HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy voy a ir a pasar unos cuantos días a la ciudad. Al principio me es una vuelta de campana, una rareza metafísica, un grito de las tapas de la alcantarilla en el fuego de tu blues. Me roe haber perdido la montaña y el aislamiento y entro en un estado febril y deconstruido. Hasta que me hallo. Hasta que reconozco los motines de allí, los bares, los abrazos de fuego el piano. La resonancia de las rosas congeladas en el pentagrama de tu infinito.

Algo aulla las vocales de tu sepulto en el corte de mis venas cuando caen nubes púrpuras de la soledad de los espantapájaros.

Algo se ha quedado derretido en tu buzón como una ballena varada cuando el whisky rompe los ventanales y expira los puntos cardinales del fuego y del olvido.

Él alguna vez fue el motivo de la alegría de los cuervos y las gotas de lluvia. De la cicatriz de mi espalda atada al motor de un barco. De la mugre de mis papeles. Y el aullido del vino. Alguna vez fue la lava de las polillas, el acordeón del hedonismo, la carcajada de los que no tienen mundo ni nada en lo que creer.
Luego fue el cabaret.
La infidelidad.
Los naipes volando por los aires con el hachís en tu manga cortando el aurora.
Fue el despotismo de las rocas bañadas por el salitre en las letras de las tumbas.
Fue el alzar del inframundo.. en el boca a boca de un esquizoduende.
Y mil letanías.. en el canuto.. camino del puerto, parando en cada bar a escupir música y tormenta.

Y que se joda el realismo.
Y que nos deje en paz la atracción al suelo.
Y que mi corazón se haga una grapadora y una apisonadora de estrellas.
Y que donde dije digo, venga Fulano a comerse la tarta y a devolver LSD.

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