HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado duchándome, peleando con el perro, crotorando la alegría de una airada sin almanaque, luego he ido a comprar pan y cervezas y todo ha sido feliz y apresurado, sin hechura ni ancla, pero todo se arremolinó como un vals encima de los tejados. X. viene los fines de semana y el perro se pone más salvaje, se lleva sus zapatos, la muerde, no le deja ponerse los pantalones porque le agarra una pernera, X. va detrás de él para recuperar el zapato y el perro sube corriendo las escaleras para que nadie se lo quite. No hace lo que yo le digo, para poner ciertos límites al perro y Kavka se zafarrancha de su salvajidad.  
Quería ponerme unas trenzas pero no encontré gomas de pelo ni cuerdas.  
Ese amor se me amotina en el silencio de una paloma empapada de penumbra, urdiendo cascajos donde tus ojos son todos los mundos. Pero yo no puedo devolverte al poema ni al vacío. Y te ajas en mis grietas como el moho y la música. Sin cuerpo ni nombre para darte luna ni barracón.

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