HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El monólogo interior ya no es mío. No acaba ni empieza en mí. Se refleja en el abstracto, se encharca de mirlos y de las sombras de la nieve... se espeluzna del punk y de la ausencia. Seca su ropa en el útero de una piedra y de una brasa... y desviste otro escenario que preñó la amanita en el dadá intrínseco a la existencia.
Toda palabra impone la cobardía. Todo lo concluido es un difunto que no se pudo diferencia del propio cuerpo. 
Yo no puedo escribir al amor ni a la vida de nadie. Porque no puedo sostener ningún pronombre ni el mío en la idea de ninguna idea, ni en el paso, ni en la dirección.  Me he adentrado a la gotera de mi techo y hallé una inmensa ballena inhalándome hacia los mares del radicalismo de un abstracción. Y al meterme por el agujero sacrifiqué una historia. Y me cagué en la causa-efecto.
Mi poesía ya no es social. Porque soy una grieta y una alucinación de un sueño y de un naufragio. Porque la soledad y el aislamiento me pega como pértiga a la mandrágora y al salitre. Y me preña de una multitud rara y esquizoduende, de la tragedia y del paraiso.  Porque miro los chopos y se meten por mi tráquea y me hinchan un asteroide donde soy voluble y desterritorializada de todos los verbos y de los gestos de un supuesto camino que siempre ha sido gas.

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