HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El sol ya sólo golpea en las cumbres. El valle a la sombra engendra de nuevo la helada. Es instante de vuelos oblicuos de mariposas atormentadas por el vacío, por tu nombre robado en su boca,  borrado en el aullido de su alcohol, haciéndonos cualquieras y fulanas, del corte en las muñecas que un reloj de agua cavó debajo de tus pozos, con el ojo de cristal, rodando el sepelio por las escaleras, acabando en la sombra del lirio, como vientre de tramontana.

Tan lejos estoy de aquella taberna, contigo, chorreando la humedad de marzo en un vaso de whisky, cuando la noche sólo era para los dos, con un colchón de hierba y petricor, ciabogando de los faros puñales de luna.
Tan lejos de tu última mirada en mi espalda, cuando el alba corregía el desequilibrio del llanto de un piano.
Inquebrantablemente lejos de tu epístola enterrada es una dirección que ya no era de nadie. Tal vez el buzón sopló la muerte en los párpados de un cartero que como paloma equivocada nunca dio recibo.

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