HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Aunque me vaya a ir pronto. Siento que todos los fantasmas de la casa se han levantado en fiesta para perpetuarse en el peso de la raja del cielo, hundiéndome la sombra, a la cuchilla de afeitar tu amor entre las dunas. Siento un deja vu de un tren que nunca parte expiarte el fondo del vaso en la cicatriz de mis muñecas. Hay una vibración de Comala cogiéndose con ellos. Ellos no lo saben. Caminan muy despacio retumbando hulla y grietas de velorio en celo de poseer el fin de la palabra. Ellos están unidos a mí por lo que el Fauno junta entre la vida y la muerte. Y su eco se hace materia en el filo de mi lápiz. Su quebranto se hace unas escaleras que me obliga a tomar el fondo del lago. Se agarran a mis pies como hipotenusas de nitroglicerina. Y yo bajo o subo sus sirenas, crujiendo el vudú de la lejanía. Telepáticamente se rompe el mismo vaso sobre nuestras cabezas cuando llora un ardid del Fauno. Nuestra empatía es mortal y metamorfósica de lo incognoscible. Compartimos un columpio del éter en el espanto y en la isla. 

Siempre fui lunática de lo que inhala y exhala la bruja de los rubores escondidos cuando crujen las campanas. Papel en blanco del anzuelo de una lágrima paria que rueda la historia de mis antepasados que perdieron la guerra, vueltos a mí con la horfandad de las cunetas y de las manos que no pudieron sostener otras manos. 

Absorbí el nigredo ajeno como algo personal con lo que sangro y escribo.
Cuando Comala se abre en sus ojos. Ellos vagan sus calles, pero no la saben. No pueden nombrarla. Me empujan a sus calles heladas. Yo sí conozco su nombre. Voy como un títere de resina y peyote, a descifrar a través del mago de mi esquizofrenia, los huesos que ellos embargaron en el río del olvido. Y me duelen mil mundos de poro de cebolla en la lanza que se hunde en el espanto de mi Ensueño.
Me desentoné de la escritura. Estuve en la calle y con una discusión y con las púas de tu tramantona en las maletas rotas. Y algo se calló de mí hacia lo que no traen de vuelta los autobuses. Ahora busco las palabras. Hay una tensión abstracta de la fuga del paisaje que retumba en un desasosiego ajeno y me expresiona el gorrión del hambre. 
El balcón crujía en el verde de tu humo. Los tejos hablaban de la nieve a los pastos que solapabas en la teja rota de tus pinturas devorando el crepúsculo cuando era una redada juntar nuestros labios. Tal vez soy yo. Lo que me dicta el papel descalificador de la plata quemada. No lo sé. Tal vez nunca pueda saberlo. Aquella noche sobre la ola entre tus piernas, teníamos otro destino para desvestir la luna y engendrar en sus libros, los desechos de nuestra historia. Mi tristeza de la hipotenusa de la introversión de Fransquestein me persigue cuando creo que he cruzado todas las carreteras. Llega intrusa y desheredada de mis abrazos a descifrarme vuelo subterráneo en el tambor del fuego. Te golpea con lo que nunca he habitado desde mis entrañas al pájaro que contuvo un suicidio en el soplo que quemaba tus papeles. Vuela herido entre mis dedos sustrayendo de las estrellas un nicho agujereado por un eco imposible que te ampara la mar cuando ninguna tierra te da su fruto.

De vez en cuando soy trágica de todo lo que no he dicho. El envés de la máquina de escribir traga la arena mojada que tu cuerpo besó en mis pasiones. Y un soplo de horizonte en estampida busca lo que nunca he conocido en el vértigo de tenerte y perderte, atados a esa mortalidad enamorada de las canciones.
Soñaba algo surrealista sobre unas ovejas. Ahora busco las palabras, todavía estoy dormida. Subconscientada por la semántica ilegible de mis sueños. En breve volveré a la montaña, a quemar los últimos palillos de lluvia, a exhalar el polvo sobre la prisa de las ruedas, cuando tus orillas no llegan a mi cuerpo. Recoger lo poco que me llevaré a la mar y todo lo otro dejarlo temblando en su grito de rosa y de cuchilla.
He estado limpiando la casa. Estaba hecha una mierda. Ellos son unos abandonados. Dentro un rato saldré por ahí. Hay un ambiente alegre y derivacionista en casa, con cosquillas de hulla y de muérdago. Conversaciones de salmones y de limas. Gritos y peleas que despegan y chocan con amor y con surrealismo. Estar con ellos, de vez en cuando, es volver a los pies de una chimenea de las luces de san telmo. He ido bromeando a mi viejo, vengo a que me dés la razón, mientras le pisaba los zapatos. Y él me ha dicho, ya la tienes toda, toda es tuya y nos hemos cantado una rana. Con mi hermano he estado contenta, nos relacionamos peleándonos. Es nuestra forma de querernos y de respetarnos mutuamente. Discutimos por sistema y con alegría, nos ofendemos con gusanos de seda dándonos con eso cobijo de leones.   A veces me gusta volver a estar con ellos. Una atmósfera de acuarela incendiada me hace de pértiga en los anacolutos y un duende corre despavorido el alarido del averno que se duerme con amapolas cuando nuestro dadá ha vuelto a rasgar los suelos.

Mi familia en mi pasado y otras desventuras, me provocaron múltiple identidad. Un secreto velado con el Laberinto del Fauno. Algo que nunca dejaría a nadie mirar. Una timidez psicopática de la literatura. Como si las habichuelas que cocinaramos en casa, fueran plantas venenosas que desnutrían a mi payaso de madera y que siempre tendría que proteger con fueras de campo y cascadas de ruina y fuego. Como si la que yo fuera entre ellos fuera el acordeón de mi suicida en el exterior. 

Con el paso del tiempo ya no es tanto así. Los naufragios y velorios, fueron brindando vino y hiedras. Un armisticio de puente de óleo. El haberme marchado de la telaraña, me hizo amar al insecto encerrado en ella, sin tanta carnicería. Haberme alejado de ellos y sentido la mar de costilla a costilla, me permitió incluirlos en el amor de la mar. Sin nuestro manicomio ambulante. Y el semen de Freud se ganó la vida junto a los pintores cubistas y los cuervos. Sin tanto drama. Sin tantas balas exorcizando mi yugular en la maldición de la familia. Corrió el aire. Nos hizo también desconocidos que juntan una flauta y una litrona en la anochecida de los parques. Ya no estábamos en guerra por matarnos para poder existir libres de nosotros. Mi cordón umbilical hizo las paces con la pólvora y con la luna.
Ahora el café, el cigarro. Las horas cenizas de la digestión chocando con el rompeolas de ese juego de levedad contigo entre los abedules. No podemos retener la belleza. No podemos coleccionar los besos del fuego. Los instantes del amor, del éxtasis y la libertad, ocurren en el dadá de la sincronía de un presente de viento magmático. Y dejan un extraño rastro críptico del gas, un lejano perfume de haber cabalgado en los lomos del Fauno cuando la vida era inabarcable. Pero no hacen ancla. No hay casa. Sobre los fuegos fatuos, todo se relincha de la rasgadura de lo desconocido. Una peremne inestabilidad frota la lámpara y nunca sabemos nada, ni tenemos nada.

Por eso la nostalgia trae un diario que te leé la resina y la madera entre balcones que ventilan algo muy difuso que atronó alguna vez el fulgor. A él le amé hondo. Fui muy feliz a su lado. Me sentí libre, felina y óleo, bruja de salitre, ostra en una amapola. Amante. Plena. Pero todo corrió muy rápido. El eco de mi caverna emprendió la lucha que le debía al Fauno. El duende me besó y se fue. Mis papeles escribirían todavía cien tormentas. Mis pasos babeles en la soledad del arpa. Desiertos embrujados de rosa de jericó. No es tan fácil quedarse en el Bosque. No para los que hemos aprendido a hablar y a correr en el Leteo. Conozco el Bosque. Alguna vez me amó todos los rubores y me echó a volar. Pero el Bosque huye de mí entre los barracones. Cuando estuve allí, su intensidad me dio tanta felicidad y poesía, que cuando estoy lejos de él, una nostalgia sanguínea me desnutre las órbitas en su búsqueda.
Tal vez cuando esté en la mar le escriba. Una mariposa de cráteres y viento. Una cosquilla de nómada barco que cruje y de vez en cuando se amarra al viejo vals de vino y entrega una sonrisa y un altavoz que sube la música, entre el olvido y una isla. Dura muy poco su canción, lo da todo, no se lleva nada, no pretende nada, sino cantar.

He pensado que he sido muy susceptible de la coraza del cuarzo y del capricho de las aves de paso en su ácrata deshacienda. He respetado con volcanes los soplos de luna borrándonos las huellas digitales. Y me he desaparecido en el primer gesto de la distancia. Ebria de la rana azul alzando los mástiles donde los cuerpos no puedan elegir nada.

Pero la realidad es que lo he amado. He pensado en él. He extrañado el duende oceánico de sus ojos, su risa, su conversación, esa empatía del alma y de la mar.

La sombra de la bruja a veces me hace huir con desbandadas. El desamor de K. me formuló un coyote que se va solo en busca del chingo y del Infinito. Un temblor de no ser amada que antes de arriesgar el poema se va con los animales de la noche a repartirlo con la Luna. Esas viejas historias dejaron un cauce de niebla en lo oculto de mis sentimientos, una coraza, un irme a toda velocidad no vaya a ser que me abandone la poesía. Pero tal vez haya que descorchar las botellas y el abordaje. En realidad no hay nada qué perder, todo es del fuego. Y lo quiero.
Son tiempos de poner en barbecho los puntos suspensivos, los epílogos, las intenciones. Echar a las mudanzas lo que tragaron los poemas, los huesos y los gritos. Quemar las naves que nos trajeron hasta aquí.
Algo en mí, ha ido acumulando a través de las fuerzas del envés de lo vivido, una telaraña de decepciones, de bocajarros del amor frente al barranco, de anacolutos de mi cuerpo cruzando la carretera entre la ola y el olvido. Es algo que ocurre cíclicamente de forma inevitable. Los sueños van tragando entre las eclipses la tristeza de la muñeca de alambre. Y de vez en cuando ella vomita y rompe en dos el suelo. Es la eclosión de la polilla negra. El beso metamorfo de la muerte, hacia una metamorfosis y un reencuentro con el Bosque.
Estoy atravesando una crisis existencial.  Es el violín de sangre de Otoño hacia la desnudez de los árboles de llama y de hierro.
Todo lo que me ocurrió en éste último año, ha ido inconscientemente huracanando una goma de borrar en el golpe de mi inefable. Una zona de mí ha sido despeñada hacia el pozo del hambre de la rosa de jericó. Y mis nervios han tocado un fondo, donde rompieron el piano. Ya no hay un movimiento activo de lo derivacionista. Sino un movimiento introvertido hacia las flores más frágiles del bosque. Por eso ahora las ecuaciones musicales de todo lo que fue elocubraron el jazz del nigredo. Y es urgente una vuelta de campana del carnaval y de la carne, en un espacio vacío orgasmado por la mar. 
Irme de todo lo que conozco. Empezar en la canción de un hueco que no tenga prejuicios. Ahora soy muy sensible a las sombras. Y la bruja de luna negra ha tejido a Comala en lo traslúcido de mi médula. Mis heridas están muy suspicaces de anegar la tabla de pinturas. Mi tristeza, mi lágrima del Quijote, mi penumbra, es mucho más latente. Y el poso de plomo de lo vivido, escupe en mi atmósfera un umbral de alambres y nieblas.
Por eso quiero irme a la mar. Ya no puedo vivir en mi casa. Ya no puedo volver con amor a esas montañas, porque un eco de muertos me roba las agujas y el hilo. Estaba hundiéndome en el fango. Un grito de socorro me perseguía con lanzas en mis sueños. Y una urgencia de mudar la piel me arañaba lo sórdido de la lluvia. 
Siempre es bueno cuando el vaso se derrama. Cuando la hartura empieza a aullar. Cuando se pierde el sentido, el equilibrio, la fe. Porque el animal salvaje de nuestra naturaleza, sale en nuestra busca. Y su desesperación y llamarada, provoca una quema en el territorio, una horfandad y andar a ciegas que nos conecta con el tambor. El dolor sanguíneo del pesa-nervios, tira abajo las puertas, las paredes y las simas. Y aunque al principio sólo se vea humo, el ardor del lobo palpita la luna y el celo de su libertad. Y se provoca la brecha necesaria para acceder a la metamorfosis. Y con ello, volver al Bosque.
Han sido días extraños y convulsos. El fuera de campo de la bruma que retumba y a la que me adentro en las resacas me deja hilachos de ceniza en el amor de madera de los muñecos. Se desvela el punzamiento de la gota insolubre de sangre y esparce en mi pecho los bofetones de tramontana. Luego poco a poco la marea retoma el silbido de las orillas.  La ideación del anti-ser radiografiándome el tacto me muerde de un anti-equilibrio, durante unas horas. Y un aullido de presa y cazador rompe todos mis pasillos. Luego el poso del corazón busca otra vez la mar. Y se amortigua el soliloquio del Innombrable junto a los crepúsculos que también te amaron. 

En pocos días me iré a la mar.  Hace un par de años que estoy lejos de ella, que no estoy sola junto a ella. Las últimas veces que fui, fui con Yos. Y con él, era una mar distinta, a la mar de mi silencio fusilado en sus fauces. Con él, la mar, era evanescente y chocaba con nuestros delirios de Marte. La mar nos vio arder de éxtasis entre sus pies y una hoguera una noche de luna. Nos recogió borrachos en sus olas bajo las estrellas cuando no era tan díficil que nos tragara y no pudiéramos nunca más llegar a la orilla. Nos vio amarnos entre las trompetas del Cuervo de Poe y del verano más bello. Corrimos en bicicleta por la arena. Nos caimos inconscientes en sus dedos. Nos amamos un día de lluvia dentro de una de sus cuevas.  Y en los acantilados muchas veces con su rugido penetrándonos lo que no decimos en voz alta. Yo quería amarnos dentro, pero a él no le gusta el agua. Nos fundimos en la Playa de San Lorenzo en la madrugada cuando ya no quedaban bares abiertos. Pero con él, en realidad no soy capaz a ver la mar, me da un brinco en la cintura, pero no la veo. Es muy díficil ver la mar. Hay que verla con el tercer ojo de las arterias y los poemas de los fuegos fatuos. Sino no se ve.  Con él, yo estoy mordida por la prisa y la extravagancia de Marte. Y mis criaturas interiores me hacen oblicua. Empiezo a arder. Ardo por el celo del amor y el estigma de Monstruo a veces me echa encima chubascos de despersonificación y de llama. Y me suelto de mi núcleo. Me hago otra mujer de la que yo no tengo del todo el control. Hallar la armonía, es ver la mar. Estar en paz con Tigre cuando esté con otro humano, es poder tocar también la mar, oirla en sus labios, verla en sus pupilas, hablarla con nuestros silencios. Tal vez con él nunca pueda ver la mar. O tal vez algún día, seamos capaces a amarnos con ella. Chi lo sa.
Busco las palabras. He dormido mucho, lo necesitaba. Las resacas me provocan una neurosis del envés del cáliz en el que bailaron e hirvieron los gestos y las palabras, y lo rompe en mil pedazos. Hace una regresión anacrónica y fantasmagórica de lo vivido, rodeado por una amnesia palpitante que espeluzna en mi pecho la ideación de millones de fracturas hechas vapor y llevándome al chingo. En mi naturaleza también hay una hervidera neurótica que me leé la existencia con un cuchillo de gas y regurgita el fondo clandestino del pesa-nervios. Hace una montaña con el gramo de locura que rodaba por el asfalto. Y me vuelve un libro de púas pasando los calendarios con un embudo regresivo del temblor de Drácula.  Esa neurosis se formó en mí por culpa de mi hipersensibilidad y de los anacolutos de los primeros años de mi infancia, respecto también a la vergüenza ajena que me provocaba mi familia, al amor herido de muerte en las discusiones del cristal y la patada, y a la tormenta expresionista donde era delegado mi mundo interior cuando no me encajaba el mundo. Tal vez también la sobreprotección de mi vieja y su hipocondría ante la muerte y la desgracia, me dejó también una "teta asustada". Y todo lo irracional y trágico de mi familia, me trastocó a la araña de mi inconsciente en una telaraña de entropía y vómitos de fuego.
Por suerte en mi naturaleza la neurosis no tiene el control de mí, ni demasiada fuerza, sólo es ocasional. Ya que el ardor psicótico es el que da brea al barco y busca las soluciones en el abismo.
Soñaba una afluencia en mi identidad de un yo lúcido. Primero en la problemática del sueño el estigma de Marte hacía un desastre conmigo y el sueño era cercano a una pesadilla, después hubo una regresión a ese sueño, y miré los detalles que podrían escribir otro sueño desde el eco de ese otro yo, más claro y lúcido y tomando esos comandos comenzó otro sueño paralelo al primero que acabó mucho mejor.
 En mi ensueño, luchaba contra esas criaturas que ya son habituales, son criaturas medio invisibles y que sólo se las ve y se las palpa cuando se pelea contra ellas. Sino te agarran imperceptibles y te succionan, cuando esas criaturas están encima de mí en el ensueño empiezo a perder la conciencia del ensueño y a quedarme sin energía, pero cuando las ataco vuelvo a recuperarme. Hoy las ataqué con una barra de hierro. Cada vez soy más sensible a su presencia y sé cuándo me están rodeando. 

Fue un ensueño muy complejo el de ésta tarde. Las espirales que giraban en el cielo parecían alienígenas y también percibí al mirar el cosmos, cientos de fuerzas de gravedad de núcleos energéticos en una urdimbre simbiótica y rizomática de estrellas. Cuando empezó a llover fuego, había una belleza muy extraña e hipnótica en el paisaje onírico.
He hablado con él casi una hora por teléfono. Eso me ha puesto contenta y ha detenido la fuga neurótica de las luces de san telmo de la arista. Ha cambiado mi perspectiva de ese sueño tan oscuro que representaba nuestra relación como un baile de muertos. Lo he sentido camarada y almohada de amapolas y de vino. Su voz actuó como un mantra de la casa de la mar. Me acarició, me quitó los moratones del vaho y de la resaca. Nos meció en nuestro vínculo de neandertales y de pájaros, como si una senda de robles de otoño nos abrazara muy hondo. Con él, aunque a veces sienta al cuervo de Poe rompernos el alma. También siento amor. Un celo de amantes. Un reclamo de sustraernos mutuamente en el Narciso que se fuma mandrágora frente al lago. Tenemos también una intimidad de conocernos ya bajo muchos disfraces y habernos quedado desnudos y temblantes en cienes de noches y montañas y lunas y guerras diferentes. Aunque yo sea alguien infiel, soy también todo lo contrario cuando quiero a alguien. Mi corazón es peremne de lo que amo. Ese amor es cuántico y cubista, mutante, y a veces rodeado por grutas de gatos noctámbulos. Pero vuelvo a lo que amo.

Me ha dicho que el jueves queda libre, que vaya a verlo a Xixón y que nos vamos de turistas por la mar a buscar una casa más barata.  No sé lo qué haré todavía.

El derribo y estado de excepción bajo el que me levanté, se ha relativizado en el entonar del agua. Ya no me ataca la perdición. Vuelvo a armonizarme en el jazz de lo subterráneo.
He tenido un ensueño. Era muy largo y tenía muchas escenas. Había una zona donde yo miraba el cielo y había unas espirales que giraban en el cosmos y una lluvia de fuego. Luego caminaba por unos paisajes bellísimos y llegué a un pueblo en el que había estado en otro ensueño, estaba inquieta de lo qué hacer y había decidido no entrar al pueblo e ir a un árbol a la orilla del río y en ese momento hubo un ruido exterior que me despertó.
En otro pasaje anterior, había algo doloroso que me hacía ver pesadillas en en el paisaje y en la gente y luchar contra criaturas invisibles, empecé a gritar de que viniera el Fauno, de que quería llegar a él, y durante un instante salté al vacío y en mi caida traté de confiar plenamente en Fauno, tardé mucho en caer y había unas visiones bellísimas y extrañas del cielo.
Otra escena extraña aparecía mi madre y yo cuando era pequeña, las dos estaban llorando y yo me abraza llorando y les decía que ellas no eran ellas. Quería controlar mi ensueño y había entrado a una especie de desván yo traté de trepar para irme de allí y gritar una nueva acción pero no tenía demasiada energía y la voz no me salía.
Sé que tengo un instinto ludópata de la curva de la ruleta rusa. Un animal lujurioso y convulso de la llama de la brecha. Pero en realidad, es Tigre que está triste.  Nací con el estigma del síndrome de Marte y el repertorio de sus vicios. Esa zona incendiaria de mi naturaleza estaba en oposición a mi desarrollo espiritual y mi tambor zen. Mi alma siempre tuvo sangrientas luchas internas por tener dentro a criaturas antagónicas, algunas llenas de sed y de muerte, de vacíos que dan vueltas de campana sobre el crujido del primer hueso, algunas llenas de amor y desnudas e indefensas, algunas violentas y desoladas. 

Hoy estoy cansada de las guerras que me envia Marte y de sus pasiones. El camino al Bosque tiene que filtrar en un yo sobrio que comprende el lenguaje de los chopos y del agua. Que ama. Que danza sin bocajarros. 

Necesito desarrollar el hábitat de mi corazón. Volver con urgencia a casa, volver al Bosque.

A K. me costó mucho tiempo darlo por perdido. Porque nuestro vínculo ocurría en el Bosque. Él me ayudaba a ser el tambor zen. Nutría mi sensibilidad y mi inteligencia, mi poesía, mi lucidez, mi Sueño, mi utopía. Y cuando me sentía amada por él, sentía la belleza y el éxtasis, la libertad, la plenitud, el hogar, la isla sobre los brazos de la luna.

El sentimiento de vacío y de indigencia que me acusa ahora, requiere un cambio radical en mi vida. Apartarme de mis convulsiones y vicios. Esos arrebatos irracionales del bucle de la deriva y del hambre, ocurren porque muy adentro mío, Tigre está triste y solo.  Y cuando me dejo arder por el fragor de la brecha, me calmo, pero sólo me calmo un rato, luego estoy mucho más jodida. Y alimento sin darme cuenta, la distancia con el Bosque y el truco-trato de la ruleta rusa y el chingo. 

Dentro de poco me iré a la mar.  Y quiero limpiarme de todos estos años en sus ojos. He acumulado muchos boquetes en el envés de lo que sostenía en mis brazos, el fuera de campo de Tigre, ha ido levantando una tormenta a través de la brecha desfocalizada. Y ahora se ha derramado y grita. Entre sus besos, Comala entró en mi cuerpo. Entre los fuegos de las tabernas y la espada vencida del Quijote y la orgía de los astros, acabó abriéndose en canal una herida del nombre de Tigre perdido en la maleza. 

Necesito a la mar. Callarlo todo en sus fauces. Encontrarme en su mirada.
He ido de paseo con Kavka. Me he sentido ceniza y ocre. Las resacas a veces vienen como tormentas a desvelar y cavar en el secreto de la herida. Me despiertan neurótica de las luces de san telmo ensangrentadas por las palabras ilegibles. Y me siento vencida y amoratanada. Tengo que provocar un cambio en mi vida para que mis extremos no me zarandeen de un lado a otro sin el cobijo de las noches estrelladas. Detener la abrasión del sentimiento de vacío y de deriva. Enraizarme a un canto. A un deseo de permanencia hacia el amor de Fauno. Dejar de verdad el alcohol mientras mis órbitas tengan el hambre de los chacales. Lo digo muchas veces. Me cuesta creerme a mí misma. El cambio tiene que empezar en la apoteosis del pesa-nervios. Cuando se toca fondo. Cuando el abismo quiere devolverle un cerebro al espantapájaros. Estoy cansada ya de mi caos y de mi hambre, de mi retórica de los imanes de las ortigas, de los esparadrapos en mi indigencia. De no tener un hogar ni un amor y andar de cualquier manera y de pura casualidad sobre el salmo del carbón y de la brecha. Estoy triste de no permanecer en el Bosque de Fauno. De no quedarme en la luz ni en la calma. De tener una armonía mordida por un bocajarro de fuego y de polvo. 

Mi tristeza ha acumulado durante todos estos años, una telaraña de horfandad y casas arrancadas en el boquete de la hoguera. Un canto harapiento tiñiéndome la dialéctica de la desolación. Algo no va bien en mi vida. Mi relación con Yos, es precaria de una empatía espiritual. Eso hace que mi soledad se haga un barranco y un antro deshilachándome otra vez sobre un mundo que no puede asirme ni conocerme. Él es muy cercano. Pero a la vez, siempre estamos lejos. No puedo compartirle el fondo oscuro de mi corazón ni las capas eclípticas de lo poético y metafísico. No le comparto la que soy en mi petit comité con la luna y eso me hace hacer una función que alimenta mi hambre y mi exilio.  Aunque lo quiero y a veces me hace muy feliz. Pero mi pequeño Franquestein vuelve solo con su bisturí de nube a hablar con el fragor de la nada.

Lo bueno de todo esto, es que ya estoy tocando fondo. Mi tristeza ya no se desintegra en las orgías del blues. Se queda pegada a mí. Ya no puedo escapar en la mandrágora del carnaval y la alfombra mágica. Mi quebranto me retumba hacia la urgencia de una metamorfosis radical.
Me despierto con resaca. He tenido sueños extraños, Yos y yo teníamos una extraña casa, su suelo estaba encharcado de agua, la mesa se rompía, era una tienda de campaña muy grande y fantasmagórica, y discutíamos, él no me quería nada en mi sueño.  Eso me hizo pensar en los símbolos arquetípicos del sueño y en un núcleo entre nosotros muy herido y precario.

Ayer fue una velada hermosa, pero al haber cometido excesos, me desperté mirándolo todo con neurosis de montaña que se hunde. Y un deseo de marcharme muy lejos me retumbó como pólvora al abrir los ojos. No sé qué animal en mi interior sigue cruzando un precipicio, tan cerca de la tristeza y la pulverización. Debería alejarme del alcohol, saber tocar la tierra con mis pasos, asirme en calma a la canción que suena y a la que se va. Interiorizar lo que soy sin explotarlo en el filo y arrancarlo de mí sobre la niebla. 

Las resacas a veces me son muy dolorosas, un zumbido de barranco me punza el pesa-nervios y me siento muy lejos del amor, de las miradas y las manos, del hogar, del sentido y la pasión.  Como si se hubiera quemado todo a lo bonzo en un papel cortante que hoy derrama su sangre en mi hueco placentario y me hiere. Tengo que dejar el alcohol. Creo que bebo a veces compulsivamente porque mi antirostro y mi vértigo de ser se expresiona sobre algo irracional que me hace de amortiguador. Pero en realidad provoca todo lo contrario cuando se acaba el clímax. Me desarrapa y me hace huérfana de mí misma. Clava su cuchilla en el sentimiento de vacío y de soledad. Y hay una ruptura sobre lo que fue y fue amor, sobre un fragor de humo que lo arranca de mi vivencia, como si nunca hubiera ocurrido.
Dentro de un rato saldré. Mientras los manubrios de mi esqueleto juegan con las ruedas de la bicocleta del rencor de un inconcluso en el beso de las procesionarias de los pinos y el néctar de la tentación de una extravagancia que pueda devorarme al fin el corazón y oceanarme el fin de mí, en un poema que no necesite a nadie.

Hoy presento un poemario cuyos versos he olvidado en un pellejo colgado de la rama de la metamorfosis del ciprés acuchillándote la vida de otra que luego tomé prestada para darte mi mano y rogar por nosotros el Sol y el tinto. 

Hay un anacoluto en mi corazón cuando salgo a la superficie. Me acecha el alter-ego de la serpiente emplumada y la erección de la espada del Quijote follándose los naufragios. Mi rostro se hace capas de cebolla fumadas en cachimbas que no conocieron a nadie. Mi ser se punza de mi entraña y se regurgita a sí mismo en una calada de evanescente lejanía. Y todos mis instintos empiezan a botar y rebotar en el horizonte que huye. Y me hago una payasa temblando la extinción del Innombrable. Ansiosa de la bala que nos saque de aquí. Que cicatrice el agujero negro de mi corazón en el éxtasis definitivo. Marte me trastoca el licor que bebo. Los perros de diógenes quieren divertirse en mi propio velorio. Y yo me desconyunto porque estén contentos y no se les acabe nunca el vino.
Ahora un café y un soplo de incertidumbre. Cabizbajos jazz me bucean el poso del vino. El abordaje y el abandono besan la misma seta alucinógena en tus labios y en tu cuchillo. Entrañadamente soy la lejana, la que no ha sostenido tus manos, la que nunca ha sabido contarte mi verdad. Te culpo a veces de no ser brujo y no tener un vuelo astral desde la sima de la noche a mi cuerpo. De no saber lo que te oculto. De no buscar el cabo suelto con el que te ato a la literatura y te suelto de mi vida como bar de todos. Te culpo por creerte mis ardides o por dudarlos con la boca cerrada en el champán, mientras me desnudas y ya no importa porqué nos hemos mentido tanto, ni guardado tanto del amor que nos descubriera indefensos. Tú no tiraste abajo mis telones. Y con tu semen escribí la obra que los continua infinitos como escafandras apátridas e infieles del terror de la luna por oir su nombre.
Soy celosa de la extroversión de mi muñeca de madera y mandrágora. Es una timidez secreta que se mezcla con mi instinto de exibicionismo y me trastorna el vino en el piano que tragaste desde los hoyuelos de un beso de lujuria, pan y vapor. 
Me muestra como la otra, la que no ha llegado a la fiesta ni al velorio. La que no sangró ni amó ni estuvo allí jamás. Escondida en el parto de un tubérculo avaricia el retumbar de la ginebra. Y no dice lo que me dice la calle desarenada de tu cuchilla juntando en mis labios el refugio de la hoguera.
Me hago un fuera de campo. Y dejo que el verso inhale y exale la abstracción de lo que he exiliado sobre los fuegos fatuos, para llegar del todo desnuda e indefensa, con el nervio punzado en el cielo que se abre a la mitad.
Muchas veces no escribo lo que me escribe la vida. No lo quiero decir en voz alta. No quiero que nadie conozca al cuervo que me canta lo inconcluso que clama en la rejilla de la luna.
Es una evanescente timidez del celo de la amapola. De mi soledad que no quiere que nadie oiga ni me mire de verdad cuando juego con mis canicas de ceniza y mis juguetes de brasa y deriva.

Es muy antigua mi necesidad del camuflaje. Empezó en mi infancia. Y los juegos de la Matrioshka abrieron un agujero de gusano de la evanescencia, un soplo de tramontana desmontando la arquitectura, lascivando la inquietud del verso, en el oleaje expresionista de un silencio abrochado entre una taberna y una playa inhóspita. 

Psicoanalíticamente,  empezó, porque en mi primera infancia, ocultaba secretos a mi madre. Porque empecé a ocultárselos cuando mi cuervo se puso muy triste de saberse tan solo y tan negro dentro de mi naturaleza. Porque mi ser, era un secreto para ella. Porque ella no amaba a mi pequeño cuervo, le daba miedo y censura.

Desarrollé y muté y profanicé a lo largo de la vida mis disfraces. Mi escritura se hizo experta en manipular a favor del fuego el hilo y la aguja y a esconder el Fauno del Laberinto del Fauno en crípticas sincronías de éter.

La marginación y el rechazo y el no amor y los manicomios de mi pasado, también acentuaron mi Teatro, mis corazas y mis fusilamientos viscerales.

Ahora todo esto se ha hecho un problema interno. Porque a mí misma también me llego disfrazada. Me llego como la otra. Como las muchas y las nadies que vagan el devenir y el fragor del humo. Siempre me falta un cacho mío, cuando estoy con alguien, para poder amarlo y ser amada. Está escondido detrás de un poema. Un poema que tiene en sus manubrios el Fauno del otro lado del Bosque. Y sólo mi locura liberada llena mi vacío cuando vuelvo a tener alucinaciones y retumbares de lo extraordinario y se cubren los cabos sueltos de mi Ensueño, en un mundo Imposible y tan bello que volvería loco a cualquiera.
El otro día, él conoció mi nombre y mi apellido, a través de un evento que voy a tener estos días. Y eso me puso nerviosa. No quiero que él me lea. Él creía que me llamo Marea. Y eso me ponía muy contenta, porque seguíamos siendo ladrones de vapor de absenta en un barco de nadie enamorado de la mar. Al analizar en mi interior el vértigo de que él pudiera acceder a mis escritos. Pensé que qué coño le oculto. Que quién soy. Que porqué Alicia no dice toda la verdad, entre sus brazos y licores. Cuál es mi disfraz y qué mi carne. Qué psicopatía de mi soliloquio traga para la luna. Porqué guardo secretos. Porqué siento a mi verdadero ser como un tabú y un juego de naipes y de cachimbas de opio y sapo. Tal vez es por el esquizo duende. Por la oscuridad del lobo. Por el bisturí de la metafísica. Por la hambriología de la danza del chacal. Por el tambor del hachís cruzando la noche cuando nada ha sobrevivido. 

Hace un par de años, un amigo leyó un escrito que hice sobre él. Mi escrito le rompió el corazón. Mi escenario se cayó en pedazos sobre el fuego, y tuve que hablarle del fuego, aunque nos quemara a los dos. Era una verdad cruel, pero era inevitable para ambos. 

Muchas veces callo lo que sabe el cuervo de la otredad, lo que se lleva el cuervo conmigo cuando estoy sola, hacia la luna. No lo hago por hipocresía. Lo hago por amor. Lo hago porque el cuervo es muy frío y sádico. Porque mi corazón no está de acuerdo del todo con él, aunque yo lo escuche sanguíneamente en mi alma y digiera también su grito y su vuelo y lo lleve siempre a mi lado.
Tal vez un día tenga que buscar trabajo. Acabo volviendo a la indigencia que ama el hacer de la poesía y del puerto rasgado por coral y vino, acabo justificándolo todo, en el poema que aún no he escrito. Le digo muchas veces a mi hermano y a mis viejos que ellos tienen que invertir en mi poesía que yo no tengo más oficio y que lo mío no da monedas, les digo que tienen que hacer lo que el hermano de Van Gogh, comprarme pinturas, lienzos, pan y vino. Desde hace unos años, cuando se quebró la empresa en la que trabajaba, se crujieron en mí los cables del agujero del árbol y el ardor de los que se marchan bailando siempre a ninguna parte. Entré en un bucle de hedonismo y de metafísica de cangrejos y pájaros. Y me acomodé a mi no hacer absolutamente nada sino la vida. Mi viejo en broma muchas veces me dice, di que sí hija que el que trabaja es porque no vale pa otra cosa. Mi hermano me dice que soy una mangante y una cara dura. Mi vieja me dice que tengo que intentar ganar dinero con lo que escribo y haciendo piezas de barro y artesanías. Y yo me digo el fuego que retumba y no es de nadie. 

Pero a veces pienso en que sería un mantra, una catarsis de algo aún desconocido, tener un trabajo, una rutina en la superficie, un hacer que no acabe en el devenir del humo.
Soñaba algo medio absurdo de una mujer que era romántica y explicaba su forma de amar, alguien le decía si ese modo lo utilizaba con todo el mundo y ella decía que de ninguna manera sólo monogámicamente, yo era espectadora no presente en la conversación.
 Me despierto algo inquieta. He hecho café. He abrazado al perro. Busco las palabras. Los primeros instantes del día me gusta mucho estar sola, acecharme en la pulverización de la esquina, esperarme en el retorcer de los juncos. 
Anoche cuando salí por ahí con Kavka, había un sentimiento despedazado en mi interior, al estar en movimiento pude volar encima de él y mirarlo desde lejos. Era un extraño quebranto de una insaciable insatisfacción, de un vacío que bombeaba mi sangre sobre la raja del cielo, como si detrás de mi teatro mi actriz hambrienta estuviera llena de aullidos y no los calmara ni el amor, ni la poesía, ni nada de lo que me rodea. Era el dolor de la función con mi brazo de madera remando el río del olvido y chocando con tu rostro imposible devorado por la tramontana. Desde hace muchos años, el sentir del boicot del absurdo ha sido algo recurrente. Mi infancia llenó de anacolutos mi intento filosófico de amar la vida. Las preguntas que le hice a la muerte se ajaron en el beso de la ruleta rusa. Y la carga pirómana de mi animal interior chocó con el alud de la marginación cuando yo era demasiado jóven para escribir literatura. La interiorización del vacío siempre volvió a mí. Eso me hizo alguien sedienta y llena de prisa e impulsos. Por eso jugué con las drogas y los vicios del éxtasis y del exorcismo. Por eso el ardor psicótico hizo de tambor en el equilibrio del extremo dando una vuelta de campana para ver si encontraba mi hogar.  Una extraña lágrima peremne maquilló cada noche a mi muñeca de trapo. Y nunca nada fue suficiente. La retórica envolvente de lo perdido me besó cuando besé en otros labios el poema. Y esa alienígena nostalgia de la sincronía y el clímax de Fauno, me arrebató la alegría muchas veces, atrapando en mi pecho, lo inconcluso y la música de la penumbra. La sombra de mi suicida tuvo mi bolígrafo aunque yo le quitara a ella todas sus razones para irse. 
A veces se marcha de mí la atracción a lo roto y me siento libre y ebria de aire. Pero algo en mi ser está vinculado con el no-ser. Y mis conversaciones con la muerte acaban volviendo. Sus ciclos me tumban y mi intento de levantarme provoca la pasión de la escritura. No sé si algún día encontraré la paz. Si algún día mi pesa-nervios deje de huracanarse en el agujero negro y se equilibre en el fulgor de lo vivo. Si mi fondo abstracto deje de pelear y ame, sin retaguardia, sin exilio. Si esa lejanísima tristeza se marche con la mar y me haga volver entera a celebrar la vida.
Esa pluma de carbón en la horquídea de tu cama. Haciéndome camino sin asfaltar desde el pretérito de tu cuerpo. Siempre tan lejana y sola. Ya no me calma el exorcismo del verso en el bocajarro de los antros ni cuando el cielo se parte de haberte llamado en los arrecifes de un lugar inhabitado y vuelto a ti, como se vuelve con los anillos de un muerto a abrir un cajón, como se ama la raja del horizonte en la flor de la mesita.

Algo ya no está como antes. La bruma recoge mis objetos personales en la tabla de pinturas que se derrama frente al eco de un manantial. El crujir del vacío, tira más lejos su flecha. Y los besos que eran islas hoy son la mueca pirómana de un juguete entre las ruinas.
Explota el semen del paraiso tan cerca de la guillotina que nunca un poema se queda para contarlo. Ni podrás lavarte la cara. Te acaricia la música cuando tu esqueleto amortigua el peso de la nada. Y la carne cruda atormenta a la voz que expulsas de la asfixia hacia el cielo. Vuelan enamorados salmos los costillares de la mar, casi dándotelo todo, pero cuando los miras, son ahorcados por los intermediarios de tus pupilas quemando el mobilario de lo que crees ser. Siempre expuestos a la quema a lo bonzo, los cadáveres de la belleza nos brindan la procesionaria en la que hacemos el nicho para sembrarlos, sangrientos y cómplices de lo que un día dejará de existir.
Ahora un silencio de ouija entre las pinzas de un cangrejo que retrocede lo que ganas al póker. Ese extraño calor del hogar derramado como cráteres en la mesa en la que apoyas los codos de tu insomnio. Algo en mí echa a correr. Lleva corriendo desde que nací el cauce imposible del Fauno. Por eso los magos de la esquizofrenia hicieron de buzos entre mi palabra y la noche. Entre mi rostro y el cuchillo. Oculté con celo lo que soy. Obligada al disfraz por el hachazo de lo incognoscible. Fue tabú mi ojo en la lija de la visión, mi aguja en la urdimbre que el espacio aprisionaba en mi pecho. El amor, como un alijo de huesos, tiró el escenario en el que sonámbula alzaba mi grito al cielo. Y de vuelta, eran muchos debajo de mis ruinas esperando una tumba donde descansar en paz. Eran demasiados para que pudiera cubrirlos mi carne y mi sueño.
Últimamente no me entona el alcohol. Despedaza la suela de mis zapatos, me derrumba la soledad de la isla. No me sostiene el paso. Va a romperse al beso roto de un astro en las líneas de tus manos. No sobrevive las canciones. Algo me ocurre con el disfraz del templo en la falta de respeto de la hoguera que te merece cuando ya no queda nadie despierto. Una niña huérfana se llena de hambre en el fondo de mi vaso. Me conjuran extrañas tierras despedazadas y me esfumo. No me hace nicho ni arpón, no me explota adentro el hueso del poema. Me toca y me suelta abandonada. Me hace caer en la hipotenusa de la duda que relincha el amor que no queda en la tierra. No me hierve en las venas el Teatro sólo para Locos. Me cubre de una irracional tristeza que me desentraña sobre el piano en el que empujaste mi cuerpo cuando no teníamos ningún lugar al que volver.
Él y yo compartimos un mordisco sádico sobre el clímax. Un picazón de perros sin dueño bebiendo el alcohol del corazón del otro en la chistera de un esqueleto bailando rock con los barrancos. A él le molesta cuando le halago con mi cuchillo, cuando le beso con la esquela ebria de brujos, cuando me río con el derrumbe y la boca de la muerte, cuando nos amo el amor con el fondo oscuro que los dos tenemos para marcharnos.  A él le jode que guarde contra él lo mismo que él guarda contra mí. Y nos enzarzamos en el duelo que sólo ganará el fuego.
Cuando las raíces fueron a naufragar al hálito de las procesionarias de los pinos y el humo de las queimadas, cuando aún éramos demasiado jóvenes para cerrar las manos y despedir a los muertos. Nunca más se tienen. Apátridas expresionistas del cándor, vivimos y bebemos, amamos y perdemos, nos vamos siempre. Y atraemos a nuestra vida, barcos que se van y que no nos darán tampoco ningún cobijo. Es el soplo de la bruja, es el acceso al Bosque. El acordeón del hummus.

Por eso conocí a Yos. Por eso amé a Ab. y a, y a. Porque mi timón era fuego. Porque ellos eran nómadas de mi cuerpo y de mi grito. Intrusos que pagan vino y flores, y se llevan vino y flores. Navegantes sin tierra. Placer y polvo. Todo y nada. Devenir del viento que retumba donde nunca llegaremos. 

Volvemos una y otra vez a los fuegos fatuos de la tierra que fue desaparecida en nuestro pecho. Y el candor fantasmágorico y enamorado, nos rinde ante su tentación y sus luces de san telmo. Hipnóticos del opio, mediums de los muertos. 

Por eso Yos, es mi pecado y mi manicomio. Porque la sombra del corro la bruja se fuma todos los delirios y tumbas en sus brazos.  Porque veo a mi muerte en sus ojos. Porque se repite el licor de Comala en nuestra cama.

Me uní a él, a través del hueco incendiario de mi deuda con Fauno. Y Yos, es la forma de perderlo todo o de ganar al fin la oceanada.
Le dije a mi viejo que estamos todos embrujados. Y me dijo, ostia Mareva no vuelvas con eso, yo soy poco influenciable pero al final voy a andar persignándome cada vez que abra una puerta.  Eso me hizo reír a carcajadas. Últimamente juego a explicarles su vida a través de la sombra del corro de la bruja y los mundos paralelos del ensueño donde los muertos relinchan. Les hablo de sus escombros y retenciones de tráfico, a través del soplo de la Bruja y de una sombra antíquisima que empieza en el lado oscuro del Fauno. Les hablo de los espectros que cargan entre el temblor de sus suspiros. De las inercias de cloroformo de los manubrios del naufragio. De la sangre gangrenada de hace 40 años en la máquina de escribir de las sirenas. Les hablo del semen de Freud escribiéndoles sus epístolas y girando los pomos de sus puertas. Les hablo de la maldición de la familia y el eco sin fondo de la arteria de la amapola blanca ensangrentándonos a todos el devenir del fuego. 
Soy muy insistente. Para mí es un juego, una broma. Aunque una parte inefable de mí se la toma muy en serio y chirría el crujido del espanto en el portal de lo incognoscible. Y a través del juego, se torna ayahuaska en un fuera de campo del significante. Y entonces yo estoy contenta del surrealismo. Y canto. Canto a la muerte que me canta. Canto al precipicio que me lleva. Canto al mago de la esquizofrenia que todo lo repara en el ardor del Infinito. Y me muevo, jugando. Todo lo digo medio en broma, como si estuviera mintiendo, pero para un lado etéreo de mí, es la jodida y escabrosa verdad de Fauno.
Lo amé. Dos semanas y media. Su beso duró siglos sobre el arpa del gorrión y de la mar. Pero se marchó de mi vida. Cruzó viento de todos, me llenó de aves y selvas, de volcanes de vida liberada y se fue sin que pudiera dejar una cicatriz de sus labios en Babilonia, ni una brecha en la isla. El poema no pudo cantar demasiado la alegría de su canto. Ni la nostalgia, llorar una despedida, ni buscar un reencuentro. Ya veníamos de lejos. Ya no éramos poetas. Decíamos hola y adiós, sin dejar pagado al camarero, sin preguntar cuántos han subido al tren ni si volverá.  Su beso hubiera cambiado mi destino, si lo hubiera tenido cuando tenía 15 años. Pero ahora el viento todo lo arranca y lo hunde nómada sobre el capricho de un resplandor. Parias que van y vuelven solos para correr los velos del Infinito ajados al vapor del tilo y de la absenta.
Llego ahora a casa. Me he divertido con mi familia. Ese amor de sapos azules en oleajes de tejo, espina y óleo, me inundó de la deriva de una risa de mimbre y de marihuana, de una deshacienda que se tiene a sí misma en el violín del payaso, en el clímax del barro cuando se deshace entre los dientes. Un vaho sin raíces y sin fronteras que te abraza con el mismo deseo con el que te desarrapa. Pero salva el corazón de trapo jugando al tente y al duro, bajo terrazas de luciérnaga. 

En mi familia nunca se crece. Seguimos siendo niños que juegan con cuchillas y con flores, con un agujero umbilical verticalizándose sobre el tambor incognoscible que acoge lo ilegible. Seguimos teniendo todas las patologías del pan y del metal, de la oruga y del aguardiante, de los rencores de caverna y pleitos de fuego. Abocados al abogado del diablo y de las olas.  Hacedores de mil fracasos. 

Mi vieja me dijo, pero te quedarás unos cuántos días verdad?. Le dije, no lo sé lo que aguantaré, la familia está rodeada de espíritus y espectros que os tienen embrujados a todos y me embrujan a mí también, según lo que me diga la ouija me quedaré o me iré. Y ella dijo ¿no lo dirás en serio? Y eso me hizo reír a dientes abiertos. Luego dijo pensativa y preocupada por lo que le había dicho, pero son espíritus buenos, de nuestros familiares muertos que nos protegen.
También le dije que cuando muriera papá, la maldición de la familia tocaría la cima y su cúspide total y todos los espectros se despertarían hambrientos y nos llevarían a todos para siempre al naufragio estrepitoso de los que hemos sido, polvo sobre polvo. Ella me miró asustada y habló censurándome. Y eso me hizo reír. Su aflicción a veces me da esperanza sobre el fuego dadaista. Ese extraño humor negro me salva el corazón y me mantiene niña que juega mirando a la muerte que me arranca.
Tengo un complejo de naufragio, de hija de la pedrada y la despedida, de herida de muerte del amor. Empezó en mi infancia y me ha perseguido siempre con el baile del chacal sobre los antros abandonados de un beso de tierra caduca roto en mil pedazos en el nombre de la mar. Es un sentimiento de inferioridad que adquirí cuando no tenía mundo y sentía que mi ser era un problema irreparable de adaptación al medio y a la especie.  Sólo en el baile dadá junto a los perros de diógenes, me siento a salvo del fango de mis grutas y de la atracción al olvido. Es el corro de la bruja. Y mi relaciones afectivas están embriagadas por su sombra de sima y de tijera. La multiplicidad de los yoes me permiten navegar el relebo de la polilla. Pero detrás del cristal de mi corazón, esa brecha también se reproduce como un fantasma. Por eso tengo una coraza. Por eso temo el amor de Fauno. A veces me entrego al olvido antes de que él venga a mí. Hago un réquiem al amor, antes de que el amor vaya a dolerme. Y me entrego suicida y sádica a las luces de san telmo de la lujuria y del éxtasis. Cuando se han tirado abajo las puertas de las tabernas y de los cementerios. Cuando sólo somos animales que cazan y celebran el asesinato de la patria, el rubor de los incendios.

Mi infancia está abierta en canal en mi inconsciente. Es el sumidero donde todo retumba. Mi atracción a la serpiente del nigredo le hace la autopsia cada vez. Mi atracción al secreto de la yerba del diablo multiplica el gemido de la penumbra como un laberinto de hachas y alucinaciones, apasionado por la bruma del devenir de lo inconcluso. Mi herida sangra a bocajarro, cada vez que el amor se acerca. Y me echa afuera sus motines. Y me enroca otra vez en el submarino del Leteo. La estrechez de mi relación con lo clandestino bombea como un tsunami la viudedad de mi rosa. Y aunque camine hacia el amor, el amor me descamina el aullido de mi primer hueso.  Y aunque sepa dónde empezó y porqué, su saber de espacio inhabitado quiere mucho más de mí. Su sanación es Tigre. Pero Tigre se ha vuelto una criatura cuántica e incendiaria que necesita el ardor de mil ecuaciones y beleños para ser libre. Mis viajes al éter lo hicieron todo mucho más complejo y retorcido.
Hoy es un lío de mañana, tengo que ir a renovar el DNI que tengo caducado hace dos años y medio. Tratar con la policía siempre me da asco. Las salas de espera, los edificios públicos, la urbe, me pone suspicaz de la nostalgia de los dinosaurios, de un incendio universal, del fin de las palabras, del retorno del neandertal. 

A través del voyerismo de las marujerías, al haber visto ayer unos vídeos por youtube, pensé en Yos y en mí de otra manera. Mi vida es muy pequeña, rodeada por un campo de cebada y un río. Apenas comparto los significados con la otredad. Mi otredad es reducida. Y ese tipo de telenovela, aunque tiene efectos devastadores en mi psique, porque cuando veo algo parecido a la TV me lleno de remordimientos y de fango y siento que me estoy volviendo idiota y perdiendo mi vida y mis facultades mentales en una evasión que luego se levanta como una bestia hacia el fondo de mi verbo y me clava las mandíbulas. A pesar de eso. A veces el voyerismo me da una especie de hálito universal. Y ayer pensé a través de lo que vi, en la relación que tengo con Yos. Pensé en que yo le doy inseguridades y que eso le hace acorazarse. Y que él también me las da a mí. Nuestras viejas cicatrices sangran la cuchilla de la tramontana. Y a veces, inocentes y sádicos, nos envolvemos en la sombra de las guerras de las que venimos.  Los dos tenemos una capacidad incisiva de ver con el ojo de la oscuridad del hachís, de oler el miedo del otro, el temblor, el complejo, la tristeza, el hueso roto. Y podemos ser magos que nos bajemos la luna y nos demos el paraiso. O podemos ser el enemigo que acerque 20 centímetros más la espada a la pared.  Así ambos nos tenemos, entre el cielo y el infierno. Nos besamos la sima que nos herimos. Nos hacemos dependientes del cuchillo de Marte y de su convulsa absolución.. Y nuestra relación a veces viaja por el Leteo es busca del Fauno imposible. Mutuamente asalvajamos el cristal del otro, su iceberg, su motín, su distancia insalvable. Y cíclicamente la trascendemos y nos fundimos en un orgasmo cósmico. Nos damos lo que nos hemos robado. Y el marqués de sade se fuma nuestros naipes, mientras como dos animales nos retorcemos de la horfandad y la orgía de las estrellas.  El cuervo de Poe siempre está en la habitación en las que nos amamos. Los dos tenemos una relación muy estrecha con la oscuridad, la marginación, el corazón de ortiga y puño americano. La ternura condenada a regurgitar una espina por si acaso perdemos el amor de la Luna. Y nos protegemos de nosotros mismos condenando al otro a marcharse.
Me despierto algo agitada. Preocupada por haber tenido sueños absurdos. Con una necesidad de depurarme, de nutrir mi pensamiento y mi sentimiento, en otro tipo de lugares. Volver a leer libros, ordenarme en las metáforas del bosque, en el claro de luna, en los juncos que vuelven a tus labios a cerrarme la boca. He tenido la sensación de que me estoy volviendo más idiota, de que me esparzo entre fotografías deconstruidas hacia el humo y no estoy centrada y el duende me avaricia en lo paria cada vez con más crueldad. Necesito establecer un cauce creativo entre los significados que se alimente cada día de mis escombros y no del revés.

Volver a la casa de mi familia siempre es raro, tiene algo cálido y algo con aristas en el llover subterráneo de los versos desaparecidos.

Ayer mi viejo me hizo reir cuando le dije, menos mal que las penumbras de la familia  me inspiran. Me dijo, ostia tienes para escribir una obra maestra, te vas a forrar con nosotros.  Aquí la proa del naufragio siempre está afilada, cargada en un corazón vagabundo que ha amado demasiado a los muertos. La entropía y la ruina nos envuelven de hálitos de pájaro que no llega a casa pero entrega su vida cada vez al viento.

Mi vieja me bombardea a preguntas cada vez que tiene la oportunidad. A veces son preguntas que hace 10 años que yo no me hago. A veces las que nunca me he hecho. Siempre me pregunta por Yos. Ayer me dijo ¿qué tal estás con él? Le dije, él y yo estamos siempre igual, entre bien y de ninguna manera.  Eso la hizo reír. Y a mi su risa también me hizo reír.
Me trato de sacar la espina. Besar tus labios, ser un bar que no cierra bailando alrededor de tu hoguera. Tener todas las razones de mi sí entre tus piernas, de mi vida junto a tu vida, de las estrellas tan altas que te miran desde mis ojos. Y sin embargo, un sálvase quién pueda, me provoca tiritones de caverna helada. Y se me pone en el rostro esa mueca de contar una mentira, de esconder un oscuro secreto. Y cuando te estoy amando, una mujer en mí se da la vuelta y echa a correr junto al que siempre va solo, chingado de cuervos y de tormentas, buscando llamaradas de la extinción de la especie. Y sólo cuando no me doy cuenta y no me importa y no sé muy bien dónde estamos ni qué pasa ni me preocupa, soy capaz de amarte y dejarme amar por ti.
He encontrado otra casa, al oriente, cerca de Llanes, en un pueblo chiquito. Con un patio muy hermoso y a la vera de la mar. Aunque quede lejos de Yos algo me atrayó más de ese pueblo.  Empiezo a comprender la convivencia de bruma con ese yo pictórico de lo inerte, retraido del asalto de la pechera del fuego. Su ser melancólico y subterráneo, su corazón que apenas conoció la superficie, su timidez de vaho, su indefensión ebria de salvia. Su vibración ren de lo que se han llevado para siempre los chopos. Cuando ese yo, toma mi entraña, toda yo soy un clamor de lo distante. Y los otros yoes en mí ejercen a veces presión del fulgor y de la bala, del amor y las piernas abiertas de la mar. Y un camino imposible transita en mis pasos. Y me siento en fuga, sin suelo y sin raíces, mientras una canción fúnebre besa las flores desde mis manos frías. Siempre me ha costado un abismo aceptar mi naturaleza. Los alter-ego y grutas de mis animales, me empiojan un carnaval. La marea se vuelve una explosión. Y lo único que me calma, es el equilibrio a través de la escritura, su embudo y digestión y motor. Su comprensión de lo expresionista. Sus puzzles hacia el rostro de Fauno.
Llego ahora a casa. Estuve la de dios de rato esperando en el dentista, pero cuando llegó mi turno fue agradable y rápido. Les dije que me iba a ir unos cuatro meses y que tendría que posponer lo de poner una corona que si me pudieran tapar la muela con algo que dure hasta entonces. Y me hicieron un empaste y no me cobraron nada. Nos despedimos hablando del carpe diem y del "cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando" y cómo había que echarle pimienta y vodka para evitar los malos entendidos de la nada. La dentista me dijo sonriendo que como no me tomara en serio lo de la muela a mi regreso me iba a sacar todos los dientes. Son gente maja que ríe alto. Salí contenta de allí. Con la mar más cerca de mí.  Luego aprovechando que tenía la tarjeta de crédito de mi hermano y de que no me costó nada el dentista, fui a comprar a la tienda, redondeando lo que cuesta un empaste. Y ahora busco las palabras. Soy sensible a los ajetreos de la urbe. Me expresionan el poema que hace sima en mi fondo. Y tardo un rato en recuperar el tono.
Tengo cita en quince minutos con el dentista. Queda al lado de casa. No me gusta ir allí. Y hoy se me olvidó el aparato de música que me hace de mantra y protege la fuga de mi cubismo. Cuando estoy allí salgo a fumar al balcón y veo en la rotonda de abajo libar la sombra de la bruja los desechos que la humanidad usamos como propulsión para el verbo con el que nos escupimos incompletos y hambrientos por las calles. Me entra nostalgia de no haber nacido pájaro. Y un dolor alienígena me roba las palabras y el rostro. Me siento una intrusa enloquecida por una jazz de coral y de brasa que alguna vez tiró todas las ciudades en el vuelo de un cuervo marino. Y sufro el asesinato de mi patria en fuegos de ostra que alumbran una tormenta sobre el pincel del pintor esquizo que tiene mi alma. Mi soliloquio se va muy lejos cuando estoy en una sala de espera. Y cuando de pronto, me hablan mirándome a los ojos, me siento una actriz del esperpento apuñalando mi condición humana a un papel vacío que tiembla whisky y hachas al murmuro de la mar. Y toda yo finjo que todavía estoy allí y que soy yo o algo parecido.  Mi ardor psicótico se pone a la defensiva y no me fío de los dentistas ni de ningún humano, Monstruo me cuenta cuentos lejanísimos al oido. Y yo quiero irme a toda velocidad con él al bosque. Mientras mi actriz juega a las canicas de absenta y a los libros de los que nacieron huérfanos y viudos.
Acabo de llegar. Un frío inunda los adoquines que van a morir a tu boca. Retuercen el baile de la serpiente en túneles de moribundo eco. La casa está herida bajo la noche que tus brazos destriparon de los nombres. Vino seco chirría en las puertas la inundación de los naufragios. Mi hueso tiene miedo del devenir de la flor cuando se abren esos cajones y torniquetes de bruma detienen el aullido de la herida. Me solapo en tu equilibrio como champán que anega los papeles. Por eso me fui tan lejos y no dejé pedazos de las letras para que me encontraras. El poema a veces se nutre de los desechos y de los golpes. Tú en medio emerges de la nada te amparas del otro lado de la boca que inhala el beso de los tiempos y sacude una bailarina de cera que ha tomado todos los trenes.
En quince minutos me iré.  Soy otra distinta cuando vuelvo. Otra la que cierra la puerta y se esconde ramajes de chopo al vuelo de las cenizas. Ir a la ciudad siempre es muy raro. Un fantasma se embriaga de mis instrumentos de viento y no aterrizo. La sombra de la bruja de mi familia me enyerba expresionismos y hachazos. Pero ésta vez quiero jugar con los muertos. Quiero reir en la proa del naufragio. No quiero que me hagan carne ni me digan humanidad. No quiero comulgar su lágrima ni el quejido de su ruina.

Creo que volveré el fin de semana. Y luego en muy poco estaré en la mar. 

Necesito energía cuántica para abrir los ojos de mi cuerpo del ensueño y cruzar la oscuridad. Sé que lo cíclico de la doblez del junto espeja un eco que se nutre de la ausencia. Y el dolor es el motor del gozo del otro lado. Los instantes de penumbra se amortiguan en el nacimiento del poema. Y la huesera da lo que te roba la otra mano. Por eso no debería hacer un drama cuando me poseé la bruma. Ir ligera. Y sacar la fuerza del retumbe del pozo. Tener en cuenta la doble alma y los intercambios del cubismo. Engendrar el movimiento y amar mientras se pueda.
No sabría explicarlo. Pero hay un tambor de la matriz que es puramente sexual. Y la energía sexual es un vehículo en el ensueño. A través del gozo sexual se cruza el abismo, se vencen a los demonios, se libera la dopamina de los fuegos fatuos y del horizonte sobre los caballos del apocalipsis y el fulgor, se comprende el humus y se navega. Cuando la energía sexual, está detenida, sobre alguna encrucijada metafísica, cuando está triste sobre alguna quimera de la moral o herida por una guitarra que no suena. Andamos retraidos, tímidos, temblamos al hablar, al beber, al aullar. No emanamos la sensualidad de la vida. Nos hace caer el vino. Nos enfría el frío. Nos pone penumbrosos la penumbra. Cuando dudamos al actuar y movernos, la energía sexual, se hunde, se pone nostálgica, se hace mental. Y nuestro animal interior ya no es libre.

Mi animal liberado, es infiel y rizomático. Le gustan mucho los cuervos de la muerte. Y se pone contento cuando no hay caminos y el estrépito del dadá se lo lleva todo. Mi animal cuando es libre, se excita por el precipicio y retumba mandrágoras sonambulas de lo incognoscible. 

Sé que últimamente mi animal está triste. Y su brecha, es la brecha contra la que he luchado desde que nací. El corro de la sombra de la bruja se puso agresivo en estos tiempos. Necesito a Tigre. Necesito una catarsis. Agarrarme a la matriz del yo de mi ensueño y establecer una comunicación incendiaria en mi pecho. 

Aprovecharé estos días en la ciudad, para jugar la alegría oscura de Alicia. Sin la alegría sobre la oscuridad yo me parto a la mitad y me pierdo en la bruma. Sin ese activismo del verbo del cuchillo, soy bifurcada por la gravedad de un pozo. Y mi energía sexual no se mueve ni disfruta. Se me contrae en la cucaracha de Kavka y en las sombras. Y yo me siento una herida que se hunde y que se niega a sí misma.