HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El devaneo del fusil del camino en la entraña congelada de la crisálida del exilio, tiroteando una pared y una rosa, en el hueco que recoge el escombro de la tinta y empuja a la luna llena, la ruptura de la voz en la distancia.
Fui romántica hasta lo yonqui. Hasta los harapos de lo ausente dándole cloroformo a tus almohadas insomnes llenas de ahorcados cuando mis labios grababan el fruto del olvido.. en el vaho de esos arrabales embestidos de vino tinto sobre la marginación.
Luego el escepticismo se hizo belicoso. Cierta lujuria de la infidelidad... y de la noche acogida sobre el fuego del impostor, sobre la degradación surreal del lecho.. en jaurías que no preguntaron si esperaría tu casa a reciclar los vídrios de ese disparo del sumidero de un hechizo de etanol en el papel de calco de la letanía que atravesó la fiebre de la ruta cuando se caían a pedazos los gramófonos en tu soledad.
Y fue también... la pompa de jabón y la patada, a las 11p.m en el agujero de tu botella de vino. Y las pieles de serpiente velando por la muda de tu tinta cuando ya no quedaba el quién que detuviera la ruptura del suelo. Y la obsesión pobre y neurótica de no dar por muertos a los muertos, en esas ouijas de licores y libros descatalogados. Desentrañando del hueco de mi mano, un hueso-matríz, de tu óleo derramado en esa casa de putas que iluminó nuestro éxodo cuando la noche se ponía monstruosa de la ausencia alquilada a los poemas suicidas.

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