HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tengo que atravesar otra vez los espejos del abstracto y volver a sumirme en la electricidad de la palabra y el envés de su sombra, en los labios del sol, descorchando caminos al cáliz de la evanescencia. Todos los otros caminos son confusos y artificiosos de la opacidad del carnaval en celo.
Como la escritura no tiene destinatario, yo he de ser la resonancia y botella de vino, de una multitud adulterada por el éter y la inexistencia. 
Me enfrento cada segundo al corazón de la mar en la tristeza de mi presidio. Tengo un yo-social adicto a todos los vicios del amor y del éxtasis, y otro yo, inmóvil por la poética del éter, ermitaño y esquivo, suicidado de la sociedad y de toda la certeza de los rostros.
Y blablabla. Esto es la metafísica. Pero la vida es otra cosa. No llegaré a ningún sitio a través de las palabras, aunque tampoco a través de la música y de la carne. No se trata de llegar. Sino de gozar y jugar. Se trata de quemarse en la luz de lo clandestino hasta arrancar de cuajo el molde que generó la proyección de esa realidad y horizontes, y después indefensas y enamoradas, entregarse a la absenta del siguiente rizoma hasta volver a expropiar la proyección de ese supuesto órden y destino.

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