HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy supe de algo y tuve el instinto de buscar al abuelo para contárselo, porque sabía que le haría reir. Me olvidé que se había muerto. Me olvidé que los pasillos anegan la violencia de las hiedras sin esperar por nadie. Estoy aquí en un palacio de espectros y sapitos. Rodeada por el absurdo, por hilachos de nieve sin la corporeidad de tu lágrima echándole el arpón a la ausencia o a esas librerías que hacen presidio de la memoria de los trenes cuando ebria de imposibilidades perdía el equilibrio en tu vómito de coñac bajando unas escaleras taciturnas de la Itaca muerta.
Toda ha seguido sin que nunca más te viera darle vueltas a la cuchara en el café. Ni abrir la persiana para mirar a los mirlos saborear el infinito abandonado de nuestros chopos. Ha seguido como si tal cosa. Sólo el delirio supo dónde se posicionaba la ausencia, sólo él lo dolió con tambores locos y martillos. Pero nuestro patio siguió igual embarrando en los labios la prosa cautiva. Mis maneras de entrar en el agua o romper el cristal, con esa torcida luz de todos los inviernos, multiplicando peces en la lágrima de amanita.
Y así hoy se abre la vida, despoblada y amante.... con la ternura de un gorrión que se deja caer por primera vez a su incendiado destino. Con la indigencia de los pechos de un madre ahorcando el Leteo en sus cachorros de ceniza y polvo.
Y aunque vayamos también a la tragedia... la caja de tizas, no me deja sola cuando los suelos se parten en mil pedazos.
Se trata de tener fe en la antife. En lo más desnudo y vulnerable. En la mirada de salvia entre los escombros abuhardillando tus guijarros en mis senos. Sin temor y sin futuro.

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