HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La tarde, el silente de la materia inerte removiendo en el fondo de tu grito ese juego de naipes que encamó la noche sobre lo delictivo de tus poemas devorados en el exilio del horizonte. Daba igual tú o yo, daba igual si acababa como un escritorio bebido del fuego con las pinceladas del imposible haciendo el boca a boca a los animalarios, o si empezaba en la eterna inconclusión de un asentimiento lascivo de lo inalcazable.
Lo había olvidado casi todo al cerrar la puerta de tu portal aquella medianoche. Hacía mucho frío, helaba el ojo de buey mi motivo de la huida. Tu sudor en mi cuerpo era el retrato de lo prohibido macerándose en las cicutas y en la cruel distancia prometida por la luna, desamparada en tus brazos con los cuchillos de los cipreses en celo de tomar tu casa y echarla abajo, donde los cadáveres de los todos vuelven a despertar en las ruinas de un sueño desvencijado.
Antes de ti, fueron cien túneles, con la trampa del Teatro en el proxeneta apuntador, regurgitando viejas canciones desaparecidas en mí cuando pegabas tu respiración a mi exilio.
Tomamos así de la tierra, el reclamo del frío. La gruta que acorazaba con mil misiles, la sinestesia de la vagina de la soledad mordiendo los genitales del olvido.
Fueron tantos cuentos, panfletos y misas, de cotillón y plástico quemado, de promesas que venían con la dialéctica, de voces marmóreas negociando con lo inalcanzable, mercas ambulantes de la retórica de los búfalos muertos. Todos querían conseguir algo. Todos habían apedreado a Alicia cuando el espanto traía su sangre derramada en sucios papeles de la hacienda.

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