Ardidos

La urgente muerte o sublimación del yo y de su mapa y tiranía y su cerradura y santa inquisición sobre lo real y sido, su liberación más profunda, su creación sobre la anarquía cuántica, la da el otro, porque la otredad, siempre es el asesinato del yo, la creación etérea y metamorfa de un nuevo yo, que ya no está unido al pozo sin fondo de su ombligo ni al guión despótico de Alicia, sino al éter común del teatro, al juego, a la horizontalidad ácrata de las hogueras, al comunismo libertario de la música.
Y precisamente, esto me provocó la paradoja de la belicosidad de la Loba y de su terrorismo contra el Teatro.
Yo reprochaba a toda otredad, el exilio de Alicia, su milonga. En algún momento, explotó en mi corazón el aullido de la soledad que se levantaba en armas y sentí que ahí afuera todo era nihilismo, sabotaje, arte dramático, yira yira, y un instinto de romper con todo y de volver al monte donde no hubiera nadie, hizo sangrar en mí el fragor de esa contrariedad.
Mi instinto de axioma contra el Teatro, me metió durante un tiempo en el Infra, en la revolución de la metafísica, en el fuego de la contra.
Hoy  comprendo que la canción que sublimina ésta paradoja, es el escepticismo amante.
La otredad tiene el maravilloso poder, de despojarnos de las verdades, de vulnerarizarnos hacia la victoria del surrealismo, de relativizar todo cuando se ha dicho que es, de negarnos el verbo, de sabotearnos en favor a la anarquía cuántica, de insignificar la tiranía de Alicia y de todo enunciado, de obligarnos a ser actores, a jugar vagabundos, a amar sin tener ninguna certeza ni patria.
Y eso es precisamente, la alegría y rebeldía del Absurdo. El único sustento del Amor. 

Por eso hoy ya no estoy del todo en guerra con el espejo de la bruja del Teatro.
Y vuelvo a abrir una ventana hacia la superficie.Y vuelvo a desear el abordaje.

 Necesito purgar mis rencores.
Sé que algunos nacieron de la espectativa de mi Don Quijote.
Otros del vino derramado de Malena canta el tango.
Otros de la poesía cuando la realidad la hizo de corta-fuegos.
Del devenir del Teatro, cuando la obra no defendía el guión de mi surrealismo, ni podía devolver fuego en ese abstracto que hilaba mi utopía.
De la derrota cuando se hizo vanidosa de cosechar duendes en el filo del cuchillo.

Todavía, tal vez, es pronto, para que pueda volver, salvaje e inocente, al amor del Teatro. Porque mi rabia se ha sostenido en el fragor del absurdo como legítima, como urgente.

Y mi doble naturaleza quiere desvelar el fondo oscuro de la inercia retroactiva que había sido obligada al subterráneo por la fuerza de la fe. 

Por eso ahora, Cuervo viaja en mi hombro.
Porque mi tristeza había sido durante mucho tiempo censurada y condenada al exilio. 

Para que todo sangre, en la punta de mi escoba, para que todo vuelva al mar, hay que aullar.

Sé que las ecuaciones que acontecieron, al hervir de sangre, del hilo conductual de la guerra del Teatro, fueron un cúmulo de piedras contra el capitalismo y de espectros y ponzoñas que él enviaba a la soledad de mi mandrágora, ese desamor oblicuo, ese lío de actores sin papel robando todos los libros a Babilonia, la rabia del nihilismo que tomó la parte por el todo y me cantó el apocalipsis. El instinto terrorista de la metafísica. El corazón agujereado de Léolo.  Y un derrame pirómano de la hartura.
Y en lugar de haber salvado la mesura, sadifiqué todas las canciones oscuras. En lugar de haber salvado el equilibrio, hice de vísceras, ruleta rusa. Y Loba afiló su risco insomne, en el sacrificio de la fe de Alicia.

Por eso ahora estoy sobre el hilo de dinamita de una nube.

Y por suerte sé, que la vida me quitará la razón. Y salvaje relinchará una canción desconocida, un eslabón perdido que se hará relebo de Fauno. Por suerte sé, que justo lo que no sé y no he podido tomar en cuenta, será lo que me salve.
Hoy quizá vaya a Xixón y los vea un rato a los dos. Siento que eso me dará levedad y la alegría de la vagabundia. Porque cuando hay gente conmigo, Alicia ya no sabe nada y juega y se desliza y se hace el devenir de una guitarra, aunque a veces su canción sea triste. Y sin embargo, cuando me quedo sola, cuando escribo, lo que ella sabe, nos enchinga, porque me da la falsa idea de una verdad, del fondo de un pozo, donde rebota mi palabra y mi carne. Mi soledad, sino estoy con la cuántica de Fauno, legisla contra mí mi escritura, legisla contra mí la pesadilla de la materia inerte y la náusea existencial. y me hace chivo expiatorio de la idea de una realidad, de la idea de un camino, de un cuchillo insorteable. Y a mí la prosa me mata. Lo concreto, lo indivisible, la ley de gravedad, me destruye la fe. Y aunque escriba a favor de lo que se lleva el fuego, hay una caja b en mi hombre-de-esparadrapo que secuestra el testimonio de la roca y luego me hace su esclava.
Hay un poso triste que se abraza a la negación, al murmuro de la rareza, a la contra del amor, en la metafísica de los desheredados. Es parte del ciclo de la creación. El despotismo del absurdo, obligando a la canción a definirse y a explotar. Siempre he vivido cerca del ensañamiento del nigredo, y los poemas han nacido, como su contra, como su rebelión. Hay ciclos, donde es más latente su bocajarro, donde es más díficil bailar. Además yo sufro la exageración de la dramaturgia. Si tengo un mal día, mi escritura, hará un canto obscuro, tomando el grano de arena como las cumbres borrascosas, y mi subjetividad, apuñalará toda mi existencia desde la visceralidad contagiosa. Porque haré de mi quebranto, un castillo con catapultas y una odisea y sacaré espadas y huesos y profanaré mis tumbas. Y en apariencia ya no será azaroso ni fugaz, ya no será la broma del absurdo, será algo mucho más grave y tiránico y profundo. Como si toda mi vida hubiera sufrido ese mismo desgarro. Como si llegara más allá y más acá de mi vida. Como si necesitara un ejército de dragones para destruirlo.
Ayer le dije, hoy no he podido escribir y eso me lleva al más sangriento absurdo. Él me dijo, la vida no es la escritura, la vida tiene muchas más cosas que la escritura. Y le dije algo triste, la mía no. Cuando no hallo la vehemencia y la sublimación en la escritura, me atormento de existir. Voy de un sitio a otro, sin poder morar ningún espacio, sin poder amar, sin comprender, sin que haya una razón para forzar la poética al juego y al abordaje. Son tiempos raros, hay una melancolía que me habla de la pérdida. Ayer para evitar la angustia, estuve leyendo libros, salí al mar, jugué con el perro. Comprendí que hay una tristeza muy abstracta y secreta que él y yo compartimos, una extraña empatía subliminal y efervescente, que hace que cuando él está conmigo, yo me ponga triste de algo. Tengo qué averiguar qué y luchar porque salvemos la canción. Su desencanto, su nihilismo, se hace parte de mi sangre, me contagio de las canciones que ya no se cantan cuando los barcos van a partir. A veces siento que mis emociones, son a la mitad hielo, son la eclosión del pentagrama del absurdo, la extraña frialdad de sentir que todo es inútil. A veces culpo a K, de ello. Lo culpo de esa fractura de las profundidades de un poema que tuvo que hacerse suicida para salvar mi vida. Lo culpo de no haberme amado cuando era nuestra la razón, cuando sólo el amor podría haber salvado el abismo del absurdo y la decadencia, cuando todo lo otro era estúpido y trágico, sanguinario, y una derrota, el asesinato de Léolo, el crimen de la poesía. Lo culpo de haberme hecho desconfiar de la naturaleza humana... y haber hecho un festín de bestias con lo que oculta el amor humano y no tener ya, esa mano abierta bajo la luna, sino un cristal entre los dedos.
Soñaba algo sobre una personalidad bestial que todos teníamos dentro, el sueño era desde la metafísica, había una trama que explicaba desde el núcleo del absurdo que la fuerza de la atención y el afecto obligatoriamente llevaba a su contrario y de vez en cuando era natural la brutalidad de no haber tenido nunca nada y comer la carne y escupir el hueso del otro.
Lo que detiene a la naturaleza salvaje y su libertad y su alegría, es la represión. Pero cuando aceptamos interiormente la represión, puede ser una lucha de conciencia, de antagonismo, no necesariamente una represión exterior ni una renuncia.

Sé que algo de mí, aún está bajo los subterráneos de la represión, y necesito averiguar qué y porqué. Necesito liberarme en la contrariedad y en el devenir del fuego. Quitar el peso del recuerdo sangriento, de la pedrada, de la injusticia y mis rencores, quitarle a la melancolía el nido de tantas canciones que amparé en la muerte y en la herida. Zanjar la depredación del absurdo en la creación insurrecta del absurdo.

No quiero perderme la fiesta. No quiero estropear la magia del Teatro y su abordaje de locos y de parias, con la metafísica del Teatro, y su todo o su nada, en esa pistola que hace rebotar la bala en mi pecho. Sé que eso es una tara de mi individualismo, de la tiranía de Alicia y que aunque no lo quiera, acaba promulgando la tragedia y el terrorismo. Y haciendo inviable el amor y la música. En nombre de una quimera que sólo deja de serlo, cuando aún no hemos nacido. Y eso hace que mi vida sea una drama llena de bocajarros. Y eso hace que no pueda amarte ni apologar tu risa y la mía, juntas en el abismo, húmedas del espejo que se parte, a un plural, mucho más allá y más acá de la conciencia.

Sé que cuando estoy seria, cuando estoy triste, cuando no me estremezco del bosque y del espejo de éter de la luna, es que estoy jugando muy mal, bailando muy mal.
Cuando mancho tu canción, cuando te condeno, cuando me exilio, cuando quiero irme junto al frío de Saturno, cuando te juzgo, cuando me juzgo, cuando sufro el prejuicio de la verdad muerta, cuando veo feo el mundo, cuando no perdono a la humanidad, es que estoy yendo contra la naturaleza sísmica y cuántica y sagrada del absurdo, estoy partiendo de un error, estoy usando la arquitectura de una quimera, estoy sangrando, rabia y sed, el suicidio de lo divino y de lo humano. Estoy usando la perenne contrariedad, como una cacería y una trampa, y no como la alfombra mágica que en verdad es.

De ahí viene Comala como una culpa, como una crucifixión, como el olvido de Alfonsina. De ahí, viene el ego a puñaladas con el puñal, la sed, a tiro, contra la tráquea. De ahí, la naturaleza salvaje, se siente asediada dando tumbos en el abismo.

Tal vez hay un poso trágico, en el subterráneo de la transformación, que arranca el marfil de la lágrima de ese zapato de cristal roto en mil pedazos en el eco de la noche. Y si se va a la contra, se va mal y serán mucho más bestias las bestias, y si se le deja rugir y ser, somos su pieza de caza. Y ante, ese cruce de caminos dando vueltas en mi cuello y empujándome a la muerte, el camino precisamente es, la furia de los anacolutos, lo que el absurdo esconde, lo que no sé, la verdad a la que no puedo acceder. El instinto de mi primera célula sobre la mar infinita de los ahogados y del salvaje Poseidón.
Hoy ha sido un día hermoso, he llegado a sentimientos de amor a través del absurdo rizomático que rodea a la humano, eso me ha reconciliado con la fuga y el verbo, con el caracter apasionado y mortal de las canciones, con mis contradicciones, y ha hecho desaparecer el sistema binario entre el yo y el váter, entre el yo y la pistola.

Fue nómada y extranjero, paria y perecedero, el dolor y el placer. El elemento que provocaba la alquimia de su música, nunca estuvo en mis manos. Y mentirá mi palabra cuando lo nombre.

Hoy prefiero huir de la terminología y de la moral. Sé, que será precisamente lo que no alcanzo a ver, ni a comprender, lo que marque la canción que venga, la que cae sobre mí.

Fue entre él y yo, siempre lo extraño, lo que nos hizo amarnos o herirnos. Fue lo que se fumaba Fauno, lo que nos hizo acariciar el paraiso y el infierno. Fue lo que nunca supe de mí, lo que volvía otra vez ebria al Teatro. Y mentí muchas veces en nombre del poema. Pero el poema fue borrado cada noche por lo incognoscible. Y mintió mi lágrima y mintió mi risa, porque herida por la contrariedad y la muerte de la verdad quería a dios, quería que algo tuviera sentido, cuando fue el fuego y su seismo de lo innombrable el fin y el medio, mi origen y mi sangre.

Hoy acepto el reino del Teatro y ya no quiero secuestrarme en quimeras, ni poner en cuarentena la vehemencia de la obra, ni censurar mi naturaleza en nombre de la unidad o del sentido, ni moral. Quiero sólo bailar y aceptar la tragedia del absurdo sin miedo ni renuncia ni claudicación, ni volverme creyente y dogmática por culpa del aullido y la desesperación. Aceptar todas las tripas de muertos y dragones, de héroes y antagonistas derramadas en mis labios y hacer música.

Para que vuelva a tener la alegría surrealista y absurda del amor al Teatro. Tengo que subliminar mis rencores.
Perdonar a las canciones tristes y viejas que los náufragos que amé, sangraron en mi playa.
Perdonar a la trama su poderoso pacto con la muerte haciéndonos parias y vagabundas.
No odiar a los que no conocieron a Alicia. No sufrir el amor que no pudieron darme. No haberles exigido que fueran mi Dionisio y mi Rocinante. No haber esperado de ellos lo Imposible. Porque todos era como yo náufragos, heridos de muerte por el Teatro, solos en la guerra frente al Salvaje Poseidón, profanos y cavernícolas del amor, centrípetos a las gafas de cerca de su Alicia, víctimas y verdugos de la muerte de la verdad. Parias y locos buceadores de lo Imposible.

Ellos no podían salvar a Alicia.
No podían completar mi poema.
No podían darme refugio ni amor perenne.
No podían defender mi risa.
No podían evitar que estuviera sola.

Porque Alicia sólo hizo arte dramático. Y velaba con la dinamita del teatro su verdadero rostro.
Porque esa esa es la naturaleza de todas las Alicias.

Aceptar que la tragedia del absurdo, es parte de la creación de la sublimación y libertad del absurdo.

Aceptar que a veces me defraudará el Teatro, me acorralará, me dejará sola y huérfana de lo divino y de lo humano, y que absolutamente nadie podrá evitarlo. Sino la tensión de la rebeldía y la anarquía cuántica de mi soledad.
Ahora es momento, de liberar mis guerras civiles con el armisticio del absurdo y su alegría y su vehemencia.
He sido muy dogmática y tiránica de la quimera.
Porque estúpida e ilusoriamente creía en la Unidad.
Cuando el reino, es el Absurdo, porque la unidad, es la verdad, y la verdad no es accesible para la naturaleza humana. 
Mis prejuicios nacidos de la quimera de la verdad, hicieron la guerra civil de mi naturaleza contra mi naturaleza. 
E hicieron de mi vida una tragicomedia sujeta por el fragor de la derrota culminando todos los poemas.
Porque partía de un error como principio y como horizonte. 
Partía de que había un hilo universal en lo humano, y una unidad en mi ser.
Cuando esa Unidad, ese devenir filosófico, es una utopía. Porque la única certeza, es que la verdad no es accesible para el humano. Y sin verdad no hay unidad.
Por lo tanto, el principio, es la contrariedad y la ignorancia. Y la contrariedad y la ignorancia nos sostiene sobre el Absurdo como raíz y devenir.
Sino nos haremos una religión y un dogma y defensores ciegos y brutos de la quimera, ya sea filosófica, científica o mística, nos haremos siervos del prejuicio de lo real, nos haremos ombligos todopoderosos de la tierra es plana. Un fandango.

Ya no quiero la guerra civil del interior contra la superficie, ni de la superficie contra mi interior.Esa guerra, partía de la contrariedad, y de un error utópico que yo ponía en su base y sobre el que levantaba los cimientos que la naturaleza destruía una y otra vez. Porque eran una quimera.

Ahora conozco el punto real de partida y es la contrariedad y es el fragor del absurdo. 

Alicia siempre estará sola y en la superficie hará arte dramático.
Y todos los humanos tienen a una Alicia sola que hace arte dramático.  Aunque no vean el Teatro. Aunque no miren hacia a su Alicia y miren sólo la merca-ambulante y se hagan la compra-venta. Aunque crean que es su carne. Aunque legislen la realidad con la tiranía de los que saben y no saben una mierda y con sus ombligos-posesión y juez, y su historia de amos y esclavos. Aunque crean "el infierno son los otros"
Ya no quiero luchar contra la inestabilidad y falsedad del Teatro, sino aceptar su reino. Ya no quiero gato por liebre, ni paloma que se equivocaba, ni Don Quijotes suicidas. Todos somos hijos y devenir del Teatro.

He obligado a Alicia durante estos años de camino hacia la superficie, a ser una suicida, pirómana y huérfana de mí y de ella misma.
He ido contra mi naturaleza, en la quimera de que alguien podría conocer y amar Alicia. En el sueño de que ella podría amar y mostrarse entera y libre a alguien.
Sin tener en cuenta, que el sostén de los humanos, es el Absurdo, y la sociabilización y superficie de los humanos, es el teatro del absurdo. 
Sin tener en cuenta de que todos ocultan a una Alicia que está sola. Y de que las Alicias sólo se rozan entre ellas, en el baile y apoteosis de Fauno que es la raíz de Alicia y del Absurdo y del Teatro.
Ya no quiero luchar contra mi naturaleza y mi sino.
Durante muchos años hice un ejercicio constante de resistencia y exigencia, de metamorfosis. Tal vez también acentuada porque había sido suicida y había conocido el infierno de la desesperación, de la angustia y del vencimiento, de la locura, de la muerte de la psique, de la pérdida de todas las realidades. Mi pesa-nervios luchaba contra el suicidio, mi inconsciente tenía un recuerdo hirviente del horror y del abismo, y eso me imponía al abordaje. Eso fue importante para armar mi poética y mi amor a la vida.
Pero esa exigencia y abordaje contra mi pesa-nervios, me hizo vivir en el constante conflicto. Sin apenas tiempo a soltarme, a estar en paz, a confiar en la vida y en mí.
Me hizo demonizar mi nigredo y poner una moral tiránica sobre el absurdo.
Como si supiera que mi psique, mi esencia, seguía alimentando a la homicida, a los heraldos negros. Como si supiera que mi más peligroso enemigo vivía dentro de mí. Y que yo no podía detenerme jamás, que no podía nunca estar tranquila, que me rodeaba el abismo y que si me relajaba, si me distraía podría destruirme.

Creo que esa sensación es algo que tienen todos los que han vivido la locura o han sido suicidas. No se fían de su naturaleza, no se fían de su hummus, no se fían ni de lo divino ni de lo humano.
Todo ese tiempo que caminé hacia la superficie, viví la contrariedad, de un espacio que pudiera permanecer en la superficie, su ausencia, la falta del guión, me invocó en los subterráneos de Alicia, en la arista y subversión de la escritura contra, de la escritura a pesar de. Para haber podido llegar a la superficie, hubiera necesitado un destino más fuerte, más cierto que la escritura, un amor más alto, un beso más largo. Compartir con una otredad, todas las guerras y sueños de Alicia, con un barco mucho más pirata y vehemente. Un amor que se quedara en mi cotidiano y en mi horizonte.  Pero no lo hubo. Creo que mi fragilidad esperaba un héroe. Y los humanos somos náufragos, todos parias. A los héroes los mató la historia. Yo quería un explorador de la caverna de Alicia que pudiera echarla abajo y empujarme con un poema perenne a la intemperie liberada. Necesitaba un nagual hijo de los lobos, porque yo había vivido cosas extrañísimas allá dentro.Y para que mis ojos pudieran reflejarse en otra pupilas con la transparencia del mar, necesitaba un loco estrafalario del desierto. Eso era una contrariedad para los principios y modos operandi de Loba. Para mi voz y mi vida y mi carne y mi espada y trinchera. Y sin embargo, lo soñaba. Cuando la soledad y la deriva, es la fuerza constante del ir, intermitentemente hay blues, parnasos de amor y fuego, horizontes comunes y liberados bajo la fugacidad de lo nómada, Alicia siempre está sola, y todos los humanos tienen a una Alicia que está sola. Alicia sólo se puede comunicar con la poesía y su error, con la parte por el todo, con la adaptación y la concesión de su idioma verdadero a través del abstracto. Porque todas las Alicias son autistas y hacen arte dramático. La empatía y el amor, surge en el Teatro. Pero la fuerza centrípeta de Alicia hacia Alicia, es una guerra con el salvaje poseidón que se hace a solas.

Yo había ido contra la tierra y contra mi naturaleza y la naturaleza de los humanos, en pos del idealismo de los delirios de Alicia. Y eso me hizo sufrir. Porque le pedía peras a mi olmo. Porque contaba milongas que me milongaban erráticas fiestas del chacal y tramas de la tragicomedia del Imposible. Porque hacía expectativas irrealizables que partían de un error y en su ferviente fracaso me hacía la guerra civil y el fandango de los malditos.

Tal vez hay ciertas personas que se emparejan o hacen tribu, y son capaces de que sus Alicias compartan el Teatro, en paz, armonia y barricanto... Tal vez hay personas en las que la soledad de su Alicia no es una batalla contra todas las vidas. Y que pueden hacer una familia, hacer comuna, construir con la sensación de un poema peremne el horizonte común. Muy juntos, con amor y resistencia. Sin los soplos de Comala, sin el Conde Drácula partiendo en dos cachos la tierra, sin el Cuervo de Poe arrancándote los ojos y dándoselos a la huesera.

Pero mi historia nunca fue así.
La naturaleza de mi Alicia fue un extraño apocalipsis del espejo de la caverna y del terrorismo de la metafísica.

Yo soñaba lo que nunca había tenido.
Quería cumplirlo con él. Yendo en contra de la naturaleza.
 Por eso todo fue una tragicomedia de locos.

Mi soledad es demasiado profunda para que Alicia pueda quedarse junto a alguien sin ir hacia ella misma rompiendo el guión.
 
Busco las palabras. Todavía estoy subconsciente del sueño. Soñé también con dos hermanos que eran escritores y desarrollaban una filosofía antagónica entre ellos y su conflicto era mi unidad. Echo de menos algo la alegría del absurdo, su vehemencia, su contra todo ganará la vida. Todavía mi ventana no está abierta a la gente y a las experiencias, hay una desconfianza metafísica, un fado que recae en mi soledad y que busca en esas profundidades de la distancia un nexo, un porqué.  Aunque sé que la soledad puede provocar mucha seriedad y desarrollar más intenso la fuerza depredadora del absurdo, si ella no tiene vida creadora y un amor que perseguir. Cuando la soledad juega, cuando la soledad evoca, ama, conquista la belleza, es libre, entonces ocurre una profunda alegría inalterable. Y para eso necesito la sublimación del absurdo, y su representación es Fauno, la sublimación del absurdo hace que la soledad no esté sola.
Soñaba que era actriz y estaba representando una obra que era el sueño, había otros personajes, yo al principio no estaba del todo contenta con mi personaje porque todos lo odiaban y nadie creía en sus motivos, era el antagonista. Éramos como una especie de campamento que atravesaba una odisea. Yo incumplía las normas y la moral del grupo y ellos me marginaban y despreciaban. No recuerdo demasiado los detalles.
He estado por ahí con Kavka. Sintiendo los árboles, paseando cerca de las ovejas y de las vacas, debajo de los cuervos y de las gaviotas y de ese cielo que siempre me hizo extranjera. Cuando camino siento que todo es más leve y más abstracto y lo abstracto me da equilibrio y seguridad, me da movimiento. Lo que me hace sufrir es lo concreto, lo asible, lo cerrado, lo lineal.

A veces creo que cuando he amado, ha sido por un capricho del absurdo, por un fetiche del poema y de su voluntad, por una réplica de la belladona en los pentagramas de la lluvia. Y por las mismas, he sentido frío y distancia. 

A veces siento que todo lo que nace del yo, es egoista de algo, es captor, quiere algo, aunque sea desde el reino del surrealismo y de la nada. Quiere rizar el rizo, abrir la brecha, para que la catarsis tenga un abordaje o un cuchillo que la haga épica, que la haga sanguínea, que la devuelva momentánea y mortalmente a la idea del todo.

Y su razón más profunda es surreal e inabarcable para el lenguaje y el sentido.

Por eso quise tanto a K. Por eso lo dolí tanto. Por el egoismo y tara de mi poesía. Por eso las canciones con Yos o con él o. Pero en realidad siempre fui pagana y cavernícola. Y egoista del dadá.
Me sentía una cavernícola que había vivido cien años luz bajo tierra.
Los bocajarros y mis cicatrices, me habían hecho una descarriada, una bruja huérfana hija de la desolación y del imposible, sin mundo en el mundo, sólo en el allá. Y mi corazón necesitaba un milagro, porque ya no creía en los hechos ni en la tierra ni en la humanidad. Los delirios de Alicia hicieron abracadabra en tu nombre. Y fuiste, en mi locura, mi más amada planta mágica, mi amigo alienígena, el que conocía los secretos de Fauno, el que viaja conmigo despierto en mis Ensueños. Mi país de las maravillas. Aquél junto al que me lanzaría a todos los abismos a pleno pulmón, sabiéndote siempre amor y magia.
Y cuando la realidad deshizo el hechizo, una nueva herida comenzó en la playa de Barcino.
Y la sangré. Y te sangré. Y aprendí a quererte desde el naufragio y el réquiem de haberte perdido.
Y nunca me quité del todo la nostalgia, del amor y el éxtasis de mi locura. De aquél que fuiste entonces cuando nada era Imposible.
La cordura, volvió a hacerme hija de la muerte y del teatro. Volvió a obligarme a pelear contra la tragedia y el desgarro. Volví a sufrir. A perder. A llorarte. A no tenerte. A estar sola y en la cuerda floja en busca del Salvaje Paseidón. 

Quise escapar de mi soledad cuando ese rayo de luna iluminó tus pupilas en mi piel.
Quise no volver a escribir nunca más, cuando nuestras risas, quemaron todos los libros y teoremas y términos e historias y devenires en el arañazo de la Osa Mayor en nuestra hoguera.
Quise quedarme sobre el cénit de esa alegría tan animal, tan surreal, tan pagana e irreverente y nunca más tratar con mi cucaracha de Kafka, ni con el exilio, ni con la misantropía, ni con la prosa, ni con el civismo, ni con el dolor, ni con la muerte, ni conmigo misma. Quise a Fauno entre tus piernas y guitarras llevándome de viaje a lo Imposible.

Pero choqué con la tierra.
Mi Don Quijote lo había olvidado otra vez.
Mi paloma que se equivocaba se equivocó todos los delirios.

Y no pude evitar, estar otra vez sola contra ti.
No pudiste agarrarme lo suficiente a los lomos del Salvaje Poseidón.
No pudimos quedarnos en las nubes, ni sobre los caballos de Alberti, ni en nuestro Edén.
No pudimos vencer a la ley de gravedad.
No pudiste robarme la soledad.  
No pudiste acabar la tragicomedia de vivir y fallar y naufragar y no saber y no tener y no llegar y no soltar ni agarrar ni haber amado definitivamente.


Todos tenemos muchos agujeros.
Nacemos a pecho descubierto y milicia cuántica y desarmada.
Nacemos papel en blanco bajo la lluvia de sangre y balas.
Y no nos hacemos a través de la paz ni del amor ni de la conquista, nos hacemos a través de la muerte y de la derrota.
Son los agujeros, los que nos empujan a transformarnos, a rebelarnos, a ser.
Son los agujeros los que nos hacen ir hacia Fauno.
Por la gloria nunca se llegó a ningún sitio, sino al artificio y a la quimera e involución burguesa.
Las preguntas nacieron del horror. La conciencia nació hacia la utopía contra el crimen. Hacia el bien cuando todo era mal. Hacia lo justo "cuando la justicia vale menos que el orín de los perros" El dolor y la lucha contra la infamia y injusticia creó el arte. La revolución aunque aún no haya sido definitiva fue la que empujó a la humanidad a ser digna. La imposibilidad de conocer la verdad, empujó al conocimiento, empujó al abordaje, empujó los sueños y las guitarras. Saber que todos estamos condenados a muerte y que no conoceremos a dios, nos dio la rebeldía y la contrariedad. La contrariedad destruirá el sistema binario y nos hará la cuántica que ya somos. Y en la cuántica no hay ningún arriba, ninguna clase alta, ningún amo ni esclavo.
A veces, cuando ya no le pregunto nada el amor, cuando ya lo doy por perdido, cuando ya no echo el canto en su nombre, cuando sólo queda el vino que Jacques Brel dio a Jeff y corre por el asfalto frío, surge de pronto, de la ferocidad creadora del absurdo, la inocencia. Y lo quiero entonces sin saber que lo quiero y me quiere sin que yo haga acuse de recibo. Y Fauno nos sonríe. Y todo vuelve a ser bello.
Hoy he estado muy feliz con él, hemos vuelto a ser camaradas, hermanos lobo. Hemos soñado hacer juntos una comuna, escapar de las redes del capitalismo, de los jefes, de los horarios, de los recibos, del fascismo económico, de su ley, de su moral, de su policía, de su cerco y su purgatorio y su condena al hastío y al fracaso existencial y a la degradación de la palabra y la libertad de nuestros cuerpos y sueños, de su prisión de muerte. Hemos hablado de la política y el materialismo para hacerla real. Y aunque yo haya sido la que más entusiasmo puso y motivos y modos operandi, él me siguió el canto y volví a verlo el duende y el salvaje que tanto había amado. Y ya no nos sentí antagónicos ni imposibles, nos sentí compañerxs, mano a mano, volví a oir el relincho de la oceanada, la fe, el amor. Volví a estar contenta de él, de nosotrxs. Ya no sentí que mi soledad era una contracorriente. Ya no sentí que nuestra relación era maldita. Porque juntos, en medio del abismo de la sociedad capitalista que condena a muerte el amor y la vida, hicimos una canción que abría una brecha.
He estado algo triste y espantada. Sobretodo fue al leer ésta noticia https://elpais.com/sociedad/2019/04/18/actualidad/1555612101_291957.html
Sentí pavor a la sociedad. Sobretodo el miedo a aquellos que se llaman a sí mismos los justos, los demócratas, los que saben, aquellos que tienen una posición de poder que puede destruirte. El recuerdo de la injusticia y la impotencia que viví en los hospitales. Del prejuicio y el fascismo que asedia y atormenta a la gente que ha vivido la locura. La vulnerabilidad, el desarme, el peligro y abismo, de que en algún momento mi vida éste en manos de ellos. Eso me dio miedo. Un deseo de irme muy lejos a la montaña. De nunca ponerme a su alcance. De nunca necesitar nada de ellos. Un miedo a la democracia capitalista y a sus instituciones sujetas por un proceso kafkiano y económico donde el amor no puede existir y la palabra y la virtud yace congelada bajo el bucle mortal del flujo económico y la tiranía.
Ayer cuando estaba con Kavka entre los árboles. Amé a Fauno, sentí un instante que Alicia volaba. Porque Fauno era el absurdo. Y el absurdo nunca me había abandonado. Porque Fauno había estado siempre conmigo, relinchando la rebeldía y liberación y creación y metamorfosis del absurdo y su vuelo de éter sobre lo incognoscible y lo infinito. Porque Fauno siempre fue, la siguiente palabra, el anacoluto, lo que en su ausencia me explicaba mi porqué. El verso que nunca escribí. Lo que había olvidado. Lo que no podía abarcar. Lo que salvaba mi amor, aunque yo no pudiera hacerlo.
Cuando el instinto del topo se hace en la infancia, la antorcha y el abre-camino. Es muy díficil resalcirse, te persigue siempre el agujero del árbol,  el teatro, siempre la literatura, el fandango y la tragicomedia.
Volvemos al primer amor. A la primera piedra. Al primer odio. Y ataque y defensa. Y aullido y carnaval y fiesta.
Porque esos primeros, fueron cuánticos y efervescentes.
Porque en el inicio de la infancia, éramos el relincho del éter y de lo salvaje. Éramos cuántica liberada, sin muro, sin prejuicio.
El topo, disoció mi identidad. Me hice muchas y ninguna. 
El topo empezó con mi familia, porque ellos eran la primera otredad, ajena y extranjera de Alicia, homicida e inquisidora y reparadora de Alicia, manipuladora, represiva y amante de Alicia.
Y junto a mi topo, aprendí a fingir y amar y a pelear y a ceder y a no hacerlo.
Pero fue el topo siempre mi alfombra mágica, mi cóctel molotov, mi verdad y mi arte dramático. 
Alicia siempre soñó un mundo donde topo encontrara otro topo para poder entre los dos, descubrir el rostro y esencia de topo y entonces abandonar el infra y crear alas, en lugar de caminos subterráneos y volar sobre las estrellas, libres al fin, sin tener que hacer Teatro, sin tener que humillarse ante el Teatro.

Pero eso de momento no ha ocurrido.
No quiero hacerme vieja.
De vez en cuando, el núcleo de la urdimbre del Absurso al fragor de la derrota y cúmulo de cicatrices y bojarros, embriaga la mirada del desencanto, y aquellos sueños que eran granadas y flores en la mano desnuda, se vuelven el peso de la pérdida y el puñal de la melancolía.
De vez en cuando nos convence el mundo de su horror y de su fealdad, de la permanencia del capitalismo, el crimen, el asco. Nos convencen los civilizados de yira y yira y así venga el apocalipsis y nos vayamos todos al pairo. Nos convence el otro lado de que el amor ha muerto, de que los sueños son amasacrados, nos convence la muerte de que perderemos todas las partidas. Y caemos. 
Pero no hay que sucumbir, no hay que renunciar jamás. Son sólo viajes junto a la Huesera. Son sólo desiertos y precipicios que harán mucho más fuertes nuestros sueños y nuestro amor, cuando Comala pase de largo. 
No hemos de abandonar a Léolo en la bañera con hielos. No hemos de echarle las riendas a los caballos de Alberti. Hay que empujarlos hacia la mar, aunque no veamos la mar, aunque ni siquiera creamos en la mar. Aunque la realidad quiera someternos a su miseria. 
Sólo tenemos la tensión de la rebeldía, para vivir con dignidad, para amar, para pelear, para que esto valga la pena.
Nos decimos que nos echamos de menos. Que cada día es un día ganado y que luego vendrá el rock. Aguardamos esa noche que nos vele desnudos y libres bajo las estrellas. El capitalismo nos ha separado. Sus condiciones laborales lo han asediado contra la mar. Ya no tiene tiempo para la música ni para la vida. Mientras él trabaje, no nos veremos. Y en ésta distancia, a veces un deseo, nos derrite el blues y entonces lo sueño un rato, sólo un rato. A la vez que soy extranjera y me siento muy lejos de él y del amor.

Si él me hubiera seguido, si hubiera confiado en mis planes, si nos hubiéramos echado a la carretera con una furgoneta y dedicarnos a la merca-ambulante, o a vender collares y notas musicales,  o fugarnos tras los vaqueiros de alzada, o tener un puesto en el rastro y de techo las estrellas y conocer todos los secretos del fuego o hacernos clandestinos... si él hubiera creido en mi mañana, mi amor por él no se hubiera enfriado. Porque amaríamos juntos el mismo poema, el mismo sueño.

Yo necesitaba no volver a escribir nunca más. No volver a tener casa. Sernos Don Quijote y Sancho arrepentido, recorriendo todos los vestigios del mundo para acabar con todos los gigantes y con todas las injusticias divinas y humanas.

Pero él tenía supuestas responsabilidades. Inercias del capitalismo. Inercias degradadas de la mierda de vida que la cultura nos inculturizó sobre lo que era la vida, el deber, lo correcto y esa muerte y hastío al que nos empujaban a todos. 

Y poco a poco el amor que le tenía, el sueño que me había resucitado, se fue apagando. Yo empecé a amarlo en mi locura, cuando creía que él era un duende, un brujo, un nagual anarquista. La realidad fue un prejuicio. Un desencanto, una tristeza, una derrota. Y aunque luego aprendí a quererlo como hombre, él no alimentaba mis sueños, ni mi amor. Porque no compartíamos el abordaje sobre el firmamento. 

Y como dos náufragos nos amábamos en el naufragio y en el desencanto.

Yo nunca sería la mujer que él quería. Porque yo no tenía ningún hilo ya de ese adaptarse a la civilización y remar por el orgullo entre esos tristes hacederos de "los que saben", de los civilizados, yo no quería nada de ellos, y él quería lo que nunca le habían dado y entre tanto abismo le había hecho aullar por conquistarlo.

Y él tampoco podría ser mi poema perenne, ni mi barco, ni mi camino, ni mi cóctel molotov, ni musa, ni trinchera ni luces de san telmo, ni mi compañero de viaje, porque no creía en mis sueños, porque no me seguiría. 

Estamos condenados a estar solos el uno del otro, cuando estamos juntos. 
A querernos en la pobreza y la indigencia, en el desencanto, en la rabia, en el olvido. 
A querernos irracionalmente y reclamarnos y buscarnos, cuando no podemos querernos, ni tenernos, ni salvarnos.
He recordado un sueño, íbamos a ir a quemar una iglesia. Me acompañaba una amiga de mi adolescencia. Inspeccionamos el lugar antes para saber dónde tendríamos que iniciar el fuego y cómo huir. Al abrir una puerta desde el altar, accedimos a un edificio, donde había muchos ancianos durmiendo, tuvimos miedo a que el fuego llegara hasta allí y pudiera hacerles daño. Pero confiamos en que los edificios estaban lo suficientemente aislados. Y empezamos a quemarla. El fuego iluminaba las vidrieras como una semilla que rompe el cascarón. Luego saltamos por una ventana y seguimos una especie de túnel. Y no recuerdo más.
No recuerdo casi lo que soñaba, porque me despertó una llamada de teléfono que duró hasta ahora. El rito del café, el ensimismamiento de la búsqueda del significado del sueño, el primer acceso a la palabra, no pudo ser como suele ser. La conversación me agitó sobre la política, sobre núcleos de conflicto que bajo el fragor del absurdo aún siguen agujereándome poemas-trampa y una ruidosa tristeza que recae donde el olvido nos mece desarmados.

Sé que muchos de esos significados vivieron desfocalizados de mi expresión durante mucho tiempo. Yo luché contra ellos, dándole poder al surrealismo y huyendo de su cuerpo, de su materia semántica. Justo como he hecho en el párrafo anterior. Los abstraigo, les arranco su política, su rostro, su carne, los abogo en la metafísica, en el verso, les robo su hechura momentáneamente, pero su hueso sigue feroz clavado en mi hueso. Tal vez un día sea capaz a escribir su narrativa, su descripción, y entonces ya no me esconderé tras la lírica ni el abstracto. Creo que empecé a dárselo todo al surrealismo, cuando ese núcleo de mortajas y heridas que me rodeaba, implicaba una unidad suicidada, una explicación a la que yo no tenía acceso, cuando mi dolor psicótico bajo la guerra civil de las antagonias, no podía tener en mi pecho ni un armisticio ni una certeza. Cuando la prosa condenaría la realidad. Cuando mi voz sería un bocajarro.

Ese microuniverso de mi autismo y mi réquiem, fue provocado por mi familia. Ellos me empujaron a la literatura y al surrealismo, cuando sus redes eran el asesinato de la lógica, de la filosofía, de la anarquía, cuando eran lo que condenaba la vida y la libertad, bajo el despotismo de lo irracional y de la sombra de la bruja, hija de la compleja cuántica, de antíquisimas brujas de generaciones y generaciones que aullaban en mi sangre.

Fue entonces, cuando entre Tigre y Alicia, yo construí un yo infantil, una identidad aislada, desfocalizada de mi mundo interior y de mis principios y el fuego y barricada de mi metafísica, gaseosa, absurda, irracional, que provocaría, un perdón, un amor absurdo, desarmado, inocente, niño, y teatral, que ejercería como contrapeso, como disfraz. Lo hice por desesperación. Porque había fracasado la cordura y el sentido, porque lo irracional saboteaba el poema, la palabra, mi corazón. Porque después de las luchas de Tigre y de Alicia por la anarquía cuántica y la barricada, acepté el fracaso, mis nervios ya no podían sostener el espejo de la caverna sin partirme en mil cachos.  Y esa personalidad aislada me condenó también a la inacabable caja de Matrioskas donde nadie conocería mi verdadero rostro. 

La ruptura entre el exterior y el interior, fue una defensa contra mi familia. Aunque tampoco en aquella época, tenía amigos íntimos que ejercieran de catarsis, sólo tenía los libros y la escritura.
Echo de menos un payaso que se encarne en mi cuerpo y derrame su pintura frente al espejo en que escupo y me escupe la palabra que huirá de mí.

Sé que he sido demasiado triste del verso que no se quedada.

Cuando su naturaleza, era irse, irse siempre donde yo no podría saberlo.

Luchaba contra mi naturaleza de aire y de vagabunda. En lugar de dejarme llevar por sus arroyos y charcos de ceniza.

Luchaba contra la vida, contra mi raíz, contra el Todo y la Nada.

Cuando todo nace, de lo incognoscible y retumba en un rayo extraterráqueo que cruje el esqueleto como la verdad que no podremos descifrar nunca.

Yo quería la verdad.
No quería renunciar a ella.
Quería que me inundara de la metamorfosis definitiva y cabalgar sobre el Salvaje Poseidón y ser la muerte cuando la muerte viniera a buscarme.

Pero hoy comprendo, que la verdad, es una quimera, un prejuicio, una violencia innecesaria.

Y que los humanos no tenemos acceso a ella. Vivimos inevitablemente en el fragor del Teatro.

Por eso hoy doy por perdida la guerra de mi yo y su utopía. 
Y acepto la naturaleza vagabunda, irracional y surrealista, de mi ser más profundo. 

Ahora tengo que aprender a bailar y a reir.

Y ya no ser tan seria y grave y desgraciada de la tragedia irrevocable de la muerte de la verdad.

Emponderarme desde el amor del Absurdo y su cuántica y su insurrección y su salvajidad.

Sin enfrascarme en esas batallas que siempre ganó la derrota y la contrariedad. Porque era lo natural. Porque era chocar con los manubrios en mis costillas.
Porque la contrariedad y los fuegos fatuos y el absurdo, es lo único cierto.

Mi moral ha asediado a monstruo.
Mi moral, ha reprimido mi naturaleza, me ha hecho vivir una constante guerra civil, un continuo, ataque-defensa. Mi moral, ha puesto un velo fascista a lo real. 
Lo real, es lo incognoscible, lo inabarcable, yo sólo accedo, a una metonimia autista, a una interpretación subjetiva y humana, condicionada por mis sentidos, mi prisma individual levantado por mis cicatrices y mis orgasmos....., y mi condición de humana y sus limitaciones.
Después de arrancarse los prejuicios de lo real, que puso la otredad y la cultura, que pusieron los legisladores y farsantes y moralistas y santa inquisición de lo real. Seguimos teniendo una realidad, vetada y manipulada. 
Mi moral, tiene dos aspectos. Uno, se pone en marcha, cuando trato con personas, y a no ser que me deje llevar por mis perros de diógenes y los magos de mi psicosis y caprichos de Tigre y ebriedades de dionisio y hoguera y neandertal, reprimo mi naturaleza por culpa de esa moral que me habla de lo prohibido, de lo inconveniente, de lo que no debe ocurrir nunca en el Teatro, para que el Teatro salve el amor y la continuidad ácrata de la obra sin que los actores sufran daños.
Y el otro aspecto de mi moral, es el metafísico, es el que lucha contra el suicidio. El que pelea contra la fuerza destructora del Absurdo, el que lucha contra el esperpento, el que quiera defender a toda costa la vida. 
Ambas fuerzas, aunque veces puedan ser vitales y creadoras y dadoras de música ocasionalmente, son fuerzas que nacen de un prejuicio y que generan represión. Nacen del prejuicio de la verdad, de su síndrome de abstinencia. Porque mi fuente, mi origen, es el Absurdo.  Y yo en nombre, de un abstracto, de un concepto de humo, de la idea de un dios, coacciono a mi naturaleza y legislo una realidad cerrada. Me hago juez y verdugo de lo bello. Y en la inevitable cuántica, genero lo contrario, genero el abordaje de lo feo y de lo condenado. Y Monstruo sufre. Porque Monstruo quiere todo. Monstruo no quiere vivir bajo ninguna jaula. Quiere que los dos, muy juntos, caminemos hacia la mar.
Para mí dios existe y es la verdad y la verdad está muerta para el humano. Por eso lo único, palpable de la verdad, es el Absurdo. Es la fuente y es el fin, es el medio, es la culminación y la felicidad y es el tormento y es la destrucción, es el cielo y es el infierno.
Todos somos unos hambrientos de la verdad, unos náufragos, unos vagabundos, que no la tienen, que no la salvan, que no pueden ni siquiera defenderla. 
Todos tenemos prejuicios de verdad, y de esos prejuicios, nace la moral y la guerra y el crimen.
Los estados, usan ese estreñimiento de la moral y la inculturización y analfabetismo político, para que la gente se arrodille ante su absurdo, como si fuera dios.  
Pero el absurdo, es nuestro, por nacimiento, por vida y por muerte, por grito, por canción, por salvajidad.
Y hemos de liberarlo de toda nación y partido y dogma y gobierno, hemos de destruir a todos aquellos que se presentan como los redendores, como los salvadores de la democracia y de la justicia y la ley y la humanidad, como los pastores, como los jueces, como los policías, como los defensores de la verdad.
Porque sólo tenemos el absurdo, sólo tenemos la hoguera del surrealismo.
Y ya es bastante abisal y mortal, como para encima, tener encima a parásitos inclinándonos ante sus iglesias y prisiones y quimeras.


Voy a dejar que lo feo venga hacia a mí con sus puñales. Y a la capa de Drácula, que se reseque la gota de sangre en mi pupila.
Voy a dejar que mi horror, mi depresión, mi más secreta oscuridad, baje el río, hacia la mar.
Sin que mi puta moralista, ni poeta, ni coleccionista del órgasmos ni canciones ni fuegos, ni la corta fuego, ni la evita muertos, haga nada.
Voy a desatar la fuerza aniquiladora del absurdo, hasta que el amor de Frankenstein lo vuelva, amor de madre.

Estoy harta de ser ya, el puto malecom, la pala sacando patadas de tierra, la sepulturera, la que reza, la que cava la trinchera, la que vela en la noche del diablo por la luna blanca. Ya no quiero ser el médico de guardia, ni la policía del Edén, ni la puta sacerdote de lo que mi utopía impone, haciéndome sierva a sus vicios.

Ya no quiero generar una constante fuerza represiva en mi naturaleza monstruosa. Si Comala camina hacia mí, caminaré hacia Comala. Ya no quiero puertas ni llaves ni muros ni escopetas. Ya no quiero tener en mi psique, un palacio de cristal. Que todo, sea todo. Que todo sea libre. 

Estoy harta de ir a la contra del absurdo, cuando sé que sólo he ido, hacia el cénit del absurdo y que soy hija del Teatro y de la muerte. Y que mi eterna contradicción siempre me ha llevado, al lugar no poblado por mí misma. 

Si se abren las puertas del Infierno que salgan todas sus bestias, que se hagan carne de mi carne, letra de mi letra, ojo de mi ojo.

No me arrodillaré ante ellas.
Pero no las condenaré ni las exiliaré. No las encerraré en la jaula de mi moral. No reprimiré la naturaleza que en mi naturaleza es ellas.
Dentro de un poco iré a caminar con el perro. Sé que lo que necesito contra la zona destructora del absurdo, es un puente metamorfo que me reconcilie con el polvo de lo cotidiano y su bodegón y su música clásica y su réquiem y su hoguera. Pero no es algo que pueda nacer desde el método y lo que abarca el lenguaje. Es precisamente el accionamiento de lo contrario. Es desatar el surrealismo. No apartarse del cuchillo ni del baile. 
Hay una mirada binaria y coaccionadora, moral, sobre la legitimidad del absurdo. Cuando hay términos de bueno y de malo, de destructor y de creador, de luz y de oscuridad, nuestro deseo se vuelve rígido y creamos la represión-sublimación, el punto álgido y la cochambre. Y vivimos en una constante guerra civil y cíclica, donde nuestra naturaleza lucha contra nuestra naturaleza. Sentimos que hemos ganado, cuando sentimos placer, musa, culminación. Pero el juego binario y su bucle está ganando. Y volverán los cadáveres para que vuelva el resucitado y su gozo.
Y es precisamente esa mirada moral y binaria, la que me coarta. Porque cuando condeno a mi angustia y desde ella condeno al mundo que la mira y que la crece, reprimo su capacidad cuántica y creadora y nómada y metamorfa. Y hago un paisaje de buenos y de malos, de belleza y de fealdad, de alegría y tragedia, asediada por la ley de mi moral.
Y si todo es absurdo, la ley es absurda.  Y si el órden absoluto y la unidad y su porqué, no entra en mi capacidad intelectual de compresión, el mapa, es la condena de Sísifo.
Y estoy jugando mal el juego. Mi moral debe desaparecer. Porque nace del prejuicio de la verdad, y la verdad no es accesible para la condición humana.
Busco las palabras. Me he quedado las últimas horas expresionista de significados que rebotaban en la ausencia. He estado pensando en Fauno, al leer unas palabras de maestros ayahuasqueros. En esos hilos que alguna vez fueron tan importantes para mí, de la naturaleza salvaje, de una vida alejada del capitalismo, de volver a los orígenes psíquicos del vivir integrados cuántica y anarquistamente en la Naturaleza. De la realidad extraordinaria que desde la Naturaleza nos vincula con el ensueño y la energía. Esa fue mi mística, fue un amor a la forma de vivir y de sentir y de soñar de los nativos americanos, influida por Castaneda, el EZLN y otros libros que encontré en el camino. Pero también tuve muchas referencias occidendales, del nihilismo, del hedonismo, del surrealismo, del ateismo, el anarquismo, de todo lo que jodidamente me rodeaba.

Para mí no es fácil seguir el camino del espíritu, porque estoy acostumbrada a vivir en la contrariedad y en su tensión, en el conflicto, en la angustia, en la pasión. Tal vez mis instantes de verdadera felicidad, fue en la mística de la mar, en la poesía de la naturaleza, cuando me sentí desnuda, libre y cuántica, muy lejos de la civilización, cuando hallé fugazmente la sensación de la totalidad bajo un escenario lisérgico y nómada, cuando creía en el Bosque Mágico. Cuando mi yo no era un fin ni un instrumento, sólo el movimiento del agua.

Y sin embargo, no sé todavía alimentar el silencio libertario y creador. Estoy muy unida a la escritura como equilibrio, como mantra, pero la escritura es todo lo contrario. Es el escarbar de la insaciable sed y tensión, hacia un poema que nunca se alcanza.
He estado con Kavka por ahí, entre las elipsis de las flores y de los insectos, la fuerza creadora del río sobre el vacío, la alegría de la intemperie. Y he comprendio que aunque nunca pueda escapar del absurdo, hay un absurdo creador y lleno de vida, y es precisamente él el que repara el lado oscuro y esteril y destructor del absurdo. Comprendí que todas mis antagonias y guerras civiles, tenían un campo creador y unificador a través del azar entrópico del beso y de la alegría del absurdo. Comprendí que todo lo que sufrió mi fado contra el amor de Yos, mi metafísica, el intento de la intelectualidad sobre la fuerza abrasiva del fuego, y absolutamente todas mis circunstancias y canciones hacia lo vivo, estaban sujetas por la fuerza de lo que yo no podía abarcar ni escribir, estaban enamoradas del cénit del absurdo. Por eso ningún término podría darme el sentido y la unidad, ningún concepto o sueño, lo imperecedero ni lo asible. 

Y esa oscuridad que sentía mi cucaracha de Kafka contra Yos, era placentaria del poder del absurdo pero también en su contrariedad era parto del amor del Fauno que a veces cumplimos juntos.

Recordé nuestra alegría vagabunda, y aunque Alicia lo ensuciara siempre todo con metafísica, yo fui exarcerbadamente fiel a la contradicción, al anacoluto y al fragor del absurdo. Y aunque escribiera con totalitarismo sobre un adiós, una piedra de magma, un muro de lobos y lo viviera como tal en mi interior, el poder de la excepción de toda regla, fue con la que llene una y otra vez mi copa de vino y con la que me eché a la mar. Fui infiel a todos mis escritos y mi rubores y amores, porque perseguí el fragor de la contrariedad.  Y fue en la contrariedad en la que amé a Yos y en la que lo rechacé y lo aparté de mi vida. Y será en la contrariedad en la que recaiga eternamente para cantar y para sangrar y para elegir mi camino. 

Hoy ya no lucho ni me acorazo ni me armo ni me pongo seria contra el absurdo. Porque aunque el absurdo sea fuente de mi tormento, tiene un antípoda donde es antídoto contra la muerte y contra el desgarro.

Mi alegría, viene de él. Mi sueño. Mi amor. Mi leitmotiv. Mi poema.
Mi razón para vivir, es absurda.

Ya no quiero ser la legisladora del absurdo.
Ya no quiero hacerle autopsias ni crematorios ni leyes ni mapas.
Quiero amarlo.
Quiero liberarlo de la represión de mi mente y de la moral y del asco del civismo.

Quiero quedarme en la tensión creadora de la contrariedad hacia la navegación del fuego nómada y escalofriante de lo incognoscible.
A veces echo de menos, el país de nunca jamás, que liberaban mis abuelos en mi corazón. El amor que abrían en los precipicios del absurdo y en la materia oscura del surrealismo, eran un tótem-viajero, una poción mágica, cuando me hacían reir, cuando me despertaban el amor, la ternura y el dadá, cuando yo era oveja negra de su moral, amada y protegida por sus brazos de dragón, mis horrores de la metafísica y del existencialismo, eran subliminados y una vehemente fe me empujaba al canto y a la defensa de la vida.

Los mismos demonios que no perdonaba de mi madre ni de otras guerras con la otredad y el civismo, hacían alquimia de amor cuántico en mis abuelos. Sentía que vivíamos los tres, en una caverna con el techo de la luna. Sentía que yo era eternamente niña e insurrección. Ellos eran un clímax del surrealismo que vencía al absurdo y a la muerte. Ellos eran mi reconciliación más profunda con la humanidad y el amor, con la libertad de Tigre y su alegría y su camino del medio que podría saltar todos los abismos.

Cuando mis abuelos murieron, murió también un cacho de mi esperanza y de mi juventud. 
Su abracadabra, los necesitaba vivos.
Mi recuerdo ya no podría provocar aquella magia. Mi poesía, no podía mantenerlos vivos.
He dejado hace semanas de preparar la selección de esos poemas para el musac. Irracionalmente me atacó un estertor de vagabundia, un rechazo al eco entre el acto de escribir y lo escrito. Una distracción metafísica de mi convulsión y de mi camino de éter. Un revólver solitario contra la superficie. Una llamarada que nació de mi anti-yo. Una extraña tristeza de mi indigencia y sus manubrios de fuego empujándome a vete saber dónde. Y ese libro que me van a publicar, dejó de ser un incentivo, dejó de ser importante o un motivo para algo, me sentí visceralmente contrariada y ajena y desaparecida de los mundos de la superficie de los artistas, me sentí naufragada de ellos, intrusa y distante.

A veces siento muy extraño todo lo que ocurre junto a los humanos. Mi escritura nace precisamente de esa brecha, de algo que es inaccesible desde mi pesa-nervios, el cordón umbilical de esa angustia de lo inaccesible, me empuja a escribir para acercarme a ello. Pero nunca me acerco. Porque lo inaccesible siempre crece y me angustia. Y yo me sostengo en su tensión para crear.

Por eso, llevar mi escritura, a la superficie social del artista, es una contradicción, un teatro. Seleccionar poemas para un acto público, para la idea de una otredad, es el espíritu contrario de su nacimiento. Porque nacen de la tensión creadora del aullido de mi rareza.
Hoy tengo que limpiar la casa.
Cuando persigo demasiado las luces de san telmo de la escritura.
Cuando camino mirando al suelo como si hiciera túneles hacia la Osa Mayor.
El caos empieza a quemar mi casa. Me vuelvo una harapienta. Me devora el arte dramático. Y todo lo asible y todo lo cierto, se incendia en la fuga del devenir vagabundo del resplandor.

Esto no sólo empezó en el movimiento nómada y paria del surrealismo.
Es algo que yo mamé y reproduje, de mi familia.

En mi familia todos caminaban mirando a la luna, porque la tierra les había abandonado.
Todos empujaron para destruir el hogar, porque buscaban desesperadamente un lugar al que poder volver muy lejos de lo que les rodeaba. Todos fueron prófugos del hay. Todos eran unos parias curtidos en mil fracasos. Todos eran unos locos, sin dios y sin patria. Y a la hora de remar, todos remaban hacia la destrucción y resurrección del absurdo.

En mi casa, nadie tenía casa.

No éramos familia por el hilo conductor de un horizonte o una virtud o un valor o un espacio común. Lo éramos por la avalancha de la entropía de un amor desesperado y de una ausencia de destino.

Y todos seguimos siendo cebo de las luces de san telmo y de los despojos del surrealismo.

Ninguno tenemos acceso al sentido, ni al órden, ni a la razón, ni al vientre-madre que nos acune en paz y en gloria. Todos luchamos el devenir de la entropía y sangramos el fragor del absurdo.
Cuando pasan días y días sin verlo. Vuelvo a sentirnos dos extraños que nunca tuvieron nada cierto, que nunca se miraron a los ojos, que nunca desvelaron los mimos y acrobacias de Fauno. Eso me predispone otra vez al deseo y a la vez a la renuncia. Él está muy cerca de la muerte, por eso está muy cerca de la culminación del surrealismo y de la pureza nihilista del deseo.
Cuando él se va, el poema no lo recuerda, no lo evoca. No hay ese enamoramiento de lo lejano, no hay un puente de comunicación entre él y mi soledad. Porque mi soledad camina en su contra. Porque mi soledad camina hacia lo Imposible. Porque no estoy enamorada de él. Porque él no conoce a Alicia. Y Alicia no se molesta en que la conozca. Porque aunque sea molesto saberlo, las palabras siempre nos han distanciado. Nos ha unido, la alegría de los neandertales. Pero lo que yo escribo, siempre ha sido nuestro asesinato. Somos animales de diferente especie. 

Creo que por eso cuando me pongo melancólica echo de menos la quimera de K. Él no era cuerpo, no era orgasmo, no era asible, no era morable, no era cierto, no era habitable. Y sin embargo y precisamente por eso, yo estaba enamorada de él en todos mis segundos, era la adrenalina poética, era el horizonte de todo lo que me rodeaba, la perpetua evocación, la compañía absoluta de Alicia. La tragedia de no tenernos como humanos, para mí no era un problema, porque Alicia en aquella época sólo caminaba hacia la luna, y todo lo asible le era mortal. Pero para él, la poesía le dejaba con hambre, con frío, con absurdo, con soledad. A mí la poesía me lo daba todo. A él no. Y la tragedia era inevitable.

Tal vez de aquellos poemas, se me hizo inviable, amar a un hombre de carne y hueso. Porque en los hombres de carne y hueso, Cuervo ve todo lo mezquino y polvo de lo humano, Cuervo ve el nihilismo, las ruinas del teatro, la miseria, la metafísica del amor de las bestias, la  venganza de Lilith, el absurdo, la indigencia, los soplos de Comala, la telepatía del espejo de la bruja, el enjambre de la nada haciéndonos náufragos e infieles y gente que no es de fiar.  Y no siento amor poético. Lo más parecido que siento es éxtasis de Neandertal, picazón y abordaje pirata, pulsión sexual, culminación de orgías de Marte, adrenalina, bautismo de Dionisio, carcajada de los perros de diógenes.

Pero el amor que sentía con K, está en la tumba del Conde Drácula.

No sé si es porque en realidad, siempre he sido una bestia sin amigos. Y sólo dejo de serlo, cuando escribo. Y ya sólo sé amar y llorar cuando escribo. 
Alguna vez Zaratustra, Fausto y el pesa-nervios de Artaud, me provocaron el fragor psicótico. En aquél pasado yo leía los libros, interiorizándolos y haciéndolos un viaje de éter, por los recovecos y aullares de mi psique. Me corrían por las venas como una odisea por el desierto y el río del olvido, con sus fuentes, vueltas una tormenta que bebía todo lo que mis ojos habían llorado. 
Ese instinto de filosofía y metafísica, empezó cuando yo tenía unos 15 años. Gracias a los libros y a la desesperación contra el mundo. Mis escritos de aquella época, no era poéticos. Eran filosóficos y políticos. Ese instinto me hizo una atormentada y me distanció de la vida y de la gente.  La poesía empezó cuando la lógica de mi lenguaje ardió y no quedó nada. Cuando las cuerdas que yo ataba sobre el sentido fueron todas destruidas. Cuando sufrí el ardor psicótico. Cuando no quedaba viva ninguna arquitectura en mi psique y la prosa era una instrumento de tortura para mi ser. Cuando mi filosofía llegó al cruce de caminos pirómanos del absurdo, donde todos los caminos llevaban al absurdo y al terror y tuve que adentrarme hacia la nada o morir. Entonces empecé a usar la poesía. Cuando no quedaba nada cierto dentro ni fuera.

Ese instinto de buscar la verdad, sigue haciéndome una atormentada. A veces me congela la mano que tiendo a la mano del otro. Intelectualiza, el poema de los sentimientos que debería ser la avalancha entrópica de un canto que se tiende desde el fuego hacia el más allá de la muerte. Psicoanaliza al amor, hasta que no quedan nada más que ruinas del teatro y festín de bestias. Psicoanaliza a mis amantes y a las llamas que tienden en mi desierto, hasta convertirlas en un espejo cortante de la alucinación del arte dramático. Me roba la espontaneidad porque tiene un bisturí y un bolígrafo taladrado en mis tripas, aguardando como un chacal el error, para crear otra vez, la semilla mortal, de la escritura. Me vuelve una harapienta de lo asible, una vagabunda de todo lo que podría tocarme, porque mi instinto me empuja a la lejanía, a la sublimación de lo abstracto, a lo Imposible. Y desprecio lo que me rodea, lo vuelvo algo secundario, no siento que tenga un hogar en la tierra ni entre las personas, todo lo devoro hacia la creación poética, y esa creación ocurre en el aislamiento, en un lugar muy parecido a la muerte. 

Mi instinto me separa de lo humano. De la alegría salvaje de la vida. Y a veces, cuando me detengo entre los seismos del absurdo que sostienen a mis musas, siento frío. Siento que no hay nadie que pueda tocar mi mundo interior y echarle al baile del Teatro Sólo Para Locos. Siento que desde aquí no puedo amar ni tocar a nadie.
Soñaba con una anciana que hablaba sobre dios y dijo "se preocupan de dios para no preocuparse de lo importante y se les va la vida con zarandajas"

Esa anciana, me hizo pensar... que también la búsqueda del sentido, la explicación existencial, la lucha intelectual contra el absurdo, el psiquismo de lo consciente y lo inconsciente, tiene un sostén contra la vida aunque pretenda lo contrario, una paradoja que la exilia, porque acaba priorizando lo abstracto, lo mental, mientras lo que nos toca, lo que podríamos ser capaces a amar, la lucha de la revuelta que le debemos a la historia y al presente, acaba quedando para luego, y se nos va la vida con zarandajas. Con la quimera de que un día lejano encontraremos la verdad, encontraremos el sentido último que sublime nuestras vidas y naufragios, que eclosione contra la inutilidad del sufrimiento y el esperpento del capitalismo y que explote la libertad absoluta.
Así como el arte, aunque pueda tener una materia prima revolucionaria, su sostén, es el absurdo. La vida se detiene en una creación solitaria, se entrega al resplandor de la lejanía, a la búsqueda de la sublimación, al enfrentamiento del ser contra el dios y la nada, en la búsqueda de la virtud, de la anarquía cuántica, de la belleza, del hilo conductor de lo universal, de la liberación, pero su espacio, es un espacio aislado y su modos operandi, va en contra de su fin.