HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado por ahí con el perro. Y ya anochece. Ahí en las calles de la ciudad, hay demasiadas sogas que han perdido su nombre y yacen como cadáveres de dragón que especulan con la mercancía de tu silencio. Yo estoy jodidamente lejos de un aquí que pueda quedarse. Los ojos de mi perro es lo más cercano a la verdad que tendré jamás. Soy feliz con la tristeza a su lado. Siento que ya no camino sola, sino que somos legión con los dientes de la luna, con el tequila evaporado del callejón. He comprado unas cajas de cerveza, en casa hay botellas de vino, de champán, no celebramos la navidad, pero bebemos por el solsticio y por los huesos de los olvidados, porque sus gritos sosterrados no dejen a dormir a esa ponzoña de ciudadanos.
La ternura, es un zarpazo que rompe la paz de la calle.
Acá, todos hemos perdido algo que era indispensable para vivir. Desde niña me junté y amé a los fracasados, a los que tenían heridas y sangre y madera incendiada en la voz. Nunca anduve con los felices, ni con los tranquilos, ni con los realizados, ni con los que se sostenían frente al espejo sin echar el alarido de la cucaracha de Kafka.. Los que conocí de esos en mi adolescencia me llevaron al destierro. Me hicieron sentirme Franquestein. Muchos de mis amigos de entonces tenían más de 40 años. Nunca tuve generación. Llegué demasiado tarde a todos los sitios, y ya debía, 3 botellas de vino cuando cerré la puerta.

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