HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todavía no me asiento sobre el suelo. Hay una gravitación endémica de la deriva, del fervor de una despedida abstracta que ocurrió hace diez años, que ocurrirá mañana, que ocurre con cada vocablo.. cuando extiendes la mano para amar a todos los ciervos y caen gotas de lluvia de coberturas imposibles encerradas en tu bodegón y acunan una nostalgia alienígena en mi jersey lleno de polvo, en el temblor de la caja de pinturas cuando vuelven los animales a cruzar el lago desde tu vaso de vino.
Hay algo raro con esto del saber hablar y seguir el movimiento imparable y voluble de veta a saber qué pasión de dinamita y de tierra. 

Todos tenemos algún reloj del capitán garfio colgándonos hacia el abismo. El mío es del corazón de X. Temo tanto que le ocurra algo que ya sólo vivo en los brazos del acordeón de la ebria taberna de los clandestinos. Vivo allí acorazada por la flor del nihilismo y del hedonismo, trágica y mundana, leve y exabrupta,  como un cachorro entre las babas de la luna, como una rosa pudriéndose en una sepultura.. como el motivo del amor más acá y más allá del naufragio.

Todos tenemos algo que nos vuela la cabeza. Algo que tememos con todos los corazones de la selva. Algo evanescente, desabrigado y flotante, entre libros de madera quemada y columpios de peyote. Todos vamos caminando con un hueso roto entre los aullidos del cielo, templando el coñac y la nevada, en algún oficio robado a la vehemencia y al desconsuelo. Y nada ni nadie puedo consolarnos, sólo la soledad haciéndose espada y blues. Sólo el instinto de la supremacía del océano, aunque cueste la muerte de la literatura y llore sangre el cielo sobre las flores furtivas del infinito.

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