HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He hablado con mi padre por teléfono y le entró un ataque de tos..  le han prohibido fumar los médicos pero él sigue fumando. En esos instantes me entra un vértigo existencialista, se me rompe un cielo en los tuétanos... me pongo a flor de piel y de cuchillo y me entran ganas de que se acabe el mundo. Cuando lo siento triste, o desesperanzado, se me ata en los ojos un agujero negro y me siento insconcientemente responsable o como si yo pudiera llevar la ayahuaska que evitara eso. Me siento vinculada con una empatía delirante... me pongo vertical, ansiosa, queroseno. Se me rompe el valle donde me recuesto con los jabalíes para comer las setas de los gnomos. Y siento que pierdo el equilibrio de la tierra y me voy volando por los aires, por la deriva, por el abismo. Me da una hipersensibilidad que me devora las pupilas con los huesos de las rosas. Sólo con él me ocurre esto. A él le quiero con todas las olas del mar. Y el sólo hecho de pensar que sufre, que está triste, o que le pueda ocurrir algo malo, me hace sentir motosierras en el fondo de las palabras, trincheras anegadas por nitroglicerina y un ataque de éter retorciéndose en mis huesos. Me pasa desde que nací, cuando era pequeña y me decían que pidiera un deseo, al soplar las velas de la tarta, los dientes de león o al ver una estrella fugaz, siempre pedía el mismo que mi padre fuera muy feliz.

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