HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Al abuelo le gustaba merendar chocolate con pan. Él era muy feliz con poca cosa. Una sopa de cocido para cenar, una compota de manzana, una ventana que de vez en cuando trajera el rubor de los chopos, la sonrisa de la nieve. Tapar una grieta de la pared, arreglar una cerradura, barrer las hojas de los chopos. Mis manos en sus manos. Una carcajada compartida. Un viaje a alguno de los lugares donde su juventud estaba a salvo. Una partida del tute, un mus con un vaso de orujo. Hablarme de cómo plantaban las patatas y los ajos y cómo recogían la hierba y cómo se llamaban sus vacas y cuántas montañas había subido. 
El abuelo se ponía triste cuando hablaba de la guerra, del asesinato, del atraco, de la historia más triste de las historias, del crimen que se perpetró tantos años.
Pero el abuelo era feliz, con esas pequeñas cosas que caen como muérdago en los árboles de invierno. 
Yo lo quería como jabalíes en la maleza, como flores de acantilado, como las memorias de la montaña y de los pájaros.
Y hoy está muy lejos de la perdición de mi vida. Y levanto el vaso porque oiga mi ansia de quererle todavía, de traerlo de vuelta, entre la niebla y subirnos los dos al tejado y fumar un cigarrillo y hablar de cómo era la tierra cuando nevaba tanto, allá, allá.

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