HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Los días son silenciosos. Transparentes de una soga de ocaso desvalido en el lugar donde recuerdas esas palabras... y no puedes robarme nada, para desaparecerlas.
Fue un día de febrero al borde de dejar ese piano, ese volante anudado al chivo expiatorio que fuiste en las ruinas de mi cama, o aquel lugar del norte, donde la nieve cuajaba erráticos golpes donde el poema moría.
Yo había predispuesto el suicidio de la página en la cartografía de tu cuerpo desnudo de absenta en mis cicatrices.
Cuando alguien buscaba en la noche los escombros que amortiguaran tantas palabras que borró la crueldad del verbo.
Y como te entregué, antes, la destrucción de nuestra historia. Estábamos allí al pego y al nudillo, al hachís apaleado... que en esas horas de la angustia alguien te ofreció y no quedaba ni una bombilla encendida en la noche.
El recado del sepelio.. se largó con los vómitos del sol en el lago, cuando abriste la boca e inhalaste todas las ausencias que a puñados rompen los ojos del triste que se quedó a cuidar la casa.

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