HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El último año, he vivido el ardor de la decadencia, de la pérdida, el sufrimiento de sentir cómo se pierden las quimeras y duelen en la tráquea, el desarme de mi latido ante la evanescencia. Han sido tiempos de oscuridad y sus plantas mágicas, de sacrificios desde la metafísica y el duelo de la ausencia y las cuchillas de la nada.
Han sido tiempos de excesos y fango, de pasarme con el alcohol y con la sed, de mullirme entre ruinas y almanaques rotos, de llorar por última vez la muerte de aquél amor y aquél futuro de ayer destruido en la violencia y belleza de las bestias.
Han sido también instantes del desengaño con ciertas personas que creí compañeras y mandarlas al pairo y seguir mi camino de desierto, antes que permanecer en un circo que atenta contra mi condición de éter.
Ha sido un año de cementerios y llantos de plata quemada.
Y en su contra también hedonismo y apología a la perdición entre cuerpos de mariposa y prometida indigencia. 
Ahora mi vida es mucho más humilde y pequeña. Los robles acaban por mí la frase. Los perros son los que me sustituyen la peste solemne de la RAE.
Mi poesía ya no sufre tanta ansia de su éxtasis. Se sabe vagabunda y fugaz como yo. Se sabe hija del polvo y del fuego, sin legados ni antecesores ni ninguna teoría que defender, nunca patria ni destino.
Soy más feliz con la rareza. La discriminación de la cultura ya no me provoca ataques de animalarios.  Ya no me derramo de gas en las relaciones de la otredad, pongo mi horizonte en lo incognoscible de la mar. Pongo la reciprocridad de la mirada, en barracones y peces. Vivo con la memoria de los gorriones y con las provisiones de las cigarras. Ya no tengo tanta prisa por llegar al cielo del poema, me permito perder enamoradamente entre la tierra y la tundra.

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