HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ésta casa es un caos. Aunque tiene su hechizo de setas y cigarras. Un calor de reciprocridad de Marte. Un bombeo de postales de hash. que abriga en mí el vértigo de la nada. Acá vivimos a veces 4, más Kavka y Hierro. Yo duermo en un colchón tirado en el suelo. El problema es que para escribir no soporto que haya personas en la habitación. Y  por la mañana tengo que ir a escribir a la mesa de la cocina. Pero me gusta escribir en ésta habitación. Por la ventana. Por mi vicio de ausencia. Porque alguna vez fue sólo mía... Y ando trasladándome, con esa sensación de la puerta abierta y el intrusismo y ruido de taladradoras.  He tirado mi colchón ya en todos los cuartos de la habitación, incluyendo el patio y la terraza en verano, la cocina, el pasillo, el salón. Y es un cambio radical irme del pueblo, porque allí estoy sola, y hay 10 habitaciones vacías... aquí siempre hay jaleo, ruidos, y posos de vino.. tecleando la escarcha olvidada.
Además es muy distinto el paisaje. En los ventanales del pueblo veo tres montañas, prados, chopos, el río, las vacas y los cuervos, las águilas, la nieve y la helada en la hierba. No hay casi residuos humanos en el paisaje. Y aquí veo un puto avispero de hormigón, y se oyen los sonidos de los coches, el mercado, los escaparates, la civilización de los acementados. Y eso me provoca una disociación en mis percepciones.
Siempre he andado de un lado para otro, sin un verdadero lugar en el que quedarme. Busco irme cerca de la mar. Y mientras ando infielmente en todos los sitios. 
A veces siento que tengo múltiple identidad y que en ese lascivar del suelo y del horizonte, se dan distintos proclamos y mordeduras de manzana y de verbo.
El alma de la escritura y el aislamiento y los espantapájaros. La de K y sus cien tumbas. La infantil que jamás comprendió para qué sirve ni la moneda ni el futuro. La de los compañeros y el vino y la hierba del pielrroja. La de mi desarraigo y depresión Kafkiana. Y a veces son sólo, pulsos de vino, tránsitos, tipos de sentimiento y orgullo. Pero a veces tienen una arquitectura antagónica y separada.  Y yo me subo al incendio de la polilla. Desnombro allí tu pérdida y tu whisky. Me quedo en la cresta de lo incognoscible. Empujo el agujero negro de mi pecho, como si la luna fuera a devorarme.

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