HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

es tan profunda esa ausencia en el suicidio de mis sentimientos
que se disocia de mi realidad, se hace cadáver de cigüeña entre tus lapiceros dibujando un caballo de madera para la anciana que morirá esta noche pegada a nuestros huesos
es tan abrupta esa pena, que no dolió
no se reconoce en el objeto directo de mi expiación ni de mi pecado
no es verbo, ni ha sido nunca lágrima en mi mejilla
lo devoró el teclado de mi escritor del desierto y de los fantasmas
lo hizo suya la luna y la nada

yo la oigo cada noche en mi alcoba
como viento equivocado que trae el olor de los cadáveres de los ciervos
como casa aparecida en el libar del incendio, con mis niñas ahorcadas en forma de brasas, borrando mi memoria

yo la sufro
con la literatura
con el vaho, con los ciempiés, con las sombras de los pájaros y los escombros de mis suelos

pero ha sido tan hondo su dolor
que nunca lo ha tenido mi piel ni mi palabra

mi vida huyó
porque de haberlo sufrido, hubiera muerto

jamás lloré ese cielo suicidado
porque si hubiera caido una lágrima de mi ojo
se hubiera pulverizado mi cuerpo en la enana blanca

oculté mi herida tan dentro de los libros y de los burdeles
que perpetré un enervante Teatro en todo lo mío
desdoblé mi alma para no cavarme en ese infinito sepulto

y hoy mi corazón sólo es del alarido de Mercurio
entre miles de escenarios de etanol y de ceniza
que sólo la mar penetra

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