Soñaba que acabara la pólvora, que bajo las zarpas de los árboles de los
muertos, clamaran orillas que recogieran los desechos vueltos besos de
alga y tinto en tus precipicios. Y me sedujeran con el viento hacia la
inabarcabilidad del mar, llevándote conmigo, canción libertaria sin
patria ni muerte. Pero no. Volviste espina que arrancó todos los caminos
que me trajeron hasta aquí. Mudé mi piel sobre tu sepulto. Nació un
nuevo firmamento desde el beso de tu nada. Se marcharon todas las
carreteras sin cruzarte. La pasión que derramé por contenerte en mis
ojos abiertos, se cegó cuando todo cayó en el amor de tierras más
lejanas que no volverían a lo vivido y nunca seríamos nosotros los que
estuvimos allí. Corre demasiado la sombra de la luna para dolerte ni
entregarte las rosas de mis difuntas. Hay que partir hacia la medianoche
que nos espera sobre los caballos. No te lleves nada de aquello
contigo. Deja que se deshaga entre canciones y barrancos. El vapor del
vino lo escribirá hacia la humedad de la noche. No me hieras en el
templo ni en la ruina. No te arrepientas de la inercia de la bala. No
vuelvas con la nostalgia cuando el trago te arrodille ante los perros.
El resplandor ya rompió en mil pedazos la vieja partitura. No volvamos
nunca más con la sed a la vieja vid. Que sólo hacia delante te encuentre el amor. Y
que nuestros muertos no lastren la noche estrellada. Los dos mil veces
más lo hubiéramos hecho porque aquella guitarra cruzaba enamorada por
la urgencia de matarnos. Y sólo en el cenit de nuestra destrucción el
infinito otra vez bailaba las huellas.
HOGUERA DE IDEAS
hay una mentira que me ha convencido para siempre y es que escribir sirve de algo
Hoy he estado distraída escribiendo
pedazos de mí en la fragua que hierve el ocaso cuando hemos venido de la
guerra y ya no hay casa. He encontrado esas grutas del revólver y del
fracaso, de mi herida desnuda entre las hormigas, de mi cansancio
chocando con incognoscibles vértebras de lo que aún me alza y me tira.
Es momento de mirar de frente mi miseria, de resistir, de salvar lo que
aún ama. Luego vendrá el perdón y podré protegerte del yo que hoy te
mata. Podré aislarte dentro del blues, cuando la cerveza no pregunta
quién se quedará, cuando nada ha dolido porque todo lo hicimos por fuego
y por trompetas de payaso cuando la medianoche estaba sola. No pude
quedarte en la fe. La tiza de mi vagabunda te borró en el amor de un
perro que aguantó mejor la letra y el cuchillo. Era lo mejor. No te
dolerá. No te dejará un hueco cuando te abraces desolado a la lluvia.
Quizá algún día puedas sonreír a mi cadáver con el amor que no me diste
en la tierra. Y eso será suficiente. Sonará esa canción, los dos como
cascadas de fuego nos deslizaremos en el abismo, nos arrancaremos la
espina, la luna brillará para los dos, el viento rugirá montañas que
recorreremos sin nosotros, y el mismo pájaro abrirá los brotes del alba
en los sueños que nos hicieron hermanos. Y entonces nos amaremos. Y todo
habrá sido perfecto cuando sin raíces ni motivos abordábamos el exalto
como una plegaria, como un suicidio.
Ahora
tengo que dejarte en el espacio de las cosas muertas. Repelerte con la
flor que me saluda. Con la música que me mueve. Tomarte veneno en los
peldaños. Error en el piano. Mal en el cielo y en mi piel. Jamás entre
los juegos del vino y de la soledad. Rencor en el óleo que tritura las
fechas cuando se ahogan los rostros en el riego que desértico hace verde
la voz. Un día, no importará lo que hicimos al vacío junto a esos filos
de cumbre derribada. Y te amará en mí lo que ama. Y te aferrará a la
canción que me quitó la sed cuando no habitaba ninguna vida, ningún
motivo. Cuando como tú vagaba la crueldad de la tormenta y sólo quería
literatura y canto que acallara el quebranto de las bestias.
He maltratado el instinto de loba estos años junto a Yos y las tabernas de hilachos de fuego y hambre. Venía cavernícola del aliento de la roca en las pinturas de los dinosaurios. Venía muy sola junto a todas las soledades. Confundí el amor con cualquier mancha que crujía en mis pasos. Fue en el viaje del éter, entre las grúas de la aurora boreal y la inexistencia. Mi amor fue desolándose mientras lo moraba junto a él. Mis sueños se conformaron con las canciones de la ruina. Nunca pidieron nada, porque Monstruo se marchaba solo para hablar con la luna, contaba con un verso no escrito y una tierra no llegada. Fui madre de todos los demonios. Fui cabaretista de todos los instintos. Raposa de cualquier guitarra que arañara mi desolación. Pero ahora ya no quiero las sombras de nadie. Prefiero la soledad, el frío, la nada, a unir mi paso a otro, a manchar el país de nunca jamás con clavos ardiendo que temen las grutas de la muerte. Vuelvo a mi caverna. No lo haré con rencor, pero tampoco con armisticios. Loba siempre dejó su cuerpo tras mis sombras. Me acechó en lo que escribí, en lo que congelado quemó mi boca hacia la palabra. Tras todos esos cadáveres de herida ajena hundida en mis huesos. Ya no quiero tratos con nadie. Quemaré mi hambre junto a los lobos y no junto a los hombres. En la efervescencia de lo que vuela hacia dentro y no en la superficie.
Monstruo era un prejuicio. Me hacía autista, tiovivo de etanol, payasa de la ceniza y el absenta, puta de todo lo que cantara. Vagabunda del poema, harapienta del amor inalcanzable. Traicioné a loba porque quería un hogar entre los hombres, porque anhelaba lo que no tuve ni tendré jamás. Soñaba una explosión que acabara al fin con la tragedia de Monstruo. Quería erradicarlo de mi extrarradio en el amor de otro cuerpo. Pero Monstruo nunca hizo tratos con los humanos. Su agujero de dinamita me invocó las noches del espanto una y otra vez hacia el monte de nadie. No quise oír cuando esos dedos me daban el orgasmo, cuando ese vino empiojaba a mis perros con astros y alaridos de vagabundos, cuando esa risa le daba una flor de papel a mi niña perdida. Cuando mi corazón hambriento quería un canto amigo. Pero ninguno de ellos tocó mi alma. Sólo tocaron la ginebra y los tambores del teatro. Sólo me hicieron dramaturga. Sólo me dieron socavones. Todos ellos vagaban hambrientos su agujero de nacimiento. Querían narcóticos. Querían un razón cuando no quedaba ninguna. La buscaban entre soma en lugar de cavar adentro junto a la inexistencia. Mancharon con su hambre al amor de mis perros. Y al amarlos todavía, Tigre me abandonó. Perdí mi furia. Perdí mi hogar.
Hoy me alegro de que doblen las campanas para no dejar nada en pie. Quiero mi hambre en los ojos abiertos de Monstruo y no entre los humanos. Mis moratones escribirán hacia la caverna la anchura del mar. Vuelvo a desandarlo todo hacia el agujero del árbol. Loba siempre estuvo aquí, tras los tímpanos sangrantes del carámbano, tras la cruel verdad del infierno, en el sostén de mi desolación, en la lágrima de Fauno, en el hueco incendiario que bebí de sus besos, en la nostalgia alienígena que me hacía estar sola todos los universos.
Prostituí mi palabra por desear el amor de los humanos. Hoy vuelvo con Loba y no daré ni un paso atrás.
Dudo. Enjambran viejos cascajos de mezcal y margarita los huesos de mi funambulista en el incendiado cartón del desencuentro. Cuando no hay camino, se abre a patadas, se sigue el speed del escombro explotando entre las rendijas, se sueltan los tambores y las vocales, un instinto de queroseno te cruje en lo que sigue. Y vas, como va el semen despoblándonos en la noche.
Todo ha ardido en la lágrima de papel de mi muñeco de alambre y lluvia. Me duele lo que hice cuando las flores tenían hambre. Me duele lo que no hice cuando moría un poema entre los trenes. Escapaba de todo para volver a la soledad. Había empezado una guerra en los moratones del río bajo una silla vacía. Prefería que se cayeran todos los enunciados. Que no tuviera excusa el pronombre en el abismo. Que no quedara nadie al doblar la esquina para que la nada moldeara en las estrellas la mar que toman los que vagan sin mundo.
No cantaré al barro.
No están calientes mis manos.
Las aves no traen acuerdos, acuchillan mis distancias en el viento que brota contra las orillas.
Mi desesperanza se ha vuelto vanidosa de los caminos tiroteados en el vacío.
Mi lobo ha vuelto a ser extremo del poema amasacrado en el barco sin tripulantes ciego y alto del mar.
He hecho lo que jamás hubiera hecho cuando las mariposas trenzaban el valle en el vino. Si antes de eso, no llevara un pájaro muerto en el pecho. Si lobo no hubiera tenido que devastar mi casa. Si el sueño hubiera llegado hasta tus labios. Si ese baile de disfraces no hubiera obligado a mi hierro a tirarme humo entre los balcones.
No es bonito hoy el cuento que me trazan las nubes.
No le des pan a un animal herido. Cuando la guerra baja por el río, carga la pistola, no vendas flores de plástico. Obliga al extremo a esnifar los templos clandestinos que nos dan la palabra y la muerte. Obliga al final a correrse sobre las tumbas. No alargues el baile de los que se marchan despedazados porque no tienen nada más que el error y boquete para beber de los senos del mar.
Regurgita el suelo en el cuervo que se va en busca de la lluvia.
Un día podré hablarte del amor, sembrar al alba con tu vino viejo, juntar los labios de los caminos nómadas que sólo vinieron a desnudar la mar. Reír sobre las nubes el drama del fuego y salir ganando con los dados y los gritos.
Pero hoy, tengo que marcharme. No tengo buenas razones. Amo tu guitarra. Me duele toda la humanidad. No eres tú. No es esa lava consumiendo los negrillos. No es el cielo ni es la tierra. Es mi soledad que estaba escupida y abandonada en el viento que suicida a los pájaros. Es mi papel que sangraba mis huesos desvencijados sobre brechas que me llamaban para poder salir de aquí. Me hiere ese iceberg que removieron mis pasos. Me mata ese lobo herido que se quedó en la puerta. Pero no tenía otra opción, la pistola ataba en mis dedos mi rostro roto en el espejo. La hierba hacía mucho tiempo que no estaba verde. Mi voz se ahogaba en el doblar de las campanas y tras la espesura no alcanzaba a ver. Me rodeaban curvas quebradas que asediaban mi aullido en la penumbra. Y tuve que marcharme. Abandonarlo todo. Llorar un vestido deshilachado entre las rocas. Llorar pólvora y hierro en el corazón de mi hombre de trapo. Hermanarme con la tormenta de los desmemoriados. Traicionar a la luna. Obligar a la destrucción a declararse jauría contra mis restos. Y seguir la noche viuda hacia lo desconocido. Cuando nadie puede recordarme. Cuando nadie aceptará mis motivos. No son hermosos. Vienen de muy lejos tras las algas de mi río del olvido. Me acorazan con violines de inexistencia para cantar junto a bestias que nunca pudieron salvarse.
Lo hice muchas veces, cuando sólo se podía acariciar el firmamento dentro de la hoguera, cuando ya no era quién era ni en tu camino mi huella ni entre las palabras mi historia. Lo empujé todo al barranco, me vestí y salí de allí siendo otra que nunca había visto el sol ni entre los hombres tocó la tierra.
Duele un poco cuando las amapolas me cuentan al oído puzzles de vino y petricor. Cuando mis manos hieren la lejanía en los lomos de un perro y la tormenta no trae rastros del mar.
Pero lo haré siempre. Los alejaré en la niebla. Me haré pasto en la lluvia. Letra-precipicio de mis subjetividades huérfanas de la humanidad.
Cuando se rompe en mi corazón una tonada, lloro cien páginas escritas con los boquetes del cielo y elijo lo intocable para posar mis pies y mi cansancio.
Prefiero la nada que ese hilo que apostasia mi amor entre difuntos.
Tomo el extremismo de la destrucción. Despedazo la guitarra en la última esquina que caligrafió tu pis y mi sangre y me horado de lo que jamás se sostendrá en pie mientras nos caza la poesía sus chivos expiatorios y su redada, vuelta carne cruda en el festín.
No volveré con el jazz furtivo a morderte motivos en los trenes. No te coseré a mi cubo de la basura como el gato que me encontró los huesos. No serás en mi vagina los dedos que giraron la llave.
Te volverás sombra incierta de muchos. Perdigón en mi lobo armándolo contra los poblados. Separándome de todos los hombres.
Bajarás por mis noches, espectro del cuchillo y de la eternidad, buceándome el Leteo donde nunca viviste.
Las bestias no te dejaron cruzar la mar que hoy te asesina en los fuegos fatuos de cien como tú tragando el monzón cuando las palabras han perdido sus defensores.
No serás ya nunca en mí, un ser vivo.
Ella ha escalado en tus suburbios el rayo que deshace todas las vidas sobre el éter que cabalga como un jinete del apocalipsis mis memorias. Y me empuja otra vez a la luna sin ojos que me sigan.
Siempre he elegido lo que es bueno para la escritura, no para mi suerte, ni mi riqueza. Cuando he quemado un camino lo ha hecho ella desde el grito de sus ahogados, cuando he ido al amor o al jamás lo hizo ella. Y ella hoy quiere que no haya nadie cuando bailo bajo la lluvia. Busca la lágrima del diente de león que dejé en el monte antes de conocerlo. Confía otra vez todas sus armas y canciones a la furia de la soledad. No quiero hombres a mi lado. No quiero el vino de Babilonia. No quiero conceder al exterior el olor de madera quemada ni la pasión del crepúsculo en la cicatriz de la arena. No quiero juntar mis dados a la mesa de nadie. Ni explotar mi qui lo sa en la deriva de otros cuerpos. Acá, aunque mi reino esté lleno de ruinas y difuntos, aunque tenga que irme con él vete a saber dónde, cavaré hacia dentro, buscaré dentro, caminaré dentro. Busco la montaña de los lobos. Busco el vértigo del laberinto del fauno en los crujidos de los tambores de sangre que llueve el cielo cuando cada cuál carga su mástil y su muerte, sin el prejuicio de tener que explicarlo. No quiero hoy el amor de nadie. No necesito que otros ojos en mis ojos desvelen lo que había debajo de mis rocas. No necesito que él me quiera para dejar en paz a la luna.
Vuelvo a la montaña de ese verano antes de conocerlo y subo el río que amé cuando iba sola y la humanidad era el escupitajo de óleo de un espantapájaros en la esperanza de vida de los mirlos.
Estos años fueron un baile de absenta en la puesta en marcha de un carnaval que jugaba a poseer todas las estrellas. Bebí el cuchillo, el roer del punk junto a las ratas, el exceso del exceso remunerado en la erección de la deriva. Dibujé nubes y sepultos en mi sueño de los dragones. Amordacé lo que aprendí en los manicomios en bailes de ginebra y orgía. Quise ser como tú. Tocar la misma rosa al girar la puerta, llorar la carcoma cuando la lluvia nos desahucia. Quise amarte porque nunca nadie había estado conmigo dentro de la mar. Quise que fueras tú, porque sólo estabas tú. Mi poesía te tomó como si fueras un ejército y el salvaje poseidón. Mi corazón te anidó como si fueras tú lo imposible. Te convertí en un gigante y en el alquimista de mis oscuridades. Pero sólo eras un hombre, sólo un desierto nómada que se llevaba el vino y traía el vino. Que no podía agarrar mis manos ni conocerme. Andrajé la urgencia de la literatura para tenerte. Pero nunca te tuve. Había escrito demasiado debajo de la tierra. Había abierto mis ojos en los confines de la locura y chocado con el resplandor de lo incognoscible. Había estado sola mil galaxias sin otros ojos que me vieran. Era muy tarde para morarnos sin que el teatro nos separara. Hoy mi miedo es la canica que se te olvidó en mi casa. Mi dolor es la risa que clavaste en el corazón de drácula cuando te pedí que no te acercaras.
Mi lobo estepario siempre lo supo y lo negoció entre sus dientes despedazado de todas las orillas hacia el alzar del fuego en los desmemoriados pasos del furtivo. No rindió en tus labios su guarida ni supo nunca entregarse. Entonces era mi guerra civil, hoy es mi memoria. Su distancia era insondable y me hacía desangrarme en tu cuerpo desolada de no poder amarte ni de permitirte que me conocieras. Era mi sufrimiento llevar al animal bajo mi pellejo y vagar junto a él tu asesinato que entonces era también el mío. Hoy es su verdad lo que me guía y me sostiene. Abrió la literatura cuando se caía en pedazos la obra y la fe. Cuando yo era una cabaretista que sólo buscaba el fin en una borrachera que volara por los aires el mundo. Cuando tus besos dejaban sosa cáustica en mis colchas. Se mantuvo en pie cuando yo me hundía en narcóticos y promesas de desagüe y orgía. Su pasión siempre hizo una tragedia entre mi amor y la otredad. Hoy vuelvo con él, porque todo lo otro dejó escombros y muertos. Porque nadie supo colmar la luna en su canto. Porque seguía siendo yo la extranjera y la dramaturga del papel de plata y el benceno haciendo canción de cuna a mis bestias y entregándome derramada al filo. Todo siguió los pasos del lobo mientras mis actrices perdían los papeles. Todo empujó a ese monte, mientras mis putas peinaban el lago. Ese ojo cavado de la noche manó hoy las cenizas que embrujan mi guitarra. Las sigo junto a los réquiems enamorada de la espesura del bosque. Me lavo las heridas que nacieron desde los humanos en mi cuaderno de cráteres y grúas.
La superficie me hizo débil y vulnerable. Todo lo que embargué por las
canciones del opio y la deriva robaron territorio a mi soledad.
Desalojaron mi casa sobre vendavales de humo y vértigo. Lo que caminé
hacia afuera hizo una mala taberna en mi adentro. Y hoy vuelvo herida a
buscar la casa del lobo. Exterioricé en nombre del amor cantos que
debían arraigarme a la introspección pero que me derramaron en el fuego.
Y hoy tengo miedo de la noche porque destruí mi hogar. Ahora regreso
junto a las ruinas y es mi tristeza, mi fuerte. Necesito devolver a la
soledad todos los reinos. La escritura tiene que cicatrizar las
historias que sangré tan lejos del mar, velar en el abismo la voz que
devuelve la espesura y metamorfosearse por el grito que resuena en mis
huesos. Sé que a veces me sentiré maldita y rota y las bestias del
absurdo engendrarán el vacío en mis suelos. Y me dolerá la soma entre
los chaparrales que me narcotizaron ayer con los puñales de la hoguera. Y
me sentiré desecha, olvidada, mendiga de los rayos de luna y del polvo.
Y creeré que todo fue inútil. Que nada fue cierto. Pero la vigilia del
lobo abrirá camino entre las ruinas, gracias al llanto del río del
olvido. Ya no me drogaré entre esos brazos del hambre para mañana, ni me
callaré ebria del vino sobre el carnaval de los parias para que no me
hieran las palabras de la noche y otros labios den cuerda al licor de
los que no tienen nada. No me engañaré con el calor ajeno. No venderé
nunca más el alma del lobo. No les daré nada ni me llevaré nada conmigo.
No me quedaré entre sus casas. No prostituiré la poesía en sus fiestas.
Son tiempos de exilio y destrucción. De largos inviernos en la plegaria
de la nieve. Vuelvo a mi soledad herida por los humanos. Mi soledad no
me acoge como alguna vez, porque malvendí su locura, porque esos besos
me hicieron cobarde, porque esas viejas promesas de LSD y comuna,
traicionaron al lobo. Y aunque no quiero hacerme de piedra hoy necesito
que sea la roca y no el agua la que toque la serenata de los pájaros.
Ella me acoge cuando todos los caminos están hundidos en las pisadas de los búfalos que van a morir cuando llegue el alba.
He mentido al fuego por vivirla brazo ortopédico de ti. Pero cuando hacía frío y centelleaba en los callejones lo que ya no podía sucumbir ni unirse al amor de nadie, era ella la que recomponía mis huesos de zinc y amamantaba lobos en la grieta que me daba la palabra. Es su vieja pesadilla la que hoy es mi esperanza. Su negativa, su jamás, su herida de muerte, hoy colma en mi piel la noche estrellada.
Cruzarán los sanatorios arlequines que no saben qué hacer con las manos, mientras tú yaces entre ruinas los territorios que mi cuerpo enterró contigo en la nieve.
Mentiré todavía la lágrima de la tiza entre tambores de mezcal y despedida.
Mientra ella levanta mi reino, dolerá el pájaro abandonado del monzón entre las cubiertas del aullido. Era desesperado tu beso en los velorios. La naranja sangraba su piel en tu mesa cuando hambrientas golondrinas trasladaban la tierra de esa tumba al hueco del viento.
Hoy viajo hacia el interior de un grito de magma que penetra en mi ausencia la canción de alambre del monstruo que siempre lo supo. Todo empujó para llegar justo aquí. No te arrepientas de las casas destruidas. Tuvieron que suicidarse los poemas para que ella avanzara en nosotras. Aunque no vea el camino, su hueso de éter señala el universo en ese agujero que se abre desde los escombros como mi alud.
Hay que dejar morir los rostros que movieron el tiovivo. Los fractales de la acuarela saben doblar las campanas y abrir la mar. Te doy de alimento al chopo que nos sostuvo. No lo hago con rencor ni con prosa, ni sólo con desolación. Es muy sutil el beso del difunto explicándole la suerte de la muerte a los perros. Los cascajos erran tu gota de sangre. También fui la impostora que hoy cargo con la dialéctica de los dados y la pelota-pared de una pregunta anémica de un final.
Sólo ella estuvo siempre conmigo. Hoy te aleja, los aleja a todos. Me lleva a su reino de árboles y gigantes que sobre los espectros del helio deambulan los extrarradios del verso que nunca se deja tocar. Es mi fortuna el desgarro del velorio. Gano en el fracaso una guitarra que guía las noches sin mundo.
Hoy no he escrito casi. Arrastro huellas desvencijadas en el roer del grito. Él se ha vuelto una obsesión del rostro perdido del firmamento, del tren que no tomé, del rencor del vino entre los pianos. Y pasan las horas siendo un tormento para la literatura. Hay días zorros de la palabra que no alza los motivos y del sueño que no halla el cuerpo donde amar. Cuando no escribo alguien de mí se hunde en las arenas movedizas de los caminos que ya no parten.
La metáfora tiene que hacer poso. Chocar en lo inasible, metamorfosear los hechos en el golpe que se quedo aullando en los callejones cuando nadie sabía volver. Sólo era cierta la mirada de un perro que me esperaba bajo la lluvia. Tenía frio entre tus brazos. Soplaba una carretera que a tientas mordía los colmillos del mar en un salto al vacío inevitable. No importaba demasiado lo que atrás escarbaría en la inexistencia. Ya ningún lugar era mi casa. Estaba cansada para escribir una canción. Los adoquines sangraban en el sonido de esos pasos que traían un recuerdo inhabitable bajo el suicidio del unicornio. Tuve que arrancarlo todo para que el perro lamiera mis manos, renunciar a todo, dar la vuelta de campana en la pupila de las luciérnagas. Y estar efervescentemente sola cuando vinieran a buscarme las palabras.
Ya no quiero alargar el insomnio en otros brazos. Ni repartir la angustia necrófila entre el vapor de un poema acabado. Prefiero irme con la nada. Sé amar la soledad. Crecer en sus jardines. Ser libre cuando ninguna mirada me encierra en el prejuicio de un verbo. Tal vez escribiré escombros mientras los extrarradios me muerden la yugular. Y la vehemencia será sólo un alud que derriba el viejo valle del amor. Son tiempos de destrucción, no de recoger ni de alargar. La poesía tardará un tiempo en darme un refugio. Lloraré humedad en esos nidos de barro que empiezan a caer. Será fría la noche. El espanto a veces abrirá mi puño bajo tierra. Y no estarás, no estará nadie. Y así abrirá sus piernas la mar para engendrar el fuego que calienta en medio de la nada. No valdrá la queja. Ni el arrepentirse. No serán mis gatos muertos de hambre en tu tejado. Ni la vieja felicidad abrirá su taberna. Todo cae. Y ha de caer hasta reventar el suelo. La única furia hoy viene de la pasión del naufragio.
Un tambor de nostalgia golpea en el monte y enmarrona la vegetación de una despedida que aún no comprendo. Quiero irme de todo. Atravesar el desierto, juntar mis miserias a la nada, horadar mi soledad en lo ancho de las hierbas. Caminar hacia la efervescencia del silencio, aunque se vayan marchando todos.
Fueron muchos meses del filo y la deriva, gritos sonámbulos cuando nada hace raíz, cuando el amor es una botella de ginebra. El estigma de la exclusión, de los bolsillos rotos, del mar carnívoro dejándome en los huesos. Te prefiero canción de benceno cuando las estrellas tienen hambre que ruina incierta en mis labios. Lejanía que cantó en los callejones besos y prisas de náufragos que la territorialidad de un duelo.
Tal vez no puedo levantarme intacta. Los moratones pastan en el crepúsculo todas esas casas desvencijadas en mi corazón. Lo quemo todo y las cenizas sobornan las metáforas que me siguen. Voy hacia la huesera. El suelo no agarra mi sombra. Demasiados escombros flotan incendiados entre mi mano vacía y la luz. La poesía está triste, murió en la plaza que no levantó las armas del pueblo. Me hice espectro egotista del olvido. Todos ellos eran un espacio vacío que cerraba mi boca. Me perdí buscándote en juegos de cuchillo. Me llevó el cenit del fracaso a tu tumba arrodillada en el humo de una ciudad muerta. Ahora dejo que todo explote en un final. Empiezo a cuarenta grados bajo cero cuando la literatura no hace favores. Quiero deshacerme de todo lo que vino hasta aquí conmigo.
He acumulado terrores nocturnos cuando se agachan los robles y huelen la sangre de mis pasos.
La angustia contrabandista del desahucio. El extraño miedo a la belleza, a la mano abierta, a la voz del otro tiñendo mis sueños y mis vacíos. Siento que vengo de una guerra y que mi casa ya no es mi casa y no hay de quién fiarse. Mi niña perdida se lo vuelve a dar todo sólo a los perros. Me busco en el órdago del río, desvinculada de la civilización. No quiero ser rozada por el hombre. Quiero a los árboles, que me toque sólo el verso que no escribo.
Me busco en el silencio. Alborada del crujido de los chopos. Despedida dentro de los abrazos del río relinchando en el hueco de tu voz, temblando en mi cuaderno, balcón del aire. Me siento esa arrepentida llama rezando a la madera seca. Son tiempos de mudar de piel y calavera. De incendiar mis patios. De llegar más desnuda y pobre a la caricia del agua. Estos dos años estuvieron llenos de fiestas de babilonia, de remordimientos de absenta y precipicio, de tabernas del infierno, de bocajarros que se vinculaban a balas para escupir el aullido de la sed pero ensanchaban dentro de mí el abismo. Estoy cansada de perder la vida en los callejones. Ahora busco la casa del lobo monte adentro. La inocencia de los perros y faunos. Quiero tirar la pared y encender el beso de la lluvia. Irme un tiempo de todo. Yos pertenecía también al canto del infierno. Dentro de mí a su lado había una cacería de sádica nostalgia, de soledad contrabandista del olvido, de alcoholismo y derroche, de pájaro herido de muerte en el grito que se arroja al mar. Y aunque me duela perder lo que entre nosotros fue amor, pierdo también muchas sombras y navajazos, mi fe a su lado se enfermaba de la lujuria y la hambriología de Marte. Es Monstruo la herida recurrente. Es mi socavón. Es su estigma de la distancia y el exilio. Es Monstruo el que me droga las emociones y me empuja al sepulto. Pero Monstruo estaba mucho antes que Yos. Era algo mío pendiente con el Minotauro. Era un sombra que siempre me unió a la despedida. La ruptura con Yos, la abrió como una galerna en el frío de mis huesos. Pero sé que es bueno para mí desvincularme de él. Junto a él, era una vagabunda viuda. Junto a él estaba sola y todo se lo daba a los camareros y a los vendedores de humo. Era una kamikaze de las fiestas del precipicio. Alicia no era feliz a su lado. El camino hacia Fauno era abisal. Y efervescentes antagonias me atrapaban a lo que me rulaba su diablo. Deseaba desolada romper con él, pero era incapaz, estaba enganchada a nuestro extrarradio, no sabía negarle el vino, la inercia de los náufragos nos emborrachaba la tierra. Y nos autodestruíamos. Entre todas las curvas a veces salíamos despedidos al opio de la luna y durante 45 minutos sentíamos el paraíso para luego volver al bocajarro y a la perdición. Mi corazón se estaba enfermando. Por eso Alicia está contenta de que al fin llegara el fin. Aunque ahora me enfrente con la nada. Y lo que viví junto a él me busque con las licorerías de los muertos-vivientes.
Hoy cogeré un tren para quemarme de los crujidos del gorrión y las calles que doblan bajo la luna el qui lo sa de los que no tienen nada pero aman. Es el mismo tren que me llevaba a tu casa. Hoy pasará de largo. No podrá atragantarse en ti la rosa ni el golpe. Cada segundo que pasa te alejas un salto de página hacia el fondo del mar. Las líneas de la mano de Alfonsina te hacen una casa bajo las algas. Te comen las guitarras despacio. Te viven las distancias sin que estés en medio. Ya no puedes detener el río que separa nuestras orillas. Eché monzón encima para evitarte en la esperanza. Porque fue con otros que vinieron antes que tú que levanté mil puentes que devoró el Leteo. Y para atajar al final preferí contigo entregarte a la muerte sin quizás, sin qué felices fuimos. No quise tu vino porque era una prórroga de la sed. Traicionaste la poesía. Y sin poesía yo no quiero nada. No perdono al que destruye la casa de las aves. No quiero a quién corta alas y apaga sueños y ahoga barricadas. No quiero querer a los cuerdos. No te quiero porque jugaste sucio con Peter Pan. Porque tu milonga no era de loco ni de poeta ni podía hacerme amar ni volver a ti. Porque ensuciaste mi deseo y malvendiste nuestra selva al hombre blanco. Porque talaste el árbol que en mí te daba sombra. Porque no alzaste ni el cóctel molotov ni la defensa del lobo. Porque no me miraste a los ojos para tirar la piedra. Porque mataste de ti lo que amaba.
Todavía no están las palabras. Me despierto con un pez espada revolcando los cajones. Han venido nuevos sentimientos de amor-cadáver, un reencuentro con lo que fuimos asaltando cráteres y perdiéndose en un grito neandertal. Quedarán en paz los versos ha medida que el fuego los consuma. Todavía es demasiado ancho el hueco que te acoge. Fueron muchos instantes de abordaje e infinito que necesitan la alquimia de la muerte. Lloverá encima. Es inmensa la noche estrellada. Bajo tu hambruna no bailan los lobos. Era demasiado precario tu beso para entregarme. Siempre buscamos en otros brazos el amor y la fe. Volvíamos a nosotros parias y escépticos del cielo que no se dejaba tocar. Cansados del abismo, borrachos del ir sin hacer pie ni conocer la paz. Te equivocaste con mi vagabunda cuando cambiaste de sitio el grito de las estrellas. No me hubiera molestado nada porque me iba sin porvenir y puerto, pero que cerraras tu mano a los perros, te cerró mis piernas para siempre.
No junté alfileres y corazones. Ni fechas con promesas. Ni mi nombre a una nómina ni a una hipoteca ni a una lista de espera.
Ni mi casa a la tierra. Ni mi agujero a ti.
Si todo salió tan mal. Era que el chingo nos reservaba algo mucho mejor.
Tenías que irte. No importa si aplastado como un mosquito en el cristal o como el palo mayor hacia lo innombrable.
Si todo se fue por la borda, era porque había que hacer sitio para el ron y la galerna.
Si sólo quedó pis de perro, un agravio y una habitación hecha una zorrera que tuvimos que realquilar a las ratas fue porque el sol nos buscaba sobre el minotauro y era necesario tener la redada de un cadáver para bailar más alto e ir más deprisa.
Si hoy tengo que sacar tu basura y cargarla sobre un ataúd, valdrá la canción, cuando tu podredumbre levante el vino en medio de la nada.
Si me enredo con un marcapáginas y lloro un pájaro tísico y un nudo gordiano por ti, será sólo una artimaña del cabaret empujando mi butaca al fuego.
Necesitaba tu cadáver como la bola china de mis destino preñándome la humedad. Tan cierto en los despojos. Tan leal en lo devastado. Tan insolvente de mi cuerpo. Tan proscrito de todo lo mío. Que al fin, tú.
Sólo es importante ahora que los trenes vomitan tu equipaje en mis escombros. Sólo ahora que las noches te recuerdan en la orgía del viento y te atrapan cuchillos y mástiles, mientras el fin acaba de acabar. Mientras todavía huelen a ti mis sábanas y mis puñales. Mientras hay una borrachera que arder sobre tu fosa. Después nos importará un cuerno de mamut. Ahora eres musa espectral del abismo y de la mierda. Luego, no nacerá ni una palabra ni un crujido. Te escribo todavía porque puedes dolerme en el roer de la carcoma y el jugo gástrico del buitre despedazando batiscafos en la tormenta de los desheredados. Porque esa vergüenza de zorra en el templo del olvido bebió tu semen desde el sarcófago de drácula a la muerte retendora. Porque mi puta niña rosa cosió a balazos su carne cruda en la fiesta de las alimañas. Porque no te rompí una costilla ni me hice un porro con tus milongas. O tal vez, porque naufragaron en tus naufragios horas de mezcal y plastilina secando la playa en juegos de asesinos y de ahogados. Y no había mucho más qué hacer que escupir huesos y revolver basura.
Allá el viento no tiene pronombres, ni la sombra magulladura. Ni brazos ni escudos ni flores, el árbol de los muertos. No busco una tierra donde levantar mi casa. Busco una canción que deshaga el cansancio de buscar y me rinda ante las estrellas, ceniza y viento que vaga la inmensidad del mar. Tampoco quiero un cuerpo que amortigüe mis pasos, ni la cuarentena de la fe, ni mi vacío. Quiero el vapor de una guitarra agujereando el precipicio y volviendo a los vagabundos para amar y seguir.
tendrá que agotarse
de sacar paladas de tierra
de arrodillarme ante los perros
de escupir el hueso de pájaro y rebotar una muerte en el actor del hambre y del martillo
cantará el fado, las burbujas de cerveza y herida, las combas no juntarán a dos niñas bajo el manzano, ni el hachazo unirá el vacío de mi silla a las ganas de matarte
algunas tardes los rayos de sol irán a morir a la calle en la que te vi por última vez
me robarán la fe y el bocajarro, hasta que se pudran las canciones, hasta que ya no haya nada que sangrar, en los momentos bajos quemaré en tus cuevas mis papeles, el río se lo llevará mientras hago otra cosa, será estúpido también el último renglón que te nombre, ahogado de golondrinas de alambre y ginebra, sobrevolando la ciudad amasacrada de tu corazón entre mis uñas
Todo está arrasado. Y necesito las fuerzas de la nada. Evitar que mi guitarra se agarre a la mano del difunto y me empuje a las canciones que se cantan bajo tierra cuando no queda vivo ningún hermano. Es la ternura la que me hace caer. Nuestros corazones de peter pan secos de la tierra, rotos del sueño que no nos dimos. Obligaste a mi amor a partir hacia la guerra, a arrasar todo lo que tenía, porque apagaste el fuego que lo hacía infinito. Porque secaste el vino que te buscaba entre la mar y las estrellas. Porque te ahorcaste de la soga de la literatura y todo lo volviste el engaño de tu náufrago que venía conmigo porque estaba solo y tenía miedo.
Es un chingo estar triste, mendigar versos a los charcos de mezcal y basura. Rezar balas y agujeros de carcoma a la pared que te dobla la espalda ante la fosa. No sentirme ya hermana del pájaro ni del lobo, sólo hija huérfana de espectros que quemaron los caminos. No querer llegar a ninguna parte ni tener la certeza de que alguna vez tuve el mar. Negarlo todo cuando las preguntas bajan por los erizos y destruyen tu vida junto a lo inútil que obligó a no decir ni una palabra ni tocar una mano caliente. Me callo. Me doy la vuelta de botijo hecho añicos y busco la ausencia de la urraca. No me fio de ellos para jugar a morir. Pongo una rosa de niebla en mis labios y sonrío por lo que tragará la mar. Escondo mi humanidad en las ruinas del teatro. La canción que siempre estaba dispuesta a desembocar en tu playa ahora ha cerrado mis labios y me empuja a la nada. Mataste en el brillo de la noche el amor que era tuyo y mío. Los dos lo necesitábamos para que la tierra nos besara el paso, para hablarle al oído a los astros y dragones, para que el vino no nos hundiera bajo tierra.
Creí que iba a ser más fácil no volver nunca más y olvidarte. Pero tengo los ojos tristes desde entonces. Hablo menos de los pájaros y no levanto la voz cuando los ríos cruzan por mi cintura. Tus recuerdos se deshacen en pedradas y lumbres que nunca han tenido nada que ver conmigo. Por eso no tengo el abordaje de la metáfora. Siento la extrañeza invadir y destruir lo que alguna vez fue nuestro. El absurdo escala nuestras ruinas, se queda con todo. El rencor no te reclama el hervir de la luna, porque nunca me lo diste. Siempre te sentí extranjero y feriante de mis vestidos y rocas. No puedo evitar el quebranto que me jode la inspiración y las ganas. Voy por ahí como zarpa de lluvia desgarrando la melancolía en mis brechas, sin poder posar mis labios en el beso de lo vivido. Quiero irme de aquí, irme de todos los lugares que me han conocido. Tu muerte abrió un abismo entre mi corazón y los humanos. Ya no soy la misma cuando juego con los perros. Me siento una vagabunda que se sienta sobre el fin de las palabras y expía el firmamento con flores sin raíz y escupitajos. Acecho el poema entre valles devastados que me quitan la voz. Cuando aboco la hartura en el piano del suicida, surge ese chispazo que engaña durante tres segundos el crimen. Perdí la alegría en tu llanura de prosa y bala, de pragmatismo del recoger y tomar, ahorcando a Léolo en el libro que se quema. Tampoco puedo derramarte el vino del delirio. Se secó en mí la pasión del cuchillo y de la hoguera. Ni el baile de los difuntos rompería con poesía en ti. Porque te la llevaste donde yo no podía existir. Ahora se encargan de ti los deshechos y la distancia. Sin olas kamikazes, sin llamadas a la tercera botella cuando los puentes caen, sin gotas de sangre que manchen el mismo cigarrillo. Sin que importen tus motivos ni los míos. Jodidamente declinante de lo estéril y helado. Ni siquiera puedo llorar el exilio del ocaso en la isla que te amó. Sólo lo desértico te avanza en la lejanía. Sólo lo estúpido te aporrea en el tambor. Y el vendedor de humo te exorciza en las calles que no nos vieron juntos. No cuidaste el fuego. No me tocaste poesía. Por eso te vas en mí como se van los gatos callejeros a morir donde nadie los encuentre.
Se han ido los hermanos. Hacía mucho frío. El suelo se partía a la mitad. Él tampoco pasaría por aquí. Sólo tenías tus zapatos y un viejo puñal con olor a hachís y sangre de ciervo. Las nubes encima, una canción hambrienta tirándote los ojos al lugar del que nunca se sale. No podías atrapar como otras veces los pájaros en el puño y romper la cabeza del que no oye en tu alarido. No podías enrocarte tras mi lujuria para que el sol creciera en la sordidez que nos dejó sin nada. Hoy no preguntes por mí. Estaré bien sobre las ruinas. Se llevarán lo que no necesito, lo que no fue verdad. Lloraré cuando el teatro abra sus puertas. Sólo contigo será cierto. Sólo contigo valdrá la muerte. Líbrate cuanto antes del poema que te hace buscarme. Es la hora de abandonarlo todo. Después estarás contento junto a la mar, sin historia, sin mí. Comprenderás en la lejanía que sólo teníamos la indigencia y las ostias para que viviera el piano.
Me atormento a las menos cinco de la obsesión cotidiana del absurdo y tu amor amasacrado en los papeles que cotizan los fracasos junto al viento que no deja nada en pie. Es después de la cuarentena de esa tierra que me asfixia que dibujan corales los gritos en una fe prestada a navajazos. Estoy triste porque he perdido mi locura. Yo también caminé por la calle anhelando dormir a salvo entre taconeos y palmas, dándote la flor y el coñac, sin vuelta ni espina. Yo también mentí para que me quisieras. Me hice a un lado del bocajarro que me enseñó a hablar, compré soma y quimera para que entre tus brazos el sol abandonara la lucha y me sostuviera página en blanco en el llagar de tu húmedo sueño. Me disfracé de lo conocido para que una probabilidad no apretara contra ti el gatillo. Preferí estar borracha mientras las llagas de la tierra arrasaban el sur y mi teatro jugaba a las bolas chinas y al olvido con tus fantasmas. Ahora no queda nada. Me alejo ensanchando las simas del desencanto en tu pared. No quiero cambiarte por otra droga. Quiero morirte en la mar. Empedregarme el silbido de la sal en el árbol que camina. Dejar que todo lo otro desaparezca.
En el fuera de campo de ese antro del infierno, nos ató un vendaval al abismo de tenernos. Él viene también ahora para alejarnos. Llora sobre las flores los mismos cuchillos que unieron nuestras vidas en la deriva del fuego. Las pasiones al revés de la ruleta rusa, silban sus últimas balas, regresándonos a la tierra que profanamos juntos. Tu cadáver es igual de abisal que lo fue tu amor. Y yo de rodillas ante el teatro sangro la misma obra que robé al cielo para amarte. Morirte es igual a tenerte. Las mismas drogas caen de la tormenta de Babilonia cuando la playa deshabitada hace memoria. El barco ya no parte hacia tu precipicio. Pero va lleno de ron y calavera. Emborrachándote en mi sangre y tirándote al suelo de mi cabaret como cacería y crimen de la rosa de la sal. Matarte de mi vida cuesta lo mismo que la canción que te unió a mí. Igual de indigente y loca da palmadas de rayo entre los esqueletos de los carneros. Igual de desolada y hambrienta embarga los bares en el beso negro del olvido. Tendrán que descarrilar mil trenes para que la tierra se colme con tus ruinas. Mi amor de perra sin dueño miente lo mismo.
Cada vez que estoy triste por esa canción muerta, voy en contra de mi camino. Deseé muchas veces que todo acabara. Por eso, el hervir del cuchillo en la playa, es una contrariedad que debilita mi furia. Todo ha cambiado. Una nueva soledad gira los tiovivos y las sendas, se caen las hojas y las viejas huellas. Todo ha de morir para que todo nazca. Sé que Monstruo está en medio. Su marginación provocó una sombra que astilló una lágrima en mí. Es Monstruo el que me hace volver al daño. Su irracional sabotaje derramado en mi hueco me tapia la noche estrellada. Pero también el piano tiene que tirar abajo la casa. Hay algo de mi carne en su alucinación. Hay algo del amor desolado en su arrebato de polvo y lluvia. Fuerzas opuestas matan búfalos en el monte. Tengo que escribir aunque todo esto no tenga valor literario. Va formándose una alquimia en los desechos. Mi suicida va retractándose al cruzar el límite de su hartura. El espanto que hay bajo lo que escribo abre una gruta en la abstracción del naufragio. Mi mano sola entre esos cristales no sabría. Y aunque el poema tarde mucho más en llegar mi piel se adapta al salitre y a la tierra seca. No puedo atajar para evitar el fango. No puedo censurar el recaer de mi pozo. No puedo callar. Estoy unida al bocajarro. Detrás hay éter. Por eso la escritura es un chamán. Su motivo no es la belleza. Es la transformación. Y a veces hay que escribir despojos que cuelgan de una luna paralítica, de un sueño sin cuerdas vocales, de un barco sin mar. Las piernas son oboes de ceniza. Un rasguño del viento podría tirarlo todo abajo. La tinta es un rezo de desaparecidos. Las sogas apuñalan coral en los templos de la ruina. Y duele escupir el hueso como una casa de Comala bajo el río. Pero es urgente. Mientras no hacen favores los lirios ni el champán. Se agasaja en medio de la tormenta como un brazo de ella misma. El clímax ocurre a 200 metros bajo tierra. La mano sigue congelada. Pero la erosión hace alquimia. Es muy sutil, casi extinta, pero abre gruta en el abismo. Se aporrean los cementerios en los fractales del vino tinto y aunque se avance como la carcoma, la mar abre el crujido. No te pidas mientras, la revolución ni al héroe, no te pidas el verso, ni llegar a casa. Los kalashnikov duermen en la Playa de Barcino, heridos de muerte por las palabras. Cuando se cruza el fango es ya demasiado que el agujero tenga un golpe de guitarra. Hay que saber volar bajo cuando un cielo parasitario pudre las uvas entre los muertos. No será la adrenalina redentora. No será para que me ames. No será para que al fin nos quitemos del medio. Hay que saber pulir la basura en la casa de los reptiles. No cantes a los buenos tiempos cuando andamos con un camino acuchillado en la yugular. No le pidas nada al sol cuando la noche no te deja salir. Baja al polvo y camina. Que no te haga la vieja felicidad un presidio de sosa cáustica.
Todo cuelga de la golondrina de barro y de sepulto. La antagonia del fuego agujerea mi última matrioska entre los sueños del capitán y del ladrón. Es hora de beber de la mariposa de polvo el tiempo exprimido en el huracanado golpe de la contra. Ermitarme en el quebranto de Loba. Descoser por la noche tu corazón cosido a balazos en la bestia y perseguir el silencio. Volverá ella tras el abismo.
Me pongo de sombrero las hojas secas del árbol abanicadas en la rama muerta de la lluvia. Corto en pedazos la persiana del fuego y bajo los perros veo partir todo cuánto fue.
Y ha de ser así. Quiero el rito de la tristeza. Hoy sólo mi lágrima abre camino en la tiniebla. Sólo ella es leal a lo que amo. Mientras tal vez canto inútiles tonadas de jazz paralítico del carnaval que vivió tus pájaros en mi infierno. Les di nuestra carne cuando el camino no quería nada de nosotros. Y la metáfora te usa torniquete y cacería para cantar el suicidio de los flamencos y ver la niebla sobre el río lavar tus heridas en la espina de un poema. No me quedaré con esa razón. Tampoco cavaré mi patio para hacerte una fosa y enterrarte junto a mí. Era lo único que nos quedaba para volver al mar. El réquiem es caprichoso de contar las mismas milongas que levantamos contra el cielo para cruzar entonces. Pero los dos sabemos que sólo el fin podía salvar al amor, no a los que fuimos. Aquellos debían morir desolados al brillo de la luna. Desnutridos y vacíos de costilla a costilla. Hechos literatura y opio en la hambruna de los muertos. No vuelvas a buscarme. Entiérrame junto a tus pecados para que la mar te siga. No digas mi nombre ni al vino de Comala. No busques mi rastro, no te acuerdes dónde paro cuando no hay dios que pueda tenerse en pie. Y si un día estás solo y tienes miedo y no te juntan los perros ni la tierra, sigue mar adentro. No tendrás nada aquí. Sólo la nada puede salvarnos.
Son tiempos oscuros. La poesía todavía no es. Había arrasado mi casa entre cuentos para no dormir, insomnio y lujuria, amor de atracadores. Ventiscas de ruina y puñal. Tan sola a su lado tanto tiempo. Lejos de mí por la adicción al fuego, por el revólver de la indigencia, porque todo ardía sin hacer pie ni verbo. Ahora empiezo entre los escombros. Tengo que enterrar al pasado. Recuperar mi voz interior, mi escritura, mi senda entre la noche y la mar. Las drogas que usé para amortiguar el espanto todavía traen alucinaciones que levantan quimeras entre mis ojos y la montaña. Son mis huesos rotos los que rompen mis ventanas. Los otros muertos son una ceremonia de fortuna. La herida es que no cumplí la palabra de Loba. Que no fue ella la que caminó primero. Me dejaba llevar demasiado por las luces de san telmo desperdigadas donde mis manos lo soltaban todo para que el escalofrío escribiera su verso aunque fuera contra mi vida. Ahora tengo que levantar mi jardín. Separar el cadáver de la aguja y del botón. Ensilar la sangre contagiosa en la caricia de los árboles. Estar sola hasta mis antípodas para volver a hablar con el agua. Había desperdiciado mucho amor entre la mala ginebra y los suelos volados por los aires. Era una romántica suicida de los desechos. Invertía en lo imposible mi llaga de arena mojada y sal.. Me engañaba con las salamandras mordidas en tu cuello para hacer virgen el alba en mi abismo. Destruí mi casa en una intemperie que maldita cantaba el apocalipsis en el rezo de la galerna, chocaba contigo, como mi tristeza perenne y me hacía desértica de nosotros y del firmamento. Lo único honesto era que nos fuéramos al chingo. Hace ya demasiado que anhelaba nuestro sepulto pero no tenía el valor para negarte el vino ni la flor de mi mendiga. Temía tu sufrimiento. Temía la vereda apuñalando cuervos en la nada. Temía cavar la tierra y hallar en la putrefacción el grito que nos robara la poesía. Apostaba por el amor bebiendo junto al diablo en su contra. Creía que un día cualquiera nos despertaríamos con la mar sobre los hombros. Estaba ciega por la brecha incendiaria de nuestro antagonista pisoteando flores y cráneos en tierra de nadie. Hoy que al fin ha ocurrido las montañas todavía no han posado sus pies. Los viejos fantasmas afilan sus espadas en mi corazón. Las paredes vencidas en la lágrima de la hiedra exhalan polvo y caminos destruidos que el viento atraganta en la tristeza de Loba.
Déjame caer, llorar, marcarme el fin en los huesos. Ver morir al cielo, a la fe, a los motivos. No me enseñes hoy los nombres de los pájaros. Hoy quiero arrodillarme desolada en los esqueletos. Y mancharme mortal y rota de todas las ruinas y beber la sangre de los muertos hasta atracarme de lo que no sigue y sólo explota y desaparece, como él, bajo la espuma. No me digas hoy que mañana todo será hermoso. Ni que llegaremos a un lugar donde seremos felices. Ni que brillará la luna. Ni que todo tendrá sentido. Hoy no quiero escucharlo. Quiero caer vencida en la rosa. Quiero agotar mi palabra, mi paso, en la tierra seca. Abrazarme hija huérfana al vacío hasta vomitar la noche estrellada.
Esa guitarra desnuda en tu sudor, roe hoy en las noches de tu muerte mi corazón en la pared. No tiene fuerza para llamarte. No tiene un cuerpo que la acoja despedazada en el fuego. Sólo cava su viejo reino como un crimen en mi inocencia. Tantas cervezas bajo tus garras cuando la lluvia me daba todas tus llaves hoy me tiran al suelo. Y no puedo llorar por ti. De rodillas junto a las ratas y las ruinas, me ensucio. Sólo la cochambre puede darme hoy el vestido para ir a recoger flores. Ya no importa lo que hicimos. Sólo pedirán cuentas los muertos. Y ellos sólo quieren bailar.
Para que nazca.
Primero serpenteo a 200 metros bajo tierra.
Te guardo en mi puño como una dosis de cianuro.
Te oculto en mis pensamientos como el desahucio que hoy me obliga a partir.
Primero serpenteo a 200 metros bajo tierra.
Te guardo en mi puño como una dosis de cianuro.
Te oculto en mis pensamientos como el desahucio que hoy me obliga a partir.
Me rindo ante el baile de las espigas y del barro. No hallo un lugar donde caer borracha y enamorada de las estrellas. Los años hicieron barrena en el pretérito del amor. No es con. Es desconsuelo. Llego extranjera de la tierra que piso. Sé que no puedo quedarme por aquí. Sigo a los ladridos. Tanteo en la penumbra el ojo de alambre del muñeco que se lleva la memoria. Hay días sin fe. Trato de no pensar y seguir. No llorar pis de perro en las veredas que te ataron a la noche estrellada.
Son días de empujón y herida. Migraña del ciprés entre los gritos del fracaso. Estoy cansada cuando abro la ventana y no es habitable la belleza, cuando cuelgo arañazos del suburbio y no hay nadie a quien dar el crepúsculo. Es sobretodo porque no he escrito, porque la inspiración es el exhalo de una piedra contra piedra . Porque un dolor de carcoma y fango manchó mis ganas entre velorios de alambre y desolación. Y no es bonito contarlo. No me gusta estar cansada. No querer hablar. No querer emprender una vez más el viaje hacia la nada. Cuando se rompe se rompe con violencia y sin pacto, mi voz entre las llagas de la tierra. Viene con extremo el rezo del suicida entre los adoquines que hoy han secado el vino del delirio que ayer se ocupó de mi vuelo. Tengo que quemarlo todo. Destruir todos los retornos. Empezar muy lejos de aquí. Quedarme sin pasado. Sin tu rostro en los rayos de ron y de blues que tantas noches me hicieron olvidar el para qué. Ya se acabó. Tu alcohol no manchará mis labios ni mis muertos. Tus ojos no contendrán mi abismo. Tus milongas no harán cantar a los dragones. Tu fe no me tocará. Mi perro no lamerá tus manos. Mi grito no te empujará a la locura. El poema no estará luego para amortiguar la letra ni la sangre. No te abriré mis piernas para que me quemes las estrellas al borde de la inexistencia. Ahora hay que dejar que las ruinas hagan espacio para los cadáveres. Dejar la casa sin recoger y la puerta sin cerrar e irse. Irse entre la penumbra hasta que alguna cantina por error encienda un lucero. Hasta que algún verso nos caiga encima. Dolerá un poco ir contra la nada. Dolerá llevarte como un despeñaperros en el ladrido. Y odiarte por no haber sabido hacer poesía. Culparte de ser hombre. Culparte de darle mi cuchillo al lobo. Y no hacerlo porque sólo fuiste un para-rayos torcido en la torre equivocada. Un narcótico que me desvió tres veranos de mi guerra y de mi mar. Vuelvo a ella más vieja y jodida. Es cierto que ya no tengo hogar. Pero cruzaré el infierno y todo habrá sido por amor y por fuego. Ahora me escupen tus recuerdos desde una cámara de polvo y ausencia. Tapian mi callejón con leche de rata y metáforas antipoéticas, demasiado vulgares y agujereadas para que el sol duerma en tus caderas. Demasiado fracasadas para que la épica dé de comer a los pájaros. Sangro el exabrupto de un camino destazado en la yugular de una promesa inviable. Y me acusa del olvido que explota entre mis brazos. Pero pasará. Los huecos comerán mi memoria. Tocaré fondo. Me iré de aquí. No importará cuánto puse del cielo en tu sepultura.
Partir hacia la mar. Con mis manos pobres. Con mi casa desvencijada. Con el amor intacto menos un manicomio en tu insomnio. Amarte sin mi historia, sin lo que dice la gente, sin lo que acuerdan los años y las cicatrices. Ya no hay nada qué perder, el mediodía se tira a matar entre trenes y viento, me empuja a dejarlo todo atrás. Sacúdete el cansancio en el fuego que baja la montaña. Si acumulé desesperanza fue porque amé demasiado. Si no pude darte nada ni quedarme con nada era que era muy hermosa la mar y nos suicidaba en el ocaso en el que empiezan las canciones.
A las putas horas, aguja y tijera.
Las ganas de sangrar hasta que el hueso vulcanice la tierra que piso.
Cavo en la brecha para que la brecha se cierre en mi boca.
Me hago apóloga de la indefensión y la angustia para que coma toda la carne la bestia.
Multiplico el dolor en el rayo que tira la torre. Para que al final haya un final.
Evoco tu oscuridad en la mía. Colecciono cuchillos que flotan en la nada. Para que mi página vomite la luz que queda.
Es el vicio de salirse entre la hartura. De llorar piedras y valles y pájaros y nubes hasta que el barbecho lo haya borrado todo.
Embrujo de la putrefacción de las uvas. Grito que fulmina hacia dentro la lejanía del mar.
No es todo el rato.
Es cuando rompe en las pinzas de un cangrejo el purgatorio de tu historia.
Cuando estoy sola con las ruinas y los ríos secos insisten en traer las manos de una madre y hundirlas bajo tierra.
O cuando doy vueltas de erizo entre lo distante y los pinchos se clavan hacia dentro para que griten fulminantes las nubes.
Es un muy viejo pacto de la tristeza, haciendo gigante al Minotauro. No eres tú en mí. Es ella en la intemperie.
Monstruo está triste. Los pastos fueron arrasados en una orquídea de vidrio. Se abrió lujuriosa la lejanía para recorrerme. La pala hundió la luz en cascajos de ginebra y de topo. Mi voz estaba rota en la medianoche de la tormenta que te alejó para siempre. No quedaba a mi lado ninguna cercanía. La escritura tardará en llegar. Primero hay que quemar las ruinas. Darte lo que te pertenece. Dejarnos vacíos cuando los ríos pasan por la cintura. No es objetivo mi quebranto. Se manipuló desde la literatura para darle caballos al punk. Necesita también la oscuridad que amotina los huecos de la tierra en mi vientre. La tristeza hace escaleras entre los mirlos y los cadáveres. Insiste en hacer un poema para poder hablar con la nada. Me hará zarrapastrosa y vencida, tabla de náufraga, canción inútil de amor. Me entregará el pudor al cuchillo y a los escombros. Amándote cuaderno en el fuego. Alucinación de Itaca en los cubos de basura. No firmaré mientras nada de lo que escribo. Sólo lucho por marcharme. El olvido se hace de rogar cuando mueren las estrellas en los suburbios.
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