HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Anochece poco a poco. Tu máquina de escribir está grabada en los cadáveres de la cigüeña. La intemperie se abre, descuerda en tus manecillas aullidos de sal, agujeros que la arena llenó sobre tu boca, cuando era muy tarde para defender una salida.  Y acá toda la soledad aprisionada entre tus pizarras y tus hiedras. Dando golpes de ceniza al viento que verticaliza las palabras que traga tu oscuridad cuando abres en tus manos la incertidumbre de nuestros naufragios.
Colgué a la ausencia de tu pronombre los dibujos al márgen de esa epístola hechos con hollín, azúcar y aguardiente, desbordados de tu boca, hacia otro tipo de muerte que acallaba de tu casa, el asiento para mis ruinas. Y pasé frío y se hizo muy grande el hueco de tu nombre en el diccionario. Negociaba con las tablas rotas de mi suelo el destintado corazón de payaso en las telas que el contenedor embriaga por el vino de tus insomnios. Y entre portazos, calló la ruta de las aves migratorias pegada a la tierra que te llevaste, girando en mis cuchillas el dolor del tragador de fuego y devolviéndote del fondo de mi vaso el espejo roto de las nubes.

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