HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado otra vez jugando con el perro... hasta fatigarme. Me doy cuenta de que es indispensable de que vuelva a conquistar la vagabundia del instante y la alfarería con todo lo que haga, si cocino un arroz, si camino bajo los robles, si friego los retretes, si canto, si lloro, si no pienso en nada y me avalancho de vacío y de paramecios.. Ha de ser un rito extraordinario cada segundo. He de amar el lugar en el que estoy sea el que sea.. y hacer algo en él por la canción. Dárselo todo a la escritura.. me está destruyendo. He de vivir fuera de la escritura, aunque sea como los grillos y los lagartos, aunque sea con la locura y su dadá. Aunque sea en nombre de la cima del fracaso.
Desde que murió el abuelo todo se puso patas arriba. Porque el abuelo aunque entonces no lo supiera, me conectaba con la alfarería. Le hacía la comida, le daba sus pastillas en el desayuno con su café con pan. Jugábamos al dominó. Pintábamos las paredes. Plantábamos árboles. Hacíamos muebles esdrújulos que se rompían si los usabas. Merendábamos debajo del chopo en verano disfrutando del sol y de los pájaros. Y en invierno era la alegría de la nieve.  Yo tenía una responsabilidad de cuidar del abuelo.. evitar que se subiera al tejado y se cayera y se partiera la columna.., ponerle el jersey cuando él insistía en ir en mangas de camisa en invierno.. cambiarle la ropa si se mojaba o si se cagaba encima, controlarle la fiebre cuando le daban las infecciones, llamar al médico, curar su corazón cuando se deprimia y le entraban ganas de morir, tratar de entretenerlo con algo.. de darle un motivo para vivir aunque se lo tuviera que robar a los ratones...y al hacerlo con alegría y amor... conectaba con la artesanía del presente y la paz de los animales. Luego se murió. Y yo empecé a planear cientos de nuevas vidas para mí ya que nada me ataba.
Pero mi padre se enfermó y a mi me mordió una estrella en la yugular.
Y el caos se alzó 200 planetas en la punta de un cuchillo.
Empecé a abusar del alcohol, de la deriva y de la nada y la ausencia del horizonte y del verbo. Como si alguien dentro de mí quisiera morir sin darse cuenta mientras está encima de una guitarra.
Dejé de cocinar. Dejé de cuidar de la casa.. del tiempo, de mí, del futuro,  de los ojos de la noche. Sólo me dediqué a escribir y a buscar un vals atado a la luna que me devolviera a no sé qué mundo que no existía.
Y ahora tengo que volver a la palabra de la mar. Y tengo que hacerlo sin la escritura... tengo que ser feliz cuando no escribo, amar algo que no necesite la escritura, serlo enteramente, sin el ansia de la escritura, sin la introspección ni la sombra del éter. Como cuando nado en el mar. Como ahora jugando con el perro. Pero he de hacerlo más profundamente, exteriorizar una vida que navegue, que flote, que ría, que celebre hasta el delirio ser y estar.

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