HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La tarde está muy hermosa. Muy vacía de la hiel de la ausencia codiciando un sujeto para exorcizar la cicatriz del teatro.
Somos penumbra levitante, de mil rostros de vaho y de arcilla, membrados en la metamorfosis de las ranas cuando el invierno se pone agresivo y el tango no acaba en tu vaso de whisky.
Somos el amor olvidado de una adolescencia cortando anclas y futuros. Con un boquete de fusil en la tráquea.
Con mil páginas escritas esperando el fuego.
Y todas esas rutas en el corte de mangas de tu espantapájaro de las desventuras.
Soy adicta a la soledad porque soy torpe de todas las bibliotecas y los salones de baile. Porque tengo dentro una Franquestein que si no le dan marihuana se pone asesina y oscura y se cae 500 planetas en las pezuñas de las vacas y nos deja a todos sin porvenir.
En mi vida, hay cuatro o cinco personas que juegan con ciertas ecuaciones de los YOES, pero la unidad está en el éter y en la locura.
Por eso arrastro siempre cautivas voces en la médula de la madrugada. Zonas en las que nunca entró la luz ni la esperanza o en la que sólo pudieron tocarme el corazón los duendes de la esquizofrenia.
Tú llegaste un día, como un motín y una esperanza clandestina, un sueño de recuperar la ternura donde somos otra vez niñas y anémonas. Pero tú también proclasmaste tu estado en el que no había sitio para mis orugas. Y me sentí tan fea y hundida en los ojos de tu amor, en los ocasos que brillaban con delirio de mis pequeños monstruos a tu indómita belleza. Por eso te mandé a tomar por el culo, me vestí de metales y cerré para ti la fragilidad de mis flores y de mis arañas. Porque te convertiste en pared y en tristeza, en lo que siempre convirtió a mi lobo estepario en su extremismo.
Y había visto muchas veces antes ese iceberg cortando mis venas. Llevándome sola donde sólo la mar me escuche. Y da igual ya cuántos motivos y agujeros de árbol cada una. Los álamos nos llaman. Las patas de las hadas queman heroina en la noche muda. Nunca volveré contigo a echar las naves a la hoguera. Porque traicionaste a mi suicidio. Porque te hiciste carnívora de mi animal desarmado y manso, de mi ortiga del acantilado, de mi textura de tramontana cuando andaba en la deriva levitante como el humo. Porque fuiste la camisa de fuerza de lo inefable, cuando yo no tenía verbo ni intenciones. Por eso... aunque no avive los rencores y se lo dé todo a los ciervos del valle, no volveré contigo a cantar por los avasallados. Lo haré con la mar, con el viento, con los que vengan con el corazón fuera de la carne y no persigan ningún cielo, ni quieran la gloria, ni el nirvana, ni nada en la tierra sino la muerte de la burguesía.

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