HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Esa canción y una cerveza, mientras el suelo rasguña sobre tu duelo, esa raíz escabrosa que entró en vena cuando quisiste escapar de algo que echaba sangre desde tu entraña, como pájaro roto en los brazos que sujetaron el camino que no podríamos permanecer en ningún lenguaje y que fue el único que supimos seguir. 
Allá, rompías mástiles al llorar y en el fondo de tu vaso, la noche sin vueltos, tornaba luna llena donde las monedas eran huesos y la sombra apostasiaba el réquiem que creció desde mis piedras al saberte a 100 muertes de distancia de aquél beso que fraguó en el suicidio de la noche mis mugrientas letras del rencor de Mercurio en tu mesa astillada por la miseria y clavada en mi desvelo. 
Yo seguía viciosa del ocio de los títeres rotos del espejo, en la esquina del blues de la cloaca, con la muñeca ciega de heroina rodeándote con mis aullidos mientras el esparadrapo y el whisky ahorcaba en tus labios la lágrima de la margarita. Y desamada al golpe seco del cieno, te cubrí con lo que no quedaba del cielo entre las ruinas que nos concedieron la siguiente canción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario