HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He dejado la comida al fuego.  He alimentado a los gatos callejeros que se arremolinaron a mis pies, dos de ellos, tirantes, al acecho. Kavka ya pronto podrá salir. No sé cómo se relacionará al principio con los gatos. Con Hierro se lleva bien.
Llueve. La habitación cruje su abandono. Las palabras me llevan lejos, a un lugar donde sólo vuelven los chopos. Recuerdos de muñecos de barro y fotografías en blanco y negro de pescadores y batallas perdidas. Vivo en el extremo de la distancia. Me he separado de la gente, por desencanto o por una rara utopía. Porque no se me ocurre ninguna otra cosa que saltar por los charcos y buscar a los erizos invernando donde se ha secado tu whisky.
Siento que soy una anciana jugando con serpientes y con el tacto de la caliza. Siento que vivo en la profunda irrealidad de una metáfora dictatorial y vehemente, polvorienta y enamorada de algo que nunca comprendí. 
El tictac no ocurre aquí. Es petricor. Es la flor de los cactus.
Soy del todo indiferente a los días de la semana, a los horarios, a los planes, a la zorra navidad, al futuro.  Vivo como los animales. Y a veces como los fantasmas al escribir.
Mis sentimientos humanos no los desarrollo mucho. Se mantienen en la abstracción, en el espíritu de los perros, en la literatura. Mis facultades sociales se llenan de niebla y de agua de mar. Se me olvidan. Se tiran en picado al agujero de mi cuaderno.
A veces también me siento sola con aristas. A veces se me salen los huesos de la carne cuando siento que alguien me quiere.
A veces estoy sola y me siento un águila y un asteroide.
Creo que no podré llegar a ser vieja, porque el poema no podrá hacerlo, no querrá, ni tendrá entonces mundo para posar a la palabra ni el cuchillo.
No me casaré. No tendré hijos. Ni una nómina. No cotizaré a la seguridad social. No perteneceré a ningún círculo. Mi utopía es olvidarme un día de las palabras y hablar con aracnidos y con la vulva de la mar.
Cada vez soy más torpe y más teatral con los seres humanos. Mi mundo es muy chiquito, mi tierna y delirante familia provocándome la múltiple identidad de Alicia y mi pacto de queroseno con el meta-yo y el espíritu de la gruta en la alegría de los perros.
Vivo en el mismo lugar que vivía en mi infancia cuando no iba a la escuela. Ya no me interesa seducir a nadie ni que me seduzcan. Me siento más de la especie de mis amigas las plantas que de los humanos. 
No hay retorno. Hay fuego amante. Amé mucho el espíritu de Man, el alemán de Camelle, cuando me volví loca de belleza en aquellos pedruscales. Vi mi destino en su casa desmantelada, con sus esculturas golpeadas por la mar que las dio la vida en su alma de pez y de pájaro. Vi todos mis escritos y mis sueños también allí olvidados, desangrados, sólo de la mar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario