HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ahora el café. Los violines de hollin de la tarde. La alegría de las avutardas de la abuela como si fuera mentira que se hubiera muerto. Una canción traslúcida y golpeada de alguna inmensidad en las cunetas que prevaricaron la noche del polvo en el ansia de tus diarios sobre las sendas de gas, camino a nunca jamás, con esos cocodrilos devorando el alfabeto de tus horas perdidas. Al borde de la nada y de las huellas de duende en los tambores del peyote. Con la indigencia prometida a todas tus promesas. Con mi casa pobre abierta en canal sobre tu voz de vino y de escombro. No tenía nada qué darte, sólo la canción, nada quería de ti sino esa música. Pero tenía mucha prisa la ausencia en la ginebra. O era a veces insoportable saber el infinito con la mar entre los pies y un imposible aquí que detener y en el que quedarnos. Pecamos de vehemencia y de deriva... cuando las palabras eran chacos de sapitos tomando ese tren en el que nos separamos para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario