Ardidos

La libertad, empieza por un instinto que esconde a un animal violento y ácrata y a otro etéreo y filantrópico. Es un aullido individualista del éter en el azuzar del gozo hacia la cuántica. 
Necesitamos la ira para ser libres. Porque la ira, es la que se defiende contra la desolación y el presidio. Cuando Loba no es libre y entera, la ira señala el camino a su Bosque y su liberada salvajidad.

La sociedad capitalista ha tratado de despojarnos de nuestra ira.
El proceso de domesticación ha demonizado a la ira. La ha aislado de su fuente. Y su fuente es la insurgencia y la plenitud.

La ira, Tigre, ataca a lo que agrede al espíritu. Destruye los muros que nos separan de la totalidad del ser. 

La ira cuando parte de la fuente hacia la fuente, es el fuego, es el aire, es el movimiento, es el acto, es la poesía, es el amor.

Hay que devolver el territorio insurgente y numinoso a la ira.
Profundizarla en el origen. No proyectarla en los espectros ni en lo secundario. Tomarla del Bosque por el Bosque. 

Entonces se convertirá en la furia del ser. La furia que te ayudará a mandar a la mierda ese trabajo que te embrutece y te ahoga, ese marido que no te toca el punk, esa cultura de fosas sépticas, ese gobierno y patria de carroña, esa vida que esperaban de ti y que no era la tuya.
Siempre me he sentido desarraigada del contexto porque mi unión con Fauno era el éter. Pero en mi indigencia, creaba un refugio. El más amante era la escritura y la naturaleza. Y me gustaba tener una casa que bebiera constantemente de los pájaros. Ahora en la urbe, en la casa de mi familia, entre tantos fantasmas y civismo, no tengo ni pájaro en mano ni ciento volando. Son pájaros-taxidermia del vómito de la raja de gas del cielo. Es más difícil para mí soñar. Y me siento triste y rabiosamente vagabunda. Porque no cuajo aquí. Porque me falta un tejo, una raposa, un buitre, un jabalí, una montaña nevada. Me hierve la ira cuando siento que no soy libre. La gente como yo, elige antes la locura y el suicidio que la jaula, elige el terrorismo, el apocalipsis, la quema de Troya, antes que una vida de mierda. Desde que era pequeña, no toleraba la frustración, ardía el cielo en mis entrañas. Tigre se enajenaba del rayo. Mi cuerpo se partía en dos y el río del infierno explotaba en mi corazón
He conocido lo extraordinario. He sentido exuberante felicidad, pasión, libertad. En mis viajes al éter me sentía una jauría de licántropos y estrellas. Por eso soy muy poco adaptativa a la cochambre de los muertos-vivientes. Si no siento la orgía de la belleza delirarme mis huesos en el viento, enfermo. Enfermo de cuadrados y líneas rectas y cordura, enfermo de tedio, de absurdo, de asco, de capitalismo. Peter Pan envejece y me jura la muerte.
Para mi sosiego y armonía necesito vivir lejos del capitalismo. Necesito la vida natural y pobre.  El silencio. El paisaje del bosque, del monte, del mar.
Todavía transito en esos bodegones de bruma y helecho. El significado no es tangible. El inconsciente borbotea en dentelladas que agujerean el firmamento y embisten la lejanía. No me acostumbro a despertar en ésta casa. Echo de menos el silencio y la naturaleza que reverberaba en otros lugares donde he vivido.
Tengo que transformar esa contracción hacia un canto de vida, mientras estoy aquí. Aunque me iré pronto. 
Hoy cumplo 34. Acumulo muchos naufragios en el aullido del sueño contra el olvido. Pero sé que después de cada Huesera que envía la muerte, hay menos equipaje y quimera, la libertad es más desnuda y más profunda y el amor más cierto e insurgente. Duele un poco mientras se atraviesa el inframundo. 
Hay un bocajarro que nos ha desgarrado el deseo, el hogar, el rumbo. Monstruo se siente un asesino. Se pierde la autoestima en el vals de sangre con los muertos-vivientes. Y conquistar otra vez la anarquía, cuesta ciertos fados y cacerías. Hay que entregarse a la guerra de Poseidón. Y saldremos, sucios y golpeados por el fondo más oscuro. Hasta que el fuego sea el mismo fuego que nos tocó cuando ardimos por primera vez.
Sé que sufro el síndrome de abstinencia del poema que iba hacia alguien que podría ser mi tempestad, mi isla, mi carro de combate, mi pecado, mi utopía.
En mi pasado acostumbraba a coleccionar romances, aunque fueran en la fragua de la literatura. Era adicta a proyectar mi agujero de bromuro en un alguien que me prendiera belladona y oratoria de Mamá Muerte cuando la tierra no sujetaba el paso. Había un calambrazo del instinto del dadá que se vinculaba en él, y la poesía alumbraba mi nada y mi antagonia, cambiando los hechos en su hambre y en su furia. La poesía necesitaba una excusa y tomaba todas las que cualquiera puede ofrecer en el cualquiera. Era mi lujuria, mi fuego, mi romanticismo, venido de vuelta, desde el mar que se arbola y ataca. Era mi noción del amor, del todo, de la inexistencia, del fango, de la apoteosis, de Fauno, proyectada en el agujero del otro para hablar conmigo de ella misma. Me gustaba sentir el deseo insaciable de mi deseo acostarse con la guitarra imposible cuando todo está a punto de morir.
Sé que ese punk del Teatro sólo para locos, ahora sufre la agresión de una fosa séptica. La hoguera que destinaba a la orgía del espejo, ahora me muerde el desierto en las sienes. No existe esa segunda persona del singular cumpliendo las oscilaciones de mi instinto de Marte y del dadá. Por eso necesito darle una nueva musa y chivo expiatorio. Porque esa energía está dentro de mí como un animal y ya no tengo la soma del rebote de la Bruja.
Me oscurecí del lobo estepario. Rompí vínculos. Quise volver al extremismo de la introspección y al cabalgar sola.
Pero esa soledad sufre el síndrome de abstinencia de la orgía de la sombra en el Teatro. Y es preciso darle un cauce y una creación.
La soledad cuando viene la Huesera puede ser una barricada. Porque la resurrección viene desde los fueros de la nada y la esencia, sin los narcóticos del Teatro. Penetra mucho más la raíz. Pero eso también da una canción triste. Y hacer anarquista a la soledad, lleva su tiempo. El amor del Teatro a veces es un aliciente, porque ofrece droga y gasolina y dadá. Y cuando se viaja solo, esa fuente de numen hay que encontrarla en un lugar mucho más oculto y profundo, dentro de nosotros mismos, muy cerca de Mamá Muerte. Y hay abismos y dificultades. Pero si se sigue en pie, se hace perenne la insurgencia y el fuego.
Soñaba con el sentimiento de desolación, era muy intenso porque era todo el paisaje onírico, pero había un intento de esperanza que iba creando un oleaje que iba deteniendo la tristeza.
También antes de eso soñé con K. Estábamos juntos en una casa-selva. Ahora no recuerdo demasiado las acciones del sueño. Él me esperaba mientras yo había salido, había un tótem que nos unía.
Ya no quiero luchar contra el despojo ni la gangrena ni la mierda. Ni el esperpento, ni el quebranto, ni el mal final que cayó encima de la vida que conocías entre mis senos. 
Cuando me manchan sus lágrimas terrosas del grito de las golondrinas que se quedaron a morir en invierno en la última palabra de tu costa, ya no huyo, ya no trato de que mi credo lo tape con mi pitonisa que sólo quiere un cielo muy rosa contra el chingo. Ahora soy honesta. No le digo que suelte el lastre en el plan de emergencias de Buda. No le digo, piensa en positivo, olvídalo, déjalo estar, haz yoga, ayuna, vete a un gimnasio, vete a un psicólogo, a una sauna, cómprame soma, deja que los cuentos te hagan dormir y entierren a tus muertos y te dé la paz el espíritu santo.
Ahora asumo que las fiebres del fango son justicia. Justicia contra el capitalismo. Justicia del amor cuando gobierna el crimen, justicia contra la tierra que no es libre, contra la cárcel, contra dios, por la memoria, por lo que es. Porque hay demasiado dolor. Porque los estados son fascistas. Porque el dinero nos hace esclavos. Porque nos han robado la tierra. Porque destruyen la naturaleza.  Porque nacimos de un bocajarro que quieren convertir en una inversión en bolsa.
Hoy le dije que lo único que necesito para ser feliz, es la inspiración, que aunque esté en una cárcel, si está a mi favor el numen nada puede dañarme. 
Le dije que hace unos años, yo era muy trágica y esperpéntica y por eso la energía del hogar, tocaba la guitarra de las gardenias negras y reforzaba mi poética. Pero que ahora me saben a muerte. Que me he hecho más jodidamente delicada y débil al haber conocido la felicidad y la libertad. 
Añoro bailar desnuda bajo la lluvia. Treparme engaño en la erótica del Teatro. Subir a trenes que no sabes dónde llegarán. Oír el canto de los zorros. Caer inconsciente al suelo con una sonrisa de ayahuaska cosida a balazos en mi vacío. Animalizarme. Ser árbol con el árbol, mar con la mar.

Aunque sé que estoy proyectando el chingo.
Culpo a la urbe y al asqueroso civismo. Culpo a mi familia, a los cuerdos, a la guerra perdida.
No asumo del todo que yo soy todo el fango que rasura la mandrágora desde el ardor de mi filo. No quiero hallar en mí tan exibicionista oscuridad del desgarro. No podría ser que tan honda necrológica me conociera tan bien.

Proyecto mi angustia contra lo que miro.
Y odio ese cemento. Ese escaparate. Los ex-amantes de las malvas de Wherter y la fosa séptica de su burguesía. Ese olor de Comala corroyendo el aire. Ese hedor del mercado malvendiendo la tierra a mercenarios.
Mi ira, necesita, un amor. Mi romanticismo su culpa.

Pero así el numen no ríe.
El numen toma todo lo que hay, folla con la sombra y con la oscuridad, hace un kalasnikov de lo mota de luz y avalancha su vehemencia.
El dadá, no le quita a nadie la silla ni le niega la entrada ni el trago.
El fragor del numen viene cuando no vetas, cuando no te arrepientes, cuando no te juzgas, cuando eres animalmente amoral y anarquista.

Si te molesta el cadáver, en lugar de incluirlo en el guitarra, la musa se hará tan fría que ya no te contará sus secretos.
Si todavía lloras la destrucción de (un amor, un hogar, o el plan de la luna entre los esqueletos) El dadá no ríe. El negro no mueve tu cintura. La mar no te besa el paso. 

Sea lo que sea lo que pasó, canta.
Aunque desafines gusanos.
Aunque pierdas cristales por los ojos.
Aunque todo haya sido naufragio.

Si yo odio el hogar de mi familia, he de convertir mi asco, en el blues del esperpento.
Si me deprime desgarradoramente esa lágrima de yeso cuajada en el pan de antes de ayer, he de compartirlo con el pájaro de los muertos hasta la primavera que se toma a navajazos.
Si mis intentos de misticismo fracasaron al ver lo que hay en el mundo, he de apostasiar hacia un nuevo Imposible al que no le moleste la mierda. Mi dios, ha de ser el de la mierda y el callejón sin salida, el que goza en el fango, el del Monstruo y el que nunca obtendrá por sí solo ninguna salvación, el que no hará ningún sacrificio, el que no renunciará a la oscuridad ni a nada.
Porque si mi en guerra por la luz, el inframundo siempre quiso mi esencia animal y me dio el canto. Es muy tonto insistir en la pureza negándome que soy yo también todas las alcantarillas del Leteo.
Sería vivir en un constante estreñimiento. Luchando contra mi animal. Destruyéndome la anarquía. Jodiendo a mi musa con sanatorios bordados por una quimera.

Todos los problemas los otorga la negación del hay y del es. La negación es la moral. La moral lleva a la culpa. La culpa a la desintegración de lo natural y del ser y al dogma y a la prisión.

Fue la cultura la que fascistamente nos domesticó.
En el sistema capitalista el 99% de los niños nacen de domesticados.
Por eso se pierde la gracia desde el seno familiar.
La libertad tendrás que ir a buscarla a la esquina más sucia del infierno y de la locura. Y estarás solo. Hasta que no encuentres otros lobos. 

Pero el peor rapto, es el acuerdo moral que introspectamos.
Tragamos todo lo que había ahí afuera cuando nuestros cráneos aún eran blandos.
Tragamos todos los fangos y prisiones que quisieron enseñarnos a vivir.
Y construimos un yo juez y policía, negándonos lo que somos. 
Un yo al que le parece mal la promiscuidad, la violencia, la adicción a la adrenalina y al deseo, a la pereza del Bonobo, a la antifuncionalidad del cardo. Que le parece mal el demasiado o el demasiado poco. Una voz que dice, la belleza no es tu gordura, no son tus pelos en el sobaco, una mujer de bien no escupe así, no caga así, no grita así, no golpea así, no va sola. Esas ropas están deshilachadas y sucias.  No tienes nada más que tierra en tu bolsillo y cicatrices en lugar de maquillaje. Y olor a perro en lugar de ciudadano. Cierra las piernas al sentarte. Sé pacífica y feliz en ésta pocilga de carroñeros. Devuelve al sistema tu sudor y tu cadáver. 

Todo el mal empieza en la moral.

La moral nunca incluye cuánticamente.
No es capaz de amar en lo profundo.
Disecciona. Aísla. Separa. Reprime. Niega. Esconde. Condena. Destruye. Corroe. 
Proyecta una visión incapaz a abrazar el origen y el todo de lo que es y legisla separando y condenando muchos aspectos de nuestra naturaleza en pos de una quimera-ideal-propósito. A veces ese propósito está puesto por los intereses de los estados y del capitalismo. Y es la avaricia de los pocos sobre los muchos los que construyen sistemas judiciales y leyes para mantener la paz, que es su paz y no la nuestra, nuestra la derrota y guerra y encarcelamiento y asfixia.




Hoy me desperté terrosa y subterránea.
Me influyen muchos los sueños y las fugas de éter en el ensañamiento de lo incomprensible. Cuando hay una acción que contra-ataca en el fuera de campo de mi conciencia, sufro una desnacionalización del contexto y de la poesía. Al principio yo no tengo ni idea del qué. Ocurrió en lo irracional, en la segunda atención. Cuando la náusea existencial deja de prestar atención a su agorratamiento y saña de lo extraño y la carga subconsciente se suelta, ocurre la transformación. Siempre es el fondo más oculto del pesa-nervios el que rige la experiencia existencial y el numen. La visión viene del dadá. Yo soy atraída al nudo subterráneo hasta que el inconsciente se expande. Los estertores de la sombra empiezan a tomar lejanía de la atención de la conciencia. Y fluye el río de lo inefable.

Esa atracción a la sombra, suele ocurrirme varias veces al día.

El tiempo que esté atraída al infierno es variable y depende de la capacidad de soltar. Uso la escritura para hacer alquimia en ese inconsciente del sub-yo. La escritura hace que lo abstracto se abra en la paradoja poética y el ataque de lo extraño recupera un paisaje y un objeto amado, un contexto y una canción. 
Me despierto muy tarde. Melancólica. Soñaba algo muy oculto sobre la tristeza y creo que eso me mordió la abstracta lejanía contra las palabras. No sé porqué mi ánimo cambia tanto, cuando no son los hechos. Es un pinzamiento de un evocar inefable, un desangramiento de corolas, un puerto abandonado en tu olvido.

Ayer estuve contenta. Mis ojos conocían más verbos y ríos. Leí su verso de sal y petricor y galoparon los caballos. Y estuve un rato con un amigo, feliz, cada día que pasa hallo mucho más bellos y profundos sus ojos. Y luego me encontré con una compa y estuvimos trabajando con sus pinturas para un bolo y la ayudé a buscarle un título poético, eso me conectó con el revólver del expresionismo tomando de mi sangre una carta no llegada. Me gusta experimentar con las metáforas, jugar con mundos que no son mi mundo y crear más allá de mi soledad. Aunque no suelo hacerlo. Soy jodidamente celosa de mi trampa pesa-nervios. De lo inevitable de mi desparramiento en la lija de la nada. Estoy demasiado arraigada al desarraigo de mi abstracto en el capricho del éter. Por eso lo irracional, el hervir neurótico de la belladona, me hace un agujero de gusano al que le tengo que entregar los verbos. Soy voluble y eclíptica. Y estoy unida hipnóticamente a ese bocajarro que nunca sé de dónde viene ni qué oculta. Por eso escribo desde el subterráneo. El subterráneo quiere destruirme y llevarme a la fiebre de la rareza y de la desidentidad, y la escritura amansa ese extraño no-mundo que quiere quemarlo todo.

Cuando mi pesa-nervios está debajo de la sombra, sufro las fiebres de malta de no sé qué vaqueiro de alzada que ha perdido todos los amaneceres y la erosión, al trabuco dispara y te entierra de rebote a ti en los añicos de mi ajedrez. Y mientras tiemblan esas metáforas que nacen cuando nada más puede nacer, voy subiendo las escaleras del inconsciente y se restablecen conexiones que hallan múltiples cruces de camino y entonces puedo elegir, y el numen baila. Aunque el hilo de plata sigue llegando desde lo extraño.

Sé que me vendría bien, amar en otros el amor y no en la efervescencia del hueco de un papel. En los otros, se encuentran los motivos para la revolución y el humor negro, en los otros el dadá lleva barricanto y todas las olas del mar. A través de los otros se destruye el fascismo y se caen las patrias. Necesitamos el Teatro y su espejo de bruja, para bailar con la muerte y relativizar cuántica y destruir el pozo sin fondo del yo.

Pero los que tenemos el estigma del lobo estepario, hemos cubierto con autismo los balcones. No es tan fácil el apasionamiento de la sociabilización. Aunque sea algo innato en el humano. Los que hemos crecido tras el fuego de las despedidas, bailamos sobre el bar de la luna y luego nos contraemos a fuerza de rayo en la radicalización de lo vacío. Hay un reclamo insistente de lo solitario para regular la música y el abstracto, el lenguaje y la lectura de la materia-objeto. Sino sería demasiada información entregándonos a la locura y desgarrándonos del ser. Desaparecerían todos los significados y ya no entenderíamos la mar.

Por eso, sigue pronunciándose enamorada la lejanía.
La sociabilización, tiene una guerra metafísica.
Un sabotaje del crepúsculo bebiendo la sangre de los árboles y evocando el desierto que duerma en tu piel el retumbar del piano.

Cuando Loba está más tranquila, es cuando el Teatro, llega a las profundidades del éter y hay metateatro.

Con mi compa hay una relación de lo profundo. Por eso Alicia se desliza.
Con la amiga de ayer, hay cantos de dramaturgia. Por eso me sale por la culata mi predestinadora, se pierde en el humo de la pianola y el estrés de la ostra. Se recala de licor. Y Loba se tensa. Luego la tensión se apabulla de la violencia del abstracto.
He leído que las mujeres con un dedo angular más largo que el índice fueron creadas bajo una fuente mayor de testosterona. Y que eso es lo habitual en los hombres y lo inusual en las mujeres. Y yo me he alegrado mucho de que me pase. Siempre me gustó lo raro. Me gustó tener pegados dos dedos de cada pie como membrana de anfibio. Me gustó el niño triste que iba para profeta pero eligió quedarse en la hoguera y abajo y predicar sólo para el desierto. Me atrajo aquél que oía voces salir del fuego y veía cosas que nadie más veía. La que no hablaba con nadie en la escuela y sólo vio su sonrisa la penumbra. La que jugaba a la pelota con la cabeza de la moral. El chucho sin collar, hijo de mil hijos de perra, con sombra de chacal y de rata. La hipotenusa de mi abuelo cromañón. El que perdió la guerra pero nunca abandonó la barricada . Las razones del malo de la película y su corazón de bromuro y llaga. La memoria de los desmemoriados. Necesité que me incluyera el excluido. Que me apostasiara el santo. Que me amara el monstruo.

Yo era hija de la ruina.
Me cayó la fosa séptica de una cultura madrasta de Cenicienta.
Y no vendría jamás un príncipe ni un palacio.
Tú sola deberías degollar sus cuellos y leyes y rediles y escuelas y secuelas.
Con harapos y ceniza.
Usando la escoba para volar o partir su crisma. Pero nunca para limpiar su asqueroso suelo. 

Yo era potencialmente marginal desde que la sangre del útero de mi madre tocó mi esencia animal y mi despojo.
Y cuando vi la mierda de mundo que el civismo quería que yo defendiera, deserté corrosiva e inevitablemente.

Era demasiado amorfa, curva, gruesa, peluda, promiscua, para que tú sucio demócrata me quisieras como partido y florero que te diera sombra. Era demasiado impar, esdrújula, amante del fango y de la excepción para que tú asqueroso cuerdo, me dieras tu razón y tu amor. Era demasiado hedonista, perezosa, con la cabeza llena de pájaros y las manos llenas de olas del mar como para que tú carroñero empresario sacarás beneficio de mis gusanos. Era demasiado apóloga de la causa perdida y de lo que aún  no ha nacido, como para darle a hacienda, nada más que el gruñido y el envenenamiento de mi parásita inmunda y clandestina. Demasiado gas para dar un palo al agua. Demasiado boquete para que mi tierra tuviera tu infame gobierno-pocilga y a ti cerdo como compatriota. Demasiado nada para que tú, tú, fueras mi camino, ni mi cultura, ni amor, ni familia, ni , ni maestro, ni sepulturero, ni verdugo, ni victima, ni atragantamiento, ni felpudo, ni desinfectante, ni la pulga que molesta a mi perro.
Es mucha carga y quimera, querer encontrar una salida y amanecer a la derecha de dios.
Habría que defender a los sacerdotes.
Alimentar sus estómagos enredados a la sacristía y su gula y a la iglesia S.A.
Pagar su propiedad privada con los bienes públicos.
Robarle al comunismo-libertario y a la naturaleza.
Hacer templos-jaula de oro donde tú pase lo que pase perderás.
Convertir al bien, en un dogma.
Escribir mil leyes de prohibición y servidumbre y sólo poder entrar estreñidos y reprimidos, redimidos, lavados, lijados, exorcizados de lo que somos, enjaulando a nuestro animal en el sótano del inconsciente, asediado por jueces y ejércitos y policías. Y convirtiéndolo en un monstruo.

Pero yo soy el monstruo.
Y quiero mi libertad.

La moral, siempre lo encerrará.
Nos robará la vida.
Nos hará enemigos de nuestra naturaleza.
Que si es demasiado demasiada esa pasión.
Que si es demasiado frígida tu consumación.
Demasiado pirómana la rendija.
Demasiado viciosa la sed.
Demasiado violenta la lejanía.
Demasiado tarde tu pronto.
Demasiado pequeña tu flor.
Sucia tu agua. Sin fondo tu agujero.
Raposa tu llaga.
Débil tu lágrima.
Pobre tu vacío.
Insondable tu fango. 
Bulímica tu pereza.
Asesino lo que te falta y siempre te faltará para tu fascista moral.

Todo será poco para ella.

Su falsa idea de que hay una salida que te llevará al cielo.
Te hace chivo expiatorio de sus pesticidas y su régimen.

Acá todo lo tenemos ya.
Todo lo somos ya.

No hay nada qué hacer, nada qué conseguir, nada qué escalar ni redimir ni superar ni cicatrizar, todo lo somos ya. Todo es sagrado.

Competir y lavar y arreglar y redimir, es un artimaña de la cultura capitalista para alejarnos siempre la felicidad a un día que costará el purgatorio y la abstinencia y el ayuno y el esfuerzo y el valle de lágrimas y nunca llegará y que nos arruinará en culpa y represión, en úlcera perenne.

No hay nada qué corregir, nada que esconder, nada de lo que arrepentirse.
Aunque te señale la cultura como un monstruo y un depravado.
Aunque te aíslen.
Aunque te destierren.
Ya eres dios.
Eres naturaleza cuántica.
Eres tuyo por derecho y libre. 
Eres Fauno.

Mata a tu sacerdote.
Nadie trajo pruebas de que hubiera una salida.
Sólo el arrebato y el fulgor, sólo la música, tira abajo la puerta y su cerradura.


Mi numen todavía no carga la pistola de juguete en mi juglar, ni el molotov en la alcantarilla de mi barrio bajo, canto de gardenias entre las alambradas del paraíso cuando la luna homicida baja para arderte aguja y tango de un amor que vive mucho más lejos de ti de lo que adivinaría tu muerte o mi canción.

Cuando la calma se hace un duelo del abismo, mancharás con sangre las sábanas que el viudo tiñó con semen y quimeras.

El verso te arrancará las costillas.
La musa dará para llevarse.

El cénit al eyacular te hundirá bajo tierra y tapará la salida.

En estos derroteros del cielo que contra-ataca en tu entraña-gusano, "no pidas más que ya no sé qué darte"

Baila con las malvas que se dejan hacer, con las curvas que pisotean la anchura de tu nada, con los comienzos de usar y tirar del desgarro del poseer en el delirio de tu jugador adicto a quemar naves. Usa al fracaso si puedes para afinar el desafino desgrañitado de tu animal perdiéndose en lo desconocido y queriéndote dios en mi vagina. No temas convertirte en el antagonista de la trama del pecado o lo imposible. No temas que la belleza salga por la culata de tu asco y se posicione hartura y fosa séptica.

Hay que darle todo lo que queda y todo lo que falta.

Que no te arrincone el espanto que te juro que vendrá.
Porque aquí abajo la musa se alimenta de tu cochambre.
Que no te ahogue el desencanto que cala tus huesos en el encefalograma plano que te esculpió dios entre mis piernas en nombre de la eternidad.

"no pidas más que ya no sé que darte, no pidas más que ya no vivo en mí"

Toma lo que desangro en tu calor.
Lo que congelo en tu pistola..
Lo que desempapo en el vaso que te ahoga.
Lo que hago amor en la sepultura que te combate.
Lo que es lágrima penetrando tu granito.
Lo que es gusano llevándose tu gangrena.
Lo que es sombra rechistando tu lista de espera.
Lo que suena, aunque sea astillazo y escombrera, en lo que se traga tu silencio.

Tómalo. Agradéceme la obstinación y la estupidez de colocarte el colocón en el fantoche que brota del frío de tu alma bebiéndome la sangre.

No pidas más.
Ayer él me recordó lo que amaba. En mi última caja de Matrioska sentí un deseo de jugar y un arrebato de Léolo. Aunque el fado aún me contenía en la melancolía de la rama de invierno pescando pentagramas en el fondo del río de los olvidados. Pero su viento desenredó la sombra del ciprés hacia las garzas. Hay algo en él, lleno de vida e insurgencia y misterio, un fuego capaz a iluminar el fondo más oscuro de la metafísica y de lo humano, la calle más clandestina del infierno. Algo salvajemente bello, mucho más allá del bien y del mal, en el corazón de Fauno, con la fiereza y honestidad de la verdad, del fulgor. Algo potencialmente revolucionario del estupor y del filo del hueso en los confines del éter.

Sentí el blues ácrata.

Aunque la melancolía de mi loba esteparia, se agarra a la ceniza.
Siento encima de mis hombros a Frankenstein rompiendo las farolas y descuajando el suelo.
Me siento tétrica, trágica, sumergida en la cloaca de Babilonia.
Pesadamente invicta del Sol.
Ruborizada del asalto y la guerra de Monstruo contra el templo y el museo y mi burdel.
Desgarrada por lo horripilante.
Tango de colgados.
Cantina de suicidas.
Ola de náufragos.
Poema de muertos-vivientes.
Erótica de la roca partiendo los labios.

Pero tras las garras de mi tempestad, vi tras su mar, la rola terrosa y ayahuaskera, de la libertad.

Algo tras lo más oscuro de mi oscuridad, sintió la guitarra eléctrica, la airada, la belleza de lo clandestino y encerrado. Alicia entre las rumbas del callejón, volvió a sentir la juventud-pájaro.
Después de que Peter Pan recibe balazos. Hay un proceso psíquico que incluye el soliloquio de la carcoma y la quemadura. El recrear de la tumba submarina del Mar Muerto. La estupidez. La saña. La fealdad y el apogeo de la cochambre. La granada en el retumbar del filo. El despojo. La oxidación de los lirios en la carnicera nieve. El monstruo que ya no quiere salir nunca más del armario de Drácula.

Y aunque todo sea muy nauseabundo, hay que enchingarse, porque es parte del viaje.

Hasta el fango. Hasta la hartura.

Cuando la hartura esté harta de sí misma.
La literatura empieza a deshacerse de la mierda.

Ahora mi trabajo, es provocar que el soliloquio de la carcoma y la quemadura, haga una metonimia con el desecho y el cadáver y lo arrebate de la paradoja poética hacia el alimento del fuego.

Pero cuánticamente, ese transformación, ocurre tras el plenilunio de la basura. Por eso lo inteligente es acelerar el proceso. Inyectar en el inconsciente de la carcoma, la metáfora y la relatividad de la Huesera. Agarrar su significado en los manubrios del dinosaurio. Agujerear hasta la antípoda la cueva. Ir con el escudo del éter. Dar una vuelta de campana cuando el muerto nos atrae hacia Comala y escupir un agujero de gusano que expulse las vísceras al efecto espejo de la raja del cielo en el sueño de los lobos.

Aceptar el hedor de las descomposición y permitir que nos deslice hacia sus confines, sin los remordimientos de Sísifo, era la moral y la culpa, lo que condenaba a Sisifo. Hay que llegar hasta el final del oscilamiento de lo oscuro, para soltarse a la luz de lo desconocido.  Si en medio del infierno te arrepientes, el infierno te atrapara en arenas movedizas. Si lloras, si te lamentas, si tratas de salvarte en los pechos de Madre María, el infierno no te dejará llegar a su confín y oscilar en la resurrección. Hay que entregarse sabiendo que no das nada y nada te llevas. Comprendiendo la magia cuántica de la huesera, sin hacerse rígidos.

Lo que nos hace rígidos es el miedo. Cuando estamos bajo la náusea del infierno, la psique entra en estado de alarma, dice esto es muy jodido y muy feo, esto es muy malo. Entonces entra en funcionamiento la moral y la culpa. La psique te culpa por estar en el fango. La psique te recuerda que la felicidad y el camino y la luz está en otro sitio y no en el sótano de ratas en el que nos has traído. Entonces te vuelves moralista y rígido y binario. No aceptas a la Huesera. La tienes miedo. Le niegas su muchosidad. Ya no eres leve. Ya no bailas. Te contraes. Tu contracción te atrapa en el infierno y sufres la angustia de los locos y los suicidas. Y tu psique empieza a buscar un arreglo, un parche, la sala de urgencias como si te fuera la vida en ello. Y tu jodida seriedad y estado de excepción, envejece a tu Peter Pan y te enemista con los duendes del infierno. Y te atrapa la cochambre.

El juego es jugar. Deslizarse. No ser moralistas de lo oscuro. Lo oscuro se muestra oscuro porque es lo Desconocido. No juzgues al diablo y el diablo cantará hermosas poesías. No lo temas y te llevará a la luz que oculta. Permítete caer sin culpa. Permítete partir en mil explosiones de estrella sin remordimiento. Sólo el espejismo fascista de tu moral binaria es el que ha decidido que es terrible y malo el conocimiento del Cerbero. Tu proyección hace que se cumpla tu pesadilla. Tú mismo y la puta cultura ha hecho clandestina y peligrosa y mala la oscuridad. Pero no lo es. Es parte del universo y de tu integridad, es tan bella como el aire que respiras. Mata a tu policía, a tu gobierno, a tu juez, a tu constitución, a tu sacerdote. Perdónate la cochambre. Ámate el chingo. Y el infierno se convertirá en el Edén y Peter Pan volará.

Soñaba algo sobre el metapsiquismo, había una especie de manta encima de mí que colgaba de hilos flotantes que representaban aspectos de la psique, se representaban los conflictos y la tristeza y el sueño explicaba qué era lo que me vinculaba a ellos y cómo soltarlos.

Todavía no estoy aquí. 

Creo que mi relación con la escritura y con el hervir del pesa-nervios, provoca que me cueste más irme y soltarme del pasado. La escritura nace muy cerca de la muerte, en el asilo de la soledad, y lo vivido se agasaja dentro como un trueno y una flor de ocaso, se yace entre sus rugidos, el tiempo deja de ser neutral, hay un coleccionismo de latidos y urdimbres que se descontextualizan ensañándose como abstractas pasiones codificadas que la memoria desnuda. Por eso hay una enervante obsesión con lo que el canto escribió en la lejanía. Y siempre es una lejanía. Porque medio cuerpo era preso del retumbar del poema que nunca se tuvo del todo.

Esto genera una predisposición trágica a la melancolía y al deseo. La pulla de los espectros bebiendo el alcohol de la rosa. El final sólo es un recurso lírico. Nada se acaba del todo. Porque el escritor no permite que se apague ningún fuego, es vampírico del recrear esa metonimia que alguna vez ofreció éxtasis o desgarro. La sostiene como nitroglicerina en la arritmia del piano y regresa, regresa a un espacio que nunca existió del todo y es esa hoguera de múltiples y simbióticas irrealidades lo que le enajena del ansia de posesión y exorcismo que jamás culmina y esa insatisfacción lo alienta a hacerlo infinitamente, mientras el verso lo ofrece la muerte y su hambre es la musa tétrica y obsesiva.


Por eso me cuesta olvidar a Yos. No me convenció su sepultura. No tuvo lo heroico, ni lo poético. Era demasiado vulgar y arista. Y esa náusea de fango se me agarra en lo visceral y la escritura busca devolverle la belleza y un motivo más alto que el Sol. Las violentas incongruencias escupen laberintos y posos divergentes del vino que derriten a mi bailarina de cera. Necesito que la poesía lo absuelva o lo destruya. Pero para llegar al templo donde ocurre, la poesía te hunde antes en la basura. Mientras la poesía lo agarra, lo perpetua, ella lo agarra para soltarlo, pero hay algún cable cortado que agujerea el agujero y delira el grito. Y entonces empieza el bucle de la musa trágica, pirómana y famélica.  

Yo no puedo olvidarlo sino se lo doy los poemas. No puedo saltarme ese paso. El poema primero ha de devorarlo y destruir todo lo que pertenecía a su hombre. Hacerlo sólo chivo expiatorio del poema. Pero eso no se hace con un disparo y a tiro cierto. Porque en mi circo y en mi cantina visceral, cada botella tiene una intención y un esquema emocional y rumbo. Y son muchas botellas que no se llevan bien entre sí. Por eso, hay un proceso de ensilamiento y borrachera de balas y escenarios quemados, que van desvelando el numen de cada botella. El orgasmo de cada botella concluida, inyecta un asesinato que ayuda a abrazar otra botella y su misterio y su blues. Y una vez embriagados, vuelve la muerte. Y podemos ser jodidamente absurdos y encayarnos en el juego de las sillitas dando vueltas y vueltas hasta que las hachas y el fuego nos destierran del todo. Pero tras cada asesinato, el juglar vuelve a empezar.

Éste jodido laberinto de lunáticos, es un embarazo de literatura, con muchas complicaciones y amenazas de aborto. Y es la literatura la única que lo concluye y se saca a la bestia de dentro dándole una nueva vida.
Pero no sabemos cuándo.
Es inimaginable la resistencia que la bestia hace por crecer y alimentarse de nosotros.

Y mientras sólo podemos darle a la literatura lo que pide.
He estado por ahí con un compa. Y me entró el aire por todas las tapas de la alcantarilla suburbana de mi fulana enajenada del cuarto de fusibles. Me hizo reír. Esa risa que nace de las entrañas y retumba intemperie por todas las sombras hasta que caen lágrimas de los ojos. Sentí su salvajidad, su anarquía, rodeada por el misterio de aves nocturnas y venados. Una empatía del dadá, aunque mi guitarra tocara un fado se vivió de lluvia sobre el abordaje a lo vivo. El numen sintió un vals. Las sombras del aire se enredaban en pájaros que nos daban la razón. Y todo se hizo más etéreo y rizomático. El peso de la metafísica rompió la pantalla y se dejó ir. De pronto los problemas no eran problemas, eran posibilidades cósmicas de la polilla submarina aprendiendo significados y pasos de baile. Su profundidad me obligaba a la sinceridad. Como si nada pudiera esconderse al viento. Como si ningún trazo lo retratara. Él era más allá de la noción. Como si empezara mucho antes que el tiempo, como si acabara mucho después de su final.

Vi viejas fotografías junto a él cuando era tan sencillo irse con los perros de la luna y perder la guerra ganando una canción y una vida sin amarras.
Y eso me desarmó. Me enfrió la ciudad en los añicos de tu tinta. Se congeló la sangre en el temblor de la hierba cuando ya no huele su delirio a mí ni los desheredados del canto aún no nacido rompen en la mar. 
El cielo bajo de disparos de negrillo en campos de barbecho, me atrae a la penumbra de sobrevivirte sin tu pasión gitana en mi carne, sin tu regadío en la literatura que nace cuando ha muerto la fe. 
No se cierra el abismo que separó a la poesía de tu sombra. Tan desoladamente de un final sin esperanza para el vagabundo que guardó tus luceros donde ya no podría tomarlos en la oscuridad. Te hundiste bajo todo lo hundido rompiendo los cascos y las palabras. El gemido de la muerte no pudo devolverme el amor que contra las cárceles usaba tu asilo para darme intemperie y sueño. Y sin él, en la vuelta de tu engaño, no hay ninguna tierra que estercole mi lágrima contra el rey y por la vida, en la guarida de desterrados cuando el coraje eligió la nada.
Lloro contra lo que escribo y lo que queda.
Lloro infame y dinamita, el abismo que no pude enredar en tu guitarra.
La soledad que no supe acariciar en tu perro.
El libro que no escribió tu ausencia en mis margaritas.
El siguiente paso, ahorcado en la soga de lo que excluiste en mi cuerpo al golpe del viento. Cuando imponía la fiereza, deshacerse de todo lo visto para encayar la aurora boreal del sonámbulo asesino de las formas, a asalto en tu yugular, desde el espejo destrozado del tiritar del deseo en tus asesinadas estrellas ahogándome todos los paisajes, en mi lágrima-autopsia de tu ocaso infinito, pasto de muerte sin ti todos los versos que quedan.
Ultraje del sello y de la pala, en mi necesidad de alcanzarte el beso que atormenta a tu ausencia en mis muslos, cuando los barcos, suicidas te buscan en el infierno para entregarte mi último dolor.
No es fácil para mí, hacerme un lugar entre los lugares. Ni encender el fuego desde el temblor de otros ojos en mi cántaro de pájaro y humo. La obsesión de la despedida, destruye el ajedrez cuando hay que matar al cartero y nunca hiciste caso al ejemplo que te mantuvo con vida.

Tengo tétrica abstinencia a morir en tus labios-cáliz del infierno cuando bajo tierra mis dados toman lo que no existe a doble o nada.

Divago demasiado sola para que el amanecer reparta el botín de los exiliados. Me acostumbro oscuramente a que ninguna distancia acerque tu sombra a mi llagar. 

Sólo quedó violencia.

Mientras me adentro en el olvido, los pronósticos del blues, rompen tus gafas en la piel de mi mandarina que ahora es una cuchilla jodiendo los planes y las consideraciones de la belleza en mi secuestrada muerta de tu esquina.

Ella tan putamente enamorada del polvo esperó la vuelta de la cruz en la absenta en ti, en vano.

Los clavos maceraban belladona al óxido del tiempo en las curvas de bromuro de tu deseo en mis tumbas.

Y a mordiscos y puñaladas el agujero sacó al agujero en una luna demasiado sangrienta para que volviera a dormir entre tus brazos ni a soñar tu mirada de tequila y rama, en el callejón sin salida de la prisa de mis naufragios.

El síndrome de estocolmo de la espada volvió al coágulo de la ausencia contra tus significados.
Tan hambrienta del desvarío que habías encayado en la avalancha de mi deseo.
Que sólo el odio recuerda porqué lo hicimos y te absuelve.

El mal de altura del paso que pisa tus estampas y viola a tus ídolos cuando el orgullo del fuego te hace tragar la ceniza que en el paraíso del pecado usaste para escribirme todo lo que tuvimos cuando inmortales desoímos todas las praxis que cicatrizó el deseo entre los naufragios que tomamos vino tinto y fortuna.

La mueca del opio, rasga tu torva, en el inseguro invierno que sobrepasa los límites de tu memoria. Aquí, entre mis papeles y tu derrota, tomada como templo para el matrimonio de la mar en las lanzas de escombros que requisan mi sudor en tus uñas.

Me pierdo sin tu perdón en la revancha del surrealismo contra los suelos que agarraron tu borrachera en el desmayo de mi pasión en tus infamias.

Era mano a mano, agujero a agujero. La lágrima corregirá la llaga en la pleamar de lo clandestino. Cuando esté más cansada. Cuando no tenga fuerzas para asediarte en la culpa de la droga. Ni entre mis garras tu gato entre en el celo de la tormenta que desola mi habitación en el estómago de la noche.

Se cantará arista y fosa séptica, mientras tus huesos se desenredan de mi rosa.
Se cantará contra la música, mientras oscila tu descomposición en la hambruna de mi pájaro.

No se puede salir sino arde toda la caravana en la revancha de la brecha.
No se puede sin víctimas y ambulantes decenas del contrabando de la trasfusión de tu oscuridad en mi trombón de los sin nadie. Cuelgan perros sin dueño tu faro en mi cementerio. Cuando la misma bala que te acorrala en la depredación de mi mal te salva en el esqueje que brota submarino del olvido para amarte.
Para que el inconsciente baile el dadá, tiene que fluir sin nacionalismos, ni contención, ni tabú, Tiene que arropar todo lo que fue y embrujarlo de la danza del éter cuando todo ha sido, justo lo necesario para que hoy conozcas el poema y la anarquía.

Pero en la psique hay muchos centros gravitatorios. Y a veces se nos clava un hueso de dinosaurio en el estómago. Una tumba que nos cayó encima aplastando las flores y los búfalos. Una alteración de la sinapsis en Comala. Un chingo ahogándote en un tétrico tráfico de influencias sin tu favor. 

Y entonces, el surrealismo, se vuelve en nuestra contra.

Y hay que desatar el nudo.

La alegría, es el dadá. La liberación insurgente del numen, el mago, la cuántica, es el comunismo libertario de lo irracional y de lo inefable arrebatándose del éter e integrando en el psicopompo al roto y al descosido que suburbanos tocaban la guitarra del mucho más allá de la oscuridad.

Pero muchas veces, en el viaje, encontramos el desierto de la huesera.

Un símbolo poético se atasca en la pala que desahoga a la malvas en los callejeros de tu infortunio.
Un desambarazo por la culata te asfixió con el cordón umbilical y el líquido amniótico derramado y violento abortó tu alma en la contracción de Marte que vino en busca de tus ahogos, con lápiz de dinamita y mil muertes en su musa.

Y entonces todo lo que podamos hacer será poco.

Hay que vomitar, en cada cuenta del suelo sobre tus hombros, la manzana y el agujero de gusano. Azuzar el accidente en la fatalidad que promete un final de usar y tirar. Tomarlo como si fuera dios, aunque es una epidemia que borrará tus huellas en el relincho del averno.

Hay que encontrar la llave que esconden las amenazas del surrealismo.

Hay que purgar los hechos, mil veces sin hacerlo ninguna.
Hay que mirar desde el ojo de la cucaracha, desde el águila, desde las fosas sépticas, desde la locura y la angustia y el asco y el frenazo en tu costillar y la enfermedad y las luces de san telmo y el fango y la estrella y el dragón.

Hay que sacarlo todo metiéndolo todo hacia dentro. Y quemar el cielo.

Hay que hacer una jauría con lo abstracto.
Bajar al pozo sin fondo de lo inconsciente desde el hilo de la araña y meter dentro la dinamita o el monzón. Arrancarse la piel en el vals y en el velorio.

Muchas veces.
Sin llegar. 
Sin encontrar a dios ni a la paz ni al salve.

Y aunque enajene, es la única manera, de que el surrealismo nos vuelva a amar.
Tengo que purgar de mi psique, todos esos pensamientos-carbón y hacha. Esas emociones guillotina en el desangramiento de urraca entre mis tetas. Esos sabotajes del alud cuando las farolas te parten la cebeza. Tal vez no es bonito mientras. No sigues bien el ritmo. Es demasiado a pecho hundido bajo tierra. Lo que te atrae al fango también toma el verso y lo destruye. Necesita un proceso. Hay que ir abriendo claraboyas desde la bala que busca tu sien. La escritura automática conecta el acceso. Hay un yo condenado a la muerte. Cuando tome la palabra y el grito, un ascensor llegará al inframundo, saldrán jaurías y humus. No te lamentes de que no sea hoy lo que necesitas. Nunca lo es ahí. 

Cuando el inconsciente esté liberado, vistiéndote con su sangre la piel y el fondo oscuro del vacío que arrojas con tu esqueleto a la melaza de la tierra que estercolan tus desaparecidos, podrás moverte, volverá la música.

Ese amor que desolaste cuando la huesera quemó tu casa, yace en el estiércol que vela la mandrágora que anilla la lluvia al abril que abre túneles entre los portazos. El numen está detrás de tu intento homicida. Es potencialmente desechable e inerte todo lo que sientes mientras te acercas. No hará punk. No vestirá de gala al cadáver. No despertará la vehemencia ni hará héroes tras el olvido. Te llegará como una náusea que derrite tu boca en los ortigales. Sin revolución. Sin belleza. Pero es obligatorio pasar por aquí. Vomitar las metáforas de los muertos vivientes. Soportar el sufragio del asco y la insatisfacción. No tener palmas ni coro ni braseros.

El inframundo visceral muestra así a sus animales.
Ellos se acercan un paso en la amenaza del abismo.
Tú conoces su olor. Revierte el peyote sus colmillos al hundir en tu carne la violencia del destierro.
Penetra la luz clandestina de la cueva.
Aunque lo quemarías todo. Aunque te desharías de todo.
No hay que hacerlo jamás.

Oscila la oscuridad hasta su fosa más profunda. El hilo de plata, lleva 8 tentáculos de cubismo tras la aurora boreal que sabe quién eres aunque tú te hayas condenado. Al mantener el paso, la fuerza opuesta deja caer su canto en la sombra que la bestia ata a tu yugular. Y sólo así sale.
Era ese armadillo de cráteres de lágrima disecada en la flor de tu insomnio, colgando de la soga del frío entre mis dedos, regresándote del río de los muertos ahorcado en mi garganta, como el grito, como el llagar destruido cuando los ojos penetran la orilla en el hambre del sol y tu sed se queda con mi memoria.

Y entre los puntos suspensivos, mi aguja volvía a la erosión de tu hueso en el reclamo de mi tumba. Portaba 15 gotas de tu sangre cuando el lirio me pedía asilo entre la nada.

Todavía es demasiado denso el movimiento del fado en la oscuridad.

Tu tijera y tu zapato abandonado, en la azotea del abandono, inhalan la sequía de mi río, como un burka que destruye mis trompas de falopio cuando la luna exige amantes.

No solté la carga;

De tu dedo en mi vagina. De tu barro en mi vestido. Del grito del chacal arañándote el yeso con el que contraías el viento del diente de león en mi diario. Y escupía la brecha. Separaba insaciablemente mi sombra de tu nombre. La paz de lo que dejó la ruina al acabarse. No hacían tretas los juglares. El decrecento de la niebla ensañó en tu hueco la distopía que bebía de tus venas los laberintos del Fauno que yo arrojaba contra el abismo cuando necesitaba tanto su gravedad en el hecho que dejaste fuera cuando me sacaba los cristales de la mano y recomponía el pentagrama de tu humo.

Es necesaria ésta jodida lentitud del desgarro. Sólo así los fantasmas se hacen corpóreos del viento que parte en dos la puerta. La pasión viene después. Los subterfugios de la oscuridad en crecimiento, agarran en el precipicio de lo abstracto pasos de hierro fundido en el desierto. La rosa de jericó bosteza. Toma la mano mortal de su antípoda. El ojo de cristal baja la escalera, te guiña la bancarrota de un fracaso amante. Aún es pronto para entender su amor.

Las canciones que empiezan en el estómago del Minotauro sólo hacen bailar a la muerte. Reconstruir la herida del abstracto hasta que el dadá recobre su fuerza, a veces es llorar toneladas de piedra en el caparazón de la tortuga.

Tengo que recuperar la claridad mental. La creación poética, la musicalidad.
Estos años con Yos... era una relación demasiado mundana e incompatible en lo profundo que me hizo tomar disfraces que llenaban de cenizas mi intimidad con el verbo.
Durante estos meses escribí demasiado metapsíquismo creyendo que la comprensión de las fuerzas podría transformarlas. Pero no es así. Porque la carga irracional, necesita el baile del surrealismo. La sombra y los sarcófagos de lo emocional sólo se mueven de sitio en los instrumentos dadás. En las paradojas poéticas. En la profundidad de las antagonias teñidas por el baile. Cuando las metáforas vayan sustituyendo el poso de la sombra visceral y su nudo, las metáforas llevarán a la cuántica y a otra relación con los "objetos" que arroban el espanto o la pasión.
La metafísica ejercía represión a aspectos de mi psique. Ellos se rebelaban en el sótano del inconsciente y creaban obsesiones y fados. No tenían a la poesía. Yo me había negado a la poesía y eso me amputaba y me hacía rígida. Es necesario que vuelva a introducirme en el laboratorio onírico que precede a la palabra. Que soporte allí el conflicto y las fuerzas contrarias y construya un idioma que permita a todo el ser declararse y cantar.
Cantar los líquenes en la roca cuando traga la guitarra la mar y escupe muertos que tapian tu ventana en la popularidad del verano tras el socavón que mi nieve contra ti llora la sangre del ciervo en la dentellada de un final cualquiera que no siga el estribillo.
Sólo queda el canto del fracaso. Cuando acusan las costas los volantes de urgencia de tu yonki tan sólo de dios y de las palmas, tan contraste de las malvas en las leyendas del moho, seguidilla de mi esquela al panal de Mercurio cuando nadie quedaba ya atrás. Sólo el amor podía salvarnos. Y tuvimos que darle montaje para que el enema hiciera efecto en la vía cruzada a hierro fundido en tu vena cuando era yo la puta literatura que nos dejaba sin nada, cuando era yo la que escondías en la cena del chacal y jamás querías que te vieran conmigo. Porque no era normal. Porque tenía una tonelada de protozoos para tirar por la cadena lo que aprendí contigo. No pertenecía a tu cultura, no defendía tu moral, no era patria de tu imponderable, no era previsto de tu caudal, no era bordado de tu verdad, no era testigo de tu noción de la realidad. Debiste tirar a matar cuando aún la luna conservaba tu rezo.
Pero lo incomprobado quiso el fusil.
Abre la tapa de la tumba.
Cantarán las cucarachas la fe que te queda para mentir.
Recogerá el surrealismo negro el ojo por ojo.
Abrirá la inexistencia el ocaso de la xana en tu beso de sima y de sanatorio.
Los clavos de Frakenstein llenarán de rosas tu lecho.
Acabará en mi puñal, tupida aurora boreal, en la noche libre de tu ladrón.
Cuando los dos hicimos lo mismo para desamarrar la médula de la sarna de dios.
Paso de fuego en la encinta sepultura de tu sombra. Era lo más parecido a la paz. No llores lo que no supiste defender como perro. La luna sólo nos dio una megafonía para desherir la bajeza. Quisiste lavarme la cara con bromuro. No sangres ya la chabola en la que te entierran mis hermanos.
Me desarraigué cuando las rosas dejaron de dar explicaciones al llanto incerrable de mi abuelo. Cuando sólo los mendigos conocían las estrellas. Cuando sólo los perros me acariciaban la montaña mientras el asfalto sostenía el crimen del civismo.
Ya nunca tuve nada más que la nada para golpear el tambor  y amar tus labios.
Tus labios que no eran mapa-mundi, que no eran diccionario ni barricada, que no quitaban mi sed, que no curaban mis heridas, que no sabían lo que sentía. Tus labios que fueron todos los caminos cuando nada tenía un argumento ni una tierra a la que llegar. 
Tus labios delirio y muerte de un propósito dadá sin mundo.
Nunca fuiste responsable del suicidio de Alicia en tu cuerpo.
Ella quería morir mucho antes de que aprendieras el día en el que acaba abril.
Era amante de amantes precipicio, de amantes fracaso, de amantes despliegue de la sin razón, escalofrío invernal en la electricidad de las anguilas iluminando el infierno cuando ya nadie quiere salir.
Tú nunca fuiste culpable de mi lágrima.
Mucho antes de que conocieras el odio y mi cuerpo, ella había decido llorarte en las playas volcánicas de un final que no recordaba ninguna historia.

Al desclaro del espinazo del cielo, tu longitud quemó la marihuana de la hipotenusa de mi destierro. Eco que rehabitaba la llama de un canto paleozoico sin nadie. A la pulla de tu esqueleto-bola de cristal de la bohemia. Carne de cañón en el malsonante axioma de los desperfectos. Me perdieron las maneras de salir del quicio de la secuela de tu hambre. Pero era mía. No tenía un silencio que unir a tu frío. No conocía la forma de darte esperanza. Nunca tuve nada más que la nada reequilibrando el vino derramado en la osadía de esas tretas del despojo.
Estuve ensoñando una hora. No me llegué a dormir. Era la sombra. Me agarraba y disociaba el contexto y el resto de mi historia. Por la metafísica sólo se llega al callejón con los ojos cerrados en el animal que se resiste cuando finges que sabes lo que haces y que tienes el control y él desgarra tu pellejo y respira sobre ti la nada inhalándote la razón. Cada cierto tiempo llego a la misma conclusión. Desde ahí abajo no se sale. Lo irracional necesita la fiesta irracional. La desdicha, el puñal y la quimera en esos bailes del salón de la casa asaltada con los faroles que el juglar se tira en tu cama. Da igual desde cuántas perspectivas lo mires. Te dará el verbo arrancándote los órganos. La llave abrirá otro laberinto. La lejanía te tomará como rehén trágico de una desventura maniaca de un alfiler-proxeneta en tu entraña. Cuánto antes te des por perdido antes serás libre. Sino hay salida baila, la música abrirá el firmamento. Si te aferras a algo estarás jodido. Si quieres una buena razón te quedarás sin ninguna.

Yo no quería así como así, coserte el agujero de mi bolsillo en la mendicidad de nuestra carroña, cuando suburbanos mercenarios del teatro daban carne cruda a cambio de llevárselo todo. Me resistí a la evanescencia de tu Comala en mi sombra de lagarto cuando yacía la inmemoria de la abuela en esas manos de arcilla, inmolaban un dios que nunca dijo nada, asumía lo imposible, los costos y desperfectos. La pesadilla volvía a por tus planes. Mi pobreza rasgaba el papel de plata en los cuartos oscuros de tu perfección cortando las venas a Sísifo cuando ya no existían montañas.

Lo hice jodidamente mal.
Te engañaba en el arañazo de la lluvia para ver si crecía hierba de las ruinas. Tenía a bien no reunir mi memoria para que el trazo de hojalata y hachís dibujara tu sonrisa en mis cartones. Pero sólo duerme tu espanto conmigo desde entonces. 

No se calman las bestias con la filosofía.
Las palabras no detienen el hambre.
No rigen los acuerdos de amor.
La poesía no mata al presidente. No detiene al asesino.

Sólo la barricada del éter cuando estás entre las cuerdas.
Sólo el pornodadá cuando hueles las malvas que traerá el vacío.
Ríndete a lo que llevas dentro. Con punk. Con pólvora. Con ingratitud.
No encajamos. Ni a la caja de madera. Ni tuba y Alejandría. Ni su solución.
Bailó la hoguera desafiando contracorriente la mar.
No había ningún sitio para ti.
Perdiste la calma, cuando la paz social, ponía murallas al viento y asesinaba en la puerta de atrás cuando no había más ojos que su rey y su juez jurando que nunca pasó.
Se te quedó la discordia como el único hogar. Buda nunca tuvo para ti un viaje a la derecha de dios.
Se te agarró el barriobajo cuando viste ese botín de carroñeros pujando por tu carne y sudor y haciendo un burdel en el vientre de tu madre.
Todos eran tan neutrales, tan cívicos, tan incapaces de hacer sombra al aliento del crimen. Tan oficiados y aconsejados por la buena mentalidad de la honestidad-mentira que cotizó en hacienda sus costumbres y sus muertos a costa de la verdad y de la justicia.
Quisieron hacer con tus raíces un código de barras dándole todo a la banca. Echando tu memoria a la cuneta y construyendo encima al corte inglés.
Haciendo enemigo a tu hermano.
Haciendo competencia del aire. 
Privatizando el Sol.
Ahogándote en fango y renta.
Y poniendo a la venta, la palabra y todo lo que miras.

Ya no pudiste nunca más quedarte.
No saliste del filo.
No acabaste la pólvora.
No hiciste casa.
No llegaste al amor ni a ninguna parte.

Te arropaba solitario bandido del calor de Drácula contra las cárceles.
No podrías nunca más pertenecer.

Eras hijo de la ruina y de la guerra.
Era obsceno e infame el cielo que oía.

Sólo la discordia te velaba.
Sólo la locura razonaba entre esas fosas sépticas de la humanidad cosidas a puñaladas contra tu corazón y tus alas.

No les pidas la siguiente línea ni la oración.
No cojas sus trabajos, ni sus templos, ni sus silencios.

Tuya sola la antagonia.
La nitroglicerina.
La contra.
La angustia.
El desarraigo.
El destierro.
El infierno entre ellos.

Jamás su paz ni su cordura ni su nación ni su esperanza de vida.
Sólo de paso en la sepultura.
Sin posar mi mano desnuda ni mi razón.
Sin enredar mi lágrima en tu sonambulismo ni a tu oído sordo ni al desertor suelo tan cerca de la nada.
Sin apoyarte mi hombro en tu hueso helado. Ni en tu cante jondo. Ni a jodido incómodo plazo de jadearte final.

Sólo de a vueltas que da el vaso, cuando la vida se para, en lo que nunca duró nada más que el delirio de tu lengua en mi cueva de liar, al porro, a las malas maneras de perder y liberarse.
Cerró el metro en tu alijo de mis engaños.
El túnel nunca más conoció la luz.
Y tu mezcal entre las uñas de la ingratitud, me detuvo junto a ti, con todo el amor que era capaz a recordar mientras vomitaba el mueble-bar mis neuronas en la amnesia de la rumba que sobre tus kilómetros trazó el maná.
Y juré. Atrapada mariposa en tu paladar.
Con su sabor tarareándome el rayo para despertar al gusano que podría acoger a tu asesino en paro en mi flor.

Sólo de aire.
Sin acabar.
Tras el cruce de piernas de la sombra-cartón de tu escalera en mi eslabón perdido, te entregué mi dolor horchata y madre-gato, cuando nadie daba un duro por nosotros, cuando yo tampoco podía sobornar a los hechos para que nos guardaran un plato caliente y un cacho de futuro.
Me dediqué al desembarazo de tu alma partida en mi himen, de tus rizos de escabeche en mi melaza, de tu puerta de salida en mi mala vista, con tierra de por medio tapándote el cuerpo en el sótano de mi escenario para que no lo encontrara nunca más mi soledad.
De visita en los colchones de tus patologías, cayeron las paredes que separaban nuestros adioses. 
Fotografía en blanco y negro en tu bipolaridad, espina de trucha en la divergencia de tu sangre escrita en mi espalda, cuando por torpeza, por santo apedreado, por apostasia en la ruleta, por cielo bajo el agua, por la vida sin ti, parió la Llorona todos los ríos en el chile de la luna, madre de todos los desarraigados, te dio mis flores cuando moría de viento y nacía de chunga y al borde, del te quiero porque quiero, todo el más, era ya tuyo.
Todavía estoy algo distraída. 
Ayer me dio la airada del mordisco del callejón en el blues. El acceso a esa catarsis etílica que hace canciones con lo mismo que nos destruye y convierte en columpios lo que eran sogas. Eso me ayudó a hacer alquimia en el nigredo. 
Y aunque me embriagué un poco sentí una resurrección y elasticidad etérea. 

A veces necesito ese acceso a la metáfora que entre la vida y la muerte aporrea pájaros en el olvido. Es una forma de sanarme. El bocajarro visceral ya no huye de sí mismo, toma su propia carga magnética y aúlla. La ira, la pasión, el desencanto, se entremezclan más allá de sí mismos, y permiten que la sombra baile.

Hoy siento que viajé por miles de mares en mis sueños. Ese hueso clavado en la estatua de sal, bebió la vida de los tejos y abrió balcones en mi oscuridad que alargaban sus brazos hacia ese pentagrama ensilado de mandrágoras obtusas de tu patria muerta en el pico de la gaviota.
Todavía no estoy aquí. Los significados están empañados por expresionistas puentes del vapor del rosal en ese cuarto oscuro que escribe tus secretos en el reclamo del mar.
Mis sueños hoy fueron una apertura de la opacidad del grito. Algo en lo más profundo provocó esperanza y una metamorfosis. Cuando encuentras un camino en tus sueños, luego lo recorrerás en la tierra.
En la madrugada me desperté a beber agua. Y también estaba soñando el inicio del sueño posterior. Yo me iba soltando del peso de la actriz en muchos comandos psíquicos y existenciales y Yos apareció representado en un árbol flotante y negro, yo sólo tenía que soltarlo, verlo desde lejos, dejar que el movimiento siguiera. Pero visceralmente algo se resistía a hacerlo.  Cuando volví a acostarme retomé conscientemente el sueño del árbol para soltarlo, pero mis emociones anclaban su atención allí, me hipnotizaban y no era capaz, me acercaba cada vez más al árbol. Así que dejé de pensar y sentir sobre ello para soñar otras cosas. Los sueños de la mañana volvieron allí y ese conflicto encontró un camino de libertad.

Emocionalmente siento la deuda y la revancha de una herida. Y mi eneatipo 5 tiende a adentrarse metafísicamente en el estertor existencial y en la oscuridad de esa brecha, para darme una canción que me deje marcharme. Pero esto no funciona así. Si le das tu atención, te atrapa. Aunque la intención sea dárselo al viento. 

No se puede soltar desde dentro. Hay que soltarlo desde la altura de los pájaros.


Hoy tuve muchos sueños.
En uno yo estaba en un zoológico inmenso, había espacios abiertos, yo estaba incómoda recorriendo aquél espacio en el que había extraños animales, era una especie de excursión, luego el zoo incluía a unas criaturas semihumanas que estaban atadas a cadenas, su aspecto era humano pero eran de otro planeta, eso me hizo llorar y llorar y querer irme de allí, no soportaba ver aquella escena y el sufrimiento de esas personas.
Después aparecía una chica del grupo que no había querido entrar al zoológico y una voz dijo que ella es verdaderamente buena.
Luego yo estaba nadando en el mar y mientras lo hacía trataba de conectar con Fauno.
Cuando salí alguien me dijo que había visto cruzarse ante mí un ser mágico y volador que utilizaba la forma de un pez y que eso era muy peligroso que lo atraje porque mi densidad energética no era la misma que la suya. Yo le dije que mientras nadaba era consciente de que me rodeaba algo en la mar pero que no tiene porqué ser malo. Mi sensación interna, era alegría de que aquella criatura se hubiera manifestado.
Luego soñé con el centro telúrico del quebranto y se convertía en alegría. Había algo desde lo profundo que me daba una metamorfosis y soltaba la carga sufriente, tenía qué ver con la perspectiva que el poema dejaba sobre Yos.
Cuando te comen las malvas, el violín que habías tirado a triple mortal en la lista de espera del abismo. No tendrás amor roto y cochambroso que dormir en la hiel de Drácula para que la ingratitud te suba las vocales en el útero del cielo.
Todo partirá.
Y no será por obra.
No será por tu belleza.
No te hará libre.
Al duelo de la pólvora. El bando se hará huérfano.
Arderán las orillas.
Sin dios y sin ti, entre las líneas del fulgor.
Te llevará la locura.

Déjalo todo al viento.

Nada más. Siete esquinas tenía la comba. Te quemaron las cuerdas vocales. Bebe hoy con los alcohólicos románticos del descuido de Sísifo. Cualquier idea, sería mala inversión.

Allá, dios no oyó nada.
El civismo esperaba tu muerte.
Sellaste el paro en las heces de Atilas.
El prostíbulo te dio paradoja de escorbuto.
Remata en el agujero de gusano.
No acuses tu ceniza.
No abuses tu carcoma.
No pidas más.

Tómalo todo.
No querrán que lo tengas.
Llora en mis senos la serpiente de la noche obscura de tu alma.

Nos morderá lo extraño.
Perturbados y borrachos abocaremos el vicio a la profundidad del dios muerto.

No serás jamás un ciudadano.
Te autoinmolaste cuando el motor pidió ruido.
Las monedas no entraban en tu herida abierta en canal.
La discográfica no chupaba tu sangre.
Tus pretensiones murieron de puro asco.
Y de quicio, a la vacante del pirómano.

Díselo a la rata.
Ella te dará el amor que roba la tierra.
Bebo por tangente para que el velorio encuentre las señales de humo de la rata que nos sobrevivió, hija de las rosas y de ese parné tomado con cuchillo, cuando ninguna llave, abría la caja. De Matrioska en la legaña de las malvas, me hice tu oculista. Y me pesó, cien años, tu pelo en mi boca.

Una voz dice;
Hazte pacifista.
Deja la carne.
Haz gimnasia siete días por semana.
No fumes.
No tomes.
No comas la tentación.
No tragues saliva.
No te hagas tantas preguntas.
Toca la tierra.
Desintóxicate.
Ámalo todo.
Medita. Respira. Párate entre las piernas de dios.
Vive 200 años. Encuentra la eternidad.
Entrégate a Buda, a Cristo, a la Pachamama, a la santa salvación de tu jodida alma. 

Pero no se me da.

Elijo el barriobajo.
La fe de los que no tienen fe.
El fallo del sistema.
El de perdidos al mar.
Sucumbo a lo que llevo dentro.
No soy lo que debería de ser.
Ese dios no me incluye.

Me tiran abajo los abajos de la no redención amante de la luna.
Yo no quiero hacer nada para llegar.
No quiero levantar una torre, ni un templo, ni una muralla, ni una nación.
No quiero aislar al bien de todo lo otro que soy.
No quiero hacerme un exorcismo.
No quiero pedir perdón por lo que fue del fuego.
No quiero pagar rehenes ni crucifijos.
No quiero por mi culpa.
No quiero cotizar en ninguna buena idea, ni matrimonio, ni salvación.

Asumo que nací agujereadamente pura desazón.

No renuncio al canto.
Pero no pago al barquero.

La vieja que lloró lombrices en mi corazón, soy también yo.

Peco de ludapatía, de amor de mafia e imposible, de delirium tremens cuando arde el último leño del hogar, de asco al civismo, de ira en mi deriva cuando tu piel era una cuchilla, cuando su nómina era un prostíbulo, cuando su cultura, era una jaula, cuando su cielo era muerte, cuando su cementerio era una multinacional.

Peco de divergencia cuando sus rectas son el gana la banca y tú te arrodillas y tragas fango.
Peco de naufragio cuando su costa es plástico y cemento.
Discrepo con dinamita y muerte cuando el tener es sobre los olvidados, a precinto y policía, asquerosa cordura.
 
Cuando no hay perdón. Ni entre las vías, perder tus maneras y descarrilar.
Cuando nada de lo que tú digas. Nada de lo que yo mienta.
De a papelera, tu espantapájaros mendigando en mis escombros al gato muerto. Y de bromuro y de infarto nadie se quedó con razones. Y la justicia sin manos te ahorcó en mi mediodía. Y sin ojos sepulté esa poesía que hartaste en mi hartura. Tan desalmada de tenerte. Tan nada de amarte.

Y aquí caigo.
Me deprimo en la subida que repone el mercadona en el zarpazo de mi vaso.
Bullicio de manicomios cuando los que no son suicidas ya han muerto.

No te agarrará el sistema nada más que para que te coman los gusanos.
No malgastes tu hambre en sus favores. Su paz es apetito de carroña. Su luz es tu deuda. La pagarás con tu vida mientras te hunde la monotomía en el fango que levanta sus naciones.

Toma el camino oscuro.
El tumbo. El chingo. El error. Lo raro.
Desclasíficate.
Vístete con babas de caracol.
Destruye el tráfico. Se la zorra tétrica del pinchazo de esa ambulancia en las arterias del Cristo que te separó para siempre de la salvación.

A tu delicadeza no le quedó ni el rezo.
Me agarran las sombras de ese sueño desertado en tu boca. Al principio lo dejé pasar. Estornudaron las cuevas en los petirrojos, el fuego decidió por los dos, marionetas de Luna, al desquite, sin compartirte los fines de semanas, ni tirarte el vino desde mi sangre en busca de arquitectos del desamago. Pero algo muy malo pasó conmigo cuando mi calle te chantajeó la cantina de la sed y quiso de tu tumba, una salida. Que ni el cinismo. Ni contrato verbal. Ni por tu culpa.

Hoy no sé dónde voy.
Le doy vino y saña a mi orgullo y tristeza.
Pongo más piedras sobre las piedras que pusiste en mi pecho.
Tu ruin cordura cerró mis bares tras la puta sotana cuando ardía el cielo y no me miraste y temiste quemarte con la llama que los dos pusimos entre la muerte y la literatura. Eligió el botiquín de tu madre el suicidio asistido del juglar que había salido redondo en mi cuchillo.

Con el dedo metido en tu culo, Madre María, nos dio un desenlace. Era lo más feliz a lo que aspiraba mi religión en tu montaje resentido del truco-trato del enema de la rata en el soplo del rayo que inhalabas en mis prostíbulos y salía todo muy caro y muy cruz y muy perra cuando preguntaban quién había metido la mierda sin hacer ruido.
Hoy me dio esa angustia suicida. Esas ganas de destruirlo todo y seguir el incendio del bocajarro hasta que la ausencia deje de pedirme la palabra y el camino. Me retuerce una violencia que tras tu despedida no deja viva la madreselva con la que acaricié tu lluvia en ese motín de mi muerte cuando la misma boca mordía en el tejo mi final cruzando en tu cuerpo.  No estabas allí cuando el espanto atrajo tu oscuridad a esa aguja que en mi piel no dejaba nada de nosotros. Hiciste bien en no gritar y asegurarte un camino más fácil lejos de mí.
El texto anterior me hizo vomitar literalmente. A veces toco ciertas gravedades entre fuerzas antagónicas que me dan una profunda náusea. Tal vez es la lágrima no llorada. La niña perdida tan lejos. Algo en el pesa-nervios que retumba hacia una tierra inhabitable. La ausencia del amor. El paso de Tigre entre cadáveres. 

Antes me pasaba muy a menudo. Lloraba vomitando. Es síntoma de una guerra civil en la psique. Hay un desgarro que busca la insurgencia de Loba y encuentra costas que no cuajan en su canto, tierras que exilian y amores que destruyen.

El texto anterior atacaba los motivos de Alicia. Por eso vomité. Porque estaba destruyendo un yo.
Es mejor que le dé palabras a la ira que oculta tu historia entre mis ojales de monzón. Que ella esculpa tu puente en la dinamita de mis simas y que defienda el amor condenado a rebatirse en la revancha del hueco que con una bala unió nuestra infamia en la exibicionista costa de los colgados.

Son esos detalles que nunca quise escribir, rompiendo mi ventana en el fango que dejaste. Pero algo me impide coger la pistola. Un extraño aliento del sol en las ruinas. Cuando cabalgan las sombras en la sota de bastos destazando el suelo que acogió tu oscuridad en mi fe. 

Necesito el retrato del hombre. Desnudo. Sin la droga del Teatro. Pujé todas las noches entre tus piernas, por la dramaturgia que velara mi pasión y la humedad del poema, contra ti, contra los hechos. No era suficiente la verdad para que mi corazón latiera entre tus brazos. Creé sobre ti la obra que absolviera tu miseria y tu estupidez en mi punto G y en la mar que necesitaba poner entre tus ojos y los míos.

La necesité más que a mí misma. Para que el vino deshojara mi muerte en la violencia de la eternidad. Compré todas sus milongas y las derretí en los labios de la nada, obligándolas a multiplicarse en el opio que rompía el himen de mi noche.

Pero el retrato del hombre, era frío y vulgar. 
Era el poema al que amaba. 
Era el poema el que detenía mis ganas de matarte.
Me rindo ante el poema.
Lo elijo, en el aullido del éter. Lo apologo a su terrorismo en mi agujero del árbol. Voy vestida con sus balas y sus tumbas. Ellas te quitan la ropa y te arañan el dios que no existe desde mi rezo. Te cosen a la alucinación como pieza de caza y náufrago del infinito. La escritura te elige para perpetrarse. Ella caminaba hacia el secreto del inframundo. Tú eras la guerra perfecta para mostrar el arma, el tapujo, la obsesión, la irreconciliable distancia entre la literatura y el sarcófago que protegía a la verdad entre las bestias.
Eras profundo en el espanto y en el frío. Eras enemigo en la metafísica y en la palabra. Eras la contra de mis hechos. La fosa séptica de mi moral. El fango ahogando mis hiedras.

El Teatro quería seguir hasta que las víctimas calcinadas pusieran en barbecho todo lo vivo.

La pólvora no se sació con tu hombre.
Porque te había devorado la literatura desde el día que me tocaste.

La guerra sigue siendo el poema.
Él penetra tu cadáver en busca del numen.
Pero ahí apenas hay restos de ti.
Sino el efecto en cadena del verso de fuego destruyendo la historia que el actor eligió para morir. 
Imponiendo su desacato, cuando te caíste del argumento por fallida valía para la musa. Tan hombre de repente, tan gusano agujereando la carne de Atilas entre mis serpientes.

Y él sigue buscando que no sea en vano ni tu estupidez ni tu miseria. Por él. Él necesita que tu tumba sea faro de tumbas y urdimbre del éter que Alicia protegió contra ti.

Soñaba con el prisma subjetivo del quebranto que se inoculaba hacia dentro y se aislaba y el sueño explicaba cómo deshacerse de él.
Todavía no estoy aquí. Me despertó Kavka. Los significados aún golpean el filo en el que yace ahorcada tu memoria. Estoy inquieta. Desperdigada entre collage de carbón y taxidermia de lirio cuando la lluvia quiere víctimas. Al despertar se me agarra el bocajarro que quebró mil palabras en la tirantez del horizonte cuando tu vacío era carnívoro y mi paso terroso de lo que se llevaría el grito, sin ti, hacia el camino de la lejanía.
Las conexiones de ese valle de fuego, necesitan un velorio que convenza al mar de nuestra deshonra.

Me duele tras la aguja y la piel de un ocaso de finales, anestesiados en el desangramiento que contienes con hielo en la punta de mi bolígrafo.

Es el síndrome de abstinencia de ese canto de mandrágoras forzando a mi muerte a desheredar a sus hijos.
Estoy ilusionada por irme de aquí.
A veces rompe el óleo y la sal, en el hilo de la araña azul que teje tus sueños al raso del abismo. Y hay que darle otra vida al animal que carga con nuestra sombra. El peso binario de los hechos se atasca en las cuerdas vocales del grito y corroe el viento que ácrata te ama. Sólamente la muerte del actor te librará de ese peso de muerte. Porque es el inconsciente del actor el que ensució la cuántica y creó una prisión. Son sus proyecciones. Sus fracasos. Sus quimeras sobre lo desconocido. Sus anclas. Sus exigencias. Su rigidez.

Cuando viene la huesera, se hace vanidosa la violencia del actor. Él genera una contracción que la Huesera usa para entregar su amante muerte y resurrección. Hay sucesiones cuánticas que tensan la antagonia desde muchas dimensiones de lo consciente. La psique hierve, hierve la herida neurálgica y la utopía, en los pentagramas del corte y confección del fuego al filo. La sombra oscila carnicera en la misma medida que el Bosque abre sus claros. Sólo hay que soltarse del actor. Y el actor se unirá a ti a través de lo más íntimo del espanto, de la Bestia del inconsciente, negarle la atención y el objeto amado te hará elástico y capaz a cruzar el umbral del éter. Desafianzarte de la telaraña emocional y de la sombra. Pero para hacerlo has de darle su orgía y ha de ser cuántica.