HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ya sólo queda el desdoblamiento de mi mano en esa máquina de escribir oxidada bajo el pantano, escupiendo papeles que tu desastre vuela sobre el incendio y cuando caen al suelo son semillas de cicuta y cachos de botella de champán. Embriagar ese diálogo entre dos huecos y una rana, cuando aplastan las señales el camino de retorno, cuando desaparece de tu cama de simas lunares el espacio de mi odio. Y lo necesitábamos tanto como el aire. Para haber levantado en el paso la tundra que envolvía con puños americanos la mesa de apuestas de tu desesperación. 

En algún momento ocurre esto. Celebra la deriva, se va a la mierda el gérmen de la continuidad. Nos alzamos oblicuas mechas de un resplandor de la penumbra. Inmóviles sobre el verbo que finge la inclinación de la obra. Impostoras de lo nuestro y de la utopía del robo.

Y el soliloquio lo es todo, perversamente.
Porque el pronombre es un cerrojo con siete agujeros violando la llave de la hoguera.
Porque le dimos toda el hambre y las ganas de la destrucción, y también el otro lado del pentagrama haciendo llagas en tus dedos, chupando el violín de los que llegan cuando todos se han ido, pulverizan la garganta del envés del aullido, en los escombros de la amanita cuando muerte la oligarquía de la luna llena, en el fondo oscuro y presidiario de una palabra despedazada cuando leyó en tu rostro, la falsa modestía de una habitación de hotel en cuarentena sobre el vicio incontrolable de volar por los aires deshuesando la moral.

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