HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La belleza se despliega desapegada y vagabunda, en esos gorriones que se balancean en las ramas del chopo, en el valle escarchado transformándose bajo el sol, en el canto del carbonífero de tus epístolas enterradas en el fondo inaccesible de mi lenguaje. La belleza es, y no sirve a nadie, a  ninguna idea, es pagana y vagabunda, como un soplido de lo incognoscible en el capricho del éter y de la miseria. Es ella la que me devuelve las ganas de vivir. Aunque lo haga desde la albura de los escombros.
Hay algo en guerra en mí misma. Algo que me mueve a toda velocidad desde el deseo a la desesperación. Siempre en el extremo, en el desarraigo.
Soy la impertenencia a la sociedad. Me une a la vida, el alarido de la naturaleza, el embrujo de las abstracciones.
Y esa desvinculación con lo humano, también me enfrenta al abismo de la rareza, al agujero negro, a la oscuridad del aislamiento.
Al no desarrollo de los sentimientos, ni del lenguaje social, ni de las pasiones comunes. A la histeria de la materia inerte y del corte vertical de mi voz sobre la lejanía.
Y el movimiento de la soledad, es innato a mi supervivencia. Pero me enjaula en un salto al vacío.
Dentro de mí, también existió, la radicalidad del amor, cuando sentí hallar a mi "alma gemela" Su esperpéntica destrucción me proclamó el cinismo y la inquisición del dadá. 
Yo sigo a ciegas el nervio de mis inefabilidades. Mientras cada vez me siento más expulsada de la otredad. Y el único camino es la metacanción del fuego. Levanto insconcientemente fortalezas en la abrasión de mi despedida. En gran medida me protegen, hacen que la vida siga siendo un motivo de celebración, pero a la mitad, también me condenan en la arista del desarraigo.

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