HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He mirado por ésta ventana, miles de veces, entre poemas, vino, frío o lunas llenas de agosto. He visto ese monte desde que nací separándome del pueblo. Porque yo no soy de aquí. No conservo ni amigos  ni conocidos. Los primeros 15 años de mi vida fueron devorados por una rana. Y luego la cabra tiró al monte, el hachís y el velamen, el destino de la escritura y el antidestino entre los caminos y señales de la civilización.
Es un pueblo de esos pequeños.. donde el franquismo dejó una imborrable sombra de maldad que se reprodujo de padres a hijos, porque los que ganaron aquella guerra fueron la arquitectura del mal de ésta falsa democracia. Y asesinaron a la mayor parte de la gente que merecía la pena, la excluyeron y la avasallaron.. y los monstruos de la justicia que nunca fue reparada viven entre éstas casas. 
Yo no hablo con nadie en éste pueblo, a excepción de un viejo compañero de manicomios y otras batallas.  Todos me conocen, y a veces me saludan por el nombre e intuyo un gesto de bondad y amor en sus almas, pero he olvidado sus nombres y me separa un abismo. Sus rostros me son conocidos como si hubieran aparecido en mis sueños. Pero soy del todo advenediza.  Mi vida social en el pueblo es de los perros y gatos. Del decir hola, pagar el pan, el tabaco o las patatas e irme volando pegada a la postal sepia del K. que jamás existió sino en la barca de un poema.
Cuando yo creía que estaba junto a él, todo tenía la profundidad de un espejo encinto de LSD y una mística e irresoluble compañía mágica. Pero eso sólo estaba dentro de mis sueños. Y lo era, lo fue hasta el infinito.. aunque ninguna mano pudiera tocarlo, ni un ojo radiografiarlo de la muerte. Yo me sentí verdaderamente amada y sentí que amé mucho más allá de mi propia vida. Da igual que todo eso acabara en la cloaca. En algún lugar fue libre y extraordinario.
Aunque es cierto que desde que acabó he disociado mucho más mis identidades y mis sentimientos son cynikos hasta la extravagancia.
Tengo un flor de cristal marchita que entrego a todo lo humano. 
Me preocupa el amor. En el fondo tengo una romántica enervada en algún sitio de mí, aunque esté condenada al exilio. Creo y respiro el amor. Me revive. Me devuelve un equilibrio para quitar legañas a la luna y a la muerte. Aunque ya no pueda ser humano. Aunque ya no pueda ser con un hombre ni con una mujer. Porque el éter y la escritura no lo permitiría.

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