HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El abuelo me llamaba "gitana". Ya nadie me llama así. 
Abuelo no sé qué antidespedida tuve en tus ojos abruptos del aullido de la inexistencia.
No sé qué cierzo congelado atravesó los escombros de mis páginas, que ni una sola lágrima salvó tu muerte en mis mejillas. No pude sentir ni un gramo de luto. Me puse etérea del ansia del horizonte por cubrirme con el canto de los sapos. No pude deshacerte en el pozo de mi alma, como la hervidera del rocío.
No sé qué tan rara soy cuando algo me duele. Me pongo antagónica, cínica, escudera de arlequines, río enloquecidamente cuando algo me causa llanto y despotrico tambores de muros corroidos en el palco de mi éxodo.
No sé qué marmórea soy que cuando algo viene a derribarme de amor, me doy al rock y al vino, a los desiertos escalados en la rosa de jericó, como una orca, como un cielo que se mata.
No sé qué vi en el fondo de tus ojos, que deseé profundamente que te murieras, porque el tiempo ya no te daba razones para volver conmigo a la nieve. No sé qué escuché del verso que caía en mi bañera con hielos... que empujé tus huesos, con un raro incendio, hacia el fin. Aquí dentro mío, donde los rayos y la sal confunden en mi cuerpo las llagas de la ausencia. No sé qué criatura de petróleo y dinamita en mi corazón, es tan jodidamente nihilista y práctica del alzar de la muerte, que no me aferré a ti como una suicida, fui duende retorcido, matrona también de todas las noches que no arriman ya a los ciervos, un lugar para la esperanza.
Y tengo dentro aún ese aguijón. La espada de no haberte llorado. De no haber sido niña desconsolada en tus manos frías, de no haber sido devorada por la estrella que te arrancó de la tierra.

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