HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Cuando vaya a morirme, le voy a dar la casa, a un niño marroquí que ahora vive alquilada en ella. Es un niño extraordinario, mucho más natural y tramontana y rosa de jericó que los niños que crecen entre los objetos del capitalismo... es humilde y salvaje. Y las otras tierras se las daré a un grupo anarquista... a algo comunal y que sea de la resistencia, que nunca sea de nadie.
Acá lo nuestro, siempre fue del naufragio. Y desde que murieron los abuelos, mucho más. A veces me entra un ataque musical y devorador, al ver alguna cosa, que me recuerda a viejas felicidades, como si el objeto se volviera una planta mágica y una letanía. Algo que me arranca del corazón todas las palabras que pudieran nombrarlo y lo tengo entre mis manos y su tacto me es hervidera de opio e irretornable distancia.
Hoy me vino, el recuerdo de un olor de mi infancia. El del Thor, cuando era cachorro. Cuando lo abracé por primera vez. El Thor llegó en invierno. Su olor era una mezcla entre carbón y arándanos. Fue uno de los días más felices de mi vida.

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