HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La abuela murió con 93 años. El abuelo dijo "Pilar, nunca pensé que fueras a morirte tan jóven". Mi hermano y yo nos crotoramos de risa de negrillos.  Pero yo tampoco imaginé nunca muertos a los abuelos. Es como si un pedazo del bosque de Alicia se metiera en una jeringa de caballo y nos arrancara 200 ciudades en la autopsia de una golondrina.
Mientras vivían los abuelos, era inmortal la abrasión de los venados. Mi casa de alfalfa y de pólen. Mi barca de cartón entre Venus y tu sota de bastos.
Hoy todo es muy raro.
Nos veo a todos sin frenos hacia la muerte.
Cantando el hedonismo de las crisálidas y las cochinillas de mar. Con medio cuerpo pulverizado por el espanto y el otro sólo de los vagabundos y de los mares.
Sin anclas. Aunque X. me une poderosamente a la luna. Si a él le ocurriera algo, mi corazón se volvería la bañera de hielos de Léolo. Y ya no me entraría dentro el espacio vacío. Ni una sola despedida. Ni una lágrima. Ni un aullido. Me volvería huelga de queroseno hacia las fauces del fin del mundo.  Me matarían las rosas, los gorriones, la belleza del alba, el sabor del vino, la nieve, el muérdago, los puertos invictos del ron, los chicles pegados al asfalto, el perfume de las algas, los ladridos de los perros, el sol que aparece y el que se marcha. Me asesinaría tener sentimientos y no tenerlos. Me mataría un mundo sin él.

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