HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado con el perro por el río.  Un paseo largo donde la hojarasca desabotona el rubor de las distancias. Ha sido un rato en la comunión de un latido animal, avalanchado en la bravura del río, en su mística desnuda y envolvente del aullar de la roca.
Le he amado a él en aquél silencio que me acogía. Con una sensación incorpórea. Como si viera todos los caminos de mi vida, llegar aquí, amar al perro, a las garzas, y todo tuviera sentido precisamente por la pobreza del lenguaje que me leé, que me lleva. Todo recobró la sensación de perfección porque el desapego no permitía hacerse dueños de nada, ni víctimas ni hijos ni de dios ni de la muerte. Allá, cuando han desaparecido los vínculos con la funcionalidad de la teoría y de la Obra y se presiente el escalofrío de esa hoja de chopo, madre de todas tus memorias mordidas en mis dedos, como tundra que enjuaga la profundidad del viento en la victoria del fracaso.
Cuando al lado no hay un quién. Sino todas las sombras desnudas de un quizás de otro mundo bebiendo de los surcos de la tierra la caligrafía del tiempo que anacrónico y voraz expulsa la ternura de los lobos en las bragas de la aurora boreal.

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