HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ha empezado a llover a chaparrón y a tronar. Huele tan bonita la hierba cuando hay encima rayos. Se pone tan rico el viento, el tiempo que muere, las fronteras desaparecidas que nunca existieron en la naturaleza. Se nos habrá empapado toda la leña. Yo hoy estuve llevando más. Como me sentía enferma, quise levantarme, pelear, saltar. Luego me tiré en la hierba y volví a sentir la magia de la vida. Y supe que deseaba tanto vivir, tanto amar, tanto recorrer todavía mil mares. Sentir los poemas borbotearse entre tascas y montes, bajo noches estrelladas, en otros labios, entre perros y nubes. Conocer tal vez un día, un beso de amor. Una tierra anarquista, sin países, sin gobiernos, sin crucifijos, sin usura.
No sé si es ansiedad. Pero últimamente noto muy cerca a la muerte. Me asfixio. Siento un extraño temblor de energía tostándome como mandrágora en los recuerdos de mi ensueño. Algo último que explota en mi pesa-nervios, un amor exasperado, nocturno, metálico, rompiendo en mi entraña la anchura de la mar. La sensación de que todo arde. Un poema resumido en un golpe que aulla la belleza del bosque y su dolor.

Tengo algo de miedo de que venga Yoseba. De enginebrarme y morir. De arruinar del todo mi corazón. De no poder salvar las ramas oceánicas de lo Infinito. Tengo adentro una mecha rizomática de cualquier brasa, quimérica, desordenada, salvaje, pobre y hambrienta. Que se empapa de cualquier verbo. Que se tira, que corre, que no me agarra. Tengo dentro una bestia que se retuerce y me tira los tejados. Tengo tanta urgencia de un cielo que me hiervo de tormenta, de vino, de pinturas corroidas por camaleones.
El otro día, hablando con Yos, me acordé de mi ex"jefe". Y le llamé, le dije "ey, cómo te trata la vida, me acordé de ti, porque mi compa quería ponerse a trabajar y se me ocurrieron mil excusas para tomar antes otro vino, como cuando trabajaba contigo" Él era muy buen tipo. Era un soñador, un loco, también otro hombre que nació con vocación de vagabundo y de viajero, y no de esclavo del sistema. Quiero que venga a verme a mi pueblo. Quiero que nos juntemos todos y bailemos. Mientras el cuerpo aguante.
Ayer estuve haciendo un videopoema que no pude acabar por problemas con el programa. Mientras grababa las escenas de los versos, tuve un deseo exibicionista más radical que otras veces. Más sucio. Más catártico. Más extremo. Algo en mí necesita volar sobre el fuego. Algo en el fondo de mi hueso, siempre fue esquizo. Cuando yo era adolescente, el dolor que yo tenía en casa, las jaulas familiares, culturales y políticas del sistema de consumo, ardían entre mis dedos y mi lengua, yo me embriagaba como si fuera una obra de teatro, iba por ahí empujando a los desconocidos e interrogándolos con gasolina sobre el sentido de su vida y de su muerte. Sacaba afuera toda la mierda de mi casa y la exponía. Mi dolor más íntimo se volvía una rata-dadá cabalgando la noche.  Fui una vez, toda borracha a la comisaría a tirarles piedras y a darles un discurso poético y anarquista..... Me sentaba en medio de la carretera desgañitando mi existencia contra esa multitud. Bailaba en la discoteca, el baile punk de empujar a la gente aunque sonaran los 40 principales. Si veía a la madera iba en su busca como una jauría de perros. No sé si fue porque siempre quise ser dios o porque siempre fui sólo polvo. Pero ese fuego se mantuvo en mí. Y me hiere adentro el axioma de Marte y de la pobreza. El deseo de explotar, de ser libre como la muerte.
Algo debajo de mí siempre estuvo herido, sangrante, a punto de matarme. No sé si fue la sombra de mi casa y sus enfermedades, el jodido siglo de la dignidad enterrada en un cuneta, donde todos los caminos sólo llevaban al supermercado. No sé si fue esa infancia de moratones y naufragios. No sé qué droga en mi corazón, que amo tan vehemente a la vida. Que insoportabilidad. Qué hartura. Qué conexión de opio y de la muerte.
Mis animales empujan en el sótano el derribo de las catedrales. Todo se cierra, se abre de hoguera. Yo vivo febril el aire que choca en mi cara, el hollín que lloran mis pies. Siento que me está mordiendo la muerte. Que tengo que hacer algo para ser sólo mar.
Yoseba a veces es un loco, salvaje, indomable, hecho con pompas de hachís y salvia de árbol de fuego. Pero a veces es un cuerdo diciéndome a todo que no, que muy mala idea, que inviable, que peligroso, que muy estúpido. Yoseba a veces es la gasolina y yo la mecha. Pero a veces es los antidisturbios. Mi tristeza. Mi cansancio. Mi dolor de la humanidad. A veces me mira muy mal,  me reprime, me riñe, se enfada, se pone cortante de muro y calle cerrada, me hace sentir un perro sin dueño, un bicho, una enfermedad irremediable, un corazón nómada y viudo y hambriento junto a fantasmas que se mueren de frío.
Le dije tenemos que largarnos a algún viaje y cómo decía esa canción vivo en la carretera. Él me dijo ya veremos, y yo le dije, que sí, que carpe diem, que luego estaremos muertos y no quedará nada. Yo quisiera volverme loca y vivir junto a los locos, muy lejos de la policía y de los cuerdos. Y que todo fuera una locura, y ya muriéramos así, encima de un dragón atravesando la vía láctea y cayendo de pie en el canto de un dinosaurio. Mi viejo me decía que un loco hace a un ciento si le dan lugar y tiempo. Pero ésta sociedad no le deja nada a los locos. Se lo deja a los idiotas y a los capitalistas. Y así de feo es el mundo.

Ayer escribí a K. unos versos. Escribirle a él, es como quemar un papel en una hoguera. Me quedó adentro un romanticismo de absenta y de hachazos. Las cuencas vacías de Léolo mirándolo. El corazón del vino reviviéndose cuando el vino tumba. Un extraño y saboteado sentimiento de hogar cuando por la noche se va a dormir encima de una tumba. Algo que ama y que ya no espera. Como amar a un muerto, como amar a un personaje de un libro. Como amar a un color destiñiéndose en el mechero. En el fondo K. explica la tierra que se levanta en mi paso, la que se hunde, la que se emborracha. Lo explica en un lejanísimo poema que retumba en mi abstracto, en mi fondo de hielo y de coral. A  veces deseo tanto volver a escucharle que se me aguijonea el diccionario en un taberna de perdidos. Es como si algo de mi fe, de mi amor, se hubiera quedado en el otro lado del mar, junto a sus cuervos. Algo de mi vida, en su vida ya innombrada, ya imposible. Él fue, un antes y un después de una indeterminada bala que se incrustó en mi pecho.  Algo que cambió para siempre el canto. Algo que permanecería. Porque fue un amor de verdad, porque fue un amor de otro mundo. Una vez le dije, que yo no le estaba pidiendo una limosna, sólo un canto. Ese día marcó mi teléfono y se quedó escuchándome sin decir una palabra. Y fue la última vez que pude comprobar que estaba vivo.
Me llamó mi viejo, me dijo que hoy es el día más largo del año, yo le dije, es cierto, el verano, a mí me faltan muchos veranos, y él me dijo riendo, muchos, muchos, y le dije, y me da a mí que éste también se me va a escapar que no voy a poder retenerlo.
Adoro a mi viejo. Muchas veces le dije que lo más bonito sería que muriéramos a la vez, en un barco, bajo un rayo, en una guerra, en un coche a 200 por hora. Mi viejo dice muchas veces, que la muerte es un acto solitario, que él no quiere que estemos a su alrededor, que él quiere morir solo y que no quiere que le toquemos las narices, y luego que no quiere ni velorios ni ostias. Yo le he dicho que tiene que tener una última voluntad de echar sus cenizas en el Polo Norte, en el Machu Pichu o en un sitio muy lejano para que me deje a mí una coartada e irme muy lejos y que mamá y mi hermano no me mareen.
No sé qué me pasa, me siento algo enferma, no me entra bien el aire, me fatigo, me dan mareos,no sé si estoy chunga o si es ansiedad. Eso me deja sin fuerzas, sin la vehemencia. Me siento contra las cuerdas de un tiempo acá. El haber perdido la mística de los faunos y de los pielrrojas me ha causado dolor. Una sensación de suciedad en el camino, de ebullición que rompe contra el horizonte, de cansancio y perdición. Se han sumado muchas circunstancias que parece que no tienen salida y eso me enferma el alma, y mi cuerpo se resiente. Yo quiero vivir. Quiero volver a aquella mar, aquél lugar donde me sentí tan libre, tan llena, tan salvaje.  Creo que la casa en la que vivo ahora, tiene un agujero espacial, una brecha temporal, un embrujo de cicuta y de acuarela, de ruina y de abandono, de despedida y distancia, que hechiza mi vida. Cuando me quedo por el pueblo, me subo al viento y a la ceniza, me aislo, me dejo llevar por el cubismo de lo desaparecido, por el tambor que toca el amor enterrado, por una anticircunstancia que embarga mis pasiones. Y ya no tomo cartas en el asunto, me tomo una cerveza, un vals con los cardos, un poema de humo. Cuando Yos me decía que tengo que limpiar la casa, yo le dije, que ésta casa está embrujada, que una vez que se está en ella, te hechiza el caos, que ésta casa tiene el recuerdo de muchas generaciones de tarados y que toda la tara explota en la atmósfera y te contagia, él me dijo, va a tener la culpa la casa de que tú seas un desastre, y yo le dije que claro que sí, que yo cuando he vivido en otras casas, no era así y que a él también le estaba pasando, que no ha fregado ni un plato desde que vino y que ha dejado todas las latas y ropas y colillas por el suelo.. que si viviera aquí en un par de meses también sería del todo raptado por la casa, que además la casa también tiene fantasmas y espectros de gatos e historias imposibles.
Queremos hacer un viaje... en su coche, con la tienda de campaña, dormir en bosques, tomar con alegría esos caminos que no llevan a ninguna parte, tropezar en bares clandestinos, en pueblos abandonados, en montañas de xanas y de muertos. Hacer como las cigarras, como los vagabundos. A ver si es que de una vez se muere la tristeza, a ver si algún dado cae en Marte, a ver si acabamos de una vez o nos atamos con todas las cuerdas a la luna. 

Muero de amor, muero de la gasolina que no baña el ayuntamiento. Del lobo que no me lleva para siempre. Del apocalipsis que no truena ahora para poner muy rojo el vino.

Cuando estuve en el manicomio, le dije a la psiquiatra, no te equivoques yo no tengo ninguna enfermedad, fue sólo que había tomado un vino, que estaba enamorada, que había gente fea en la plaza que me confundió. Me dijo, sino estás enferma te quitaremos la pensión. Yo le dije, pues quitármela ahora mismo lo prefiero, yo quiero irme. Ya no me nombran la esquizofrenia, según ellos, fue un trastorno de conducta. Les dije pues por eso mismo, no estoy psicótica, no podéis retenerme contra mi voluntad. Y me fui.

Aunque yo estaba muy perturbada... lo que pasa que lo disimulaba. Mientras estaba allí, para mí todo era una exasperante sincronía, cualquier palabra, cualquier gesto que oía, tenía un doble significado en el universo nagual. Todos ellos me parecían un sueño. Yo creía a veces que estaba en otra dimensión, junto a unos extravagantes brujos que hacían trampas y jugaban a la cacería del chacal y que todo era una prueba para volver a la casa del Sol. Para mí eran brujos, mis compas, las enfermeras, todos. Cuando yo jugaba con ellos a las cartas creía que silenciosamente me estaban enseñando hechicería, y el chico autista que hablaba en un idioma marciano, para mí, era mi mejor maestro. Yo andaba todo el día jugando con él, rebelándome con él. Riendo mariposas de caramelo y de hachís. Nos despertábamos los primeros e íbamos a picar a las puertas de los compas y echábamos a correr. Hacíamos carrerillas de patinaje. Y gritábamos en arameo anacolutos. Él me decía, después de hacer yo una traducción al idioma terrestre "ellos hoy no me dejaron dormir se metieron en mi cuarto a dar voces" Y yo ¿pero cómo? vamos ahora nosotros a despertarlos para que no te lo vuelvan hacer nunca más y que sepan que en tu habitación sólo pueden entrar los dioses. Él me pidió que le escribiera en su puerta, porque él no sabía escribir, que aquél era su palacio y que nadie se atreviera a entrar.  Me daba la mano e íbamos como dos hermanitos de los duendes saltando los oscuros pasillos.
Luego también había un tipo peligroso, al que adoraba, que tenía decenas de cicatrices de navaja en su piel. Y planeamos juntos robar un banco al salir. Ese tipo una vez me pegó un bofetón porque le dije que era una maruja, y nos zarandeamos hasta que llegó la "policía" y disimulamos. Ese tipo, daba de comer a los pájaros y yo siempre le acompañaba y guardaba también el pan de las comidas. Un día, nos prohibieron hacerlo. Y nos cacheaban para ver si escondíamos el pan. Pero siempre le dimos a los pájaros. Allí todos éramos pájaros, que aunque nos asfixiaran las rejas, nunca dejamos de volar.
También hubo peleas con los guardias de seguridad, y después la represión de las correas en la cama, las inyecciones, el fascismo.
Si alguna vez he querido con toda mi alma a alguien, ha sido cuando he estado loca. Por eso Yoseba me trastorna. Porque yo lo amé, en otro planeta. Porque no tengo ya mundo. 
Allí no nos dejaban nuestra ropa, ni nuestros objetos, si queríamos meter un libro, primero lo tenía que examinar el psiquiatra para ver sino era un manual del post-terrorismo o algo que nos hiciera soñar. Allí nos tenían en régimen militar. Nos amenazaban con pincharnos, con atarnos, con no darnos el alta, si alzábamos la voz. A mí me tenían en la mesa de castigo, sin dejarme nunca comer en la mesa de grupos. En las visitas yo cogía el teléfono a mi madre y llamaba a Yoseba. Recuerdo que le dije, cuando salga tenemos que ir a quemar la iglesia del pueblo. Él me dijo, como te oigan decir esas cosas ya no sales nunca de allí, ya te ponen plaza fija.

Ahora he perdido mi locura.
Y la luna es mucho más triste.
Y el mundo es mucho más feo.
Y el vino no quita la sed.
Y el amor, no llega del todo.
Y la fe, dura muy poco.
Y el infinito se me muere adentro.
El otro día sonó una canción punk de amor. Él la estaba cantando, y durante un verso, me miró a los ojos y palmeó las manos, como un duende. Y durante medio segundo me sentí amada, pero luego me acoracé de balas y de olvido. Creo que es esa nostalgia de opio lo que me está matando. El oscuro sentimiento de que yo nunca seré el amor. La sensación de llevar conmigo a Franquestein sangrando. De tirarme hacia abajo como un naufragio de whisky y agarrarme a perros sin dueño, ladrando ciudades destruidas y versos de sangre y de colgados. Un síndrome de heroina y lobas hambrientas y hoguera última. Una desgraciada necesidad de amor que me hace la piromanía, el precipicio, el delirio de la poesía. El amor por alguna razón me llega como un crímen. Lo sueño tanto, lo derramo tanto, y sin embargo cuando me roza, en lugar de estar contenta, me oscurezco, me cierro, me marcho. Me hago la marginación. Él a veces me sonríe, me toca, me canta, me ofrece la luna, y son en esos momentos, donde yo me vuelvo la más triste flor del mundo, la más frágil y asustada. Y en lugar de devolverle su canción, sufro un precipicio de LSD y de noche sin salida. Y le obligo a cerrarse y cuando él se cierra, sufro mucho más intenso el hachazo del opio.
Me dijo, no se puede andar todo el día pedo. Le dije, es que sino no entiendo el mundo, no me caben las manos en los brazos, ni los motivos, en la lengua, ni mi paso en la tierra, ni mi vida entraría acá enfrente tuyo.

Creo que es él, el que me está matando.
Porque lo quiero.
Y cuando yo quiero, aprieto el gatillo contra mi sien. Y pierdo del todo la tierra.
Cuando amo, ya estoy jodida, despedazada como el "hombre al piano". Como una ranchera haciendo el mar de tequila y el cuerpo de balas.

Porque mi maldición siempre fue mi forma de amar.
Porque siempre que amé a un hombre, me devoró la luna, y mi corazón se hizo una amanita muscaria en los colmillos de una bestia.
Porque todos ellos me dejaron dentro el esqueleto de una cabra sobre un bicicleta de escombros ladrando heroina al apocalipsis.
Porque soy una lunática. Y cuando amo, ya no tengo cura, ni hogar, ni probabilidades de sobrevivir a mi amor.

Ya es muy tarde para que pueda protegerme de él.
Muy tarde para salir ilesos. Para tomar la curva, explotar la carretera y caer de pie encima de la mar.
Muy tarde para esquivar el infierno y su concierto de punk y lluvia de fuego. Corazón destrozado. Cloroformo y speed. Fauno colgado de una rama de piedra y de sal. Matándonos con la lágrima de Venus, con la eyaculación de Marte.

Ya estamos demasiado dentro.
Enamoradas, sin timón, ni freno, sin papeles, sin hogar, sin mañana, sin probabilidades, sin pie en la tierra, sin puerto, ni mesura, ni compostura, ni larga vida, ni decencia, ni razonar, ni sólo morir.

Ya comimos la manzana.
Ya acabamos todo el resto.
Ya cortamos la flor.
Ya quemamos el árbol.
Y a la morena la cortamos las venas. La dinamitamos el balcón. Y nos fumamos su sangre.
Y sólo de locura, lo que queda, lo que falta, lo que canta, lo que llora, lo que acaba, lo que sigue.
Él me dijo, tú eres como una niña, si te digo que nos pongamos debajo de los pies unos tablones de madera para cruzar flotando por el río, tú te lo crees y me sigues. Si te digo que he visto un trasgo, un oso pardo o a los pies grandes y que hay que ir a buscarlo a la cima a la medianoche también.

Cuando yo estaba enyerbada el verano pasado, él me seguía la corriente y jugaba con mis sueños y alimentaba mis fantasías. Y por eso, lo quise tanto. Él me hacía volar sobre las xanas, amar como un batiscafo de mercurio.

Ahora me siento como ese que había perdido sus canicas y ya no podía volver al país de nunca jamás.

Me siento como un diablo caído en una jodida taberna de ruinas y yonquis, animales extintos, locos sin espada y sin serpientes. Románticos sin la luna. Milicianos sin navaja y sin anarquía.  Tierra sin Durruti y sin niños. Brujas sin sueños. Monte sin lobos. Barco sin mar. Amor sin ti, sin mi, sin ni la rechingada.


A veces soy como una niña pirómana y abandonada. Ebria de tiovivos de amapola, de ladridos, de escaleras que cuelgan hacia las nubes, de escarabajos de la patata, de naipes de chocolatina y mezcal. De corazones clavados en el tenedor del ornitorrinco. De naufragios saliendo por mis dedos y gritando desesperada al cielo que no está por el abrazo de la madre. De árboles de fuego taladrándome la nostalgia de la Atlántida. A veces soy tan triste, tan pequeña, tan frágil por el sueño del Fauno ardiendo en la hoguera. A veces no sé cuidar de mi supervivencia. Y voy por ahí con una escoba de ratones llorando a Hamelin en el astro que revienta en mi soledad. Tiro todas mis paredes para que tú entres, pero tu sonido no me toca y yo, como un país destruido echo sobre los escombros gasolina, huesos y sangre. A veces soy un perro abandonado, ladrando por las esquinas, la bala perdida que rasguña mi alma sobre el fuego.
Quiero levantar el corazón. Y no empeñarlo en las cantinas y en la hoguera.
Levantarlo de gorrión y de lobo. De mar. De caballos de Alberti.
De palabra y gasolina.
De memoria y cuneta que no esconde nada.
De manos vacías y garganta llena.
De rebeldía y de hierba. De amor y anarquía. De libertad y vuelo.
Y no de drogas.
Y no de caer insconsciente y chamuscada en un suelo que no sabe nada de nadie.
Y no de amores que sólo tienen ginebra.
Ni de barcos que ya no conocen la anchura de la mar.
Ni de caminos robados a una jodida botella que tiembla el grito despedazado de la luna.

Levantar los brazos y tocar el sol y no delirios de pájaro quemado.
Volver desnuda a la tierra, con fuego por las venas, con palabras, en todas las tumbas, con motivos, en el puño, en la lágrima, en el grito, en el beso, en mi no, en mi sí, en la mar que amo.
Creo que me he trastocado bastante. Y sólo pueden curarme los chopos. Volver a echar raíces de salvia desde el agua hasta el corazón. El enamorado silencio. El oleaje. La tentativa de los cipreses ajados de lluvia. La profundidad de lo vaciado y lo suspensivo. El desalojo de la palabra en ciertos callejones. Creo que algo en mí busca la muerte, la explosión, el olvido. Algo muy abstracto y poético, un lunatismo de absenta, una herida en mi corazón, un zarpazo de la tierra en el canto de los búhos, una hartura de la sociedad y de la vida, un raro cansancio de migraciones sobre playas volcánicas. Un sentimiento de borrachos cantando en la calle el fin del mundo. Una nostalgia del Fauno que perturba mi cuerpo y lo que no tienen mis manos. Todo eso, se mezcla en mis venas y me arrebata sobre imposibles mundos. Y yo ya no quiero nada. Sólo hacerme música y desaparecer así.
Me siento muy perdida. Tengo que tejer de nuevo mi ventana dentro del agua. Ayer cuando hablaba la tia de Yoseba y mi vieja, sobre la tarde en la que me detuvieron el verano pasado. Sentí tristeza. Sentí que ese recuerdo era inencajable, explosivo y doloroso. Me sentí vulnerable en la forma en la que ellas lo vieron.  He tenido muchos recuerdos de ese tipo, de pólvora y combustión que sólo encajan dentro de un poema, pero que la tierra les hace daño, la gente les hace daño.

Estoy en una época muy extraña. Estoy a flor de piel, lloro con las canciones y me regurgita la tierra desde dentro. Me entran sentimientos de opio de Van Gogh y me trastocan. Ayer cuando la tía de Yos hablaba de la abuela de él y dijo que ella adoraba a Yos y Yos la adoraba a ella. Me entró heroína por las venas, como una enamoramiento salvaje a él y a la vez un sentir de haberlo perdido. La historia de su abuela era tan bella, alguna vez me puso toda la piel como escarpias.

No sé de dónde me viene esa nostalgia de heroina. Tal vez del Fauno. De una extraña conexión en mis neuronas que oscila entre aquél viejo paraiso, tal vez alucinatorio y la tierra que quedó colgada de las ramas como tumbas de pájaro.
Soñaba un recuerdo psíquico, era una actitud, una capacidad de ayudar, de cargar, de tirar adelante, de involucrarme. Eso me provocó nostalgia. Hace un tiempo yo era más lúcida, más entera. También ayudaba a mi familia, y la sabía querer mejor que ahora.  Creo que estoy perdiendo el rumbo. Algo en mí, llega a ese tipo de poema donde sale un grito, una estampida, una hervidera de opio, y ya no me importa lo demás. Es un extraño clímax etílico y abandonado, que me calienta el corazón, aunque todo lo otro sean ruinas. Me devuelve los motivos en su abordaje, en su balacea. Me sube de punk, de expresionismo, de velada que taciturna se devora en la luna llena. Y creo que hago también eso en mi vida, ahorco los detalles y la hondura del camino, busco el arrebato, el hedonismo, la canción, y todo lo otro lo suelto y lo dejo arder y marcharse.

Ayer también sufrí nostalgia. Cuando estaba con la tia de Yoseba. Al recordar el otro verano. Al recordarme a mí y a la forma en la que entonces me hablaba la vida. Sentí un precipicio que creo que deviene de la forma de entregarme al poema con él. Esa forma en la que me deconstruyo y ya no pongo límites en mi sonido, ni en mi individualidad. Me vuelvo LSD. Me derrito. Me salto de campana y enciendo la mecha. Y me destruyo. También bebo demasiado, porque el alcohol favorece el cubismo y ese arrebato donde el corazón aulla y todo lo otro se va.

Tengo que hacer algo con urgencia.  Irme un tiempo lejos de éste pueblo, lejos de Yoseba, lejos de la que soy ahora. 
Desde que se quedó la pelea de nuestros abuelos en una cuneta fusilada.
El mundo se fue a la rechingada.
Y todo lo que españa ha movido en el tablero, sólo es muerte y deshonra.
Y por cada centímetro de tierra, sólo se oye, a la muerte y a la decadencia.

Y todo lo que tú hagas amor, sino es la revuelta, no vale nada. No sirve nada más que para cavar más abajo nuestra tumba.

Por eso, porque se me parte el alma, los ojos, las manos, la voz, los sonidos, el verbo. Voy hoguera avasallada por la vereda. Voy borrachera de luna por los escombros. Voy ruleta rusa, llorando la ausencia del Quijote. Voy verso tachado, la pistola que no sujeta mi mano. La justicia que ha desaparecido. La dignidad con un ticket del supermercado y su remache de funerarias S.A.

Porque la vida no vale nada, sino los enterramos en la mar.
Voy muerta, rota, hundida, ebria, insostenible, vagabunda, paria, irremediable, agarrada tan honda al fin de todo.

Porque estoy hasta las tetas de lo que hemos hecho entre todos, contra el lobo, contra la mar, contra la libertad. Voy escupiendo cangrejos y ratas. Voy vestida con arañas y noche y sangre. Voy con mi esqueleto como una jodida pala. Voy con mi delirio empujándome a seguir. Voy buscando una granada, un chute de astro, la guillotina en la plaza, el amor. Sin ver ni una puta salida. Sin creer en la humanidad. Sin quedarme. Sin firmar. Clamando para que llueva fuego. Para que todo explote y vuelva la poesía.
Ésta forma de vivir nos está matando. La vida siempre nos está matando. Por lo menos que sea con música, orgasmo, policía muerta, luna negra, río del olvido, memoria molotov. Asco abierto de costilla a costilla, como la dignidad, como la palabra, como la mar. 
Mamá me quiere meter miedo. Mamá quiere que yo viva recogiendo limosnas para comprar el favor de la muerte. Pero a la muerte le gusta bailar y prefiere un poco de arrogancia, de llama, más amor, más fe. 
La sociedad vive levantando prisiones para rezarle a la muerte de rodillas, con el fantoche de guardarse las vueltas para la buchaca de su mierda, porque ya no hay locos.
Jodiéndonos el corazón, el grito, el pulso, la melena, la desnudez. 
Domesticándonos. Haciéndonos cheque al portador. Haciéndonos una mierda que cotiza hacienda.

Prefiero hacerlo a mi manera, sin amo, sin marido, sin país, sin dios.
Con mi vagina comunista libertaria.
Con la decadencia cantando tiovivos a las águilas.
Con mi querido esperpento haciéndole cosquillas a los perros.
Con esa cara de dólar en mi escupitajo.
Con su moral debajo de mi culo sentado encima de un jabalí.
Con sus palacios en los escombros de mi hoguera.
Con sus libros como papel de liar.
Con sus alcantarillas, como el bautismo de la antropología.

Que se jodan.
Que nos jodemos todos.
Que nos joda muy hondo la luna. 
Que no deje nada.
Sino el fuego.
A veces cuando me embriago, cuando me desalojo, cuando me marcho, me gusta poner María la Portuguesa y cantar y retorcerme, como si la última luna de la tierra ya se hubiera acabado todo el vino y ya no quedaran cantinas ni gargantas.
Cuando grito "fado porque se fue el río, fado porque se fue con la sombra" Ese fado se vuelve en mi tripa, un pájaro que me revive follando con los cristales y poniéndose dramaturgo de la evaristo el rey de la baraja.
Últimamente canto muy mal. Con Yos. tenemos un repertorio del punk, todo de borrachos bombardeando la civilización y acostándonos con la luna, las ruinas del ansiado apocalipsis. Últimamente ya no busco nada en los libros, nada en la intelectualidad, nada en la razón, ni en la mística, nada en el esfuerzo, ni en propiedad, ni negocios, ni tierra, ni en planes que no se puedan hacer en lo que dura una cerveza. Últimamente ya no sé razonar, ya no sé perseguir ni conseguir ni labrar. Sólo cantar escupiendo el corazón. Sólo desquiciarse de hoguera y de vida. Sólo empujar, vomitar, cagar de pie. Sólo soñar.
Amo. Me desangro. Odio. Grito. Me derrito. Golpeo. Sueño. Caigo. Corro. Vivo.
No renuncio a la memoria, ni a las balas, ni a la mar.
No me protejo contra la muerte. No me visto para la ocasión. No firmo contratos. No uso mi DNI. No arreglo los desperfectos. No guardo para mañana. No compro ni me vendo. No escondo mi porquería. No mido la guitarra. No sé enterrar al amor. No sé ir a las ceremonias. No me ato. No me persigno. No busco trabajo. No sumo bienes. No voto No comulgo. No te abro la puerta para que pases. No te dejo la silla. Rompo la mía en mil cachos.

Y aunque todo vaya irse a la rechingada y nos devore la mar y no quede nada.
No hay ninguna otra forma de vivir.
Nada de lo que arrepentirse.
Ningún otro camino, sólo el fuego, sólo poesía, sólo el aullido ensangrentado por la libertad.
Le dije a Yos, que él era muy mala compañía para mí. Me dijo, encima que te cuido, el otro día me costó la ostia entretenerte para que no volviéramos al bar que estabas emperrada con volver a la plaza, si te dejo volver ese día mueres. Le dije, ostia es verdad, recuerdo que me llevaste por unos callejones horribles y cuesta arriba que no llevaban a ninguna parte, bajo todo el sol, casi me matas de una insolación. 
Ese día fue muy extraño, muy hermoso, muy punk. Hablé con un paisano sobre el mayo del 68, tenía barba muy blanca, ojos de fuego y de musgo, voz de lobo de mar. Lo quise infinito como si fuera la aparición del último barco de la tierra que vino a grabarme a fuego el rumbo que nunca debía de perder..... Cambiaba el orujo de vaso y boca, de risa y de rayo. Nos juntamos allí, cuatro animales a punto de extinguirnos. Luego, en algún momento, hablamos con una paisana que nos vendió hierba porque el colega no estaba. Y era la anciana más peligrosa y más bella de la tierra. Yo conocí y casi amé, a uno de sus hijos que se suicidió en el manicomio. Esa anciana y yo, nos abrazamos como dos hiedras. La besé las manos. Y el orujo hizo una alfombra mágica y el tiovivo de Hamelín. Hasta que todo se tiró al mar y yo floté sobre la mar las mil y una noches, hasta que abrí los ojos en mi cama, y me dije, cómo coño llegamos hasta aquí.
Esa noche sonaron muchas canciones, pero fue sobretodo cuando sonó la de "cualquier día" de Boikot, la de "vicio" de Reincidentes y la "evaristo el rey de la baraja". Cuando nos encharcamos de hoguera y fuego. Nos levantó la luna, el canto del fin del mundo, el punk adentro, el licor debajo de nuestros pies, la luna atada al grito y al puño. La borrachera que jamás nos tira al suelo. Ni ningún mundo capaz de hundirnos. Y nos crepitamos bailando con la muerte, juntando la pólvora de nuestras pupilas, la inmortalidad del corazón y del aullido. Y luego salimos por ahí, como dos fantasmas con navaja y puño americano a beber el asfalto que quedaba.
Esa noche acabó en la inconsciencia. Él estaba a punto de desmayarse, pero me dejó encender una última hoguera. Y entonces se revivió y me quemó toda el alma. Y luego ya sí nos desmayamos.
Una de esas noches, en la intemperie, con la barbacoa y la músca, él me dijo que no. Yo le dije, a mí no me gusta que me digan que no, no lo puedo soportar y le di una patada. Él me dijo, porque tú eres una niña de papá y estás acostumbrada a hacer siempre lo que quieres, como quieres y cuando quieres. Yo le dije, mentira, soy del callejón y de la porca miseria. Y él jugó a encontrarme debajo de la ropa a un niña rosa y pija y luego a decirme que no y a irse, arrogante como un cuervo.
A veces cuando nos juntamos, nos contamos batallas, de la época del punk y de la eterna juventud. Los dos, por distintas razones, tuvimos una brecha en el pasado que borró de golpe a todos aquellos amigos y sendas. Ponemos las canciones que sonaban en aquellos pub verdes. Se nos suben las alas. Bebemos los licores que bebíamos cuando teníamos 16. Durante un rato, no ha pasado ni un sólo día, ni cicatriz ni naufragio. Y somos otra vez adolescentes. Y nos amamos con indecencia y exibicionismo. Nos embriagamos como si no existiera la muerte. Nos desabrochamos el quebranto de la tierra, la mierda de la sociedad, del consumo, de la caja de madera y nos lo fumamos con fuego tocando palmas en el extremo de la luna. Creo que los dos somos borderline a la tara de Marte. Los dos estamos demasiado solos, somos solitarios, montunos, misántropos, despedazados, vehementes, amamos tanto la vida, nos duele tanto. Hemos perdido tantas cosas amadas, tantos caminos, y a la vuelta de la esquina un velorio nos anda buscando las vueltas. Los dos tenemos el síndrome de Peter Pan, un mundo que se cae a pedazos, un reloj que no da las horas y un deseo de explotar de libertad y de fuego. Los dos tenemos dentro un niño que fue abandonado y que todavía nos descuelga caballos de cartón y cráteres, nos pide el alma, nos pide todas las vidas. Los dos estamos llenos de rabia, de hogares que se remezclan entre sanatorios y ruinas. De amores perros. Con la luna imponiéndonos el cinismo y la arrogancia. Los dos somos suspicaces de la gente que sabe nuestro nombre. Los dos estamos hambrientos de amor y de curvas peligrosas. Los dos ardemos. Quemamos la vida, los años,  nos fumamos el dolor y reímos amanitas y lluvia. No podemos sostenernos. No podemos amarnos casa, ni amarnos orilla, ni amarnos amor. Pero todo es amor. Sólo es amor, trasnochado, herido, salvaje. No podemos darnos un destino juntos, porque somos juntos gasolina y muerte, lunatismo, vida desbocada, sucia, salvaje. Necesitaríamos a alguien que no fuera como nosotros, para salvar al amor y a la cordura. Pero mientras vagamos juntos, la hoguera.
He ido al monte, me ha dado una ráfaga de lejanísimos árboles tostados por el fuego. La sensación de un precipicio. De estar muy lejos del cielo y del corazón de la montaña. El recuerdo de mi vida cuando no estaba Yoseba, cuando tal vez no tenía nada, pero me sentía un zafarrancho, el agua, la libertad del alma y de los animales. Pensé en irme otra vez muy lejos de todos. Conquistar la intemperie. Dar un puñetazo en la mesa y que todo sea del viento, del fuego de la soledad, de la distancia. Comprendí ese yo suicida, tan pequeño, tan yonqui, tan harapiento y alcohólico, tan romántico y desgraciado. Mi dolor. El amor perdido. La madre ausente. La sensación de estar en un abismo.  De quemar mis naves y mi vida, junto a él, sin poder salvar el poema. El miedo de no tener cerca las raíces de la mar, de la libertad, de la violencia, del alma. Y miré a Yos con rabia, con un mareo, con vapor peligroso de absenta. Con un deseo de irme muy lejos de él, de que me abrace el río, de que me lleve la guitarra. Un deseo de llorar, de volar, de que apapachen los tuétanos de la tierra.

No puedo hacer lo que hago cuando él está. Salto al vacío. Me embriago. Me destruyo. Quemo mis papeles, mis timones, todas mis naves. Me entrego a un amor herido de muerte. Me conformo con botellas y mendrugos y montes de lava y hollín que cae y cae. Me descarno. Escupo mi corazón por la boca y sin nada, bailo todos los incendios y muertes. Le abro mis piernas y una soga me asfixia en la luna. Y me retuerco ensangrentada por un poema que se marcha. Y caigo miles de tumbas en la carcajada del vino tinto. Y lo pierdo todo, también la fe. Y sufro el beso de amor que él no me da, que tal vez no tiene. Y me olvido de mí, de las palabras, de la tierra, de salir con vida. Y a veces deseo explotar y que los caballos de Alberti me lleven para siempre a la mar y jamás volver.
Lo amo.
Aunque él me quiera sólo como a un bar.
Aunque abuse de mi canción, de mi tenerme en pie, de mi caer al suelo, de lo que escondo tras la ropa, de lo que he perdido, de lo que ya no sé ocultar.
Lo quiero, y es lo mejor que puedo hacer hoy, aunque sea muy mala idea para mañana.
Absurda, estúpidamente, ebria y exasperada, rota, desértica, abandonada. Pero lo quiero como se quiere a la mar cuando se pone púrpura, como se quiere al vino cuando entra como el agua, como se quiere a la luna y a su veneno de la medianoche.

Metidos en gastos, mejor, abrirse a un tajo las venas y echarse a la mar para teñir a todos los peces, para follar con todas las olas. Hasta que no quede nada.

Exprímeme éste enfermo amor que te tengo. Hasta que desaparezca de ti y de mí. Hasta que sea todo culpa del fuego y ya no haya que hacer nada.

Al que a fuego vive, a fuego muere.

Me gustas, porque eres un animal arrogante, ingobernable, cruel, brujo, vulgar, descarriado que anda siempre derecho por el precipicio, con esa mirada de halcón peregrino, pisoteando los cadáveres de la civilización y fumando tu peta, como se baila con la dinamita en medio del fango.

Te quiero, porque no sabes querer, ni fingir, ni parecer, ni ser caballero, ni ciudadano, ni subordinado, ni adulto, ni cabal, ni carne de cañón.

Aunque tú no me quieras a mí.
Aunque tú ya hayas roto mi corazón, mi fe en el amor, mis años, mi porvenir.

Porque es lo mejor que puedo hacer, aquí, en medio de ninguna parte, con la mar tocando la guitarra eléctrica que nos caerá encima para que la luna acabe con todo.
Esa noche bebimos y cantamos decenas de canciones en mi patio. Cuando ya era la madrugada, íbamos a coger un carretillo para ir a robar unos maderos para nuestra hoguera. Yo le dije "nos ponemos cada uno nuestro sombrero y así disimulamos" A él le entró un ataque de risa. Yo lo amo mucho cuando ríe de ese modo. Fui muy feliz esa noche tan bruja. Juntos, clandestinos. Luego a oscuras por el monte, con el carretillo por el suelo, con cien kilos encima, seseando, cayendo rendidos en la hierba, sudados, amados por las estrellas.

Todo es tan bello, tan desolado, tan extravagante, indomable, arrebatado.  Todo es un juego de brujas. Morir de amor, de sed, de risa, de rabia y desolación, de dadaismo, de solidez de estrella, de fuego descabalgado. Tan sucio, tan salvaje, tan duende.

Con él, casi siempre estamos borrachos y enyerbados. O con resaca y dolores y arañazos por el cuerpo. Con él siempre estoy en el surrealismo. En la taberna verde y ambulante. En el réquiem de Mercurio. En el delirio y el amor de la amapola y de la muerte. Con él ando enamorada y desenamorada. A veces se lo doy todo. A veces le doy la espalda como el cielo que muere. Con él soy una niña huérfana. Una nutria. Una raposa. Una hormiga. Una serpiente. Un libro quemado. Un país destruido. Un sueño que nace. 

A veces lo amo tanto sabiéndolo la muerte del amor.
A veces se nos olvida toda la tierra, todo lo vivido, todas las palabras, y nos amamos como un paraiso, como dos animales, como dioses.
A veces nos hacemos daño. Nos matamos el uno del otro. Nos hacemos el cuervo de Poe. Agonizamos juntos el fuego del desierto.

Él está acabando con mi vida.
Aunque sea a placer y hachís.
Aunque sea con justicia poética.
Él va a venir en unos tres días. Yo todavía no me he recuperado. El puerto se quedó sin barcas y sus malecones se echaron a la mar. Guardé en la pistola el poema de K. Como si acaso justificara la indecencia y el sabor de la luna llena en el caballo de la muerte. Como una excusa. Como una coartada de emboscados por mescalita. Como una alucinación en las vías del tren cuando la madrugada quiere destazar todos los suelos. Pero K. ya no es K. ni lo fue nunca. Sólo es, un resumen hecho con whisky, estrellas y guadañas, de mil páginas escritas y mil pasos sangrados en un expresionista mar. Yo soy coleccionista de cantos intravenosos, de sinestesias de poesía y muerte. Mi corazón se alimenta así. Mis motivos se sujetan en el éter. K. permaneció de ese modo en mi vida. Cuando bebo alcohol, bebo desde los labios de K. Como K. nunca existió, me vale para un roto y un descosido, para la noche más bella y para la más puta. Y sólo la mar lo comprende.
No es tan serio. No es determinante. No es exclusivo del susurro de la muerte, ni pisotón de crepúsculo. No es toda la carne, no es el último verso. Sólo es un rizoma. Un canto de mi pianista borracha amarrada a los tuétanos del murciélago y de la carcoma, rezando al alba, la altura de las montañas.
Soy a veces dramática de la música. De la mano inefable que sujeta mis caderas. Pero sólo es un poema que muta.
Hay que acostumbrarse a vivir en el fuego que migra, en el poema. Sin atar los huesos, sin elocubrar las lágrimas, sin tomarse en serio, ni ley de gravedad, ni libro, ni práxis, ni casa.
Somos sólo un viaje que persigue el amor que huye de nosotros.
Amoratanados. Enamorados. Desarmados. Galopantes.
Los motivos nunca vienen de vuelta. Hay que cantarlos a cada nube. Hay que robarlos al cielo y a la sombra. Emborracharlos. Embestirlos. Teatralizarlos.
Ellos no están en realidad. No existen. Son sólo sueños. No son tangibles ni rentables. Nadie los ofrece. No nos caerán encima. No podremos salvarlos para el día siguiente. Ni guardarlos en una hucha. Ni dejarlos en un papel.
Cada segundo, hay que crearlos. Ellos son infieles, fugaces, cabaretistas. No son espejo de la civilización, no son arquitectura, no han venido para trabajar. Sólo para amar y bailar.

Por eso no hay que preocuparse cuando todos se van a la rechingada.
Hay que preocuparse de inventar cada vez uno y saberlo sólo eso, un sueño.
Tengo que escribir. Limpiar la casa. Salir contra el abandono. Aunque sea mentira. Molestarme en manipular la atmósfera como si tuviera pensado vivir un largo tiempo. Cuidarme un poco. Creo que se ha radicalizado en mí el golpe y el canto de los vagabundos, por ese enamoramiento mortal con el LSD. Y también porque todos estos días con Yos, él andaba siempre metiéndose con mi forma de vivir y acabé cantando un discurso en contra de todos los suelos y caminos, metafísico del mezcal y el ave que no vuelve. Me defendía radicalizando el fuego del horizonte, el abordaje, la ruina, el espectro del opio tirando las paredes. Y la herida de mi corazón teñía el vino, la música, la forma de amar la vida y de perderla.

Es cierto que hace ya muchos meses que no hay aquí volantes. Ya no soy capaz a creer en el Fauno. Haber perdido a dios siempre deja una mesa con whisky derramado y huesos de rinoceronte sangrando la punta del mar.
También he perdido junto a él, el hechizo que alguna vez nos dió mi locura, ese enamoramiento que me hacía sentir inmortal e impune, una fortaleza, un canto invencible. Se fue. Se andrajó. Se alcoholizó. Nuestro amor se hizo más sucio. Empezó a pelear, a coonocer la hondura de lo perdido, de lo incompleto, de lo antagónico. El ideal dadaista se dedicó a la merca ambulante, a la escombrera, al crujido del erizo y del fango. Y detrás de los humanos, empezaron a emerger callejuelas de fantasmas, cicatrices y alcantarillas de la mierda del capitalismo en el que nacimos, impurezas, indecencias, palabras venenosas, crueldad, fealdad, ruindad y mortalidad.
Cuando para mí, él era un duende, el amor era un dios que se había quitado la ropa y entrado en nuestra cama, atizado los barcos, renacido todos los mares.

Y todavía sufro la nostalgia de haber perdido aquella tierra. Aunque fuera una tierra que ocurrió en mi locura, en otra realidad, con otras percepciones, con visiones, con Ensueños, con delirios y magia. Era tan profunda y me tocó adentro tan hondo y tan cierta. Que a veces siento una nostalgia tan cruel que se me cae a pedazos la botella de vino y la vida.

Creo que en el fondo, busco en Yoseba, el Yoseba que conocí en el otro mundo. Y como no lo encuentro, siento que he perdido el amor y la belleza. Eso me pone muy triste. Me hace sentir desarraigada, desamada, perdida.
Me despierto. Soñaba unas palabras que decían, tener la forma de los árboles y la fe de los vagabundos. Hace un día hermoso. Necesito compensar la abrasión de la nostalgia y el desencanto, con la vehemencia de vivir. Se me mezclan violentamente. Me mantienen en un bodegón de mandrágora, en vino tinto bajo el sol, en gritos de tejado contra el silencio.
También soñé, con una pareja que habían sido amantes, y en el sueño decía que eso no les iba muy bien, pero que ahora son los mejores amigos, que dejaron de acostarse juntos y que ahora son más felices. Se les veía caminar contentos cerca de unos árboles.
Tal vez Yos y yo, deberíamos dejar de acostarnos. El sexo acaba provocanto una tensión en la dialéctica del amor y del deseo. Un gérmen del paraiso y la codicia de la totalidad. Un ring con la felicidad, una pelea con la anchura del océano. Somos buenos compañeros. Pero somos muy malos amantes. No sé dónde iremos. Todavía no conozco las palabras del poema que boca abajo derrite los pianos en las garras del mar, se recuesta en mi entraña y convulsiona. Es bipolar. Es callejero. Tiene un hueso pulverizado enclavado en el susurro que la llama retorna en mi paso. Fueron muchos excesos, con el alma por fuera, con un teatro exibicionista manipulando mi sonido. Fue a veces la felicidad y a veces el desamparo. También fue no pensar demasiado en casi nada. Salir ahí afuera como una jauría, como un gusano, y abollar el tambor de la vida y beber todas sus botellas sin preguntarle a la muerte lo que quería. 
Como bebí demasiado, todo era sinestésico, poético, embrujado. Se mezclaba la risa del quebranto con la de la libertad, explotaba el verso del precipicio con el beso del cielo. La furia con el abandono. La rabia con el amor. Todo cobró un cáliz cubista, nocturno, enamorado de algo borroso y etílico, galopante y mendigo, en la bohemia, en el callejón, entre la ruina y la luz.
Además que yo soy una tipa rara, cuando no escribo, no me abarco, no me sé, no me sostengo demasiado, vivo a fogonazos, y soy payasa contra lo que verdaderamente siento. Lo que me hace llorar lo expongo como una broma, lo coloreo con humor negro, con pinchos de erizo, con desvelos de perro por las cunetas. Lo que necesitaría que ocurriera, lo discurso, ahogándolo en una danza de pólvora por el muérdago. Cambio todos mis muebles de sitio. Me convierto en otra, en una farandulera triste y lunática, que ríe a carcajadas la bala que incrusto contra mi pecho. No sé ir a las claras, carezco de objeto directo, mis sentimientos se vuelven una atmósfera grotesca de un actor que quiere cambiar de oficio. Y extrañamente, todo es jodidamente cierto, irreductible, sanguíneo, atropellado y convulso.
Vengo del monte. Ansiosa, abisal. Con una nostalgia cruel hacia el fauno, hacia el amor y la pasión y el camino cuando llevaba a la mar. Hacia esa sensación de que alguna vez fui agua y bosque. Y me sentía bonita, sana, ave, embrujo, tan contenta y viva y salvaje. Ahora son tiempos violentos y malditos. Ahora voy por ahí como una abandonada, mi casa mete miedo, me siento sucia, resquebrajada, a tientas del precipicio. Con un corazón borracho. Con una diadema de ratas hablando a patadas con la luna. Me siento insomne, rota, herida del amor y del cielo y de la tierra y de la noche y del día. Llego rezando a los chopos, llego sangrando entre sus brazos. No sé qué ha pasado. Hay que levantar el corazón, tener fe aunque no exista jamás un cielo. Hay que amar más alto cuánto más abajo se anda. Hay que bailar. Estar siempre de paso con las faldas sobre las ramas, con el sombrero debajo de la mar, con las balas en Mercurio. No hay que cansarse aunque todo se vaya a la mierda, no hay que lamentarse, no hay que parar, ni conceder, ni entregarse nunca.
Estos días con él, anduvimos por ahí, como dos yonquis, sin equilibrio, sin futuro, sin patas, sin cobertura, sin papeles, sin esperanza y con tanta fe que parecíamos un cóctel molotov buceando bajo el asfalto hasta levantar todas las tumbas.
Somos dos perros que no pueden andar juntos ni separados.
Que no saben quererse ni dejarse.
Que no tienen a nadie más en la tierra.
Somos dos borrachos, unos más que otros según qué lo diga el viento, vagando la luz clandestina del caerse de la parra y subirse de las lanzas, siempre a punto de que se  vaya a la mierda el mundo. 
Somos dos parásitos agarrados al mezcal, cantando lo hermosa que es la vida. 
Sangrando la belleza de la mar y el punk de la muerte.
Somos dos vagabundos enamorados de Marte.
Somos muy mala compañía.
Somos la herida del amor y su venganza.
Somos la lujuria, la penúltima, el rencor, el fracaso, el cuchillo y el sueño.
Somos animales antipátridas, enfermedad, delirio, poesía.
Somos el mejor de los males.
Somos unos desgraciados y la fortuna del fuego.
Somos.
Y ya no importa lo qué será de nosotros.
El otro día, un profundo llanto me retumbó todos los huesos al acercarme a hablar con el chopo y sentir que ya no estaba el Fauno, ni el camino, ni nada claro, ni mío, ni amor.
Una vez que se baila con los dioses, que se siente el éxtasis de la locura y de los astros. Ya no se hace nunca pie en la tierra. Sobretodo cuando los dioses se han ido sin dejar ni rastro, sólo fuego.
Voy por ahí, aguantando lo que puedo, la canción.
Apurando sus cantinas y sus desguaces.
Espantando a la muerte junto a los gatos pardos.
Tirándome a la mar y a las estrellas.
Sin lavarme.
Sin prevaricarme.
Sin protegerme ni entregarme.
Voy por ahí, por azar y por luna llena.
Detrás la sombra de una bruja atiza las hogueras.
A cuatro patas, una loba, canta la noche y el olvido.

No me pidas ya seriedad. Porque todo lo que tengo está ya derramado en la mesa. Chorreando mi vida y mi alma.

No me pidas ni hogar, ni diccionario, ni futuro, no me pidas ni el barco, ni la vida, ni el final. Ni el motivo, ni la responsabilidad, ni el dni, ni la moneda, ni la honra, ni reputación, ni cultura, ni educación, ni maneras. No me esperes como a una mujer, ni tuya, ni de dios. No me hables de la salud, ni de la cordura, ni de esa mierda de democracia, ni de la antropología, ni de la lógica, ni de la ley. No esperes de mí la palabra adecuada, ni la belleza, ni el cielo, ni a mí.

No fregaré el suelo.
No corregiré el grito.
No guardaré. No velaré. No seré bonita, ni me adaptaré jamás a la civilización, ni a la tierra, ni a mi corazón.
No competiré. No trabajaré. No reentaré. No ganaré nada jamás. 
No cavaré mi tumba. No lloraré plástico sobre la tuya.
No me dejaré atrapar, ni me plantaré en un huerto, ni seré camino, ni multiplicaré panes ni peces.
No me creeré el cuento. No votaré. No seré cómplice, ni madre.
No seré tu amor. Soy sólo de la luna. Y si esto acaba muy mal, no te pongas triste, el fuego reirá sobre nuestros cadáveres y la mar levantará sus piernas para darnos el último baile. Si nos lleva la rechingada, no te arrepientas jamás, porque sólo fuimos fuego.
 
Le dije a mi viejo por teléfono, que había perdido ya del todo el rumbo, que si veía alguno por algún lado que me avisara para ver si lo cazaba.
Muero de amor por las esquinas, por los bares, en el monte, junto al ciprés y al gusano, junto a las piedras del río, junto a lo que se llevaron los muertos a sus tumbas.
Estoy tan hambrienta del paraíso, que ya no tengo fondo, ni frontera, ni casa, ni capacidad de equilibrio ni de dirección, ni ley de gravedad, ni hay suficiente vino ni estrellas encima. 
Sobretodo a su lado. A su lado me vuelvo otra vez la chica de la azotea del manicomio, la harapienta y la romántica suicida, la que desea explotar y no dejar nada, la que no sabe cuidarse, ni defenderse, ni pensar ni en el mañana ni en la supervivencia. La que tiene la fe justa para quemarla y fumársela. La que desea tanto amor, la que necesita tantos motivos, que se va con los perros sin dueño a quemar el cielo y se despedaza por dentro, porque él no sabe quererme, porque él, es también un loco sin mundo con cienes de cicatrices y precipicios. Porque él como yo, muere de amor y de hambre y de punk.
Le dije que si esa noche hay un poco de viento y se nos va de las manos con un poco de suerte hacemos la hoguera más bella del país y quemamos todo el pueblo y que yo entonces ya podía morir con el trabajo bien hecho.
Vamos a hacer la hoguera del solsticio. Van a venir tal vez unos colegas suyos, tal vez también su primo. Yo le dije que esa noche había que desnudarse y bailar desnudos alrededor del fuego. Que esa noche es mágica y que no se puede llevar encima ni pellejo, ni una gota de cultura. Le dije que si quería venir su tia que le dijera que tendría que ser en bolas que si no nadie es bienrecibido. Y él ya se enfadó y me miró mal. 
Él no canta lo que canto.
Él no me sube la moral, ni el corazón, ni el sueño, ni la fe.
Él a veces me hace sentir, una exiliada.
Sólo cuando está muy borracho y enyerbado, es una criatura del País de Nunca Jamás y la anarquía y una nave espacial y un sueño bello y húmedo y volcánico.
Él no era un duende.
No era un barco.
No era quién creyó mi luna.
Y tampoco lo contrario.
Sólo como yo, vagaba en las ruinas en busca de un blues.
Pero no cogería conmigo la pistola para deshacer para siempre el silencio de la calle.
Ni se quedaría a mi lado, para cruzar todos los mares y despertar las montañas de fuego.
Yo lo quería como un héroe del callejón, como la anarquía, como al poema y a la ayahuaska.
Pero él, sin querer, es cómplice de la cultura.
Y quiere callar mi boca.
Y me mira con espejos en los que yo siempre seré horriblemente fea y maldita.
Y me mide con reglas en las que yo siempre seré la ruptura.
Y me leé con diccionarios que me dicen, descarriada, loca, bicho, vagabunda.
Y me agarra con manos que me sueltan.
Y me besa con labios que me hielan.

Y yo vuelvo a ser, la exiliada, la que no tiene nombre ni camino, la desamada que se retuerce de vidrios y astros, en mundos que aún no han llegado, en sueños que arrebatan los suelos y la cordura.

Él a veces apaga el vino, pone mordazas a la luna, pone leyes, cánones, mesuras, composturas, límites, paredes. Se pone policía, psiquiatra, civilización de mierda. Y entonces yo me hago misántropa, marciana, rota, alcohólica, magma y olvido.

Él ya no me mira con los ojos que me miró cuando jugábamos con los faunos.
Él ya no me oye, como me oía tan dentro de la mar.
Él ya no me quiere como me quería debajo de las estrellas.

Yo tendría que irme de aquí, decirle vale hermano, fue todo muy hermoso mientras quedaba fe, balas, cantinas y sueños. Ahora hay que ir a buscarlos mucho más lejos, más a llama, más cerca de la muerte.

Pero no sé qué coño pasa, que se repite un mortal hechizo. Que nos vuelve a juntar. No sé si es que estamos demasiado solos en un mundo demasiado viejo y fascista. No sé si es que le quiero o si es que ya no existo en la tierra. Si es que estoy perdiendo la razón. Si me quema demasiado la vida. Si quiero morir o ser mar.