HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He comido guisantes y uvas. Ahora un café. La soledad de diciembre y yo en la galería, celebrando el sol con mi página vacía bañando tus labios de promesas rotas en los pies de un arroyo de pólvora y secretos que el tiempo devoró. Pero quiero que sea la vida, el silencio-zen, los amigos invisibles, la alegría de los perros, el alfabeto de las zarzas, aunque ya no quede casi nada. Gotearse sobre la grieta de una transformación de ciempiés y lluvia. Aguardar enamorados la cumbre del absurdo. El vaho de una mano caliente en mi hielo de los siglos de la luna ahogada. Simular un pronombre al que ofrecerle la camisa de fuerza de la galerna en la hondura de lo incognoscible. Llenar todas esas ausencias con una música que cruce el precipicio... que se pegue a tu voz y a tus ganas y haga música en mis ruinas. Permanecer en la vida como las raíces del ciprés hundiéndose con el peso de los ocasos. Darse a la metáfora y al olvido para cuajar siempre el beso de un nuevo vino donde las palabras no han sabido definirse ni la nostalgia ensangrentar tu canto donde las escaleras se parten sobre la espalda con la atlántita como un aullido donde los tangos beben de todos los bares la muerte prestada de tus alcobas.

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