HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Quiero nuevas aventuras, en otros cuerpos, bajo otras estrellas, al aullido de otro peligro, de otra forma de nombrar lo inimaginable, de romper la maquinaria, de bailar la muerte.
Estaba enamorada de la vida y cachonda. Y al hablar con Yos con ese ánimo de opio, se me bajó la líbido. Supe otra vez que hay ciertas energías que no fluyen con él, y sin embargo sí fluyen en otras tabernas. Comprendí que debo tirar otras paredes y embarcarme en otros mares.
El fuego no espera a que nadie lo comprenda, ni prepare su última copa. No atestigua lo que grita la palabra, no sostiene el equilibrio, jamás deja viva ninguna patria.
Si tuviera dinero iría unos días al mar con él. Alquilar una habitación en un pequeño pueblo costero. Dos o tres días. O un camping al lado de las olas. Pero éste mes ya se me acabó.  Sería más sano para nuestra historia, encuentros más cortos... pero cada menos tiempo. En nuevos aires. En el viaje. Bajo distintos techos y futuros inviables, amapolas que giran, pomos de la puerta que no preguntan por la lluvia ni los nombres. 

Algo en mí ya no quiere volver al pueblo. Aunque a veces ese es el único sitio que tengo al que huir. Pero allí me ata la caverna. El exilio. La quietud de un mundo viejo que ya sangró y coaguló donde yo no estaba y el canto no era su fiesta ni su fin.

Un nuevo amor me mojó las vocales donde los carros no miraban el doblar de las esquinas, donde el hueso no hacía tratos con la carne ni el tiempo. Un nuevo sentimiento de sinergia y viaje me enamora de la vida. Algo clandestino e insurrecto. Algo que no tiene nada qué ver con Yoseba. Algo mucho más profundo.
Yoseba me preguntó, ¿de quién era ésta habitación?. Yo le dije que hace muchos años dormían allí mis abuelos. Y me dijo que por la noche mientras yo dormía empezó a amarme y que una voz le dijo, eso no lo hagas y que paró que sino hubiera sido esa voz me hubiera dejado algo.. Le dije, sería tu subconsciente. Y dijo, no, era algo exterior y muy determinante.
Eso me excitó mucho. Me flotó en una sinestesia sanguínea y a la vez onírica. Algo que mezcló en mi lo sagrado y lo que arde. Esa habitación para mí es mágica y peligrosa. En ella tuve algunos ensueños donde yo estaba dormida allí y empezaba a voltear el mundo. La manera en que me lo contó me embriagó el deseo en la sensibilidad del peyote.
Estoy contenta. Hay una nueva luz que me roza. Algo que integra el sonido en el camino que cruje entre los dedos de la nada, en la profundidad de un junco partido donde la escarcha gime. Un reencuentro con un significado que no disecciona en mi interior la polaridad del verbo. Algo con salitre y vino tinto. Tal vez el principio de esa primavera que sueño. El fluir sin la cortina del teatro del desguace, retroayendo el clavel del aire. Sin la noche huesera del cuerpo del olvido. Sin el abandono inquisidor de la siguiente nota del camino que se marcha. Sin esa pared entre mi ojo y mi ojo, escavando una puerta donde ninguna llevamos la palabra. 
Una nueva ideación de la música ha besado en la calle la manera de soltar la furia y la cicatriz, de agarrar el paso de los búfalos. De fadar con la risa del monte el embrujo de los desheredados, libres en la grieta semántica de una ola.
Algo que acarició mi corazón como nunca había conocido. En la paganería de los nómadas.
Me despierto. He estado algo preocupada porque mi viejo ha tenido mareos, algo relacionado tal vez con su corazón. Eso me acuchilla un vértigo que no puedo colocar en ningún sitio. Un asalto que se hace un fuera de campo en mi lenguaje y en mi tiempo. Miro y no miro la bala que viene hacia nuestra cabeza. Doy una vuelta de baile, ciego con vino las probabilidades de la muerte. Me hago la tonta. Un grito yonqui se despliega en metáforas que no tienen nada qué ver con lo que se toca. Se lo doy todo a la vida, en su ballet más absurdo.

Migro con el maíz el doblar de la lluvia. Desenfoco el objeto directo que escarba el escenario de la ausencia. Me agarro al viento que no sabe nada de nadie.
Volver al mar. Volver a la risa. Detener esa guerra y sólo afilar el cóctel molotov. Han sido muchos años peleando la antagonia del escarabajo y de la lluvia. Sufriendo la sombra de una retaguardia, de un ataque-defensa, de la trinchera del silencio, de la guitarra del vacío, de la paranoia de un horizonte vertical, de un paso de lumbre y patada, de una interrogación de pólvora, de una dualidad que sadifica el pentagrama de la ausencia.
Me doy cuenta que con Yos a veces me oscurezco en una lucha interior de no sé qué asteroide. Y que el amor es otra cosa, la vida no se pregunta a sí misma. Somos viajeros del caos. Soltarse y caer en la música. El desencanto baila amarrado a la ginebra y al canto. Quemar a veces todos los papeles y no arrepentirse.
Éste vals no tiene hora ni salida. 
No tiene una razón que nos devuelva. Sólo su viaje, sólo su latido.
Mi madre me ha contado que anoche dimos un espectáculo por la calle. Y que yo me empezaba a reir a carcajadas y no paraba. Que yo quería ir de un sitio a otro con el perro y no quería volver a casa. Ella y yo debíamos forcejear y vete a saber qué conversaciones tendríamos. La verdad que no recuerdo mucho todo eso.
Hoy tengo ganas de él. Me desperté sin guerra. Sin la dualidad de la gota de tierra en el enjambre, en el rocío.
He puesto música, me apetece cantar, dejar las preguntas, los hechos, en canciones trashumantes, dejar las respuestas en esas aves que cruzan y no se dejan tocar. Borrar la presión de lo que ignoro. Trotar. Por una vez que todo esté en su sitio y que sea ninguna parte, con alegría.
Quiero darme otra vida. Virar los mástiles, la deshacienda, la manera de agarrar al olvido, de impiedar la memoria. De caer. De subir. De golpearme los huesos con el otro lado del poema, de la pared, del beso.
En primavera se cortarán los cables. Se enganchará la luz a los barcos de la noche. Y el camino hará lo que ame. Mientras el invierno, un pezón de nube, escucha al río, abandona al río, lo retuerce, lo ora. No hay mucho qué decidir. Sólo cantar.
Después de todo, nada acabará dándonos la razón.
Hoy tengo un poco de resaca. Pero soñaba con un perro negro que velaba mi corazón y mi alegría, yo seguía al perro negro y todo iba bien, el corazón del perro estaba en mi corazón y en el sueño yo también era el perro.
Ayer pasó algo raro cuando volví a casa, yo estaba algo ebria porque al final de la noche empecé a tomar vino y la mezcla me agitó. Fui con mi madre a sacar a Kavka. En algún momento yo tropecé y ella se salió de sus casillas y dijo que me sentara en un banco que yo no podía ir a casa y que ella no podía conmigo y que me iba a caer. Yo le discutía que estaba perfectamente para llegar a casa y ella daba muchos gritos y me agarraba y me obligaba a quedarme en el banco. Llamó a mi hermano que estaba dormido y mi hermano tiene muy mala ostia cuando le despiertan y discutieron a voces, yo le dije a mi hermano que mamá se había vuelto loca y que no la hiciera caso que yo podía ir sola perfectamente. Y entonces discutieron mucho más porque él no quería venir y me dio la razón..  Y hasta ahí llegan mis recuerdos.
Hoy no pienso decirme que debería beber menos. Hoy el día es hermoso. No se mira atrás. Nos empapa la deriva, defendemos un canto aunque a veces huyan sus sonidos, aunque a veces patinen las neuronas donde las palabras no se sostienen en pie ni ninguna tierra puede abrazarlas.

Hoy tengo un ánimo reconciliado con la humanidad. Algo que anoche dio calor a mi corazón, en esas espirales que llegan un poco con una grieta semántica, con un anacoluto temporal y se celebran donde no hay eje, donde los enunciados no cierran, donde no importa lo que se sabe ni lo que se ha olvidado.
Esa rabia la transliteré en tu cuerpo.
La quemamos encima de una bala empapada. Nos precipitamos del placer. Y allí atrás, dónde sólo éramos polvo se borraron esos nombres entre los labios vaginales de la mar y de la muerte.
Subí el tono, corrí la huella. Esnifé las cartas. Me fumé mis ruinas. Y con el sudor, enfermamos a las flores del olvido y del tiempo. 
No eras tú. Eran todos los hombres escondidos en un cubismo experimental. Todos los mares la mar. Todos los sexos, el blues borrado con tiza al relincho de las bestias. Renacido en el escupitajo de un cráter viudo. Yo era la retorcida nostalgia de lo que no existió. Amortigüé en tus moratones, mi espanto. Eché droga. Eché cinismo. Me disfracé con sangre de la obra derribada. Te acabó usando el poema, como a un burdel y como a una pistola. Nos usó a los dos, ebrio de no sostenerse. Te acabó usando el aullido de mi vagina, como el crímen del Sol, como el capricho de los lagos.

Tal vez es cierto que estoy loca. Por eso quemo de tus labios el hash que deshacienda mis propiedades. Por eso un ojo de cristal baja la escalera de caracol cuando mis pupilas violan al cielo mientras cabalgamos.

Por eso sólo me cuadra la semántica encima de la hoguera.
Por eso busco la muerte y la vida, en el mismo verso.

Mi electro rata jamás te dejará la puerta abierta.
Ya abusamos demasiado de lo terrestre y de lo divino. La esperanza se hizo una farandulera, una adicta a la salvia divinorium, a la navaja, al peligro.

Desgañité en su casa, todos los reductos que conocí en las estrellas contigo. Bajamos al suburbio, al burdel, al sótano del sótano de los sueños.

Es hora de irse. No me acuses nuestra memoria. Floreció en medio de la nada cuando todo estaba perdido. Allí nuestros cuerpos se amaron, nuestro precipicio juntó sus lenguas. Nuestro gemido se revolvió como una jauría.

La botella de whisky tendrá siempre un vaso para ti en mi alcoba. Pero no debemos meter allí fechas ni ataduras. Que nos coma la rechingada. Que nos bese el viento. Que nos lleven todos los barcos oblicuos al abordaje de la tormenta.
Dejarme fluir. Caminar con mi nada, entre procesionarias y lunas. No cargar un pronombre. No ser de nadie jamás ni de mí. Quiero nuevas airadas, nuevos puertos. En el pueblo también me aislo de todo, me entrego a procesos de etanol, a materia inerte, empiezo a hablar con los árboles. Sin darme cuenta, algo en mí se hace la nostalgia, la inacción, la tristeza de Mercurio. Paso largas semanas absolutamente sola y luego se me crujen los cables. Aparece él, yo entro en fiebre.  Olvido todo y me chubasco de brasas y alcohol. Voy entre extremos opuestos con el corazón abierto en canal. Voy siempre en la entropía, quedo mal a veces con los amigos, no cumplo, me azotan las azoteas y el cuervo se desquicia.

Ya no.
Ya no quiero volver a escribir los puentes volados por dinamita mientras la noche me llega hasta el cuello. 
Ya no quiero mi escondite, mi puta coartada, mi llave al exilio. Y tampoco quiero lo contrario. Quiero bailar. Probar nuevas vidas. Darme el otro lado de la luna, el tren desconocido, el delirio, pero un delirio que no deje el mismo espantapájaros en mi cama, ni la misma gota de sangre en mis bragas.
Quiero nuevas aventuras. Nuevas formas de morir y de matar de amor. Otras curvas. Otras probabilidades en las que nunca había pensado. Quitarme ese botón. Tocar punk. Entregarme al fuego. Pero nunca al mismo fuego. Regenerar la simbiosis sexual de Yoseba con otro triángulo. Y así seguro que comprendo mucho mejor las canciones de amor.

Mis carencias afectivas, me juegan a veces malas pasadas. El amor que nunca sintieron mis labios, me anda a la rechingada en el sótano de los bares. El cadáver de K. del  K que jamás fue, pero el K. que yo amé, juega a los muertesvivientes con los poemas que se acuestan conmigo. El estigma de la marginación y la violencia, me entrega a veces como una niña indefensa hacia la muerte que es el amor, una niña ebria de whisky y navajas, soñando follar con el paraiso, y usando a los que están por ahí, como si fueran ejércitos y magos, cuando sólo son hombres. 

En la metamorfosis del verano, yo tenía muy claro el fuego de los lobos. 

Con el paso de los meses, se abrieron en mi mapa de la mariposa, primitivos mundos subterráneos y cumbres, pero sólo eran comandos del cubismo. Arrebatos sanguíneos que sólo pertenecían a un segmento fractálico que devolvían a mi conciencia lo oculto de lo empírico. 

Yo atravesé el mundo de mi inconsciente. De mis heridas y sueños.
Yos se convirtió en una cancha de boxeo y en el sexo con el demonio y con dios.
Yos sólo era un vagabundo que se cruzó en mi camino. Un farandulero. Un bello escenario donde experimentar el orgasmo y el golpe, el frío y el fuego. Donde hallar las verdades ocultas de mi naturaleza, a través del acto, del acto de los actores y de los viantados. 

Reconozco que alguien en mí no quiere alejarse de Yos. Y creo que es por la adrenalina y el éxtasis. Es eso lo que me engancha a él. Un compañero quinqui del gozo de la luna. Un tramposo del que me puedo fiar porque es cómplice de mi tramposa. Alguien al que jamás le deberé nada, ni me preocupará la gravedad de mí misma con él. Somos como dos monos despiojándonos y empiojándonos. 

Mi problema principal, es que cuando le hablo de mis certezas, hago literatura. Esa literatura revierte los papeles. Esa literatura luego escribe en mi contra. 

Creo que es porque no acepto mi naturaleza más salvaje. O porque no sé escapar de la literatura. Le doy a entender ciertos sentimientos que en el fondo yo no tengo, actúo, actúo exarcerbada y cuando mi actuación empieza a molestarme, sacó en estampida el otro lado, y lo muestro también como una actuación. 

También tiene qué ver, con que tengo separadas a las criaturas de mi psique. Y que sólo se rejuntan a ratos. A veces le doy todo el poder, a la que no tiene nada, a la más frágil, y ella toma la espada del camino, las otras criaturas de la psique la soportan como pueden, y a veces son heridas por ella y yo caigo en las sombras y en la inestabilidad....... Yo eso lo hago en el fondo por el fuego del Infinito. La paralítica del amor, es la que se mete en mi pecho, porque las otras criaturas han de integrarla, y en parte destruirla.

En éste último encuentro con Yos... empezaron a salir otras nuevas a su lado. Empezaron a salir mis más oscuras. Eso fue muy positivo, aunque la jodida niña perdida fue algo dramática, se me agarró a la sombra y anduve a ratos por el infierno. 
De alguna manera en nuestro último encuentro, mi escepticismo y mi beso vagabundo y andrajoso, volvió a casa. Yo volví a casa. Lo que el éter había abierto hasta el etanol del cielo, fue cerrado en mis sentimientos agresivos. Ella no quería. Ella seguía escribiendo su poesía de la utopía, pero el olor de la sangre fue más convincente. Y a través de ciertas muertes-nacimientos, pude al fin quemar esa epístola y hacerme un canuto con sus restos del fauno.
He andado muy liada ésta mañana, me llamó un viejo amigo, luego tuve que hacer unos telares, ir por ahí con Kavka. Y ahora paro un rato.
Empiezo a comprender mi vida desde otro lugar. Buscar el viento, una posición felina, un caminar sin equipaje, sin la sombra de un compromiso, sin el peso de un retorno. Mi herida de luna anterior, hace a veces de siderurgia, del exceso, del desconsuelo, de la extra-sensibilidad de un insecto evanescente. Yo no integraba del todo en mi alma el activismo de la loba, me daba al beso del licor, al baile, mi anacoluto emocional, mi cúmulo de esqueletos en el corazón, el sueño romántico, esa forma de buscar un amor trascendente y alienígena me hacía cometer muchos excesos irracionales. Y en su contra, la otra polaridad, me entregaba con lo salvaje y la lujuria, con el vino de Diógenes, con un abismo. Yo confundía muchos términos en el sexo con Yos, en su vida cerca de mi vida. Tampoco integraba mi yo romántico y sensible, su deseo quedaba en una contradicción, en un punto de sabotaje a veces y a veces en algo retroactivo. En una sombra bajo la cuál me autoengañaba, me embrujaba en ciertas leyendas y piromanías. 

Yos es una historia hedonista, placentera, somos colegas, gozamos juntos, hay cierta pasión exarcerbada. Pero no es un camino, no es una casa, no es un fin. Sólo es un vino que a veces canta conmigo, una mano que a veces pelea con mi mano, una calma que robamos al infierno, un delirio que osamos en un extremo, fuera de la línea y canta.

Mi anacoluto romántico no debe jugar otros sentimentalismos con él. No debe usar la ausencia de mi utopía como cancha de boxeo, ni de juegos amatorios, ni de literatura.  Ese agujero sólo es cosa mía. En el fondo sueño un amor más allá de la muerte, busco algo que haga épica y explosiva mi vida, busco lo Imposible, pero eso es mi forma de andar, y Yos se cruzó como un poco de peyote y callejón en mi caminar. Yo sólo tengo que cantar y no confundir los términos. No putearme con él por no ser quién no es, no albergar desencanto y furia. Saber que somos lo fugaz.

Creo que esa niña perdida, ese yo romántico y extrasensible, quería jugar con Yos, porque necesitaba jugar consigo misma. Yos sólo era alguien que pasaba por allí. Hubiera servido cualquier otro.  Yo quería probar el amor, experimentar el amor, como también experimentar la lujuria y todos sus templos, como también el nihilismo, el cinismo, la diatriba, la pureza, el poema y la roca, el cuchillo y el pájaro. 
Es mi naturaleza la que se me muestra y es a ella a la que le debo la total libertad.

Yo no amaré a Yos con mi poema. Lo amaré con lo mundano, con lo profano, con la taberna, con la aventura. No lo amaré con todas mis mujeres, lo amaré con su carnaval y su explosión, con su ardor, con su fiebre. Y a ratos lo odiaré con ellas, de igual forma, apasionada y absurda. 

Yo a veces le cuento muchos cuentos, porque me los cuento a mí misma. Y eso es lo que he de transformar. Si es que mi lunatismo me permite ser coherente cuando entra en erupción. Echarme a navegar, abrir todas las tierras y no dejar en ninguna una ladrillo, ni mi pisada.

Ahora comprendo que esa mía que se ponía loca con el trago y con el fuego, que se extralimitaba, que era como una kamikace del ardor de Marte, se pasaba tanto de vocales y delirios, porque tenía atada a la puta romántica entre mis costillas y yo vivía en una antagonia, eso ponía en peligro mi vida. Porque yo perdía la conciencia de la loba y a la vez la de Alicia, vivía vete a saber dónde en medio del fuego y de ninguna parte. Yo nunca debo olvidar a la loba. Por eso he de sacar su pólvora con Yos. de antemano y no dejarme embriagar por esa absenta que él me penetra. 

Aquella noche de hierba y hoguera, le hablé con ésta verdad. Me disfracé de maliciosa serpiente, me quité la ropa con su lengua de brasa.Y me sentí en un orgasmo. Sentí el orgasmo de lo vagabundo, de lo nihilista, de lo perro, de lo lujurioso y a la vez sagrado, de la huesera y su canto de raposa. Esa es mi naturaleza, aunque sea la rechingada... es allí donde va el Tigre. Otra cosa, es el agujero de la romántica y sus sueños, también seguiré ese camino, porque no sé hacer ninguna otra cosa hacia el Infinito, pero sé con certeza de que Yos no está allí. Con Yos juego, practico. Trato de exorcizar al hombre de hojalata. Pero es todo puro teatro, presente, tierra y llama, espada e isla. Algo puramente empírico y farandulero.
De alguna forma, las pasiones y los sentires poéticos, la vehemencia, el fuego, la sensación de libertad y éxtasis que he vivido con Yos. me ha hecho desdibujar la verdad que hay entre nosotros. Y esa verdad es también un cuchillo.
Cuando yo lo conocí, antes de que me fuera volando al éter y creyera que él era un nagual. Yo pensaba que era un idiota, un arrogante, un quinqui. Y me tomé nuestra historia, como una historia de una noche. Con hedonismo y carpe diem. Porque él en la intimidad es una fuente de fuego, un vuelo a otro planeta. Eso era lo que nos unió, el sexo. En lo otro éramos como dos cuervos embusteros pasando el rato colgados de un árbol, echando humo, manoseando la luna, alejanando y mirándonos de reojo.
Lo que supe las primeras semanas que lo conocí, es algo que permanece también. 
Cuando yo sufrí esas metamorfosis oníricas, Yos se convirtió en otra persona para mí. Hubo algo muy inefable y extraño. Un rayo, una orgía de estrellas, una comunión de serpientes sagradas. Algo que pertenecía a otro mundo. Y yo me embauqué en senderos que flotaban por los aires. Y aquellas resacas hoy todavía me encrespan la mar. 
Con Yos, después de que regresara de Marte, se abrió un camino de experimentación humana, emotiva, de aventuras y desventuras, de proposiciones de urraca y de castor. De existencialismo en el límite, de visceralidad, de lo sanguíneo derramado en un colchón, en un vaso, en una estación de tren. 
Ahora hemos llegado a un lugar muy extraño.
Ese hedonismo del principio, es lo que nos sigue uniendo. Hay una especie de cariño, una cariño entre piratas y animales.  
Pero hay una contradicción en mí. Porque lo que yo entregué de mi alma, lo que me despertó amor, en mi metamorfosis, sólo era porque lo creía un nagual. Él como hombre, no me despierta esos sentimientos. Muchas veces sigue pareciéndome un idiota. Pero a la vez, algo en mí lo ama, lo desea, no sé si es la pasión de maría la portuguesa y del peyote o también un compañerismo de mandriles y niños perdidos. Pero él no es ese alguien dónde cantaría mi amor, mi yo más profundo, mi intelecto, mi mística. 
Todo esto me posiciona a veces en un sitio muy peligroso. Porque yo me paso de vocales. Me entrego radicalmente a un placer explosivo. Y a veces me cuento cuentos del dadá, para salvar algo que se representó insalvable entre nosotros dos. 
Es un camino apasionado, porque aprendo mucho de mí misma y de mis latidos. Es como una experimentación del carnaval y del poema, del aprendizaje empírico de la brasa y del desierto, de la pelea y sus pasiones, del paraiso y del infierno. Pero sé que hay un peligro, el peligro del desenfreno, de la lujuria, de la droga, del quemar a lo bonzo la tierra y el cielo, porque mi profundidad espiritual y humana no se desarrolla a su lado, sino la animal, la salvaje, la profana, y a mí me gusta demasiado ese tipo de adrenalina. Por eso he de abrir un camino diferente donde yo cierre ciertas ventanas. Porque hay una pelea entre nosotros. Una Babilonia en llamas, que tarde o temprano explotará y acabará con todo. Porque nuestro destino es sólo una fiesta, algo fugaz que ya se ha alargado 8 meses.

He tenido sueños extraños. Ahora por la mañana soñaba una fiesta muy rara, yo bebía whisky, parecía la fiesta del conde drácula.  Había peleas y sangre. Había niños desesperados en las mesas. Y escenas muy surrealistas que no recuerdo.
Por la noche tuve un sueño con muchos significados díficiles, aparecían dos amigas de mi pasado y Yos. Yos se marchaba con una de ellas en el coche a una montaña. Yo mientras caminaba con mi perro por unos sitios muy extraños cercanos a mi pueblo, en un momento mi perro se había alejado y cuando lo encontré tenía puesta una correa al cuello yo pensé que era bonita y me la iba a llevar, y vino una vieja conocida del pueblo en mi vida real y dijo que esa correa tenía que devolverla que se la había puesto no sé qué señora y que en la casa de esa señora una se entera de todo y habló de no sé qué cotilleos del pueblo......Cuando ellos volvieron yo estaba enfadada, les tiraba vasos a la cabeza, les atacaba. Luego pedí whisky en una taberna de un sitio de montaña y nieve, me dijeron que no me lo querían dar y yo lo pedí con vehemencia otra vez, la hospedera me cobró 5.20 por un vaso pequeño e invitó a todos los otros, yo le dije, caro me sale tu whisky en éste vaso de medio mosto, invitas a todos a costa de que me subes el trago. Ella rió y dijo que tal vez yo era como no sé qué mujer y contó una historia y que debería irme a una especie de travesía por el desierto.
Yo estaba triste y rabiosa contra Yos. Me sentía traicionada. Y en otra escena donde lo pegaba, él dijo a ella que pensaba largarse y no volver a casa conmigo. Ellos estaban todos en un grupo y yo sola. Entonces le expresé mis sentimientos, antes de eso sólo le atacaba. Algo en mí lloró. Le dije que yo le quería. Y luego creo que volví a atacarlo. Y empezó a aparecer en la escena un hombre muy raro que parecía vivir en el mundo de los muertos y que dijo que ya había tenido dos vidas en la tierra, él me atacaba, dijo que descargar conmigo su violencia le ayudaría en la próxima vida, yo le ataca verbalmente como un cuchillo y él disfrutaba de que yo sacará su violencia y lo peor de sí mismo porque supuestamente eso iba a mejorar su reencarnación.
En una escena apareció una mariposa azul colgada de un boxeador como de juguete. La mariposa estaba viva y movía sus antenas y sus patitas peleando, ella se hizo mi aliada y yo al fijarme en esa mariposa sabía dónde estaban mis enemigos y cómo debía de pelear.
Después de la mariposa ese hombre tan extraño volvió y yo comprendí algo, comprendí que me veían en su espejo primario, en sus almas menos evolucionadas y que me creían como ellos y me juzgaban de la única forma que podían reflejadas en ellos y no en mí y que sus instintos iban a matarme, comprendí que corría peligro de muerte. Ese hombre iba con Yos. y con ellas. Yo me rebelé verbalmente y encontré una salida que ahora no recuerdo del todo y me desperté.

Después de éste sueño, fumé un cigarrillo y me quedé pensando mucho rato, tenía la sensación de que estaba borracha por el whisky que había bebido en el sueño. Pensé que Yoseba.. tiene algo parecido al tipo de gente que me relacioné en mi adolescencia, pensé que él no comprende mi alma, que no es bueno para mi alma, que mi conciencia atravesó muy largos caminos y precipicios y muertes-nacimientos que él no conoce, que yo tengo una sensibilidad diferente. Pensé que la traición del sueño era algo que podría ocurrir muy fácilmente. Y que esa forma que él tenía en el sueño, ese comando, era algo que yo ya había visto en lo real.
Pensé también que ese tipo de sentimiento de violencia y celos que yo representé, pertenece a un instinto más bajo, a un mundo más sanguíneo y subterráneo, pensé que era la proximidad que tengo con la influencia de Marte, con un animal salvaje, con un hacha neandertal. Con un tipo de mundo cercano a lo subterráneo, a lo visceral. Pensé en mi pasado. Pensé en todas esas relaciones que no me llenaban espiritualmente, en todos esos amigos que no comprendían mis ojos y a los que yo iba disfrazada de payasa y de yonqui. Pensé en las peleas que tuve en la vida real con esas dos amigas, pensé si es que yo tenía algo también malicioso y recordé cuando yo soltaba mi crueldad verbal y dadá. Pensé si tal vez debía un día volver a tomar algo con ellas y comprender qué quedó pendiente.

Antes de ese sueño, cuando aún estaba despierta, estuve meditando, y en mi meditación concluí que yo debía destruir mi reclamo a Yos, como había hecho en el verano con él. Que yo no debía abrir mi puerta. Que yo debía unirme a los lobos y a los cantaores. Ir del todo suelta. No necesitar nada de él. No confundirle con palabras ebrias. No dar a entender oblicuidades en los sentimientos. Respetar a mi loba. Respetar a mi hoguera. Yo estaba algo enfadada con Yos anoche. Le mandé a tomar por el culo después de una conversación que tuvimos. También estaba algo triste y me di cuenta que esa tristeza la había tenido siempre, ese sentimiento de hambre estaba con Tilo, con Arturo, con K. Y que yo debía atajarlo con la pólvora y no alimentarlo. Arreglarlo en mi petit comité de la loba y el cuervo. Y exorcizarlo de una vez. No volver a cantar su tango jamás, cerrarlo como una guillotina en mis sentimientos con Yoseba y dárselo al bosque.
Sé que él no tiene la gasolina que necesita mi carretera para quedarse en la mar.
Sé que él no está lo suficientemente loco como necesita la canción atómica de la noche que me hace desear.
Sé que él a veces me baja la serotonina. Me roba los cuchillos y las botellas de ron. Me señala lo que es ilegal, inconveniente, lo que jamás hará a mi lado.
Pero yo me olvido de lo que él no me da, cuando agarra ese astro en mi piel y yo vuelo mil galaxias sin volver y sin pronombre. Los dos morimos en ese instante y nos hacemos LSD y éter. Y todo huye de mí, y todo ha desaparecido, y yo moro un viaje astral donde la guitarra es mi esqueleto.
Él no puede ser sólo un hombre para mí. Por eso yo olvido muchas cosas con asiduidad. Por eso yo convierto el agua en vino. La miseria en un tren sin frenos hacia las estrellas.
Porque él no podrá matarme. Porque él no pondrá esa pistola en mi mano. Le amo con la épica del libar de los insectos. Le amo con los excesos de las curvas peligrosas. Le hago leyenda en mi vagina. Literatura en mi callejón, hoguera en marte. Por eso también le suelto patada de vals donde los fuegos fatuos traen tierra de nadie. Por eso también nada me hiere a su lado. Por eso nunca enterraré la flor. Nunca entregaré nada.

No se llega nunca a ningún sitio.
Dime que por lo menos en el intento gozaremos la luna muy adentro. Luego volarán los mirlos. Seremos el hambre y la guitarra. El sol nos quemará en verano, nos tostaremos de río y amor. Defraudaremos a todos los que quisieron enseñarnos algo.  Muy pobres cruzaremos el crepúsculo en el reino de las gaviotas. Y escupiremos a la guardia civil. Y besaremos a los vagabundos. Y amaremos a los que nunca han sido dueños ni nada.

Yo quiero amarte como no sabe mi amor. 
Sé que fracasaré. Pero de igual modo, arderé en ti mi tequila, mi verso y mi puñal, mi tumba y mi corazón, todas mis palabras.

Yo quiero que tú me ames como no sabe tu amor. Y aunque nunca me llegue, mi incierta mano, deshojará ayahuasca en tu cuerpo desnudo. Te daré todo el bien que me queda. Y cuando no quede nada, borrachos saltaremos sobre aviones el prado de amapolas. 

Yo sé que tú y yo somos también muy mala idea. Pero a ciegas abriré los ojos de la Luna. Y en tu nombre, mataré los nombres y las historias. Y tú serás todos los hombres,  porque eres un hombre cualquiera que abrió música en los escondites. Y no te amaré de veras. Te amaré callejón, barco pirata, amor del amor de la colectivización de los sentimientos. Y valdrá por todos.

Me meteré tu dedo en la duda. Te empaparé con la sal que flota en la niebla de las playas. Te juro mi amor que no soy la mujer de tu vida. Soy esa puta que te hace sentir tarzán y robinson, el último superviviente, el ejército de los desheredados. Soy esa botella siempre medio llena. Soy esa quimera que no suma monedas, que no se enroca, que se sabe una embustera.  No te haré llorar. No te haré tomar riendas en el asunto. No te pediré que pintes la pared, ni que me arregles la puerta. No te cocinaré. No te diré que vuelvas mañana. No te diré que sólo eres tú. Pero no entraré tampoco en detalles innecesarios.
Ellos eran unos cerdos que me enseñaron a tener el miedo que ellos tenían.
Ellos eran unos fracasados que confundieron en el blando cerebro de mi infancia, los términos del soñar.
Ellos eran la esquela de un naufragio. La solvencia del puto rey que nadie ahorcó. 
Ellos incluyeron en mi inconsciente la falsa idea del tiempo, de la cosecha y el ganar y el tener y el ser y el estar.
Ellos eran unas tristes acémilas.
Ellos eran la sangre que hoy echo a mi vino. Brindo con el adiós. Subo mis mástiles entre sus esqueletos. Y me tiro al viento.

Ya no me arrepentiré de nada. Ya no me equivocaré. Ya siempre estaré en el lugar correcto a la hora apropiada. Haga lo que haga estará bien. Aunque sea ilegal. Aunque me mate. Aunque mi casa se haga un escarabajo. Aunque me cante la peste el fin de la palabra. Será semen del cielo. Será guitarra. Será eternidad.

Ya nunca más pensaré para elegir el camino correcto.
Todos los caminos follan en mi corazón y corren como jaurías en mis venas. 

Ya no viviré escondida en una pregunta, ni en un quizás.

Ya no quiero purgatorios. Ya no quiero agarrar con mi mano lo que suelto con la otra. Sólo viento y canto. Siempre todo, hasta el olvido. Sin mesura, sin inconvenientes, sin estragos, sin propiedades.
Es muy sencillo.
Es hacer lo que hago, pero hacerlo sin la sombra de atrás.
Es hacerlo con la radio de la marihuana.
Es hacerlo sin que espere retraida la espina el huracán.
Es hacerlo sin esperar que el espejo diga que sí.

Es contarte todos esos cuentos, sin la gravedad sanguínea de las antenas de mi insecto.
Es mentirte como te miento pero exagerando, todo música, todo comunismo libertario y fractales.

Es hacer justo lo que hago sin que mi conciencia se ponga a la retaguardia.

¿para qué coño necesito yo que lo comprendas?
¿para qué coño necesito cumplir con el agujero de gusano de mi cicatriz?
¿para qué coño que me dé la razón mi herida y mi sueño?

Valga la madre. Para nada.  Yo sólo quiero cantar.
Y no se canta nada bien cuando se quiere salvar el pellejo.

Clávame de una vez ese cuchillo. Arráncame el trauma de Wherter. Échame cocaina en la vagina e inhala. Tráeme de vuelta un viantado que en el sexo anal queme los cuernos de la luna y vuele.
Tengo que empezar a fingir. Para no llevar mi pellejo de un lado a otro. Tengo que empezar a ser la actriz de mi obra, su autora pirómana, su flor olvidada.
No hablarte jamás en serio de lo que me pesa.
No pesarme jamás, de lo que existe.
Contarte muchos cuentos y que ninguno de los dos los distingamos. Confundirme con un ornitorrinco, con un malecom, con una navaja, con un tetra brik de vino, con un gorrión.
Matarme enamoradamente, antes que me mate la muerte. Y cuando venga ella, sólo tener para darle una canción borracha.
No preocuparme de que me quieras ni de que me conozcas. Engancharte del teatro del suburbio. Echar pólvora y batir. Que nos pille follando el incendio. Que nos pille invictos la rechingada.
Vender zapatos de cartón a cambio de una calada y una vuelta vagabunda a la manzana del fuego. 
Ya no quiero que beses a mi Franquestein y cures mi infierno. Quiero pincharte con culebras locas. Quiero ver cómo pierdes la razón. Llevarte por las setas que aprendí a cocinar en el manicomio. Soplarte LSD. Morir de gozo. Quiero contigo pegar a la policía. Ir a las huelgas de los mineros, de lxs barrenderxs, de las putas. Ir porque la luna es muy bella. Porque el mundo está yéndose a la mierda. Porque valdrá la vida, un grito y una mano vacía. 
Sólo iré contigo cuando quieras ir a otro mundo.
No comparto tus preocupaciones para pagar el alquiler. No estaré en el huerto. No estaré en la cocina. No estaré en ningún mañana. 
No sabemos dónde vamos a parar. Ni siquiera dónde empezamos.
Cuando ella me dice que no beba, yo le canto la de "te llamarán, me llamarán, nos llamarán a todos, tu nombre está ya listo temblando en un papel".
Ya no me alcanza la memoria para proteger su futuro.
Ya no te sueño amor, en el patio, esperando a las manzanas, regando los tomates, hablando con un canuto de lo lejos que estaba en el pasado la mar.
Ya no te sueño salvando el milagro de la vida entre mis senos. 
Ya no tengo miedo a perderlo todo. Porque da igual lo que la muerte se lleve, lo que importa es lo que está haciendo mientras la vida, y yo prefiero dadá. Reinar ácrata estrella, sin timones, sin permanencias, breve hoguera que lo dio todo y que no pidió nada de vuelta.
Ya no quiero el miedo, ni la hucha, ni el comprenderé nada que hoy no descomprenda a fuego cuando pasen los años.
Ya no quiero ir al médico si me duelen las migrañas de los bares, el borde de la luna, el roto corazón.
Yo no quiero un seguro. Yo no quiero un por si acaso. Yo no quiero dejar de fumar. Me gusta el whisky. Me gusta perder el conocimiento en la biblioteca de la calle. Me gusta perder los papeles cuando la mecha del Quijote hace llorar a las cunetas de los fusilados.  Me gusta abrirte las piernas con esa lujuria que tú nunca puedes saciar. Como si abriera todas mis costillas para que me penetrara Marte. Y nunca fuera suficiente.
Si un día se cae la casa, haremos otra con dos tibias y una calavera en la playa más hermosa.
Si un día no hay pan, lo robaremos.
Si un día ya no le quedan motivos a la vida, iremos en pie y relinchando en busca de los de la muerte.
Sin renunciar, sin jamás arrepentirnos, ni obedecer, ni sucumbir. Sin jamás dar a torcer la pata de madera.
Él me besó, diez minutos después de conocernos cuando lo que quería era quitarme la ropa.
Después de eso, sólo nos besamos con la ayahuaska. En instantes clandestinos. Nos amamos mil veces más de lo que nos besamos.
A ninguno de los dos nos gusta hacerlo. Conozco mis motivos, no sé muy bien los suyos. Pero eso me gusta. Porque errantes guitarras corren el viento, corren la nada, besan el vino y la noche de nadie.
La zona de su cuerpo que menos han rozado mis labios son sus labios. Su boca me ha inquietado toda la piel, pero sólo se ha posado en mi boca al fuego del delirio.
Me gusta mucho eso, porque el beso entonces desencadena una catarsis.
Se hace un animalario, una estrella fugaz, el Sol que se detiene.

A mí no me gustaba nada besar en el pasado. 
Ahora me gusta, porque sólo nos besamos cuando estamos a punto de caer insconcientes o cruza un huracán, o tal vez te perderé mañana para siempre.
 Espero a veces una razón tuya... para tomar ese tren y no pensar en otros trenes. Para mirar de frente a la muerte en tus ojos y no buscar otros ojos donde buscarla. Para asirte en mi grito, retorcida ola e isla, trinchera y luna. Y sin embargo no te lo diré. Voy a tus fiestas sin preguntas. Toda ronca de las noches zorras que vinieron antes. Alguien en ti me dice que no eres tú, que no pondrás esa pistola en la mesa. Tampoco me importa demasiado. Son muchas derivas sin un canto del volver. Son muchas tabernas sin un muro que sostenga. Muchas palabras sin labios y sin tumbas. Si no eres tú,  sólo lo distinguirá un penúltimo vaso de ginebra. Las cien botellas de antes bailarán la eternidad. Después vendrán más vendimias y tormentas. Y no importará haber perdido huesos y esperanzas, porque la música agita sus alas sin remordimiento, no hay nada de lo qué arrepentirse, ni echar naipes al cielo para hacer banca.
 Soñaba no regresar. Colgarme de una gaviota. Dormir entre las olas. Tener cada noche un nuevo pasado.
Te quiero porque quemaste mis costumbres del olvido.
Porque las resacas contigo no tenían remordimientos. Ni dolían las persianas. Ni dudaba de haber gozado con el demonio la ferocidad del cielo.
Te quiero porque no salvas mi cordura. Porque no me hablas del pan caliente, de una casa, de un después. Porque no me quieres como le gustaría a mi mamá. Porque dejas abierta la puerta y yo dejo que entre cualquier desconocido que fume lo que tú fumas. Porque no echamos el pestillo. Porque no nos atamos sino entre las ácratas estrellas. Porque no me siento responsable de tu felicidad ni te culpo de la zorra noche. 
Te quiero porque no eres mío, ni soy yo tuya. Porque lo nuestro es una orgía donde están invitados todos los asteroides, mares y hogueras, desiertos y abismos. Sin pedir permiso. Sin miedo a defraudar.
A veces el camino se rompe en un jadeo de urracas.
Soy entonces la exclamación que acomete una sombra donde el agua inflama el rostro que desaparece.
Voy contigo y con mi nostalgia. Esa extraña tristeza de haber dolido la desmemoria de las rocas. Esa coartada del suelo que se arremolina donde la mano abierta agarra lo distante y se frunce en el silencio. Entonces no me tocas, no te toco, nada me recuerda.
Es esa manera de agarrar el vaso de vino, brindar con el fracaso, saber que ya todo está perdido, que ningún camino aguarda al fin y que lo más bello ocurre con la certeza de desaparecer. 
Por eso a veces me oscurezco en la fiesta. Mi pupila se enciende de una enana blanca. Mis palabras son inútiles. Me caigo flotando por los aires en el pozo de los románticos. Una lágrima de cartón quema mis acuarelas. Algo sabe entonces lo que quise olvidar. Y en esos momentos nada me calma. Me visto de nieve, de agujeros inseparables, de cantos asesinados. Es un rato no más. Por el mismo motivo que caigo me levanto. Vuelvo a reir tu risa. A desenfrenarme de tu fuego.

Crecí con el sentimiento de culpa de conocer las palabras del infierno.
Crecí con esa suciedad de desgajar la máscara y quemar el escenario, no salvar a nada ni a nadie. Me sentí macabra por morar el quebranto. Me sentí las ruinas por no ser cómo ellos en aquellas veladas, por no tener ese amor, esa inocencia, esa cascada.

Por eso cuando me pongo triste de repente, la ausencia me cuelga de lo más lejano, donde no sobrevivió ninguna palabra, sólo un rato no más. Luego entre tu ropa, las brasas, el peligro de volver a nacer.
Somos ilógicos, sanguíneos, enamorados del amor del viento, del ahora mismo sin tratados, sin mapas, sin hogar.
Yo sé que debería cuidarme del tostar de Marte en ese aullido de placer. Pero luego siempre lo olvido. La luna me ama la humedad de la pupila, se dilata la tierra que no me pertenece, me embrujan sus cantos, la muerte sacude una guitarra y ya no velo ningún oficio,  ningún mañana.
Le quiero a él así, salvaje, no mío. Sin ser mi barco, sin ser mi paz, ni mi alba, ni mi cordura, ni mi salvación, ni me refugio.
Somos el drama utópico de los vagamundos. Su alegría, su grito, su buque.
Derrochamos la vida y el cuerpo en un baile sin timón.
Peleamos contra el olvido entre gemidos de zarza y callejón.
Peleamos contra el hastío, contra el matrimonio, contra el patrón, entre cigarras y cigarrillos de nube. Contra la obediencia, contra el dinero y lo aceptable y lo moral y lo amarrado, como alegres hogueras que flotan, toda proletarias, pobres, enamoradas de la mar. Somos nadie. Somos estrellas.
Aquella noche fue muy apasionada. Yo no la recordaba del todo. Pero tenía ciertos recuerdos que no se hubieran podido borrar jamás. Cuando él se despertó hablamos sobre la noche anterior. Y él dijo que no recordaba cómo habíamos abierto la puerta y que nos habíamos caido varias veces en la nieve...y que nos costó la de dios salir de un prado, yo eso no lo recordaba. Le dije que tan borrachos no debíamos estar porque yo tenía la ropa muy bien colocada en la silla de abajo. Y que además lo que hicimos fue muy salvaje y que si tan borracho hubiera estado no hubiera podido jamás. Él dijo anoche no hicimos nada, serían esos sueños tuyos que tienes.  Yo le dije y porqué me desperté sin bragas. Y él, los sueños esos tuyos sonámbulos, anoche llegamos y caimos rendidos en la cama. Él yo creo que quería que le diera información. Y me puse un poco, pero me dio vergüenza y le dije y cosas que jamás te diría en voz alta.  Tal vez es verdad que él no recordaba. O tal vez estaba jugando.
Busco las palabras. Todavía estoy un poco ausente. Le dije un día a Yos que se hiciera pastor conmigo, pastor trashumante, que iríamos siempre rodeados de perros y cabras y dormiríamos en el monte... no bajaríamos del monte y seríamos muy felices y que nunca  más nos preocuparían las cosas de la civilización, ni su oscuridad, ni sus monedas. Él dijo que no. Yo le dije Don Quijote y Sancho quisieron ser pastores. Y él, que no. Yo le dije, nadie tiene tanta paz en el espíritu como los pastores, saben hablar con las estrellas y con los árboles. Y él que no pensaba hacerse pastor conmigo que pensara otra cosa.

Yo quiero cambiar de oficio. Volver a lo concreto, a lo desnudo, al pan y al vino, a los motivos de la plaza, de los ojos calientes y húmedos.

Voy a la deriva. Me amarro en la inestabilidad. Quemo todo lo que tengo en el rayón de la noche. Me pregunto viento, me deshago en el viento. Me dejo amar por lo que no ha sido nunca. Hay algo que muerde en mi pecho la deshacienda de la nada, oficios de fuego y niebla, ronquidos de lo extraño, coacciones del Infinito. Sueños que se alejan y radian, canciones de papel y gasolina, amores explosivos, pandemias del deseo y del hambre, quizás de hachís sobre la hoguera.
Soñaba cosas raras. Algo de que era detenida, un sueño muy surrealista que no logro recordar del todo. También en la madrugada tuve un ensueño, pero como seguí durmiendo no lo recuerdo del todo, sólo una parte en la que dije en voz alta a alguien, se lo dije como una especie de amenaza para que vieran que yo no les seguía la corriente, les dije yo sé que estoy soñando, y luego me quedé sin voz y ese alguien me dijo, no debes decir eso porque sino pierdes energía. También recuerdo cuando me desperté en el sueño y sentí ese poder de ir donde quiera y explorar las habitaciones y el olor y los detalles... estaba en un salón.
Lo he vuelto a amar. Ha acariciado mis sueños, mi deseo, la nocturnidad, la fiesta de mandriles, el gozo de la amapola blanca.
Se ha cambiado mi humor sombrío de la introspección y me he entregado otra vez al viento y al olor del callejón y el vino, a la inocencia, al juego.
Él y yo a veces flotamos en el éxtasis. En algo muy mundano y secreto, un vínculo de vagabundia y aire. De duendes desterrados. Los dos, estamos separados de la civilización. Los dos vamos a la deriva. Los dos tenemos heridas contra el amor, escepticismo de navajeros y cantaores de pájaros. A los dos nos gusta el vicio y lo prohibido. Lo épico, lo guerrero, lo nocturno, lo apasionado. A los dos nos gusta no hablar de cientos de historias y sentimientos, ni dar explicaciones, ni hacer preguntas ahí, ni fijar acuerdos. 
Hoy he vuelto a sentir el amor, el deseo, el ansia de él, su cercanía, su corazón y hoguera a mi lado.
Yo reconozco que soy muy lunática y retorcida con mis inefabilidades. A veces soy suspectible y paranoide del libar de los insectos y cambio como el gas, me pongo congelada, fría, agresiva, o jodidamente sentimental. Empiezo a mirarlo con el ojo torcido y me parece mal todo lo que dice y todo lo que es... o al contrario todo en él me parece opio y lanza de indios y lo admiro, lo felo la luna. A veces se vuelve ese ejército al que cantar la pólvora y las estrellas. A veces es el motivo de mi guerra y deseo pelear con él y lo desprecio. 
A veces yo me lleno de lejanía y ausencia y me siento muy pequeña, muy frágil, una suicida que ha olvidado todos los alfabetos. A veces me subo de helio y me siento todas las constelaciones.
Con él todos los disturbios tienen una botella de vino. El desierto, el infierno, el paraiso, la taberna, la calle desahuaciada, la pasión, la lujuria, el sueño del amor y de la isla, lo barriobajero de nuestro nihilismo y pornógrafa hoguera. Somos caminantes sin tierra. Somos moradores del absurdo y de la música. Somos víctimas y verdugos del escalofrío y el ardor. Somos dos zorros, dos desgraciados, dos niños del país de nunca jamás, dos quinquis y costureros cantaores de lo lejano y lo perdido. Somos nadie y polvo y tumba y fracaso y somos la rebeldía de la música, del aquí y el ahora, de la libertad.
He hablado con Yos. Y me he divertido mucho. Hablamos de política, primero de ir juntos a una manifestación y disturbios....y luego surgió el tema de la iglesia. Y a través de la conversa surgió aquello de ir a escandalizar allí dentro, a ardernos de placer. Y cómo él era algo resabiado a que nos vieran, hemos decidido ir a la misa disfrazados de ancianitos apostólicos, con chepa y cachaba, con pañoleta negra, con tinte blanco, con maquillaje de arrugas, con rosarios y caras tristes y largas y amargadas. Me dijo que si me pongo yo la chepa voy a parecer el jorabado del pueblo. Le dije que es mejor que se la ponga él y que así él me lame a mí y no yo a él que yo ya le haré otras cosas. Luego él me dijo de sopetón que fuera al médico y me pusiera un diu. Eso me excitó y le dije que si me lo pongo él ya nunca me podrá decir que no a nada de lo que se me ocurra. Como es un arrogante no me lo dio por sentado pero dejó abiertas mis probabilidades. Vamos a ir al pueblo de al lado de mi pueblo. El otro día fuimos allí a comprar hierba, bromeamos de ir a ver al camello disfrazados de viejos y de las ventajas que pudiéramos sacar de él. Todo esto me ha puesto muy contenta. Lo he vuelto a amar sin oscuridades.
Tengo que ser creativa con la nada. Tengo que usar la creatividad con la espina del bandoneón. Sé que hay ciertos lugares del infierno que me hacen catatónica. No sé si es por lo que viví con las drogas, con el suicidio de la humanidad en mi papel mugriento y roto. O por la rechingada. Pero es en esos momentos donde he de revivirme. Cuando me besa la nada. Cuando me caigo hacia dentro y me fumo los naipes con los muertos. Cuando me toca el aire de Comala y lo devoro todo en la grieta. 
Cuando yo estoy sola, no soy consciente de que me voy con los cuervos. Porque no hay ningún estímulo que requiera mi voz ni mi acto. Pero cuando me voy con los cuervos estando con otro humano, sufro mucho. Algo en mí llora la nostalgia, la extrañeza, el corazón de hojalata, lloro haber perdido la música, la risa y los motivos, la humanidad. Me siento una bestia acorralada. Mi psique se atasca. Mi cuerpo no fluye. Siento que por mis venas no corre sangre. Que no soy yo, que no soy nada, que no soy ni la sombra.
Tal vez hay algo del recuerdo del subconsciente de los viajes alterados de conciencia de mi pasado lo que me provocó la sensación de abismo y destrucción entre otros humanos. Cuando me endrogaba en el pasado y entraba en ciertos lugares donde me volvía la parca y la más cruel ausencia. Por eso, cuando fumé con Yos y llegué a mi oscuridad hubo algo distinto y luminoso, algo en mi psique, en mi experiencia, continuó, algo en los ojos de él se mantuvieron como un faro, como una suspensión, algo entre nosotros no se cortó la yugular, no apretó el gatillo y tragó el cristal. Yo era alguien muy extraña cuando me enyerbaba en el pasado, me sentía el teatro de los situacionistas y asesinos, mi autor de la obra era un pirómano, yo despellejaba los roles sociales, los convencionalismos, el fondo y lo inefable, el sentimiento, la cercanía...., como un espejo vampírico, a cambio de la nada, digería las palabras y se las daba al monstruo del laberinto, usurpaba el ambiente social sobre una metafísica de locos percusionistas y destruía la humanidad, mi propia humanidad, todo. Bajaba al centro de una conciencia de gas y precipicio. Y mi conductivismo era del todo despojado. Yo ya no era humana, no era espontánea, no tenía corazón ni lenguaje, tenía el ojo dentro del útero de una cuerva. Eso me hacía sufrir cosas muy extrañas e inexplicables. Fue en aquella época donde lo inexplicable se hizo mi pellejo. Donde la esquizofrenia se hizo mi violín.
De alguna manera el recuerdo del infierno sigue en mí, aunque sea en otro comando de la conciencia. Yo ahora puedo relacionarme desde otro lugar. Y puedo transformar la sombra del corro de la bruja.
Cuando fumé hierba el segundo día, entré de nuevo en ese lugar. Pero no sangré como otras veces. Yos siguió siendo Yos, yo me escondí, me escondí pero seguí también siendo yo, algo en mi psique se mantuvo hacia la totalidad. Aunque sufrí la espada de queroseno.
Ahora debo ser creativa con mi ausencia. Debo reconocer los lugares donde nacieron mis abismos, la profundidad de mi memoria, memorias que a veces han quedado fuera del alcance de mi conciencia pero que siguen en mi insconciente.
Ahora comprendo porque a veces sufro como el patito feo, porque se me cae encima una escalera de caracol y me ata a una calavera y a un rayo.
Cuando yo entraba en ese lugar, la gente siempre acentúo en mí la muerte y el aullido, no había un reencuentro, yo les asustaba, yo les repelía, aunque en el fondo buscara con desesperación un lugar de retorno, un semejante, el calor.... los humanos de mi pasado nunca me lo dieron, se exarcerbó mi distancia, por eso me fui tan lejos con mis infiernos y mis desiertos y pozos, porque afuera no había nada fiable. Por eso fui tan antisocial. Yos, ese día, no me dio amor, pero me dio un suspiro de continuidad, de retorno, de brasa, una compañía de perros que ladran bajo la lluvia. Un cacho de corazón.
Tengo que primaverizarme. Volver a hacer monte y actividad de la intemperie. Volver a los actos dentro de la naturaleza. Éste invierno ha sido muy raro. He vuelto a cierta introspección sombría. A la quietud de la escritura, a veces levantar la caverna y guarecerme dentro como la noche sin alba. Tengo que empezar a caminar hacia la destrucción de la escritura. Aunque tal vez sea para mí peligroso no escribir de momento. Ésta semana con Yos. anduve toda de queroseno y delirio. Necesito ir despacio, a fuego lento, ir mojando el esqueleto a golpes de sal. Exponerme más a otros mundos que no estén bajo el control de Alicia, pero llevarla a ella conmigo. Necesito la integración. Alicia corre peligro también cuando me expongo a Yos por ej, durante muchos días. Ese riesgo, esa sensación de precipicio, es la originaria de la dualidad, pero a la vez, es el lugar de comunicación entre ellas. La herida, lo que me llega como un abismo, es el único camino para la reparación y reconciliación.
Todos esos días con él, hubo una expresión radical de mis escondites en lo extremo de mi emoción, hubo una desquiciada catarsis física y mental que ponía en manifiesto mis zonas secretas y hacía nuevos senderos en medio de ninguna parte. Lo que pasa que yo no podía asimilarlo. Ahora con la soledad aquello abre mi horizonte, comprendo mejor mi grito, mi canto, mi exceso. La soledad me ayuda a ser consciente. Cuando estoy allí, me hago más bien un animal sensitivo, me hago primaria del peyote, me hago una contradicción de benceno sin mundo. A ratos pierdo del todo el control, pierdo la idea de la sombra y del suelo, pero algo en mi cuerpo sabe, algo en mi cuerpo tiene una memoria más amplia y lo que toco y canto estando en ese estado construye mi barco. Aunque yo tenga la sensación de que estoy en la deriva y encima de las llamas.

Para volver verdaderamente de la luz de mis delirios, he de ser consciente cuando estoy expuesta a la música. He de ser consciente de todas las criaturas de mi psique. Pero esto de momento no es nada fácil, porque he vivido en el teatro 20 años. Porque durante mucho tiempo yo generé un movimiento separador, dejé a la loba la totalidad de mi mundo interior y su resolución y brasa. Dejé a una actriz de pomelo y anís, el esperpento y su tambor. Como me hacía sufrir, la despojé de todo, la emborraché, la lunaticé y la escupí como un insecto y un tornado a donde coño quisiera llevarla el viento, y me quité responsabilidades de su lágrima y de su grito.

En verano quise rescatarla. Porque comprendí que sin ella estaba matándome. Por eso para mí la experiencia vital ahora es muy distinta de lo que era en las nociones de antes. Y yo soy como un ave que recien sale del nido y no tiene ni puta idea de nada.
He dormido mucho. Creía que era por la mañana. Soñaba algo muy reparador como un vuelo, una presión que en mi espalda se convertía en unas alas.
Al final creo que la hierba me sentó bien. Aunque el segundo día entrara en el laboratorio de lo meta, aunque tocara otra vez un lugar peligroso, hubo una variación, hubo una mutación en lo que otras veces me fue abisal. Algo de la memoria de los estados alterados de conciencia consiguió un puerto. Aunque sé que yo no puedo fumar... no puedo fumar desde que consumí estramonio. Me desarraigo de la tierra. Pero siento que un zumbido muy lejano se ha reparado. Algo que estaba en el otro lado del mundo se ha empapado de mar. De alguna manera yo tenía heridas que habían sido hechas en estados alterados de conciencia y que sólo desde allí podían ser transformadas. El último viaje fue para mí doloroso porque recordé y vivencié aquellos territorios, pero eso me dio conciencia y alguien en mí buscó otro destino, otra verdad. Hice una especie de psicomagia a través de las energías. Aunque soy consciente de que yo no puedo volver a jugar allí. Pierdo con facilidad el control. Soy expuesta a una metaexistencia sanguínea y violenta. Y mi yo social es desintegrado.
El primer día que fumé ocurrió al revés, todo fluía en lo social, hubo una fusión onírica, yo estaba todo etérea pero cómoda, llena de gozo y humor, me sentía erótica y ardiente, inspirada, creativa, gatuna, hacía muchos años que no sentía algo tan delicioso con la hierba. Y me había enamorado esa sensación, pensé que había desaparecido el lado del lobo, pero no fue así.
Le dije, "yo nunca desperté la ternura entre los hombres, nunca desperté en ellos el sentimiento de que me protejan, ni de que me cuiden, ni de que me lleven flores. Yo bebía más, escupía más lejos, peleaba más allá, era más oscura y viantada. Creo que los hombres de mi pasado me tenían miedo". Me dijo "estoy seguro de ello, yo también te tuve miedo". Eso me hizo reír. Él me hace reír. Con él hablo de cualquier cosa, me sincero como dos borrachos desconocidos abrazados entre ortigales y anís. Porque da igual. Porque en el fondo a los dos nos importa una mierda la vida del otro.  Nos queremos como quiere el óxido a las barandillas de las playas. Nos queremos como un tango de yonquis. No confiamos en la palabra del otro. Nos esnifamos la sensibilidad y el acuerdo. La explotamos entre nuestros cuerpos y levitamos de brasas. Para mí él a veces es un idiota insensible y arrogante. Para él a veces yo soy una tarada incoherente. Yo jamás confío en su criterio. Él tampoco en el mío. Por eso lo pasamos tan bien.
Siempre me gustaron las canciones tristes. Las de los disturbios y la oscuridad. Las que emergen de las ruinas y no salvan nada, sólo rompen la guitarra y la noche, embrujan la yugular y el cuchillo y se pierden como cuervos en la nieve.
Voy así también al amor.
Voy así al pasado y sus bodegones. Al camino y su velorio comunista libertario. 
Voy así a sus brazos, a su sexo, a su despedida.
Así agarro el vino, el humo, el orgasmo de la niebla y de la sangre.
Así me pongo ardiente, me revivo. Me revivo con el vals de la muerte. El éxtasis me recorre en la navaja y no en la isla.
Me excita el precipicio, el drama. Me pone cachonda el esperpento y su peligro, el olvido, la extralimitación, el desaire, lo drogadicto, lo delincuente, lo que no salva al unicornio ni a la civilización. Lo que trae el relincho del apocalipsis, de ésta noche de veras nos lleva la rechingada y explotamos como astros huérfanos y asesinos.

En la luz y en la paz, yo soy una paralítica incompleta y hambrienta.
En la ternura me comen las chinches. En la claridad me devoran las arpías. En mi dulzura me lleva la ponzoña. En mi entrega al sí y al templo, mi hueso me estrangula el estómago. 
Sólo amo con todo mi útero en la enfermedad, en el peso de los hierros y de la huesuda. Encima del diablo anarquista y pirómano. En el delito. En el otro lado de Marte. 

Cuando de veras he ardido de placer, ha sido cuando esa serpiente emplumada desplegaba sus alas en las cumbres del suburbio. Cuando corría por mis venas ese caballo encorbado de llamas. Cuando me entraba otra vez la yerba del diablo y dislocaba en el centro de la muerte mi gemido, mucho más allá de la tierra y de mi humanidad.

Es un amor mucho más largo que el del amor.
Es una pasión que a veces me vive clandestina, pero sigue esculpiendo en el suelo las balas y la ginebra, acecha mi sombra como el ardor de los buitres, me espera, espera a que me atreva a confesar mi amor y a gozar su cartucho.  Baila como un virus en los pisotones de los suelos de mis sueños sobre los lobos. Y hace algo en mi deseo. Hace algo en lo más profundo de mi gemido y de mi apertura del orgasmo más explosivo. Me espía. Me va moviendo los cables etéreos ocultos de mi cuerpo.... Yo a veces temo esa naturaleza. Mi mística la reprime. Y su heroina cada vez más intensa arremolina mi sangre, esperando a que vuelva mi animal y me muera del placer de su música.

Aquella noche de la hierba y del champán. Empecé a decirle que a mí me excita su hijo de puta porque yo también escondo una zorra detrás del abrigo. Que no me molesta su cinismo ni su trampa ni su oscuridad, porque yo también soy una tramposa y siempre tengo otra coartada. Que donde el dice no yo tengo diez más, que donde él dice la sota de espadas yo tengo el relincho de todas las copas y bastos. Luego subimos de tono con la piel. Aunque de esa noche no guardo muchos recuerdos. Estaba ebria y enyerbada. Él guarda más que yo. Sé que me sinceré mucho más allá de lo que hubiera querido.
El desencanto con él está unido a la pasión.
Cuánto más anacalutos y deshaciendas hay entre los dos, más sube la graduación en esa entrega a las llamas.
Cuánto más se rompe el corazón, más alto volamos.
Cuánto más sabe la vida que no es buena idea, más amanitas quemamos en nuestros labios.

Empezamos así.
Todo entre nosotros es así.
Es delirio, es extralimitación, es la fiesta del suicidio, la venganza contra el drama, la violencia enamorada de los hijos de las ruinas. El desacato. La pescadilla que folla con su cola. La trampa que se libera a través de sí misma.
A veces me gustaría volver a hablar con K. Siento que sería algo muy sano para mi ataúd. Para el detrás del poema de la muerte y de la absenta. Para mi gorrión de ceniza. Para mi aullido. Para el anacoluto que me persigue sobre esa sombra de cuatro patas que me acecha. Algo muy íntimo y etéreo se quedó colgado en el amor que murió entre nosotros. Algo se quedó susceptible del cementerio y el hacha. Un agujero engendrador de espadas y agujeros. Del suicidio de todos los pronombres. Del nihilismo en los sentimientos. Del yira yira en la rosa más frágil y más bella, el sadismo de su masacre, el cuervo de Poe.
Esa sombra no ha desaparecido.
Creo que es la que me hace ser un cínica y una abandonada pornógrafa de estrellas fugaces con Yos. Es la que me hace no dar mi mano, sino una botella de ginebra. Es la que me hace disfrazarme de ramera nómada y viantada. Es la que lleva nuestra muerte en la fiesta. Me entrego a Yos perdiéndolo. Lo amo desamándolo. Le digo siempre incluyendo una metáfora tramposa. Una coartada. Un engaño poético, del que sólo yo soy consciente. Es la que nunca dice te quiero, ni mira a los ojos y sangra topos y cigarras. Es la que no dirá te necesito, ni secará sus lágrimas, ni escarbará en su ternura, ni buscará el amor. Ni le importará su cinismo y delincuencia. Incluso agradecerá el asco entre los gatos, el bufar, el desamparo por delante, el baile sueltos, el escupitajo, la rechingada y que corra el aire. 
A K. le amé con los últimos cartuchos del amor que me quedaban.
Debo de tener cuidado con mi yo kamikace. A veces, cuando algo arde en mi pecho como una contradicción yo me echo al fuego, destruyo mi propia semántica por sentirla frágil o imposible y la expulso de mi saber, la disocio, y me doy al whisky, al canto sin cuerpo, salto al vacío, como para dejar de oirla, como para trascenderla, pero así no se hace, porque su huesera hambrienta de sangre cava mucho más hondo su hueco.
Eso lo hacía mucho en mi adolescencia. Y me quedó ese espíritu. Es algo de yonquis, de electro-ratas. De vagabundos ebrios. En esos momentos en frecuencias abstractas, mi herida empieza a sangrar, otras zonas de mi conciencia, la censuran. Sobretodo cuando hay relaciones humanas. Yo la camuflo. He vivido disfrazándola desde siempre. Y ella es mi sed, mi aullido, mi amor y mi espanto. Ella es el fondo de mi vaso de nieve y llama. Ella es lo más cercano a mi matriz. Ella es la que provoca mi múltiple identidad. Por eso sé que debo relacionarme de otra forma con ella. Debo en su vértigo aprender a darle otro lenguaje, a oirla, a expresarla sin caer en la taberna de los pirómanos. Pero cuando estoy allí, no pienso, se me olvida lo que sé, se me olvida lo que sabe la que escribe, vivo bajo un presente de fuego, mi conciencia no es total, no es la conciencia que abarco cuando estoy sola, porque mi psique aún está separada, y en esos instantes unas garras de rayos me retuercen el pecho y yo me muevo, y suelo elegir la explosión de la música, me paso con el trago, con el humo, con mi hueso fuera de mi carne, y no respeto mi conciencia, no respeto el lenguaje que me ha hablado, porque ese lenguaje ha tirado en medio segundo todas las paredes. Debo tratar de tener la conciencia de Alicia cuando interactúo con humanos. Pero no es algo nada sencillo. Porque algo entra en el éter y en la amnesia, algo es puro teatro.