HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Aunque no hablamos de amor, todo es amor. 
Venimos de la tumba acolchada donde murió empalmado el romanticismo.
Por eso a la vuelta, es vino tinto.
Tus labios han socavado mi muerte y me han hecho jadear.
Qué le voy a hacer si a las 7 de la mañana tu botella de whisky me obliga a perderme otra vez.
Ningún hombre me dio tanta felicidad como tú... que eras traficante e impostor de mis desvarios. De la palabra que rompí contigo en los zarzales. Y ya perdimos la cuenta de las veces que acabamos sobre las estrellas. Porque nos divierte tanto que no le vamos a poner problemas gramaticales ni legales. Ya somos tan viejos, que sólo somos eternos. Me gusta que me hagas eso cuando nos miran. El peligro es conocer tu nombre. Yo soy sólo vagabunda del infinito.
Hoy será lo que no sé abarcar. Con él siempre es así. La mar sosteniendo el vaso, la noche abriendo mudas alcobas del fuego, apretando la voz donde la bala nunca hizo pie. Entregarme, saber que no hay nada qué prometer. Volar. Vivir. Darle todo a la felicidad, aunque nos quedemos en números rojos olvidando todo lo que aprendimos en la escuela y con mamá. Como si fuéramos a morir, como si fuera la última noche que yazco en tu cuerpo. La tierra ya nos olvidó. Sólo las hogueras saben qué hacer. Nadie sabe lo que ha podido pasar. Sube esa canción, lléname de tu pecado. Hazme otra vez eso cuando las ciudades se suicidan. Llévame a delinquirte en un bar del puerto. Arrástrame la mano donde juega al póker satanás.
Me despierto y todavía es de noche. Cuando abro los ojos es dificil que vuelva a dormirme. Además hoy cogeré un tren del deseo y hacia lo desconocido.  Estoy algo inquieta, el amanecer viene despacio, esa pupila quema en el horizonte lo que sabía de las palabras. Todo se sostiene en el aire, me arden por las venas mil mundos que suspiran tu cuerpo en esos aquelarres.
Mañana al mediodía de Gijón, pecaremos el pecado, como dos vagabundos cazando zorros a la sombra de los bares.
La mar habrá visto, sólo ella sabrá.
No sé si será lo cierto, pero lo cierto será el fuego que con restos de ginebra y sudor, desplume astros, a la orilla de la chimenea que encenderemos a cuerpo y sal.
Voy con una mochila y menos siete mil pesetas para convencerte de lo bello que es el amor.
Esos antros de humo verde te harán soñar con huesos y sangre. Yo pura inocencia, no pararé al autobús.
Una vez desatados no hay dios que dé tregua ni rendición. 
Le conté muchas mentiras a mamá, para que no se pase las noches rezando. Tú la convenciste con el niño que nunca rompió un plato a la luz del día. Y a la vuelta de la medianoche, los dos clandestinos, nos hacemos libertad, libertinaje, y voluntad de gozo e inmensidad, aunque la tierra jadeé fábricas y contaminación.
Debajo de tu ropa, hallé, la isla de mi anarquía, el abordaje, el barco náufrago de mis orgías y fractales.
Hacía mucho calor la tarde que te conocí. El bosque unas horas después avivó la llama. No recordaba tu nombre. Éramos demasiados muriendo de placer en nombre de la Luna. Y ella, ingobernable, nos echó vicio, dionisio, sin sacrificio, sin jamás miraré atrás ni preguntaré al ganar ni al tener. Ser es fuego. Bailar es apretar el gatillo. Haber navegado todos los mares que se cruzaron en la bota sucia como el golpe seco del fin. Y querer más, siempre más, más largo, más profundo, más Imposible.
Él no me cortará flores. No me dará futuro. Mi corazón, al baipás de Marte, hará atajo de ginebra y callejón, para tragar nubes. Él no me escribirá poemas de amor, encenderá la hoguera, aliñará con hachís, y no nos abrazaremos al marchar. Como si cada noche fuera la última noche. Como si cada beso, fuera un adiós.
Y yo que lo ajé con mentiras a mi cuerpo, tampoco le cantaré las penas de mi joven Wherter, porque tal para cual, nos gusta el vino, el riesgo, la lluvia de hojas en los colchones de soda y whisky, tierra mojada, mar verado en el astro del fin.
Él no es quién soñaba mi mamá para mí. Él no cicatrizará los viejos crímenes del amor. Él es heavy metal y trasgos. Él no me atará a su agenda. Él no escribirá mi nombre en un árbol. Él pagará la cuenta.
A los que se nos rompió la infancia, entre trizas y metales, nos perdura la juventud, mil constelaciones del Quijote de la Mancha.
Naranja y vodka, a la salida del manicomio. Un taxi pagado hacia el borde de la luna.
Volar de la mano del pajarraco y del perro, hacia el alud de la eternidad.
Todo absolución. Todo por amor o por algo que se le parece.
Si me paso con el vino y con la raya, es porque los álamos piden guitarra, la mar, aviones, tu soledad, ejército de payasos.
Sumé fechas y me salió amanita.  Busqué un sentido honesto, y me salió por peteneras la rana y la lluvia.
Ahora sólo de cigarra, vagabundo camino. La flauta, el tabaco, el sol, el nudismo en tu piel, en tu verso, en tu tumba.
Haremos lo que nos dé la gana, porque hacer otra cosa sería estupidez.
No me hables de monedas, ni de hogar, ni de necesidad, ni de motivos. Hagámoslo como lo hacen las bestias y las flores.
Ya fui muy vieja cuando tenía 17. Ahora la muerte nos dio ventaja y un beso de amor. 
Delante toda la inmensidad y atrás la huesera chupándose los labios con las lágrimas del burdel, escupiendo el cuervo de la libertad, invitando al trago y a otra ronda siempre penúltima, siempre más alta que la osa mayor.
Me despierto de un sueño, donde volvía mi violencia y era un fruto. Y sonaba la canción "maneras de vivir"
Todos la necesitamos. El sistema nos ha enseñado a doblegarla, a base de domesticación, de castigo y sucia recompensa. Nos han vendido la falsa tranquilidad del no levantar la voz ni el puño. Y han llenado de comisarías y cárceles y manicomios la tierra para contener a aquellos que sí lo hacían.
La necesitamos en lo político y en todo lo mundano. Su grito, es el de la razón, cuando se ve aprisionada, es el corazón, es el Sueño.
Algo sangrará y te deseo. Nos conocimos de vuelta de la tumba. Rasgaste en mi cuerpo todos los porros de la inmensidad. Pero Wherter, ya muerto, cerró en su puño las rosas y los nombres. No me digas nada, desnúdame, que se mueran las ciudades, que todo calle mientras ardemos. A quién le importa el hogar cuando de mudanzas el benceno nos desató. Y sólo supe del amor en manos del juego. Aposté, me daba igual la moneda, cómo acabaría y el mañana. Soy adicta a la adrenalina y al imposible. Tú lo tienes todo, porque robas de mi templo las ruinas, de mi vergüenza el alcohol. No nos conviene dice la razón, y sin embargo todas las canciones te buscan. Quiero robar contigo la sombra de Robinson, quiero delinquir lo que me enseñó la vida entre tus barracones. Morir de placer y de amor, aunque se hayan marchado hace mucho los párrafos y sus compromisos. Erro contigo sobre el cielo quemado, y lo que me haces, se graba en mi alma a tiro de ayahuaska, me pones violenta y pálida, frágil y húmeda, ansiosa del coche de la policía ardiendo, todo el vino te atrapa en mi lengua, me da igual el oficio, el futuro, la moral, cuando tu saliva me levanta la gruta del fuego. Macabra caigo entre tus navajas y tu semen riega el paraiso, perdido para siempre, en tus abrazos de ave fenix.
Es el carpe diem.
No hablaremos de futuro. No habrá 14 de febrero.
El compromiso es con el fuego.
Que suba la cerveza, que dure su canto. 
No me arroparás al alba. Serán los restos de la hoguera, los senos de la mar.
Vinimos como gatos a raspar la teoría de las cuerdas.
El corazón murió hace diez años buscando Itaca en el barrio chino.
Déjame decírtelo sudando encima de ti. 
Tú no eres el principe azul. Eres negro bandolero. Yo no soy la que cuida la casa ni la cordura. 
Le gustas a mi vagina y a mis escombros, al sol.  Le gustas al embargo de mis días, a mi pecado, al irreparable error del ayer. Le gustas a las raposas y a la luna llena. 
Mi corazón a tu lado es benceno. Me entrego toda al abismo que me gobiernas donde ácratas ardemos.
Me despierto de nuevo en la montaña. Tengo que hacer algo con el incendio del aire. Armonizar los sentires de plata quemada, el poema, la línea divisoria de mi corazón y mi vacío. La independencia de mis habitáculos de monte y lluvia. No derramarme del todo, no querer tampoco el control. Nunca había estado aquí, el poema seguirá pidiendo su alimento. De vez en cuando sólo él conoce el precipicio que me toma cuando duermo.
Llegué del hambre, famélica estación del norte desdentado de toda esa sangre emanando el nombre del lirio. Cuando detrás de tus sombras, éramos un motín que apenas conocía el desenclavar de las huellas al extremo del golpe seco del amor y la guerra.
Mi voluntad es de grillo y de rata, de crepúsculo y de viento. Amapolas para desayunar. Echarle más placer a la casa que ardió. No traerte mi quebranto nunca más, ni explicarte mi indecisión cosiéndote cicatrices. Tú no serás el váter de mis versos. Ni te quiero el drenaje de mi abismo. Ya estamos viejos para comulgar con el perdón y la sutura. No sé qué somos. Confundimos el placer con los sentimientos. El orgasmo con las canciones de amor. Y está bien así, los neandertales tocarían tambores hasta desfallecer de astros.
A veces me voy volando, siete planetas, al otro lado del balar del vacío.
Me ataca el dadá, pierdo las coordenadas, la compostura, la tabla del 7 y tu RAE.
Me hago de batalla, todo el campo de las cigarras y de los vagabundos. Y sólo sé del placer. Confundo el purgatorio con el penúltimo whisky. Y qué le voy a hacer si tanto me gusta cantar mal y perder el suelo, cuando encima de ti, arde Babilonia. Mi piel pierde la vergüenza que me habían inculcado y nada nunca es suficiente.  Esas noches contigo desenredan mis nudos cuando debajo de la espuma remachamos océanos y ginebra, al son del abismo y la inmensidad.
Todo flota por los aires, embriagado de ese alud de belladona, amotinado en medio de tu cuerpo. Te acecho muerta de ganas, ocultando esa sed de vino tinto, con las artimañas de la santa enclavada a la sota de bastos en la mesa de apuestas de la medianoche del olvido. Tu perfume permanece en las cumbres nevadas del whisky. Atadas al insomnio que abriste en mi cama como el escanciar de estrellas desde tu insolubre pecado a mi cuarto de hospital okupado por arlequines locos, primos hermanos de la muerte, bailando con la fea, la luna llena y quitándole las bragas hasta el equilibrio de la cuerda floja. Tomándolo todo. Fumándose los huesos y todo el pólen, en la piscifactoria de la trampa de la multiplicación, sólo sobre ti, robándote el beso negro que enclavaste en ese templo para deshacer el sitio que ya no teníamos.

Si aprendí la lengua de las ranas antes de decir tu nombre, fue de pura ebriedad mi Capitán Garfio comprando hachís a tus casas desmanteladas. Y a la sombra de tus ruinas se me encapotó el cielo de tu guitarra. Todo polvo. Toda yo tan sucia de ese duelo de desalmados. Mezclando espada con pared, nos hicimos el amor sobre el peyote. Tan ligera iba.. que tu cierzo me rasgó la ropa junto a la huesera. Y ya nunca más supe sino arderte en mis hogueras, arderme de tu oscuridad.
He estado viviendo en la atracción de la dimensión onírica, de la energía embriagada por la fractura de la total apertura de mi verbo de sangre. Lo que he sabido, ha llegado fractálico y evanescente, mezclando la guerra de mi leyenda, con la profundidad del bosque. Y ahora he de hacer una metonimia.... regresar también a la explicación y continuidad de mi pellejo terráqueo. Aunque la cuántica siga llegando siempre. Bajar las ondas de la wify abierta, hacia el yin y el yan, de lo tabernario, vino tinto, pero no sólo perderme de vicio la búsqueda de la perpetua felicidad.
Aceptar mi naturaleza, aunque sea desbocada, caótica, caprichosa, raposa y llena de agujeros. Aceptarla aunque nos ponga en peligro. Y aprender a navegar conmigo, con todas mis ellas, sin más asedios, ni presidios.  Dejar pastar al sol.. aunque sea al borde de tu ataque de nervios. Darme la absolución en cada habitación quemada y hechos trastes los tangos y los cuentagotas. Querernos así, enloquecidos, embargados, a punto de explotar, y no andar de agendas, ni de salvavidas. Meterte en líos, amarrándote entre mis piernas, aunque la policía ya conozca tus coordenadas. Y ninguno de los dos sepamos nada del mañana.
Me despierto de un sueño que apenas recuerdo. Emocionada por la vida. El embrujo de cada instante, las conexiones que en el alambique del bosque supuran la inmensidad, el mapa eléctrico de las huellas carbonizadas en el interior del viento. El amor y el vértigo.
Me he dado cuenta de que una zona de mi espíritu, acudía, a la hoguera de la adrenalina, a un no retorno, al ansia del absoluto deseo, del Sueño, del Infinito.. y sacrificaba todo lo demás, en ese correr a ciegas, suicida, ayer me ocurrió pero me detuve, quise incluirme en la tierra, en el vino, en mis sombras humanas. Debo hacerlo también. Sino acabaré habitando los manicomios y la muerte.
También hacerlo con él así. Aunque nos permitamos una hora de locura cada día. No puedo abrir siempre ese mar del delirio y de la inquisición del fuego, porque intrometerse demasiado en esa franja evanescente, hará que nos acabemos haciendo daño.
Descubrí en mí ese lugar de helio, de salto al vacío, de peligro enamorado, de viejos viajes de LSD, de una euforia volatil e incontrolable, y pertenece a mi naturaleza, pero tengo que tener yo el control, por lo menos la mayor parte del tiempo.
Si quieres jugar, jugaremos. Yo hace ya tiempo que tiré los dados al fondo del mar y el alcohol vino a saludar la noche zorra que empalada la luna te trajo desde el cierzo esas astas y esas musas de Bukowski lamiéndote las heridas con ricino y peyote.
Nada tengo ya. Apuesta fuerte por nuestra perdición. Tuyo es el eclipse de mi infierno. Tú que me diste todos los vicios, oríllame hoy en la alcoba del fin del mundo.
Te quiero tanto que las margaritas son heroína asaltada en el cielo. Muy detrás de tu sombra, el cabaret escupe tus dientes y los míos, ensangrentados por carne de lobo. Y allá los astros nos reclaman libres, ebrios de todas las ebriedades, rompiendo con taladradoras los límites del tiempo.
Contigo nunca se sabe. Juegas a matarme después de haber bautizado juntos cada naipe robado. Juegas a cazarme en el Leteo de la imaginación y yo muerdo manzanas alucinógenas en tus barracones. Voy desheredada de tu corazón al corazón de la noche, luego ensuciamos todas las canciones de amor, con ginebra y limón, sal y hachís.  Jugamos a sernos plomo, pornógrafa habitación de golondrina con las alas por el exceso. Infiel ventaja de las estrellas. Todo fuego para ver si borramos el nombre de todas las calles y hacemos motín de Leningrado, roji y negra apertura del quizás empañado de vino tinto, sangre de ramera en el fondo de mi baúl dibujando mariposas al viento negro que te trajo mis álamos cuando ya nadie recordaba dónde estaba abril.
Vuelvo a escuchar la música de mis 15. Vuelvo a amar todos los malos consejos que me empujan a arder suicida en tu corazón y en tu suburbio.
Me visto mal y del revés, me lavo el barro de los huesos en tu cama. Te acepto así, violento y obsceno de mis insomnios. Truhán de la rumba y del sacrilegio. Cruel de mi Wherter, titiritero, todo de esqueleto la música de las perdiciones. Confusión del ¿por qué? y será ésta noche que todo te lo diga para morir entre tus piernas.
Si siempre me empujas a la quinta cerveza y ya nos cagamos en todos los conventos. Si a tu lado han muerto las ciudades. Si tú eres el vicio que multiplica el vicio y me haces santa toda desnuda queriendo cada vez más del deseo y de la locura. Si tú eres la barra libre del fin del mundo. Si acudimos al réquiem, llenos de cerveza, tierra y mata, y tu cuerpo, era el fin y el principio del camino de mi deserción, dándome la única patria que supe cantar.
Si te amo, así, todo salvaje, todo tú, tan sucio, tan libre, toda imperfección en mi sabotaje, arresto domiciliario del país que matamos, amándonos locos e indigentes de flores y de infinitos, de barras americanas con todas las putas, inocentes y proscritas de aprender tu nombre en el precipicio.
Estoy enamorada, y siento que es la primera vez. Las otras, estaba de por medio mi poesía, uniéndome y separándome. Era la literatura la que eligió amar y no la vida, no el aquí y el ahora. Yo era demasiado esteparia y pertenecía a la oscuridad y el adiós. Y es él, el único que supo penetrar mi abismo y mi coraza. Con él, me siento invencible, vamos por la calle, como dos leones, provocando tormentas, remolinos de amanita, vida recien nacida, ácrata, insobornable. Subimos y bajamos la montaña como zorros y mirlos, cavamos en la tierra, nos amamos en todos los rincones. Mi deseo es siempre creciente junto a él, la intensidad, la ternura y lo salvaje, ese rock de tejados en llamas, su penetrante oscuridad de lobo, su infinito. Lo bien que me lo paso, volver a ser esa niña salvaje, junto a su país de Nunca Jamás, quererlo tanto aunque no se lo diga, aunque ni yo misma sepa cuánto cada luna más grande.
Soñaba algo relacionado con mi niña perdida, con la coraza, con la violencia, en mi sueño comprendía que había convertido en plomo ciertos sentimientos, y junto a él, multipliqué esa defensa, aunque él también lo hacía, en mi sueño me decía que debía hacer eso siempre, pero ahora despierta no estoy tan segura. Eso me hacía sacar un alter ego del escupitajo de diógenes, ocultar y transmutar mis sentimientos, vivirlos en una noción de hachís, en una distancia de dinamita y no ser sincera, ser metafórica, tener demasiadas personalidades sujetas por un extraño embudo de lo opuesto y fractálico.
He generado muchos fueras de campo en nuestra relación, le he dado a entender muchos malos entendidos. Y ahora he de reparar los nudos que anillé en mi escudo y en mi adiós. Yo no sabía que iba a acabar amándolo. Actué de un modo muy extraño en esa locura que me asaltó del camino del nagual y de la guerra. Actué sin empatía, con crueldad. E hice cosas nacidas en lo onírico. Ahora mi lucha, es abrir mi corazón, y es lo que más temo, desde que era niña, me habité de mil caracolas para mantener al molusco sólo pegado a la mar. Me fui con Alicia a serpentear hollín y niebla. Amar me llegaba como un salto al vacío, como una muerte. Y el tiempo no ayudó en eso, se me rompió el corazón muchas de las veces que amé y se lo entregué a las ratas del abismo para que me prestaran rock and roll. Mi acceso estaba asediado por cien laberintos. Pero él abrió demasiadas puertas en mi alma.
Y a él le ha pasado algo parecido. Se hizo duro de roer en vete a saber qué precipicios. Y él saca en estampida una coraza de metales cuando roza ese viento la vulnerabilidad del alba. Cuando él lo hace, yo lo hago otra vez. Y así andamos jugando a los fusiles. Al no te quiero. Al sólo somos aves de paso. Al sexo de pistoleros. Al amor de los que esta noche se irán para siempre.
Pero ahora he de abrir del todo la guitarra. Ya no hay ningún lugar del que esconderme... lo que me llama es la oceanada de sus ojos, sus mil hombres en su hombre, su arlequin y su bandolero, su eterna juventud, su bestia, amarlo de verdad, sin incluir mi actriz, ni mis disfraces, si él ya me tomó bajo la magia de la luna roja y abrió en surcos el aullido caverna de la voz de mis noches, ya no hay nada que ocultar porque su cuerpo penetró en mi alma todos los poemas que escribí en la niebla para irme.
Tal vez soy un desastre, me voy de vocales la grieta de la pared, me lleno de furia en el momento más inconveniente, me gusta refregarme contra el pudor del vecino, hacer de trizas corazón cuando la medianoche rueda sanguinaría. Soy caótica, desobediente, vulgar, profunda del plomo del asfalto, fría o ninfómanamente ardiente. Digo lo inapropiado, me hago mil corazas para que no sepan lo que siento cuando me tira boca abajo mi serpiente. Me echo siempre otro vino y otra piedra, no digo que no. Menstruo en el prado con tu semen corriendo donde cayó el crepúsculo. Me doy muy fácil a todos los vicios, me excita delinquir, que nos miren mal, que nos señalen y llamen al 091 y sin embargo soy frágil y transparente como la lluvia si me acaricias de ese modo los labios. Me gusta levantar la voz o enterrarla a 200 metros bajo tierra. Soy celosa de la luna. Egoista del placer. Mi naturaleza es un  barrio chino y el laberinto del fauno. No friego los platos, prefiero amarnos contra la pared. Cuánto antes acepte mis mil anarquías, menos sufriré problemas metafísicos.
Escribo todavía.. pero ahora es la vida lo que me interesa. He estado más de diez años, escribiendo con celo, con la angustia vital de cada día muerto en el enjambre y en el adiós. Durante miles de horas, dándoselo todo a ella, negando de mi cuarto la ventana donde ella no oía. Ahora prefiero ser vagabunda que poeta, no llenar más papeles que el de su cuerpo teñido de mar. El de la calle en armas, el amor, el molotov, la luna llena.
Mi soledad era lo único que tenía para ser feliz, antes de conocerle. Ahora todo ha cambiado, vuelvo a tener 15, deseo compartir de bares verdes, de montes e insomnios, de viajes por carreteras perdidas, de horas de lluvia, de cocina de leña, de amor y sus mil constelaciones. Arriesgar el esqueleto, el corazón y su muerte. Beber de la vida y no del fuera de campo en el que vivía atrapada por Alicia y sus murciélagos.
Me la suda dónde irán todos los años que gasté entre papeles y arañas, da igual esas palabras, aunque son mías, lo que hace vivir es otra cosa. Y me llega como un tiro en el pecho, un todo o nada, no hay tiempo para evocar, sino aquí mismo, sácate la ropa, desdóblame la fiebre, llévame contigo, aunque no sobrevivamos.
Ya no esperaba amar a nadie, nunca más. Nada de lo humano. Nada de la tierra. Pero él apareció, entre los mundos, hechicero, pagano. Me devolvió a los 15, borrando moratones de heroína y callejón. Hoy todo es tan distinto en mi latido.. que el vértigo me saca espinas y champán. Siento tan intenso, que el poema viene después, ya no me sostiene. Es él y lo deseo a mi lado. 
Siempre huí de ese tipo de sentimientos con mi coraza esteparia, con el adiós de economato y sólo dos noches y media, con todas esas tumbas. Pero él es distinto. Él estuvo en el incendio y me abrió el pellejo, la sombra, la humedad, el límite del pecado y de la luz. Me miró sin trampa el parto de luciérnagas. Jugamos como dos gotas de lluvia con el fin del universo.
Hoy mi lucha, es amar sin vergüenza, ni coraza, ni miedo. Como si nunca hubiera asesinado el amor, como si no conservara un cementerio. Arriesgar el verso y la boca. Darlo todo. Como si no hubiera suicidado el canto. Ni protegido mi asedio.
Mi pelea es lo que siento y que sea cascada abierta. Que no lo engañe. Que no juegue al abismo de matarnos. Mi pelea es vivir sin que la escritura sea mi coartada de ceniza, ni mi nicho de lejanías y pólvora.
 Todo es demasiado combustible y cambiante. Estoy ahora en un momento más vaporoso... mi mente necesita dormir, han sido semanas de una actividad extasiante. Creía que mis sueños ocurrían en una dimensión a la que podría acceder desde la realidad ordinaria. Aún no comprendo todo lo que he vivido. Lo mágico se explica mágicamente. Tengo que supurar despacio la lentitud de los batiscafos orillando toda la sal. Tengo que apaciguarme de la vida, no sentir que todo es un duelo a muerte. Dar una vuelta de campana a las nociones perviviendo el todo de ellas en las sinfonolas de la noche, aunque me deshaga de sus cuerpos en esos valles.
Necesito centrarme, mascar también el tiempo del silencio, de la montaña. La distancia enamorada, el racimo de otoños, de mares que no preguntan ni esperan.
Salí hace poco del manicomio, las exposas, la pelea. Al otro lado el amor, el infinito. Luego esa denuncia, el jaleo, los aullidos, tu cuerpo, tu luna, mi hoguera de poemas proscritos, el hachís, la tercera botella cuando el suelo no estaba en su sitio, los duendes, lo extraordinario. Fue demasiado. Sobretodo amarte.
Necesito un poco de calma. Dejar el vino. El mundo no acabará ésta noche, debo recordarlo, no se puede vivir con esa heroina cada segundo en los labios. Quemar naves sí, pero no todas a la vez. Tenemos por tiempo, todas las estrellas.
Ya estoy pensando coger un tren e ir a verte a tu Xixón, donde la mar nos quite la vestidura otra vez..... Me quema tu distancia. Me entran ganas de morir de bares verdes ajada de ti. No hay muchas monedas, pero comeremos amor y beberemos luna roja.
Dejo de ser escritora, humana, habitante, nacida, cuando estoy contigo. Ya se puede morir el mundo que yo sólo quiero volar tan adentro tuyo que nunca existió ninguna otra forma de vivir, ni de conocer la tierra.
Se me vuela la cabeza al recordarnos bajo las estrellas, tan animales, tan niños, tan heroina y espigas de inmensidad, tan oscuros, tan encendidos.
Te di una imagen premeditadamente mala sobre mí. Pero tú la amaste. Insistí mis cartuchos de plomo y de bestia, de raposa y de tarada, pero tú me seguiste. Te saqué a Franquestein y a su ejército de vampiros, y tú los amaste a todos. Ya no puedo sino ponerte del revés las nociones para atraparte en los senos de ese astro que nos oyó. Ya no sé sino nombrarte con el hueso ensangrentado de mi vacío, con la armadura deshollinada de lo que se aleja de mis noches hacia tu inframundo, tan enamorado, tan enloquecido que apenas mantengo la cordura sin derramarme en tu cerveza.
Tengo que considerar la teoría del caos, lo profano de esos bocados en la cúpula del deseo, la anarquía, tu ropa colgada de un arbusto, ese tren que no cogimos por estar ebrios de monte a la medianoche del placer.
No tengo el control. Tengo amanitas en el reloj roto.
Me pusiste del revés mi vida, mi exilio, mi soledad. Hiciste algo con mi aliento ajado de vino. Ahora camino hacia ti, descacharrando mi cuadratura del sol en celo.
Somos como dos adolescentes que acaban de descubrir el amor y su guerra. Cuando no estás me rompo los huesos por no necesitarte, por no incluirte en mis sueños ni decir tu nombre y sin embargo el poema te trae de vuelta como crepúsculo huérfano que reclama la sangre y cada milímetro de tu cuerpo.
Tú penetraste en mí... donde nadie lo había hecho. Y miro la noche, temblante del whisky que bebimos cuando habían muerto todas las ciudades. Busco una excusa para verte que no incluya los vocablos del amor, tan zorro es mi corazón, tan oscuros tus ojos. Tan tal para tan.
Me despierto y todo vuela aún por los aires. Necesito volver a escribir con insistencia. La vida me ha distraido demasiado con su vulva y su licor. El amor mientras ocurre no deja tiempo a los poemas. El haberte amado en tantos lugares mientras las estrellas se dolían de las distancias me desampara los papeles donde ni siquiera he aprendido tu nombre.
El amor. Ese vértigo en la palabra que no se conoce a sí misma. La inquietud del arrebato perpetuo, la insaciabilidad de ti, de tu voz, de tu hachís noctámbulo de mi piel y de mi abismo. La amanita incendiaria al borde del crepúsculo reclamándote donde los dos simulamos estar muertos.
Todo es nuevo para que el poema pueda predisponer de mi anhelo. Antes todo lo elegía la escritura. Hoy no tengo ni idea. No abarco la partitura del ansia de mi cuerpo en tu cuerpo. No sé cuáles son los vocablos del amor. Ni porqué empieza a arder ese universo donde ni siquiera ha llegado la palabra, nada de lo sabido ni de lo adivinable. Todo es tan excitante que sólo el viento es guía ácrata de los pasos. Las metamorfosis no cesan y sólo la naturaleza conserva su memoria. Mi piel tirita al sentirte. Las grutas se abren hacia el fuego del agua. Se mezcla la guerra y el amor, en una ventana apuñalada sobre el crepúsculo. Yo me dejo volar, me contiene sólo tu jadeo cuando la oscuridad rompe a tajos lo probable.
Es mejor no preguntar ciertas cosas. Dejarse llevar. Desatar todas las grutas, aunque juegue a doble la pérdida. Navegar, aunque volvamos al abajo a desvelar los cuchillos con la boca abierta de un astro. No rendirse aunque los huesos esparzan buitres de ceniza en la sombra. Soy demasiadas mujeres adentro, sólo la huesera me acierta con el anís para que no me siente mal. Lo que me dijo al oido al estramonio, revienta todas las ventanas del manicomio. No me gusta pasar por alto, cuando el fuego juega a abrasarme. Si vomitaré huesos, será por la luna, será por amor, será por Infinito.

Ya perdí la cuenta de lo qué hicimos tú y yo en la noche. No sé dónde estamos, no sé dónde vamos, sé que caigo en tu cuerpo como sobredosis de palabras al queroseno. Caigo de todos mis lados y tu sexo aviva mi averno y mi paraiso en éste duelo de lava que me hace olvidar qué carta quedó en la mesa. 

No sabía ya nada del amor. Y la coraza, se hizo un columpio de dimensiones. La roca ya no quiere salir, quiere transmutar. Tomar sangre, oxígeno, semilla y golpear contra las cárceles. No se puede volver atrás. Soy hija del vino negro de un horizonte en llamas.
Desfallecer de amor. Todo es multidimensional. Mi corazón es una tumba, un rayo, una semilla, una casa desmantelada.  Me dejo ir, de viento, de noctámbulos callejones al borde de tus precipicios, de blanca paloma cuando no queda nadie en la calle. De indigencia, pan viejo. Lo arriesgo todo al beso de la nada. Y de los moratones de asfixia, volverá la lluvia. No había ninguna promesa. No éramos sino del viento. Vivir hacia delante, mientras los fantasmas duermen. Golpes de montaña en tus piernas de río. Tanto amor, cuando ya no hay nada. Me sostengo de nómada migración, de casualidad, de bestiarios los zapatos, el trigo, la mar.
Hoy no es un buen día para escribir. Estoy inquieta de la vida, del vals, del peligro, de la luna roja, de la incursión mucho más allá de la palabra en el vientre del fuego. Lo desconocido, el exceso y esnifar el fin de la mar sobre los navíos de la noche.
La poesía ha dejado a un lado los papeles y se ha dado a las hogueras.
¿cómo cuidarme de los excesos? si es al extralimitar todos los límites es donde me toca el rayo del paraíso
¿cómo no tentarme del peligro? si al romperle los huesos al diablo se bebe el semen de dios y la luz ya no está inquieta, es un mar de llamas, es la primera semilla, el duelo entre todos los mundos, por parir a su hijo compartido del vientre de alquiler de la esencia raposa, prima hermana de los muertos y de los vivos
Si quiero cumplir todas mis fantasías. Hacer reales todos mis sueños. 
Si aprendí del pecado, en mis años de abstinencia. Y el hachís siempre pidió otra guitarra.
 La mente no sabe. Y a la vez contiene agujeros de gusano, columpios, barcos, presidios y carreteras que cruzan el vértigo del Infinito.
Es vivir lo que ofrece la música. Lanzarse. Quemar esas puertas, aunque lleguemos ladronas y mendigas. Aunque alguna vez tenga que arrodillarme para comer tus mendrugos a la salida de la noche de todos los fríos.
Entregarme al acto. Aunque soy demasiado impulsiva y a veces en el cabello del Quijote, me enredo de abismos enamorados que fluctuan mi impaciencia con cuerdas de peyote.
Tengo que aceptar mi naturaleza, aunque sea depravada. La múltiple identidad ha de frotarse de cascadas oceánicas, fluir libre, porque así la esencia hará algo hegemónico, aunque sea fuego evanescente.
Quise arriesgar. Y ahora el peligro acuchilla las tentaciones en el valle. Sólo se puede ir hacia delante. Todas las decisiones son buenas, lo importante es no equivocar el verbo que las procede. Todos los caminos son válidos y extraordinarios, no flaquear, no retroceder, no vivir fuera del presente y la conexión con el gran espíritu. A lo hecho, pecho borracho, mano desarmada, amor del precipicio.
No sé qué ocurrirá. Sé el fuego. Sé los dientes de luz en medio de la nada. Sé el placer que inflama, lo que viene congelado y ardiente en la misma mano, lo que es hija de la muerte y de la primera madre. El peligro, la excitación, ir de la mano de la manca impostura asombrosa y tahúr de los tramposos, patrona de los tiriteteros. De nosotros. Nacidos al amor a través del precipicio. Pura inocencia de serpiente, sangre, feto, hijo parricida, fiebre, aves.
La mejor manera de no perderse, es entregarse a todo también a la perdición.
Me querías despertar a la perra y se hizo loba contigo dentro, a la vuelta de campana de la ebria soledad. Atándote mi veneno donde me penetrabas el tuyo. Diciéndote amor cuando era orgía. Callando lo que callabas brujo de mis diablos. Estamos atrapados genitalmente por esa divinidad del primer polvo de la historia. Hay que ponerse tiesos de añadir nueva cuadradura y desatino. Meter más semen a la cazuela de bruja. Meter más locos al tambor. Luego te lo daré todo, porque el robo depende de la entrega. Soy una raposa, tú me lo hiciste así aquella tarde detrás de los arbustos. Ella roe sangre en tu hueso. Mi puta tuvo el nombre que la diste en el infierno y hoy viene a por lo que es suyo. Acá ninguno se retracta de sus engaños. Me excita pecar los pecados en tus bestias. Me absuelven de los míos, te pasan la pelota de goma y rompen contra la comisaría whisky incendiario. Tú me diste el vicio que hoy comparto troskista de la multitud.
El placer no tiene límites cuando se salta junto a las estrellas.
El vicio pide otro vicio para hacerse una santidad.
Me excita jugar a matarte. Tu crueldad es el alimento de mis lobas. Cuando tiemblo de la R tú le pones la X al colchón que me anestesia de Marte.
La guerra y el amor, le hacen las mismas cosas a la luna.
Ya no perderé la dirección porque le follé todos los puntos cardinales y las constelaciones que supe nombrar.
La libertad es adicta a la libertad.
Sólo nacimos para volar y poseer todos los astros.
En el infierno me formé del plomo y de la despedida.
Hoy sólo queda inocencia, aunque espante a los vecinos, aunque le ponga esos ojos de odio y de mal al policía, al juez, a maruja.
Ningún dios persignó jamás la ley. Fue un fondo mucho más oscuro y liberado del molde. La noción humana no sabe nada de la justicia. Habremos de ser un ejército de animales y plantas.
Le dije a mamá que debería follar aunque no fuera con papá, que el amor a éstas alturas ya no sabe nombrar al sol y no importa demasiado, pero el placer lo puede intentar y la menopausia habrá de tener ventajas para el cutis de la piel tostado de la muerte.
El manicomio me enseñó a follar con camaleones. La muerte a lavarme mis cadáveres con vudú.
Hay demasiado amor como para darle exclusividad de un cuerpo. Hay demasiadas lejanías para que sólo tú me montes de luna la tumba. Hay demasiadas selvas para quemar sólo la casa de al lado. Hay demasiadas formas de llegar al orgasmo como para repetir paisaje. Hay demasiadas muertas en mis ojos como para cantar el mismo réquiem. Hay mil formas de gozar la mar en el olvido. Mi útero está preñado por agujeros negros y zarpas. Una vez que se toca el acordeón ya nunca cesan los tambores de los carneros.
Estoy inquieta. Mis sueños han vuelto a un ascensor cerca de otro inframundo. Los símbolos muestran un código de otra zona aún no abierta. La atmósfera de una semilla compacta que ha de explosionar. Tengo dos tipos de soñares, el sueño y el ensueño. Cuando aparecen los sueños, muestran la guía de lo que se oculta en mis secretos, en sentimientos y aullidos no declarados, en fantasmas.
Mi corazón se hundió en las bruces de mis hogueras. A él lo quiero, lo quise durante un día, como alguna vez amé lo más amado. Pero aquellos sentimientos formaban parte de mi pasado, del viejo pellejo, de lo clandestino de mi tango, de los suicidios del amor y su canción desesperada del regreso. Su violencia empalmó en mi pecho la osadía de la llama. Necesitaba desatarme, no quería ya la lágrima diablera, ni el resucitado de colchas blancas y vapores en el cristal, ni que él fuera mi necesidad. Vinimos de muchas muertes. Los dos compartimos un lado oscuro y el beso de la nada. El compromiso es el Infinito y no un nosotros. Aunque siento un vínculo muy entrañado con él.
Pero busqué a otro. No le soy infiel porque ninguno hablamos de fidelidad ni de compromiso. La única fidelidad es con el cosmos y sus barcos. La tentación es un vehículo. El desparentarse de la exclusividad de una manzana es abrazar todo un bosque.
El sexo es una tapadera para incursionarse en el otro mundo.
El útero es una escoba de bruja, una bola de cristal, un vuelo oblicuo hacia la eternidad.
Los dos comparten la luz de la oscuridad y del Imposible.
Desconozco lo que ocurrirá y eso me suspende en el viento como raíz incendiada. Quería otro vicio liberador. Otro salto al vacío. Más excitación. Más libertad. Más profundas noches al borde de unos labios derramados.
Necesito el equilibrio de los volados por los aires.
Echar marihuana a la sequía de tu pared de funambulista de mi espanto.
No lloraré nunca más. No te dejaré golpear mis viejas tumbas. Allá dentro violaré el sol para que ningún ojo habite mi hambre. Jamás te abriré mis ruinas. Sólo vino tinto, pelea penetrada de colchones de selva. Ya nunca más el réquiem de los pozos, sino sobre tu sombra follando crepúsculos. No quieras abrir en mi corazón, el llanto y el amor mortal de mi procesionaria.  Allí, saltar sobre los árboles, morir de placer entre las jaurías. Ya nadie cantará sobre los viejos suicidas del Sena. A Sísifo le daremos más montañas folladas en la piedra, haciendo siderurgia de la edad de los metales en todas esas bestias que se aman sobre el fuego. 
No quieras sacarme la lágrima. Me haré un caracol de nitroglicerina y plomo, atraparé la espiral de los celtas en la osa mayor. No vine acá a contar entierros. Si quieres matarme tendrá que ser sobre el nagual lobo negro. Jamás en mi cuerpo. Jamás yo, te diré yo. Ni habitaremos humanos la tierra. El amor no será lo que leimos ni lo que creimos nunca más y el cuervo de POE muere de amor en las ventanas abiertas en canal entre nuestras tumbas.
Dormir no es tan necesario cuando el monte derrama sus escaleras.
Mi refugio es mi guerra, mi intemperie, mi delirio, el subir de la fiebre, el maullido del espectro de los gatos, la rana de tres ojos, tu denuncia, el maltrato del 112, la jeringa, la memoria y el olvido. 
Mi historia fue el suicidio de mi historia. Doblar de campanas en la salamandra. Peyote de ahorcados en mi Sena de la sangre y de la eternidad.
Ya no compro réquiems en los bares. Me echo barra libre en el vudú de la carne y la orgía. Me excita el sado de las plegarias. Me pongo a mil en la muerte del tiempo sobre la carretera en llamas que llevaba a tus cuervos de nitroglicerina.
Ya no mido ni sumo, sino el infinito en la división inacabable de mi verbo.
Me gusta el vino, el tabaco, la hierba, los unicornios en el útero. Me gusta todo lo que gustó alguna vez a alguien. También esas casas hechas ruinas de iceberg en los senos anémicos de la muerte. Mis ganas no tienen límites, porque aprendí a evocarlas en la prisión más sucia de todas. Soy también la asesina que rió hachís en el apocalipsis. No me arrepiento jamás de nada porque escalé el agujero negro en mis demonios de la represión de los ahorcados. Peligro es el código postal de los cuervos que traen pan a mis días. Espero que el plomo calcé tu número en mi cama. Conservo mis fantasías negras en el robo de tu cartera. Espero que me adivines en el incendio del LSD, para quemar otra ciudad cuando sólo nos oiga la luna. Tengo una hucha para procrearte vicios. La oculto donde me alcanzas en el delirio. Todos los monstruos ya follaron con Marte. Todos ellos ofrecieron sus esputos a mi vaso de alcohol. No fue suficiente. El horizonte es más y más y más. Cuando no me pillas húmeda, las bestias me ofrecen tus espadas. Jugamos a la caza porque por las líneas ya cavamos todas las tumbas. La curva de fuego son tus labios embusteros. Brujo de mi asesinato. Amante de todas las grutas.
La ebriedad es estar vivos. Todo es tan intenso que hasta en los sueños hay que estar despiertos para calzarse cada uno de sus bosques e infiernos.
Confundo tu existencia con la muerte, con el orgasmo del diablo, con el paraiso. Te confundo con el peyote, con la línea maginot del ajedrez de mis ausencias, con un ejército, con la nada. Te odio tan profundamente que me espanto de la fuente de esa violencia. A veces deseo pelear contigo hasta desangrar todos los huesos en la ceniza. Estás entre los mundos como barco de los muertos, como huesero, como raposa de la niebla. Eres un dibujo de fiebre en mi cabaret. Mi útero te tiene percusionista del boxeo. Me sube la adrelanila el parlamento en llamas. Soy todos los vicios cuando vienes papel en blanco a pervertirme el idioma de los animales. Contigo no existe la muerte, porque tú eres su espada y su disfraz. Me entran ganas de hacerlo siempre, contigo sobre los cadáveres de todos mis antepasados para chupar los gusanos y botar arroyos por el fuego. Hacerlo en los trenes, en los globos, entierros y carnavales. En la playa, en el monte, en la peluquería, en la sala de espera del hospital, encima de los árboles y del lomo de los caballos, debajo del etanol, en los ojos de las vecinas, metiendo los dedos en todas las cerraduras equivocadas, tantas ganas, tantos siempre, tan inagotable que nunca acaba la fiesta que tiene campanas de guerra y tu sexo tiene cuchillos y fantasmas que me reviven el coctel molotov de las prisiones.
Me despierto de noche. Los sueños me sacan de puntillas al helio de tu escalera. Los sueños me llevan a otro mundo, donde ellos están despiertos. Yo llego aún lunática, febril de bruma y polvo. Necesito más fuerza. Abrir surcos de bosque donde esos nudillos sangran el plomo del laberinto.
Ya me da igual la literatura. Eso forma parte del pasado. Ahora busco oficio con las urracas. No soy poeta, no soy hija, soy más bien un arlequin con pistola en el espejo de los siete mundos. Me alcanza el sentido vientre de montes. Aquél semen tatuó barcos de aqueronte en la cicatriz de la quietud. Me embriaga tanto la percusión de la noche estrellada que me hago don quijote del suicidio del gato. Y de surrealismo le salen canas a los bisontes que incendian la carne de mi mañana de los mendrugos y las hachas. Todo de sangre el agujero masajeador de mi indicencia. Descubrir el gusto del pecado cuando la moral se convierte en el Imposible, me abre las piernas todas las constelaciones y follo con materia inorgánica la energia del abismo. Todo el tiempo. Nada es suficiente cuando el corazón busca el principio del principio. Soy inocente también cuando me llaman de los juzgados para cobrarme lesiones. La inocencia nunca cumulgó con la constitutición ni la ley. La inocencia es mucho más salvaje y mágica. Es inocente el lobo cuando mata. Lo sabe la luna llena que precipita tu lágrima de arena mojada en mi casa vacía.
La vida nunca volverá a ser la misma. Ahora se trata del Infinito. Mantener el pulso contra el silencio del prozak y contra las piedras que no bombearon esa sangre.
La continua excitación y no acabar detenida, no ésta vez, no de la misma manera.
Jugar todos aquellos siglos del sigilo del caimán, del hambre del murciélago.
Buscarme también el tiempo del paraiso, del lago, de la nieve. No sólo a la gresca, no sólo éste insomnio del radar telepático de la hoguera siempre encendida.
Loca ya no me volveré, porque perdí ya todos los papeles. Pero me necesito entera, en esa raya cuántica de la grieta del espacio.
Huele a pólvora la plaza. A veces me penetra un aullido que me impone el acecho del abismo sobre el beso de la nada. He de irme también de árboles la búsqueda del cabello de la mar. 
Mi guarida del sueño y del hollín, mi adiós del asfalto, de la gente, del futuro. Mi llegada de bruces a las luces de neón del manicomio de las alas. Volver a ser niña, jugar con nahuales los bigotes del tigre. Botar la mala ostia entre jilgueros y vino. Saber de lo extraordinario, escuchar a Don Juan Matus bracear el fuego clandestino de mis noches. Confundir la realidad, para poder distinguirla. Detrás de la proyección de toda percepción, habita lo inabarcable, mi cuerpo y mi mente, sólo es un filtro, la fuente siempre ha sido un secreto prohibido. Mi locura es aliada para resucitar a Alicia de las hambrunas.