HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El silencio de la palabra-horca que aguardó donde los días no pasaban. Y volteabas la cuchilla de la navaja en un libro que expulsaba tu hogar en mi cuerpo, como soga cristalina del insomnio. Y el hambre de la letra insistía el ocaso y la desnutrición, como golpes de ausencia subiendo por tu piel, metiendo aquí otra vez todo lo que nunca debimos conocer. Apuñalado en el álbum de cromos pasando las líneas de tu mano en el frío de esa cruz que en mi sueño enterró el nombre que le diste a lo que nunca te di, en la cicatriz de mi cuerpo, como alfabeto de lo imposible haciendo hablar al callejón lo que en la noche volvería a sangrar como moratoria entre nuestras ausencias.

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