HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

es la senda del utópico desencanto
marchándose otra vez sobre lo marchado
no recojo mis objetos, yacen en tu cubo de la basura, podridos de rosa y de tequila
magulladuras en la lata aplastada de cerveza en ese puto libro del delirio y del hambre
tú como yo fuiste acribillado por el día siguiente del whisky cuando sólo se come tundra
cuando aquellas voces ya no traen el corazón de un violín, sino una tumba abierta que te succiona
y te da sólo humo y desierto
y acudes, porque lo otro sería enterrarse

porque yo fui el mismo veneno que tú lo fuiste para mi navaja

éramos sólo dos colándonos en un teatro
echando nuestra sangre y mierda en la butaca de la última fila
jugando a matar al apuntador y al que luego contaría para qué sirve la muerte

hoy nos miro, metidos en la jeringa del éter

vuelvo a desposarte con el anillo de pedida de la inexistencia
y la noche de bodas es una orgía de bestias y de asesinos
en la flor de la blancura de ese santo pederasta devorado por los lobos

otra manera de caer en los brazos de la sirena del opio
arrastrar como plaga de ratas el pronombre del teatro
y engañar a la muerte con pedradas y guitarrazos

hoy te sé, el estiércol que nutre a flores de olvido y de literatura
ahorcado de todo lo que alguna vez te dijo las estrellas desde las ruinas de mi cuerpo

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