HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ha pasado ya mucho. La nostalgia ya no tiene el colchón del vino, ni el destello de la distancia en un crucificado océano sobre la boca del lirio. No quedó la mano abierta tratando de contener una ola, tampoco fue la humedad de un beso bajando los peldaños de marzo y aguardándote en el incendio de los puertos del verano ni de la tumbas. No quedamos en paz, ni en guerra, ni en moratorias, ni dentro del poema o el monólogo de la nieve cuando los lobos se despiertan o se van otra vez los que se van. Tuvo su botella el sepelio. La belleza trashumante de aquellos pájaros. Pero al final fue la estupidez. La de una utopía, la de la sala de espera de una estación, qué sé yo, la suicida o la extravagante, la última de algo que no empezó.  Por eso ya no suspira el suspiro en el agujero del cielo. Es el fracaso, el accidente del licor en un renglón sucio que sesea la cuarta copa cuando nadie apaga la luz.

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