HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Esa soledad alambique y trapecista, roe en tu sombra mis huesos de violín y de charco evaporado en un corazón vencido por haber amado demasiado en un precipicio sin cuerpo y sin nombre.
Y mis filas del naufragio sobre tu tumba sangran peces y palabras que el viento ató en el nudo de esa soga que con el otro lado de tu casa anudaba mi pobreza a los negrillos.
Los moratones los trajo esa carne mordida en la voz de las estatuas, cuando todos los caminos caían en la caida de tu exilio y los poemas no sabían de nadie.
Le soy indiferente a la indiferencia de ese ojo-hacha e hilvanador de un refugio cortado a la mitad por los cráneos de tu ternura.
Navego hacia el centro de la nada con la única certeza de haberte querido alguna vez más allá de las cauces del teatro.

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