula. 

Con Yos al principio me enfadaba y le violentaba. No lo acababa de entender. Para mí él fue como si fuera mi primer amante descubriéndome lo inacabable de la naturaleza. Porque los que hubo antes eran historias de aves de fuego quemándolo todo en la prisa de mi cucacaracha de Kafka y no dejando memoria ni dirección.  Pero con él, el deseo deseaba una estrella más cada vez. Y nos sentía dos niños, dos leones, dos búfalos, dos pájaros, dos chacales y dos sapitos, libando hasta los confines la teoría de las cuerdas de nuestra naturaleza y explorando, rodeados por la sacritud y la belleza y la libertad, cada rincón y gemido. Con él, nada era sucio, ni peligroso, ni malo, ni materialista, ni tabú, ni real ni irreal. Porque él es un salvaje y un niño. Porque tiene un corazón lobo y lluvia. Porque me hace reír. Porque confié en él. Porque me gustó. Porque Fauno me dijo que era un duende.

Antes de él, no todo fue del cuervo de Poe. X. fue hermoso y selvático. El polaco fue  la resurrección de la URSS. Pero antes de ellos, yo tenía una doblez psicótica que me hacía sentir el sexo como un apocalipsis y odié profunda e irracionalmente a esos hombres. Mi Tigre quiso matarlos.

Y luego detrás del agujero del árbol me hice asexual un tiempo y hablé mucho con los árboles.

Con Yos descubrí el picazón de las estrellas. Y una relación sana, natural, inocente. Ese tipo de relaciones la gente las suele tener desde el principio de sus vidas. Pero en mi principio hablaba con muertos y trataba con el espejo de manos del hachís versiculándome el vómito de Artaud. Por eso crecí amorfamente, cortada en pedacitos por la máquina de escribir de Mercurio. Viuda. Sin besos de amor. Sin yo también te comprendo. Al no te acerques mucho. Al que corra el aire del cuervo. Que se caiga el cielo encima que yo me iré al abajo del sur, donde los olvidados cantan, sin dios y sin tierra, el puerto de Léolo.

Y mi pasado de Franquestein con navaja y con lágrimas de caramelo. Me hizo una sombra de bruja que corre cuando el amor se acerca. 

Y Yos me la espantó al vuelo de Marte. Pero Yos también corre como alma que lleva el diablo del amor. Y ya no podemos avanzar. Nos hemos atascado en Marte. Un corazón de hielo nos funde los cubitos del whisky. Y nos hace amor de perros. Y sigue siendo, natural e inocente. Pero el frío nos duele.

Y ese frío, cruza mis sueños, y me trae de vuelta al Tigre que quiso matar a aquellos hombres y pone a Yos también al ansia de su caza. Y entonces cruzo Comala.  Secretamente lo odio. Y eso es muy malo, me despierta un oscuro cuervo. Y a la vez me obliga al esquizoanálisis del primer tambor.

El útero guarda muchos secretos. Está unido al corazón y al hummus. Tiene mil bibliotecas. Ojos y lengua. Zarpas y conexiones neuronales. El sexo con otra persona genera una especie de vuelo astral y una apertura del éter. Una fundición de lo invisible y abstracto. Una mezcla de energías. Y algo muy profundo e incognoscible de mi útero ha comenzado una guerra. Y en mis sueños, es muy peligrosa y abisal. Y Yos la refleja. Y Tigre quiere matarlo. Y mi niña perdida quererlo en el país de Nunca Jamás.  Y la antagonia me hace sufrir y buscar un camino en las profundidades de la mar.
Me acostumbro como una ráfaga de viento a ésta casa y a éste pueblo. Nunca cierro ni abro del todo la puerta. Cuando camino por la noche por sus calles tengo la extraña premonición de que me voy a encontrar conmigo misma y eso me da un calambre de espanto que me hace ir temblando como una hoja de afeitar el beso del rocío. No hablo con casi nadie. He vuelto a ser el gato negro que se cruza dando un salto monte adentro, arrastrando la lluvia y las piedras, rezando una flor de loto, a la vida que aún no ha pasado.

Mi espacio de escritura ya tiene tomada la medida de mi trasero, de mi humo, de la amapola que da un respingo, y de la lágrima de cobalto y brindis de una llama.

Cuando empiezo a estar en alguna parte, es cuando quepo entre mi escritura y la nada. Cuando mi cenicero es una parte de mis dedos, cuando la mesa, es una gota de mi saliva, cuando la ventana en fuga que muerdo entre dos palabras, me mira con los ojos de mi muerte y con la fotosíntesis del crepúsculo. Cuando no me distrae la sensación de que alguien me mira ni me busca ni sabe mi nombre.

Cuando llegué, mi escritura echaba a correr en dirección contraria. Pero ahora ya está mi calavera atada al mástil y empiezo a ubicar el camino que lleva al mar.
Hoy por fin he empezado a escribir los poemas sobre la obra de Teresa Gancedo. Ahora he parado un rato a tomar un café y expulsar mi pesa-nervios subjetivo para regresar a las pinturas sin los prejuicios de lo que hoy me hiere. Aunque poéticamente es muy díficil no reflejar lo que arde dentro. No ver entre las urdimbres de la pintura la bestia que me persigue y el manantial etéreo que habla de lo que amo. Mi psique revoloteada en la cacería onírica de la abstracción que toca el hueso y el tambor de ese individualismo voraz que un paso más allá es el todo y es la nada. 

Me han pasado unos libros sobre ella por si quería profundizar más en los leitmotiv y secretos de su obra. Pero he preferido que fuera sólo la obra la que me hablara. La que hablara a mi analfabetismo y al embrujo.

Quiero integrarme en las abstracciones. Es otra forma de escritura muy distinta a la que suelo hacer. Requiere más concentración y catarsis. Una sinergia entre la poesía de la pintura y la de la palabra.  Por eso prefiero parar después de cada poema, fumar un cigarrillo, escribir mis blablabla, para ir vaciando otra vez la estufa.
Rastrea en la antigeometría de tus sentimientos, mi sombra, la balsa insomne del eco de mandrágora, acuchillada en nuestras vidas como una casa que se muere. Soy cómplice y saña, templo y burdel de la destrucción que enjambramos cuando nos queremos. Después ladran los perros, los vagabundos se suben a nuestros hombros de cartón y luciérnaga. Me engaño persiguiendo polillas y grutas de resina y balacea, corazones de trapo de muñecos que tuvieron mi vida ahorcada en sus leyendas. Y sufro al pataleo, la pérdida de la identidad al orzuelo de sendas ingrávidas que me hacen de palanca y de fin de la obra. 

Todas mis taras se literan de la humedad de tu cuerpo, del verso del amor en un país muy lejano, sobre un hombre que apenas sea un hombre y una realidad que no se sostenga en el suelo. Y huyo. Toda la vida me la he pasado corriendo pórticos espectrales y libros de cebolla, candelabros de manubrios de cabra y benceno, cavernas que acababan de una vez con la civilización, fantasías de hulla y de pomelo, francotirando el porvenir sobre la infidelidad de un asteroide.

Y hoy sin querer, me siento cansada. De mis cuentos y bares en quiebra. De la punta del cuchillo vuelta sobre mí cuando me echaba un vals el sol. De lo que escribo y de lo que callo. De lo que es exorcizado en el perro negro que canta bajo la lluvia y de lo que es culpado y encerrado en su ladrido borboteado en mi cabeza como la brecha que no deja salir nada. Mis pasiones se han hecho sombrías de una utopía que se aleja demasiado rápido del poso de vino y de la tierra entre mis uñas.

Y todo me parece una farsa. Y siento que estoy perdiendo mi inocencia. Que mi escepticismo juzga con el devenir de la música de las ratas y nada ni nadie se me salva. Se me están muriendo los héroes. Los paraisos bajo el rayo de luna. Los antros del abajo y a la izquierda donde me vivían las guitarras y la mar era insondable. Mi corazón perro contento de serte hoy gruñe porque está herido de quién sabe que canto tan lejano que sólo soy cuento y hoy es triste.
Me bañé en la mar. Un éxtasis chocó en mis confines. Después se disolvió en otra memoria. Me siento libre cuando corro desnuda hacia el agua fría, cuando ella se lleva las palabras y los años. Hay un instante de catarsis donde nada me hiere. 

Luego ocurrió algo con la melancolía y los filos. Ahora todavía estoy cansada. Me recuesta una raja del cielo en el ahorcamiento de las amapolas. No vuelve igual el deseo. Las selvas conquistadas se vuelven campos de secano. Las lunas que fueron inacabables poemas, una vez entre los brazos, se hacen literatura de la despedida. 

Éste último año cumplí algunos sueños. Y en su clímax se hicieron vagones de ruinas empujando mi sombra nómada sobre la tierra que no me echa raíces. 

Tal vez por eso, ya no siento tanto estrépito cuando abres mi puerta ni cuando me quitas el vestido o se cruza una estrella fugaz en la charca que refleja nuestros tirachinas y besos. Y la dialéctica de la soledad y el amor, se amotina sobre el entrañamiento de un rayo que acabe con el s.XXI y entre sus insomnios pasan los días saboteando lo que tenemos.
Él no sabe amar. Por eso lo quise tanto. Porque no importaría. Porque nunca sabríamos quiénes éramos y nos la sudaría rayo de luna.
Me era una criatura misteriosa, salvaje, autista, embustera, camaleónica, fría y ardiente de los Teatros, de los fusiles y desiertos, ajada a la flor de la muerte, erótica y misántropa, sin tierra, sin raíces, sin futuro, hecha de fuego y barracones, desemparentada, impar y siempre sola.
Yo corría como alma que lleva el diablo si me tocaba algo parecido al amor. Y era una multitud de hipotenusas sin eje.

Y nos juntó el demonio y nos criaron los lobos y el mezcal. 

Todo era muy bonito, tan entrópico y desentrañadamente devenir de la hoguera.
A placer y locura transitoria haciéndonos de puente a las estrellas y el olvido.

Pero ahora me duele algo.
Un hueso de gaviota.
Una sonrisa de papel en el payaso.
Un agujero de carcoma en mi pecho.
Una fuga de la mar en la penumbra de mi ensueño. 

Y no sé cómo separarme de él.
Él oculta todas mis pesadillas y abismos.
Él levanta como un huracán mis espectros.
Él refleja mi mal, mi error, lo que me mata de Marte. Y creo que yo hago lo mismo con él.

Los dos echamos en el vaso el veneno y brindamos ebrios de viento y de llamaradas. Y volamos. Y nos creemos libres mientras crece el agujero.
Y no sé porqué, si nos queremos bien, si nunca buscamos el mal del otro, nos hacemos daño. Un cuervo tenebroso vuela sobre nosotros y cada vez que nos amamos se hace más grande y cuánto más canta, más deseamos otra vez amarnos y yacer en su música como arpas de sal y vino.

No sé cómo irme de él. Una tumba sangra. La misma que lo necesita para cantar. La que se llena de frío en sus brazos. La que nos escribe a los dos, hijos del olvido, parias, navegantes del Nunca Jamás. Nos herimos de tenernos y de no tenernos. De querernos y no querernos. De no sernos camino ni refugio, y buscarnos vagabundos en medio de la nada y explotar juntos lo que calla la luna.

Desde el día que lo conocí, supe que él no me convenía.
Y hace más de un año. 

Me duele algo. Y tengo que buscar en la mar, una puerta.
Aquella noche denigré a su lado lo que amo. Me volví un tubérculo con patas y antenas croando la onomatopeya de lo maldito y pirómano.
Nos rodeaba, la poesía, los libros, las guitarras. Ese templo de vino y humo que baila con la muerte. Ese ojo que se ensaña consigo mismo para ir más allá de la tierra. Ese canto que nace del exilio de los huesos y francotira los sueños en busca del cuerpo de la mar y lo infinito. Y ama.
Pero yo me alié a su cromañón.  Me vestí de ruina y desvergüenza. De los fusiles etílicos del esperpento y los tambores de sangre. Y reí la cloaca del río del olvido. La pandereta de los olvidados. El champán de los suicidas. El descaro y la saña de los que no tienen mundo.

Y toqué fondo.
El fondo clandestino de mi jodido Teatro. 
Y mi perro negro se llenó de desolación.

Aquella noche en Xixón, fue la última noche de algo. 

Mis moratones escribieron un firmamento que fusilaba las estrellas en mi corazón.
Mi soledad bebió mil soledades llorando sobre los perros de Diógenes un poema de dinamita y polvo.

Al día siguiente lo odié. Nos odié a los dos. 

Esa noche, escribió un antes y un después, en el hervor de mis ruinas. Y me cortó muchos cables que hoy ato al mar.
No me hizo ilusión. Fui a aquella fiesta como un perro corre y avalancha la deriva después de haber estado un tiempo encerrado. Como el perro, meé en todos los arbustos, me llené de barro, me caí, me levanté y me fui corriendo como llegué en busca de correr más sin pensar a dónde ni para qué. Mi corazón estaba en el perro y no en mí. Todo me parecía un cuento con doble vida agarrando mi vaso cuando los barcos van a naufragar, cuando va a hablar la luna, cuando nada importa.

Tal vez hace diez años lo hubiera disfrutado de otra manera.

Ahora estoy huracanadamente separada del fruto de lo que escribo. Me la suda, tener un poemario, una esquela agujereada de topos o una marisma de estiércol de oca. 

En el fondo, sólo me importa el amor. El amor es la libertad cuántica y anarquista. La danza del Fauno. La oceanada. Lo que gana a la muerte y destruye naciones, ejércitos y bienes materiales.

Y no lo tengo. Por eso estoy hambrienta. Desolada y derivacionista de la ola que va a romper en mí y a terminar el cuadro. Por eso nada me importa. Me turba tanto su ausencia que me sale una estampida de pólvora que yo sigo sin hacer pie en busca de llegar al amor. Y esa estampida emana de su hueco y usa sus muertos y torturados navegantes desaparecidos para echar gasolina y echar proa al amor. Pero lo hace tan irracional y desesperadamente que el esqueleto del amor se vuelve un apocalipsis que me separa del amor. Y mi animal es cada vez más animal y su hambre más fuego.
Él va a venir un día de estos. Le dije que íriamos a dar pan a las vacas, a hacer una hoguera y arder en una playa, a recorrer las calles y montes por la noche cuando se despiertan los brujos, a beber champán en una roca de salitre y algas. A ser poseidos por los rayos de luna cuando en la tierra todo es oscuridad. 
Me puse eufórica del deseo del poema. Extásica ante sus rumores. Adolescente enamorada de su vino y de sus fuegos.
Pero por dentro estaba muy fría y triste. Desengañada y herida. Antagónica. Taladrada por una brecha de una extraña despedida.

Sólo hay una forma de engañar y adelantar a la muerte, y son las luces de san telmo del Teatro. 
Siempre he sido camaleónica del oscuro presentimiento que odia a la vida y a los humanos. Lo he tenido clavado en mi pecho como una ruta con atajos al infierno y a la fuente mágica de los desheredados y  malditos. Y me he dedicado a contarle muchas milongas para mearle encima las guitarras y los fusiles. Por eso disfrazada toco lo que toco, beso, canto, grito, duelo y amo. Siempre disfrazada de lo visionario de Comala, de lo terrible, del diablo de la hierba del diablo. De la bestia que quiere matarme en mis sueños.

La confidencia, sólo ha filtrado en el Teatro de los multitudinarios anticorpóreos. De los maleantes y embusteros artistas de la muerte y de las montañas de rosa y mezcal. Y es ya imposible no contar un cuento. El cuento rebela lo que esconde. Esconde a través de lo que cuenta. Y todos somos un inacabable cuento que tal vez ni la muerte nos descifre.
Me despierto sobre una danza de suelo descuajado. Atravieso una crisis existencial que ha quemado los hilachos de viento que me sostenían al horizonte. Ahora, empiezo, pobre y desnuda, a poblar una tierra desconocida. No me puedo cansar, ni detener. 
Era lógico que todo ardiera, era necesario, porque la poesía empezó a morirse de hambre. Porque yo gritaba y no podía oir mi voz. Hoy no tengo mucha fe, la justa para escalofriarme al sentir el bramido de la mar.
Soy extrema del pesa-nervios y su caja de pandora. Del espeluznado licor surrealista del pozo sin fondo. De la bala de óleo y hueso, regurgitando el sonido. Soy radicalmente neurótica de la sombra de los chopos mojándome los charcos en el ansia de mi papel. De la gota de sangre de tu beso de pólvora escribiendo en mi pizarra la carta suicida de los pájaros. Es un chingo ser así. Porque no hay términos medios ni mesura. La armonía del materialismo y del sabor cotidiano, está pegada al fuego del murmuro de la bruja. y su desasosiego puede destruirlo todo con el tormento de lo inhabitable. La arquitectura de mi psique es etérea del verbo de mis sueños. Bifurca en mi interior un valle hecho por aureolas de peyote y chacales asesinos, tocando el tambor de un paraiso. Mi paz, mi realización, mi deseo, depende de que el poema sea fiel a sí mismo, aunque no lo sea a ningún hecho ni realidad. Cuando en mi interior hay un bocajarro que maltrata a la poesía y hace que mi corazón vague roto y perdido los destellos de Comala, todo se destruye. Entro en crisis. Vivo una especie de anti-existencia. Y aullo la desesperación.

No puedo superar este abismo de forma pragmática. Porque empezó en los rincones secretos de mis sueños. Mi mano soltó el amor que perseguía, o tal vez él me soltó a mí cuando se heló el lago y una garza se asfixió en hielo. Cuando bajé tus escaleras y en lugar de encontrarme contigo, vi a mi muerte sentada al piano. Todo empezó cuando mis cuadernos escupieron una soga que colgaba mis sueños en un torturado lienzo que taladraba en la pared el ojo de un jabalí y su sangre teñía mis ojos.

Tengo un presentimiento incognoscible sobre la existencia que rige mi percepción de la realidad y de la identidad, es una especie de música que se armoniza cuando el yo de mis ensueños y el yo de la tierra aman al mismo mar. Cuando ocurre algo malo, y ellas se pierden de sí mismas y no se cruzan en mi pecho. Todo deja de tener sentido.

Ese presentimiento, me hace psicótica, inestable, voluble, pesa-nerviada al hoyo y al cuchillo. Taladrada al agujero de gusano que me une a mi historia onírica. Subconscientada a lo invisible, al abstracto. Neurótica de lo humano que flota a mi alrededor y espejo, destruyo o amo. Esa fuerza magmática me une al hummus y direcciona mi vida y mis sentidos.

Cuando atravieso la negrura y la perdición, esa fuerza, se hace terrible y violenta. Mi inconsciente me invade de visiones y sinestesias del espanto. De volcanes de horfandad. Mis sentimientos se hacen un cartucho escondido en un juego inacabable de Matrioskas. Y noto muy fría mi piel. Y un hueco me embruja como mi propia atmósfera imamantando lo que me rodea en un alarido imposible que no puede ni sabe cómo dejar entrar lo que miro, ni dejarme a mí pertenecer a ello. Ese hueco-atmósfera se extiende y me exilia en una brecha espacial.

La raíz de mi naturaleza es una bala-umbral entre mis sueños y la tierra. Es una bala perdida. Es un dragón psicótico del secreto de lo Infinito. Es una ublicuidad utópica que empuja mi sombra al otro lado de la luna y espeja mi cuerpo en una mar de tilos y de tordos. 

Visceralmente estoy unida con éter a mí y al exterior. Cuando hay una ruptura en mi Teatro, sufro efervescentemente todas las pérdidas y despedidas. Y mi tormento no es de éste mundo. Es irracional y alienígena, me cuenta cuentos de Poe, me acusa con visiones y escalofríos que despiertan mis sueños como bestias que me dan caza. Se me mueren los vínculos humanos, mis pasiones, mis salves y cantos. Y mi anti-yo ocupa mi silla y mi pellejo. Y ando por ahí poseida por lo que no existe. Fantasmagórica con una granada en la tripa a punto de estallar y dárselo todo a los perros del Aqueronte.

Soy así desde que nací. Tengo un monstruo dentro. Una hipersensibilidad extraterrestre. Un mundo paralelo a la realidad ordinaria que me une al 3 de la cuántica y multiplica en los cuernos del Fauno, mi vida y mi muerte. Me costó mucho entender y poder sobrevivir a mi propia naturaleza. Todavía no lo entiendo bien ni me acostumbro a mí. Sobretodo cuando mi animal se llena de frío y hambre y quiere destruirme a mí también para saciar sus apetitos.
Hay un escepticismo de monstruo de las galletas rodando como una extraña utopía que nace de la negrura. Que ya no se cree nada. Que tiene un ojo de jazz asesino, descosechando los campos de heno en la arbolada de un cuervo de mimbre dándote la carne. Hay un salve de las distancias, enrocándose en los derroteros de la duda, como puerto. No sé cuándo empieza. Los naufragios y moratones, lo hacen más certero y voraz. Siempre tiene un no para el sí, un sí para el no. Un cartero de muertos dando con tu dirección. Una mano helada tocándote el calor. Una misantropía pagando el vino y el costo de la luna. Una espina que siempre te saca de mi corazón y otra que te hunde, eterno laberinto de las antípodas atormentadas. 

Su tambor me hace cínica y teatro. Agnóstica de lo que siento y de lo que digo, de lo que miro, de lo que me cuentan y amo y duelo. Extranjera que corre. Sarampión de lluvia. Poema quemado. Secreto y coraza de un rubor incomprensible. Siempre tan sola. Tan embustera de mi siempre y de mi nunca. Tan exagerada de la manía ajena. Papel en blanco de una eyaculación que a veces me nombra. O de una esquela que conoce a mi vecino. Amoral. Amorfa. Incorpórea. Vagabunda. Tan poca verdad. Tanto grito para tan poco cielo.

Creo que sólo lo cura el amor.
Pero el amor es la droga que lo hizo una bestia sin madre.
Mi blablabla de la arquitectura del ciclo menstrual de Alicia atrayendo a las ratas y a los pájaros, al metro de Babilonia en busca del mar. Haciéndome el psiquismo de Alibabá y las orquídeas de los difuntos pegados como pegamento al pozo de mi ombligo, escupiéndote esa corona de espinas para jugar a los faquires en las cuevas del crepúsculo. Agotó del todo mi cordura. Me empiojó la fe. Me jodió la tarde.

Me había convertido en la muerte que mi literatura bailaba. En el espejo carburante de esa caravana de funerarias atascando la gruta de Lilith, en la cicatriz de mis piernas. Me creí todos mis cuentos hasta que la torre se levantó sobre el rayo y al abrir su puerta tiró todas sus piedras contra mí como si yo fuera el cielo estrellado que en su cabeza acunaba las tumbas. Luego se hizo el fuego. Y todo cayó.
A veces, cuando intuyo un poema que se pierde en las procesionarias de los pinos, cuando llueve desde mis huesos caminos abonados en el pozo sin fondo. Cuando intuyo el amor y echa a correr como un puente que se rompe. Me entran compulsivas ganas de un trago, como si la ebriedad me devolviera al cortijo de los funambulistas buceadores del Imposible y me clavara a martillazos el corazón que me falta.

Pero últimamente me doy cuenta que es la enfermedad de los marineros que ya no salen a la mar. La de los astronautas viantaos de luna. La de las venas de papel de plata haciendo una hoguera de san juan que colme a todos los virus y brechas.

Y no lleno mi vaso. Me quedo angustiada mirando de frente la ausencia que camina. Mi hueso empieza a extremizarse de dos elefantes que tiran cada uno para un lado. Y grito.
Era un recurso del eco de una llama dando vueltas en tu cueva de murciélagos. Diciéndome otra noche para abrir mi corazón, subir mi falta, abrirte la hipotenusa y la cicuta. Tragar con la tráquea de la mar y purgarse en un mundo que moriría al amanecer. Estaba distraida haciendo puzzles con tus muertos mientras no invitaba a los míos a la fiesta. Estaba huyendo, aunque entonces no lo sabía. No me daba tiempo a saberlo. El champán mataba las horas. Crecían tejos de los sapos. Yo era la otra que crecía de mi error y del tuyo. Me camuflaba en los bailes de salón de los viantados. Me usaba de fregona y de planta de buen augurio. Mis avispas estaban contentas. Mis gemidos llegaban a la Osa Mayor. Los muelles del éxtasis desmantelaban los barracones en nuevos barracones que aún no podían doler. Me gustaba mucho el vino, los naipes, perder los papeles, la memoria, el futuro. Un poema de dinamita me seguía el rastro. Mi diario de Comala viajaba muy lejos entre tus piernas e insomnios. Al tocar fondo, la raíz de la mandrágora sangraba en mis venas, se anudaba, y en la asfixia el grito escribía literatura. Amaba a los jabalíes y a los lobos. Amaba no tener nada sino ese amor de animales y de asteroides. Era depredadora y pieza de caza, de lo orgiástico de la hoguera. Un agujero de gusano me decía que estaría a salvo mientras no me alcanzara a mí misma. Corría muy rápido. Me paraba también como una tumba 200 metros bajo el cielo. Borraba mis cuadernos en tu cuerpo desnudo. Asesinaba a mi pensamiento, a mi casa, a los hechos, a lo irreal y a lo real, cuando volaba derretida de placer sobre las zarpas que la muerte guarda en secreto en el orgasmo. Bebía más de lo que mi dignidad podía mear. Escribía más de lo que mi humanidad podía transcribir. Y pasó mucho tiempo así. Y estaba tan distraida que no sabía que ya no estaba.
A veces se pierde de vista el canto que se sigue y la brecha de la que venimos. Es la alquimia del fuego. Se desvertebra el verbo y el paso. La bruma salta sobre nosotros. Nosotros saltamos sobre su alucinación. Las raíces se clavan tanto que desaparecen. Los poemas se hacen tan sólidos que pierden la música. El viento viene de todos los puntos cardinales y de abajo y de arriba y la cometa no se mueve y la peonza suspendida en el aire se clava en nuestras arterias.

Me suele ocurrir en invierno. Ya no quiero hablar del Nigredo, ni de Fauno, ni del Bosque, ni de la loba ni de Alicia, ni de Tigre. Esas metáforas ya no me son útiles. Porque tras la brecha, han perdido la capacidad metamorfósica. Se han vuelto prosa. Se han vuelto llanas y su alma ha muerto. 

Busco otro nombre para el eclipse, otro cuerpo en mi cuerpo que meza el mar, la noche y el vino. Otra boca para besar y morder al amor. Otro motivo.

Todos los caminos de los que venía han muerto. Mis sentimientos sufren el delirio de la indiferencia, un frío del fondo de la mar espeja corales de plomo en mis poros. Y una evasión de bala perdida me da la curva. Todo necesita al fuego. Quemar las naves. Destruir las catedrales y los puentes. Las excusas de mezcal. Los antros donde exorcizaba la bestia. Los poemas que usaba para poner el viento a favor. Nada ya sirve. La gota derramó el vaso y lo hizo añicos. Yo soy la gota y soy el vaso.
Me perdí entre tus besos. Caballo insomne del magnetismo de una ola. Rompía en mi corazonada como beso negro de luna, como clímax de un verso saltando a su vacío, bucle de un orgasmo que se regenaraba en las cumbres de la muerte.
Mis actrices derrocharon sangre y champán. Vestidas con naturaleza muerta. Enamoradas del fragor de la ebriedad desentrañando todas las tierras de mis brazos.
Y hoy sin ninguna duelo el cuarto clandestino y oscuro del éxtasis.
A fuerza de tenerte donde ninguno de los dos existíamos. Mi apariencia me hizo una fuga que rebota entre las piernas de la noche y despierta al animal. Ensangrentado y violento me acecha desde mis sueños y grita.
Soy hija de sus ruinas.
Soy raíz de sus moratones.
Espejo de sus rencores. Soledad de su soledad.
Busco la mar en la humedad de su desesperación.

Me alejo de ti. Como si fueras una amenaza. Como si fueras mi propio ataúd flotando en el Leteo. Sé que sólo eres un hombre que cruzaba por aquí. Pero al soplo de la bruja, eres mucho más que eso. No comienzas en ti. Comienzas en mi Ensueño. No es tu historia, es un escalofrío del cuervo que echa a volar en mí cuando apago la luz.
Grita.
Se pasea por tu cuerpo dormido y hunde zarpas de destierro.
Dice a todo que no, en nombre de la nada, me usa redada del amor que no toco.
Oscura crece en la crisálida sonámbula de un viaje al pasado.
Boicotea lo que mira, salvaje de una herida derivacionista del peso de la luna.

Hoy entre sus brazos, no soy yo ni nada habitable.

Te ataca también a ti, cuando las rosas del hambre gravitan en mi pecho. Cuando el vino ya no tiene restos de las historias ni de los caminos.

Desengañada por un oscuro presentimiento, rompe todas las cuerdas que hilvané en mi deseo.

No sé bien de dónde viene. Es largo su andar. Me ha conocido en el sótano de mis sueños todos estos años. Hoy ha salido afuera. 

Grita.
Desanda mi paso en las orbes de una extraña pérdida.
Me empuja a sufrir indescifrables guerras entre lo que soy y lo que miro.
Esputa el último hálito de la guitarra, una marabunta que descuaja mi corazón de la tierra. Enreda en su explosión todo lo que quise atar a la belleza y al amor, y espantado de su reflejo al borde del abismo, me enviuda con el golpe seco de una imperosa e irracional angustia de correr.
 Y nada me hace casa. No me devuelve el tacto. No obliga a vivir al poema. No me calma, no me sostiene.
Como si una náusea-estampida, escupiera esqueletos de fuego de las bestias que delegan su carne en un alarido apocalíptico que escribe la forma de mi rostro y los motivos de mi psique. En un escalofrío que me niega mi condición humana y la reciprocridad de mi ser en una identidad probable.

Esa brecha vivió en mí desde siempre.
Pero ahora se ha derramado.

Todo lo que viví, choca en su desprendimiento. Y atada a la erupción del precipicio vago la violencia de una sombra multidimensional que desesperadamente busca mi cuerpo. Y como si yo aún no hubiera nacido floto quién sabe qué eco que me hace hablar.
reverbera el silente de tu paso en mi habitación
el crujido del Ártico de mi vida antes de conocerte
los chopos nevados se destiñen en la botella de vino de la mesita
te miro desnudo, extraño, animal nocturno con una belleza violenta y salvaje, azotar una tormenta que en mi pecho me adueña de todas las despedidas

no he comprendido aún esa guerra

su balacea ha abierto un abismo entre mi piel y el agua
entre mi melena suelta y el viento que habla de volver
entre los sentimientos y los acordes de la hoguera

incompatiblemente unida a ti por la sacudida de una marejada que no dejará en pie ningún puerto
Mi intención antes de llegar aquí, era salir a la superficie.
Pero acá la mar me lleva donde sólo la mar. Tomo los caminos no transitados. Las rocas desde las que sólo se ve la naturaleza. Me pierdo en las bocanadas del crepúsculo. Quiero correr mucho más dentro de la abstracción de una hoguera que descose las historias en el asaltar de lo desconocido taconeando la música de los muertos. Desconfío de los humanos porque un lejano poema me persigue como una pieza de caza.

Hay un aullido a vida o muerte que saca paladas de tierra de las palabras.

Los últimos años que he vivido, no tienen ni una sola raíz en mi pecho. Una surrealista indeferencia y desapego de topos, explota hacia el malecom los hechos. Un delfín espectral come sus peces, pasiones y ruinas y se va. Yo lo sigo. Pero no tengo ninguna certeza de ser yo ni de que él pueda saberlo.
Tiemblan en tu arista las canicas que jugaron en mis sueños. Ensañan en la ausencia que paseo la presunción del desastre, atándome mástil de pólen a la hambriología de los insectos.

Una ruptura entre mi paso y el suelo, sabotea el verbo, sobre la violencia de la deriva. Camino empapada por los lienzos que murieron hace cinco años en tu habitación, cuando la lluvia golpeaba un futuro que nunca más volvería. Solté el campo de minas de la alevosía de tu tumba, sobre una historia que no contaría conmigo para acabar ni seguir.

Me fui todo lo lejos que alcanzaba mi sueño.

Después me ocurrió aquello con la luna. Quise volver. Luché por dar vuelta a los barcos. Por sembrar mis huesos al licor de amapola y echar la proa al campo de batalla del fuego y a su isla. Pero no fue tan fácil. Cuando me quedaba callada escuchando los pasos de un extraño mover charcos y soledades, los viejos mundos de la distancia encayaban en mi pecho obligándome a marchar otra vez hacia los profundidades de su inviabilidad.

Pero no fue del todo así. He cortado unos tres años, en el vuelo bajo del cuervo, en el sombrero de la mandrágora. Me es díficil ser fiel a las historias, sobretodo cuando se trata de mí. 

Todas ellas hoy me miran. Estoy indefensa frente a ellas. Y soy extranjera de sus motivos. Es como si todo hubiera ocurrido hace cien años y una mar inmensa arbolara los terminios en las gaviotas de bruma que preñan el alba con las noches más largas de la tierra.
El viento carbonífero de esas huellas de camino cansado, sabotea en tu mirada, la vida de mis rosas.
Son tiempos convulsos que traen a golpes lo indefinido. Anoche tuve un ensueño escalofriante. Me desperté en la madrugada con el exalto arañándome el paso de brasa que se perdía en la deriva de los suelos. Cuando volví a la cama tuve la sensación de que también había sido un sueño el rato que pasé en el piso de abajo. En mi ensueño me violaron y me atacó una araña extraterrestre. Yo quería despertarme. Pero siempre acababa dentro de otro ensueño. A veces llegaba a una habitación, me acostaba en la cama creyendo que ya estaba en mi cama, pero me despertaba en otro espacio aún más complejo. Increpaba a la gente de mi ensueño diciéndoles que quiénes eran, que su forma había tomado el cuerpo de, pero que ellos no eran eso, que quiénes eran realmente. Les decía que yo estaba soñando. Cuando me violaron, me defendí y en algún momento estuve a punto de romper el cuello de un hombre, pero un segundo antes me detuve y dije que ya no quería matar a nadie.  En la última parte yo crucé una casa muy hermosa y llegué a un balcón que tenía una cama de madera con colchas rojas y una mesa. La mar estaba cerca. Vino una araña de un metro a atacarme, se avalanzó sobre mí, yo traté de matarla mientras ella me mataba a mí, y tuve una sensación de agujero negro llevándonos a las dos a la brecha y fue ahí cuando desperté.

Antes de dormirme yo estaba tranquila, había estado leyendo. Y luego me quedé hipnotizada por el reflejo de la ventana en la pared, se veían los cosidos floreados de las cortinas y las ramas de un árbol moviéndose por el viento, había una belleza fantasmagórica e hipnótica, algo que me atrapó durante mucho rato
Por las noches cuando salgo, oigo el cantar de una lechuza. Cruzo rápido la esquina como si fuera a encontrarme conmigo misma. Camino exaltada, desuniforme del roer de mi paso en la ley de gravedad. Veo monstruos en la amorfosidad de las sombras. Tengo visiones intravenosas de un oscuro presentimiento que me persigue.

Sé que soy yo, reflejada en la atmósfera.
Es el secreto de mis sueños.
Es mi otro yo acechándome, cruzándose conmigo, escalofriándose del mismo rubor.

Y no hay nada que más pánico dé, que encontrarse con una misma. Corremos toda la vida, camuflándonos, vetándonos, disfrazándonos y huyendo de lo que somos. Hay alguien que se levanta en nuestros sueños y camina. Cuando lo intuimos en la realidad ordinaria, un escalofrío de espanto, derrumba lo que creíamos ser y los confines de la existencia y nos sacude como un rayo sobre el terreno de lo desconocido.
Ayer hablé con una pared que le había robado todo el cuerpo.
Croé mi rana. Tenté el espacio, el vino, la guadaña, la flor de loto y la ola. Y no ocurrió nada. Y con una vuelta de punta y martillo deshice todo lo hecho, hacia la marabunta del adiós. Y mi rana se fue cantando como si nunca lo hubiera conocido.

Hay una pared insondable entre él y yo.

Esa pared enciende las estufas de Comala y el nunca más del Cuervo metiendo la ventana en la jeringa e inoculándote un volcán en las venas que albergan las bibliotecas de lo desconocido.

Esa pared nunca nos deja cruzar.

La engañamos en el fuego del placer cuando los dos ardemos por la furia de un canto que huye.

Pero nos separa. Y duele. Es muy oscura y magmática. Es un soplo de la bestia del ensueño enemistándonos como un guiño del destino, como un deseo de dios.
tengo miedo de mí
de la piedra que flota en la que empieza mi pensamiento
de la mar que lo acaba donde yo no comprendo
de Fransquetein jugando a los dados con las ruinas que los moratones escribieron contra el amor
de mi pequeño cuervo muerto de frío en tus manos
y mis manos en el crujido
palpando imposibles la idea perdida de un territorio

y mi fealdad
de hija de la grieta
de hermana del olvido

derramada como una flor de sangre en tu beso
como un turbante de velorios en las zarpas de la noche enmarañándome los años

diciéndome siempre te faltarán 20 centímetros
el amor se alejará el paso que lo toca
como una bestia sin madre en busca de otro universo
Me gustaría que me dijera cuándo. Que se cerraran todas los caminos por una noche, a los pies de una hoguera que iluminara su cuántica, hasta el derrumbe de Lilith. Que huyéramos juntos hacia la brecha del espacio, en un vals mortal húmedo en sus tilos, con sabor a mar y a escalones de hiedra desde el campo hasta la luna.

Abrí versatil la botella de champán.
Con el sí y el no de la margarita acuchillado en mi corazón.

Le quise muy tímida, por si acaso fuera que no ocurriera.

Mi fe tiene puesta una vela a dios y otra al demonio.
Yo ando en medio y me guío por el desliz de los vientos y por los aullidos de los bares en quiebra.

Tal vez, sino hubiera conocido el olvido, le hubiera hablado con el énfasis del duende a doble o nada, poema de la ruleta rusa que salga lo que salga, gana el Sol.

Pero ahora soy un camaleón que nunca dice el color que cae sobre mi cabeza.
Uso la poesía para confundir al personal y a mí misma. Y me enredo entre las marañas con el as en la manga de otra antagonia que me haga de escudo y de promesa, por si acaso, es que fuera a ser, algo, determinante. No hay nada que más miedo me dé que hacer bien una suma o una resta.
Me gusta bañarme en invierno. Porque no hay nadie en el agua. sino el reflejo inacabado del innombrable. Porque la mar me amenaza del futuro que no tengo y me zarandea impiadosa sobre los fuegos fatuos de la lejanía que me devorará. Y vuelvo a ser niña y perro y pez y libélula.  Y ninguna humanidad ni patria ni ley, dijo nada que la mar no haya destruido. 

El perro viene a mi lado.

Desde dentro del agua no me llega el olor de los tubos de escape, ni el dolor del cemento y las luces de neón, nada del s.XXI tiene nada qué decir, nada qué llevarse.

Ni el hombre al que a veces quiero, me ha conocido. Ni mi desamparo tiene un mapa escrito en mi piel. Ni la pérdida puede vocalizar mi carne sobre la brecha. Ni el canto, ni el hoyo, me usa como cebo.
Vuelvo a no tener nada.
Desde la Osa Mayor a tu olvido.
Desde el descosido de mi falda a las algas de la orilla.
Desde mi talón a un sueño de luna.

Todos los años se marcharon un día que estaba distraida buscando arañas en tu habitación.

No hicieron en mí, una ideación moral, ni lógica, ni empírica de nada.  Sacudieron el gemido de un dragón, hicieron un juego de damas y de putas con la duda, con el amor, con la muerte. Y echaron el tablero a la mar. 

Busqué la mar en el precipicio de tus ojos. En el cadáver de mi abuela. En las ruinas que no pude quemar de aquella casa que me perdía en la noche. Busqué la mar en él y en él y en los versos que no entendí y en los que sangré y se hicieron polvo o ola. 

Y siempre sin nada, intuí lejanamente la mar, abatida entre sus brazos, escurridiza o furiosa, conquistante o suicida de sus salmos y barracones.

Hoy, llego muy pobre a su orilla. Libros quemados tiran puertas y telones, en la angustia de una arena inabarcable.

El mismo vértigo. Los mismos huesos. Con otro perro que camina a mi lado. Con otra historia que abre el champán y la tumba, ajada a mi historia imposible. Con la muerte, acechando a otro que amo. Y no es la misma pero es la misma. Y no soy yo, pero no puede ser otra.
Lo pongo en barbecho. La mar borra lo que hizo astilla y reino. Deja un hueco que balbucea el crujido de lo desconocido y mi cuerpo tiembla su onda cubista que me dice en otra vida, todavía intacta.

Tú te vienes desde el otro lado del dominó, con bastidores de mezcal y risas de aluminio, agrietándome pájaros en la mano desarmada que entrego al viento. No sé bien quién eres. Me gusta verte jugar con fuego y quemarte invicto de la palabra que no cerrará ninguna puerta. Compartir el desasosiego de no poder definir un rostro ni albergar ninguna permanencia. Me hiere también ser un oasis mordido en tus labios. La alucinación de un poema gastando la vida en tus bares. Una vieja felicidad hoy perdida, me pone en tu contra. Mientras enciendo las noches de los buzos al ras de un golpe seco que cuando me equivoca me dice que te amo, que vendrán mil guerras al armisticio de tus llamas.
Era coleccionista de lo que se extinguía en el fuego.
Paranoica del chispazo de mi carne entre mataderos y paraisos. Espía del reflejo del espejo que por su cuenta llenaba el vodka que no había a este lado.
Era fetichista de los chacales que habían llenado mi cama de esputos de luna. Obsesiva del rastro, del verbo, de la carne cruda, de la música que ya había muerto, escavadora de moratones y orgasmos, como una jodida cámara de video que arrancaba desde las profundidades de Comala al fuego de mi utopía.
Era caza y dictado. Montículo de hartos y café, vino peleón y burdeles, mariposas de la desesperación del verso, cicatrices que levantaran grúas hacia Marte. Jeringuillas que tatuaran en mi sangre el clamor de mi hueso decapitado en el beso del unicornio. Era psicópata del canto y de la tumba, regenerándome al bucle de mi mano helada en tu sexo, incendiada en tu mano, madre en la cabeza de tu perro. 
Era muy cansado ser mi testigo. Mi enemistad y barra libre. Mi exibicionismo salvando las pulgas del gato. Mi puta vida regurgitada en mi pozo sin fondo. Una y otra vez, levantando castillos y matando reyes, en el cuchillo del polvo, en el templo del éter. 

Ahora al fin ellas han muerto. Y han dejado paso a la poesía. Sin mí estorbando en medio.
No dura nada. La mecha toca mis dedos. Explota un coche enfrente. Retumba en mi corazón como el país al fin muerto. Y un pájaro se va. Lo sigo. Vuelve a ocurrir. Hay muchos pájaros que nacen cuando las tumbas están llenas. Estoy llena de pájaros y de tumbas. Nada permanece. Canta, sangra y se va.

La poesía aligereza el proceso.
El hueso ya no se punza en el rastro del perro ni del Sol.
Se rasca en el tejo y en el malecón, vomita la carne y la huesera viene cantando, a veces se va llorando, a veces ríe como la muerte. Pero siempre nace la loba.
Tú. El que murió al otro lado de la luna. Inmiscuiste un rayo del último hálito de la tierra, en el vómito que mi sombra usaba en los envés de los sueños para reflejar mi existencia donde los bosques eran tocables y los cuerpos sangrables.
Mi pesa-nervios tenía una brecha espacial que retumbaba en tu abstracto, como la tinta de lo que escribo, como el diccionario de lo habido, en mis ojos, gafas de hummus y de imposible, trayendo de vuelta, el eco y la carne.

Mi sádica complicidad con los que nunca podríamos ser. (Porque un humano no vuelve entero de ese umbral). Derramó en tu muerte, los perros de diógenes que hoy persigo para vivir todavía mañana.

El bocajarro es la literatura que me hace. La que amé y maltraté en tu casa que no conocí. La que escribió en mi surrealismo el pórtico onírico donde los dos estamos colgados. 

Y aunque jamás te recuerde cuando el vino o la mar o un beso o un sueño, me pone contenta ni cuando es bella la vida.

El animal que creció en mi pecho alimentándose de tu tumba. Galopa la distancia insalvable que tu tú, poseyó contra todos los otros.

Porque acá dentro la brecha preñó un juego inacabable de Matrioskas que sólo el poema rebela. Allá abajo tu carne cruda sigue tan fresca como la noche que te amé.
El oscuro presentimiento que robo de tus ojos cuando devoras todas las historias entre hachís y calaveras, me persigue, como un animal de cuatro patas, acechando en mi sombra una vuelta de campana que cruza el Aqueronte conmigo como escudo.

No sé de dónde viene.

Un humano no debería oler al fondo de Comala.

No sé si eres tú, o soy yo reflejada en tus indefinidos sabotajes de existencia.

En esos instante no nos siento humanos. 

Tus ojos brillan una espada que corta el aire y expía en mi camuflaje una función de colgados y desaparecidos apólogos de la nada.

Tu cuerpo ya no es blando. Está formado por el éter plomizo de una guerra contra la tierra. Tú ya no eres tocable, un imán de caballos del apocalipsis relincha en tus poros como agujeros de gusano atándome a las bestias de mi ensueño.

Y yo me convierto en la araña de las invisibilidades, desesperada por el amasacramiento de las rosas. Homicida y monja de clausura del escalofrío de la muerte. Salmo de lo impensable.
Rasuro el tronar de tu bicicleta atravesando la niebla, en las rocas empapadas en sal en las que sostengo el camino intransitable hacia el que voy.
Tu silueta de mezcal y noche, aulla en el expresionismo que la espuma del mar disloca sobre el fuego de mi mechero. Y enciendo el abismo que nos separa en ese razonamiento torcido e improbable con el que voy a todas partes sin acabar ninguna frase, sin formular una pregunta comprensible, ni darme una respuesta que pueda sobrevivir al siguiente paso. 
No eres simplemente tú en mi reino. No eres un hombre. No eres sólo la sombra de la caza. Ni mi sangre en el retrovisor retumbando el crepúsculo. Ni el punto g de las erráticas noches imprescindibles para vengar la mortalidad. Ni sólo lima y taberna.
Porque el dadá te eligió entre los muertos.
Porque mi fondo oscuro usó tu fuego para ver más allá del fin de la palabra.
Porque siempre fuimos demasiadas entre los ojos y la luna. Y ninguna concluyó su destino.
El tronar del cóncavo del silencio preñando la roca con el reflejo de tu mirada rompiendo en la ola lo que mi vida no supo dejar a tu lado.
Un roer insomne me agarra cuando salgo a caminar. Lo había olvidado durante mucho tiempo. Ahora soy más frágil de la persecución que mi sombra cava en los escombros. La transliteración del gemido y del golpe no me reconoce cuando los pomos de la puerta rompen en mis manos la necesidad del alba. Había estado muy lejos. El relincho está cargado de la agresividad de las montañas de carbón. La brecha todavía es retroactiva del pesado paso que amenaza tu adiós. El habla es evanescente de la ausencia que caza las islas de tu abandono. Todavía no se ha abierto la poesía lo suficiente para secar tu sangre. Mis sentimientos son camuflados debajo del barro que las reses escarban cuando el rocío nos devuelve el error de la soledad. Soltarse es pujar por la bala que viene hacia mi cabeza.

Había ahogado el murmuro de los álamos entre mis huesos y el vino, cuando a tu lado, aprendí a ser la sepulturera del tiempo y de mi luna. Pálida de tu beso de mezcal. Hambrienta del desprendimiento del horizonte. Olvidé entre champán y orgasmos, el cuaderno de Lilith sobre el cadáver de una cabra. Hoy me acusa la verdad como un despeñadero, como la lágrima de vídrio de un atardecer sobre los cuernos de la mar. Cuando el verde veta la cicatriz de mi brazo. Cuando tus ojos homicidas cierran la aprensión del lago en el zapato que yace entre botellas y plásticos hiriendo Itaca en el suspiro de los suicidas.

Pero no sólo eras tú. Era el nuevo analfabetismo de los perros en mis brazos, haciendo autopsias del cielo cobalto cuando los agujeros hacían de palanca entre mis sueños y mi carne.

Y era el alcoholismo de un oasis mojando mis pinceles para retratar el vómito visceral de mi aullido.

Y era esa casa que ya no tenía techos que pudieran parar la lluvia.

Y era no haberlo dicho, durante tanto tiempo. Como si fuera una vergüenza entre las manos de gelatina de una muñeca abrazada a un mástil de muertos. Como si fuera un fracaso no haber salvado al amor. Como si me abandonara todo lo que sigo.

Hoy no lo evado. Los impuestos revolucionarios del poema han venido a por lo que es suyo. Aunque haya que caer cien kilómetros. Aunque haya que quedarse sin nada.
Gozo el huracán antinacionalista de la mar desmembrando mis significados en el arpón del centro de la tierra pinzando el infinito en el precipicio que la mar abre entre ella y mis ojos.
He derrochado muchas historias en los rincones sucios del teatro. Conmigo como la puta y la omnipresente bofetada de lo inconcluso. Determinante violento del alcohol y la pasión. Embrujo de trenes que no volvían. De besos de usar y tirar. De soledad insondable de tenerte entre mis piernas como un barco sin mundo borrándome las huellas dactilares. Estoy cansada de esa función. Y no sé bien cómo apagar las luces. 
El fuego ya no calienta ni ilumina. Quema.
Por eso me alejo. Saco paladas de mi entrelínea. Esnifo los últimos acordes. Y en la boca del lobo, me canta la cuna una gruta de silencio y magma hacia la mar.
Estoy malherida de los poemas que me defendieron. Busco el exilio de los perros cuando las calles no hablan. Ya no hay un hueso escondido en el patio. El cartero no vuelve nunca dos veces y tampoco la puerta. Hay que correr.