HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

A veces la sed de la pelea.
Del cuerpo desarmado del palo y de la piedra, sólo con las pistolas de los puños y de la mandíbula.
Como un viejo aquelarre de los niños olvidados... en la danza de los lobos.
El éxtasis recorriendo la médula. Cuando lanzarse a la hervidera de etanol por el latido de un sueño, de una morada de lunas.. acechando el callejón con el aullido de los desheredados.

He solido ser pacífica, porque soy solitaria, porque me he ido... a la sombra de la mar en los huesos de los cipreses asomando por tu pecho.

Pero sigo teniendo dentro ese animal... y a veces resurge y quiere su licor y su olvido.. en el cáliz de las estrellas.

Cuando era niña, en el pueblo, practicábamos peleas entre la pandilla. Como cachorros de león. Era un juego, aunque a veces saliéramos sangrando. Era una forma de querernos, de reír, de cantar. Aunque a veces algunos se sentían desolados y atormentados al ser vencidos... o quedarse inmóviles. A veces había crueldad. Aunque luego panza arriba a las estrellas nos contábamos historias de lugares lejanos, con el canto de los grillos conteniendo las hogueras.

Ya no queda nada de eso. La vida nos separó al crecer. Al menos a mí.  
Seguimos los retorcidos caminos de la amapola entre tus pechos... amamantando un motivo de lava, para no salir pulverizados al fondo de las tumbas. Robándole a la lejanía, un crujido que devuelva, los dedos a la guitarra sumergida en la mar. Peleando con la inexistencia una pasión más grande que la muerte. Y a veces a tientas de latidos de ginebra en el moho de los barcos, a veces, de escalones de fantasmas en la altura del olvido. De cuchillas en las venas, negando lo que la palabra mata en sí misma cuando no es fiel al alarido de los avasallados.

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