HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ahora el descenso del alfabeto sobre cóncavas pupilas del fervor de la salvia en espejos rotos bajo las ruinas de tu bolígrafo. El amor y la pérdida, el hechizo de los marchados, en un sueño de toboganes que columpian la sombra del yo donde la opacidad del horizonte es neutra de tu hachís y de esa casa de maíz francotirado bajo párpados de etanol espantando a tu eco, de la herida de mi piel. Y vuelve a ser la tuya cuando a ninguno de los dos nos importa.

Sopla la fragua del cierzo... tu asiento quemado en la punta de mis dedos, esparciendo y violentando a la nada que asoma sus mandíbulas oceánicos en la quietud y desesperanza de los muñecos de nieve, teloneros de tu hambruna cuando los fuegos de san telmo nos vuelven a empujar sobre el desastre.

La vida es mágica cuando no se entiende nada, cuando no abarca el hueso, el latido de la sangre, presidiaria y trinchera del escalofrío del sueño y la latitud del infinito.

Sueño mi casa.. en ventiscas de éter, incendiadas por teatros entre la frontera de la muerte del yo y la jauría de lobos bebiendo la luna del lago. Dentro de la taberna del exilio, escupiendo vinos de lava, a la ausente voz que recoge todo ese derroche de la cordura.

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