HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Las palabras... se buscan en otro contexto... ya no están dentro de una herida, ya no son el exorcismo de una experiencia, ni son oda al amor ni al desamor. Se vuelven poco a poco como la materia inerte, como un paso de astronauta en el corazón de la cobra crujiendo el centro de la tierra cuando los brazos no acogen el retorcido beso de la noche.
A veces me despierto a la rabia política, a la melancolía, a la erótica de la indigencia, o el nihilismo y los excesos de amor entre las alcantarillas cuando busco el abajo del abajo y la satisfación de mi pequeña Franquestein.
Pero a ratos no estoy allí. No recuerdo porqué Madrid se cortó las venas un 24 de agosto a 800km de allí. Y no me importa. Tampoco me siento ex-paciente de los manicomios. Ni hija del pueblo, ni hermana, ni de las nubes, ni de los bares, ni de ningún pronombre. Hay ratos que mis 30 años parece que sólo han estado mirando un río y queriendo un perro. Y no recuerdo para nada a la gente que quise y se murió o se los llevaron los dados de Babilonia. Ni siento que yo haya sido ninguna otra cosa que un silencio en la carcajada del valle o la sombra de un pez en la mar. Y me desapego del cotidiano, de la civilización, de mi metafísica, del ansia del poema, del sueño de las guitarras. Y sólo soy viento y guarida y soledad y junco y tierra mojada y ceniza. Son instantes tal vez cercanos a la felicidad o a la nada.

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