HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

A veces echo de menos ese tren del mediodía bajo el luto del vino, recogiendo espinas y flores para el recado de tus ventanales, con ese papel lleno de sangre y de animales pasiones, en la mística de la muerte y la taxidermia de los pájaros y de esas hierbas azules en el arpón de tus ojos anegados por absenta y vicios de invierno.
Pero ya no toca aquí esa canción. El enterramiento también se agota, se secan las lágrimas de las espadas y de las estrellas. Nos hacemos migrantes sin papeles como todas las aves, de un golpe y un embrrujo en el extremo del absurdo y del paraiso. 
Se paga con óleo y escupitajo de colibrí la deuda con el libro... con la letanía, con el trago, con el tiempo y el desgraciado almanaque que dio las horas en ese antro en el que perdiste todos los futuros.
Nos vamos haciendo más vulgares y despojadas. Casi sin inquietud humana, sin amor de hueso a hueso, sin amor de tu casa desmantelada al cristo de la chapistería, sin amor del pan colgado a la puerta al cadáver del erizo. Extraterrestres de la otredad y de la ternura. Unidas a los perros por el boicot de los umbrales cuando Diógenes gritó y eran todos los suelos ahorcando al rey.

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