HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Echo de menos esa alegría de los abuelos, y su infinita ternura, su capacidad épica de entregarse contra infiernos, para salvar la infancia de sus nietos y librarlos de los fantasmas que sí inocularon a sus hijos. Yo con ellos me sentía libre y surrealista, cuentista y cabaretista, felizmente esquizofrénica, navegante... y ellos me enseñaron a ver miles de pájaros en los ojos de la muerte y un Teatro enamorado en la idea del paso del tiempo. Todo fue raro, sobretodo desde que murió el abuelo, esa rara despedida, ese no luto ni llanto, ese grito lapidado en el cielo, el poema que no escribí. El corazón de mamut que no pude derretir en sus ojos. Aunque el abuelo y la abuela, murieron cuando yo les estaba dando la mano, los dos echaron su último hálito conmigo pegada a ellos como urraca y canción de marzo. Pero algo loco me pasó con la muerte del abuelo. Tal vez porque tuvo una agonía larga y extraña, porque algo de mí deseaba que se muriera porque ya no veía ninguna posibilidad. No sé, pero me quedó la sensación de no haberme despedido.... De algo que se lo tragó lo inefable. Y después enfermó mi padre y perdí el equilibrio con el rubor de la tierra.. me exalté por perpendiculares, por hedonismos y atentados de alcohol y gritos kamikazes y molinos locos. 
Algo que no tuvo su tristeza, que no me dio tiempo, me cerré como una gota de fuego en un motín. No supe llorar por el abuelo. Y además ese raro entierro, donde me puse a discutir de política con unas mujeres apostólicas que venían con su asqueroso disfraz a insultar la memoria de mi abuelo, o al menos, eso sentía yo.  Hoy creo que puedo estar más cerca del abuelo... que su espíritu se mueve entre los abedules y si abro bien los oidos oigo su martillo y su pala, arreglando las grietas que quieren levantar las ruinas de mi casa contra mis fusiles.
Al abuelo le gustaba mucho el vino tinto, las farias y subirse a los tejados. El abuelo y yo hacíamos delirios y desarreglos en la casa juntos. Hacíamos unos armarios surrealistas y esperpénticos, dabamos martillazos a los viejos ordenadores y lavadoras, pintábamos las paredes, las puertas, el patio, platábamos hierbas y árboles, hacíamos agujeros en el cemento y esculturas de hojalata, tapábamos las grietas de las puertas con lienzos y las del cielo con etanol.... El abuelo una vez quería que yo le ayudara a pujar por el carro de las vacas.... y traer dentro del carro unos armarios. El abuelo me obligaba a romper las tablas del techo del gallinero para usarlas para vete a saber qué nuevos instrumentos...... Cuando iba con el abuelo siempre andaba con las manos negras y telarañas en el pelo. El abuelo y yo a veces nos emborrachábamos juntos, como en el velorio de mi abuela. La abuela decía que yo y el abuelo estábamos locos y lo único que hacíamos eran pinturajas y estropiciar toda la casa. El abuelo me ayudaba a hacer mis espantapájaros cuando huía del espanto del maiz. El abuelo tenía unos calzoncillos como don quijote de la mancha y en verano andaba siempre desnudo por todos los sitios e iba a mear a la pared de los vecinos. El abuelo andaba entre los prados y montes, tal cual las cabras y la nieve. Y aunque tuviera dos muletas, el abuelo a veces sacaba el espíritu de los leones y pujaba por calderos de tierra y se subía por escaleras retorcidas y saltaba entre las tejas, y espalaba la nieve y tenía una fuerza y resistencia y vigor ante la vida admirable. La casa está muy vacía sin el abuelo, es como si al morirse él, también se hubiera vuelto a morir la abuela. Y entrara un cierzo inquebrantable por la pared de mi habitación y me congelara los labios de Alicia.
Yo a veces me enfadaba con ellos, porque a veces me volvían loca con reclamos irracionales y me interrumpían cuando estaba escribiendo poemas.... pero ahora echo también de menos esos reclamos y tempestades.. que antes me llegaban como si fueran a ser eternos.... y ahora hay una grieta que no sé dónde meter en el corazón de los rosales.

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