HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hace un poco de frío.... hay místicas de arpones entre las puertas submarinas de ese tango crucificado en la flor del cigarrillo.
La atracción al abandono, el pasar como espuma de cerveza, como destierro, como anchura de montañas en pezuñas de jabalí.
La absoluta indiferencia a la seducción y su trago. Como si ahora fueran tiempos de agujeros de topo, de cantos de madera quemada, y la idea de un alguien implica su ausencia, el nihilismo.. el tú a tú entre perros, la amorfosidad de las guitarras entre cantos de exceso de callejón, de impropiedad, de éter.
El ser también la ceniza... el rayón de un diario en los ojos de los abedules.. y ser tan extranjera de todo lo que puedan definir las palabras.
Conté muchas mentiras en esas últimas relaciones que atenté contra el horizonte. Lo peor de todo es que eran mentiras que no engañaban a su palabra.... y eso me hizo ser una cínica, y eso acabó haciendo que leyera los sentimientos como se regatea por el hachís en el callejón. Como si fueran todo masturbaciones de poemas y donde dije digo, a ver quién acaba la ginebra antes. 
Yo no me daba cuenta de que todo eso me separaba de mí misma, porque me lo tomaba como un fruto prohibido que gozar en los arrabales, como si no hubiera ninguna consecuencia, sólo el bailar y el placer y caiga quién caiga. 
Y entonces mantenía el discurso del porno en mares incendiarios. Y profanaba y manipulaba, el sentimiento del otro, sirviéndome de las abstracciones y de la literatura. Y no veía al otro, como un ser humano, lo veía como un cunilingüis del poema y de mi propio vicio. Y eso está mal. 
Por eso luego quise volver a mi exilio. Me estaba convirtiendo en una obsesa de las oblicuidades y del teatro. Y de jugar y jugar con supuestos cantos que no eran viscerales, sino eléctricos y pornos, literarios, hice que mis sentimientos se volvieran el alter-ego de una jeringuilla. Insulté a todo lo que alguna vez creí incorruptible. Porque ya no creia en el amor. Ya no creía en la transparencia. Ya no creí en la armónica triste de un semejante conmigo devorando estrellas y echando a caminar las ratas de hamelín. Y vi en ellos el mismo prostíbulo que yo les entregaba, pero yo al menos lo reconocía, reconocía que todo era una farsa. Y luego empecé a sentir rechazo. Los besos que al principio eran flor prohibida en un gozo salvaje, nómada y libre. Empezaron a serme, veneno, farsa. Mi conciencia esteparia empezó a sentir asco. Sobretodo porque alguno de ellos quiso hacer un mapa y plan de convencialismo y de pensiones de pareja. Algo insoportable del todo para mí, porque el acceso por el que yo acudía al reclamo y al baile, era el de la trashumancia y el de los animales, no el de lo humano y sus pactos de asquerosa propiedad, eso me daba alergia. 
Y luego me dio la vaina por otro lado. Por mis arenas movedizas, por mi soledad, por mis rotos y descosidos del espejo del Teatro.. hacia la mar, y no hacia otras vidas. Y en ese camino, también sufrí el síndrome del cabaret, y sentí mi soledad como un DIU, porque estuve muchos meses atentando amores de arlequin y de traficantes, y cuando volví a mi Isla estaba llena de botellas de vidrio y ruinas y de condones usados y mi Fransquestein se moría de pena... abrazado a una araña, tan pequeña, tan pequeña era esa araña, tan frágil.
Y luego me dio, por la proclamada asexualidad. Y por robarle todos los nombres propios a los espectros con los que había jugado a la eternidad. Y ahora estoy aquí. Fui romántica hasta el delirio, fui todo lo contrario con un machete y un canto de cocaina. Ahora estoy muy cerca de la nada. No sé lo qué es el amor entre semejantes, ha de ser algo parecido a una plaza con olor a goma quemada y a sangre de reyes llenando las alcantarillas con sus cabezas disparadas hacia las estrellas por la patada del pueblo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario