HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El perro me despertó saltando encima de mi cama. Él se despierta con la avalancha y el deseo de vivir, corre a toda velocidad por la casa, y muerde lo que se pone en su camino. Dentro de un rato iré con él a la naturaleza.
Algo se ha puesto peor, decadente, algo ha fraguado en mi frío, la deshacienda del canto y su viudedad. Sobretodo esa mirada asesina contra mi propia escritura. Tal vez la ausencia de mi historia, ese grito que borra todo, que destruye mi creencia, la que es surreal y pagana, la transforma en la anchura de la nada. Una sensación de herida metafísica sangrando en mi cuerpo. Y el vértigo que proclama la escritura sobre un mundo inhabitable.
Algo no se sostiene desde la palabra al horizonte, en ciertos estados que mi vida orificia sobre la muerte. Un sufrimiento que me hace ver un hacha destruyéndolo todo. En algunos instantes sentir que todo ha sido inútil.
Esto ocurre porque el poema está haciendo mal las cosas. Porque hay un yo, que custodia todas mis antagonias y me enfrenta a la quiebra y al destierro. Una mirada de metal interiorizado en el hielo que atormenta mi piel en el salitre. Y sólo yo podré salir de aquí. Y necesito la creación de nuevos significados. Utilizar la nada, a mi favor. Utilizar el estado destructor del vacío, como un recurso de la levitación del helio en la sacristía de fantasmas.
Tal vez me siento enjaulada. Por la fiereza del alter ego de la soledad y el rechazo a la hechura cuando los payasos quejan sus tambores en el centro de la hoguera. Tal vez he soliviantado demasiado el caos y la deriva, y hoy sufro todos sus desvelos. El aislamiento de mi amor, refuerza también la arista. Esa sensación de vivir acorazada por cien teatros, también me exilia de forma innata cuando quiero salir.

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