HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La soledad y los ojos de buey.
La ínsula y la apisonadora de ranas en la azotea del exilio, saboreándote tu gobierno de muertos en el proxenetismo del autor bajo la obra del atraco a pecho armado de un imposible y una lombriz de tierra.
El infinito crucificado en la liebre que cambiamos por gato cuando no alcanzaban las balas a vestir la quimera de un cielo que nos espere.
Y sus heces de derretidos pianos en el humo del obseso depresivo de esa merca ambulante quemándonos las habitaciones a la lumbre de la urraca.
Todo el tiempo que le damos a la nada para cantar vino y desorden que a tientas de la eternidad te moja el sexo donde metes las manos para ahorcar a un dios y te golpeas otra vez con una palabra que no nos deja irnos.
Y al tiovivo de lo absurdo, nos hacemos coleccionistas de los charcos secos. Con mi corazón en los senos de la anciana que me enseñó la lengua de la nieve.
Y hoy vuelvo a los chopos anidados en las extraviadas golondrinas. Con un amor imbatible sin nombre que asir a sus faros, sin mano que juntar a la mía para preñar el horizonte de aquelarres de indios. Pero cuando no hay nada, está todo. Cuando la ausencia voltea su extremo, vuelve el fruto de la vida y galopa la multitud. Porque la tierra no es plana y el tiempo no existe. Porque todo al llegar a la raíz con su radical latido, se hace un Sueño y es cuántico.
Y hoy los ojos de mi perro, son la mirada de un universo. Su sombra en la hojarasca es mi barco y mi cañón.
Ya no soy la que fui cuando sufría con delirio el síndrome de la nada.  Ya no me hacen llorar mis muertos. Ya no me molesta lo que falta, ni me desabriga lo irresolubre.
Ya no soy una mujer que sueña con  héroes que calienten mi cuchillo ni mi guitarra. Mi sexo ahora es el del ámbar y el de las nubes. Mi camino el de las aves y las cucarachas, las guillotinas en la plaza y el pis de Diógenes meándose sobre toda la humanidad.
Ya no me preocupa no estar en la mar o estar en la casa de los muertos. Ya todo es del viento. Mi poema es pobre, será inmensamente pobre al llegar la noche. Nadie escribirá mi nombre en una carta de amor. Y no necesitaré que nada sea de otra manera.

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