HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ayer grabé en voz uno de los poemas que había escrito, con la intención de hacer un videopoema. Y sentí que me ahogaba al leerlo, que su mensaje me destruía, profanaba la vida, torturaba el viento. Y sufrí una náusea de metaescritura, una jeringa clavada en mi corazón. Un raro suicidio que me desveló y me separó de seguir escribiendo. Cuando lo escuché aún fue peor. No me reconocí. No reconocí el latido. Sentí en la voz, algo fingido por la espada de la muerte. Algo muy desagradable que me llegó como una mordedura en la yugular.  Sentí que estaba escribiendo en favor a la destrucción de mi vida. Algo que me acorralaba en el escalofrío de la oscuridad. Un nervio en mí misma que me estrangulaba al tratar de voltear su curva. Todo esto me llevó a una crisis existencial. Al sótano de mi niña ahorcada. Y me quedé como la mirada incerrable del infierno atormentando a todos mis pájaros, jodidamente insistente y carnívora.

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