HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Es el agujero del tiempo y del espacio, en el que verdaderamente ocurre la vida.
Cuando el junco parte en la huella de la grulla, esos veinte años de búsqueda y de despedida, y gime un violín de coñac, y no queda nada acá abajo, ni un sólo pretexto, ni aliciente, ni lugar dónde huir. Es en el canto de la nada, donde ocurre la totalidad y baila. Cuando ya no importa qué palabras use, ni claudique por la belleza, ni por el Franquestein de dentro de mi pellejo. Cuando ya no le sirvo a ningún calendario, ni vereda, ni horizonte. Cuando no tengo ninguna razón para hablar, ni para entrar, ni salir, ni tomar los trenes, las armas o el polvo, pero lo hago, es cuando la vida vuelve a ser invicta e inocente, extásica y musical. 
Todo lo que aprendí de los otros era una milonga. Todo lo que vi en la escuela, en los rollos de constelaciones familiares, o de porvenir y oficio y plenitud y las glorias cívicas y pestilentes... El pensamiento era una jaula, mi intención, mi deseo, era esclavo de mí y me daba cadena.  Mi experiencia, mi historia, mi pasado, esclavo del azar, de la cultura, de lo que otros impusieron. Puro teatro y disfraz, efectos secundarios y artificiales, manipuladores, vacuos, que habría que arrancarse.
La verdadera felicidad no es feliz. No hay tormento. No hay prisa, ni carencia. Pero no está la convicción de la hechura, ni de la palabra ni del placer, es y no pregunta, no tiene ni respuesta, catártico y mortal. Es como un girasol cuando florece, como el gozo del agua al evaporarse, o al convertirse en nieve. Como el sol cuando sigue combustionándose. Como el olvido dejando dormir junto a los corderos al que se va a ir, tan lejos que nunca más habrá tren que lo encuentre, ni vida que lo contenga.

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