HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado con Kavka por ahí un montón de rato. Hacía ese sol de invierno, agradable, como si hubiéramos recien nacido de una nube de nieve. Como si todo fuera bien, y ya no fuera esa advenediza del pentagrama de hachís y machete. Por un instante todo estaba en armonía con los alfabetos del viento y del polvo. Había una aceptación a lo que fue vencido... entre esa tierra húmeda de diciembre y el perro revolcándose en las grietas.
Soy tan feliz con él y con Hierro. Como si volviera a nacer y hubiera otro infinito quizás para comprender el canto de la salvia. Aunque no haya ni oficio ni ganas, ni amor ni futuro, ni nada que asir a una certeza, me siento leve, enamorada, fugaz y convulsa del poema y de la mar.  Mis demonios han dejado de atormentarme, se saben parte de los aviones de queroseno. Me causan belleza los escombros del suelo, la hojarasca, el despeinado verso roto, el perfume clandestino de los campos desaparecidos de los abuelos, de los neandertal de la infancia empujando a lo salvaje, de la gota belicosa de lluvia por tu pelo. Todo vuelvo a ser intenso y fascinante, aunque sea cada vez más pequeña y pobre, sin ambiciones ni deseos terráqueos.

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